La Comendadora

Presentación

La Comendadora (1868)

El subtítulo que Alarcón pone a su cuento es Historia de una mujer que no tuvo amores. 

En efecto, la vida -los intolerantes hábitos de la aristocracia y las rígidas creencias familiares- privaron de amores a la Comendadora, la bellísima monja perteneciente a la Orden de Santiago, miembro de una familia granadina decadente y aristocrática. Sólo tres personajes y tres páginas bastan para adentrarnos en la vida de la Comendadora y de su severa familia.

Este breve relato de Alarcón, pleno de recovecos y sugerencias, no abandona del todo la senda del romanticismo pero se adentra en un realismo con pinceladas eróticas, anticipando muchas obras de autores posteriores como Galdós, García Márquez o Vargas Llosa.

Nota biográfica sobre Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891)

Pedro Antonio de Alarcón (Guadix, Granada, 1833 – Madrid, 1891) fue un narrador español de estilo realista, heredero destacado del fin de la prosa romántica.

Alarcón abandonó la carrera de Derecho en la Universidad de Granada para iniciarse en la carrera eclesiástica, que también abandonó para iniciar la que sería su profesión: periodista y escritor. Como político, miembro de la Unión Liberal, fue consejero de estado con Alfonso XII, en 1875. Fue también diputado, senador y embajador en Noruega y Suecia.

Desde 1877 fue académico de la Real Academia de la Lengua.

Pedro Antonio de Alarcón es ante todo un habilísimo narrador: sabe interesar con una historia; en sus libros la acción nunca decae y, aunque de estilo realista, sus personajes son profundamente románticos. En el curso de su producción novelística se va convirtiendo en un moralista, en paralelo con su vida política que evolucionó desde el liberalismo revolucionario a posiciones más tradicionalistas.

Texto adaptado. La Comendadora

Hará cosa de un siglo, una primavera de 1760, entraba un sol alegre y amoroso por los balcones de la sala principal de una gran casa solariega situada en las márgenes del Darro, en la ciudad de Granada. El sol bañaba de espléndida luz el señorial aposento, las severas pinturas, los antiguos muebles y daba calor a las tres personas que allí había; y de las que hoy apenas queda memoria…

Sentada cerca de un balcón estaba una venerable anciana, cuyo noble y enérgico rostro, que habría sido muy bello, reflejaba la más austera virtud y un rictus de orgullo quizá desmesurado. A poco que se contemplara a aquella mujer, conocíase que dondequiera que ella imperase no habría más arbitrio que matarla u obedecerla. Sobre la falda tenía abierto un libro de oraciones, pero sus ojos habían dejado de leer, para fijarse en un niño de seis o siete años, que jugaba y hablaba solo, revolcándose sobre una majestuosa alfombra.

El niño era endeble, pálido, rubio, y enfermizo como los hijos de los reyes pintados por Velázquez, con sus grandes ojos azules muy protuberantes. Como los afectados de raquitismo, aquel muchacho revelaba extraordinaria viveza de imaginación y cierta iracunda disposición a las contradicciones. Tirado en la alfombra se divertía en arrancar las hojas de un hermoso libro de heráldica y en hacerlas menudos pedazos mientras decía: “- Mañana voy a hacer esto. – Hoy no voy a hacer lo otro. – Yo quiero esto. –Yo no quiero lo otro…”. Hablaba de forma incoherente, pero desafiante y agria, como si su propósito fuese irritar a la anciana que le miraba severa desde su sillón próximo al balcón.

Finalmente, en un ángulo del salón –desde donde podía verse el cielo, las copas de los árboles y los rojizos torreones de la Alhambra, pero donde no podía ser vista más que por los pájaros que revoloteaban sobre el Darro-, inmóvil, con la mirada perdida en el infinito azul de la atmósfera y pasando lentamente las cuentas de un larguísimo rosario, estaba sentada una monja, una Comendadora de Santiago, como de treinta años, con unas sencillas ropas de aspecto seglar.

Vestía de negro, con un gran pañuelo de hilo blanco cerrado hasta el cuello. No llevaba manto ni toca, lo que dejaba ver un negro y abundantísimo pelo recogido con un lazo en la nuca. Aquella mujer resultaba hermosísima; el desaliño de su vestido dejaba en libertad su natural gracia. Alta, recia, esbelta y armónica, el ropaje de lana, pegado a su cuerpo, revelaba más que cubría, la traza clásica de sus espléndidas proporciones. Remataba esta soberana figura un rostro moreno, algo descarnado, oval, de una palidez intensa, que contrastaba con dos profundas ojeras, lívidas, llenas de misteriosas tristezas.

¿Qué familia es ésta que hemos resucitado a la luz de un sol que se puso hace cien años?

La anciana era la Condesa viuda de Santos, que en su matrimonio con el Conde había tenido dos hijos –una hembra y un varón -, huérfanos tempranamente. La casa de Santos había alcanzado gran riqueza y poderío en vida del suegro de la Condesa; mas como aquel señor no tuvo otros hijos la herencia recayó en la Condesa viuda. La severa viuda dispuso en su testamento que su hija mayor renunciase a todos los bienes tomando el hábito de religiosa; y la casa de Santos quedó patrimonio exclusivo del hijo varón, Alfonso.

