El Cautivo

Presentación

El Cautivo (1930-1950)

Nota biográfica sobre Jorge Luis Borges

Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo nació en Argentina (Buenos Aires, 1899) y falleció en suiza (Ginebra, 1986). Fue un erudito escritor argentino, considerado uno de los autores más destacados del siglo XX. Publicó ensayos breves, cuentos y poemas. ​Entre sus obras más reconocidas están Historia universal de la infamia, Ficciones, El Aleph, El libro de arena, El hacedor, Elogio de la Sombra, El otro, el mismo.

Tuvo una temprana vocación literaria, fomentada por su familia de estirpe criolla -española y portuguesa- y anglosajona y una vida bastante cosmopolita, viendo en diversos países europeos además de Argentina. Galardonado con numerosos premios,​ Borges fue también un personaje políticamente polémico, con posturas de corte conservador derechista que quizá le impidieron obtener el Nobel de Literatura​ al que fue candidato durante casi treinta años.

Borges nunca escribió una novela. A quienes le reprocharon esa falta, Borges respondía que sus preferencias estaban con el cuento, que es un género esencial, y no con la novela que obliga al relleno. De los autores que han intentado ambos géneros, como Kafka, prefería, generalmente, sus cuentos.  En el prólogo de Ficciones afirmó que era un «desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en 500 páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos».

Texto adaptado. El Cautivo (1930-1950)

Jorge Luis Borges

En Junín o en Tapalqué refieren la historia.

Un chico desapareció después de un malón; se dijo que lo habían robado los indios. Sus padres lo buscaron inútilmente; al cabo de los años, un soldado que venía de tierra adentro les habló de un indio de ojos celestes que bien podía ser su hijo. Dieron al fin con él (la crónica ha perdido las circunstancias y no quiero inventar lo que no sé) y creyeron reconocerlo. El hombre, trabajado por el desierto y por la vida bárbara, ya no sabía oír las palabras de la lengua natal, pero se dejó conducir, indiferente y dócil, hasta la casa. Ahí se detuvo, tal vez porque los otros se detuvieron. Miró la puerta, como sin entenderla.

De pronto bajó la cabeza, gritó, atravesó corriendo el zaguán y los dos largos patios y se metió en la cocina. Sin vacilar, hundió el brazo en la ennegrecida campana y sacó el cuchillito de mango de asta que había escondido ahí, cuando chico. Los ojos le brillaron de alegría y los padres lloraron porque habían encontrado al hijo.
Acaso a este recuerdo siguieron otros, pero el indio no podía vivir entre paredes y un día fue a buscar su desierto.

Yo querría saber qué sintió en aquel instante de vértigo en que el pasado y el presente se confundieron; yo querría saber si el hijo perdido renació y murió en aquel éxtasis o si alcanzó a reconocer, siquiera como una criatura o un perro, los padres y la casa.

Solo vine a hablar por teléfono

Presentación

Solo vine a hablar por teléfono (1974)

Nota biográfica sobre Gabriel García Márquez

Gabriel José de la Concordia García Márquez (Aracataca, Colombia, 1927​ – Ciudad de México,  2014​) fue un escritor, guionista, editor y periodista colombiano. En 1982 recibió el Premio Nobel de Literatura.

Estrechamente relacionado con el realismo mágico, su novela más conocida, Cien años de soledad, es considerada una de las más representativas de este movimiento literario. ​En 2007, la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española lanzaron una edición popular conmemorativa de esta novela, por considerarla parte de los grandes clásicos hispánicos de todos los tiempos. Fue famoso tanto por su genialidad como escritor como por su postura política.​ Su amistad con el líder cubano Fidel Castro fue significativa en el mundo literario y político.​

Como novelista algunas de sus novelas más conocidas son: Cien años de soledad (1967), El otoño del patriarca (1975), Crónica de una muerte anunciada (1981), El amor en los tiempos del cólera (1985).

García Márquez mantuvo una fecunda actividad como cuentista. El cuento Solo vine a hablar por teléfono (1974) forma parte del volumen Doce cuentos pregrinos, publicado en 1992, que recoge relatos escritos a lo largo de diez años.

Texto adaptado. Solo vine a hablar por teléfono (1974)

Gabriel García Márquez

Una tarde de lluvias primaverales, María de la Luz Cervantes viajaba sola hacia Barcelona conduciendo un coche alquilado cuando sufrió una avería en el desierto de los Monegros. Era una mexicana de veintisiete años, bonita y seria que volvía a reunirse aquel día con su marido después de visitar a unos parientes en Zaragoza. Al cabo de una hora de señas desesperadas a los automóviles y camiones de carga que pasaban raudos en la tormenta, el conductor de un autobús destartalado se compadeció de ella. Le advirtió, eso sí, que no iba muy lejos.

– No importa -dijo María-. Lo único que necesito es un teléfono.

Lo necesitaba para prevenir a su marido de que no llegaría antes de las siete de la noche. Parecía un pajarito mojado, con un abrigo de estudiante y los zapatos ya veraniegos. Estaba tan aturdida que olvidó llevarse las llaves del automóvil. Una mujer que viajaba junto al conductor, de aspecto militar pero de maneras dulces, le dio una toalla y una manta, y le hizo un sitio a su lado. Después de secarse a medias, María se sentó, se envolvió en la manta, y trató de hablar con su vecina, pero la mujer la interrumpió con el índice en los labios.
– Están dormidas -murmuró.

María miró por encima del hombro y vio que el autobús estaba ocupado por mujeres que dormían arropadas con mantas iguales a la suya. Contagiada por su placidez, María se enroscó en el asiento y se abandonó al rumor de la lluvia. Cuando se despertó era de noche. No tenía idea de cuánto había dormido ni dónde se encontraba.

– ¿Dónde estamos? -preguntó María a su vecina.
– Hemos llegado -contestó la mujer.

El autobús estaba entrando en el patio empedrado de un edificio enorme y sombrío. Llovía ligeramente; las pasajeras que bajaban parecían mayores y se movían con parsimonia. A María, la última en descender, se le ocurrió que podían ser monjas. Después de despedirse de su vecina María quiso devolverle la manta, pero ella le dijo que se cubriera la cabeza para atravesar el patio, y la devolviera en portería.
– ¿Habrá un teléfono? -le preguntó María.
– Por supuesto -dijo la mujer-. Ahí mismo le indican.

El autobús arrancó sin darle tiempo de más. María empezó a correr hacia la entrada del edificio. Una guardiana la detuvo con una palmada enérgica. María miró por debajo de la manta, y vio unos ojos de hielo y un índice inapelable que le indicó la fila. Obedeció. Ya en el zaguán preguntó al portero dónde había un teléfono. Una de las guardianas la hizo volver a la fila con palmaditas en la espalda, mientras le decía con modos dulces:
– Por aquí, guapa, por aquí hay un teléfono.

María siguió con las otras mujeres hasta un dormitorio colectivo. María le habló a una mujer que le pareció de jerarquía más alta.
– Es que yo solo vine a hablar por teléfono -le dijo María.

Le explicó a toda prisa que su automóvil se había averiado, que su marido estaba esperándola en Barcelona y quería avisarle. Explicó que su marido hacía funciones de magia y la necesitaba como ayudante. La guardiana pareció escucharla con atención.
– ¿Cómo te llamas? -le preguntó.

María le dijo su nombre con un suspiro de alivio, pero la mujer no lo encontró después de repasar la lista varias veces. Habló con otra guardiana, que se encogió de hombros.
– Es que yo solo vine a hablar por teléfono -dijo María.
– De acuerdo, maja – le dijo la superiora, llevándola hacia su cama con una dulzura demasiado ostensible-, si te portas bien mañana podrás hablar por teléfono.

Sólo entonces María comenzó a comprender. Las mujeres del autobús se movían con lentitud quizá porque estaban sedadas. Y aquel viejo palacio, con gruesos muros y escaleras heladas, podría ser un hospital para enfermas mentales. Trató de salir corriendo hacia la entrada, pero una guardiana gigantesca -más tarde María supo que la llamaban “Herculina”- vestida con un mono de mecánico la atrapó férreamente. María la miró aterrorizada.
– Por el amor de Dios -dijo-. Le juro por mi madre muerta que solo vine a hablar por teléfono.

Le bastó con verle la cara para saber que no había súplica posible ante aquella energúmena.
La primera noche, tuvieron que inyectarle un somnífero. Cuando las ansias de fumar la despertaron, antes de amanecer, se encontró amarrada por las muñecas y los tobillos en las barras de la cama. Nadie acudió a sus gritos.

No supo cuánto tiempo había pasado cuando volvió en sí. Pero entonces el mundo era un remanso de paz: frente a su cama un anciano enorme, con andares de oso y sonrisa sedante, le devolvió la dicha de vivir. Era el director del sanatorio. Antes de decirle nada, sin saludarlo siquiera, María le pidió un cigarrillo. Él se lo dio encendido, y le regaló el paquete casi lleno. María no pudo reprimir el llanto.
– Aprovecha ahora para llorar cuanto quieras -le dijo el médico, con voz adormecedora-. No hay mejor remedio que las lágrimas.

María se desahogó sin pudor, como nunca logró hacerlo con sus amantes casuales en los tedios de después del amor. Mientras la oía, el médico la peinaba con los dedos, le arreglaba la almohada para que respirara mejor, la guiaba por el laberinto de su incertidumbre con una sabiduría y una dulzura que ella no había soñado jamás. Era, por primera vez en su vida, el prodigio de ser comprendida por un hombre que la escuchaba con toda el alma sin esperar la recompensa de acostarse con ella. Al cabo de una hora larga, desahogada a fondo, le pidió autorización para hablarle por teléfono a su marido.

El médico se incorporó con toda la majestad de su rango. “Todavía no, reina”, le dijo, dándole en la mejilla la palmadita más tierna que había sentido nunca. “Todo se hará a su tiempo”. Le hizo desde la puerta una bendición episcopal, y desapareció.
– Confía en mí -le dijo.

