Minicuentos Kafkianos

Presentación

Nota biográfica sobre Franz Kafka

Franz Kafka (Praga, 1883; Austria, 1924) fue un escritor checo de origen judío que escribió en alemán. Nacido en Praga (entonces perteneciente al Imperio Austro-húngaro) en una familia de clase media, su padre, un comerciante, fue una figura dominante que impregnó la obra de su hijo y (según Kafka) agobió su existencia. En Carta al padre, escrita en 1919, pero publicada, como casi toda su obra, póstumamente, Kafka expresa sus sentimientos de inferioridad y de rechazo paterno. Kafka vivió con su familia la mayor parte de su vida y no llegó a casarse, aunque estuvo prometido en dos ocasiones.

La obra de Kafka – En La metamorfosis, El proceso y El castillo- nos zambulle en un universo de culpabilidad, la que experimenta el individuo al verse amenazado por unas fuerzas desconocidas que no alcanza a comprender y se hallan fuera de su control. Una red de jerarquías, miedos, controles y limitaciones de todo tipo, – en particular, la carencia de información- atrapan a las personas, que se ven sometidas al poder institucionalizado, sin posibilidades de escape. Kafka anticipó con sorprendente lucidez un universo absurdo y despiadado que pocos años después cristalizó en los totalitarismos nazi y soviético.

Kafka está considerado como una de las figuras más importantes de la moderna literatura occidental. El término ‘kafkiano’ – con equivalente en varios idiomas- se aplica de forma muy significativa a situaciones sociales angustiosas o grotescas.

Texto adaptado. Minicuentos Kafkianos

La partida

Ordené que trajeran mi caballo del establo. El sirviente no entendió mis órdenes. Así que fui al establo yo mismo, le puse silla a mi caballo y lo monté. A la distancia escuché el sonido de una trompeta y le pregunté al sirviente qué significaba.Él no sabía nada ni escuchó nada. En el portal me detuvo y preguntó:
-¿Adónde va el patrón?
-No lo sé -le dije- simplemente fuera de aquí, simplemente fuera de aquí. Fuera de aquí, nada más, es la única manera en que puedo alcanzar mi meta.
-¿Así que usted conoce su meta? -preguntó.
-Sí -repliqué-te lo acabo de decir. Fuera de aquí, ésa es mi meta.

FIN

Buitres

Érase un buitre que me picoteaba los pies. Ya había desgarrado los zapatos y las medias y ahora me picoteaba los pies. Siempre lanzaba un picotazo, volaba en círculos inquietos alrededor y luego proseguía la obra.
Pasó un señor, nos miró un rato y me preguntó por qué toleraba yo al buitre.
-Estoy indefenso -le dije- vino y empezó a picotearme, yo lo quise espantar y hasta pensé torcerle el pescuezo, pero estos animales son muy fuertes y quería saltarme a la cara. Preferí sacrificar los pies: ahora están casi hechos pedazos.
-No se deje atormentar -dijo el señor-, un tiro y el buitre se acabó.
-¿Le parece? -pregunté- ¿quiere encargarse del asunto?
-Encantado -dijo el señor- ; no tengo más que ir a casa a buscar el fusil, ¿Puede usted esperar media hora más?
– No sé -le respondí, y por un instante me quedé rígido de dolor; después añadí – por favor, pruebe de todos modos.
-Bueno- dijo el señor- , voy a apurarme.
El buitre había escuchado tranquilamente nuestro diálogo y había dejado errar la mirada entre el señor y yo. Ahora vi que había comprendido todo: voló un poco, retrocedió para lograr el ímpetu necesario y como un atleta que arroja la jabalina encajó el pico en mi boca, profundamente. Al caer de espaldas sentí como una liberación; sentí que el buitre, irreparablemente, se ahogaba en mi sangre, que colmaba todas las profundidades y que inundaba todas las riberas.

