El primer amor

Presentación

El primer amor (1860)

En este bello relato de amor adolescente Iván Turguenev esboza dos temas esenciales de su narrativa: el varón inseguro frente al desenfado de la mujer y la compleja relación de un hijo fascinado por su padre. Ambos temas tendrán un amplio desarrollo en Padres e hijos, la obra maestra del autor.

El primer amor anticipa ese realismo sencillo y desprovisto de artificios que define el estilo de Turguenev. No hay momentos particularmente dramáticos; el torrente emocional del romanticismo -que ya empieza a declinar en Europa- deja aquí paso a los primeros rasgos de un sobrio y matizado estilo realista.

Nota biográfica de Iván Turguenev

Iván Turguenev, considerado el más europeísta de los narradores rusos del siglo XIX, nació en 1818 en Orel (Rusia) y falleció en 1883 en Bougival (cerca de París, Francia). Enfrentado a las autoridades rusas, a partir de 1856 abandonó Rusia para instalarse en Francia y Alemania. Desde 1871 Turguenev vivió en su casa de Bougival, en las proximidades de París  y muy cerca de Pauline Viardot.

La vida y la tarea literaria de Turguenev están unidas a la figura de Pauline Viardot, la enigmática mujer que robó su corazón. Paulina era esposa de Louis Viardot e hjja de los cantantes de ópera españoles Manuel García y Joaquina Sitjes. Pauline Viardot o Paulina García -además de “fea” como la tildan algunos cronistas de la época- era una cantante de talento, compositora, pianista, buena dibujante y fascinante conversadora, políglota, trabajadora, polifacética, enérgica y vigorosa. Por su casa de campo de Courtavenel pululaban habitualmente invitados como Chopin, Rossini, Musset, George Sand, Delacroix, Saint-Saëns, Flaubert, Gounod, o Liszt, que fue profesor suyo de piano y con el que vivió una pasión amorosa imposible y no correspondida. En realidad, Paulina, Louis Viardot e Iván Turguenev formaban un triángulo absolutamente público, viajaban y vivían juntos y se aceptaba tácitamente su condición de adulterio.

El talento de Turgenev y su estrecha relación con los más relevantes artistas y escritores europeos de su época – George Sand, Flaubert, Zola y Henry James- permitieron al escritor convertirse en el avanzado del fecundo período del realismo ruso de finales del siglo XIX.

Texto adaptado. El primer amor

Los invitados ya se habían ido. El reloj dio las doce y media. Sólo quedaban el anfitrión junto a Serguey y Vladimir.

– Cada uno tiene que contar la historia de su primer amor. Le toca a usted, Serguey.

-No tuve un primer amor. Empecé directamente con el segundo. Tenía dieciocho años cuando empecé a cortejar a una señorita encantadora. Pero, a decir verdad, no era la primera vez; a los seis años, por primera y última vez, me enamoré precisamente de mi niñera. Ha pasado mucho tiempo y los detalles se han borrado de mi memoria.

– Pues en mi primer amor tampoco hay nada extraordinario,- tomó la palabra el anfitrión. Antes de conocer a Ana, mi mujer, no estuve enamorado. Todo marchó a las mil maravillas. Nuestros padres concertaron la boda, iniciamos el noviazgo y nos casamos sin dilación. Esta es mi historia en dos palabras. ¿Y usted qué puede contarnos, Vladimir?

– Tened paciencia, contestó después de una pausa Vladimir, hombre de unos cuarenta años, de pelo negro, ya canoso.

Mi primer amor, en efecto, fue poco corriente. Tenía entonces dieciséis años. Era el verano de1833. Mis padres tenían alquilada una dacha para el verano. Mi padre, joven y bien parecido, se había casado con mi madre por interés. Ella era diez años mayor que él y llevaba una vida triste, siempre nerviosa y celosa. Mi padre, en cambio, era un hombre de una tranquilidad digna, seguro de sí, dominante.

En aquella edad, la imagen de la mujer, el fantasma de un amor, casi nunca aparecía en mi mente, pero en todo lo que sentía se escondía el presentimiento de algo nuevo, dulce, femenino; sensación que inundaba mi ser, recorría mis venas y cada gota de mi sangre…

La dacha vecina había sido alquilada por una familia de la baja aristocracia, de la que una joven formaba parte. Yo había alcanzado a verla de perfil entre los arbustos del jardín. En los movimientos de la muchacha había algo tan delicado, exigente, mimoso, burlón y tierno, que casi grité de admiración y placer, y sentí que estaba dispuesto a darlo todo para que esos deditos encantadores acariciasen mi frente. Me descubrió entre las ramas y me habló directamente.

