Minicuentos

Presentación

Minicuentos

Nota biográfica sobre Augusto Monterroso

Augusto Monterroso nació en Honduras (1921) y falleció en Ciudad de México (2003). Como escritor es considerado como uno de los maestros del relato breve.

En 1997 Guatemala le otorgó el Premio Nacional de Literatura “Miguel Ángel Asturias”. En 2000 en España le fue concedido el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en reconocimiento a toda su carrera.​ En las palabras del jurado: «su obra narrativa y ensayística constituye todo un universo literario de extraordinaria riqueza ética y estética, del que cabría destacar un cervantino y melancólico sentido del humor. (…) Su obra narrativa ha transformado el relato breve».

Su composición Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí ha sido considerada el microrrelato más breve de la literatura universal. Se ha incluido en una docena de antologías y se ha traducido a varios idiomas, además de tener una edición crítica de Lauro Zavala titulada El dinosaurio anotado.​ Con razón, Monterroso aseveró sobre este micro-relato que “sus interpretaciones eran tan infinitas como el universo mismo”.

Texto adaptado. Minicuentos

Los enanos

Los enanos tienen una especie de sexto sentido que les permite reconocerse a primera vista.

El dinosaurio

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

“Nulla dies sine linea”

-Envejezco mal -dijo; y se murió.

Fecundidad

Hoy me siento bien, un Balzac; estoy terminando esta línea.

La oveja negra

En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue fusilada. Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.

Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.

La tela de Penélope o quién engaña a quién

Hace muchos años vivía en Grecia un hombre llamado Ulises (quien a pesar de ser bastante sabio era muy astuto), casado con Penélope, mujer bella y singularmente dotada cuyo único defecto era su desmedida afición a tejer, costumbre gracias a la cual pudo pasar sola largas temporadas.

Dice la leyenda que en cada ocasión en que Ulises con su astucia observaba que a pesar de sus prohibiciones ella se disponía una vez más a iniciar uno de sus interminables tejidos, se le podía ver por las noches preparando a hurtadillas sus botas y una buena barca, hasta que sin decirle nada se iba a recorrer el mundo y a buscarse a sí mismo.

De esta manera ella conseguía mantenerlo alejado mientras coqueteaba con sus pretendientes, haciéndoles creer que tejía mientras Ulises viajaba y no que Ulises viajaba mientras ella tejía, como pudo haber imaginado Homero, que, como se sabe, a veces dormía y no se daba cuenta de nada.

El grillo maestro

Allá en tiempos muy remotos, un día de los más calurosos del invierno, el Director de la Escuela entró sorpresivamente al aula en que el Grillo daba a los Grillitos su clase sobre el arte de cantar, precisamente en el momento de la exposición en que les explicaba que la voz del Grillo era la mejor y la más bella entre todas las voces, pues se producía mediante el adecuado frotamiento de las alas contra los costados, en tanto que los pájaros cantaban tan mal porque se empeñaban en hacerlo con la garganta, evidentemente el órgano del cuerpo humano menos indicado para emitir sonidos dulces y armoniosos.

Al escuchar aquello, el Director, que era un Grillo muy viejo y muy sabio, asintió varias veces con la cabeza y se retiró, satisfecho de que en la Escuela todo siguiera como en sus tiempos.

El zorro es más sabio

Un día que el Zorro estaba muy aburrido y hasta cierto punto melancólico y sin dinero, decidió convertirse en escritor, cosa a la cual se dedicó inmediatamente, pues odiaba ese tipo de personas que dice voy a hacer esto o lo otro y nunca lo hacen.

Su primer libro resultó muy bueno, un éxito; todo el mundo lo aplaudió, y pronto fue traducido (a veces no muy bien) a los más diversos idiomas. El segundo fue todavía mejor que el primero, y varios profesores norteamericanos de lo más granado del mundo académico de aquellos remotos días lo comentaron con entusiasmo y aun escribieron libros sobre los libros que hablaban de los libros del Zorro. Desde ese momento el Zorro se dio con razón satisfecho, y pasaron los años y no publicaba otra cosa. Pero los demás empezaron a murmurar y a repetir “¿Qué pasa con el Zorro?”, y cuando lo encontraban en los cócteles puntualmente se le acercaban a decirle tiene usted que publicar más.

-Pero si ya he publicado dos libros -respondía él con cansancio.

-Y muy buenos -le contestaban-; por eso mismo tiene usted que publicar otro.

El Zorro no lo decía, pero pensaba: “En realidad lo que estos quieren es que yo publique un libro malo; pero como soy el Zorro, no lo voy a hacer.”

Y no lo hizo.

La mosca que soñaba que era un águila

Había una vez una Mosca que todas las noches soñaba que era un Águila y que se encontraba volando por los Alpes y por los Andes.

En los primeros momentos esto la volvía loca de felicidad; pero pasado un tiempo le causaba una sensación de angustia, pues hallaba las alas demasiado grandes, el cuerpo demasiado pesado, el pico demasiado duro y las garras demasiado fuertes; bueno, que todo ese gran aparato le impedía posarse a gusto sobre los ricos pasteles o sobre las inmundicias humanas, así como sufrir a conciencia dándose topes contra los vidrios de su cuarto. En realidad no quería andar en las grandes alturas o en los espacios libres, ni mucho menos.

Pero cuando volvía en sí lamentaba con toda el alma no ser un Águila para remontar montañas, y se sentía tristísima de ser una Mosca, y por eso volaba tanto, y estaba tan inquieta, y daba tantas vueltas, hasta que lentamente, por la noche, volvía a poner las sienes en la almohada.

Engáñame y La confesión reiterada

Reseña biográfica de Juan Valera

Juan Valera (Córdoba, 1824-Madrid, 1905) fue un escritor, crítico literario, diplomático y político español. Retirado provisionalmente del cuerpo diplomático, inició en Madrid su carrera política, siendo diputado por Archidona y llegando a Ministro de Instrucción Pública, con Amadeo de Saboya. En 1860 explicó en el Ateneo de Madrid la Historia crítica de nuestra poesía con un éxito inmenso. Miembro de la Real Academia Española en 1861.

Como escritor tuvo una gran actividad en periódicos y revistas; el hispanista y literato Gerald Brenan asegura que fue el mejor crítico literario del siglo XIX después de Menéndez Pelayo; Pepita Jiménez y Juanita la larga son sus dos novelas más famosas, que alcanzaron gran popularidad y han sido llevadas al cine. Aunque vivió la época espléndida del romanticismo, Valera nunca fue un hombre ni un escritor romántico, sino un epicúreo andaluz, culto e irónico, actuando siempre por encima y al margen de las modas literarias de su tiempo, rigiéndose por unos principios estéticos generales de sesgo idealista.

¡Engáñame, majadero!

Texto adaptado. Una historia de cocineras y cocineros (1866)

Hubo en Toledo, en los buenos tiempos – cuando el Arzobispado estaba poderoso y boyante- un Arzobispo tan austero y penitente, que ayunaba muy a menudo y casi siempre comía de vigilia, y más que pescado, semillas y hortalizas.

Su cocinera le solía preparar un modesto potaje de habichuelas y garbanzos, con el que se deleitaba aquel venerable siervo de Dios, como si fuera el plato más exquisito y gustoso. Bien es verdad que la cocinera preparaba con tal habilidad los garbanzos y las habichuelas que parecían un manjar ciertamente superior.

