¡Adiós, Cordera!

Presentación

¡Adiós, Cordera! (1892)

Reseña biográfica sobre Leopoldo Alas Clarín

Leopoldo Alas (Zamora, 1852-Oviedo, 1901), conocido por el seudónimo de «Clarín», forma con Pérez Galdós la pareja de grandes novelistas españoles del siglo XIX. Estudió Derecho en Madrid y fue catedrático primero en la Universidad de Zaragoza y más tarde en la de Oviedo. Lector infatigable y estudioso concienzudo, sus más de dos mil artículos filosóficos, políticos y literarios publicados lo convirtieron en el mayor crítico literario de su tiempo, y en una autoridad intelectual influyente y respetada, de ideología progresista y ética liberal.

Es bien conocido por su novela La Regenta, llevada al cine en más de una ocasión. En la obra Clarín aborda el tema del adulterio, con una audacia y maestría comparables a las de los grandes novelistas europeos de final del XIX: Flaubert (Madame Bovary),  Eça de Queiroz (El primo Basilio), Tolstoi (Ana Karenina), Fontane (Effie Briest).

Escribió muchos y muy buenos cuentos y novelas cortas. El Señor y lo demás son cuentos (al que pertenece ¡Adiós Cordera! que recogemos en RelatABA), Doña Berta, Cuervo y Superchería (los tres de 1892) y Cuentos morales (1896) son, posiblemente, los relatos más notables de la literatura española de su tiempo.

Texto adaptado. ¡Adiós, Cordera! (1892). Leopoldo Alas (Clarín)

(texto adaptado)

Eran tres, ¡siempre los tres!: Rosa, Pinín y la Cordera.

El prao Somonte era un recorte de terciopelo verde tendido cuesta abajo por la loma. Llegaba hasta la línea del ferrocarril de Oviedo a Gijón y allí el alto palo del telégrafo representaba para Rosa y Pinín el límite del ancho mundo desconocido, misterioso, temible.

Pinín, después de haberlo pensado mucho, fue atreviéndose a trepar hasta cerca de los alambres, pero sin tocar la porcelana de arriba. Rosa, menos audaz, pero más enamorada de lo desconocido, se contentaba con arrimar el oído al palo del telégrafo. Su interés estaba en el ruido por el ruido mismo, por su timbre y su misterio. La Cordera miraba de lejos el palo del telégrafo como lo que era para ella, una cosa muerta, inútil, no le servía ni para rascarse.

La Cordera era una vaca que había vivido mucho, pastaba no mucho, cada día menos, pero con atención, escogiendo los mejores bocados, y, después, a sentarse sobre el cuarto trasero con delicia, a rumiar la vida, a gozar el deleite del no padecer, del dejarse existir; todo lo demás, aventuras peligrosas. Ya no recordaba cuándo le había picado la mosca -el xatu (el toro)-, ni los saltos locos por las praderas adelante… ¡todo eso estaba tan lejos!

Aquella paz se había turbado con el ferrocarril. La primera vez que la Cordera vio pasar el tren se volvió loca. Saltó, corrió por prados ajenos, y el terror duró cada vez que la máquina asomaba. Se fue acostumbrando; ya se limitaba a ponerse en pie y a mirar de frente al formidable monstruo; acabó por no mirar al tren siquiera. En Pinín y Rosa el ferrocarril fue al principio una alegría loca, miedo supersticioso, excitación nerviosa, gritos, gestos y pantomimas descabelladas. Tardó mucho en gastarse aquella emoción.

Pero telégrafo, ferrocarril, todo eso, eran accidentes pasajeros en la soledad del prao Somonte, sin vivienda humana, sin ruidos. Mañanas sin fin, bajo los rayos del sol entre el zumbar de los insectos y, tardes eternas, de dulce tristeza silenciosa. Pinín y Rosa, los niños gemelos, los hijos de Antón de Chinta, teñida el alma de la serenidad soñadora de la naturaleza, callaban horas y horas, sentados cerca de la Cordera. En este silencio había amores. Se amaban los dos hermanos como dos mitades de un fruto verde, unidos por la misma vida; amaban Pinín y Rosa a la Cordera, la vaca abuela, grande, amarillenta, cuyo testuz parecía una cuna. La Cordera, hasta donde es posible adivinar estas cosas, también quería a los gemelos encargados de apacentarla.

No siempre Antón de Chinta había tenido el prado Somonte. Años atrás, la Cordera tenía que salir “a la gramática”, esto es, a apacentarse como podía, a la buena ventura de los caminos y escasas praderías del común. Pinín y Rosa la guiaban a los mejores altozanos y la libraban de las mil injurias a que están expuestas las reses que tienen que buscar su alimento por los caminos. En los días de hambre, en el establo, cuando el heno escaseaba, Rosa y Pinín ingeniaban mil industrias para hacer más suave la miseria. Y en los tiempos heroicos del parto y la cría se entablaba la lucha entre los Chintos por robar la leche de las ubres y la pobre madre para que el ternero subsistiese. Rosa y Pinín, siempre de parte de la Cordera, a escondidas, soltaban el recental, que, ciego y como loco, a testaradas contra todo, corría a buscar el amparo de la madre, que le albergaba bajo su vientre. Estos recuerdos, estos lazos, no se olvidan.* * *
Antón de Chinta comprendió que había nacido para pobre. Llegó, gracias a mil ahorros, la primera vaca, la Cordera. Y no pasó de ahí; se vio obligado, para pagar atrasos al amo, a llevar al mercado a la Cordera, el amor de sus hijos. Chinta había muerto a los dos años de tener la Cordera en casa. El establo y la cama del matrimonio estaban pared por medio, llamando pared a un tejido de ramas de castaño y de cañas. La Chinta había muerto mirando a la vaca por un boquete del destrozado tabique de ramaje, señalándola como salvación de la familia.

    – “Cuidadla, es vuestro sustento”, decía la pobre moribunda, extenuada de hambre y de trabajo.

Y el amor de los gemelos se había concentrado en la Cordera.

Un sábado de julio, al ser de día, de mal humor Antón, echó a andar hacia Gijón, llevando la Cordera por delante, sin más atavío que el collar de esquila. Pero al oscurecer, Antón y la Cordera entraban por la corrada mohínos, cansados y cubiertos de polvo. No había vendido. Pedía mucho por la vaca para que nadie se atreviese a llevársela. Los que se habían acercado a intentar fortuna se habían alejado pronto echando pestes de aquel hombre que miraba con ojos de rencor y desafío al que osaba insistir en acercarse al precio fijo tras el que él se parapetaba.

* * *

Desde aquel día Pinín y Rosa no sosegaron. A media semana se personó el mayordomo en el corral de Antón. El amo no esperaba más. Antón, que no admitía reprimendas, se puso lívido ante las amenazas de desahucio. Bueno, vendería la vaca a vil precio, por una merienda. Había que pagar o quedarse en la calle. Ese mismo sábado acompañó Pinín a su padre. El niño miraba con horror a los contratistas de carnes, los tiranos del mercado. La Cordera fue comprada en su justo precio por un rematante de Castilla. Se la hizo una señal en la piel y volvió a su establo, ya vendida, ajena, tañendo la esquila. Rosa, al saber la venta, se abrazó al testuz de la Cordera, que inclinaba la cabeza a las caricias. Pinín, con ojos como puños, había vuelto a la casa detrás de Antón de Chinta, taciturno.

    – “¡Se iba la vieja!” -pensaba con el alma destrozada Antón el huraño. “Ella ser, era una bestia, pero sus hijos no tenían otra madre ni otra abuela.”

Aquellos días en el pasto, en la verdura del Somonte, el silencio era fúnebre. La Cordera ignoraba su suerte, descansaba y pacía como siempre. Pero Rosa y Pinín, desolados, miraban con rencor los trenes que pasaban, los alambres del telégrafo. El viernes, al oscurecer, fue la despedida. Vino un encargado del rematante de Castilla. Pagó; bebieron un trago. Pinín y Rosa, unidos por las manos, miraban al enemigo con ojos de espanto y en el supremo instante se arrojaron sobre su amiga; besos, abrazos: hubo de todo. No podían separarse de ella. Antón, agotada pronto la excitación del vino, cayó como un marasmo; cruzó los brazos, y entró en el corral oscuro.

Caía la noche; por la calleja oscura que hacían casi negra los altos setos, se perdió el bulto de la Cordera, que parecía negra de lejos. Después no quedó de ella más que el tintán pausado de la esquila, desvanecido con la distancia.
    -¡Adiós, Cordera! -gritaba Rosa deshecha en llanto-. ¡Adiós, Cordera de mío alma!
    -¡Adiós, Cordera! -repetía Pinín, no más sereno.
    -Adiós -contestó, a su modo, la esquila, perdiéndose su lamento triste y resignado.

* * *

Al día siguiente el prao Somonte sin la Cordera parecía el desierto. De repente silbó la máquina, apareció el humo, luego el tren. En un furgón cerrado vislumbraron Pinín y Rosa cabezas de vacas mirando por los tragaluces.
    -¡Adiós, Cordera! -gritó Rosa, adivinando allí a su amiga, la vaca abuela.
    -¡Adiós, Cordera! -vociferó Pinín con la misma fe, enseñando los puños al tren.

Y, llorando, repetía el rapaz, más enterado que su hermana de las picardías del mundo:
    -La llevan al matadero… para comer los señores, los curas… los indianos.

* * *

Pasaron años. Pinín se hizo mozo y se lo llevó el rey. Ardía la guerra carlista. Y una tarde triste de octubre, Rosa, en el prao Somonte sola, esperaba el paso del tren correo de Gijón, que le llevaba a sus únicos amores, su hermano. Silbó a lo lejos la máquina, apareció el tren en la trinchera, pasó como un relámpago. Rosa, casi metida por las ruedas, pudo ver un instante en un coche de tercera multitud de cabezas de quintos que gritaban, gesticulaban, saludando a los árboles, al suelo, a los campos, a toda la patria familiar, a la pequeña, que dejaban para ir a morir en las luchas de la patria grande, al servicio de un rey y de unas ideas que no conocían.

Pinín, con medio cuerpo fuera de una ventanilla, tendió los brazos a su hermana; casi se tocaron. Y Rosa pudo oír entre el estrépito de las ruedas y la gritería de los reclutas la voz distinta de su hermano, que sollozaba, exclamando:
    -¡Adiós, Rosa!… ¡Adiós, Cordera!
    -¡Adiós, Pinínl ¡Pinín de mío alma!…

“Allá iba, como la otra, como la vaca abuela. Se lo llevaba el mundo. Carne de vaca para los glotones, para los indianos; carne de su alma, carne de cañón para las locuras del mundo, para las ambiciones ajenas.” Pensaba Rosa, viendo el tren perderse a lo lejos, silbando triste. “¡Qué sola se quedaba!” Ahora sí, ahora sí que era un desierto el prao Somonte.
    -¡Adiós, Pinín! ¡Adiós, Cordera!

Con qué odio miraba Rosa la vía manchada de carbones apagados; con qué ira los alambres del telégrafo. ¡Oh!, bien hacía la Cordera en no acercarse. Aquello era el mundo, lo desconocido, que se lo llevaba todo. Rosa arrimó la cabeza al palo del telégrafo y oyó el viento que, en las entrañas del pino seco, cantaba su canción metálica de lágrimas, abandono, soledad, muerte.

En las vibraciones como quejidos, Rosa oía, lejana, la voz que sollozaba por la vía adelante:

-¡Adiós, Rosa! ¡Adiós, Cordera!