-¿Tiene algo que hacer ahora?- dijo, sin dejar de mirarme.

-No.

-¿Quiere ayudarme a devanar una madeja? Venga conmigo. Y entramos en su casa.

-Escúcheme- dijo ella-. No me conoce todavía. Soy muy rara y quiero que siempre me digan la verdad. Usted, según he oído, tiene dieciséis años y yo tengo veintiuno. Como ve, soy mucho mayor que usted y por eso tiene que decirme siempre la verdad… y obedecerme- añadió-. Míreme, ¿por qué no me mira?

Me azoré aún más, pero levanté la vista hacia ella. Ella sonrió.

-Míreme- dijo, bajando cariñosamente la voz-. No me desagrada que me miren. Me gusta su cara. Presiento que seremos amigos. Y yo, ¿le gusto?- dijo con picardía.

-Princesa…- empecé yo.

-En primer lugar, llámeme Zenaida. Y segundo, ¡vaya una costumbre la de la gente joven de no decir llanamente lo que sienten! Porque yo le gusto, ¿no es así?

-Naturalmente, me gusta

Aprovechando que no levantaba la vista, empecé a mirarla, primero furtivamente, luego cada vez con más confianza. Su rostro me pareció aún más fascinante. ¡Era tan fino, inteligente y hermoso! Estaba sentada de espaldas a la ventana, que tenía echada una cortina blanca. La luz del sol, atravesando la cortina, bañaba con una luz suave sus cabellos abundantes y dorados, su cuello, sus redondeados hombros y el pecho, suave y tranquilo. Empecé a tener la sensación de que la conocía desde hacía mucho tiempo y que antes de conocerla no sabía nada y no había vivido. Llevaba un vestido oscuro, algo gastado, y un delantal. Pienso que hubiese acariciado con gusto cada pliegue de ese vestido y de ese delantal. La punta de los zapatos asomaba debajo de su vestido.

Aquel verano paseaba con frecuencia a caballo con mi padre. Era extraña la influencia que tenía mi padre sobre mí, y extrañas eran nuestras relaciones. No se ocupaba en absoluto de mi educación, pero jamás me criticaba. Respetaba mi libertad hasta tal punto, que era, si se puede decir así, cortés conmigo…, sólo que no accedía a que me acercase a él. Tenía momentos de ternura hacia mí que siempre venían de una manera inesperada. Pero otras cosas le impedían pensar en mí y en la vida familiar. Amaba otra cosa y supo gozar de esa otra cosa plenamente. «Coge todo lo que puedas, pero no te dejes dominar. Ser dueño de uno mismo, ése es el truco de la vida», me dijo una vez.

Yo sufría en ausencia de Zenaida. Mi mente no podía fijarse en nada y todo se me caía de las manos. Durante días enteros pensaba obstinadamente en ella… Sufría… pero en su presencia me sentía más aliviado. Zenaida invitaba a jóvenes de su edad a jugar en el jardín y yo tenía celos, comprendía que era poca cosa para ella, me enfadaba tontamente y tontamente me humillaba. A pesar de todo, una fuerza irresistible me llevaba hacia ella, y cada vez que traspasaba el umbral de su casa sentía una bocanada de felicidad. Zenaida comprendió en seguida que estaba enamorado, y yo no pensé nunca en ocultarlo. Ella se reía de mi pasión, jugaba conmigo, me mimaba y me hacía sufrir.

Estaba delante de mí y me miraba. Y yo le pertenecía todo entero, desde la cabeza hasta los pies, cuando me miraba… En el cuello llevaba una cinta de Zenaida. Ella, jugando, se alejaba y yo gritaba de alegría cuando podía alcanzarla. Hacía conmigo lo que quería.

Un día volví para comer después de un paseo bastante largo. Por la cara de la servidumbre intuí que algo había sucedido. En una disputa terrible entre mis padres, mi madre había acusado a mi padre de infidelidad, y mi padre intentó primero justificarse y luego no se pudo contener y a su vez pronunció no sé qué palabras muy crueles sobre su edad. Mi madre se puso a llorar; y le acusó de relacionarse con la señorita vecina.