Por desgracia, la cocinera, después de una agria disputa con el mayordomo, fue despedida. Vino otra cocinera a preparar el guiso, pero el Arzobispo lo encontró tan detestable que fue despedida de inmediato. Ocho o nueve fueron sucesivamente entrando, pero ninguna o ninguno -porque eran tanto cocineras como cocineros- acertaba a condimentar el potaje y todos tenían que largarse avergonzados, dejando huérfana la cocina arzobispal.

Entró por fin un cocinero más avispado, que, menos orgulloso de sus propias habilidades, tuvo la prudente idea de ir a visitar a la primera cocinera. Ésta fue generosa y le confió su procedimiento misterioso. El nuevo cocinero siguió con exactitud las instrucciones de su antecesora, condimentó el potaje, que le fue servido al Arzobispo.

  • Gracias sean dadas al Altísimo. Al fin hallamos un cocinero tan bueno como la anterior. Que venga el cocinero; hay que darle merecidas alabanzas.

Y el nuevo cocinero, embargado por la satisfacción del momento, tuvo la debilidad de confesar con sinceridad:

  • Quiero decirle Ilustrísima que su cocinera le engañaba; en el potaje hay pocas habichuelas y, en cambio, hay muchas albondiguitas de jamón, pechuga de pollo, riñoncitos de ave y criadillas de carnero. Y yo no quisiera engañar a su Ilustrísima.

Y el poderoso Arzobispo, mirándole entre enojado y burlón, dijo al cocinero con media sonrisa:

  • Pues sigue haciéndolo como la anterior cocinera: ¡Engáñame, majadero!

Texto adaptado. La confesión reiterada (1866)

Estaba un día el Padre Jacinto en el confesonario. Había oído ya los pecados de once o doce penitentes, les había dado la absolución, se encontraba fatigadísimo e iba a levantarse, cuando acudió a la rejilla una mujer muy guapa, pulcra y elegantemente vestida y al parecer de poco más de treinta años.

La dama, hasta entonces no conocida del Padre, le dijo que permanecía soltera y que vivía con su anciana madre viuda. Eran madre e hija señoras principales pero pobres, y vivían con recogimiento y en cierta estrechez decorosa. Todos los pecadillos que la dama confesó al Padre eran tan leves y veniales, y le fueron confesados por ellas con tal candor y con gracia tan inocente, que el Padre, en el fondo de su alma, hubo de calificarla no sólo de graciosa y discreta, sino de casi santa. Se disponía ya a echarle la bendición, cuando la dama, después de larga pausa y silencio, muy ruborizada y como quien vacila, dijo con voz dulce y temblorosa:
– Padre, me avergüenzo de pensar que estoy engañando a usted.

-Sí, hija mía, al confesor no se le debe ocultar nada: habla con franqueza.

– Pues ya que es menester ser franca, ha de saber usted que, hará ya doce o trece años, cuando yo aun no había cumplido los dieciocho, estuve prendada de un primo mío, teniente de infantería. Él también me amaba de corazón, pero ni él poseía más bienes que su carrera ni yo contaba con más riqueza que la paga de huérfana que había de perder casándome. En busca de fortuna y en cumplimiento de su deber, mi primo tuvo que irse a Cuba, donde la guerra civil ardía entonces.

La víspera de su partida -siguió la joven-, que debía ser por la mañana temprano, mi primo estuvo en casa a despedirse de mi madre y de mí. Estábamos entonces en Cádiz. Cuando mi madre dormía profundamente abrí el balcón y mi primo estaba en la calle aguardando mi salida. La pálida luz de la luna iluminaba su hermosa cara. Apoyándose en una reja del cuarto bajo, se encaramó hasta el balcón, por más que yo le mostraba disgusto y miedo. Para evitar que alguien pasase y le viese saltó la baranda y penetró en mi cuarto. Nos abrazamos y acariciamos con suave abandono. Y como yo vertía muchas lágrimas, él las secaba con sus labios sobre mis mejillas. Luego, no sé como, natural y sencillamente, se encontraron y se unieron nuestras bocas. Y por último, Padre, ¡qué vergüenza! aquello fue un delirio, un frenesí de amor, un deleite que me pareció como del cielo; una estrechísima unión de nuestros dos seres y una íntima fusión de nuestras dos almas, que duró hasta rayar la aurora. Mi primo tuvo entonces que irse. Nos hicimos mil juramentos de fidelidad. Yo, en el momento de partir él, aun le retenía y le apretaba entre mis brazos y me le comía a besos. Pero la separación fue inevitable. Mi primo salió para la Habana dos horas después de haber cometido juntos el horrible, dulce y largo pecado.

Mi desdichado primo -continuaba la muchacha-, a los pocos días de llegar a la Habana, murió de la fiebre amarilla. Mi único consuelo, lo confieso, era recordar que yo había sido suya; el encanto, la enajenación, el éxtasis celestial que embargó mis sentidos cuando me entregué a él por entero, sin que quedase prenda mía que yo no le diese.

Suspiró la penitente, se humedecieron con lágrimas sus hermosos ojos y quedó en silencio. El Padre Jacinto lo rompió diciendo:

– Grave y mortal fue tu pecado, hija mía. Pero lo peor y más grave es que lo hayas tenido oculto durante trece años sin confesarlo hasta ahora.
– Pero Padre, dijo la dama, si yo acudo lo menos veinte veces al año al confesonario y jamás he dejado de confesar este pecado mío.

El Padre echó sus cuentas y dijo:

– Hace trece años; veinte veces por trece años hacen doscientos sesenta; pues hija, lo has confesado y te han absuelto ya doscientas sesenta veces.
– Pues yo creo, Padre, replicó ella, que si me dura la vida, pasarán las veces de dos mil, porque el recuerdo de mi pecado me enamora y el referirlo me encanta, y este enamoramiento y este encanto constituyen, sin duda, un pecado nuevo.
-Sí, hija mía, lo constituyen. Yo te absolveré ahora. Procura tú olvidar tu pecado y no lo cuentes más.
-¡Ay Padre, no puedo!
-Entonces, ¿qué le hemos de hacer? Ven cuando gustes a contármelo. Yo lo oiré y siempre te absolveré. Procurando -pensó para sus adentros el Padre-, que a pesar de mis sesenta años no despierte en mí la envidia.

Porque -terminó el Padre Jacinto con voz melodiosa- Dios es misericordioso.

 

Ocho mujeres

Presentación

Ocho mujeres

El ocho de marzo de 2017, Día de la Mujer traemos ocho retratos femeninos de ocho autores importantes.

Unos breves retratos, apenas unas palabras, de estos grandes narradores nos ayudan a entender mejor el universo de la mujer. Chaucer, Cervantes, Voltaire, Turguenev, Pedro Antonio de Alarcón, Maupassant, Chejov, Torrente Ballester – alguno de cuyos cuentos ya han aparecido en nuestro blog- nos deleitan, nos hacen pensar, nos emocionan.

Ocho mujeres

Textos adaptados. Breves retratos femeninos, a lo largo de seiscientos años

Esta entrega de RelatABA pretende ser una contribución de nuestro blog al Día de la Mujer, en marzo de 2017. Se recogen ocho brevísimos retratos que de la mujer se han hecho en la literatura occidental a lo largo de seiscientos años. Alguna de estas descripciones ya ha sido recogida en los cuentos aparecidos en nuestro blog.

CHAUCER. La Comadre de Bath, personaje de los Cuentos de Canterbury (1385)

Los Cuentos de Canterbury es el relato del viaje de un grupo de peregrinos desde Londres a Canterbury, para visitar los restos de Santo Tomás Beckett. Cada noche uno de los los peregrinos narraba un cuento. Uno de los cuentos es narrado por una Comadre, nacida en Bath, que había tenido cinco matrimonios y  cinco maridos y que es así descrita:

Ninguna mujer osaba adelantársele cuando se dirigía al ofertorio. Su rostro era bello; su expresión, altanera, y su talante, gracioso.