Esa misma tarde María fue inscrita en el asilo con un número de serie, y con un comentario superficial sobre el enigma de su procedencia y las dudas sobre su identidad. Al margen quedó un diagnóstico escrito de puño y letra del director: agitada.

Tal como María había previsto, su marido tuvo que salir de su apartamento con retraso para cumplir los tres compromisos. Él pensó que la causa del retraso serían las intensas lluvias. Dejó un mensaje clavado en la puerta con el itinerario de la noche.

En la primera fiesta, con todos los niños disfrazados de canguro, prescindió del truco estelar de los peces invisibles porque no podía hacerlo sin la ayuda de ella. En el segundo compromiso, en casa de una anciana de noventa y tres años, estaba tan contrariado con la demora de María, que no pudo concentrarse. El tercer compromiso era el de todas las noches en un café concierto de las Ramblas y resultó desastroso. Después de cada representación estuvo llamando por teléfono a su casa, con la inquietud creciente de que algo malo había ocurrido. La última esperanza se desvaneció cuando encontró su recado todavía prendido en la puerta. Estaba tan contrariado, que se le olvidó darle la comida al gato.

En Barcelona solo se le conocía por su nombre profesional: Saturno el Mago. Era un hombre de carácter raro y con una torpeza social irremediable, pero el tacto y la gracia que le hacían falta le sobraban a María. Esa noche Saturno se conformó con llamar a Zaragoza, donde una abuela medio dormida le contestó sin alarma que María había partido después del almuerzo. Apenas durmió una hora y despertó con una certidumbre pavorosa: ella había vuelto a dejarlo solo. Lo había hecho tres veces con tres hombres distintos en los últimos cinco años. ¿Lo habría hecho de nuevo este fin de semana, aprovechando la visita a sus parientes de Zaragoza? Al amanecer del jueves, María todavía no había dado señales de vida.

El lunes la compañía de seguros del automóvil alquilado llamó para preguntar por María. “No sé nada”, dijo Saturno. “Búsquenla en Zaragoza”. Colgó. Una semana después un policía fue a su casa con la noticia de que habían hallado el automóvil cerca de Cádiz, a novecientos kilómetros de la ruta que debía seguir María. El agente quería saber si María tenía más detalles del robo. Saturno estaba dando de comer al gato y apenas si miró al agente para decirle sin más vueltas que no perdieran el tiempo, pues su mujer se había fugado de la casa y él no sabía con quién ni a dónde. Era tal su convicción, que el agente se sintió incómodo y le pidió perdón por sus preguntas. El caso se declaró cerrado.

Saturno había perdido el control. En los días siguientes llamó por orden alfabético a todos sus conocidos de Barcelona. Nadie le dio razón, pero cada llamada le agravó la desdicha, porque sus delirios de celos eran ya célebres y le contestaban con una ironía que le hacía sufrir. Sólo entonces comprendió hasta qué punto estaba solo en aquella ciudad hermosa, lunática e impenetrable, en la que nunca sería feliz. Por la madrugada, después de darle de comer al gato, se apretó el corazón para no morir, y tomó la determinación de olvidar a María.

Habían pasado dos meses. María no se había adaptado aún a la vida del sanatorio. Sobrevivía picoteando la comida de cárcel con los cubiertos encadenados al tablero de madera basta, y la vista fija en la litografía del general Francisco Franco que presidía el lúgubre comedor medieval. Al principio se resistía a las horas canónicas con su rutina bobalicona de maitines, laudes, vísperas, y otros oficios de iglesia. Se negaba a jugar a la pelota en el patio de recreo, y a trabajar en el taller de flores artificiales. Pero a partir de la tercera semana fue incorporándose poco a poco a la vida del claustro. A fin de cuentas, decían los médicos, así empezaban todas, y tarde o temprano terminaban por integrarse a la comunidad.

La falta de cigarrillos, resuelta en los primeros días por una guardiana que se los vendía a precio de oro, volvió a atormentarla cuando se le agotó el poco dinero que llevaba. Se consoló después con los cigarrillos de papel periódico que algunas reclusas fabricaban con las colillas recogidas de la basura, pues la obsesión de fumar había llegado a ser tan intensa como la del teléfono. Las pesetas exiguas que se ganó más tarde fabricando flores artificiales le permitieron un alivio efímero.

Lo más duro era la soledad de las noches. Muchas reclusas permanecían despiertas en la penumbra, como ella, pero sin atreverse a nada, pues la guardiana nocturna velaba también el portón cerrado con cadena y candado. Una noche, sin embargo, abrumada por la pesadumbre, María preguntó con voz suficiente para que le oyera su vecina de cama:
– ¿Dónde estamos?
– En los profundos infiernos – le contestó la voz grave y lúcida de la vecina.

Desde su primera semana en el sanatorio, la vigilante nocturna le había propuesto sin rodeos que durmiera con ella en el cuarto de guardia. Empezó con un negocio concreto: amor por cigarrillos, por chocolates, por lo que fuera. “Tendrás todo”, le decía, trémula. “Serás la reina”. Ante el rechazo de María, la guardiana cambió de método. Le dejaba papelitos de amor debajo de la almohada, en los bolsillos de la bata, en los sitios menos pensados. Eran mensajes de un apremio desgarrador capaz de estremecer a las piedras. Hacía más de un mes que parecía resignada a la derrota, aquella noche del incidente en el dormitorio.

Convencida de que todas las reclusas dormían, la guardiana se acercó a la cama de María, y murmuró en su oído toda clase de obscenidades tiernas, mientras le besaba la cara, el cuello tenso de terror, los brazos yermos, las piernas exhaustas. Por último, creyendo tal vez que la parálisis de María no era de miedo sino de complacencia, se atrevió a ir más lejos. María le soltó entonces un golpe con el revés de la mano que la mandó contra la cama vecina. La guardiana se incorporó furibunda en medio del escándalo de las reclusas alborotadas.
– Hija de puta -gritó-. Nos pudriremos juntas en este chiquero hasta que te vuelvas loca por mí.

El verano llegó sin anunciarse, a comienzos de junio. Hubo que tomar medidas de emergencia, porque las reclusas sofocadas empezaban a quitarse durante la misa la tosca ropa de invierno. María asistió divertida al espectáculo de las enfermas en pelota que las guardianas encorrían por las naves como gallinas ciegas. En medio de la confusión, trató de protegerse de los golpes perdidos, y sin saber cómo se encontró sola en una oficina con un teléfono que sonaba sin cesar. María cayó en la cuenta de la ocasión irrepetible. Descolgó y volvió a colgar marcando las cifras, con tanta tensión y tanta prisa, que no estuvo segura de que fuese el número de su casa. Esperó con el corazón desbocado, oyó el timbre, una vez, dos veces, tres veces, y oyó por fin la voz del hombre de su vida en la casa sin ella.
– ¿Diga?

Tuvo que esperar a que se le pasara el nudo de lágrimas que se le formó en la garganta.
– Conejo, vida mía -suspiró.

Las lágrimas la vencieron. Al otro lado de la línea hubo un breve silencio, espantoso, y, por fin, una voz enardecida por los celos escupió la palabra:
– ¡Puta! Y colgó en seco.

Esa noche, en un ataque frenético, María descolgó en el refectorio la litografía del generalísimo, la arrojó con todas sus fuerzas contra la ventana del jardín, y se derrumbó bañada en sangre. Aún le sobró rabia para enfrentarse a golpes con los guardianes que trataban de someterla, sin lograrlo, hasta que vio a Herculina plantada en el vano de la puerta, con los brazos cruzados mirándola. Se rindió. La arrastraron hasta el pabellón de las locas furiosas, la aniquilaron con una manguera de agua helada, y le inyectaron trementina en las piernas. Impedida para caminar por la inflamación provocada, María se dio cuenta de que no había nada en el mundo que no fuera capaz de hacer por escapar de aquel infierno. La semana siguiente, ya de regreso al dormitorio común, se levantó de puntillas y tocó en la celda de la guardiana nocturna.

El precio de María, exigido de antemano, fue llevarle un mensaje a su marido. La guardiana aceptó, siempre que el trato se mantuviera en secreto absoluto. Y la apuntó con el índice.
– Si alguna vez se sabe, te mueres.

Así que Saturno el Mago fue al sanatorio de locas el sábado siguiente, preparado para celebrar el regreso de María. El director en persona lo recibió en su oficina, tan limpia y ordenada como un barco de guerra, y le hizo un informe afectuoso sobre el estado de su esposa. Nadie sabía de dónde llegó, ni cómo, ni cuándo, pues el primer dato de su ingreso era la entrevista con el director. Lo que más intrigaba al director era cómo supo Saturno el paradero de su esposa. Saturno protegió a la guardiana.
– Me informó la compañía de seguros del coche -dijo.

El director asintió complacido. “No sé cómo hacen los seguros para saberlo todo”, dijo. Le dio una ojeada al expediente que tenía sobre su escritorio de asceta, y concluyó:
– Lo único cierto es la gravedad de su estado.

Estaba dispuesto a autorizarle una visita con las precauciones debidas si Saturno le prometía, por el bien de su esposa, ceñirse a la conducta que él le indicaba. Sobre todo en la manera de tratarla, para evitar que recayera en uno de sus arrebatos de furia, frecuentes y peligrosos.
– Es raro -dijo Saturno-. Siempre fue de genio fuerte, pero de mucho dominio.

El médico hizo un ademán de sabio. “Hay conductas que permanecen latentes durante muchos años, y un día estallan”, dijo. “Con todo, es una suerte que haya caído por aquí, porque somos especialistas en casos que requieren mano dura”. Al final hizo una advertencia sobre la rara obsesión de María por el teléfono.
– Sígale la corriente -dijo.
-Tranquilo, doctor -dijo Saturno con un aire alegre-. Es mi especialidad.

La sala de visitas, mezcla de cárcel y confesionario, era un antiguo locutorio del convento. La entrada de Saturno no fue la explosión de júbilo que cabía esperar. María estaba de pie en el centro del salón, junto a una mesita con dos sillas y un florero sin flores. Era evidente que estaba lista para irse, con su lamentable abrigo color fresa y unos zapatos sórdidos que le habían dado de caridad. En un rincón, casi invisible, estaba Herculina con los brazos cruzados. María no se movió al ver entrar al esposo ni asomó emoción alguna en su cara con los rasguños del vidrio destrozado. Se dieron un beso de rutina.
– ¿Cómo te sientes? -le preguntó él.
– Feliz de que al fin hayas venido, conejo -dijo ella-. Esto ha sido la muerte.