No prorrumpí en sollozos, no me dejé llevar por la desesperación, no me pregunté cómo y cuándo pudo ocurrir eso, no me sorprendí. Ni siquiera murmuré de mi padre. Lo que supe era superior a mis fuerzas. Esta súbita revelación me aplastó… Todo había terminado. Mis flores habían sido arrancadas de un tirón, tiradas por el suelo, pisoteadas.

Empezaron los preparativos de regreso a Moscú. Mi padre supo convencer a mi madre para que no armase un escándalo. Yo vagaba como un enajenado y sólo quería una cosa: que terminase todo cuanto antes. ¿Cómo ella, una chica joven, buena y de familia noble después de todo, había podido decidirse a eso, sabiendo que mi padre no era un hombre libre, y pudiendo casarse, si hubiese querido, con cualquiera de sus pretendientes?

No pude resistir más. No podía  marchar sin decirle adiós. Fui a verla.

-Oí su voz – dijo ella- y salí inmediatamente. ¿Tan fácil era abandonarnos niño malo?

-Vine a despedirme, princesa- contesté-. Probablemente, para siempre. Nos vamos.

Zenaida me miró fijamente.

-Sí, lo sé. Gracias por haber venido. Pensaba que ya no lo vería jamás. No me guarde rencor. A veces lo he hecho sufrir, pero no soy como usted se imagina. Se dio la vuelta y se apoyó en la ventana. -De verdad que no soy así. Sé que no tiene buen concepto de mí.

-¿Yo?

-Sí, sí, usted.

-¿Yo?- repetí tristemente y mi corazón empezó a vibrar otra vez bajo la acción de su encanto irresistible e inexpresable-¿Yo? Créame, Zenaida, que haga usted lo que haga, me martirice como me martirice, la querré y la adoraré hasta el fin de mis días.

Ella se volvió hacia mí rápidamente y, extendiendo las manos, abrazó mi cabeza y me dio un beso fuerte y apasionado. Sólo Dios sabe a quién buscaba ese beso largo de despedida, pero participé ávido de su dulzura, porque sabía que no se volvería a repetir: « ¡Adiós, adiós!», repetía. Me apartó y salió de la habitación. También yo me fui, presa de una sensación inexplicable. No quisiera repetir ese sentimiento, pero me consideraría infeliz si no lo hubiese experimentado nunca.

Pasaron unos años. Mi padre había fallecido de un ataque al corazón pocos meses después de que yo entrara en la universidad. Yo acababa de terminar la carrera y todavía no sabía a ciencia cierta a qué puerta iba a llamar. Un día por la tarde vi en el teatro a Maidanov, uno de los jóvenes vecinos de nuestra dacha de veraneo. Ya se había casado; charlamos.

-¿Sabe- dijo, como quien no quiere la cosa- que la señora Dolskiy está aquí?

-¿Qué señora Dolskiy?

-¿Es que no se acuerda? La que fue princesa Zasequin, de la que estábamos enamorados todos, incluso usted. ¿Se acuerda?

Maidanov me dio las señas de Zenaida. Estaba alojada en el hotel Demut. Me prometí visitarla al día siguiente. Pero pasó una semana, luego otra y, cuando al fin me acerqué al hotel Demut y pregunté por la señora de Dolskiy, supe que, inesperadamente, había muerto cuatro días antes, al dar a luz.

Algo me golpeó el corazón. Podía haberla visto y no la vería nunca más. « ¡Ha muerto!», repetía mirando estúpidamente al portero. Me puse a caminar sin rumbo fijo. Todo lo que aquel verano había significado para mí se puso ante mis ojos. ¿Qué se ha cumplido de todo lo que esperé en una época? Ahora, en el umbral de la vida adulta ¿qué otra cosa me queda más querida que los recuerdos de esa tormenta matinal de primavera que tan deprisa pasó?

Una aventura parisiense

Presentación

Una aventura parisiense (1881)

Estamos a finales del siglo XIX. Una respetable madre de familia de provincias lleva una vida tranquila en apariencia, en su hogar, entre un marido muy ocupado y dos hijos a los que cria como mujer irreprochable. Pero su corazón se estremece de curiosidad insatisfecha, de un prurito de lo desconocido. Piensa en París sin cesar y lee ávidamente los periódicos mundanos.