En este divertido cuento se descifran “las tres cosas que más desean la mujeres”:
Lo que más desean las mujeres: ejercer la autoridad, tanto sobre sus esposos como sobre sus amantes y tener poder sobre ellos; éste es su mayor deseo. Lo que más desean, en segundo lugar: que se fijen en ellas y se elogien sus aderezos y su belleza. Lo que más odian: que se les recuerden sus defectos.

CERVANTES. Marcela, personaje de Don Quijote (1605)

Marcela, personaje de Cervantes, era hija de Guillermo el Rico y, al fallecer éste, heredó su fortuna. Marcela creció con belleza; cuando llegó a la edad de catorce a quince años nadie que la miraba no bendecía a Dios que tan hermosa la había criado. Pero Marcela prefirió irse al campo en compañía de otras zagalas guardando sus cabras. Con estos desdenes se dice que provocó la muerte de un celoso enamorado, Grisóstomo; y Marcela se defendía diciendo:

Yo nací libre, y para poder vivir escogí la soledad de los campos: los árboles destas montañas son mi compañía, las claras aguas destos arroyos mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosuras. Fuego soy apartado y espada puesta lejos.

Yo, como sabéis, tengo riquezas propias y no codicio las ajenas; tengo libre condición y no gusto de sujetarme; ni quiero ni aborrezco a nadie; no engaño a éste, ni solicito aquél, ni burlo con uno ni me entretengo con el otro. La conversación honesta de las zagalas destas aldeas y el cuidado de mis cabras me entretiene; tienen mis deseos por término estas montañas, y si de aquí salen es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma a su morada primera.

Y en diciendo esto, sin querer oír respuesta alguna, volvió las espaldas y se entró por lo más cerrado de un monte que allí cerca estaba, dejando admirados, tanto de su discreción como de su hermosura, a todos los que allí estaban.

VOLTAIREAlmona, personaje de Zadig (1747)

El pecho de Almona, sus ojos negros rasgados que brillaban suavemente de amoroso fuego, sus mejillas – púrpura animada con la más cándida leche-, su nariz delicada, sus labios -dos hilos de coral que ensartaban las más bellas perlas de Arabia-, todo, en fin, persuadió al viejo de que había vuelto a sus veinte años.

TURGENEV. Zenaida, personaje de El primer amor (1860)

La dacha vecina había sido alquilada por una familia de la baja aristocracia, de la que una joven formaba parte. Yo había alcanzado a verla de perfil entre los arbustos del jardín. En los movimientos de la muchacha había algo tan delicado, exigente, mimoso, burlón y tierno, que casi grité de admiración y placer, y sentí que estaba dispuesto a darlo todo para que esos deditos encantadores acariciasen mi frente.

PEDRO ANTONIO DE ALARCÓN. La Comendadora, personaje del cuento del mismo nombre (1868)

en un ángulo del salón –desde donde podía verse el cielo, las copas de los árboles y los rojizos torreones de la Alhambra, pero donde no podía ser vista más que por los pájaros que revoloteaban sobre el Darro-, inmóvil, con la mirada perdida en el infinito azul de la atmósfera y pasando lentamente las cuentas de un larguísimo rosario, estaba sentada una monja, una Comendadora de Santiago, como de treinta años, con unas sencillas ropas de aspecto seglar.

Vestía de negro, con un gran pañuelo de hilo blanco cerrado hasta el cuello. No llevaba manto ni toca, lo que dejaba ver un negro y abundantísimo pelo recogido con un lazo en la nuca. Aquella mujer resultaba hermosísima; el desaliño de su vestido dejaba en libertad su natural gracia. Alta, recia, esbelta y armónica, el ropaje de lana, pegado a su cuerpo, revelaba más que cubría, la traza clásica de sus espléndidas proporciones. Remataba esta soberana figura un rostro moreno, algo descarnado, oval, de una palidez intensa, que contrastaba con dos profundas ojeras, lívidas, llenas de misteriosas tristezas.

MAUPASSANT. Una honesta mujer de provincias, personaje de Una aventura parisiense  (1881)

¿Existe en la mujer un sentimiento más agudo que la curiosidad?
Una mujer, cuando su curiosidad se despierta, cometerá locuras, imprudencias, audacias, no retrocederá ante nada. Hablo de las mujeres realmente mujeres, dotadas de ese triple fondo de compartimentos secretos: el primero, de inquietud femenina siempre agitada; el segundo, de astucia coloreada de ingenuidad; el último, por fin, de desenfado encantador, de trapacería exquisita, de deliciosa perfidia, de todas esas perversas cualidades que empujan al suicidio a los amantes crédulos, pero que arroban a los otros.

CHEJOV. Vera, personaje de Vérochka (1887)

Ante Ognev estaba la hija de Kuznetsov, Vera, una joven de 21 años, habitualmente triste.

Las jóvenes que sueñan mucho, que pasan días enteros recostadas perezosamente leyendo todo lo que cae en sus manos, y que se sienten aburridas y tristes, suelen vestirse con negligencia. A las que poseen el don natural del gusto y el instinto de la belleza, esa leve negligencia en el vestir les otorga un encanto especial. Vérochka era esbelta; tenía un perfil regular y hermoso cabello ondulado. A Ognev, quien no había visto en su vida muchas mujeres, le parecía una beldad.

Ognev, recordando más tarde a Vérochka, no se la podía imaginar sin su amplia chaquetilla que formaba profundos pliegues junto al talle y sin embargo no lo rozaba; sin su rizo, escapado del alto peinado y colgado sobre la frente; sin aquel chal rojo con pompones en los bordes, que por las noches pendía tristemente del hombro de Vérochka, mientras que de día estaba tirado en el vestíbulo, junto con los sombreros masculinos, o bien en el comedor sobre un baúl donde dormía, sin ceremonias, la vieja gata. Este chal y los pliegues de la chaquetilla exhalaban un soplo de desperezada libertad.

GONZALO TORRENTE BALLESTER. Miguela y Chuco, personajes de La Miguela (1944)

Miguela era su compañía. Los tratos quedaron hechos antes de partir para el servicio. Ella tenía por su madre una casita de un solo cuarto y cocina; él, un campo para maíz y viñedo. Ella labraría el campo y con lo que Chuco pudiese ahorrar en la Armada, comprarían el ajuar.

Se casaron el día de la Virgen, una boda sencilla, con Antonia la Galana y el viejo Cabeiro como padrinos. Se cuenta que tardaron mucho en acostarse; hay quien los vio a medianoche asomados a la ventana, en silencio, mirando al mar.

Minicuentos

Presentación

Minicuentos

Reseña de seis minicuentos de cinco autores diferentes, correspondientes a diversas épocas, entre el siglo I y el siglo XX.

La tradición del cuento se remonta al origen del ser humano, por su sencillez de comunicación y su aplicación inmediata a la vida de cada día. Y, por las mismas razones, desde siempre han existido relatos mucho más breves, pequeñas historias y anécdotas, fáciles de recordar y de repetir por transmisión oral. Acertijos, pequeñas intrigas, relatos jocosos o picantes están recogidos en todas las tradiciones y culturas.

Este mes de septiembre de 2015, para la vuelta de las vacaciones, hemos seleccionado en RelatABA seis de estos minicuentos, de apenas unos renglones, que abarcan desde el siglo I al siglo XX y que quizá provoquen una sonrisa o un instante de relajación entre nuestros lectores.