Tarde de tedio y desamor

Presentación

Tarde de tedio y desamor (1970)

Reseña biográfica sobre Carmen Martín Gaite

Carmen Martín Gaite (Salamanca, 1925 – Madrid, 2000) fue una escritora española de vocación infatigable. En 1954 obtuvo el Premio Café Gijón por su novela corta El balneario y en 1957 el Premio Nadal por su primera novela larga, Entre visillos. Con su segunda novela, Ritmo lento, quedó finalista en 1962 del premio Biblioteca Breve de Narrativa. Siguió escribiendo – cuentos, novelas, crítica literaria, guiones para televisión y traducciones- hasta finales de los años noventa. Dedicó esfuerzos también a la investigación histórica y a la sociología, terrenos que conectan con el resto de su obra como creadora.

Cabe decir que es una de las figuras más importantes de las letras hispánicas del siglo XX.

Recibió, entre otros, el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, en 1988 y el Premio Nacional de las Letras Españolas, en dos ocasiones. Otras de sus obras de éxito han sido Entre visillos, El cuarto de atrás, Nubosidad variable, Lo raro es vivir, Irse de casa.

Texto adaptado. Tarde de tedio y desamor (1970)

  • ¡Jesús, qué niña! No repliques a tu madre; eso a mamá no se le dice. Vamos guapita, a tu mamá le duele la cabeza, y yo os llevo al parque.
  • Mentira podrida, no está mala, antes ha estado hablando por teléfono mucho rato y se reía.
  • ¡Cállate, niña! Señora le cojo cien pesetas. Me llevo a Anita y a Ernesto a ver la casa de fieras. Y descanse. ¿Le recojo esta ropa que tiene revuelta por aquí?
  • No, déjelo, Juana, tengo que ver primero lo que hace falta llevar al tinte o a la modista. ¡Ay, qué pesadez de niños! ¡Lléveselos de una vez!.

Las palabras han quedado rebotando contra las paredes de la habitación como un moscardón. En la media penumbra se distinguen amontonados trajes veraniegos como amigos a los que se acaba de encontrar. El azul, el de rayas, el pantalón vaquero, el rojo, la blusa que no le gustaba a Antonio… La mujer se remueve, mira al techo. La visión de una mancha le recuerda una foca. Así tumbada se le puede pasar la tarde, mejor sería llegarse a casa de la modista. Tiene toda la tarde por delante, los niños no van a llegar hasta la ocho; y al fin no se va a dormir. Dormir, desde luego, sería una solución. Pero no, cansada no está; se destapa, mueve las piernas largas y blancas, complacida. Nada, es evidente que no tiene ganas de dormir; pero, ¿es que tiene ganas de ir a la modista?.

Se acuerda de la modista, Vicenta, impasible, con ojos de rana y voz de sosera: “Pues no le queda mal… no, si yo, por deshacérselo, se lo deshago… yo, lo que me diga… entonces ¿cómo? ¿con un bies?” Me ataca los nervios, no se toma interés por nada, no te ayuda a decidir. Distinto de Carmen, la peluquerita, qué cielo de mujer, es verte entrar y ya te está animando a lo que sea.

La peluquería está cerca de casa. Por el camino siempre se detiene a ojear el kiosko de periódicos. Desde las portadas de los semanarios las veinteañeras del mundo entero la asaetean burlonamente con sus ojos lánguidos o sonrientes y sus pelos lisos y largos, con moños, con trenzas, con pelucas, con tirabuzones. Quizá sea una bobada cortarse el pelo. Lo más fácil es que no le guste a Antonio, o que ni siquiera se dé cuenta de que se lo ha cortado. Llega mohina a la peluquería.

  • ¡Cuánto tiempo sin verla señora Cuevas! ¿Qué se va a hacer?
  • Lavar y marcar; pero no sé si cortarme también un poco. Así, las puntas de delante un poco más largo, aunque no sé qué tal me estaría…, es que… no sé qué hacer con el pelo, Carmen, le digo la verdad.
  • No se preocupe, ya la he entendido y le quedará muy bien. Aunque, hágame caso, le irían muy bien unas mechas.
  • ¿Usted cree?
  • Usted quiere verse guapa, ¿no? Pues déjeme a mí. Pepi, vete lavando a la señora.
  • Qué bien lava la cabeza esta chica, cómo descansa esa presión de los dedos casi infantiles sobre el cuero cabelludo. Es simpática esa gente que hace bien lo que hace.
  • Ya está, pase allí.

Carmen la ha llamado de nuevo. Se siente realmente abandonada a sus manos expertas que con atención empiezan a trabajar y manipular en su cabeza. La misma sensación que, de niña, la empujaba a elegir siempre el papel de enfermo cuando jugaban a médicos. Ahora Carmen le pasa un cestito con las pinzas y los rulos y le pide que la vaya ayudando; ella obedece, sumisamente; no comentan nada, es suficiente una leve sonrisa de complicidad cuando sus ojos se encuentran en la luna del espejo.

  • Ya está. Pase al secador. Pepi, revistas para la señora.

Jacqueline Onassis está en todas. Tras su gafas oscuras, desayunando en un puerto y durmiendo en otro, balanceándose sobre las olas del Adriático. Sale del secador como si hubiera bebido mucho, enrojecida, con los oídos zumbando. Ha caído la tarde y el local está vacío. Le da pena que no puedan verla las otras señoras. Es el momento mejor. Quitar los rulos, peinar, cardar, cepillar. Pone ojos soñadores. Se gusta.

  • ¿Cómo se ve?
  • Me veo rara.
  • Eso pasa siempre; pero, no me diga, las mechas le sientan muy bien.
  • Sí, la verdad es que sí. ¿Puedo llamar por teléfono un momento?

En un cuartito interior se sienta en un taburete junto al teléfono.

  • ¿El doctor Cuevas?
  • Sí, señora Cuevas, – reconoce su voz la enfermera-, espere un momento.

Al cabo de un rato oye la voz de Antonio.

  • Dime.

Es un tono seco y distraído, el de siempre. ¿Por qué esperar otra cosa? ¿Por las mechas?

  • ¿A qué hora vuelves? Hace bueno, podríamos salir a dar un paseo y tomar algo.
  • Ya salimos el martes; estoy cansadísimo.
  • ¿No terminas pronto?
  • ¿Cómo lo voy a saber? Termino tarde, no iré a cenar. Hay un parto en el Sanatorio y tengo que ir en cuanto acabe aquí.
  • Ya… Bueno, pues nada.
  • Hasta luego.
  • Adiós.

Vuelve a la sala. Carmen, sin la bata de peluquera, parece más chiquita y más insignificante.

  • Adiós, Carmen, hasta otro día.
  • Adiós, señora Cuevas. Y ya le digo, que nos mande usted a su marido, si protesta, que le convenceremos; y además así lo conocemos.
  • No sé yo; que es muy guapo.
  • Pues tal para cual.
  • Gracias Carmen; adiós.
  • Adiós, señora Cuevas.

Todavía no ha anochecido. Vuelve a casa caminando despacio. Volver es lo peor. Los niños se estarán bañando. Y Jacqueline Onassis, ¿qué hará? Cruza la calle; ya se ve su portal.

El Cautivo

Presentación

El Cautivo (1930-1950)

Nota biográfica sobre Jorge Luis Borges

Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo nació en Argentina (Buenos Aires, 1899) y falleció en suiza (Ginebra, 1986). Fue un erudito escritor argentino, considerado uno de los autores más destacados del siglo XX. Publicó ensayos breves, cuentos y poemas. ​Entre sus obras más reconocidas están Historia universal de la infamia, Ficciones, El Aleph, El libro de arena, El hacedor, Elogio de la Sombra, El otro, el mismo.

Tuvo una temprana vocación literaria, fomentada por su familia de estirpe criolla -española y portuguesa- y anglosajona y una vida bastante cosmopolita, viendo en diversos países europeos además de Argentina. Galardonado con numerosos premios,​ Borges fue también un personaje políticamente polémico, con posturas de corte conservador derechista que quizá le impidieron obtener el Nobel de Literatura​ al que fue candidato durante casi treinta años.

Borges nunca escribió una novela. A quienes le reprocharon esa falta, Borges respondía que sus preferencias estaban con el cuento, que es un género esencial, y no con la novela que obliga al relleno. De los autores que han intentado ambos géneros, como Kafka, prefería, generalmente, sus cuentos.  En el prólogo de Ficciones afirmó que era un «desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en 500 páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos».

Texto adaptado. El Cautivo (1930-1950)

Jorge Luis Borges

En Junín o en Tapalqué refieren la historia.

Un chico desapareció después de un malón; se dijo que lo habían robado los indios. Sus padres lo buscaron inútilmente; al cabo de los años, un soldado que venía de tierra adentro les habló de un indio de ojos celestes que bien podía ser su hijo. Dieron al fin con él (la crónica ha perdido las circunstancias y no quiero inventar lo que no sé) y creyeron reconocerlo. El hombre, trabajado por el desierto y por la vida bárbara, ya no sabía oír las palabras de la lengua natal, pero se dejó conducir, indiferente y dócil, hasta la casa. Ahí se detuvo, tal vez porque los otros se detuvieron. Miró la puerta, como sin entenderla.

De pronto bajó la cabeza, gritó, atravesó corriendo el zaguán y los dos largos patios y se metió en la cocina. Sin vacilar, hundió el brazo en la ennegrecida campana y sacó el cuchillito de mango de asta que había escondido ahí, cuando chico. Los ojos le brillaron de alegría y los padres lloraron porque habían encontrado al hijo.
Acaso a este recuerdo siguieron otros, pero el indio no podía vivir entre paredes y un día fue a buscar su desierto.

Yo querría saber qué sintió en aquel instante de vértigo en que el pasado y el presente se confundieron; yo querría saber si el hijo perdido renació y murió en aquel éxtasis o si alcanzó a reconocer, siquiera como una criatura o un perro, los padres y la casa.

Solo vine a hablar por teléfono

Presentación

Solo vine a hablar por teléfono (1974)

Nota biográfica sobre Gabriel García Márquez

Gabriel José de la Concordia García Márquez (Aracataca, Colombia, 1927​ – Ciudad de México,  2014​) fue un escritor, guionista, editor y periodista colombiano. En 1982 recibió el Premio Nobel de Literatura.

Estrechamente relacionado con el realismo mágico, su novela más conocida, Cien años de soledad, es considerada una de las más representativas de este movimiento literario. ​En 2007, la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española lanzaron una edición popular conmemorativa de esta novela, por considerarla parte de los grandes clásicos hispánicos de todos los tiempos. Fue famoso tanto por su genialidad como escritor como por su postura política.​ Su amistad con el líder cubano Fidel Castro fue significativa en el mundo literario y político.​

Como novelista algunas de sus novelas más conocidas son: Cien años de soledad (1967), El otoño del patriarca (1975), Crónica de una muerte anunciada (1981), El amor en los tiempos del cólera (1985).

García Márquez mantuvo una fecunda actividad como cuentista. El cuento Solo vine a hablar por teléfono (1974) forma parte del volumen Doce cuentos pregrinos, publicado en 1992, que recoge relatos escritos a lo largo de diez años.

Texto adaptado. Solo vine a hablar por teléfono (1974)

Gabriel García Márquez

Una tarde de lluvias primaverales, María de la Luz Cervantes viajaba sola hacia Barcelona conduciendo un coche alquilado cuando sufrió una avería en el desierto de los Monegros. Era una mexicana de veintisiete años, bonita y seria que volvía a reunirse aquel día con su marido después de visitar a unos parientes en Zaragoza. Al cabo de una hora de señas desesperadas a los automóviles y camiones de carga que pasaban raudos en la tormenta, el conductor de un autobús destartalado se compadeció de ella. Le advirtió, eso sí, que no iba muy lejos.

– No importa -dijo María-. Lo único que necesito es un teléfono.

Lo necesitaba para prevenir a su marido de que no llegaría antes de las siete de la noche. Parecía un pajarito mojado, con un abrigo de estudiante y los zapatos ya veraniegos. Estaba tan aturdida que olvidó llevarse las llaves del automóvil. Una mujer que viajaba junto al conductor, de aspecto militar pero de maneras dulces, le dio una toalla y una manta, y le hizo un sitio a su lado. Después de secarse a medias, María se sentó, se envolvió en la manta, y trató de hablar con su vecina, pero la mujer la interrumpió con el índice en los labios.
– Están dormidas -murmuró.