Pretextando un viaje para ver a unos parientes, deja por un tiempo a su marido y a sus hijos para tratar de vivir la aventura de abandonarse en el voluptuoso París.

Este relato pertenece a la época de mayor optimismo creativo de Maupassant, cuando acababa de obtener un gran triunfo con Bola de sebo (Boule de suif, 1880); estaba todavía lejos el período de sus últimos relatos de horror. 

Nota biográfica sobre Guy de Maupassant (1850-1893)

René Albert Guy de Maupassant nace en París en 1850, donde muere a los 43 años, en una clínica psiquiátrica, después de reiterados intentos de suicidio.

Su infancia estuvo presidida por la discordia entre un padre adúltero y una madre neurótica. Su adolescencia conformada por estudios, vagabundeos y borracheras, lecturas y descubrimientos.  En 1876 y merced al padrinazgo de Flaubert, Maupassant comienza a colaborar en diversos periódicos y revistas hasta que se convierte en el escritor de moda, lo que hoy llamaríamos un autor de best-sellers, y sus derechos de autor le proporcionan con el paso de los años una verdadera fortuna.

En el final de su carrera, enfermo de sífilis, una buena cantidad de sus cuentos está inspirada por la idea fija del suicidio, la obsesión de lo invisible, la angustia.

En opinión de los críticos, Maupassant es – sin alcanzar la sutileza de Chejov o Turguenev, o la imaginación de Poe- el mejor de los cuentistas realmente «populares». En sus cuentos naturalistas muestra una aguda capacidad de observación y en sus relatos de horror, escritos hacia la época en que le empezaba a dominar su locura final, fue capaz de recrear las efusiones inquietantes de su estado patológico.

Texto adaptado. Una aventura parisiense

¿Existe en la mujer un sentimiento más agudo que la curiosidad?

Una mujer, cuando su curiosidad se despierta, cometerá locuras, imprudencias, audacias, no retrocederá ante nada. Hablo de las mujeres realmente mujeres, dotadas de ese triple fondo de compartimentos secretos: el primero, de inquietud femenina siempre agitada; el segundo, de astucia coloreada de ingenuidad; el último, por fin, de desenfado encantador, de trapacería exquisita, de deliciosa perfidia, de todas esas perversas cualidades que empujan al suicidio a los amantes crédulos, pero que arroban a los otros.

Aquella cuya aventura quiero contar era una provinciana, vulgar y honesta, hasta entonces. Su vida, tranquila en apariencia, discurría en su hogar, entre un marido muy ocupado y dos hijos a los que criaba como mujer irreprochable. Pero su corazón se estremecía de curiosidad insatisfecha, de un prurito de lo desconocido. Pensaba en París, sin cesar y leía ávidamente los periódicos mundanos.  La descripción de las fiestas, de los vestidos, de los placeres, hacía hervir sus deseos. Desde lejos veía París en una apoteosis de lujo magnífico y corrompido.

Y durante las largas noches de ensueño, acunada por los ronquidos regulares de su marido, pensaba en los hombres famosos que aparecen en la primera página de los periódicos; y se figuraba su vida enloquecedora entre un continuo desenfreno, orgías antiguas tremendamente voluptuosas y refinamientos de sensualidad tan complicados que ni siquiera podía figurárselos.

Se sentía envejecer mientras tanto. Era aún bonita, conservada como una fruta de invierno en un armario cerrado; pero trastornada por ardores secretos. Se preguntaba si moriría sin haber conocido todas esas embriagueces pecaminosas, sin haberse arrojado una vez, una sola vez, por entero, a esa oleada de voluptuosidades parisienses.

Con larga perseverancia preparó un viaje a París, inventó un pretexto, se hizo invitar por unos parientes, y, como su marido no podía acompañarla, partió sola. En cuanto llegó, supo imaginar razones que le permitirían en caso necesario ausentarse más tiempo. Y buscó. Recorrió los bulevares sin ver nada, salvo el vicio errante. Sondeó con la vista los grandes cafés, leyó atentamente los anuncios por palabras de Le Figaro. Y nada la ponía sobre la pista de aquellas grandes orgías de artistas y de actrices; nada le revelaba los templos de aquellos excesos, que se imaginaba cerrados por una palabra mágica como la cueva de Las mil y una noches y esas catacumbas de Roma donde se celebraban secretamente los misterios de una religión perseguida.