FIN

El paseo repentino

Cuando por la noche uno parece haberse decidido terminantemente a quedarse en casa; se ha puesto una bata; después de la cena se ha sentado a la mesa iluminada, dispuesto a hacer aquel trabajo o a jugar aquel juego luego de terminado el cual habitualmente uno se va a dormir; cuando afuera el tiempo es tan malo que lo más natural es quedarse en casa; cuando uno ya ha pasado tan largo rato sentado tranquilo a la mesa que irse provocaría el asombro de todos; cuando ya la escalera está oscura y la puerta de calle trancada; y cuando entonces uno, a pesar de todo esto, presa de una repentina desazón, se cambia la bata; aparece en seguida vestido de calle; explica que tiene que salir, y además lo hace después de despedirse rápidamente; cuando uno cree haber dado a entender mayor o menor disgusto de acuerdo con la celeridad con que ha cerrado la casa dando un portazo; cuando en la calle uno se reencuentra, dueño de miembros que responden con una especial movilidad a esta libertad ya inesperada que uno les ha conseguido; cuando mediante esta sola decisión uno siente concentrada en sí toda la capacidad determinativa; cuando uno, otorgando al hecho una mayor importancia que la habitual, se da cuenta de que tiene más fuerza para provocar y soportar el más rápido cambio que necesidad de hacerlo, y cuando uno va así corriendo por las largas calles, entonces uno, por esa noche, se ha separado completamente de su familia, que se va escurriendo hacia la insustancialidad, mientras uno, completamente denso, negro de tan preciso, golpeándose los muslos por detrás, se yergue en su verdadera estatura.

Todo esto se intensifica aún más si a estas altas horas de la noche uno se dirige a casa de un amigo para saber cómo le va.

FIN

Solución

Presentación

Solución (1891)

Una mujer madura está dando un amable paseo por las calles de la primavera madrileña, hace más de cien años. Este breve relato de Pardo Bazán nos obsequia con una aguda – y muy actual- reflexión sobre la madurez en mujeres y hombres.

Nota biográfica sobre Emilia Pardo Bazán (1851-1921)

Emilia Pardo Bazán (La Coruña 1851, Madrid 1921), condesa de Pardo Bazán, fue una novelista, periodista, ensayista, crítica literaria, poetisa, traductora, editora, catedrática y conferenciante española. Precursora de los derechos de las mujeres y el feminismo, reivindicó y tuvo una importante actuación pública en defensa de la instrucción de la mujer.

Fue rechazada por tres veces (1889, 1892 y 1912) por la Real Academia Española, pese a ser la primera mujer en presidir la sección de literatura del Ateneo de Madrid (1906), la primera catedrática de literatura en la Universidad Central de Madrid (1916), además de ser nombrada (1910) Consejera de Instrucción Pública por Alfonso XIII.

Pardo Bazán, al margen de su apasionada vida social, fue una autora infatigable. Introductora del naturalismo en España, su obra evolucionó desde el realismo y el naturalismo hacia un mayor espiritualismo. Ello se observa en sus cerca de cincuenta novelas – Los Pazos de Ulloa (1886) es quizá la más reconocida- y en sus más de quinientos cuentos y relatos, recogidos en diversas publicaciones a lo largo de diez años largos (1888-1899).

Texto adaptado. Solución

Más fijo que el sol.

A las tres de la tarde en invierno y a las cinco en verano paseaba Paquita Llerena hacia el Retiro, llevando sujeto por un cordón de seda roja a Mosquito, su perro grifón, pequeño como un juguete. El animalillo era una preciosidad: sus sedas, gris acero, se acortinaban revueltas sobre su hociquín, negro y brillante; y sus ojos, enormes, parecían dos uvas maduras. Cuando Mosquito se cansaba, Paquita le cogía en brazos.

Solterona, y bien avenida con su libertad, Paquita solo se tomaba molestias por el bichejo. Lo lavaba, lo espulgaba, lo jabonaba y lo perfumaba; le servía su comida especial, crema de huevo, bolitas de arroz; le limpiaba la dentadura, con oralina y cepillo. De noche, en diciembre, saltaba de la cama, descalza, para ver dormir al tontorrón sobre almohadón de pluma, bajo una manta microscópica de raso.

Una esplenderosa tarde de abril, domingo, subiendo por la acera atestada de la calle de Alcalá, Paquita notó una sensación extraña, como si acabase de quedarse sola entre el gentío. Antes de tener tiempo de darse cuenta de lo que le sucedía, se cruzó con un conocido, don Santos Comares de la Puente, funcionario en el Ministerio de Hacienda que la saludó, sonrió y la paró un instante informándose de su salud. Cuando el buen señor se perdió entre los numerosos paseantes, Paquita percibió otra vez la soledad; el cordón rojo flotaba, cortado; Mosquito había desaparecido.