María miró por encima del hombro y vio que el autobús estaba ocupado por mujeres que dormían arropadas con mantas iguales a la suya. Contagiada por su placidez, María se enroscó en el asiento y se abandonó al rumor de la lluvia. Cuando se despertó era de noche. No tenía idea de cuánto había dormido ni dónde se encontraba.

– ¿Dónde estamos? -preguntó María a su vecina.
– Hemos llegado -contestó la mujer.

El autobús estaba entrando en el patio empedrado de un edificio enorme y sombrío. Llovía ligeramente; las pasajeras que bajaban parecían mayores y se movían con parsimonia. A María, la última en descender, se le ocurrió que podían ser monjas. Después de despedirse de su vecina María quiso devolverle la manta, pero ella le dijo que se cubriera la cabeza para atravesar el patio, y la devolviera en portería.
– ¿Habrá un teléfono? -le preguntó María.
– Por supuesto -dijo la mujer-. Ahí mismo le indican.

El autobús arrancó sin darle tiempo de más. María empezó a correr hacia la entrada del edificio. Una guardiana la detuvo con una palmada enérgica. María miró por debajo de la manta, y vio unos ojos de hielo y un índice inapelable que le indicó la fila. Obedeció. Ya en el zaguán preguntó al portero dónde había un teléfono. Una de las guardianas la hizo volver a la fila con palmaditas en la espalda, mientras le decía con modos dulces:
– Por aquí, guapa, por aquí hay un teléfono.

María siguió con las otras mujeres hasta un dormitorio colectivo. María le habló a una mujer que le pareció de jerarquía más alta.
– Es que yo solo vine a hablar por teléfono -le dijo María.

Le explicó a toda prisa que su automóvil se había averiado, que su marido estaba esperándola en Barcelona y quería avisarle. Explicó que su marido hacía funciones de magia y la necesitaba como ayudante. La guardiana pareció escucharla con atención.
– ¿Cómo te llamas? -le preguntó.

María le dijo su nombre con un suspiro de alivio, pero la mujer no lo encontró después de repasar la lista varias veces. Habló con otra guardiana, que se encogió de hombros.
– Es que yo solo vine a hablar por teléfono -dijo María.
– De acuerdo, maja – le dijo la superiora, llevándola hacia su cama con una dulzura demasiado ostensible-, si te portas bien mañana podrás hablar por teléfono.

Sólo entonces María comenzó a comprender. Las mujeres del autobús se movían con lentitud quizá porque estaban sedadas. Y aquel viejo palacio, con gruesos muros y escaleras heladas, podría ser un hospital para enfermas mentales. Trató de salir corriendo hacia la entrada, pero una guardiana gigantesca -más tarde María supo que la llamaban “Herculina”- vestida con un mono de mecánico la atrapó férreamente. María la miró aterrorizada.
– Por el amor de Dios -dijo-. Le juro por mi madre muerta que solo vine a hablar por teléfono.

Le bastó con verle la cara para saber que no había súplica posible ante aquella energúmena.
La primera noche, tuvieron que inyectarle un somnífero. Cuando las ansias de fumar la despertaron, antes de amanecer, se encontró amarrada por las muñecas y los tobillos en las barras de la cama. Nadie acudió a sus gritos.

No supo cuánto tiempo había pasado cuando volvió en sí. Pero entonces el mundo era un remanso de paz: frente a su cama un anciano enorme, con andares de oso y sonrisa sedante, le devolvió la dicha de vivir. Era el director del sanatorio. Antes de decirle nada, sin saludarlo siquiera, María le pidió un cigarrillo. Él se lo dio encendido, y le regaló el paquete casi lleno. María no pudo reprimir el llanto.
– Aprovecha ahora para llorar cuanto quieras -le dijo el médico, con voz adormecedora-. No hay mejor remedio que las lágrimas.

María se desahogó sin pudor, como nunca logró hacerlo con sus amantes casuales en los tedios de después del amor. Mientras la oía, el médico la peinaba con los dedos, le arreglaba la almohada para que respirara mejor, la guiaba por el laberinto de su incertidumbre con una sabiduría y una dulzura que ella no había soñado jamás. Era, por primera vez en su vida, el prodigio de ser comprendida por un hombre que la escuchaba con toda el alma sin esperar la recompensa de acostarse con ella. Al cabo de una hora larga, desahogada a fondo, le pidió autorización para hablarle por teléfono a su marido.

El médico se incorporó con toda la majestad de su rango. “Todavía no, reina”, le dijo, dándole en la mejilla la palmadita más tierna que había sentido nunca. “Todo se hará a su tiempo”. Le hizo desde la puerta una bendición episcopal, y desapareció.
– Confía en mí -le dijo.

Esa misma tarde María fue inscrita en el asilo con un número de serie, y con un comentario superficial sobre el enigma de su procedencia y las dudas sobre su identidad. Al margen quedó un diagnóstico escrito de puño y letra del director: agitada.

Tal como María había previsto, su marido tuvo que salir de su apartamento con retraso para cumplir los tres compromisos. Él pensó que la causa del retraso serían las intensas lluvias. Dejó un mensaje clavado en la puerta con el itinerario de la noche.

En la primera fiesta, con todos los niños disfrazados de canguro, prescindió del truco estelar de los peces invisibles porque no podía hacerlo sin la ayuda de ella. En el segundo compromiso, en casa de una anciana de noventa y tres años, estaba tan contrariado con la demora de María, que no pudo concentrarse. El tercer compromiso era el de todas las noches en un café concierto de las Ramblas y resultó desastroso. Después de cada representación estuvo llamando por teléfono a su casa, con la inquietud creciente de que algo malo había ocurrido. La última esperanza se desvaneció cuando encontró su recado todavía prendido en la puerta. Estaba tan contrariado, que se le olvidó darle la comida al gato.

En Barcelona solo se le conocía por su nombre profesional: Saturno el Mago. Era un hombre de carácter raro y con una torpeza social irremediable, pero el tacto y la gracia que le hacían falta le sobraban a María. Esa noche Saturno se conformó con llamar a Zaragoza, donde una abuela medio dormida le contestó sin alarma que María había partido después del almuerzo. Apenas durmió una hora y despertó con una certidumbre pavorosa: ella había vuelto a dejarlo solo. Lo había hecho tres veces con tres hombres distintos en los últimos cinco años. ¿Lo habría hecho de nuevo este fin de semana, aprovechando la visita a sus parientes de Zaragoza? Al amanecer del jueves, María todavía no había dado señales de vida.

El lunes la compañía de seguros del automóvil alquilado llamó para preguntar por María. “No sé nada”, dijo Saturno. “Búsquenla en Zaragoza”. Colgó. Una semana después un policía fue a su casa con la noticia de que habían hallado el automóvil cerca de Cádiz, a novecientos kilómetros de la ruta que debía seguir María. El agente quería saber si María tenía más detalles del robo. Saturno estaba dando de comer al gato y apenas si miró al agente para decirle sin más vueltas que no perdieran el tiempo, pues su mujer se había fugado de la casa y él no sabía con quién ni a dónde. Era tal su convicción, que el agente se sintió incómodo y le pidió perdón por sus preguntas. El caso se declaró cerrado.

Saturno había perdido el control. En los días siguientes llamó por orden alfabético a todos sus conocidos de Barcelona. Nadie le dio razón, pero cada llamada le agravó la desdicha, porque sus delirios de celos eran ya célebres y le contestaban con una ironía que le hacía sufrir. Sólo entonces comprendió hasta qué punto estaba solo en aquella ciudad hermosa, lunática e impenetrable, en la que nunca sería feliz. Por la madrugada, después de darle de comer al gato, se apretó el corazón para no morir, y tomó la determinación de olvidar a María.

Habían pasado dos meses. María no se había adaptado aún a la vida del sanatorio. Sobrevivía picoteando la comida de cárcel con los cubiertos encadenados al tablero de madera basta, y la vista fija en la litografía del general Francisco Franco que presidía el lúgubre comedor medieval. Al principio se resistía a las horas canónicas con su rutina bobalicona de maitines, laudes, vísperas, y otros oficios de iglesia. Se negaba a jugar a la pelota en el patio de recreo, y a trabajar en el taller de flores artificiales. Pero a partir de la tercera semana fue incorporándose poco a poco a la vida del claustro. A fin de cuentas, decían los médicos, así empezaban todas, y tarde o temprano terminaban por integrarse a la comunidad.

La falta de cigarrillos, resuelta en los primeros días por una guardiana que se los vendía a precio de oro, volvió a atormentarla cuando se le agotó el poco dinero que llevaba. Se consoló después con los cigarrillos de papel periódico que algunas reclusas fabricaban con las colillas recogidas de la basura, pues la obsesión de fumar había llegado a ser tan intensa como la del teléfono. Las pesetas exiguas que se ganó más tarde fabricando flores artificiales le permitieron un alivio efímero.

Lo más duro era la soledad de las noches. Muchas reclusas permanecían despiertas en la penumbra, como ella, pero sin atreverse a nada, pues la guardiana nocturna velaba también el portón cerrado con cadena y candado. Una noche, sin embargo, abrumada por la pesadumbre, María preguntó con voz suficiente para que le oyera su vecina de cama:
– ¿Dónde estamos?
– En los profundos infiernos – le contestó la voz grave y lúcida de la vecina.

Desde su primera semana en el sanatorio, la vigilante nocturna le había propuesto sin rodeos que durmiera con ella en el cuarto de guardia. Empezó con un negocio concreto: amor por cigarrillos, por chocolates, por lo que fuera. “Tendrás todo”, le decía, trémula. “Serás la reina”. Ante el rechazo de María, la guardiana cambió de método. Le dejaba papelitos de amor debajo de la almohada, en los bolsillos de la bata, en los sitios menos pensados. Eran mensajes de un apremio desgarrador capaz de estremecer a las piedras. Hacía más de un mes que parecía resignada a la derrota, aquella noche del incidente en el dormitorio.

Convencida de que todas las reclusas dormían, la guardiana se acercó a la cama de María, y murmuró en su oído toda clase de obscenidades tiernas, mientras le besaba la cara, el cuello tenso de terror, los brazos yermos, las piernas exhaustas. Por último, creyendo tal vez que la parálisis de María no era de miedo sino de complacencia, se atrevió a ir más lejos. María le soltó entonces un golpe con el revés de la mano que la mandó contra la cama vecina. La guardiana se incorporó furibunda en medio del escándalo de las reclusas alborotadas.
– Hija de puta -gritó-. Nos pudriremos juntas en este chiquero hasta que te vuelvas loca por mí.

El verano llegó sin anunciarse, a comienzos de junio. Hubo que tomar medidas de emergencia, porque las reclusas sofocadas empezaban a quitarse durante la misa la tosca ropa de invierno. María asistió divertida al espectáculo de las enfermas en pelota que las guardianas encorrían por las naves como gallinas ciegas. En medio de la confusión, trató de protegerse de los golpes perdidos, y sin saber cómo se encontró sola en una oficina con un teléfono que sonaba sin cesar. María cayó en la cuenta de la ocasión irrepetible. Descolgó y volvió a colgar marcando las cifras, con tanta tensión y tanta prisa, que no estuvo segura de que fuese el número de su casa. Esperó con el corazón desbocado, oyó el timbre, una vez, dos veces, tres veces, y oyó por fin la voz del hombre de su vida en la casa sin ella.
– ¿Diga?

Tuvo que esperar a que se le pasara el nudo de lágrimas que se le formó en la garganta.
– Conejo, vida mía -suspiró.

Las lágrimas la vencieron. Al otro lado de la línea hubo un breve silencio, espantoso, y, por fin, una voz enardecida por los celos escupió la palabra:
– ¡Puta! Y colgó en seco.