Sus parientes, pequeños burgueses, no conocían a ninguno de esos hombres famosos cuyos nombres zumbaban en su cabeza. Desesperada, pensaba ya en volverse, cuando el azar vino en su ayuda. Un día, bajando por la Chausée d’Antin, se detuvo a contemplar una tienda de antigüedades japonesas. Examinaba los graciosos marfiles grotescos, los grandes jarrones de esmaltes llameantes, los bronces raros, cuando oyó, en el interior de la tienda, al dueño, que, con muchas reverencias, mostraba a un hombrecito grueso, calvo y de barba gris un enorme monigote ventrudo, pieza única según decía.

Y a cada frase del comerciante el nombre del comprador, un nombre célebre, resonaba como un toque de clarín. Los otros clientes, jóvenes señoras, elegantes caballeros, contemplaban con una ojeada furtiva y rápida al renombrado escritor, quien, por su parte, miraba detenidamente la figura de porcelana.  Eran tan feos el uno como la otra, feos como dos hermanos salidos del mismo seno.

  • A usted, monsieur Jean Varin, decía el comerciante, se lo dejaría en mil francos. Para todo el mundo sería mil quinientos francos; pero aprecio a mi clientela de artistas y le hago precios especiales. Ayer, el señor Busnach me compró una gran copa antigua; el otro día vendí dos candelabros como estos -bonitos, ¿verdad?- a Alejandro Dumas. Mire, esa pieza que usted tiene, señor Varin, estaría ya vendida si la hubiera visto el señor Zola.

El escritor vacilaba, perplejo, tentado por el objeto, pero calculando la suma. Ella había entrado temblando, con la vista clavada descaradamente sobre él, y ni siquiera se preguntaba si era guapo, elegante o joven. Era Jean Varin en persona, ¡Jean Varin! Tras una dolorosa vacilación, él dejó la figura sobre una mesa:

  • Demasiado caro, dijo.
  • ¡Oh, monsieur Varin! ¿demasiado caro? ¡Vale muy a gusto dos mil francos!.
  • No digo que no; pero es demasiado caro para mí, respondió el escritor.

Entonces ella, asaltada por una enloquecida audacia, se adelantó:

  • Para mí, dijo, ¿cuánto vale este hombrecillo?

El comerciante, sorprendido, replicó:

  • Mil quinientos francos, señora.
  • Me lo quedo.

El escritor, que hasta entonces ni se había fijado en ella, se volvió bruscamente, y la miró de pies a cabeza como un buen observador, con los ojos un poco cerrados; después, como un experto, la examinó en detalle. Estaba encantadora, animada, iluminada de pronto por aquella llama que hasta entonces dormía en ella. Y, además, una mujer que compra una chuchería por mil quinientos francos no es una cualquiera. Ella tuvo entonces un movimiento de arrobadora delicadeza; y, volviéndose hacia él, con voz temblorosa:

  • Perdón, caballero; acaso usted no había dicho su última palabra.
  • La había dicho, señora.
  • En fin, caballero, hoy o más adelante, si decide cambiar de opinión, este objeto es suyo. Yo lo compré sólo porque le había gustado a usted.
  • ¿Cómo? ¿Me conoce?
  • Para seguir la conversación, él se había acodado en un mueble y, clavando en ella sus ojos agudos, intentaba descifrarla. Los clientes asistían a la charla y ella se estremecía de placer al ser vista así, en íntima conversación con un ilustre. Embriagada, tuvo una audacia suprema, como los generales que van a emprender el asalto:
  • Entonces ella, apasionada y elocuente, le habló de su admiración, le citó sus obras.
  • Caballero, dijo, hágame un favor, un grandísimo favor. Permítame que le ofrezca este recuerdo de una mujer que lo admira apasionadamente y a quien usted ha visto apenas diez minutos.