No tuvieron tiempo de sentarse. Ahogándose en lágrimas, María le contó las miserias del claustro, la barbarie de las guardianas, la comida de perros, las noches interminables sin cerrar los ojos por el terror.
– Ya no sé cuántos días llevo aquí, o meses o años, pero sé que cada uno ha sido peor que el otro -dijo, y suspiró con el alma-: Creo que nunca volveré a ser la misma.
– Ahora todo eso pasó -dijo él, acariciándole con la yema de los dedos las cicatrices recientes de la cara-. Seguiré viniendo todos los sábados. Y más si el director me lo permite. Todo va a salir muy bien.

Ella fijó en los ojos de él sus ojos aterrados. Saturno intentó sus artes de salón. Le contó, en el tono pueril de las grandes mentiras, una versión dulcificada de los propósitos del médico. “En síntesis”, concluyó, “aún te faltan algunos días para estar recuperada por completo”. María entendió la verdad.
– ¡Por Dios, conejo! -dijo atónita-. ¡No me digas que tú también crees que estoy loca!
– ¡Cómo se te ocurre! -dijo él, tratando de reír-. Lo que pasa es que será mucho más conveniente para todos que sigas un tiempo aquí. En mejores condiciones, por supuesto.
– ¡Pero si ya te dije que solo vine a hablar por teléfono! -dijo María.

Él no supo cómo reaccionar ante la obsesión temible. Miró a Herculina. Ésta aprovechó la mirada para indicarle en su reloj que era tiempo de terminar la visita. María interceptó la señal y vio a Herculina en la posición del asalto inminente. Entonces se aferró al cuello de su marido gritando como una verdadera loca. Él se la quitó de encima con tanto amor como pudo, y la dejó a merced de Herculina, que sin darle tiempo para reaccionar la sujetó con un brazo de hierro alrededor del cuello, y le gritó a Saturno:
– ¡Váyase!

Saturno huyo despavorido.

El sábado siguiente, ya repuesto del espanto de la visita, Saturno volvió al sanatorio. María se negó a recibir a su marido, tampoco a verlo desde los balcones. Saturno se sintió herido de muerte.
– Es una reacción típica -lo consoló el director-. Ya pasará.

Pero no pasó nunca. Después de intentar muchas veces ver de nuevo a María, Saturno hizo lo imposible para que recibiera una carta, pero fue inútil. Cuatro veces la devolvió cerrada y sin comentarios. Saturno desistió, pero siguió dejando en la portería del hospital las raciones de cigarrillos, sin saber siquiera si llegaban a María, hasta que lo venció la realidad.

Nunca más se supo de Saturno, salvo que volvió a casarse y regresó a su país. Antes de irse de Barcelona le dejó el gato medio muerto de hambre a una noviecita casual, y le pidió que siguiese llevándole los cigarrillos a María, hasta que un día la muchacha solo encontró los escombros del hospital, demolido como un mal recuerdo de aquellos tiempos ingratos. La última vez que la vio, María le pareció muy lúcida, un poco pasada de peso y contenta con la paz del claustro. Ese día le había llevado el gato, porque ya se le había acabado el dinero que Saturno le dejó para darle de comer.

Más allá de la muerte

Presentación

Nota bibliográfica a propósito del sufismo y los Cuentos sufíes

En RelatABA ya fue incluido un relato de origen sufí. Se trata de UNA PARÁBOLA SUFÍ, atribuido a Ibn Arabi (Murcia, 1165; Damasco 1240) místico sufí, filósofo, poeta, viajero y sabio musulmán andalusí. Dado que ahora incluimos un segundo relato de origen sufí, parece oportuno dar una breve orientación a propósito de el sufismo y los Cuentos sufíes.

El sufismo es una práctica surgida de la religión islámica y orientada hacia la reflexión mística.  El sufismo es una búsqueda de la sabiduría y sugiere que  las gentes de todas las religiones y procedencias pueden vivir juntas en paz y armonía. El sufismo es tan antiguo como la propia religión islámica de la que se nutre y ha tenido distintas escuelas de practicantes en su larga historia. En España hay diversos grupos que se reclaman de la práctica sufí, localizados principalmente en Andalucía y Extremadura.

Los Cuentos sufíes han sido una de las formas en que el sufismo se ha extendido como una fuente de enseñanza tradicional. Uno de los autores de cuentos más reconocido es Rumi, poeta, místico y sabio del siglo XIII, autor del “Masnavi” o “Matnawi”, obra que recoge centenares de cuentos y se puede encontrar traducida al español.

Amor constante más allá de la muerte

Francisco de Quevedo

Un soneto – de los más conocidos- de Francisco de Quevedo (1580-1645) recoge el lamento del alma que muere y abandona su cuerpo. Pero este cuerpo sin alma, estas cenizas, este polvo no están muertos, siguen enamorados.

Habla el alma, en la última estrofa del soneto:

su cuerpo dejará, no su cuidado;

serán ceniza, más tendrán sentido,

polvo serán, mas polvo enamorado.

Texto adaptado. Más allá de la muerte. Cuento tradicional sufí

Este cuento sufí – de los muchos que a los seguidores del sufismo les sirven para reflexionar sobre la religión islámica – recoge el tema del amor más allá de la muerte.

Aquella muchacha tenía tres pretendientes, pero era incapaz de decidirse por uno. Y un buen día enfermó y murió rápidamente. Los tres pretendientes quedaron desolados y cada uno lloró la pérdida de la muchacha a su manera. El primero no abandonó el cementerio ni de día ni de noche y dormía junto a la tumba de su amada; el segundo echó a andar por el mundo y se convirtió en un faquir, un hombre sabio; el tercero dedicó todo su tiempo a consolar al entristecido padre de la joven.

Pasó algún tiempo y un día, el segundo pretendiente, el faquir, a lo largo de sus viajes conoció un hechizo mágico y secreto que devolvía a los muertos a la vida. Se apresuró a llegar a su pueblo, fue al cementerio y pronunció el mágico encantamiento para permitir que la muchacha volviera a la vida y saliera de su tumba. Apareció tan bella como siempre había sido y volvió a casa de su padre.

Allí los pretendientes iniciaron una discusión para decidir cuál de los tres tenía más méritos para quedarse con su mano. El primero dijo que no había abandonado su tumba un solo instante, por lo que su pena era más pura que la de los demás; el segundo, el faquir, recordó que había sido él quien adquirió el saber necesario para traer a la muchacha de más allá de la muerte; el tercero habló del consuelo y apoyo que había prestado al padre y que hacía posible la felicidad que ahora disfrutaban.

La muchacha escuchaba a cada uno con atención. Al acabar se dirigió a los tres:

-Tú, que descubriste el encantamiento, has sido sabio y generoso; tú, que cuidaste de mi padre y le diste consuelo, has actuado como un buen hijo. Tú, sin embargo, que has permanecido junto a mi tumba, tú has sido mi verdadero amante. Contigo quiero vivir.

Engáñame y La confesión reiterada

Reseña biográfica de Juan Valera

Juan Valera (Córdoba, 1824-Madrid, 1905) fue un escritor, crítico literario, diplomático y político español. Retirado provisionalmente del cuerpo diplomático, inició en Madrid su carrera política, siendo diputado por Archidona y llegando a Ministro de Instrucción Pública, con Amadeo de Saboya. En 1860 explicó en el Ateneo de Madrid la Historia crítica de nuestra poesía con un éxito inmenso. Miembro de la Real Academia Española en 1861.

Como escritor tuvo una gran actividad en periódicos y revistas; el hispanista y literato Gerald Brenan asegura que fue el mejor crítico literario del siglo XIX después de Menéndez Pelayo; Pepita Jiménez y Juanita la larga son sus dos novelas más famosas, que alcanzaron gran popularidad y han sido llevadas al cine. Aunque vivió la época espléndida del romanticismo, Valera nunca fue un hombre ni un escritor romántico, sino un epicúreo andaluz, culto e irónico, actuando siempre por encima y al margen de las modas literarias de su tiempo, rigiéndose por unos principios estéticos generales de sesgo idealista.

¡Engáñame, majadero!

Texto adaptado. Una historia de cocineras y cocineros (1866)

Hubo en Toledo, en los buenos tiempos – cuando el Arzobispado estaba poderoso y boyante- un Arzobispo tan austero y penitente, que ayunaba muy a menudo y casi siempre comía de vigilia, y más que pescado, semillas y hortalizas.

Su cocinera le solía preparar un modesto potaje de habichuelas y garbanzos, con el que se deleitaba aquel venerable siervo de Dios, como si fuera el plato más exquisito y gustoso. Bien es verdad que la cocinera preparaba con tal habilidad los garbanzos y las habichuelas que parecían un manjar ciertamente superior.

Por desgracia, la cocinera, después de una agria disputa con el mayordomo, fue despedida. Vino otra cocinera a preparar el guiso, pero el Arzobispo lo encontró tan detestable que fue despedida de inmediato. Ocho o nueve fueron sucesivamente entrando, pero ninguna o ninguno -porque eran tanto cocineras como cocineros- acertaba a condimentar el potaje y todos tenían que largarse avergonzados, dejando huérfana la cocina arzobispal.

Entró por fin un cocinero más avispado, que, menos orgulloso de sus propias habilidades, tuvo la prudente idea de ir a visitar a la primera cocinera. Ésta fue generosa y le confió su procedimiento misterioso. El nuevo cocinero siguió con exactitud las instrucciones de su antecesora, condimentó el potaje, que le fue servido al Arzobispo.

  • Gracias sean dadas al Altísimo. Al fin hallamos un cocinero tan bueno como la anterior. Que venga el cocinero; hay que darle merecidas alabanzas.