Esa noche, en un ataque frenético, María descolgó en el refectorio la litografía del generalísimo, la arrojó con todas sus fuerzas contra la ventana del jardín, y se derrumbó bañada en sangre. Aún le sobró rabia para enfrentarse a golpes con los guardianes que trataban de someterla, sin lograrlo, hasta que vio a Herculina plantada en el vano de la puerta, con los brazos cruzados mirándola. Se rindió. La arrastraron hasta el pabellón de las locas furiosas, la aniquilaron con una manguera de agua helada, y le inyectaron trementina en las piernas. Impedida para caminar por la inflamación provocada, María se dio cuenta de que no había nada en el mundo que no fuera capaz de hacer por escapar de aquel infierno. La semana siguiente, ya de regreso al dormitorio común, se levantó de puntillas y tocó en la celda de la guardiana nocturna.

El precio de María, exigido de antemano, fue llevarle un mensaje a su marido. La guardiana aceptó, siempre que el trato se mantuviera en secreto absoluto. Y la apuntó con el índice.
– Si alguna vez se sabe, te mueres.

Así que Saturno el Mago fue al sanatorio de locas el sábado siguiente, preparado para celebrar el regreso de María. El director en persona lo recibió en su oficina, tan limpia y ordenada como un barco de guerra, y le hizo un informe afectuoso sobre el estado de su esposa. Nadie sabía de dónde llegó, ni cómo, ni cuándo, pues el primer dato de su ingreso era la entrevista con el director. Lo que más intrigaba al director era cómo supo Saturno el paradero de su esposa. Saturno protegió a la guardiana.
– Me informó la compañía de seguros del coche -dijo.

El director asintió complacido. “No sé cómo hacen los seguros para saberlo todo”, dijo. Le dio una ojeada al expediente que tenía sobre su escritorio de asceta, y concluyó:
– Lo único cierto es la gravedad de su estado.

Estaba dispuesto a autorizarle una visita con las precauciones debidas si Saturno le prometía, por el bien de su esposa, ceñirse a la conducta que él le indicaba. Sobre todo en la manera de tratarla, para evitar que recayera en uno de sus arrebatos de furia, frecuentes y peligrosos.
– Es raro -dijo Saturno-. Siempre fue de genio fuerte, pero de mucho dominio.

El médico hizo un ademán de sabio. “Hay conductas que permanecen latentes durante muchos años, y un día estallan”, dijo. “Con todo, es una suerte que haya caído por aquí, porque somos especialistas en casos que requieren mano dura”. Al final hizo una advertencia sobre la rara obsesión de María por el teléfono.
– Sígale la corriente -dijo.
-Tranquilo, doctor -dijo Saturno con un aire alegre-. Es mi especialidad.

La sala de visitas, mezcla de cárcel y confesionario, era un antiguo locutorio del convento. La entrada de Saturno no fue la explosión de júbilo que cabía esperar. María estaba de pie en el centro del salón, junto a una mesita con dos sillas y un florero sin flores. Era evidente que estaba lista para irse, con su lamentable abrigo color fresa y unos zapatos sórdidos que le habían dado de caridad. En un rincón, casi invisible, estaba Herculina con los brazos cruzados. María no se movió al ver entrar al esposo ni asomó emoción alguna en su cara con los rasguños del vidrio destrozado. Se dieron un beso de rutina.
– ¿Cómo te sientes? -le preguntó él.
– Feliz de que al fin hayas venido, conejo -dijo ella-. Esto ha sido la muerte.

No tuvieron tiempo de sentarse. Ahogándose en lágrimas, María le contó las miserias del claustro, la barbarie de las guardianas, la comida de perros, las noches interminables sin cerrar los ojos por el terror.
– Ya no sé cuántos días llevo aquí, o meses o años, pero sé que cada uno ha sido peor que el otro -dijo, y suspiró con el alma-: Creo que nunca volveré a ser la misma.
– Ahora todo eso pasó -dijo él, acariciándole con la yema de los dedos las cicatrices recientes de la cara-. Seguiré viniendo todos los sábados. Y más si el director me lo permite. Todo va a salir muy bien.

Ella fijó en los ojos de él sus ojos aterrados. Saturno intentó sus artes de salón. Le contó, en el tono pueril de las grandes mentiras, una versión dulcificada de los propósitos del médico. “En síntesis”, concluyó, “aún te faltan algunos días para estar recuperada por completo”. María entendió la verdad.
– ¡Por Dios, conejo! -dijo atónita-. ¡No me digas que tú también crees que estoy loca!
– ¡Cómo se te ocurre! -dijo él, tratando de reír-. Lo que pasa es que será mucho más conveniente para todos que sigas un tiempo aquí. En mejores condiciones, por supuesto.
– ¡Pero si ya te dije que solo vine a hablar por teléfono! -dijo María.

Él no supo cómo reaccionar ante la obsesión temible. Miró a Herculina. Ésta aprovechó la mirada para indicarle en su reloj que era tiempo de terminar la visita. María interceptó la señal y vio a Herculina en la posición del asalto inminente. Entonces se aferró al cuello de su marido gritando como una verdadera loca. Él se la quitó de encima con tanto amor como pudo, y la dejó a merced de Herculina, que sin darle tiempo para reaccionar la sujetó con un brazo de hierro alrededor del cuello, y le gritó a Saturno:
– ¡Váyase!

Saturno huyo despavorido.

El sábado siguiente, ya repuesto del espanto de la visita, Saturno volvió al sanatorio. María se negó a recibir a su marido, tampoco a verlo desde los balcones. Saturno se sintió herido de muerte.
– Es una reacción típica -lo consoló el director-. Ya pasará.

Pero no pasó nunca. Después de intentar muchas veces ver de nuevo a María, Saturno hizo lo imposible para que recibiera una carta, pero fue inútil. Cuatro veces la devolvió cerrada y sin comentarios. Saturno desistió, pero siguió dejando en la portería del hospital las raciones de cigarrillos, sin saber siquiera si llegaban a María, hasta que lo venció la realidad.

Nunca más se supo de Saturno, salvo que volvió a casarse y regresó a su país. Antes de irse de Barcelona le dejó el gato medio muerto de hambre a una noviecita casual, y le pidió que siguiese llevándole los cigarrillos a María, hasta que un día la muchacha solo encontró los escombros del hospital, demolido como un mal recuerdo de aquellos tiempos ingratos. La última vez que la vio, María le pareció muy lúcida, un poco pasada de peso y contenta con la paz del claustro. Ese día le había llevado el gato, porque ya se le había acabado el dinero que Saturno le dejó para darle de comer.

Filemón y Baucis

Presentación

Filemón y Baucis (aprox. 10 dC)

Nota biográfica de Ovidio

Publio Ovidio Nasón (Sulmona, 43 aC – Tomis, actualmente Constanza, en Rumanía 17 dC) fue un poeta romano.

A la muerte de su padre, Ovidio heredó sus propiedades y pudo vivir sin preocupaciones, viajando a diferentes lugares como Atenas, Asia Menor y Sicilia, donde completó sus estudios, dedicándose ya plenamente a la poesía. Además de por su poesía erótica recogida particularmente en Arte de amar, Ovidio sigue siendo recordado por Las metamorfosis, epopeya en quince volúmenes que recoge gran parte de la mitología grecorromana. La obra, que se conserva casi íntegra, no sólo ha sido una gran fuente de inspiración para autores posteriores, sino que ha dado a los estudiosos un material único sobre mitología clásica.

Hoy traemos a RelatABA un breve relato – Filemón y Baucis- con el que este mes de julio queremos sumarnos al “Día de los abuelos”. Extraído de Las Metamorfosis descubre el talento de Ovidio para describir con emoción las pequeñas cosas de la vida, desde las hojas de menta con que la pareja de ancianos limpia y perfuma la mesa para sus visitantes hasta la delicadeza de sus sentimientos recíprocos.

Este delicado relato es una muestra de cómo Ovidio contribuye a la creación y sostenimiento de los poderosos mitos grecorromanos, de los que nuestra civilización sigue nutriéndose todavía.

Texto adaptado. Filemón y Baucis

(leyenda recogida en La Metamorfosis)

Baucis, la anciana esposa de Filemón, recibió en su modesta casa a Júpiter y su hijo Mercurio, los cuales, ataviados como caminantes y después de un largo camino, no habían sido acogidos en ninguna de las casas de la aldea.

La anciana removió las brasas del hogar, reavivó el fuego con hojas y cortezas e hizo nacer las llamas soplando con su débil aliento; partió unos trozos de leña y ramas secas, las colocó bajo un pequeño caldero y cortó después las hojas de un repollo que su esposo Filemón había recogido en el huerto. Éste, a su vez, alcanzó con una horca un lomo de cerdo curado y añejo que colgaba de una viga, cortó unas lonchas y las echó en el agua hirviendo.

Y mientras entretenían con su charla la espera, llenaron de agua caliente una artesa de madera y lavaron los pies polvorientos de los caminantes.

Baucis puso la mesa con movimientos temblorosos. Y como de las tres patas de la mesa una era más corta, para nivelarla colocó un pedazo de barro cocido y después la limpió con verdes hojas de menta. Sirvieron aceitunas, otoñales cerezas de cornejo, aliñadas con salsa y achicoria silvestre; rábanos y queso, y huevos levemente volteados sobre brasas, todo ello en cacharros de barro. Trajeron después un recipiente grande de barro y vasos de madera recubiertos en su interior de rubia cera. La espera fue corta: del hogar llegaron las viandas calientes y también trajeron vino no muy añejo que, apartado un poco de lado, dejó paso a los postres. Ahora fueron nueces, higos secos mezclados con arrugados dátiles, ciruelas y manzanas perfumadas y cestos de uvas recogidas de rojas vides, y, en medio, un blanco panal de dulce miel.

A todo esto había que añadir sus rostros amables y su trato solícito y generoso.

Mientras tanto, vieron que el recipiente del que habían bebido varias veces se volvió a llenar misteriosamente y el vino aumentó por sí solo.  Baucis y Filemón musitaron plegarias y pidieron perdón por la pobreza de los alimentos y del servicio.

Solo tenían un ganso, guardián de la minúscula casa, y pensaron sacrificarlo para los huéspedes, pero el animal corrió veloz aleteando, burló la persecución de los ancianos y al fin se refugió junto a los caminantes. Estos les prohibieron matarlo y dijeron:

– Somos dioses y esta comarca impía sufrirá el castigo que se merece, pero vosotros os salvaréis. Seguid nuestros pasos hasta la cumbre de la montaña.

Obedecieron y, precedidos por los dioses, avanzaron lentamente apoyados en sus bastones, frenados por el peso de los años y fatigados por la interminable cuesta. Cuando estaban  a un tiro de flechade la cumbre volvieron atrás la mirada: todo estaba anegado bajo las aguas de un pantano, solo quedaba su casa. Mientras lloraban la suerte de sus vecinos, su vieja y pequeña choza se transformó en un hermoso templo. Las columnas sustituyeron a los postes, la paja se volvió amarilla, convertida en un tejado de oro, las puertas aparecieron esculpidas y el suelo de mármol.

Y entonces Júpiter dijo:

  • Venerables ancianos, decid ahora, qué deseáis.

Baucis y Filemón se miraron. Tras consultar brevemente entre ellos, Filemón respondió:

  • Queremos ser vuestros sacerdotes y cuidar el templo. Y que la misma hora nos lleve a los dos; que no vea yo nunca la tumba de mi esposa, ni tenga ella que enterrarme a mí.

La petición fue atendida y mientras tuvieron vida fueron los guardianes del templo.

Luego, ya debilitados por la edad, cuando se encontraban un día ante los sagrados peldaños del templo, vio Baucis que a Filemón le salían ramas y hojas, y el anciano Filemón vio también cubrirse de ramas y hojas a Baucis. Y mientras las copas de los dos árboles crecían sobre sus rostros, siguieron hablándose el uno al otro y se decían: “Adiós, esposa; adiós, esposo” y, al mismo tiempo, la corteza recubrió y ocultó sus bocas.