Él se negó. Ella insistía. Se resistió, divertido, riéndose de buena gana. Ella, obstinada:

  • ¡Bueno! Voy a llevárselo a su casa ahora mismo; ¿dónde vive usted?
  • Él se negó a dar su dirección; pero ella, preguntándosela al comerciante, la supo y, una vez pagada su adquisición, escapó hacia un coche de punto. El escritor corrió para alcanzarla, sin querer exponerse a recibir aquel regalo, que no sabría a quién devolver. Se reunió con ella cuando saltaba al coche, y se lanzó, casi cayendo sobre ella.  Por mucho que rogó, que insistió, ella se mostró intratable. Cuando llegaban delante de la puerta, puso sus condiciones:
  • Accederé, dijo ella, a no dejarle este regalo, si usted cumple hoy todos mis deseos. ¿Qué suele hacer usted a esta hora?, preguntó.
  • Doy un paseo, respondió el escritor.
  • Entonces, ¡al Bois de Boulogne!, ordenó ella, con voz resuelta.

Se pusieron en marcha. Ella exigió que le hablara de todas las mujeres conocidas de París, sobre todo de las más descaradas, con detalles íntimos sobre ellas, sus vidas, sus hábitos sus pisos, sus vicios. Atardeció.

  • ¿Qué hace usted todos los días a esta hora?
  • Tomo un ajenjo.
  • Entonces, caballero, vamos a tomar un ajenjo.

Entraron en un gran café del bulevar que él frecuentaba, donde encontró a unos colegas. Se los presentó a todos. Ella estaba loca de alegría. Y en su cabeza sonaban sin cesar estas palabras: « ¡Al fin! ¡al fin! ». Pasaba el tiempo, y ella preguntó:

  • ¿Es su hora de cenar?
  • Sí, señora.
  • Pues entonces, vamos a cenar.

Cenaron en el café Bignon.

  • ¿Qué hace usted por la noche?, ella le había mirado fijamente.
  • Depende: a veces voy al teatro.
  • Pues bien, caballero vamos al teatro.

Entraron en el Vaudeville, gratis, gracias a él, y, gloria suprema, toda la sala la vio a su lado, sentada en una butaca de palco. Terminada la representación, él le besó galantemente la mano:

  • Sólo me queda, señora, agradecerle el delicioso día…
  • A esta hora, ¿qué hace usted todas las noches?, lo interrumpió ella.
  • Pues…, pues.., vuelvo a casa.
  • Pues bien, caballero…, volvamos a casa, rio ella, con una risa trémula.

No hablaron. Ella se estremecía, temblorosa de pies a cabeza, con ganas de huir y de quedarse, y, en lo más hondo de su corazón, con una voluntad firme de llegar hasta el final. En la escalera, se aferraba al pasamanos, tan viva era su emoción; él subía delante, sin resuello, con una cerilla en la mano. En cuanto estuvo en el dormitorio, ella se desnudó a toda prisa y se metió en la cama sin pronunciar una palabra; y esperó, acurrucada contra la pared. Pero ella era tan simple como puede serlo la esposa legítima de un notario de provincias, y él más exigente que un bajá de tres colas.

No se entendieron en absoluto.

Entonces él se durmió. La noche transcurrió, turbada solamente por el tictac del reloj, y ella, inmóvil, bajo los rayos amarillos de un farol chino miraba, consternada, a su lado, a aquel hombrecillo, de espaldas, rechoncho, cuyo vientre de bola levantaba la sábana como un globo de gas. Roncaba con un ruido de tubo de órgano, con resoplidos prolongados, con cómicos estrangulamientos. Sus veinte cabellos aprovechaban aquel reposo para levantarse extrañamente, cansados de su prolongada fijeza sobre aquel cráneo desnudo cuyos estragos debían velar. Y un hilillo de saliva corría por una comisura de su boca entreabierta.

La aurora deslizó por fin un poco de luz entre las cortinas corridas. Ella se levantó, se vistió sin hacer ruido y ya había abierto a medias la puerta cuando rechinó la cerradura y él se despertó restregándose los ojos. Se quedó unos segundos sin recobrar enteramente los sentidos, y después, cuando recordó su aventura, preguntó:

  • ¿Se marcha usted?
  • Pues sí, ya es de día, balbuceó en pie, confusa.
  • Veamos, dijo incorporándose, tengo, a mi vez, algo que preguntarle. Me tiene usted muy extrañado. Sea franca, confiéseme por qué ha hecho todo esto.
  • Ella se acercó despacio, ruborizada como una virgen: Quise conocer…, el… vicio…, y, bueno… y, bueno, no es muy divertido.

Y escapó, bajó la escalera y se lanzó a la calle.