Y el nuevo cocinero, embargado por la satisfacción del momento, tuvo la debilidad de confesar con sinceridad:

  • Quiero decirle Ilustrísima que su cocinera le engañaba; en el potaje hay pocas habichuelas y, en cambio, hay muchas albondiguitas de jamón, pechuga de pollo, riñoncitos de ave y criadillas de carnero. Y yo no quisiera engañar a su Ilustrísima.

Y el poderoso Arzobispo, mirándole entre enojado y burlón, dijo al cocinero con media sonrisa:

  • Pues sigue haciéndolo como la anterior cocinera: ¡Engáñame, majadero!

Texto adaptado. La confesión reiterada (1866)

Estaba un día el Padre Jacinto en el confesonario. Había oído ya los pecados de once o doce penitentes, les había dado la absolución, se encontraba fatigadísimo e iba a levantarse, cuando acudió a la rejilla una mujer muy guapa, pulcra y elegantemente vestida y al parecer de poco más de treinta años.

La dama, hasta entonces no conocida del Padre, le dijo que permanecía soltera y que vivía con su anciana madre viuda. Eran madre e hija señoras principales pero pobres, y vivían con recogimiento y en cierta estrechez decorosa. Todos los pecadillos que la dama confesó al Padre eran tan leves y veniales, y le fueron confesados por ellas con tal candor y con gracia tan inocente, que el Padre, en el fondo de su alma, hubo de calificarla no sólo de graciosa y discreta, sino de casi santa. Se disponía ya a echarle la bendición, cuando la dama, después de larga pausa y silencio, muy ruborizada y como quien vacila, dijo con voz dulce y temblorosa:
– Padre, me avergüenzo de pensar que estoy engañando a usted.

-Sí, hija mía, al confesor no se le debe ocultar nada: habla con franqueza.

– Pues ya que es menester ser franca, ha de saber usted que, hará ya doce o trece años, cuando yo aun no había cumplido los dieciocho, estuve prendada de un primo mío, teniente de infantería. Él también me amaba de corazón, pero ni él poseía más bienes que su carrera ni yo contaba con más riqueza que la paga de huérfana que había de perder casándome. En busca de fortuna y en cumplimiento de su deber, mi primo tuvo que irse a Cuba, donde la guerra civil ardía entonces.

La víspera de su partida -siguió la joven-, que debía ser por la mañana temprano, mi primo estuvo en casa a despedirse de mi madre y de mí. Estábamos entonces en Cádiz. Cuando mi madre dormía profundamente abrí el balcón y mi primo estaba en la calle aguardando mi salida. La pálida luz de la luna iluminaba su hermosa cara. Apoyándose en una reja del cuarto bajo, se encaramó hasta el balcón, por más que yo le mostraba disgusto y miedo. Para evitar que alguien pasase y le viese saltó la baranda y penetró en mi cuarto. Nos abrazamos y acariciamos con suave abandono. Y como yo vertía muchas lágrimas, él las secaba con sus labios sobre mis mejillas. Luego, no sé como, natural y sencillamente, se encontraron y se unieron nuestras bocas. Y por último, Padre, ¡qué vergüenza! aquello fue un delirio, un frenesí de amor, un deleite que me pareció como del cielo; una estrechísima unión de nuestros dos seres y una íntima fusión de nuestras dos almas, que duró hasta rayar la aurora. Mi primo tuvo entonces que irse. Nos hicimos mil juramentos de fidelidad. Yo, en el momento de partir él, aun le retenía y le apretaba entre mis brazos y me le comía a besos. Pero la separación fue inevitable. Mi primo salió para la Habana dos horas después de haber cometido juntos el horrible, dulce y largo pecado.

Mi desdichado primo -continuaba la muchacha-, a los pocos días de llegar a la Habana, murió de la fiebre amarilla. Mi único consuelo, lo confieso, era recordar que yo había sido suya; el encanto, la enajenación, el éxtasis celestial que embargó mis sentidos cuando me entregué a él por entero, sin que quedase prenda mía que yo no le diese.

Suspiró la penitente, se humedecieron con lágrimas sus hermosos ojos y quedó en silencio. El Padre Jacinto lo rompió diciendo:

– Grave y mortal fue tu pecado, hija mía. Pero lo peor y más grave es que lo hayas tenido oculto durante trece años sin confesarlo hasta ahora.
– Pero Padre, dijo la dama, si yo acudo lo menos veinte veces al año al confesonario y jamás he dejado de confesar este pecado mío.

El Padre echó sus cuentas y dijo:

– Hace trece años; veinte veces por trece años hacen doscientos sesenta; pues hija, lo has confesado y te han absuelto ya doscientas sesenta veces.
– Pues yo creo, Padre, replicó ella, que si me dura la vida, pasarán las veces de dos mil, porque el recuerdo de mi pecado me enamora y el referirlo me encanta, y este enamoramiento y este encanto constituyen, sin duda, un pecado nuevo.
-Sí, hija mía, lo constituyen. Yo te absolveré ahora. Procura tú olvidar tu pecado y no lo cuentes más.
-¡Ay Padre, no puedo!
-Entonces, ¿qué le hemos de hacer? Ven cuando gustes a contármelo. Yo lo oiré y siempre te absolveré. Procurando -pensó para sus adentros el Padre-, que a pesar de mis sesenta años no despierte en mí la envidia.

Porque -terminó el Padre Jacinto con voz melodiosa- Dios es misericordioso.

 

Ocho mujeres

Presentación

Ocho mujeres

El ocho de marzo de 2017, Día de la Mujer traemos ocho retratos femeninos de ocho autores importantes.

Unos breves retratos, apenas unas palabras, de estos grandes narradores nos ayudan a entender mejor el universo de la mujer. Chaucer, Cervantes, Voltaire, Turguenev, Pedro Antonio de Alarcón, Maupassant, Chejov, Torrente Ballester – alguno de cuyos cuentos ya han aparecido en nuestro blog- nos deleitan, nos hacen pensar, nos emocionan.

Ocho mujeres

Textos adaptados. Breves retratos femeninos, a lo largo de seiscientos años

Esta entrega de RelatABA pretende ser una contribución de nuestro blog al Día de la Mujer, en marzo de 2017. Se recogen ocho brevísimos retratos que de la mujer se han hecho en la literatura occidental a lo largo de seiscientos años. Alguna de estas descripciones ya ha sido recogida en los cuentos aparecidos en nuestro blog.

CHAUCER. La Comadre de Bath, personaje de los Cuentos de Canterbury (1385)

Los Cuentos de Canterbury es el relato del viaje de un grupo de peregrinos desde Londres a Canterbury, para visitar los restos de Santo Tomás Beckett. Cada noche uno de los los peregrinos narraba un cuento. Uno de los cuentos es narrado por una Comadre, nacida en Bath, que había tenido cinco matrimonios y  cinco maridos y que es así descrita:

Ninguna mujer osaba adelantársele cuando se dirigía al ofertorio. Su rostro era bello; su expresión, altanera, y su talante, gracioso.

En este divertido cuento se descifran “las tres cosas que más desean la mujeres”:
Lo que más desean las mujeres: ejercer la autoridad, tanto sobre sus esposos como sobre sus amantes y tener poder sobre ellos; éste es su mayor deseo. Lo que más desean, en segundo lugar: que se fijen en ellas y se elogien sus aderezos y su belleza. Lo que más odian: que se les recuerden sus defectos.

CERVANTES. Marcela, personaje de Don Quijote (1605)

Marcela, personaje de Cervantes, era hija de Guillermo el Rico y, al fallecer éste, heredó su fortuna. Marcela creció con belleza; cuando llegó a la edad de catorce a quince años nadie que la miraba no bendecía a Dios que tan hermosa la había criado. Pero Marcela prefirió irse al campo en compañía de otras zagalas guardando sus cabras. Con estos desdenes se dice que provocó la muerte de un celoso enamorado, Grisóstomo; y Marcela se defendía diciendo:

Yo nací libre, y para poder vivir escogí la soledad de los campos: los árboles destas montañas son mi compañía, las claras aguas destos arroyos mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosuras. Fuego soy apartado y espada puesta lejos.

Yo, como sabéis, tengo riquezas propias y no codicio las ajenas; tengo libre condición y no gusto de sujetarme; ni quiero ni aborrezco a nadie; no engaño a éste, ni solicito aquél, ni burlo con uno ni me entretengo con el otro. La conversación honesta de las zagalas destas aldeas y el cuidado de mis cabras me entretiene; tienen mis deseos por término estas montañas, y si de aquí salen es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma a su morada primera.

Y en diciendo esto, sin querer oír respuesta alguna, volvió las espaldas y se entró por lo más cerrado de un monte que allí cerca estaba, dejando admirados, tanto de su discreción como de su hermosura, a todos los que allí estaban.

VOLTAIREAlmona, personaje de Zadig (1747)

El pecho de Almona, sus ojos negros rasgados que brillaban suavemente de amoroso fuego, sus mejillas – púrpura animada con la más cándida leche-, su nariz delicada, sus labios -dos hilos de coral que ensartaban las más bellas perlas de Arabia-, todo, en fin, persuadió al viejo de que había vuelto a sus veinte años.

TURGENEV. Zenaida, personaje de El primer amor (1860)

La dacha vecina había sido alquilada por una familia de la baja aristocracia, de la que una joven formaba parte. Yo había alcanzado a verla de perfil entre los arbustos del jardín. En los movimientos de la muchacha había algo tan delicado, exigente, mimoso, burlón y tierno, que casi grité de admiración y placer, y sentí que estaba dispuesto a darlo todo para que esos deditos encantadores acariciasen mi frente.

PEDRO ANTONIO DE ALARCÓN. La Comendadora, personaje del cuento del mismo nombre (1868)

en un ángulo del salón –desde donde podía verse el cielo, las copas de los árboles y los rojizos torreones de la Alhambra, pero donde no podía ser vista más que por los pájaros que revoloteaban sobre el Darro-, inmóvil, con la mirada perdida en el infinito azul de la atmósfera y pasando lentamente las cuentas de un larguísimo rosario, estaba sentada una monja, una Comendadora de Santiago, como de treinta años, con unas sencillas ropas de aspecto seglar.