Texto adaptado. Minicuentos

Petronio, Roma, 27-66 

Epitafio de una perra de caza

La Galia me vio nacer, la Conca me dio el nombre de su fecundo manantial, nombre que yo merecía por mi belleza. Sabía correr, sin ningún temor, a través de los más espesos bosques, y perseguir por las colinas al erizado jabalí. Nunca las sólidas ataduras cautivaron mi libertad; nunca mi cuerpo, blanco como la nieve, fue marcado por la huella de los golpes. Descansaba cómodamente en el regazo de mi dueño o de mi dueña y mi cuerpo fatigado dormía en un lecho que me habían preparado amorosamente. Aunque sin el don de la palabra, sabía hacerme comprender mejor que ningún otro de mis semejantes; y, sin embargo, ninguna persona temió mis ladridos.

¡Madre desdichada! La muerte me alcanzó al dar a luz a mis cachorros. Y, ahora, un estrecho mármol cubre la tierra donde yo descanso.

Petronio, Roma, 27-66 

El lobo

Logré que uno de mis compañeros de guarnición -un soldado más valiente que Plutón- me acompañara. Al primer canto del gallo, emprendimos la marcha; todavía brillaba la luna como el sol a mediodía. El camino pasaba junto a unas tumbas. Mi compañero se para; empieza a conjurar astros; yo me siento y me pongo a contar las columnas y a canturrear. Al rato me vuelvo hacia mi compañero y lo veo desnudarse y dejar la ropa al borde del camino. De miedo se me abrieron las carnes; me quedé como muerto: lo vi orinar alrededor de su ropa. Se convirtió en lobo.

Lobo rompió a dar maullidos y huyó al bosque. Fui a recoger su ropa y vi que se había transformado en piedra. Desenvainé la espada y temblando volví a la guarnición; allí no dije nada y me las arreglé para llegar a casa. Melisa se extrañó de verme llegar más temprano de lo esperado.

Pues si hubieras llegado un poco antes -me dijo- hubieras podido ayudarnos: un lobo ha penetrado en el redil y ha matado las ovejas; fue una verdadera carnicería; logró escapar, pero uno de los esclavos le atravesó el pescuezo con la lanza. No respondí.

Al día siguiente, antes de regresar a la guarnición volví por el camino de las tumbas. En el lugar en que había quedado la ropa petrificada había ahora una gran mancha de sangre. Entré en la guarnición; el soldado estaba tendido en un lecho. Ha sangrado como un buey,- me dijeron; un médico estaba curándole el cuello.

Feng Meng-lung, China, 1574-1646 

El dedo

Un hombre pobre se encontró en su camino a un antiguo amigo. Éste tenía un poder sobrenatural que le permitía hacer milagros. Como el hombre pobre se quejara de las dificultades de su vida, su amigo tocó con el dedo un ladrillo que de inmediato se convirtió en oro. Se lo ofreció al pobre, pero éste se lamentó de que eso era muy poco. El amigo tocó un león de piedra que se convirtió en un león de oro macizo y lo agregó al ladrillo de oro. El amigo insistió en que ambos regalos eran poca cosa.

-¿Qué más deseas, pues? -le preguntó sorprendido el hacedor de prodigios.

-¡Quisiera tu dedo! -contestó el otro.

 

Robert Burton, Inglaterra, 1577-1640 

Un tercero en discordia

En su Vida de Apolonio, refiere Filostrato  la historia de  Menicio Lipio.

Menicio era un mancebo de veinticinco años, que,   en el camino de Corinto encontró a una hermosa mujer, la cual tomándolo de la mano, lo llevó a su casa y le dijo que era fenicia de origen y que si se demoraba con ella, la vería bailar y cantar y que beberían un vino incomparable y que nadie estorbaría su amor. Asimismo le dijo que siendo ella placentera y hermosa, como lo era él, vivirían y morirían juntos.

El mancebo, que era un filósofo, sabía moderar sus pasiones, pero no ésta del amor, y se quedó con la fenicia y por último se casaron. Entre los invitados a la boda estaba Apolonio de Tiana, que comprendió en el acto que la mujer era una serpiente, una lamia, y que su palacio y sus muebles no eran más que ilusiones. Al verse descubierta, ella se echó a llorar y le rogó a Apolonio que no revelara el secreto.

Apolonio habló; ella y el palacio desaparecieron.

 

Max Aub, España, 1903-1972 

Hablaba y hablaba

Hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Y venga hablar. Yo soy una mujer de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar, y hablar, y hablar. Estuviera yo donde estuviera, venía y empezaba a hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba. ¿Despedirla por eso? Hubiera tenido que pagarle sus tres meses. Además hubiese sido muy capaz de echarme mal de ojo.

Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla en la boca para que se callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le reventaron las palabras por dentro. 

 

Andrea Bocconi, Italia, 1950- 

Tranvía

Por fin. La desconocida subía siempre en aquella parada. “Amplia sonrisa, caderas anchas… una madre excelente para mis hijos”, pensó. La saludó; ella respondió y retomó su lectura: culta, moderna.

Él se puso de mal humor: era muy conservador. ¿Por qué respondía a su saludo? No debía responder, ni siquiera lo conocía. Dudó.

Ella bajó. Él se sintió divorciado: “¿Y los niños, con quién van a quedarse?”

Las viudas y Las citas

Presentación

Las viudas y las citas (1747)

Este relato forma parte del libro de Voltaire Zadig. En el libro se narran, a lo largo de 21 capítulos muy breves. las aventuras del joven Zadig en tierras de Babilonia, alrededor del año 1400.

Nuestro relato, Las viudas y Las citas, es una adaptación de dos de las aventuras del joven Zadig, que describen la lucha de la razón contra la crueldad, lucha en la que el joven se encuentra acompañado por el valor, la belleza y la inteligencia de una mujer.

Nota biográfica sobre Voltaire (1694-1778)

Voltaire es el seudónimo de François Marie Arouet, escritor, historiador, filósofo y abogado francés, nacido y muerto en París (1694-1778). Voltaire ha pasado a la historia por sus escritos literarios y filosóficos y por su defensa a ultranza de la tolerancia religiosa, si bien el hecho de ser hombre de letras no le impidió reunir una considerable fortuna.

Voltaire tuvo una fecunda actividad en diversos campos pero, sin duda, es en sus cuentos donde mejor queda reflejado su optimismo, su tolerancia, su lucha contra la superstición y su elegante sentido del humor. En suma, lo que se califica como estilo o espíritu volteriano.

Texto adaptado.Relato Zadig: Las viudas y las citas

Las viudas

Allá por el año 837 de la hégira [equivalente al año 1400 del calendario cristiano] había en Babilonia un joven llamado Zadig de una belleza natural fortalecida por su educación. Aunque rico y joven sabía moderar sus pasiones, comprender la debilidad de los hombres y, por encima de todo, jamás se vanagloriaba de despreciar o subyugar a las mujeres. Zadig, después de haber viajado por Egipto y haber vivido muchas peripecias, se encontraba felizmente establecido en Arabia, al servicio de Setoc, un rico mercader del que Zadig se había hecho amigo íntimo y consejero.

Existía entonces en Arabia una horrible costumbre, originaria de Escitia y establecida en las Indias por influjo de los bracmanes, costumbre que amenazaba todo el Oriente. Cuando moría un casado y su querida esposa quería ser santa, se ofrecía a ser quemada viva, públicamente, sobre el cadáver de su marido. Todo ello en una solemne fiesta, que llamaban la hoguera de las viudas; la tribu más estimada era aquella en la que más mujeres se quemaban.

