Berenice

Presentación

Berenice (1835)

Del casi centenar de relatos cortos de Edgar Allan Poe, se dice que Berenice fue uno de los primeros y ya tiene toda la eficacia de los mejores: el horror se instala aquí en unas pocas páginas impecables, una de cuyas primeras traducciones al francés se debe a Baudelaire.

Veamos unas líneas del relato:

…La frente era alta, muy pálida, singularmente plácida; y el que en un tiempo fuera cabello negro como el azabache caía sobre ella sombreando las hundidas sienes con innumerables rizos, aunque ahora eran de un rubio reluciente, con un matiz festivo, en contraste completo con la melancolía dominante de su rostro. Sus ojos no tenían vida ni brillo y parecían sin pupilas. Esquivé involuntariamente su mirada vidriosa para contemplar los labios, finos y contraídos. Se entreabrieron, y en una extraña sonrisa los dientes de la cambiada Berenice aparecieron lentamente ante mis ojos.

¡Ojalá nunca hubiera visto aquellos dientes o, después de verlos, hubiese muerto! 

Nota biográfica sobre Edgar Allan Poe (1809-1849)

La vida de Poe fue tan atormentada como corta. Nacido en Boston y huérfano tempranamente, fue criado por parientes. En 1835, contrajo matrimonio con su prima, de trece años de edad, que murió de tuberculosis dos años más tarde. Poe murió en 1849 en Baltimore, con apenas cuarenta años. Su muerte se atribuyó al alcohol, congestión cerebral, cólera, drogas, fallo cardíaco, rabia, suicidio, tuberculosis u otras causas.

Su obra es generalmente apreciada y su papel como primer creador del cuento moderno, especialmente de fantasía y de terror, es universalmente reconocido. Si bien, algunos especialistas han resaltado el carácter excesivamente estrecho de su temática: “En Poe todos son vampiros, incluido el propio Poe”, ha escrito Harold Bloom. La figura del escritor, tanto como su obra, marcó profundamente la literatura de su país y puede decirse que de todo el mundo. Ejerció gran influencia en la literatura simbolista francesa y, a través de ésta, en el surrealismo. Julio Cortázar ha traducido casi todos sus textos en prosa y ha escrito extensamente sobre su vida y obra.

De la pluma de Poe han nacido numerosos relatos que se han hecho clásicos, leídos por generaciones: El pozo y el péndulo, El corazón delator, Un descenso al Maelström, La caída de la casa Usher, El escarabajo de oro, Los crímenes de la calle Morgue.

Texto adaptado. Berenice (1835)

La desgracia cunde multiforme sobre la tierra. ¡La desgracia! ¡Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris! ¿De la belleza puede derivarse la fealdad? Así como en la ética el mal es una consecuencia del bien, así, en la realidad, de la alegría nace la pena.

Mi nombre de pila es Egeus; no mencionaré mi apellido. Nuestro linaje ha sido llamado raza de visionarios. En muchos detalles sorprendentes, en el carácter de la mansión familiar, en los frescos del salón principal, en las colgaduras de los dormitorios, en los relieves de algunos pilares de la sala de armas, pero especialmente en la galería de cuadros antiguos, en el estilo de la biblioteca hay elementos más que suficientes para justificar esta creencia, según la cual mi familia pertenece a una raza de visionarios.

Los recuerdos de mis primeros años se relacionan con nuestra biblioteca. Allí murió mi madre. Allí nací yo, en ese aposento. Al despertar de la larga noche de lo que parecía ser la no-existencia, y al nacer a las regiones de hadas, a un palacio de imaginación, no es raro que mirara a mi alrededor con ojos asombrados y ardientes, que malgastara mi infancia entre libros y que disipara mi juventud en ensoñaciones; pero quizá es más raro que transcurridos los años y ya en el cenit de mi virilidad me encontrara aún en la mansión de mis padres. Mi vida y mis pensamientos parecían haberse paralizado. El mundo que me rodeaba se me antojaba solo como una visión, mientras que el mundo de los sueños se convirtió en mi existencia cotidiana.

Berenice y yo éramos primos y crecimos juntos en la casa paterna, aunque de distinta manera: yo, enfermizo, envuelto en melancolía; ella, ágil, graciosa, desbordante de fuerza; suyos eran los paseos por la colina; míos, los estudios del claustro; yo, encerrado en mí mismo y entregado a la intensa y penosa meditación; ella, vagando despreocupadamente por la vida, sin pensar en las sombras del camino o en la huida silenciosa de las horas de alas negras. ¡Berenice! Invoco su nombre… ¡Berenice! Y de las grises ruinas de la memoria mil tumultuosos recuerdos se conmueven a este sonido. ¡Ah, vívida acude su imagen ante mí, como en los primeros días de su alegría y de su dicha! ¡Ah, espléndida y fantástica belleza!