Tenía Paquita un carácter reconcentrado y enérgico, frecuente en las mujeres que han llegado a los cuarenta años sin la sombra y el calor de la familia. No gritó, no alborotó: a fuer de solterona, temía las cuchufletas. A su alrededor no estaba el perro, ni nadie con trazas de habérselo llevado. Interrogó a los porteros, puso anuncios en los diarios y hasta votó una misa a San Antonio, abogado de las causas perdidas. Pero mosquito no estaba perdido, sino robado…, y el santo se inhibió; los ladrones no eran de su incumbencia.

Al cabo de dos meses, Paquita había enfermado de tristeza. La mandaron pasear mucho, entre calles, por sitios alegres y concurridos. Y un día, parada delante de un escaparate, el claro vidrio reflejó una forma tan conocida como adorada: ¡el encantín! Se volvió conteniendo un grito de salvaje alegría…, y lo mismo que cuando había desaparecido el perro, vio ante sí la figura poco gallarda de don Santos Comares, saludando y preguntando machacona y cordialmente: «¿Qué tal esa salud?…». Pero, bajo el puño de la manga izquierda de aquel hombre, entre el brazo y el cuerpo, asomaba la cabecita adorable, los ojos como uvas en sazón y se oía el cómico ladrido, de falsete, de Mosquito, jubiloso al reconocer a su antigua ama.

-¡Hijo! ¡Tesoro! ¡Encanto de mi vida! ¡Cielín!

Se abalanzó para apoderarse del chucho, pero ya don Santos, a la defensiva, daba dos pasos atrás y protegía la presa con un «¡Señora!», indignado y escandalizado, que hizo volverse irónicos y risueños a los transeúntes.

  • ¡Ese perro es mío!, y ahora comprendo que fue usted quien me lo cogió. ¡Usted mismo! aquella tarde, en la acera de la calle de Alcalá.
  • ¡Señora! -repitió don Santos-. ¿Me toma usted por ladrón de bichos? Este perrito me pertenece: lo he comprado, y no barato; lo tengo empadronado, y a nadie consentiré que me dispute su propiedad.
  • En el collar están mis iniciales y el nombre del animalito. Verá usted cómo atiende, cómo me mira. «¡Mosquitín!» ¿No me conoces, hechizo mío?
  • El perro, señora, cuando lo adquirí, venía desnudo de toda prenda; le puse de nombre Togo. Toguín, Toguín; ya lo ha visto usted: menea la cola.

Paquita, desesperada, sintió brotar dos lágrimas. La gente empezaba a formar corro; bromeaban. El decoro se sobrepuso a la pasión. Habló en voz baja, roncamente:

  • Bueno, señor Comares, bueno… Llévese lo que no es suyo. Cuando le dé a usted vergüenza espero que lo restituirá. Creí que era usted un caballero…

Le dió la espalda, y siguió calle abajo, seguida por miradas de chunga malévola…

Su padecimiento se agravó. Pero su médico también asistía al señor Comares, e informó a éste de lo que pasaba. No era el alto empleado un hombre sin corazón. Solicitó ver a Paquita, llevó consigo a Mosquito y lo colocó en el regazo de la solterona.

  • Señora, estoy disgustado; disgustadísimo… No me es posible cederle el perro; pero se lo traeré siempre para que usted lo acaricie y vea que está gordito y sano.
  • ¿Se burla usted de mí? -saltó, furiosa, ella-. ¿Traérmelo y quitármelo? Ni lo piense, señor mío; ¿qué se ha figurado?
  • Cálmese usted, Paquita…- don Santos habló con dulzura- todos tenemos nuestros afectos; desde que perdí a mi chico único, que nos daba tantas esperanzas, de resultas perdí también a mi pobre mujer; no hay a mi alrededor nadie que me acompañe… Le he cogido cariño al animalito… Es un gitano… Tráteme usted todo lo mal que guste; no le devuelvo a Togo. No, señor.

Paquita callaba, ceñuda, meditando. De improviso se alzó de su asiento, se apoderó del perro, abrió la ventana y, alzando en el aire al grifón, exclamó, trágicamente:

  • Intente usted robármelo otra vez, y va a la calle.