Por aquellos días, murió un árabe de la tribu de Setoc, y la viuda, por nombre Almona, persona muy devota, anunció el día y la hora que se había de tirar al fuego, al son de tambores y trompetas. Como consejero de Setoc, Zadig le dijo cuán horrible era esta costumbre, quemar a viudas que podían dar hijos al estado, o al menos criar a los que tenían. Convino Setoc en que habría que abolir tan inhumano hábito, pero añadió luego: – Hace mas de mil años que se practica, ¿quién se ha de atrever a mudar una ley consagrada por el tiempo? A lo que Zadig replicó: – Mas antigua es todavía la razón humana. Hablad con los caudillos de las tribus; mientras yo voy a ver a la viuda.

Zadig fue a visitar a Almona y así hablaron:

– ¿Tanto queríais a vuestro marido?.

– ¿Quererle?, no por cierto, era un zafio, un celoso, un hombre inaguantable; pero tengo hecho propósito firme de tirarme a su hoguera.

– Debe ser un gusto exquisito esto de quemarse viva.

– El cuerpo sufre, dijo la dama, pero no hay remedio; soy devota, perdería mi reputación, y todos se irían riendo de mí si no me quemara.

Zadig siguió conversando largo rato con ella, tratando de contagiarle algún apego a la vida:

– ¿Qué haríais, le dijo al fin, si os atrevieseis a no quemaros?

– Creo, dijo la viuda después de pensarlo, que daría mi mano a algún joven parecido a vos.

Zadig comprendió que esa decisión era la clave. Se despidió de Almona y fue al punto a ver a los caudillos de las tribus; les contó lo sucedido, y les convenció de que promulgaran una ley por la cual no seria permitido a ninguna viuda quemarse sin antes haber hablado a solas con un mancebo soltero y atractivo, por espacio de una hora entera.

Y a partir de entonces ninguna viuda se quemó en toda Arabia, debiéndose así a Zadig el honor de ver abolido en apenas un día un hábito tan cruel.

Pero la historia no acaba aquí.

Las citas

Según la tradición, al grupo de los sacerdotes de las estrellas les pertenecían, por derecho divino, las piedras preciosas y demás joyas y adornos de las viudas que morían en la hoguera; de modo que la intervención de Zadig había jugado a los sacerdotes una mala pasada y lo menos que podían hacer era condenar a Zadig a la hoguera. Le acusaron por tanto de difundir ideas erróneas acerca del ejército celestial, y declararon con juramento solemne que le habían oído decir que las estrellas no se ponían en la mar, lo que bastó para condenar al reo a ser quemado vivo. En vano trató Setoc, usando de toda su influencia, de liberar a su amigo, pero los sacerdotes pronto le hicieron callar.

Enterada Almona, que ya había cobrado cariño a la vida, de la difícil situación de Zadig se decidió a ayudarle. Perfumóse, atildóse, aumentó el lucimiento de su hermosura con el mas bello y pomposo traje, y pidió audiencia secreta al sumo sacerdote de las estrellas. Y le habló de esta manera:

– Hijo primogénito de la Osa mayor, hermano del toro, primo del can celeste (que tales eran los títulos de este pontífice), mucho temo haber cometido un gravísimo pecado no quemándome en la hoguera de mi amado marido, porque ¿qué he conservado?, esta carne perecedera y casi marchita. Al decir esto, descubrió unos brazos de maravillosa forma, de la blancura del más puro alabastro. Ya veis, dijo, cuán poco vale todo esto.

Al pontífice se le figuró que esto valía mucho: aseguráronlo sus ojos, y lo confirmó su lengua, haciendo mil juramentos de que no había en toda su vida visto tan hermosos brazos.

-¡Ay! dijo la viuda, acaso los brazos no son tan malos; pero confesad que el pecho no merece ser mirado. Diciendo esto, desabrochó el más lindo seno que pudo formar naturaleza; un capullo de rosa sobre una bola de marfil desmerecía junto a él y la lana de los blancos corderos era amarilla a su lado.

El pecho de Almona, sus ojos negros rasgados que brillaban suavemente de amoroso fuego, sus mejillas – púrpura animada con la mas cándida leche-, su nariz delicada, sus labios -dos hilos de coral que ensartaban las mas bellas perlas de Arabia-, todo, en fin, persuadió al viejo de que había vuelto a sus veinte años. Tartamudeó, declaró su amor; y viéndole Almona inflamado, le pidió el perdón de Zadig. El sumo sacerdote respondió:

– ¡Ay! hermosa dama, con toda mi ánima se lo concediera, mas para nada valdría mi perdón, porque es menester que firmen otros tres de mis colegas.

– Firmad, pues, vos la primera indulgencia, dijo Almona. Y, con la condición de que los favores de Almona serían premio a su condescendencia, el sacerdote firmó.

Almona le dio cita en su cuarto a la puesta de sol: – cuando la luciente estrella de Scheat raye sobre el horizonte, en mi sofá me hallaréis, y haréis con vuestra sierva lo que fuere de vuestro agrado-.

Almona salió sin tardanza con la firma, dejando al viejo que, desconfiando de sus fuerzas, gastó el resto del día en bañarse, y animarse con un licor de canela de Ceylan y especias de Tidor. Almona visitó al segundo pontífice, que le dijo que, comparados con sus ojos, el sol, la luna, y todos los astros del firmamento eran fuegos fatuos. Solicitó ella la misma gracia, y él le pidió el mismo premio. Dejóse convencer Almona, y citó al segundo pontífice para cuando nace la estrella Algenib. Fue de allí a casa del tercero y del cuarto sacerdote, llevándose de cada uno su firma, y citándolos de estrella a estrella.

Avisó Almona entonces a los jueces que vinieran a su casa para un asunto de la mayor gravedad. Allí les enseñó las cuatro firmas y confesó la promesa con que había pagado a los sacerdotes por el perdón de Zadig. Avanzando la noche, cada uno de los pontífices fue llegando a su hora, quedando pasmados al encontrarse con sus colegas, y avergonzados ante los jueces testigos de su ignominia.

Zadig quedó libre. Y Setoc resultó tan prendado de la maña de Almona, que la tomó por esposa.

El amor que no podía ocultarse

Presentación

El amor que no podía ocultarse (1930)

El amor que no podía ocultarse es un brevísimo y divertido relato incluido en la recopilación de Ventanilla de cuentos corrientes, colección de relatos breves aparecidos en distintas publicaciones. Asistiremos al primer encuentro de dos enamorados, a través de un diálogo chispeante que se  anticipa ochenta años a las actuales citas a ciegas y sus sorpresas.

Nota biográfica sobre Enrique Jardiel Poncela (1901-1952)

Novelista –Amor se escribe sin hache (1929)- y dramaturgo –Eloísa está debajo de un almendro (1940)- es uno de los grandes renovadores del humor en la literatura española de la primera mitad de s XX, junto a otros humoristas como José López Rubio, Edgar Neville, Miguel Mihura y Tono. Jardiel se acercó a un humor inverosímil con ribetes de absurdo, rompiendo así con el naturalismo tradicional imperante en el teatro español de la época. Murió de cáncer, arruinado y en gran medida olvidado, a los 50 años. En su nicho figura como epitafio una frase suya: «Si queréis los mayores elogios, moríos».

El paso de los años no ha hecho sino acrecentar su figura; sus obras, que han sido la base de numerosas películas, siguen representándose en la actualidad.