Vestía de negro, con un gran pañuelo de hilo blanco cerrado hasta el cuello. No llevaba manto ni toca, lo que dejaba ver un negro y abundantísimo pelo recogido con un lazo en la nuca. Aquella mujer resultaba hermosísima; el desaliño de su vestido dejaba en libertad su natural gracia. Alta, recia, esbelta y armónica, el ropaje de lana, pegado a su cuerpo, revelaba más que cubría, la traza clásica de sus espléndidas proporciones. Remataba esta soberana figura un rostro moreno, algo descarnado, oval, de una palidez intensa, que contrastaba con dos profundas ojeras, lívidas, llenas de misteriosas tristezas.

MAUPASSANT. Una honesta mujer de provincias, personaje de Una aventura parisiense  (1881)

¿Existe en la mujer un sentimiento más agudo que la curiosidad?
Una mujer, cuando su curiosidad se despierta, cometerá locuras, imprudencias, audacias, no retrocederá ante nada. Hablo de las mujeres realmente mujeres, dotadas de ese triple fondo de compartimentos secretos: el primero, de inquietud femenina siempre agitada; el segundo, de astucia coloreada de ingenuidad; el último, por fin, de desenfado encantador, de trapacería exquisita, de deliciosa perfidia, de todas esas perversas cualidades que empujan al suicidio a los amantes crédulos, pero que arroban a los otros.

CHEJOV. Vera, personaje de Vérochka (1887)

Ante Ognev estaba la hija de Kuznetsov, Vera, una joven de 21 años, habitualmente triste.

Las jóvenes que sueñan mucho, que pasan días enteros recostadas perezosamente leyendo todo lo que cae en sus manos, y que se sienten aburridas y tristes, suelen vestirse con negligencia. A las que poseen el don natural del gusto y el instinto de la belleza, esa leve negligencia en el vestir les otorga un encanto especial. Vérochka era esbelta; tenía un perfil regular y hermoso cabello ondulado. A Ognev, quien no había visto en su vida muchas mujeres, le parecía una beldad.

Ognev, recordando más tarde a Vérochka, no se la podía imaginar sin su amplia chaquetilla que formaba profundos pliegues junto al talle y sin embargo no lo rozaba; sin su rizo, escapado del alto peinado y colgado sobre la frente; sin aquel chal rojo con pompones en los bordes, que por las noches pendía tristemente del hombro de Vérochka, mientras que de día estaba tirado en el vestíbulo, junto con los sombreros masculinos, o bien en el comedor sobre un baúl donde dormía, sin ceremonias, la vieja gata. Este chal y los pliegues de la chaquetilla exhalaban un soplo de desperezada libertad.

GONZALO TORRENTE BALLESTER. Miguela y Chuco, personajes de La Miguela (1944)

Miguela era su compañía. Los tratos quedaron hechos antes de partir para el servicio. Ella tenía por su madre una casita de un solo cuarto y cocina; él, un campo para maíz y viñedo. Ella labraría el campo y con lo que Chuco pudiese ahorrar en la Armada, comprarían el ajuar.

Se casaron el día de la Virgen, una boda sencilla, con Antonia la Galana y el viejo Cabeiro como padrinos. Se cuenta que tardaron mucho en acostarse; hay quien los vio a medianoche asomados a la ventana, en silencio, mirando al mar.

Minicuentos Kafkianos

Presentación

Nota biográfica sobre Franz Kafka

Franz Kafka (Praga, 1883; Austria, 1924) fue un escritor checo de origen judío que escribió en alemán. Nacido en Praga (entonces perteneciente al Imperio Austro-húngaro) en una familia de clase media, su padre, un comerciante, fue una figura dominante que impregnó la obra de su hijo y (según Kafka) agobió su existencia. En Carta al padre, escrita en 1919, pero publicada, como casi toda su obra, póstumamente, Kafka expresa sus sentimientos de inferioridad y de rechazo paterno. Kafka vivió con su familia la mayor parte de su vida y no llegó a casarse, aunque estuvo prometido en dos ocasiones.

La obra de Kafka – En La metamorfosis, El proceso y El castillo- nos zambulle en un universo de culpabilidad, la que experimenta el individuo al verse amenazado por unas fuerzas desconocidas que no alcanza a comprender y se hallan fuera de su control. Una red de jerarquías, miedos, controles y limitaciones de todo tipo, – en particular, la carencia de información- atrapan a las personas, que se ven sometidas al poder institucionalizado, sin posibilidades de escape. Kafka anticipó con sorprendente lucidez un universo absurdo y despiadado que pocos años después cristalizó en los totalitarismos nazi y soviético.

Kafka está considerado como una de las figuras más importantes de la moderna literatura occidental. El término ‘kafkiano’ – con equivalente en varios idiomas- se aplica de forma muy significativa a situaciones sociales angustiosas o grotescas.

Texto adaptado. Minicuentos Kafkianos

La partida

Ordené que trajeran mi caballo del establo. El sirviente no entendió mis órdenes. Así que fui al establo yo mismo, le puse silla a mi caballo y lo monté. A la distancia escuché el sonido de una trompeta y le pregunté al sirviente qué significaba.Él no sabía nada ni escuchó nada. En el portal me detuvo y preguntó:
-¿Adónde va el patrón?
-No lo sé -le dije- simplemente fuera de aquí, simplemente fuera de aquí. Fuera de aquí, nada más, es la única manera en que puedo alcanzar mi meta.
-¿Así que usted conoce su meta? -preguntó.
-Sí -repliqué-te lo acabo de decir. Fuera de aquí, ésa es mi meta.

FIN

Buitres

Érase un buitre que me picoteaba los pies. Ya había desgarrado los zapatos y las medias y ahora me picoteaba los pies. Siempre lanzaba un picotazo, volaba en círculos inquietos alrededor y luego proseguía la obra.
Pasó un señor, nos miró un rato y me preguntó por qué toleraba yo al buitre.
-Estoy indefenso -le dije- vino y empezó a picotearme, yo lo quise espantar y hasta pensé torcerle el pescuezo, pero estos animales son muy fuertes y quería saltarme a la cara. Preferí sacrificar los pies: ahora están casi hechos pedazos.
-No se deje atormentar -dijo el señor-, un tiro y el buitre se acabó.
-¿Le parece? -pregunté- ¿quiere encargarse del asunto?
-Encantado -dijo el señor- ; no tengo más que ir a casa a buscar el fusil, ¿Puede usted esperar media hora más?
– No sé -le respondí, y por un instante me quedé rígido de dolor; después añadí – por favor, pruebe de todos modos.
-Bueno- dijo el señor- , voy a apurarme.
El buitre había escuchado tranquilamente nuestro diálogo y había dejado errar la mirada entre el señor y yo. Ahora vi que había comprendido todo: voló un poco, retrocedió para lograr el ímpetu necesario y como un atleta que arroja la jabalina encajó el pico en mi boca, profundamente. Al caer de espaldas sentí como una liberación; sentí que el buitre, irreparablemente, se ahogaba en mi sangre, que colmaba todas las profundidades y que inundaba todas las riberas.

FIN

El paseo repentino

Cuando por la noche uno parece haberse decidido terminantemente a quedarse en casa; se ha puesto una bata; después de la cena se ha sentado a la mesa iluminada, dispuesto a hacer aquel trabajo o a jugar aquel juego luego de terminado el cual habitualmente uno se va a dormir; cuando afuera el tiempo es tan malo que lo más natural es quedarse en casa; cuando uno ya ha pasado tan largo rato sentado tranquilo a la mesa que irse provocaría el asombro de todos; cuando ya la escalera está oscura y la puerta de calle trancada; y cuando entonces uno, a pesar de todo esto, presa de una repentina desazón, se cambia la bata; aparece en seguida vestido de calle; explica que tiene que salir, y además lo hace después de despedirse rápidamente; cuando uno cree haber dado a entender mayor o menor disgusto de acuerdo con la celeridad con que ha cerrado la casa dando un portazo; cuando en la calle uno se reencuentra, dueño de miembros que responden con una especial movilidad a esta libertad ya inesperada que uno les ha conseguido; cuando mediante esta sola decisión uno siente concentrada en sí toda la capacidad determinativa; cuando uno, otorgando al hecho una mayor importancia que la habitual, se da cuenta de que tiene más fuerza para provocar y soportar el más rápido cambio que necesidad de hacerlo, y cuando uno va así corriendo por las largas calles, entonces uno, por esa noche, se ha separado completamente de su familia, que se va escurriendo hacia la insustancialidad, mientras uno, completamente denso, negro de tan preciso, golpeándose los muslos por detrás, se yergue en su verdadera estatura.

Todo esto se intensifica aún más si a estas altas horas de la noche uno se dirige a casa de un amigo para saber cómo le va.

FIN

Solución

Presentación

Solución (1891)

Una mujer madura está dando un amable paseo por las calles de la primavera madrileña, hace más de cien años. Este breve relato de Pardo Bazán nos obsequia con una aguda – y muy actual- reflexión sobre la madurez en mujeres y hombres.

Nota biográfica sobre Emilia Pardo Bazán (1851-1921)

Emilia Pardo Bazán (La Coruña 1851, Madrid 1921), condesa de Pardo Bazán, fue una novelista, periodista, ensayista, crítica literaria, poetisa, traductora, editora, catedrática y conferenciante española. Precursora de los derechos de las mujeres y el feminismo, reivindicó y tuvo una importante actuación pública en defensa de la instrucción de la mujer.

Fue rechazada por tres veces (1889, 1892 y 1912) por la Real Academia Española, pese a ser la primera mujer en presidir la sección de literatura del Ateneo de Madrid (1906), la primera catedrática de literatura en la Universidad Central de Madrid (1916), además de ser nombrada (1910) Consejera de Instrucción Pública por Alfonso XIII.

Pardo Bazán, al margen de su apasionada vida social, fue una autora infatigable. Introductora del naturalismo en España, su obra evolucionó desde el realismo y el naturalismo hacia un mayor espiritualismo. Ello se observa en sus cerca de cincuenta novelas – Los Pazos de Ulloa (1886) es quizá la más reconocida- y en sus más de quinientos cuentos y relatos, recogidos en diversas publicaciones a lo largo de diez años largos (1888-1899).