Engáñame y La confesión reiterada

Reseña biográfica de Juan Valera

Juan Valera (Córdoba, 1824-Madrid, 1905) fue un escritor, crítico literario, diplomático y político español. Retirado provisionalmente del cuerpo diplomático, inició en Madrid su carrera política, siendo diputado por Archidona y llegando a Ministro de Instrucción Pública, con Amadeo de Saboya. En 1860 explicó en el Ateneo de Madrid la Historia crítica de nuestra poesía con un éxito inmenso. Miembro de la Real Academia Española en 1861.

Como escritor tuvo una gran actividad en periódicos y revistas; el hispanista y literato Gerald Brenan asegura que fue el mejor crítico literario del siglo XIX después de Menéndez Pelayo; Pepita Jiménez y Juanita la larga son sus dos novelas más famosas, que alcanzaron gran popularidad y han sido llevadas al cine. Aunque vivió la época espléndida del romanticismo, Valera nunca fue un hombre ni un escritor romántico, sino un epicúreo andaluz, culto e irónico, actuando siempre por encima y al margen de las modas literarias de su tiempo, rigiéndose por unos principios estéticos generales de sesgo idealista.

¡Engáñame, majadero!

Texto adaptado. Una historia de cocineras y cocineros (1866)

Hubo en Toledo, en los buenos tiempos – cuando el Arzobispado estaba poderoso y boyante- un Arzobispo tan austero y penitente, que ayunaba muy a menudo y casi siempre comía de vigilia, y más que pescado, semillas y hortalizas.

Su cocinera le solía preparar un modesto potaje de habichuelas y garbanzos, con el que se deleitaba aquel venerable siervo de Dios, como si fuera el plato más exquisito y gustoso. Bien es verdad que la cocinera preparaba con tal habilidad los garbanzos y las habichuelas que parecían un manjar ciertamente superior.

Por desgracia, la cocinera, después de una agria disputa con el mayordomo, fue despedida. Vino otra cocinera a preparar el guiso, pero el Arzobispo lo encontró tan detestable que fue despedida de inmediato. Ocho o nueve fueron sucesivamente entrando, pero ninguna o ninguno -porque eran tanto cocineras como cocineros- acertaba a condimentar el potaje y todos tenían que largarse avergonzados, dejando huérfana la cocina arzobispal.

Entró por fin un cocinero más avispado, que, menos orgulloso de sus propias habilidades, tuvo la prudente idea de ir a visitar a la primera cocinera. Ésta fue generosa y le confió su procedimiento misterioso. El nuevo cocinero siguió con exactitud las instrucciones de su antecesora, condimentó el potaje, que le fue servido al Arzobispo.

  • Gracias sean dadas al Altísimo. Al fin hallamos un cocinero tan bueno como la anterior. Que venga el cocinero; hay que darle merecidas alabanzas.

Y el nuevo cocinero, embargado por la satisfacción del momento, tuvo la debilidad de confesar con sinceridad:

  • Quiero decirle Ilustrísima que su cocinera le engañaba; en el potaje hay pocas habichuelas y, en cambio, hay muchas albondiguitas de jamón, pechuga de pollo, riñoncitos de ave y criadillas de carnero. Y yo no quisiera engañar a su Ilustrísima.

Y el poderoso Arzobispo, mirándole entre enojado y burlón, dijo al cocinero con media sonrisa:

  • Pues sigue haciéndolo como la anterior cocinera: ¡Engáñame, majadero!

Texto adaptado. La confesión reiterada (1866)

Estaba un día el Padre Jacinto en el confesonario. Había oído ya los pecados de once o doce penitentes, les había dado la absolución, se encontraba fatigadísimo e iba a levantarse, cuando acudió a la rejilla una mujer muy guapa, pulcra y elegantemente vestida y al parecer de poco más de treinta años.

La dama, hasta entonces no conocida del Padre, le dijo que permanecía soltera y que vivía con su anciana madre viuda. Eran madre e hija señoras principales pero pobres, y vivían con recogimiento y en cierta estrechez decorosa. Todos los pecadillos que la dama confesó al Padre eran tan leves y veniales, y le fueron confesados por ellas con tal candor y con gracia tan inocente, que el Padre, en el fondo de su alma, hubo de calificarla no sólo de graciosa y discreta, sino de casi santa. Se disponía ya a echarle la bendición, cuando la dama, después de larga pausa y silencio, muy ruborizada y como quien vacila, dijo con voz dulce y temblorosa:
– Padre, me avergüenzo de pensar que estoy engañando a usted.

-Sí, hija mía, al confesor no se le debe ocultar nada: habla con franqueza.

– Pues ya que es menester ser franca, ha de saber usted que, hará ya doce o trece años, cuando yo aun no había cumplido los dieciocho, estuve prendada de un primo mío, teniente de infantería. Él también me amaba de corazón, pero ni él poseía más bienes que su carrera ni yo contaba con más riqueza que la paga de huérfana que había de perder casándome. En busca de fortuna y en cumplimiento de su deber, mi primo tuvo que irse a Cuba, donde la guerra civil ardía entonces.

La víspera de su partida -siguió la joven-, que debía ser por la mañana temprano, mi primo estuvo en casa a despedirse de mi madre y de mí. Estábamos entonces en Cádiz. Cuando mi madre dormía profundamente abrí el balcón y mi primo estaba en la calle aguardando mi salida. La pálida luz de la luna iluminaba su hermosa cara. Apoyándose en una reja del cuarto bajo, se encaramó hasta el balcón, por más que yo le mostraba disgusto y miedo. Para evitar que alguien pasase y le viese saltó la baranda y penetró en mi cuarto. Nos abrazamos y acariciamos con suave abandono. Y como yo vertía muchas lágrimas, él las secaba con sus labios sobre mis mejillas. Luego, no sé como, natural y sencillamente, se encontraron y se unieron nuestras bocas. Y por último, Padre, ¡qué vergüenza! aquello fue un delirio, un frenesí de amor, un deleite que me pareció como del cielo; una estrechísima unión de nuestros dos seres y una íntima fusión de nuestras dos almas, que duró hasta rayar la aurora. Mi primo tuvo entonces que irse. Nos hicimos mil juramentos de fidelidad. Yo, en el momento de partir él, aun le retenía y le apretaba entre mis brazos y me le comía a besos. Pero la separación fue inevitable. Mi primo salió para la Habana dos horas después de haber cometido juntos el horrible, dulce y largo pecado.

Mi desdichado primo -continuaba la muchacha-, a los pocos días de llegar a la Habana, murió de la fiebre amarilla. Mi único consuelo, lo confieso, era recordar que yo había sido suya; el encanto, la enajenación, el éxtasis celestial que embargó mis sentidos cuando me entregué a él por entero, sin que quedase prenda mía que yo no le diese.

Suspiró la penitente, se humedecieron con lágrimas sus hermosos ojos y quedó en silencio. El Padre Jacinto lo rompió diciendo:

– Grave y mortal fue tu pecado, hija mía. Pero lo peor y más grave es que lo hayas tenido oculto durante trece años sin confesarlo hasta ahora.
– Pero Padre, dijo la dama, si yo acudo lo menos veinte veces al año al confesonario y jamás he dejado de confesar este pecado mío.

El Padre echó sus cuentas y dijo:

– Hace trece años; veinte veces por trece años hacen doscientos sesenta; pues hija, lo has confesado y te han absuelto ya doscientas sesenta veces.
– Pues yo creo, Padre, replicó ella, que si me dura la vida, pasarán las veces de dos mil, porque el recuerdo de mi pecado me enamora y el referirlo me encanta, y este enamoramiento y este encanto constituyen, sin duda, un pecado nuevo.
-Sí, hija mía, lo constituyen. Yo te absolveré ahora. Procura tú olvidar tu pecado y no lo cuentes más.
-¡Ay Padre, no puedo!
-Entonces, ¿qué le hemos de hacer? Ven cuando gustes a contármelo. Yo lo oiré y siempre te absolveré. Procurando -pensó para sus adentros el Padre-, que a pesar de mis sesenta años no despierte en mí la envidia.

Porque -terminó el Padre Jacinto con voz melodiosa- Dios es misericordioso.

 

La mancha de humedad

Presentación

La mancha de humedad (1942)

Reseña biográfica de Juana de Ibarbourou

Poetisa uruguaya (1892-1979), reconocida desde muy joven, en 1929 recibió en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo de Montevideo el título de «Juana de América», de la mano de Juan Zorrilla de San Martín. En 1950 ocupó la presidencia de la Sociedad Uruguaya de Escritores y cinco años más tarde su obra fue premiada en el Instituto de Cultura Hispánica de Madrid. En 1959 fue Gran Premio Nacional de Literatura, otorgado por primera vez aquel año.

Ibarbourou es reconocida como una poetisa apasionada.  Nada hay menos intelectual que la lírica de Ibarbourou; todos sus pensamientos arrancan de sus propias sensaciones. La naturaleza le atrae, la siente, y habla con ella, con el río y con el árbol; les da carne y sangre y hace que aparezcan ante nosotros con sus sufrimientos y alegrías. A veces recurre para ello a atrevidas imágenes; así describe el ciprés: “Parece un grito que ha cuajado en árbol / o un padrenuestro hecho ramaje quieto”. Su obra en prosa estuvo enfocada fundamentalmente hacia el público infantil; en ella destacan Epistolario (1927) y Chico Carlo (1944).

Texto adaptado. La mancha de humedad (1942)

Hace algunos años, en los pueblos del interior del país no se conocía el empapelado de las paredes. Era este un lujo reservado apenas para alguna casa importante, como el despacho del Jefe de Policía o la sala de alguna vieja y rica dama de campanillas. No existía el empapelado, pero sí la humedad sobre los muros pintados a la cal. Para descubrir cosas y soñar con ellas, da lo mismo.

Frente a mi vieja camita de jacarandá, con un deforme manojo de rosas talladas a cuchillo en el remate del respaldo, las lluvias fueron filtrando, para mi regalo, una gran mancha de diversos tonos amarillentos, rodeada de salpicaduras irregulares capaces de suplir las flores y los paisajes del papel más abigarrado. En esa mancha yo tuve todo cuanto quise: descubrí las Islas de Coral, encontré el perfil de Barba Azul y el rostro anguloso de Abraham Lincoln, libertador de esclavos, que reverenciaba mi abuelo; tuve el collar de lágrimas de Arminda, el caballo de Blanca Flor y la gallina que pone los huevos de oro; vi el tricornio de Napoleón, la cabra que amamantó a Desdichado de Brabante y montañas echando humo de las pipas de cristal que fuman sus gigantes o sus enanos. Todo lo que oía o adivinaba, cobraba vida en mi mancha de humedad y me daba su tumulto o sus líneas. Cuando mi madre venía a despertarme todas las mañanas generalmente ya me encontraba con los ojos abiertos, haciendo mis descubrimientos maravillosos. Yo le decía con las pupilas brillantes, tomándole las manos:

  • Mamita, mira aquel gran río que baja por la pared. ¡Cuántos árboles en sus orillas! Tal vez sea el Amazonas. Escucha, mamita, cómo chillan los monos y cómo gritan los guacamayos.

Ella me miraba espantada:

  • ¿Pero es que estás dormida con los ojos abiertos, mi tesoro? Oh, Dios mio, esta criatura no tiene bien su cabeza, Juan Luis.

Pero mi padre movía la suya entre dubitativo y sonriente, y contestaba posando sobre mi corona de trenzas su ancha mano protectora:

  • No te preocupes, Isabel. Tiene mucha imaginación, eso es todo.

Y yo seguía viendo en la pared manchada por la humedad del invierno, cuanto apetecía mi imaginación: duendes y rosas, ríos y negros, mundos y cielos.

