Una parábola Sufí

Presentación

Una parábola Sufí (1165-1240)

Nota biográfica sobre Ibn Arabi

Conocido como Ibn Arabi, Abenarabi y Ben Arabi nació en Murcia en 1165 y murió en Damasco en 1240. Fue un místico sufí, filósofo, poeta, viajero y sabio musulmán andalusí. Sus importantes aportaciones en muchos de los campos de las diferentes ciencias religiosas islámicas le han valido el sobrenombre de Vivificador de la Religión y el Más Grande de los Maestros. Nacido en Murcia, de padre murciano y madre bereber, se trasladó con su familia a Sevilla.

Sus estudios literarios juveniles transcurrieron entre Lora del Río y Carmona. El ansia de saber condujo a Ibn Arabi a una vida viajera, recorriendo primero su Al-Andalus natal y luego el norte de África visitando a los diferentes grupos sufíes. Más tarde visitó El Cairo y Jerusalén. Después de pasar dos años de emociones espirituales en La Meca decidió continuar su viaje por Bagdad, Mosul, Konya (antigua capital del Sultanato de Rum y ciudad de la actual Turquía) y Damasco, donde finalmente se estableció durante 17 años hasta su muerte. Su tumba, en la que después fueron enterrados dos de sus hijos, aún se conserva y es lugar de peregrinación para el Islam. Sobre su tumba, el Imperio Otomano edificó una madrasa en la que se guarda su sepulcro.

El cuento o parábola sufí, que recogemos a continuación está ampliamente comentado en los papeles del “Seminario María Zambrano”, ya que, pese a su brevedad, permite ilustrar muchos de los conceptos del pensamiento sufí, que tanto interesaron a nuestra filósofa María Zambrano.

Texto adaptado. Una parábola Sufí (1165-1240)

Un día un sultán quiso decorar de un modo especialmente bello el más grande de los salones de su magnífico palacio. Para ello hizo venir a dos grupos de los lugares cuya pintura era más afamada; eran lugares tan apartados entre sí como la lejana China y la fastuosa Bizancio, heredera de la legendaria cultura griega. Cada uno de estos grupos pintaría al fresco una de las dos largas paredes paralelas del gran salón. Mas sin saber el uno lo que pintaría el otro. Y así, sin permitir que uno y otro grupo entrasen en comunicación, entregó a cada uno una pared; en medio de la sala una cortina debidamente colocada impedía de modo estricto toda comunicación entre los pintores de cada lado.

Cuando la obra fue acabada el sultán se dirigió primero a inspeccionar el fresco pintado por los chinos. Era en verdad de una belleza y delicadeza maravillosas:

  • “nada puede ser más bello que esto”, dijo el sultán.

Con este convencimiento en su ánimo, hizo descorrer la cortina para que apareciese la pared pintada por los griegos de Bizancio. Pero, sorprendentemente, en aquella pared no había sido pintado nada por los griegos; únicamente la habían limpiado, pulido y repulido hasta convertirla en espejo de un blancor misterioso que reflejaba como en un medio más puro las formas de la pared china. Y las formas y los colores alcanzaban una belleza inimaginable, que no parecía ya ser de este mundo: un mundo y misterioso para los ojos y para la mirada humana.

El sultán, por momento emocionado y por momentos pensativo, se retiró a sus aposentos.

Tardó algún tiempo en volver al gran salón. Pero, luego, lo visitaba con frecuencia.

Y se decía que preguntaba a los cortesanos en quienes tenía más confianza:

  • ¿Sería el gran salón más hermoso si los griegos hubieran pintado un fresco original en lugar de aquel misterioso blancor?
  • ¿Qué hubiera pasado si la pintura china hubiese tenido defectos? ¿Se verían como defectos o aparecerían embellecidos?
  • ¿Qué hubiera pasado si lo los pintores chinos hubieran tenido la misma sutileza de los griegos y no hubieran pintado nada? ¿Sería todo más resplandeciente?

Se decía también que algunos cortesanos tenían temor a acompañar al sultán a visitar el gran salón, porque dependiendo de sus respuestas podía depender su mayor o menor fortuna en la corte.

No hubo nunca cambios en el gran salón.

Parecía ser el orgullo del sultán, el lugar al que llevaba a sus visitantes más distinguidos y también el lugar al que acudía cuando sentía alguna gran preocupación o congoja.

2 comentarios en Una parábola Sufí

  1. Marta Moya says:

    Me ha encantado¡¡¡, cuántos comentarios, cuántas dudas y cuántas lecciones ha generado esa ” gran obra”,

  2. Juan Ramón Morera Triana says:

    Es curioso que el relato o parabola sufí , fuese escrita por un Murciano en el año 1.165 DC , me olvido que hemos tenido dominio musulmán durante 700 años. No obtante, la parabola esta llena de un gran ingenio difícil de detectar cual seria su final. Muy ingeniosa diría yo

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