El ejército de los barrenderos barría. Barrían las aceras, los adoquines, empujando toda la basura al arroyo. Y le parecía que también en ella acababan de barrer algo, de empujar al arroyo, a la cloaca, sus ensueños. Regresó a casa, sin resuello, helada, guardando sólo en la cabeza la sensación de aquel movimiento de las escobas que limpiaban las calles de París por la mañana.

Y, en cuanto estuvo en su habitación, sollozó.

Los cuatro dolores

Presentación

Los cuatro dolores (segunda mitad del siglo XII)

Los “lais” son relatos breves nacidos hacia finales del siglo XII en el mundo fantástico de Bretaña, cuyo tema central es el amor cortés en el marco de un universo maravilloso.

Los cuatro dolores es uno de estos lais escritos por María de Francia. La historia tiene lugar en Nantes (Bretaña), al norte de Francia. Allí una dama “de gran valía, belleza y educación” era requerida continuadamente de amor por cuatro nobles caballeros. En la historia se cuenta que los caballeros “eran todos de tanto valer, que no se podía escoger al mejor. No quiso la dama perder a los tres por uno: les ponía buena cara a todos, les daba prendas de amor, les enviaba mensajes…”.

Y también se nos cuenta que la dama “a los cuatro amó y retuvo…”.

Nota bibliográfica sobre María de Francia (segunda mitad del siglo XII)

Mª de Francia es una escritora muy poco conocida que a finales del s XII, escribe una colección de doce “lais”, narraciones ambientadas en el mundo maravilloso de Bretaña, que cuentan historias sobre el amor cortés, la fidelidad al amor -aunque no al marido-, la fidelidad entre el rey y sus caballeros, la fuerza de la sangre y la recompensa del bien. Los «lais» como género y, en particular, esta colección de María de Francia, desde su aparición alrededor de 1200, tuvieron un rápido éxito y numerosos imitadores a lo largo de varios siglos.

Casi nada se sabe de María de Francia. Cabe suponer que vivió en la segunda mitad del siglo XII y que vivió algún tiempo en Inglaterra. Aparece como autora de tres obras entre 1150 y 1200, cuando pocas mujeres se dedicaban a la literatura. Su obra mas conocida es  los Lais, que, ademas de la popularidad que tuvieron en su época, está mereciendo un creciente interés tanto por los especialistas como por el gran público.

Texto adaptado. Los cuatro dolores

Me han entrado ganas de recordar un “lai” [los “lais” son relatos breves de amor cortés nacidos en el mundo fantástico de Bretaña] del que oí hablar. Os contaré lo ocurrido y os nombraré la ciudad en la que ocurrió y cómo a este lai unos El pobrecillo le decían, aunque hay muchos que lo llamaban Los cuatro dolores.

En Bretaña, en Nantes, habitaba una dama de gran valía, belleza y educación y con todo tipo de virtudes. No había caballero en la tierra, que con verla una vez no se enamorara de ella y la requiriera de amor. Ella no podía amar a todos, pero tampoco los quería hacer morir. La dama está agradecida a su enamorado por su buena voluntad, y aunque no quiere prestarle atención tampoco le recrimina sus palabras, sino que lo honra y estima y le agradece y da las gracias.

En Bretaña había cuatro nobles, aunque no sé cómo se llamaban; no eran demasiado mayores, y eran de gran belleza, caballeros nobles y valientes, generosos, corteses y liberales. Eran de gran fama, hombres gentiles del país. Los cuatro estaban enamorados de la dama y se esforzaban en obrar bien; por ella y por obtener su amor cada uno de ellos hacía todo lo que podía. La requerían y buscaban su afecto, y ninguno de ellos pensaba que cualquiera de los otros lo hiciera mejor. La dama era muy sensata: lo demoró y fue pensando para saber y averiguar cuál de ellos sería mejor de amar. Eran todos de tanto valer, que no se podía escoger al mejor. No quiso perder a los tres por uno: les ponía buena cara a todos, les daba prendas de amor, les enviaba mensajes. Los unos lo sabían de los otros, pero ninguno podía alejarse: mediante buenos servicios y ruegos creían poder lograr sus propósitos. Cuando se reunían los caballeros, todos querían ser el primero en obrar bien, si podía ser, para agradar a la dama. Todos la tenían por amiga y cuando participaban en un torneo todos llevaban sus prendas, anillos o estandartes y todos gritaban su nombre.