Don Santos quedó paralizado. Veía ya a su Togo estrellado sobre la acera, cerrados los enormes ojos, rota la cabecilla contra las losas, flojas las sedas, frías las patas…

La mujer había vencido: la furia pasional arrollaba al tranquilo y nostálgico querer.

A los pocos días, Paquita recibió una atenta nota de don Santos. Le pedía permiso para frecuentar la casa; así vería alguna vez a Togo; a ella le llevaría bombones de chocolate. No era posible rehusar. La triunfadora acogió amablemente al derrotado. A causa de la oposición de sus genios, fueron congeniando; se habituaron a verse y a tolerarse sus manías de almas rancias y solitarias, sus herrumbres de cuerpos en decadencia.

Al cabo de un año, el perrito paseaba en la berlina de los consortes; y en adelante fue de ambos con igual derecho. Pero el esposo siempre le llamó Togo, y Mosquito, la esposa.

 

Llámame tía Dora

Presentación

Llámame tía Dora (2015)

Este relato de Doctorow, Llámame tía Dora, pertenece a su libro Cuentos completos, el último libro que el autor dio a la imprenta (2015) y en el cual el relato aparece con el título original Una casa en la llanura.

Las grandes virtudes del Doctorow narrador, al margen de su tarea como novelista histórico, aparecen en este relato. Directo, sencillo y contundente. Y en el escenario de la América profunda y de la gran depresión, Doctorow plantea con una desnuda sencillez el dilema moral que arrastra la humanidad desde hace siglos: hacer el mal para asegurar la vida. Inolvidable tía Dora. 

Nota biográfica sobre E. L. Doctorow (1931-2015)

Edgar Lawrence Doctorow nació y murió en EEUU (Nueva York, 1931-2015). Fue un escritor estadounidense de varias novelas aclamadas por los especialistas, en las cuales mezcla historia y crítica social. Se ha dedicado toda su vida a la escritura y a la enseñanza.

Alguna de sus novelas –Ragtime (1976), Billy Bathgate (1990)- han sido llevadas con éxito al cine. Y todas han tenido una excelente acogida por el público, especialmente, el estadounidense (La gran marcha, 2005; Cuentos completos, 2015). Con un estilo narrativo que enlaza con los grandes autores estadounidenses – Hawthorne, Hemingway, Carver- leer a Doctorow es aproximarse al distinto estilo de vida americano.

Texto adaptado. Llámame tía Dora (2015)

Mamá me dijo que, de ahí en adelante, yo debía ser su sobrino. Llámame tía Dora, me dijo.

Con el seguro de vida recibido a la muerte del doctor mamá había comprado en otro estado una granja, alejada de la ciudad. ¿A quién le importaría allí si yo era su hijo o no? Piensa, cuando me llames tía Dora, que esta tía tuya te ha acogido después de la muerte de su hermano viudo Horace; aunque ambos sabíamos que mamá no tenía hermanos.

La estación de tren de La Ville se reducía a un andén de cemento y un cobertizo a modo de sala de espera sin taquilla. No lograba imaginar cómo, según mamá, vivía allí una población de más de tres mil personas.

Un hombre se prestó a llevarnos en un carromato. Circuló por calles con algunas casas de sólida construcción, pero después, a medida que te alejabas del centro, se sucedían deterioradas casas de una sola planta, con porches pequeños y oscuros, huertos y tendederos en las partes traseras, separadas por callejones. Luego, recorridos tres o cuatro kilómetros a través de tierras de labor con un silo aquí y allá, junto a la carretera que se perdía recta hacia el oeste entre maizales, apareció lo que nunca yo habría esperado: una casa de ladrillo rojo, de tres plantas, con azotea y una escalinata de piedra, como salida de una calle de casas adosadas de Chicago.

Ésa era, en efecto, nuestra nueva casa.

Estaba semiabandonada, con telarañas por todas partes y excrementos de animales. Pero mamá lo había organizado todo y pronto comenzaron a ir llegando los carromatos con los muebles que había mandado por tren. No pocos hombres parecían dispuestos a ganarse más de un jornal de manos de aquella dama de buen ver con sortijas en los dedos. Se levantó una cerca para gallinero, se araron los eriales, se dragó el abrevadero donde estaría el agua para el ganado y durante un tiempo pareció que mamá era la mayor empresaria de La Ville.