Texto adaptado. Solución

Más fijo que el sol.

A las tres de la tarde en invierno y a las cinco en verano paseaba Paquita Llerena hacia el Retiro, llevando sujeto por un cordón de seda roja a Mosquito, su perro grifón, pequeño como un juguete. El animalillo era una preciosidad: sus sedas, gris acero, se acortinaban revueltas sobre su hociquín, negro y brillante; y sus ojos, enormes, parecían dos uvas maduras. Cuando Mosquito se cansaba, Paquita le cogía en brazos.

Solterona, y bien avenida con su libertad, Paquita solo se tomaba molestias por el bichejo. Lo lavaba, lo espulgaba, lo jabonaba y lo perfumaba; le servía su comida especial, crema de huevo, bolitas de arroz; le limpiaba la dentadura, con oralina y cepillo. De noche, en diciembre, saltaba de la cama, descalza, para ver dormir al tontorrón sobre almohadón de pluma, bajo una manta microscópica de raso.

Una esplenderosa tarde de abril, domingo, subiendo por la acera atestada de la calle de Alcalá, Paquita notó una sensación extraña, como si acabase de quedarse sola entre el gentío. Antes de tener tiempo de darse cuenta de lo que le sucedía, se cruzó con un conocido, don Santos Comares de la Puente, funcionario en el Ministerio de Hacienda que la saludó, sonrió y la paró un instante informándose de su salud. Cuando el buen señor se perdió entre los numerosos paseantes, Paquita percibió otra vez la soledad; el cordón rojo flotaba, cortado; Mosquito había desaparecido.

Tenía Paquita un carácter reconcentrado y enérgico, frecuente en las mujeres que han llegado a los cuarenta años sin la sombra y el calor de la familia. No gritó, no alborotó: a fuer de solterona, temía las cuchufletas. A su alrededor no estaba el perro, ni nadie con trazas de habérselo llevado. Interrogó a los porteros, puso anuncios en los diarios y hasta votó una misa a San Antonio, abogado de las causas perdidas. Pero mosquito no estaba perdido, sino robado…, y el santo se inhibió; los ladrones no eran de su incumbencia.

Al cabo de dos meses, Paquita había enfermado de tristeza. La mandaron pasear mucho, entre calles, por sitios alegres y concurridos. Y un día, parada delante de un escaparate, el claro vidrio reflejó una forma tan conocida como adorada: ¡el encantín! Se volvió conteniendo un grito de salvaje alegría…, y lo mismo que cuando había desaparecido el perro, vio ante sí la figura poco gallarda de don Santos Comares, saludando y preguntando machacona y cordialmente: «¿Qué tal esa salud?…». Pero, bajo el puño de la manga izquierda de aquel hombre, entre el brazo y el cuerpo, asomaba la cabecita adorable, los ojos como uvas en sazón y se oía el cómico ladrido, de falsete, de Mosquito, jubiloso al reconocer a su antigua ama.

-¡Hijo! ¡Tesoro! ¡Encanto de mi vida! ¡Cielín!

Se abalanzó para apoderarse del chucho, pero ya don Santos, a la defensiva, daba dos pasos atrás y protegía la presa con un «¡Señora!», indignado y escandalizado, que hizo volverse irónicos y risueños a los transeúntes.

  • ¡Ese perro es mío!, y ahora comprendo que fue usted quien me lo cogió. ¡Usted mismo! aquella tarde, en la acera de la calle de Alcalá.
  • ¡Señora! -repitió don Santos-. ¿Me toma usted por ladrón de bichos? Este perrito me pertenece: lo he comprado, y no barato; lo tengo empadronado, y a nadie consentiré que me dispute su propiedad.
  • En el collar están mis iniciales y el nombre del animalito. Verá usted cómo atiende, cómo me mira. «¡Mosquitín!» ¿No me conoces, hechizo mío?
  • El perro, señora, cuando lo adquirí, venía desnudo de toda prenda; le puse de nombre Togo. Toguín, Toguín; ya lo ha visto usted: menea la cola.

Paquita, desesperada, sintió brotar dos lágrimas. La gente empezaba a formar corro; bromeaban. El decoro se sobrepuso a la pasión. Habló en voz baja, roncamente:

  • Bueno, señor Comares, bueno… Llévese lo que no es suyo. Cuando le dé a usted vergüenza espero que lo restituirá. Creí que era usted un caballero…

Le dió la espalda, y siguió calle abajo, seguida por miradas de chunga malévola…

Su padecimiento se agravó. Pero su médico también asistía al señor Comares, e informó a éste de lo que pasaba. No era el alto empleado un hombre sin corazón. Solicitó ver a Paquita, llevó consigo a Mosquito y lo colocó en el regazo de la solterona.

  • Señora, estoy disgustado; disgustadísimo… No me es posible cederle el perro; pero se lo traeré siempre para que usted lo acaricie y vea que está gordito y sano.
  • ¿Se burla usted de mí? -saltó, furiosa, ella-. ¿Traérmelo y quitármelo? Ni lo piense, señor mío; ¿qué se ha figurado?
  • Cálmese usted, Paquita…- don Santos habló con dulzura- todos tenemos nuestros afectos; desde que perdí a mi chico único, que nos daba tantas esperanzas, de resultas perdí también a mi pobre mujer; no hay a mi alrededor nadie que me acompañe… Le he cogido cariño al animalito… Es un gitano… Tráteme usted todo lo mal que guste; no le devuelvo a Togo. No, señor.

Paquita callaba, ceñuda, meditando. De improviso se alzó de su asiento, se apoderó del perro, abrió la ventana y, alzando en el aire al grifón, exclamó, trágicamente:

  • Intente usted robármelo otra vez, y va a la calle.

Don Santos quedó paralizado. Veía ya a su Togo estrellado sobre la acera, cerrados los enormes ojos, rota la cabecilla contra las losas, flojas las sedas, frías las patas…

La mujer había vencido: la furia pasional arrollaba al tranquilo y nostálgico querer.

A los pocos días, Paquita recibió una atenta nota de don Santos. Le pedía permiso para frecuentar la casa; así vería alguna vez a Togo; a ella le llevaría bombones de chocolate. No era posible rehusar. La triunfadora acogió amablemente al derrotado. A causa de la oposición de sus genios, fueron congeniando; se habituaron a verse y a tolerarse sus manías de almas rancias y solitarias, sus herrumbres de cuerpos en decadencia.

Al cabo de un año, el perrito paseaba en la berlina de los consortes; y en adelante fue de ambos con igual derecho. Pero el esposo siempre le llamó Togo, y Mosquito, la esposa.

 

Una parábola Sufí

Presentación

Una parábola Sufí (1165-1240)

Nota biográfica sobre Ibn Arabi

Conocido como Ibn Arabi, Abenarabi y Ben Arabi nació en Murcia en 1165 y murió en Damasco en 1240. Fue un místico sufí, filósofo, poeta, viajero y sabio musulmán andalusí. Sus importantes aportaciones en muchos de los campos de las diferentes ciencias religiosas islámicas le han valido el sobrenombre de Vivificador de la Religión y el Más Grande de los Maestros. Nacido en Murcia, de padre murciano y madre bereber, se trasladó con su familia a Sevilla.

Sus estudios literarios juveniles transcurrieron entre Lora del Río y Carmona. El ansia de saber condujo a Ibn Arabi a una vida viajera, recorriendo primero su Al-Andalus natal y luego el norte de África visitando a los diferentes grupos sufíes. Más tarde visitó El Cairo y Jerusalén. Después de pasar dos años de emociones espirituales en La Meca decidió continuar su viaje por Bagdad, Mosul, Konya (antigua capital del Sultanato de Rum y ciudad de la actual Turquía) y Damasco, donde finalmente se estableció durante 17 años hasta su muerte. Su tumba, en la que después fueron enterrados dos de sus hijos, aún se conserva y es lugar de peregrinación para el Islam. Sobre su tumba, el Imperio Otomano edificó una madrasa en la que se guarda su sepulcro.

El cuento o parábola sufí, que recogemos a continuación está ampliamente comentado en los papeles del “Seminario María Zambrano”, ya que, pese a su brevedad, permite ilustrar muchos de los conceptos del pensamiento sufí, que tanto interesaron a nuestra filósofa María Zambrano.

Texto adaptado. Una parábola Sufí (1165-1240)

Un día un sultán quiso decorar de un modo especialmente bello el más grande de los salones de su magnífico palacio. Para ello hizo venir a dos grupos de los lugares cuya pintura era más afamada; eran lugares tan apartados entre sí como la lejana China y la fastuosa Bizancio, heredera de la legendaria cultura griega. Cada uno de estos grupos pintaría al fresco una de las dos largas paredes paralelas del gran salón. Mas sin saber el uno lo que pintaría el otro. Y así, sin permitir que uno y otro grupo entrasen en comunicación, entregó a cada uno una pared; en medio de la sala una cortina debidamente colocada impedía de modo estricto toda comunicación entre los pintores de cada lado.

Cuando la obra fue acabada el sultán se dirigió primero a inspeccionar el fresco pintado por los chinos. Era en verdad de una belleza y delicadeza maravillosas:

  • “nada puede ser más bello que esto”, dijo el sultán.

Con este convencimiento en su ánimo, hizo descorrer la cortina para que apareciese la pared pintada por los griegos de Bizancio. Pero, sorprendentemente, en aquella pared no había sido pintado nada por los griegos; únicamente la habían limpiado, pulido y repulido hasta convertirla en espejo de un blancor misterioso que reflejaba como en un medio más puro las formas de la pared china. Y las formas y los colores alcanzaban una belleza inimaginable, que no parecía ya ser de este mundo: un mundo y misterioso para los ojos y para la mirada humana.

El sultán, por momento emocionado y por momentos pensativo, se retiró a sus aposentos.

Tardó algún tiempo en volver al gran salón. Pero, luego, lo visitaba con frecuencia.