Una tarde, sin embargo, me encontré dentro de mi cuarto a Yango, el pintor. Tenía un gran balde lleno de cal y un pincel grueso como un puño de hombre, que introducía en el balde y pasaba luego concienzudamente por la pared dejándola inmaculada. Fue esto en los primeros días de mi iniciación escolar. Regresaba del colegio, con mi cartera de charol llena de migajas de bizcochos y lápices despuntados. De pie en el umbral del cuarto, contemplé un instante, atónita, casi sin respirar, la obra de Yango que para mí tenía toda la magnitud de un desastre. Mi mancha de humedad había desaparecido, y con ella mi universo. Ya no tendría más ríos ni selvas. Inflexible como la fatalidad, Yango me había desposeído de mi mundo. Algo, una sorda rebelión, empezó a fermentar en mi pecho como burbuja que, creciendo, iba a ahogarme. Fue de incubación rápida cual las tormentas del trópico. Tirando al suelo mi cartera de escolar, me abalancé frenética hasta donde me alcanzaban los brazos, con los puños cerrados. Yango abrió una bocaza redonda como una “O” de gigantes, se quedó unos minutos enarbolando en el vacío su pincel que chorreaba líquida cal y pudo preguntar por fin lleno de asombro:

  • ¿Qué le pasa a la niña? ¿Le duele un diente, tal vez?

Y yo, ciega y desesperada, gritaba como un rey que ha perdido sus estados:

  • ¡Ladrón! Eres un ladrón, Yango. No te lo perdonaré nunca. Ni a papá, ni a mamá que te lo mandaron. ¿Qué voy a hacer ahora cuando me despierte temprano o cuando tía Fernanda me obligue a dormir la siesta? Bruto, odioso, me has robado mis países llenos de gente y de animales. ¡Te odio, te odio; los odio a todos!

El buen hombre no podía comprender aquel chaparrón de llanto y palabras irritadas.

Yo me tiré de bruces sobre la cama a sollozar tan desconsoladamente, como solo he llorado después cuando la vida, como Yango el pintor, me ha ido robando todos mis sueños. Tan desconsolada e inútilmente. Porque ninguna lágrima rescata el mundo que se pierde ni el sueño que se desvanece… ¡Ay, yo lo sé bien!

Harry, mi hijo

Presentación

Harry, mi hijo (1968)

Reseña biográfica de Bernad Malamud

Bernard Malamud (Nueva York,1914-1986). Escritor estadounidense, autor de numerosas novelas y varios volúmenes de relatos cortos. Miembro de la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras, Premio Nacional del Libro y Premio Pulitzer de Ficción (1967). Considerado uno de los principales exponentes de la literatura de su país, alguna de sus obras fue adaptada al cine (El hombre de Kiev, 1968, guión de Dalton Trumbo y dirección de John Frankenheimer). Malamud es uno de los grandes testigos de la realidad marginal en Estados Unidos. Su prosa afilada y casi dolorosa se nutre del realismo del siglo XX (Hawthorne, Henry James, Dostoyevski, Chéjov) y contribuye -con Saul Bellow, Philip Roth, Doctorow, Carver y otros- a la creación de este seco moderno realismo, tan genuinamente norteamericano.

Texto adaptado. Harry, mi hijo (1968)

Harry se despierta sintiendo que su padre está en el pasillo, escuchando. Su padre le escucha cuando duerme y sueña; cuando se levanta y busca a tientas los pantalones; cuando no se pone los zapatos; cuando no va a la cocina para comer algo; cuando se mira al espejo con los ojos cerrados; cuando está sentado una hora en el retrete; cuando hojea las páginas de un libro que no puede leer. Escucha su angustia, su sole­dad. El hijo oye que su padre está plantado en el pasillo. Mi hijo, el desconocido. Abro la puerta y veo a mi padre en el pasillo.

–¿Qué estás haciendo ahí? ¿Por qué no vas a trabajar?

–Porque he tomado las vacaciones en invierno, en vez de en verano, como antes.

–¿Por qué lo has hecho? Te pasas todo el tiempo en este oscuro y maloliente pasillo tra­tando de adivinar lo que no ves. ¿Por qué estás siempre espián­dome?

Mi hijo no me habla. Yo le oigo a veces en su habitación, pero no sé lo que le pasa. Es terrible para un padre. Tal vez un día me escriba una carta: Querido padre… Querido hijo Harry, abre la puerta. Mi hijo, el prisionero. Mi mujer se marcha por la mañana para pasar el día con nuestra hija casada, que espera el cuarto hijo. Allí cocina, limpia y cuida de los tres pequeños. La hija tiene un embarazo malo, la tensión alta y está en la cama por consejo médico. Mi mujer está preocupada por Harry. Desde que se graduó, el invierno pasado, está siempre solo, nervioso, sumido en sus pensamientos. Te responde gritando. Lee los perió­dicos, fuma, no se mueve de su habitación. Solo de vez en cuando sale a la calle a dar un paseo.

–¿Qué tal el paseo, Harry?

Mi mujer le aconsejó que buscase trabajo y él salió un par de veces a buscarlo. Pero cuando tuvo alguna oferta, no la aceptó.

–No es que no quiera trabajar. Es que me siento mal.

–¿Y por qué te sientes mal?

–Yo siento lo que siento. Siento lo que es.

–¿Es tu salud, hijito? Tal vez tendrías que ir al médico.

–Te pedí que no volvieses a llamarme hijito. No es mi salud. Sea lo que sea, no quiero hablar de eso. No es la clase de trabajo que me interesa.

–Pero, mientras tanto, acepta algún empleo temporal.

Él se puso a chillar.

–Todo es temporal. ¿Por qué añadir más cosas temporales? Mi estómago es temporal. El maldito mundo es temporal. No quiero añadir un trabajo temporal. Quiero lo contrario, ¿dónde está? ¿Dónde puedo encontrarlo?

Mi padre escucha en la cocina. Mi hijo, temporal. Mi madre me dice que me sentiría mejor si trabajase. Yo digo que no. Cumplí veintidós años en diciembre, me gradué en la universidad y ya saben para qué sirve eso. Por la noche veo las noticias. Sigo día a día esta guerra ardiente y enorme en una pantalla pequeña. Llueven bombas y las llamas son cada vez más altas. A veces me inclino y toco la guerra con la palma de la mano. Pienso que se me va a morir la mano. Mi hijo, el de la mano muerta. Espero que me llamen a filas el día menos pensado, pero ya no me preocupa. No pienso ir. Me marcharé al Canadá o a cualquier otro sitio adonde pueda llegar. Mi mujer está asustada y se alegra de ir a casa de mi hija temprano por la mañana para cuidar de los tres niños. Yo me quedo con Harry, pero no me habla. “Tendrías que llamar a Harry y hablar con él”, dice mi esposa a mi hija. “Algún día lo haré, pero hay nueve años de diferencia entre los dos; él me considera como otra madre y con una tiene bastante. Le quería de pequeño, pero ahora es difícil tratar, ya no te corresponde”. Mi hija tiene la tensión alta. Creo que le da miedo llamarle. Me he tomado unas vacaciones, piensa Leo en voz alta. Le dije al jefe que no era grave, pero que necesitaba unas vacaciones cortas. A mi amigo Moe Berkman le dije la verdad: dejaba de trabajar unos días porque Harry me tenía preocupado.

–Te comprendo, Leo. También tuve preocupa­ciones con mis hijos. ¿Por qué no vienes a jugar al póquer este viernes por la noche? Tenemos una buena partida.

–Ya veré cómo marchan las cosas el viernes. No puedo prometértelo.

–Procura venir, te relajará y aliviará la preocupación.

Es la peor clase de preocupación. Si me preocupo por mí mismo puedo decirme: Leo, eres un estúpido; no debes preocuparte por nada. ¿Por dinero? ¿Por la salud, que siempre ha sido bastante buena, aunque tengo mis altibajos? ¿Por qué pronto cumpliré sesenta años y la juventud no vuelve? Pero cuando la preocupación es por otra persona, es peor. No podemos meternos dentro de la otra persona y averiguar la causa. No sabemos qué interruptor apretar. Lo único que hacemos es preocupamos más. Por eso, yo espero en el pasillo que da la puerta de Harry.

–Harry, no te preocupes demasiado por la guerra.

–Por favor, no me digas de qué tengo que preocuparme o no preocuparme.

–Harry, tu padre te quiere. De pequeño, corrías a mi encuentro cuando volvía a casa; yo te levantaba hasta el techo; te gustaba tocarlo con tu manita.

–No vuelvas a hablarme de eso. No quiero oír nada de cuando era pequeño.

–Harry, vivimos como extraños. Sólo te digo que recuerdo días mejores. Los tiempos en que no nos daba miedo mostrar que nos queríamos.

Él no dice nada.

–Deja que te cueza un huevo.

–Un huevo es lo que menos deseo en el mundo.

–Entonces, ¿qué quieres?

Harry se puso el abrigo, cogió su sombrero y bajó a la calle. Caminó a lo largo de Ocean Parkway, con su abrigo largo y su raído sombrero marrón. Su padre le seguía y eso le enfurecía enor­memente. Harry dio la vuelta; aunque estaba furioso, fingió no ver a su padre que cruzaba también la calzada tras él. El padre siguió a su hijo hasta casa. Cuando llegó, Harry ya estaba arriba, en su habitación, siempre con la puerta cerrada. Leo, antes de subir, había abierto el buzón. Había tres cartas; quizá alguna era de su hijo, dirigida a él. “Querido padre, deja que te explique la razón de que actúe como lo hago…” No había tal carta. Una era para él de la Mutualidad de Correos. Las otras dos eran para Harry. Una era de la oficina de reclu­tamiento; la llevó a la habitación de su hijo, llamó a la puerta y esperó. Esperó un rato.

–Hay una carta para ti de la oficina de reclutamiento.

Entró en la habi­tación. Su hijo estaba tumbado en la cama, con los ojos cerrados.

–Déjala encima de la mesa.

–¿Quieres que la abra, Harry?

–No, no quiero que la abras. Déjala en la mesa. Ya sé lo que dice.

–¿Les escribiste otra carta?

–Eso es cosa mía.

El padre dejó la carta en la mesa. La otra carta para su hijo se la llevó a la cocina; cerró la puerta y puso a hervir un poco de agua. Pensó leerla rápidamente, cerrar de nuevo el sobre con pegamento y echarla de nuevo al buzón. Leyó la carta. La enviaba una chica. Había prestado dos libros a Harry hacía seis meses. Le rogaba que se los devolviera lo antes posible, para no tener que escribirle otra vez. Leo la estaba leyendo cuando Harry entró en la cocina; le arrancó la carta de las manos.

–Debería asesinarte por espiarme de esta manera.

Leo desvió la vista hacia la pequeña ventana. Le ardía el rostro y se sintió mareado.

–Si vuelves a hacerlo, no te sorprendas si te mato. Estoy harto de que me espíes.

–Harry, estás hablando con tu padre.

Harry salió de la casa. Leo entró en la habitación del hijo. Registró los cajones. Sobre la mesa, junto a la ventana, un trozo de papel escrito por Harry decía: “Querida Edith, ¿por qué no te jodes? Si vuelves a escribirme otra carta estúpida, te mataré.” Mi hijo, el asesino. El padre se puso el sombrero y el abrigo y salió de casa. Caminó hasta que vio a Harry al final de la calle. Le siguió, a una distancia de media manzana. Siguió a Harry y llegó a tiempo de ver que tomaba un trolebús. Leo tuvo que esperar al siguiente. Llegó quince minutos más tarde, y Leo lo tomó. Era febrero y Coney Island estaba húmeda, fría y desierta. Parecía que iba a nevar. Leo avanzó por el paseo de tablas, entre ráfagas de nieve, buscando a su hijo. Las playas grises, sin sol, estaban vacías. Los puestos de perritos calientes, de tiro al blanco y los establecimientos de baños estaban cerrados. El océano parecía que iba a congelarse. Soplaba viento del mar y se introducía por debajo de la ropa de Leo, haciéndole temblar mientras andaba. Caminó bajo las ráfagas buscando a su hijo. Vio una figura en la playa, de pie, ante la espumosa rompiente. Leo bajó corriendo la escalera de madera y avanzó por la arena. La figura  de pie en la playa rugiente era Harry; el agua le cubría los zapatos. Leo corrió hacia su hijo.