Texto adaptado. El amor que no podía ocultarse

Durante tres horas largas hice todas aquellas operaciones que denotan la impaciencia en que se sumerge un alma: consulté el reloj, le di cuerda, volví a consultarlo, le di cuerda nuevamente, y, por fin, le salté la cuerda; sacudí unas motitas que aparecían en mi traje; sacudí otras del fieltro de mi sombrero; revisé dieciocho veces todos los papeles de mi cartera; tarareé quince canciones; leí tres periódicos sin enterarme de lo que decían; medité; alejé las meditaciones; volví a meditar; rectifiqué las arrugas de mi pantalón; hice caricias a un perro, propiedad del parroquiano que estaba a la derecha; di vueltas al botoncito de la cuerda de mi reloj hasta darme cuenta de que se había roto antes y que no tendría inconveniente en dejarse dar vueltas un año entero.

Había una razón que justificaba todo aquello. Mi amada desconocida iba a llegar de un momento a otro. Nos adorábamos por carta desde la primavera anterior.

¡Excepcional Gelda! Su amor había colmado la copa de mis ensueños, como dicen los cantantes de ópera. Estaba muy enamorado de Gelda. Sus cartas, llenas de una gracia tierna y elegante, habían sido el centro de mis besos apasionados.

A fuerza de entenderme con ella sólo por correo había llegado a temer que nunca podría hablarla. Sus fotos decían que era hermosa como la protagonista de un cuento. Pero en el Libro de Caja del Destino estaba escrito con letra redondilla que Gelda y yo nos veríamos al fin frente a frente; y su última carta, anunciando su llegada y dándome cita en aquel café me había colocado en el Cielo, primer sillón de la izquierda.

Vi llegar un taxi y reconocí a Gelda. Entró, llegó junto a mí, me tendió sus dos manos a un tiempo con una sonrisa celestial y se dejó caer en el diván. Tenía un “chic” indiscutible. Pidió no recuerdo qué y comenzó a hablarme de nuestras cartas, de lo feliz que pensaba ser, de lo que me amaba…

-También yo te quiero con toda mi alma.

-¿Qué dices? -me preguntó.

-Que yo te quiero también con toda mi alma.

-¿Qué?

Comprendí la horrible verdad. Gelda era sorda.

-¿Qué? -me apremiaba.

-¡Que también yo te quiero con toda mi alma! -repetí gritando.

Y me arrepentí en seguida, porque diez parroquianos se volvieron para mirarnos, molestos.

-¿De verdad que me quieres? -preguntó ella con esa pesadez propia de los enamorados y de los agentes de seguros-. ¡Júramelo!

-¡Lo juro!

-¿Qué?

-¡¡Lo juro!!

-Pero dime que juras que me quieres -insistió mimosamente.

-¡¡Juro que te quiero!! -vociferé.

Veinte parroquianos nos miraron con odio. – Eso se llama amar de viva voz-, susurró uno de ellos.

-Entonces -siguió mi amada, ajena a aquella tormenta-, ¿no te arrepientes de que haya venido a verte?

-¡De ninguna manera! -grité decidido a arrostrarlo todo, porque me pareció estúpido sacrificar mi amor a la opinión de unos señores que hablaban del Gobierno.

-¿Y… te gusto?

-¡¡Mucho!!

-En tus cartas decías que mis ojos parecían muy melancólicos. ¿Sigues creyéndolo así?

-¡¡Sí!! -grité valerosamente-. ¡¡Tus ojos son muy melancólicos!!

-¿Y mis pestañas?

-¡¡Tus pestañas, largas, rizadísimas!!

Todo el café nos miraba. Habían callado las conversaciones y sólo se me oía a mí. En las cristaleras empezaron a pararse los transeúntes.

-¿Mi amor te hace dichoso?

-¡¡Dichosísimo!!

-Y cuando puedas abrazarme…

-¡¡Cuando pueda abrazarte -chillé, como si pronunciara un discurso en un estadio- creeré que estrecho contra mi corazón todas las rosas de todos los rosales del mundo!!

No sé el tiempo que seguí afrontando los rigores de la opinión ajena. Sé que, al fin, se me acercó un camarero: -Haga el favor de no escandalizar -dijo-. Les ruego que se vayan del local.

-¿Qué ocurre? -indagó Gelda.

-¡¡Nos echan por escándalo!!

-¡Por escándalo! -habló estupefacta-. Pero si estábamos en un rinconcito del café, ocultando nuestro amor a todo el mundo y contándonos en voz baja nuestros secretos…

Le dije que sí para no meterme en explicaciones y nos fuimos. Ahora vivimos en una casa perdida en el campo, pero cuando nos amamos, acuden siempre los campesinos de las cercanías preguntando si ocurre algo grave.

La comadre de Bath

Presentación

La comadre de Bath (1387)

Los Cuentos de Canterbury es el relato del viaje de un grupo de peregrinos desde Londres a la tumba de Santo Tomás Canterbury. Para amenizar el camino a pie, cada noche uno de los los peregrinos tomaba la palabra y así el relato contiene una veintena de divertidos cuentos, que se siguen leyendo cientos de años más tarde.

Uno de los cuentos es narrado por una mujer madura, la Comadre, nacida en Bath. Así la describe Chaucer: “Ninguna mujer osaba adelantársele cuando se dirigía al ofertorio. Su rostro era bello; su expresión, altanera, y su talante, gracioso. Toda su vida había sido una mujer respetable. Sin duda conocía todos los remedios para el amor, pues en ese juego había sido maestra”. Antes de comenzar su cuento, la propia comadre informa al auditorio sobre sus cinco matrimonios y sus cinco maridos y sobre sus ideas acerca de las avenencias y desavenencias en la pareja.

Y así vivieron alegres y felices por el resto de sus vidas.

Que Jesucristo os envíe maridos obedientes, jóvenes y animosos en la cama y que nos conceda la gracia de sobrevivir a aquéllos con los que nos casemos. También ruego a Jesús que acorte los días de aquéllos que no quieren ser gobernados por sus esposas; y en cuanto a los esperpentos viejos, gruñones y tacaños, ¡que Dios les confunda!

Con esta desenfadada oración concluye el cuento de La comadre de Bath, quizá el más divertido de los Cuentos de Canterbury.

La tradición oral posterior de este cuento ha dado lugar a la idea de las tres cosas que más desean la mujeres:

  • Lo que más desean las mujeres: ejercer la autoridad, tanto sobre sus esposos como sobre sus amantes y tener poder sobre ellos. Éste es su mayor deseo.
  • Lo que más desean, en segundo lugar: que se fijen en ellas y se elogien sus aderezos y su belleza.
  • Lo que más odian: que se les recuerden sus defectos.

Nota biográfica sobre Geoffrey Chaucer (1343 a 1400)

Es considerado como la más importante figura de la literatura británica de la Edad Media. De origen modesto llegó a desempeñar importantes funciones diplomáticas y administrativas, viajando por Italia y Francia. Tradujo numerosas obras de estos países contribuyendo a la formación del joven idioma inglés como lengua literaria. Entre 1385 y 1400 Chaucer escribió los Cuentos de Canterbury, la más conocida de sus obras, relato del viaje de un grupo de peregrinos desde Londres a Canterbury, para visitar los restos de Santo Tomás Beckett, ejecutado doscientos años antes. Para amenizar el camino a pie, cada noche uno de los los peregrinos narraba un cuento; de este modo el relato contiene una veintena de cortos, divertidos e inteligentes cuentos, que se siguen leyendo cientos de años más tarde.