Así fue como, con apenas ocho años de edad, Isabel, la hija segundona del Conde de Santos fue encerrada en el convento de las Comendadoras de Santiago. Ignorante de lo que sucedía en el mundo, sor Isabel resultó una novicia con franco y declarado regocijo; el ídolo de su comunidad. La vitalidad floreció en su cuerpo y en su corazón e hizo germinar en su imaginación la curiosidad de una mayor vida, si bien con tanta fuerza que más de una vez hubo de ser reprimida por su director espiritual. De estas reprimendas derivaron una exageración de mortificaciones y delirios místicos, acompañadas de extrema languidez y propensión al llanto. Estos tremendos vaivenes espirituales y físicos aconsejaron que Isabel, más hermosa que nunca, saliese del convento y volviese a su casa granadina. Y allí le volvió la salud y las fuerzas; aunque no la alegría.

Coincidiendo con la llegada de Isabel a la gran casa ocurrió la muerte de su hermano Alfonso, que había enviudado ya hacía dos años. Así, del matrimonio del Conde quedó solo Carlos, el único hijo, de tres años. Fue entonces cuando la Comendadora quedó definitivamente liberada de sus votos conventuales para poder dedicarse al cuidado de su anciana madre y de su tierno sobrino Carlos, único y universal heredero del Condado de Santos. Aquel rapazuelo que estaba rompiendo el libro de heráldica sobre la alfombra era el alma y el orgullo de la familia, a la par que el feroz tirano de su abuela y de su tía.

Volvamos a la sala principal donde habíamos dejado a nuestros tres personajes. La primavera había comenzado… las macetas habían empezado a florecer, la Naturaleza volvía a sentirse madre…

– ¡Abuela!- gritaba el rapaz con destemplado acento. Uno de los pintores que están trabajando en la escalinata ha dicho una cosa muy graciosa de la tía Isabel. Y el crío repitió gritando: «Compañero, ¡qué hermosa debe estar desnuda la Comendadora! ¡será una estatua griega!» ¿Qué es una estatua griega tía Isabel?

– ¡Callaos Carlos, – dijo nerviosamente la abuela, – los niños no oyen esas cosas ni las dicen! Ese pintor se va a ir a la calle y en cuanto a vos ya os impondrá el capellán la debida penitencia.

– ¿A mí? -dijo Carlos-. ¿El señor cura? ¡Yo seré el que lo eche a la calle y el pintor se quedará en casa! ¡Tía! – continuó el niño, dirigiéndose a la Comendadora, – yo quiero verte desnuda…

– ¡Jesús! – gritó la abuela, tapándose el rostro con las manos.

– ¡Sí, abuela! ¡Quiero ver desnuda a mi tía! – se encaró el niño con la anciana.

– ¡Insolente! – gritó la abuela, levantado la mano amenazadora sobre su nieto.

La Comendadora, con aire desdeñoso, se dirigía hacia la puerta sin hacer caso alguno del niño. Carlos, rojo como la grana, se interpuso forcejeando en su camino y al no poder detenerla cayó al suelo presa de violentísisma convulsión, con los ojos en blanco, echando espumarajos por la boca y tartamudeando ferozmente:

– ¡Ver desnuda a mi tía!…

– ¡Satanás!…- balbuceó roncamente la Comendadora, al tiempo que miraba a su madre.

El niño se revolcó en el suelo como una serpiente, se puso morado, llamó a su tía y quedó inmóvil, sin respiración.

– ¡Agua! ¡Agua! ¡Un médico! – ¡El heredero de los Santos se muere! gritaba la abuela. Los criados acudieron con agua y le dieron a oler vinagre…

Al fin el crío dejó escapar un soplo de aliento entre sus dientes apretados y rechinantes…

– Desnuda…, mi tía…

La Comendadora levantó las manos al cielo, en un gesto de gran irritación, y prosiguió su camino hacia la salida, pero la anciana se había arrodillado a la cabecera del niño:

– ¡Hijo mío!, ¡Carlos!, ¡hermoso!…

Abrazando lo que ya le parecía a la abuela ser el cadáver de su nieto, la anciana le hablaba con voz entrecortada: ¡llora!…¡llora!…¡no te enfades!…¡será lo que tú quieras!…

La abuela se incorporó trabajosamente y cortó el paso a su hija la Comendadora, con una voz temblorosa pero solemne:

– ¡Señora!, el heredero de los Santos se muere…y con él concluye nuestra casa.

La ira de la Comendadora la estaba haciendo temblar de pies a cabeza.

– ¡Señora!, volvió a repetir la abuela mirando a los ojos a la Comendadora, – ¡Dios lo quiere!

Y salió, lentamente, cerrando la puerta.

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Media hora después, el Conde de Santos entró en el cuarto de su abuela hipando, riendo y comiéndose un dulce:

– ¡Vaya si está gorda…mi tía!

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Ese mismo día, al oscurecer, cuando la abuela se dirigía al cuarto de su hija la Comendadora una camarera le entregó una carta de sor Isabel:

«…regreso al convento… de donde nunca debí salir y de donde no volveré a salir jamás…»

En el patio de la gran casa se oyó el carruaje de la Comendadora al marcharse.

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Cuatro años después, las campanas del convento de Santiago doblaban por el alma de sor Isabel de los Ángeles, mientras su cuerpo era restituído a la madre tierra.

La anciana Condesa murió al poco tiempo. Pero tuvieron que pasar quince años para que el Conde Carlos, sin descendencia, muriera en la conquista de Menorca. Con él se extinguió la noble estirpe de los Condes de Santos.