Y se decía que preguntaba a los cortesanos en quienes tenía más confianza:

  • ¿Sería el gran salón más hermoso si los griegos hubieran pintado un fresco original en lugar de aquel misterioso blancor?
  • ¿Qué hubiera pasado si la pintura china hubiese tenido defectos? ¿Se verían como defectos o aparecerían embellecidos?
  • ¿Qué hubiera pasado si lo los pintores chinos hubieran tenido la misma sutileza de los griegos y no hubieran pintado nada? ¿Sería todo más resplandeciente?

Se decía también que algunos cortesanos tenían temor a acompañar al sultán a visitar el gran salón, porque dependiendo de sus respuestas podía depender su mayor o menor fortuna en la corte.

No hubo nunca cambios en el gran salón.

Parecía ser el orgullo del sultán, el lugar al que llevaba a sus visitantes más distinguidos y también el lugar al que acudía cuando sentía alguna gran preocupación o congoja.

El mechón de cabello

Presentación

El mechón de cabello (1350)

Este relato forma parte del Decamerón, la obra más popular de Boccaccio, colección de cien relatos contados a lo largo de diez días (de ahí el título) por un grupo de amigos que escapan a un brote de peste y se refugian en una villa de las afueras de Florencia. Cada relato del día termina con una “canzone”, una canción para bailar entonada por uno de los narradores; estas canciones representan algunas de las muestras más exquisitas de la poesía lírica de Boccaccio.

El mechón de cabello es un primoroso relato de intriga picante con un final que destila sabiduría e ironía. Es una de las muchas excelentes piezas del Decamerón, obra plenamente renacentista de la cultura europea donde el protagonismo narrativo se encuentra en los aspectos humanos, y se deja de hacer mención a temas religiosos o teológicos. 

Nota biográfica sobre Giovanni Boccaccio (1313-1375)

Escritor y humanista florentino. Es uno de los padres, junto con Dante y Petrarca, de la literatura en italiano. Nació en Certaldo, cerca de Florencia, y allí murió, retirado después de una fecunda vida como poeta, erudito y narrador.

Estudió Derecho Canónico en Nápoles y se aficionó a la poesía. Muy joven se enamoró de una dama a la que inmortalizó con el nombre de Fiammetta y que fue su fuente de inspiración poética. Boccaccio tuvo una tortuosa vida emocional, desde el enamoramiento adolescente hasta la profunda crisis espiritual de su madurez, que le llevó a volcarse en el estudio y en las prácticas piadosas. Tras ser ordenado sacerdote, pasó a ocupar el cargo de confesor en 1362. Había viajado por las más importantes ciudades de Italia -Florencia, Padua, Nápoles y Venecia- y fue íntimo amigo de Petrarca.

Paradójicamente, Boccaccio, que a lo largo de toda su vida fue un sensible poeta y al final de sus días vivió la rectitud espiritual, ha pasado a la historia de la literatura como el despreocupado y libertino escritor de los frívolos relatos recogidos en Decamerón, obra que compuso en apenas cinco años.

Efectivamente, aunque compuso poemas y obras eruditas en latín, su legado literario más valioso son los cien cuentos, escritos en el joven idioma italiano, que componen el Decamerón, y que dan cuenta de su visión a la vez cínica e indulgente de las flaquezas, los pecados y las corrupciones de los hombres de su época.

Con el Decamerón Boccaccio se convirtió en el fundador de la prosa italiana.

Texto adaptado. El mechón de cabello (1350)

Agilulfo, monarca de los longobardos, estableció Lombardía la base de su soberanía. Su esposa Tendelinga era hermosísima, prudente y honrada.

Aconteció que un palafrenero de muy humilde condición, pero competente en su oficio, y arrogante en su persona, se enamoró intensamente de la reina. Conocedor de su posición a nadie se lo declaró, ni siquiera a la reina con su mirada. Sin esperanza alguna siguió viviendo, pero se dedicaba a ser el mejor en lo que a su reina pudiese complacer. Por esto, cuando la reina deseaba cabalgar, prefería de entre todos al palafrén.

No logrando librarse de su amor, pensó en morir, aunque no sin antes obtener, totalmente o en parte, la satisfacción de su anhelo. Sabía que era infructuoso hablar o escribir a la reina y no veía otro recurso para yacer con la reina que hacerse pasar por el rey, que no dormía con la reina de continuo.

Vigilando con sigilo, una noche vio a Agilulfo salir de su cámara envuelto en un gran manto, en una mano una antorcha encendida y en la otra una varita, y en llegando a la puerta de la reina, sin nada decir, golpeó la madera con la vara una vez o dos, y abrióse la puerta y quitáronle la antorcha de la mano.

Visto esto varias noches, el palafrenero no lo pensó más. Se aderezó un manto semejante al del rey, y, provisto de una antorcha y una vara, una noche, tras bañarse a conciencia -pues conocía que las hembras tienen fino olfato- se escondió hasta que todos dormían. El deseo le daba valor para arriesgarse a la muerte. Con la yesca y el eslabón encendió la luz y, envuelto en el manto, se acercó al umbral y dos veces llamó con la vara. Abrió una soñolienta camarera, que le retiró la luz y él, sin decir nada, traspasó la cortina, quitóse la capa y acostóse donde la reina dormía. Deseosamente la tomó en sus brazos, y, fingiendo que en tales casos el rey no quería oír nada, ni nada decir ni que le dijesen, conoció carnalmente varias veces a la reina aquella noche.

Apesadumbrábale partir, pero comprendiendo que el mucho retardarse podía arruinar el deleite obtenido, volvióse a su lecho tan presto como pudo.

Y resultó que, apenas había salido el palafrenero, cuando el rey llegóse a la cámara de la reina, de lo que ella se maravilló mucho, y dijo con júbilo a su marido:

– Señor, ¡qué novedad esta noche! Ha instantes que os partisteis de mí y más que de costumbre os habéis refocilado conmigo, ¿y tan pronto volvéis? Mirad lo que hacéis.

Al oír tales palabras, el rey presumió que la reina había sido engañada por alguna similitud de persona y costumbres. Pero, como discreto, en el acto pensó que, pues la reina no lo había advertido, ni nadie más, mejor valía no hacérselo comprender, evitando posibles difamaciones que hubiesen entristecido a la inocente mujer, y -aun quizás- haciéndole venir el deseo de repetir lo que ya había sentido.

Y así el rey respondió, más turbado en su ánimo que en su semblante y en su voz:

– ¿Acaso no os parezco, mujer, hombre capaz de estar una vez acá y tornar luego?

-Sí, mi señor, pero, con todo, ruégoos que miréis por vuestra salud.

Entonces dijo el rey:

-A mí me place seguir vuestro consejo y, por tanto, sin más molestia daros, me vuelvo.

Y, con el ánimo lleno de ira y de mal talante por lo que ya sabía que le habían hecho, salió de la estancia y resolvió con sigilo encontrar al que tan feo recado le hiciera. Imaginando que debía ser alguien de la casa y que no habría podido salir de ella, fue a una muy larga estancia sobre las cuadras en la que dormían casi todos sus sirvientes. Y estimando que al que hubiese hecho lo que la mujer decía no le habría aún cesado la agitación de pulso y corazón por el reciente afán, con cautelosos pasos, a todos les fue tocando el pecho para saber si les latía el corazón con fuerza.

Los demás dormían, pero no el que había yacido con la reina, por lo cual, viendo venir al rey e imaginando lo que buscaba, comenzó a temer mucho, de modo que a los pálpitos anteriores de su corazón se agregaron los de su temor. Varias cosas le bulleron en el pensamiento, pero, observando que el rey iba sin armas, resolvió fingir que dormía y esperar lo que aconteciese.

Y llegóse el rey al palafrenero. Y observando cuán fuerte le latía el corazón, se dijo: “Éste es”. Como no quería que nadie se percatase de lo que pensaba hacer, se contentó, usando unas tijeras que llevaba, con tonsurar al hombre parte de los cabellos, que entonces se llevaban muy largos, a fin de poderle reconocer al siguiente día; y, esto hecho, volvióse a su cámara.

El palafrenero, que era astuto, comprendió por qué le habían señalado así y, sin esperar a más, se levantó y, buscando las tijeras que había en el establo para la limpieza de los caballos, a todos los que allí yacían, sin ruido, les cortó parte del cabello por encima de la oreja y, sin ser sentido, se volvió a acostar.

El rey, levantóse muy temprano esa mañana, y mandó que, antes de que las puertas del palacio se abriesen, se le presentase toda la servidumbre. Y así se hizo. Y estando todos ante él con la cabeza descubierta, y viendo a casi todos con el cabello de análogo modo cortado, se maravilló y dijo para sí: “El que ando buscando, aunque sea de baja condición, muestra da de tener mucho sentido”. Y, reconociendo que no podía, sin escándalo, descubrir al que buscaba, y no queriendo por pequeña venganza sufrir gran afrenta, resolvió con cortas palabras hacerle saber que él había reparado en las cosas ocurridas y, vuelto a todos, dijo:

-Quien lo hizo, no lo haga más, e id con Dios.

Otro les habría hecho interrogar, atormentarlos, examinarlos e insistirlos, y así habría descubierto lo que todos deben ocultar, y al descubrirlo, aunque tomase entera venganza, habría aumentado su afrenta y empeñado la honestidad de su mujer.

Los que sus palabras oyeron se pasmaron y largamente trataron entre sí de lo que el rey había querido significar, pero nadie entendió nada, salvo aquél que tenía motivos para ello. El cual, como discreto, nunca, mientras vivió el rey, esclareció el caso, ni nunca más desafió a la fortuna exponiendo su vida con tan audaz acto.

 

El ruiseñor y la rosa

Presentación

El ruiseñor y la rosa (1888)

Este breve cuento forma parte del libro El Príncipe feliz y otros cuentos. Publicado en 1888 cuando Wilde ya estaba en Francia, una vez terminado su doloroso encarcelamiento en Inglaterra. El cuento narra una emotiva aventura que permite comprobar las profundas decepciones de Wilde con el mundo que le rodea. Los protagonistas humanos tiene miras egoístas y mezquinas y solo la naturaleza –la encina, la luna, el rosal, y sobre todos, el sensible ruiseñor- son generosos, y aman el amor más allá de la muerte.