Pero, ¿quién iba a sacar el agua del pozo, lavar la ropa y hacer el pan? La vida de campo era distinta, solitaria, aislada. Teníamos los recursos suficientes para vivir, pero yo me estaba sintiendo tan desprotegido como nunca me había sentido en la civilización de la que nos habíamos apartado. Por primera vez dudé del buen criterio de mamá.

Una tarde, contemplando ponerse el sol tras los montes a kilómetros de distancia.

  • Tía Dora, dije, ¿qué se nos ha perdido aquí?
  • Voy a traer una inmigrante que nos ayude. Dormirá en el cuarto pequeño detrás de la cocina.
  • ¿Por qué inmigrante? Hay mujeres en La Ville a las que vendría bien el dinero.
  • La traigo de otro estado; no quiero una mujer que se dedique a contar todo lo que pasa en casa. Usa el sentido común que Dios te dio, Erly.
  • Lo intento, mamá.
  • Tía Dora, maldita sea.
  • Tía Dora.

No sé por qué, pero después de este diálogo me quedé más tranquilo.

Mamá había contratado a Bent, grandote y torpe, como hombre para todo. Además del trabajo diario, una tarde lo subió a su habitación y yo pensé que tendríamos problemas. Per Bent era demasiado estúpido y comprendí que mamá tenía un plan. Además de Bent estaban los huérfanos. Mi madre había firmado un contrato con una agencia benéfica de Nueva York que le pagó por acoger a tres niños. Dos niños y una niña de aspecto agradable, pálidos y callados, de seis, seis y ocho años. A mamá le parecía buena idea llevarlos a la iglesia metodista de La Ville para exhibirlos con la ropa nueva que les había comprado. La tía Dora enseñó a los pequeños Joseph, Calvin y Sophie a que la considerasen su mamá. Llamadme mamá, les dijo. Y ellos lo hacían.

Mamá había confeccionado la familia. Fannie, la cocinera, que no hablaba inglés y trabajaba duro; Bent, que se escabullía y bebía mucho, pero que cumplía trabajando en los maizales; además, dos mañanas por semana una maestra del condado jubilada venía a instruir en lectura y aritmética a los niños.

Y una noche mamá dijo. Tenemos una finca agrícola que funciona, una familia bien avenida y una situación relativamente holgada, pero si no encontramos nada antes del invierno nuestro único recurso es la póliza de seguro que contraté para los pequeños.

Y me leyó lo que parecía ser un anuncio: “¡Se busca! Viuda reciente con una próspera granja necesita un hombre nórdico con dinero para ser socio”.

  • ¿Por qué nórdico?, le dije.
  • Es lo que buscamos, suecos y noruegos, recién desembarcados, hablando mal el idioma y con sus ahorros de toda la vida.

Empezaron a llegar cartas y visitas. Los recibíamos en el salón: mamá servía café, y los niños, sus hijos, y yo, su sobrino, escuchábamos lo bien que se explicaba mamá. En estas primeras visitas, mamá, una mujer atractiva y de buena talla, vestía una simple falda plisada de color gris y una blusa blanca, sin más joyas que la cadena de oro con la cruz colgada que caía entre sus pechos y el pelo recogido en un moño alto en lo alto de la cabeza, en favorecedor descuido. Y nuestra cuenta corriente en el banco de La Ville empezó a engordar satisfactoriamente. Y se retiró el anuncio de “¡Se busca!”; nuestro invierno sería de descanso como en todas las granjas agrícolas.

Un frío día de diciembre llegó una carta de Winnifred, una medio novia que yo había dejado en Chicago. Me enterneció leer que le gustaría reunirse conmigo. Pero, en la segunda página, daba noticias del barrio. Iban a iniciar la investigación de la muerte del doctor, el marido de mamá en Chicago. La policía estaba preguntando dónde nos habíamos ido mamá y yo. Mamá no se inquietó demasiado, pero noté que comenzó a acelerar su plan. Así, en Nochebuena dio una fiesta invitando a los conocidos de La Ville – el banquero, los comerciantes, el párroco metodista- que acudieron en sus coches con sus esposas, vieron el abeto iluminado con velas, los niños vestidos para la ocasión y servidos por Fannie, uniformada, todos tomaron el ponche de huevo. La institutriz había traído su armonio y todos nos reunimos alrededor de la chimenea para cantar villancicos.