Y entonces, entonces, todo se hace misterio y terror. La enfermedad -una enfermedad fatal- cayó sobre ella como una tormenta, y mientras yo la observaba, la arrasó, penetrando en su mente, en sus hábitos y en su carácter, perturbando de forma terrible su identidad. Una especie de epilepsia obstinada la afligía terminando a menudo en catalepsia profunda, de la que se recobraba, en muchos casos, de manera brusca y repentina.

Entretanto, mi propia enfermedad crecía rápidamente, asumiendo un carácter monomaniaco: una perturbación morbosa de mi capacidad de atención, que me sumía en la contemplación de los objetos más comunes, con una inexplicable intensidad. Reflexionaba horas y horas, infatigable, con la atención clavada en algún punto trivial, en el margen de un libro o en su tipografía; pasaba la mayor parte de un día de verano absorto en una sombra extraña que caía oblicuamente sobre el tapiz o sobre la puerta; me perdía toda una noche en la observación de la tranquila llama de una lámpara o los rescoldos del fuego; soñaba días enteros con el perfume de una flor; repetía monótonamente alguna palabra hasta que el sonido, por obra de la repetición, dejaba de suscitar idea alguna en la mente; perdía todo sentido de movimiento o de existencia física gracias a una absoluta y obstinada quietud, largo tiempo prolongada. Tales eran algunas de mis extravagancias capaces de desafiar toda explicación.

Pero no se me entienda mal. Mi atención excesiva por objetos triviales no debe confundirse con la tendencia a la meditación, común a muchas personas. Mientras el soñador especula y juega con el objeto de su meditación, mis meditaciones nunca eran placenteras, y el objeto de mi ensueño me obligaba a una atención enfermiza por exagerada. Mi razón, capaz de resistir fuertes incertidumbres, temblaba al contacto de las realidades más sencillas.

En los intervalos lúcidos de mi mal, la calamidad de Berenice me daba pena, y, muy conmovido por la ruina total de su hermosa y dulce vida, no dejaba de meditar amargamente en las razones de tan terrible cambio. Yo no había amado a Berenice en los días más brillantes de su belleza incomparable. Mis anómalos sentimientos nunca venían del corazón sino de la inteligencia. Yo veía a Berenice no como un ser vivo, palpitante, sino como la Berenice de un sueño; no como una cosa para admirar, sino para analizar; no como un objeto de amor, sino como un tema de especulación. En cambio, ahora, ahora temblaba en su presencia y palidecía cuando se me acercaba, recordando que me había amado largo tiempo.

Y, en un mal momento, hablé a Berenice de matrimonio.

Se acercaba la fecha de nuestras nupcias cuando, una tarde de invierno, un día extrañamente cálido, sereno y brumoso, me senté, creyéndome solo, en la biblioteca. Alzando los ojos vi, ante mí, a Berenice. ¿Fue mi imaginación excitada, la influencia de la atmósfera brumosa, la luz incierta, crepuscular del aposento, o los grises vestidos que envolvían su figura, los que le dieron un contorno tan vacilante e indefinido? No sabría decirlo. No profirió una palabra y un escalofrío helado recorrió mi cuerpo; me oprimió una sensación de intolerable ansiedad; una curiosidad devoradora me invadió y, reclinándome en el asiento, permanecí con los ojos clavados en su persona. ¡Ay! Su delgadez era excesiva, y ni un vestigio de su lozanía asomaba en una sola línea de su contorno. Mis ardorosas miradas cayeron, por fin, en su rostro.

La frente era alta, muy pálida, singularmente plácida; y el que en un tiempo fuera cabello negro como el azabache caía sobre ella sombreando las hundidas sienes con innumerables rizos, aunque ahora eran de un rubio reluciente, con un matiz festivo, en contraste completo con la melancolía dominante de su rostro. Sus ojos no tenían vida ni brillo y parecían sin pupilas. Esquivé involuntariamente su mirada vidriosa para contemplar los labios, finos y contraídos. Se entreabrieron, y en una extraña sonrisa los dientes de la cambiada Berenice aparecieron lentamente ante mis ojos.

¡Ojalá nunca hubiera visto aquellos dientes o, después de verlos, hubiese muerto!