–Perdóname, Harry; hice mal, siento haberte abierto la carta.

Harry no se movió. Siguió en el agua, fija la mirada en las hinchadas olas de plomo.

–Tengo miedo, Harry, dime qué te pasa. Hijo mío, compadécete de mí.

Yo le tengo miedo al mundo, pensó Harry. Me espanta. Pero no dijo nada. El viento levanta el sombrero de Leo, que corre en una dirección, después en otra y luego hacia el agua, hasta que el viento lleva el sombrero hasta sus piernas. Llorando, sin aliento, Leo se enjuga los ojos con los dedos helados y vuelve hacia su hijo, que sigue en la orilla del mar. “Es un hombre solitario. Él es así. Siempre estará solo”. Mi hijo, el solitario.

–¿Qué puedo decirte, Harry? ¿Quién dijo que la vida es fácil? No lo fue para mí y no lo es para ti. La vida es así… ¿Pero, qué vas a hacer si estás muerto? La nada es nada; es mejor vivir. Ven a casa, Harry, hace frío, pillarás un resfriado.

Harry sigue inmóvil en el agua. Leo, al fin, se marcha lentamente. El viento le arranca el sombrero que vuela por la arena. Esta vez Leo no va tras el sombrero; se queda quieto mirando cómo se aleja. Mi padre escucha en el pasillo. Me sigue por la calle. Me encuentra en la orilla del mar. Mi hijo se queda en la playa con los pies en el océano.

Ocho mujeres

Presentación

Ocho mujeres

El ocho de marzo de 2017, Día de la Mujer traemos ocho retratos femeninos de ocho autores importantes.

Unos breves retratos, apenas unas palabras, de estos grandes narradores nos ayudan a entender mejor el universo de la mujer. Chaucer, Cervantes, Voltaire, Turguenev, Pedro Antonio de Alarcón, Maupassant, Chejov, Torrente Ballester – alguno de cuyos cuentos ya han aparecido en nuestro blog- nos deleitan, nos hacen pensar, nos emocionan.

Ocho mujeres

Textos adaptados. Breves retratos femeninos, a lo largo de seiscientos años

Esta entrega de RelatABA pretende ser una contribución de nuestro blog al Día de la Mujer, en marzo de 2017. Se recogen ocho brevísimos retratos que de la mujer se han hecho en la literatura occidental a lo largo de seiscientos años. Alguna de estas descripciones ya ha sido recogida en los cuentos aparecidos en nuestro blog.

CHAUCER. La Comadre de Bath, personaje de los Cuentos de Canterbury (1385)

Los Cuentos de Canterbury es el relato del viaje de un grupo de peregrinos desde Londres a Canterbury, para visitar los restos de Santo Tomás Beckett. Cada noche uno de los los peregrinos narraba un cuento. Uno de los cuentos es narrado por una Comadre, nacida en Bath, que había tenido cinco matrimonios y  cinco maridos y que es así descrita:

Ninguna mujer osaba adelantársele cuando se dirigía al ofertorio. Su rostro era bello; su expresión, altanera, y su talante, gracioso.

En este divertido cuento se descifran “las tres cosas que más desean la mujeres”:
Lo que más desean las mujeres: ejercer la autoridad, tanto sobre sus esposos como sobre sus amantes y tener poder sobre ellos; éste es su mayor deseo. Lo que más desean, en segundo lugar: que se fijen en ellas y se elogien sus aderezos y su belleza. Lo que más odian: que se les recuerden sus defectos.

CERVANTES. Marcela, personaje de Don Quijote (1605)

Marcela, personaje de Cervantes, era hija de Guillermo el Rico y, al fallecer éste, heredó su fortuna. Marcela creció con belleza; cuando llegó a la edad de catorce a quince años nadie que la miraba no bendecía a Dios que tan hermosa la había criado. Pero Marcela prefirió irse al campo en compañía de otras zagalas guardando sus cabras. Con estos desdenes se dice que provocó la muerte de un celoso enamorado, Grisóstomo; y Marcela se defendía diciendo:

Yo nací libre, y para poder vivir escogí la soledad de los campos: los árboles destas montañas son mi compañía, las claras aguas destos arroyos mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosuras. Fuego soy apartado y espada puesta lejos.

Yo, como sabéis, tengo riquezas propias y no codicio las ajenas; tengo libre condición y no gusto de sujetarme; ni quiero ni aborrezco a nadie; no engaño a éste, ni solicito aquél, ni burlo con uno ni me entretengo con el otro. La conversación honesta de las zagalas destas aldeas y el cuidado de mis cabras me entretiene; tienen mis deseos por término estas montañas, y si de aquí salen es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma a su morada primera.

Y en diciendo esto, sin querer oír respuesta alguna, volvió las espaldas y se entró por lo más cerrado de un monte que allí cerca estaba, dejando admirados, tanto de su discreción como de su hermosura, a todos los que allí estaban.

VOLTAIREAlmona, personaje de Zadig (1747)

El pecho de Almona, sus ojos negros rasgados que brillaban suavemente de amoroso fuego, sus mejillas – púrpura animada con la más cándida leche-, su nariz delicada, sus labios -dos hilos de coral que ensartaban las más bellas perlas de Arabia-, todo, en fin, persuadió al viejo de que había vuelto a sus veinte años.

TURGENEV. Zenaida, personaje de El primer amor (1860)

La dacha vecina había sido alquilada por una familia de la baja aristocracia, de la que una joven formaba parte. Yo había alcanzado a verla de perfil entre los arbustos del jardín. En los movimientos de la muchacha había algo tan delicado, exigente, mimoso, burlón y tierno, que casi grité de admiración y placer, y sentí que estaba dispuesto a darlo todo para que esos deditos encantadores acariciasen mi frente.

PEDRO ANTONIO DE ALARCÓN. La Comendadora, personaje del cuento del mismo nombre (1868)

en un ángulo del salón –desde donde podía verse el cielo, las copas de los árboles y los rojizos torreones de la Alhambra, pero donde no podía ser vista más que por los pájaros que revoloteaban sobre el Darro-, inmóvil, con la mirada perdida en el infinito azul de la atmósfera y pasando lentamente las cuentas de un larguísimo rosario, estaba sentada una monja, una Comendadora de Santiago, como de treinta años, con unas sencillas ropas de aspecto seglar.

Vestía de negro, con un gran pañuelo de hilo blanco cerrado hasta el cuello. No llevaba manto ni toca, lo que dejaba ver un negro y abundantísimo pelo recogido con un lazo en la nuca. Aquella mujer resultaba hermosísima; el desaliño de su vestido dejaba en libertad su natural gracia. Alta, recia, esbelta y armónica, el ropaje de lana, pegado a su cuerpo, revelaba más que cubría, la traza clásica de sus espléndidas proporciones. Remataba esta soberana figura un rostro moreno, algo descarnado, oval, de una palidez intensa, que contrastaba con dos profundas ojeras, lívidas, llenas de misteriosas tristezas.

MAUPASSANT. Una honesta mujer de provincias, personaje de Una aventura parisiense  (1881)

¿Existe en la mujer un sentimiento más agudo que la curiosidad?
Una mujer, cuando su curiosidad se despierta, cometerá locuras, imprudencias, audacias, no retrocederá ante nada. Hablo de las mujeres realmente mujeres, dotadas de ese triple fondo de compartimentos secretos: el primero, de inquietud femenina siempre agitada; el segundo, de astucia coloreada de ingenuidad; el último, por fin, de desenfado encantador, de trapacería exquisita, de deliciosa perfidia, de todas esas perversas cualidades que empujan al suicidio a los amantes crédulos, pero que arroban a los otros.

CHEJOV. Vera, personaje de Vérochka (1887)

Ante Ognev estaba la hija de Kuznetsov, Vera, una joven de 21 años, habitualmente triste.

Las jóvenes que sueñan mucho, que pasan días enteros recostadas perezosamente leyendo todo lo que cae en sus manos, y que se sienten aburridas y tristes, suelen vestirse con negligencia. A las que poseen el don natural del gusto y el instinto de la belleza, esa leve negligencia en el vestir les otorga un encanto especial. Vérochka era esbelta; tenía un perfil regular y hermoso cabello ondulado. A Ognev, quien no había visto en su vida muchas mujeres, le parecía una beldad.

Ognev, recordando más tarde a Vérochka, no se la podía imaginar sin su amplia chaquetilla que formaba profundos pliegues junto al talle y sin embargo no lo rozaba; sin su rizo, escapado del alto peinado y colgado sobre la frente; sin aquel chal rojo con pompones en los bordes, que por las noches pendía tristemente del hombro de Vérochka, mientras que de día estaba tirado en el vestíbulo, junto con los sombreros masculinos, o bien en el comedor sobre un baúl donde dormía, sin ceremonias, la vieja gata. Este chal y los pliegues de la chaquetilla exhalaban un soplo de desperezada libertad.

GONZALO TORRENTE BALLESTER. Miguela y Chuco, personajes de La Miguela (1944)

Miguela era su compañía. Los tratos quedaron hechos antes de partir para el servicio. Ella tenía por su madre una casita de un solo cuarto y cocina; él, un campo para maíz y viñedo. Ella labraría el campo y con lo que Chuco pudiese ahorrar en la Armada, comprarían el ajuar.

Se casaron el día de la Virgen, una boda sencilla, con Antonia la Galana y el viejo Cabeiro como padrinos. Se cuenta que tardaron mucho en acostarse; hay quien los vio a medianoche asomados a la ventana, en silencio, mirando al mar.

El regalo

Presentación

Nota biográfica sobre Leonid Andréiev

Leonid Andréiev (1871, Rusia; 1919, Finlandia) escritor y dramaturgo ruso, lideró el movimiento expresionista en la literatura de su país. Activo en la Revolución de 1905 y la Revolución de Octubre de 1917, que destronó al gobierno zarista.

Descubierto por Máximo Gorki, fue uno escritor prolífico. Aclamado como una nueva estrella en Rusia, su nombre pronto se hizo famoso. Sus dos historias más conocidas son probablemente Risa roja (1904) y Los siete ahorcados (1908).

Idealista y rebelde, Andréiev pasó sus últimos años en la pobreza, y su muerte prematura por una enfermedad cardíaca pudo haber sido favorecida por su angustia a causa de los resultados de la Revolución Bolchevique. A diferencia de su amigo Gorki, Andréiev no aceptó el nuevo orden político y desde su casa en Finlandia, donde se exilió, dirigió al mundo manifiestos contrarios a los excesos bolcheviques.

Algunas adpataciones de sus obras se han llevado con posterioridad al cine (en Argentina) y al teatro (en Broadway).

Texto adaptado. El Regalo

– Vuelve –suplicó Senia por tercera vez.

– Pues claro que volveré. No te inquietes. Acabó respondiendo Sazonka.

Y de nuevo guardaron silencio. Senia estaba acostado, cubierto hasta el mentón por una sábana gris del hospital, y no apartaba los ojos de Sazonka. Deseaba que su visitante permaneciese allí todo el tiempo posible, que no se marchase. Sus ojos parecían implorar la promesa de que no le dejaría abandonado a la soledad, al dolor y el miedo. No obstante Sazonka se aburría y estaba deseando marcharse, pero no sabía cómo hacerlo sin disgustar al muchacho enfermo. Tan pronto empezaba a levantarse de la silla con el firme propósito de irse, como se sentaba de nuevo decididamente, igual que si lo hiciese para toda la vida. No sabía qué decirle al enfermo.