El ruiseñor y la rosa es uno de los cuentos más reproducidos de la literatura universal.

Nota biográfica sobre Oscar Wilde

Oscar Wilde (1854, Dublín, Irlanda, entonces perteneciente al Reino Unido -1900, París, Francia) fue un escritor, poeta y dramaturgo irlandés, considerado uno de los escritores más destacados del Londres victoriano tardío. Fue una celebridad de la época debido a su gran y aguzado ingenio. Hoy en día es recordado por sus epigramas, sus obras de teatro y la tragedia de su encarcelamiento, seguida de su temprana muerte.

Conocido por su ingenio mordaz, su vestir extravagante y su brillante conversación, Wilde se convirtió en una de las mayores personalidades de su tiempo. Los temas de la belleza y la decadencia están recogidos en su única novela El retrato de Dorian Grey y entre sus obras de teatro destaca La importancia de llamarse Ernesto.

Declarado culpable de indecencia grave por sus relaciones homosexuales fue encarcelado por dos años. La mujer de Wilde, Constance, rehusó volver a encontrarse con él y le prohibió ver a sus hijos, aunque le siguió mandando dinero y nunca se divorciaron. En prisión, Wilde escribió De Profundis, una larga carta que describe el tormentoso viaje espiritual de sus juicios y su condena. Tras su liberación, partió inmediatamente a Francia y murió indigente en París, a la edad de cuarenta y seis años.

Texto adaptado. El ruiseñor y la rosa

– Dijo que bailaría conmigo si le llevaba una rosa roja -se lamentaba el joven estudiante-, pero ¡no hay una solo rosa roja en todo mi jardín! Y sus bellos ojos se llenaron de llanto.

Desde su nido en la encina, oyóle el ruiseñor. -He aquí, por fin, el verdadero enamorado -dijo-. Su cabellera es oscura y sus labios rojos, pero la pasión lo ha puesto pálido como el marfil y el dolor ha sellado su frente.

-El príncipe da un baile mañana -murmuraba el joven estudiante-. Si le llevo una rosa roja, mi amada bailará conmigo hasta el amanecer; la tendré en mis brazos, reclinará su cabeza sobre mi hombro y su mano estrechará la mía. Pero no hay rosas rojas en mi jardín.

-He aquí el verdadero enamorado –volvió a decir el ruiseñor-. El amor es maravilloso, más bello que las esmeraldas y más raro que los finos ópalos.

-Los músicos estarán en su estrado -musitaba el joven estudiante-. Mi adorada bailará a los sones del arpa y del violín, tan vaporosamente que su pie no tocará el suelo, y los cortesanos la rodearán solícitos; pero conmigo no bailará, porque no tengo rosas rojas. Y dejándose caer en el césped, se cubría la cara con las manos y lloraba.

-¿Por qué llora? -preguntó la lagartija verde, correteando cerca de él.

-Sí, ¿por qué? -decía una mariposa que revoloteaba persiguiendo un rayo de sol.

-Eso digo yo, ¿por qué? -murmuró una margarita a su vecina, con una vocecilla tenue.

-Llora por una rosa roja.

-¿Por una rosa roja? ¡Qué tontería!

Y la lagartija, que era algo cínica, se echó a reír con todas sus ganas. Pero el ruiseñor, que comprendía el secreto de la pena del estudiante, permaneció silencioso en la encina. De pronto desplegó sus alas oscuras y como una sombra atravesó el jardín.

En el centro del prado se levantaba un hermoso rosal y el ruiseñor voló hacia él y se posó sobre una ramita.

-Dame una rosa roja -le gritó -, y te cantaré mis canciones más dulces.

Pero el rosal meneó la cabeza. -Mis rosas son blancas -contestó-, como la espuma del mar, como la nieve de la montaña. Vé al rosal que crece alrededor del viejo reloj de sol.

Entonces el ruiseñor voló al rosal que crecía entorno del viejo reloj de sol.

-Dame una rosa roja -le gritó -, y te cantaré mis canciones más dulces.

Pero el rosal meneó la cabeza. -Mis rosas son amarillas -respondió-, como los cabellos de las sirenas, como el narciso que florece en los prados antes de que llegue el segador con la hoz. Vé al rosal que crece debajo de la ventana del estudiante.

El ruiseñor voló al rosal que crecía debajo de la ventana del estudiante.

-Dame una rosa roja -le gritó-, y te cantaré mis canciones más dulces.

Pero el arbusto meneó la cabeza. -Mis rosas son rojas -respondió-, como las patas de las palomas, como los grandes abanicos de coral; pero el invierno ha helado mis venas, la escarcha ha marchitado mis botones, el huracán ha partido mis ramas, y no tendré más rosas este año.

-¡Solo necesito una rosa roja! -gritó el ruiseñor. ¿No hay medio de conseguirla?

– Hay un medio -respondió el rosal-, pero es terrible. Si necesitas una rosa roja tienes que hacerla con notas de música, al claro de luna y teñirla con sangre de tu propio corazón. Cantarás con el pecho apoyado en mis espinas, durante toda la noche y las espinas atravesarán tu corazón: la sangre de tu vida se convertirá en mi sangre.

-La muerte es un buen precio por una rosa roja -replicó el ruiseñor-. Todo el mundo ama la vida, pero el amor es mejor que la vida. ¿Y qué es el corazón de un pájaro comparado con el de un hombre?

El joven estudiante permanecía tendido sobre el césped.

-Sé feliz -le gritó el ruiseñor-, sé feliz; tendrás tu rosa roja. La crearé con notas de música, al claro de luna y la teñiré con la sangre de mi propio corazón. Lo que te pido, en cambio, es que seas un verdadero enamorado. El estudiante le escuchó, pero no pudo comprender lo que le decía el ruiseñor; sólo entendía las cosas escritas en los libros.

La encina sí comprendió al ruiseñor; y se puso triste, porque lo amaba mucho, pues había construido el nido en sus ramas.

-Cántame la última canción –murmuró la encina-. ¡Me quedaré tan triste cuando te vayas! El ruiseñor cantó para la encina, y su voz era como el agua que ríe en una fuente.

El estudiante oyó la canción, se levantó, y pensó mientras paseaba por la alameda: “El ruiseñor es bello, ¿pero siente? Me temo que no. Como muchos artistas, no se sacrifica por los demás”. Volvió a su habitación, se acostó sobre su jergoncillo, pensó en su adorada y se quedó dormido.

Y cuando la luna brillaba en los cielos, el ruiseñor voló al rosal y colocó su pecho contra las espinas. Y toda la noche cantó con el pecho apoyado sobre las espinas y la fría luna de cristal se detuvo y estuvo escuchando y las espinas penetraron cada vez más en su pecho y la sangre de su vida fluía de su pecho.

Al principio cantó el nacimiento del amor en el corazón de un joven y de una muchacha, y sobre la rama más alta del rosal floreció una rosa maravillosa.

-Apriétate más, ruiseñorcito – decía el rosal-, o llegará el día antes de que la rosa esté terminada.

El ruiseñor se apretó más contra las espinas y su canto fluyó sonoro, porque cantaba el nacimiento de la pasión. Un delicado rubor apareció sobre los pétalos de la rosa, como enrojece la cara de un enamorado que besa los labios de su prometida. Pero las espinas no habían llegado aún al corazón del ruiseñor; por eso el corazón de la rosa seguía blanco.

-Apriétate más, ruiseñorcito -le decía-, o llegará el día antes de que la rosa esté terminada.

El ruiseñor se apretó aún más contra las espinas, y las espinas tocaron su corazón y él sintió en su interior un cruel tormento. Cuanto más amargo era su dolor, más impetuoso salía su canto, porque cantaba el amor sublimado por la muerte, el amor que no termina en la tumba. Y la rosa enrojeció como las rosas de Bengala. Purpúreo era el color de los pétalos y purpúreo como un rubí era su corazón.

Pero la voz del ruiseñor desfalleció. Sus breves alas empezaron a batir y una nube se extendió sobre sus ojos. Su canto se fue debilitando. Algo se le ahogaba en la garganta. Su canto tuvo un último destello. La blanca luna le oyó y olvidándose de la aurora se detuvo en el cielo.

-Mira, mira -gritó el rosal-, ya está terminada la rosa.

El ruiseñor no respondió; muerto sobre las altas hierbas, el corazón traspasado de espinas.

A mediodía el estudiante abrió su ventana. -¡Qué extraña buena suerte! -exclamó-. ¡He aquí una rosa roja! No he visto rosa semejante en toda vida. Es tan bella que estoy seguro de que debe tener en latín un nombre muy enrevesado. E inclinándose, la cogió. Inmediatamente se puso el sombrero y corrió a casa del profesor, llevando en su mano la rosa. La hija del profesor estaba sentada a la puerta. Devanaba seda azul sobre un carrete, con un perrito echado a sus pies.

-Dijiste que bailarías conmigo si te traía una rosa roja -le dijo el estudiante-. He aquí la rosa más roja del mundo. Esta noche la prenderás cerca de tu corazón, y cuando bailemos juntos, ella te dirá cuanto te quiero.

Pero la joven frunció las cejas. -Temo que esta rosa no armonice bien con mi vestido. Además, el sobrino del chambelán me ha enviado varias joyas, y ya se sabe que las joyas cuestan más que las flores.

-¡Ingrata! -exclamó el estudiante lleno de cólera. Y tiró la rosa al arroyo.

Un pesado carro la aplastó.

-Te portas como un grosero -dijo la joven-; y después de todo, ¿qué eres? Un simple estudiante. ¡Bah! No creo que puedas tener nunca hebillas de plata como las del sobrino del chambelán. Y levantándose de su silla, se metió en su casa.

“¡Qué tontería es el amor! -se decía el estudiante a su regreso-, habla siempre de cosas que no sucederán y hace creer a la gente cosas que no son ciertas”.

En su habitación, el estudiante abrió un gran libro polvoriento. Y se puso a leer.