Poco después, pasados unos días del Año Nuevo, apareció un hombre ante nuestra puerta, otro sueco. No habíamos puesto el anuncio “Se busca” desde hacía meses y mamá no tenía intención de recibirlo; pero el individuo era hermano de otro que sí nos había visitado en el otoño. Dijo que se llamaba Henry Lundgren y que no había recibido noticias de su hermano Per desde que éste había salido para La Ville con dos mil dólares. Sabía que Per había dormido en el hotel de La Ville. Él había visto su firma.

Aquella tarde, mamá dijo. Bien Erly, nos vamos, pero tenemos mucho trabajo pendiente antes de la marcha. Si el pasado otoño ese sueco, Per, nos hubiera dicho que tenía un hermano no estaría donde está. ¡Dónde está Bent! Le ordenó que cogiera el coche, fuera a La Ville y cargara con media docena de latas de queroseno de cuatro litros, rápido que había que trabajar duro.

Mamá había pensado en todo. Había estado retirando cantidades de la cuenta durante todo el invierno. Teníamos una pequeña fortuna. Los pequeños detalles demostraron su genialidad. Por ejemplo, el mayor de los hermanos era de estatura parecida a la mía y Fannie, el ama de llaves, tenía las hechuras de mi madre. Y antes de ordenar a Bent que subiera y bajara por las escaleras derramando queroseno por todas las habitaciones se aseguró de que estuviera bien borracho. Terminaría durmiendo en el establo y allí es donde lo encontraron abrazado a una lata vacía de queroseno como quien abraza a una amante.

La casa ardió por los cuatro costados. Según los periódicos, fueron los dos cadáveres decapitados de Madame Dora y de su sobrino los que más atención atrajeron. Además, claro está, los de los bultos envueltos de los dos pequeños. Se encontraron otros huesos en el pozo y en el abrevadero, pero la prensa parecía más interesada en recoger los comentarios de los vecinos de La Ville, “qué final tan atroz para una dama tan refinada y cariñosa con los niños”.

Todo va a ir bien, dijo mamá, leyendo la prensa a muchos kilómetros de distancia.

  • Sí, tía Dora.
  • Eso de tía Dora era solo para allí, ahora se ha acabado.
  • Sí, mamá.

Minicuentos

Presentación

Minicuentos

Reseña de seis minicuentos de cinco autores diferentes, correspondientes a diversas épocas, entre el siglo I y el siglo XX.

La tradición del cuento se remonta al origen del ser humano, por su sencillez de comunicación y su aplicación inmediata a la vida de cada día. Y, por las mismas razones, desde siempre han existido relatos mucho más breves, pequeñas historias y anécdotas, fáciles de recordar y de repetir por transmisión oral. Acertijos, pequeñas intrigas, relatos jocosos o picantes están recogidos en todas las tradiciones y culturas.

Este mes de septiembre de 2015, para la vuelta de las vacaciones, hemos seleccionado en RelatABA seis de estos minicuentos, de apenas unos renglones, que abarcan desde el siglo I al siglo XX y que quizá provoquen una sonrisa o un instante de relajación entre nuestros lectores.

Texto adaptado. Minicuentos

Petronio, Roma, 27-66 

Epitafio de una perra de caza

La Galia me vio nacer, la Conca me dio el nombre de su fecundo manantial, nombre que yo merecía por mi belleza. Sabía correr, sin ningún temor, a través de los más espesos bosques, y perseguir por las colinas al erizado jabalí. Nunca las sólidas ataduras cautivaron mi libertad; nunca mi cuerpo, blanco como la nieve, fue marcado por la huella de los golpes. Descansaba cómodamente en el regazo de mi dueño o de mi dueña y mi cuerpo fatigado dormía en un lecho que me habían preparado amorosamente. Aunque sin el don de la palabra, sabía hacerme comprender mejor que ningún otro de mis semejantes; y, sin embargo, ninguna persona temió mis ladridos.

¡Madre desdichada! La muerte me alcanzó al dar a luz a mis cachorros. Y, ahora, un estrecho mármol cubre la tierra donde yo descanso.