El golpe de una puerta al cerrarse me distrajo y, alzando la vista, vi que mi prima había salido del aposento. Pero del desordenado aposento de mi mente, ¡ay!, no había salido ni se apartaría el blanco y horrible espectro de los dientes. Ni un punto en su superficie, ni una sombra en el esmalte, ni una melladura en el borde hubo en esa pasajera sonrisa que no se grabara a fuego en mi memoria. Los vi entonces con más claridad que un momento antes. ¡Los dientes! ¡Los dientes! Estaban aquí y allí y en todas partes, visibles y palpables, ante mí; largos, estrechos, blanquísimos, con los pálidos labios contrayéndose a su alrededor.

Entonces me atacó con furia mi monomanía. Entre los múltiples objetos del mundo exterior no tenía pensamientos sino para los dientes. Los ansiaba con un deseo frenético. Ellos, ellos eran los únicos presentes a mi cabeza, llegaron a ser la esencia de mi pensamiento. Los observé a todas las luces, en todas las actitudes, examiné sus características, estudié sus peculiaridades, medité sobre su conformación, reflexioné sobre el cambio de su naturaleza. De Berenice yo creía con la mayor seriedad que sus dientes eran ideas, ¡ideas! ¡Qué insensatez! Pero los codiciaba locamente y sentí que sólo su posesión podía devolverme la paz y la razón.

Y llegó la tarde, y vino la larga oscuridad, y amaneció el nuevo día, y las brumas de una segunda noche se acumularon. Y yo seguía inmóvil, sentado en aquella biblioteca solitaria; y seguí sumido en la meditación, y el fantasma de los dientes mantenía su terrible ascendiente como si, con la claridad más viva y más espantosa, ese fantasma flotara entre las cambiantes luces y sombras del recinto. Al fin, irrumpió en mis ensueños un grito como de horror y consternación, y luego, tras una pausa, el sonido de turbadas voces, mezcladas con sordos lamentos de dolor y pena. Me levanté de mi asiento y, abriendo de par en par una de las puertas de la biblioteca, vi en la antecámara a una criada deshecha en lágrimas.

  • Berenice ha muerto, me dijo. Había tenido un insuperable acceso de epilepsia por la mañana temprano, y ahora, al caer la noche, la tumba estaba dispuesta para su ocupante y terminados los preparativos del entierro.

Hacía horas, desde la puesta del sol, que Berenice estaba enterrada. Ya debía ser pasada la medianoche y yo me encontraba de nuevo sentado solo en la biblioteca, despertando de un sueño confuso y agitado. Del melancólico periodo transcurrido desde el entierro de Berenice, aquella misma tarde, no guardaba yo un conocimiento definido. Mis recuerdos estaban repletos de horror, de un horror vago, de una terrible ambigüedad, una página atroz en la historia de mi existencia, escrita con recuerdos oscuros, espantosos, ininteligibles. Luché por descifrarlos, pero en vano, mientras una y otra vez, como el espíritu de un sonido ausente, un agudo y penetrante grito de mujer parecía sonar en mis oídos. Yo había hecho algo. ¿Qué era? Me lo pregunté a mí mismo en voz alta, y los susurrantes ecos del aposento parecían responderme: ¿Qué era?.

En la mesa, a mi lado, ardía una lámpara, y había junto a ella una caja. No tenía nada de notable, la había visto a menudo, pues era propiedad del médico de la familia. Pero, ¿cómo había llegado allí, a mi mesa, y por qué me estremecí al mirarla? Sonó un ligero golpe en la puerta de la biblioteca; pálido, entró un criado de puntillas. Había en sus ojos un violento terror y me habló con voz trémula, ronca, ahogada. ¿Qué dijo? Oí frases entrecortadas. Un salvaje grito había turbado el silencio de la noche, la servidumbre se reunió para buscar el origen del sonido, y – con un tono espeluznante, nítido- el criado susurró: -una tumba violada, un cuerpo desfigurado, sin mortaja, que aún respiraba, aún palpitaba, aún vivía.

Señaló mis ropas: estaban manchadas de barro, de sangre coagulada. No dije nada; me tomó suavemente la mano: estaba surcada de arañazos. Señaló un objeto que había contra la pared: era una pala. Con un alarido salté hasta la mesa y me apoderé de la caja. Pero no pude abrirla, y en mi temblor se me deslizó de la mano, cayó pesadamente, y se hizo añicos; y de entre ellos, entrechocándose, rodaron algunos instrumentos de cirugía dental, mezclados con treinta y dos objetos pequeños, blancos, marfilinos, que se desparramaron por el piso.