Texto adaptado. La comadre de Bath

En los viejos tiempos del rey Arturo, cuya fama todavía pervive entre los naturales de Gran Bretaña, todo el reino andaba lleno de grupos de hadas. La reina de los Elfos y su alegre cortejo danzaba frecuentemente por los prados verdes. Según he leído, ésta es la vieja creencia; hablo de hace muchos centenares de años; pero ahora ya no se ven hadas, pues actualmente las oraciones y la rebosante caridad cristiana de los buenos frailes llenan todos los rincones y recovecos del país como las motas de polvo centellean en un rayo de sol, bendiciendo salones, aposentos, cocinas y dormitorios; ciudades, burgos, castillos, torres y pueblos; graneros, alquerías y establos; esto ha ocasionado la desaparición de las hadas. En los lugares que frecuentaban los elfos, ahora andan los frailes mañana y tarde, musitando sus maitines y santos oficios mientras rondan por el distrito. Por lo que, actualmente, las mujeres pueden pasear tranquilamente junto a arbustos y árboles; un fraile es al único sátiro que encuentran, y todo lo que éste hace es quitarles la honra.

Pues bien, sucedió que en la corte del rey Arturo había un caballero joven y alegre. Un día que, montado en su caballo, se dirigía a su casa después de haber estado dedicándose a la cetrería junto al río, se topó casualmente con una doncella que iba sin compañía y, a pesar de que ella se defendió como pudo, le arrebató la doncellez a viva fuerza.

Esta violación causó un gran revuelo. Hubo muchas peticiones de justicia al rey Arturo, hasta que, por el curso de la ley, el caballero en cuestión fue condenado a muerte. Y hubiese sido decapitado (tal era, al parecer, la ley en aquellos tiempos) si la reina y muchas otras damas no hubieran estado importunando al rey solicitando su gracia, hasta que al fin él le perdonó la vida y lo puso a merced de la reina para que fuese ella a su libre albedrío la que decidiese si debía ser ejecutado o perdonado.

La reina expresó al rey su profundo agradecimiento y, al cabo de uno o dos días, encontró la oportunidad de hablar con el caballero, al que dijo:

-Os encontráis todavía en una situación muy difícil, pues vuestra vida no está aún a salvo; pero os concederé la vida si me decís qué es lo que las mujeres desean con mayor vehemencia. Pero, ¡ojo! tened mucho cuidado; procurad salvar vuestra cerviz del acero del hacha. No obstante, si no podéis dar la respuesta inmediatamente, os permitiré ausentaros durante un año y un día para encontrar una solución satisfactoria a este problema. Antes de que os pongáis en marcha, debo tener la certeza de que os presentaréis voluntariamente a este tribunal.

El caballero estaba triste y suspiró con mucha pena; sin embargo, no tenía otra alternativa. Al fin decidió partir y regresar al cabo de un año con cualquier respuesta que Dios quisiese proporcionarle. Por lo que se despidió y púsose en marcha.

Visitó todas las casas y lugares en los que pensaba que tendría la suerte de averiguar qué cosa es la que las mujeres ansían más, pero en ningún país encontró a dos personas que se pusiesen de acuerdo sobre el asunto. Algunos decían que lo que más quieren las mujeres es la riqueza; otros, la honra; otros, el pasarlo bien; otros, los ricos atavíos; otros, que lo que preferirían eran los placeres de la cama y enviudar y volver a casarse con frecuencia. Algunos decían que nuestros corazones se sienten más felices cuando se nos consiente y lisonjea, lo que tengo que admitir está muy cerca de la verdad. La lisonja es el mejor método con que un hombre puede conquistarnos; mediante atenciones y piropos, todas nosotras caemos en la trampa. Pero algunos afirmaban que lo que nos gusta más es ser libres y hacer nuestro antojo y no tener a nadie que critique nuestros defectos, que nos recreen los oídos diciendo que somos sensatas y nada tontas; pues, a decir verdad, no hay ninguna de nosotras que no diese coces si alguien le hiriese en un sitio doloroso. Si no, probad y lo veréis; por malas que seamos por dentro, siempre queremos que se piense de nosotras que somos virtuosas y juiciosas. No obstante, otros opinan que nos gusta muchísimo ser consideradas discretas, fiables y firmes de propósitos, incapaces de traicionar nada de lo que se nos diga. Pero yo encuentro que esta idea no vale un comino.

¡Por el amor de Dios! Nosotras las mujeres somos incapaces de guardar nada en secreto. Ved, por ejemplo, el caso de Midas. ¿Os gustaría oír la historia? Ovidio, entre otras minucias, dice que Midas tenía ocultas bajo su largo pelo dos orejas de asno que le crecían de la cabeza. Un defecto que él ocultaba cuidadosamente lo mejor que podía; solamente su esposa lo conocía. Él la idolatraba y también le tenía gran confianza. Le rogó que no contase a ningún ser vivo que tenía dicho defecto. Ella juró y perjuró que, por todo el oro del mundo, no le haría aquel flaco favor ni le causaría daño, para no empañar su buen nombre. Aunque fuese por propia vergüenza, no lo divulgaría. A pesar de ello creyó morir si guardaba este secreto tanto tiempo; le pareció que crecía y se hinchaba dentro de su corazón hasta tal punto que no pudo más de dolor y tuvo la sensación de que debía hablar o estallaría. Pero, sin embargo, como no se atrevía a decirlo a nadie, se aproximó a una marisma cercana -su corazón lleno de fuego hasta que llegó allí- y puso sus labios sobre la superficie del agua como un ave que se solazaba en el barro: «Agua, no me traiciones con tu rumor -dijo ella-. Te lo digo yo a ti y sólo a ti: mi marido tiene dos largas orejas de asno. Ahora ya lo he soltado, no podía callármelo por más tiempo, ya lo creo.» Si queréis oír el resto del cuento, leed a Ovidio; todo lo hallaréis allí.

Pero regresemos al caballero de mi historia. Cuando se dio cuenta de que no podía descubrirlo -quiero decir lo que las mujeres queremos por encima de todo-, sintió una gran pesadumbre en el corazón, pero no podía esperar más. Había llegado el día en que debía regresar al hogar. Mientras iba cabalgando lleno de tristeza pasó junto a un bosque y vio a veinticuatro damas o más, que bailaban; se acercó por curiosidad esperando aumentar su sabiduría. Pero antes de llegar hasta donde estaban, por arte de birlibirloque, desaparecieron, sin que él tuviese la menor idea de hacia dónde habían ido. Excepto una sola anciana que estaba allí sentada sobre el césped, no divisaba a un solo ser viviente.

La anciana, que era la persona más fea que uno pueda imaginar, se levantó del suelo al acercársele el caballero y le dijo:

-Señor, no hay camino que siga desde aquí. Decidme lo que buscáis; será probablemente lo mejor; nosotros las ancianas sabemos un montón de cosas.

-Buena mujer -replicó el caballero-, puedo darme por muerto si no logro poder decir qué es lo que las mujeres desean más. Si me lo podéis decir, os recompensaré con largueza.

-Poned vuestra mano en la mía y dadme vuestra palabra de que haréis la primera cosa que os pida si está en vuestra mano -dijo ella-, y antes de que caiga la noche os diré de qué se trata.

-De acuerdo -dijo el caballero-. Tenéis mi palabra. -Entonces -dijo ella- me atrevo a asegurar que habéis salvado la vida, pues apuesto que la reina dirá lo mismo que yo. Mostradme a la más orgullosa de ellas, aunque lleve el tocado más valioso, y veremos si se atreve a negar lo que os diré. Ahora partamos y dejémonos de charlas. Entonces ella le susurró su mensaje al oído, diciéndole que se animase y no tuviera más miedo.