Petronio, Roma, 27-66 

El lobo

Logré que uno de mis compañeros de guarnición -un soldado más valiente que Plutón- me acompañara. Al primer canto del gallo, emprendimos la marcha; todavía brillaba la luna como el sol a mediodía. El camino pasaba junto a unas tumbas. Mi compañero se para; empieza a conjurar astros; yo me siento y me pongo a contar las columnas y a canturrear. Al rato me vuelvo hacia mi compañero y lo veo desnudarse y dejar la ropa al borde del camino. De miedo se me abrieron las carnes; me quedé como muerto: lo vi orinar alrededor de su ropa. Se convirtió en lobo.

Lobo rompió a dar maullidos y huyó al bosque. Fui a recoger su ropa y vi que se había transformado en piedra. Desenvainé la espada y temblando volví a la guarnición; allí no dije nada y me las arreglé para llegar a casa. Melisa se extrañó de verme llegar más temprano de lo esperado.

Pues si hubieras llegado un poco antes -me dijo- hubieras podido ayudarnos: un lobo ha penetrado en el redil y ha matado las ovejas; fue una verdadera carnicería; logró escapar, pero uno de los esclavos le atravesó el pescuezo con la lanza. No respondí.

Al día siguiente, antes de regresar a la guarnición volví por el camino de las tumbas. En el lugar en que había quedado la ropa petrificada había ahora una gran mancha de sangre. Entré en la guarnición; el soldado estaba tendido en un lecho. Ha sangrado como un buey,- me dijeron; un médico estaba curándole el cuello.

Feng Meng-lung, China, 1574-1646 

El dedo

Un hombre pobre se encontró en su camino a un antiguo amigo. Éste tenía un poder sobrenatural que le permitía hacer milagros. Como el hombre pobre se quejara de las dificultades de su vida, su amigo tocó con el dedo un ladrillo que de inmediato se convirtió en oro. Se lo ofreció al pobre, pero éste se lamentó de que eso era muy poco. El amigo tocó un león de piedra que se convirtió en un león de oro macizo y lo agregó al ladrillo de oro. El amigo insistió en que ambos regalos eran poca cosa.

-¿Qué más deseas, pues? -le preguntó sorprendido el hacedor de prodigios.

-¡Quisiera tu dedo! -contestó el otro.

 

Robert Burton, Inglaterra, 1577-1640 

Un tercero en discordia

En su Vida de Apolonio, refiere Filostrato  la historia de  Menicio Lipio.

Menicio era un mancebo de veinticinco años, que,   en el camino de Corinto encontró a una hermosa mujer, la cual tomándolo de la mano, lo llevó a su casa y le dijo que era fenicia de origen y que si se demoraba con ella, la vería bailar y cantar y que beberían un vino incomparable y que nadie estorbaría su amor. Asimismo le dijo que siendo ella placentera y hermosa, como lo era él, vivirían y morirían juntos.

El mancebo, que era un filósofo, sabía moderar sus pasiones, pero no ésta del amor, y se quedó con la fenicia y por último se casaron. Entre los invitados a la boda estaba Apolonio de Tiana, que comprendió en el acto que la mujer era una serpiente, una lamia, y que su palacio y sus muebles no eran más que ilusiones. Al verse descubierta, ella se echó a llorar y le rogó a Apolonio que no revelara el secreto.

Apolonio habló; ella y el palacio desaparecieron.

 

Max Aub, España, 1903-1972 

Hablaba y hablaba

Hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Y venga hablar. Yo soy una mujer de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar, y hablar, y hablar. Estuviera yo donde estuviera, venía y empezaba a hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba. ¿Despedirla por eso? Hubiera tenido que pagarle sus tres meses. Además hubiese sido muy capaz de echarme mal de ojo.

Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla en la boca para que se callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le reventaron las palabras por dentro. 

 

Andrea Bocconi, Italia, 1950- 

Tranvía

Por fin. La desconocida subía siempre en aquella parada. «Amplia sonrisa, caderas anchas… una madre excelente para mis hijos», pensó. La saludó; ella respondió y retomó su lectura: culta, moderna.

Él se puso de mal humor: era muy conservador. ¿Por qué respondía a su saludo? No debía responder, ni siquiera lo conocía. Dudó.

Ella bajó. Él se sintió divorciado: «¿Y los niños, con quién van a quedarse?»