– ¡Menuda vida! ¿Te duele? Senia afirmó con la cabeza, y dijo con voz débil:

– Bueno, tienes que irte ya; o te reñirán.

– Sí, es verdad –afirmó Sazonka, contento de encontrar un pretexto para marcharse–.

Se inclinó hacia él y dijo con voz firme:

– Escucha, Semion… Senia. Te lo digo yo, ¿sabes? Vendré, puedes estar seguro. En cuanto tenga un momento libre, vendré.

En los labios ennegrecidos y secos de Senia se dibujó una sonrisa enfermiza.

– Sí –contestó.

– Ya verás como vengo. ¡Qué diablo! ¿Crees que no me doy cuenta?

Finalmente Sazonka se levantó. Era muy alto, y una abundante mata de pelo le cubría la cabeza. Sus ojos grises dirigían miradas fulgurantes a un lado y otro, y parecían reír.

– Bueno, hasta pronto –dijo en tono cariñoso. Sin embargo, permaneció inmóvil. Quería demostrarle a Senia su afecto con un nuevo gesto de ternura, hacer algo tras lo cual Senia ya no temiese quedarse solo y así poder marcharse con la conciencia tranquila. Fue Senia quien puso fin a sus vacilaciones. – Hasta pronto –dijo con su voz atiplada. Con absoluta sencillez, como un hombrecito, sacó la mano de debajo del cobertor y se la tendió con aire indiferente a Sazonka. – Volverás, ¿verdad? –preguntó por cuarta vez Senia. Una vez fuera del hospital le parecía seguir aspirando aquel olor a medicinas y continuar oyendo la voz implorante de Senia: – ¡Espero que vuelvas! Y aunque nadie podía ya oírle, Sazonka repetía en un tono de convicción: – ¡Claro que volveré! ¿Crees que no tengo corazón?

II

Las Pascuas estaban a la vuelta de la esquina y los sastres atareados. Días enteros, largos y luminosos, desde el amanecer hasta la anochecida, y con frecuencia hasta medianoche, permanecía Sazonka trabajando junto a la ventana, con las piernas cruzadas al modo turco, frunciendo las cejas y silbando malhumorado. Por la mañana no daba el sol en la estancia y el aire estaba fresco, pero hacia el mediodía el sol empezaba a resplandecer en la ventana y se agrandaba hasta abarcar la ventana entera; los pedazos de tela, las tijeras, todo brillaba de un modo deslumbrador y el calor se hacía sofocante.

La calle, en un extremo de la ciudad, tenía escaso tránsito. De tarde en tarde pasaba algún campesino de las cercanías en su carro y sin apresurarse; el carro se tambaleaba al hundir las ruedas en los baches, todavía llenos de lodo, y producía un ruido que evocaba la vasta amplitud de los campos. Cuando Sazonka comenzaba a sentir dolor en la espalda, y sus dedos, entumecidos, no podían sostener la aguja, bajaba corriendo descalzo a la calle y dando ágiles saltos sobre los charcos llegaba junto al grupo de muchachos que estaban jugando a los tejos.

– Dejadme jugar un poco –les decía. Una docena de manos le tendían los pequeños discos de hierro con que se derribaban los huesos, y numerosas voces le gritaban a un tiempo: – Toma el mío, Sazonka. ¡El mío! Sazonka cogía el más pesado, se remangaba, adoptaba una postura atlética y luego lanzaba el disco, que con un ligero silbido iba a parar en medio de la larga hilera de huesos derribando varios de éstos; los chicos prorrumpían en gritos de admiración. Después de algunas jugadas afortunadas, Sazonka se secaba el sudor de la frente, y dirigiéndose a los muchachos decía: – ¿Sabéis que Senia sigue en el hospital? Pero los chicos, absortos en su juego, acogían estas palabras fríamente, con indiferencia. – Habría que llevarle algo. Yo le llevaré un regalo –añadía Sazonka. Estas nuevas palabras despertaban cierto interés entre los chicos. Mishka, el Cerdito, sosteniéndose con una mano los pantalones que se le caían, y con un puñado de canicas en la otra, decía con aire serio: – ¡Llévale diez kopeks! Pero Sazonka no podía perder el tiempo en aquellas conversaciones. Volviendo a saltar sobre los charcos con ágiles brincos, regresaba a su casa y se ponía de nuevo a trabajar. Se le hincharon los ojos, perdió el color, como si se encontrase enfermo, y las pecas que tenía en su rostro se hicieron más visibles. Sólo su abundante pelo, que le cubría la cabeza como un gorro, conservaba su aspecto alegre y triunfal. Cuando su maestro, Gavril Ivanovich, le miraba, Sazonka empezaba a pensar, no se sabe con qué motivo, en la taberna y la vodka que se bebía en ella. El recuerdo era tan tentador que, para desahogarse, se ponía a escupir y a jurar como un condenado. Se pasaba días enteros dándole vueltas sin cesar a cualquier idea. Tan pronto pensaba en comprarse un acordeón como en encargarse unas botas. Pero en lo que pensaba con más frecuencia era en Senia y en el regalo que iba a llevarle. Mientras oía el ruido de la máquina de coser y los juramentos del maestro, Sazonka se imaginaba siempre la misma escena: se veía a sí mismo deteniéndose junto a la cama de Senia en el hospital, entregándole el regalo envuelto en un pañuelo con cenefa encarnada. En sus evocaciones intentaba en vano recordar la cara de Senia, pero el pañuelo con cenefa encarnada –que no había comprado todavía–, era el que se dibujaba en su imaginación con extraordinaria nitidez. Y a todos, al maestro, a la mujer de éste, a los clientes y a los chicos, les manifestaba su firme propósito de ir a visitar a Senia el primer día de Pascua.

– ¡Dejar de ir sería una asquerosa faena! –añadía–.

Iré sin falta. Y le llevaré un regalo y le diré: “Aquí lo tienes, chico; ¡toma!” Pero al tiempo que hablaba de este modo se veía a sí mismo entrando en la taberna, donde había gente bebiendo vodka. Se sentía incapaz de luchar, sentía el deseo de decir con total resolución: “¡No, iré a ver a Senia!” Su mente quedaba envuelta en una grísea neblina, en medio de la cual destacaba el pañuelo con cenefa encarnada.

III

El primer día de Pascua, y también el segundo, Sazonka, había bebido; estuvo armando escándalo y pasó la noche en el puesto de policía. Hasta el cuarto día no fue a ver a Senia. La calle, inundada de sol, estaba abarrotada por un gentío vestido con colores chillones. Podía escucharse la música de los acordeones, el ruido de los discos metálicos derribando los huesos, el cacareo belicoso de los gallos que se peleaban. Pero Sazonka no hacía caso de nada. La expresión de su rostro, en la que un ojo hinchado y el labio superior desgarrado hablaban de las recientes peleas, era grave y estaba como ensimismado; hasta su abundante pelo, lacio y en desorden, tenía un aspecto melancólico. Se sentía avergonzado de su borrachera y de no haber cumplido su palabra; Senia no le vería en plena forma, con su camisa de lana y chaleco nuevo, sino maltrecho, miserable y oliendo a vodka. Sin embargo, a medida que se acercaba al hospital, se sentía satisfecho y lanzaba frecuentes miradas al paquetito que llevaba. Le parecía estar ya viendo el rostro de Senia, con los labios secos y los ojos suplicantes. – Querido amigo, ¿crees no me doy cuenta? ¿Que no tengo corazón? –decía en voz alta, como si Senia pudiera oírle, y apresuraba el paso con impaciencia.

Llegó al hospital; las negras ventanas parecían ojos severos. Avanzó por el largo pasillo que olía a medicinas, con la ya conocida sensación de malestar y tristeza. Entró en la sala donde estaba la cama de Senia. Pero Senia, ¿dónde estaba?

– ¿Qué busca? –preguntó un vigilante. – Pues a un chico en esta cama; Semion… Semion Yeroseiev. Estaba aquí… –dijo. Y Sazonka señalaba la cama vacía. – ¡Podía usted preguntar primero, antes de meterse de rondón! –dijo el vigilante en tono desabrido–. Además, no es Semion Yeroseiev, sino Semion Pustoshkin. – Yeroseiev es su patronímico –explicó Sazonka, poniéndose pálido. – Pues el tal Yeroseiev ha muerto. Aunque aquí le conocíamos por Pustoshkin. – ¿Cómo es posible? –preguntó Sazonka, palideciendo todavía más–. ¿Cuándo ha sido? – Ayer tarde. – ¿Y no lo podría ver? –preguntó Sazonka con voz tímida. – ¿Por qué no? –respondió el vigilante con indiferencia. Y no se apure tanto: estaba muy débil y su muerte era de esperar.

Sazonka preguntó dónde estaba el depósito; sus ojos no vieron nada hasta que se fijaron en el cuerpo muerto de Senia. Un frío terrible reinaba en la habitación, y dirigió una mirada a las paredes, llenas de manchas de humedad; a la ventana, cubierta de telarañas. En un rincón zumbaba una mosca. Y en alguna parte, no lejana, se oía el monótono gotear del agua: tac… tac… tac… Sazonka retrocedió un paso y dijo en voz alta: – Adiós, Semion Yeroseiev. Después se arrodilló, tocó el pavimento húmedo con la frente y se levantó. – ¡Perdóname, Semion Yeroseiev! –dijo, con la misma voz alta y clara. Cayó nuevamente de rodillas y permaneció con la frente pegada al pavimento hasta que comenzó a dolerle la cabeza. La mosca ya no zumbaba. Reinaba el silencio de la muerte. Lenta, rítmicamente, caían las gotas de agua, como lágrimas dulces y cordiales.

IV

El hospital se hallaba en las afueras y detrás empezaba el campo, por donde Sazonka echó a andar. Sazonka, al principio, avanzaba por el camino; luego se dirigió hacia el río a través de los bancales segados durante la estación anterior. En la orilla del río, se tendió boca arriba y cerró los ojos. Allí no corría el aire y la atmósfera estaba caliente, como en un invernadero. La luz del sol, en ondas ardientes y rojas, le atravesaba los párpados. En el cielo azul se oía cantar una alondra. Era agradable no pensar en nada. El río, recuperado su cauce después del deshielo, corría plácidamente como un pequeño arroyo. Sazonka, medio dormido, palpó de pronto un envoltorio que tenía a su lado.

Era el regalo. Se incorporó bruscamente y exclamó:

– ¡Dios mío! ¡Dios mío! Había olvidado totalmente el paquete, que parecía haber aparecido allí por arte de birlibirloque, y ahora lo miraba con ojos atónitos. Hasta le daba miedo tocarlo. Estuvo un rato contemplándolo, fija, obstinadamente, y una piedad enorme y penetrante, una terrible cólera contra sí mismo se apoderó de él. Miraba el pañuelo con cenefa encarnada y se imaginaba a Senia esperándole. Le esperaría el primer día, el segundo, el tercero. Volvería a cada momento la cabeza, con la esperanza de verle entrar. Sazonka no llegaría nunca y el pobre Senia había tenido que morir solo, olvidado, abandonado, como un perro en un estercolero. ¡Si él hubiera ido un día antes!

Sazonka lloró, mesándose los cabellos y revolcándose por la hierba. – ¡Dios mío! ¡Dios mío! Después, de bruces en el suelo y con el labio desgarrado, se calló y sintió su alma atravesada por un dolor agudísimo. La hierba tierna acariciaba suavemente su rostro y un olor denso y tranquilizante se elevaba de la tierra húmeda, llena de fuerzas creadoras, vitales. Madre eterna, la tierra recibía a su hijo, al pecador arrepentido; le abría sus amorosos brazos y proporcionaba a su dolorido corazón calor, amor y esperanza.

En la lejana ciudad las campanas tocaban a gloria, en la fiesta de la Resurrección.