Cuando llegaron a la corte, el caballero anunció que, de acuerdo con lo prometido, había regresado puntualmente y estaba dispuesto a dar su respuesta. Más de una noble matrona, más de una doncella, y muchas viudas también (puesto que tienen mucha sabiduría), se reunieron a escuchar su respuesta, con la mismísima reina sentada en el trono del juez. Entonces hizo llamar al caballero a su presencia.

Se mandó que todos callasen mientras el caballero explicaba en pública audiencia qué es lo que más desean las mujeres en este mundo. El caballero, lejos de quedarse callado como un muerto, dio su respuesta enseguida. Habló con voz sonora para que todos pudiesen oírle.

-Mi soberana y señora -empezó-, en general las mujeres desean ejercer autoridad tanto sobre sus esposos como sobre sus amantes y tener poder sobre ellos. Aunque con ello respondo con mi vida, éste es su mayor deseo.

Ni una sola matrona, doncella o viuda en todo el tribunal contradijo tal afirmación. Todas declararon que merecía conservar la vida.

En aquel momento la anciana, que estaba sentada en el césped, se puso en pie y exclamó:

-¡Gracias, soberana señora! Ved que se me haga justicia antes de que este tribunal se disuelva.

Yo di la respuesta al caballero, a cambio de lo cual él empeñó su palabra de que realizaría la primera cosa que pudiera que estuviese en su poder hacer. Por consiguiente, señor caballero, os lo ruego ante todo este tribunal: tomadme por esposa, pues sabéis muy bien que os he librado de la muerte. Si lo que afirmo es falso, negadlo bajo juramento.

-¡Ay de mí! -repuso el caballero-. Sé muy bien que hice esta promesa. Por el amor de Dios, pedidme otra cosa: tomad todos mis bienes, pero dejadme mi cuerpo.

-De ninguna manera -dijo ella-. ¡Que caiga una maldición sobre nosotros dos si renuncio! Vieja, pobre y fea como soy, no quiero nada que no sea ser tu esposa y también tu amante.

-¡Mi amante! -exclamó él-. Tú lo que quieres es mi perdición. ¡Hay que ver! Que uno de mi estirpe tenga que contraer tan vil alianza.

No hubo nada que hacer. Al final él se vio obligado a aceptar el casarse con ella y llevar a la anciana a su lecho. Me preguntaréis, ¿qué preparaciones y regocijo hubo en la boda? No hubo festejo de boda alguno, nada, excepto tristeza y desánimo. A la mañana siguiente él la desposó en secreto y se ocultó como una lechuza durante el resto del día. ¡Se sentía tan desgraciado!

El caballero sufrió mucha angustia cuando su mujer le arrastró a la cama. Él se volvió y revolvió, mientras su anciana esposa le miraba sonriendo acostada. Entonces ella dijo:

-¡Bendícenos, querido marido! ¿.Todos los caballeros se comportan así con su esposa? ¿Es ésta la costumbre en la corte del rey Arturo? ¿Todos sus caballeros son tan poco complacientes? Soy tu esposa y también tu enamorada: la que te salvó la vida. Verdaderamente, hasta ahora, no me he portado mal contigo. Por consiguiente: ¿por qué te comportas así conmigo en nuestra primera noche? Te portas como un hombre que ha perdido el seso. ¿Qué es lo que he hecho mal? ¡Por el amor de Dios! ¡Dímelo y lo arreglaré si puedo!

-¿Arreglarlo? -exclamó el caballero–. ¡Ay de mí! Eso nunca, nunca se podrá arreglar. Eres horrorosa, vieja y, además, de baja estirpe. No debe maravillarte que me vuelva y me revuelva. ¡Ojalá quisiera Dios que mi corazón reventase!

-Pues bien, señor -repuso ella-. Yo podría arreglar eso en menos de tres días si me lo propusiese, con tal que te portases bien conmigo.

Pero antes quisiera responder a vuestros reproches. Decís que soy de baja estirpe, pero yo os digo que la nobleza no depende de las posesiones. La nobleza no es más que la fama de vuestros antepasados; ellos la ganaron por su bondad, lo que no tiene nada que ver contigo. El que quiera ser respetado por su rango -por haber nacido en el seno de una familia noble con dignos y virtuosos antepasados- no es noble, aunque sea duque o conde, si él personalmente no realiza actos nobles. Por ello, querido esposo, termino diciendo que aunque mis antepasados hayan sido de humilde cuna, Dios Todopoderoso me concederá la gracia de vivir virtuosamente. Solamente cuando empiezo a huir del mal y vivir en la virtud, soy noble.

En cuanto a la pobreza que me reprocháis, el Señor que está en las alturas (y en quien creemos) eligió voluntariamente vivir una vida de pobreza. La pobreza es honorable cuando se acepta animosamente, como Séneca y otros hombres sabios os contarán. El que está contento con su pobreza, le tengo por rico aunque ande descamisado. El que envidia a los demás es un hombre pobre, porque quiere lo que no puede poseer; pero el que no tiene nada ni ambiciona nada, es rico, aunque podáis pensar que no es más que un campesino. «Cuando un hombre pobre sale de viaje, se puede reír de los ladrones.»

Luego, señor, me echáis en cara el ser vieja. Pero, los caballeros honorables como vos decís que la gente debe respetar al anciano y le llamáis “señor” en señal de buenos modales. Además decís que soy fea, pero gracias a eso no tenéis miedo de que os haga cornudo, pues, como que vivo y respiro, la suciedad y edad avanzada son los mejores guardianes de la castidad. Pero sé qué es lo que os deleita y satisface vuestros más torpes apetitos.

Y la anciana esposa concluyó con esta petición: Ahora, elegid. Escoged una de estas dos cosas: o me tendréis vieja y fea por el resto de mi vida, pero fiel y obediente esposa; o bien me tendréis joven y hermosa, y habréis de exponeros a que todos los hombres vengan a vuestra casa por mí, o quizá a algún otro lugar. La selección es vuestra, sea cual sea la que elijáis.

El caballero se lo pensó largamente. Al fin, dio la respuesta:

-Mi señora, queridísima esposa y amor mío. Me confío a vuestra sabia experiencia; haced vos misma lo que creáis que sea más agradable y honroso para los dos. No me importa la elección que hagáis, pues la que os guste me satisfará a mí también.

-Entonces he ganado el dominio sobre vos, dijo ella-, ya que puedo escoger y gobernar a mi antojo. ¿No es así?

-Claro que sí -replicó él-. Creo que es lo mejor.

-Bésame -contestó ella-; no volveremos a pelear, pues por mi honor os aseguro que seré las dos, quiero decir que seré hermosa y también buena. Pido a Dios que me envíe locura y muerte si no soy una esposa buena y fiel como jamás se ha visto desde que el mundo es mundo. Y además, si no soy más bella que cualquier señora, reina o emperatriz entre Oriente y Occidente, entonces disponed de mi vida como os plazca. Levantad la cortina y contemplad.

Y el caballero vio que era tan joven como encantadora, la tomó entre sus brazos embargado de alegría e inundado por un océano de felicidad. La besó más de mil veces de un tirón y ella le obedeció en todo lo que le podía producir deleite o proporcionarle placer.

Y así vivieron alegres y felices por el resto de sus vidas. Que Jesucristo os envíe maridos obedientes, jóvenes y animosos en la cama y que nos conceda la gracia de sobrevivir a aquellos con los que nos casemos. También ruego a Jesús que acorte los días de aquellos que no quieren ser gobernados por sus esposas; y en cuanto a los esperpentos viejos, gruñones y tacaños, ¡que Dios les confunda!.