La dama a los cuatro amó y a los cuatro retuvo.

Hasta que, después de una Pascua, se convocó un torneo ante la ciudad de Nantes, al que  acudieron desde otras tierras caballeros franceses, normandos, flamencos y brabanzones, boloñeses, angevinos y los que eran vecinos más próximos; todos acudieron con gusto: ¡mucho tiempo habían esperado!

La dama estaba en una torre, bien distinguía a los suyos y a los otros; veía a los cuatro enamorados que militaban en el mismo bando y que se sabían valer bien. No sabía a cuál de ellos apreciar más. Comenzó el torneo, crecieron las filas, espesó mucho. Delante de la puerta muchas veces se enfrentaron en aquel día. Los cuatro enamorados lo hacían bien, de tal forma que tenían el reconocimiento de todos, hasta que llegó la hora de vísperas, cuando debían separarse. Demasiado alocadamente los caballeros se alejaron de su gente y lo pagaron caro: les atacaron de costado y los cuatro cayeron, tres de ellos fueron muertos y el cuarto malherido y maltrecho, en la entrepierna y en el cuerpo, de tal forma que la lanza aparecía por el otro lado.

Los que los han herido de muerte han arrojado al suelo los escudos; están muy tristes por ellos: lo hicieron sin saber. Se levanta el clamor y los gritos, nunca se oyó duelo semejante. Cada uno de los enamorados fue colocado encima de su escudo; los llevan a la ciudad, ante la dama que los amaba. Cuando ella supo lo ocurrido, cae desmayada en la dura tierra. Al volver del desmayo, se lamenta sobre cada uno de ellos llamándolo por su nombre.

-Desdichada -exclama-, ¿qué voy a hacer? Nunca volveré a estar contenta. Amaba a estos cuatro caballeros y a cada uno de ellos lo quería por sí mismo. Grandes virtudes había en ellos. Me querían sobre todas las cosas. Por su belleza, por su valor, por su atrevimiento, por su generosidad hice que me amaran. No quise perderlos a todos por tomar a uno de ellos. No sé a cuál debo lamentar más, pero no puedo ocultarme ni fingir: veo a uno herido, otros tres están muertos, no hay nada en el mundo que me pueda consolar. Haré que entierren a los muertos y, si el herido sobrevive, con gusto me ocuparé de él y le procuraré un buen médico.

Los hace llevar a sus habitaciones. Y luego ordenó que se ocuparan de los otros. Con gran amor y noblemente los vistió y con gran riqueza; en una abadía muy rica hizo una gran ofrenda y ricas donaciones, allí donde fueron enterrados. ¡Dios les tenga compasión! Luego, llamó a sabios médicos, y los puso al servicio del caballero que en su habitación yace herido, de tal forma que se cura [para los estudiosos no queda del todo claro el tipo de herida del caballero, pero el contexto permite deducir que la herida dejara maltrechos sus órganos sexuales].

Un día de verano, después de comer, estaba la dama hablando con el caballero; con tristeza se pone a pensar. Él la contempla y con delicadeza le dice:

-Señora, estáis afligida. ¿Qué pensáis? Decídmelo. Abandonad vuestro dolor, deberíais consolaros.

-Amigo -le contesta-, estaba acordándome de vuestros compañeros. Nunca una dama de mi situación, por muy bella, discreta y valiosa que fuera, había amado a la vez a cuatro iguales, y tampoco los perdió en un mismo día a todos salvo a vos, que fuisteis herido; gran miedo de morir tuvisteis. Y como a los cuatro he amado tanto, quiero que se recuerde mi dolor; de los cuatro haré un “lai” y lo llamaré Los cuatro dolores.

-Señora -el caballero respondió- llamad a vuestro lai El pobrecillo. Os quiero explicar por qué. Los otros hace tiempo que murieron y han vivido ya toda su vida, y ha terminado la gran pena que sufrían por el amor que hacia vos tenían; pero yo que he escapado vivo, pobre y desdichado de mí, veo con frecuencia que viene y se va lo que más amo en el mundo, que habla conmigo por la mañana y por la tarde, pero no puedo tener ninguna alegría, ni besarla ni abrazarla, ni ningún otro gozo más que hablarle. Cien veces tal dolor me hacéis sufrir, preferiría tener la muerte. Por eso el lai sería llamado por mí El pobrecillo.

-Por mi fe -le contesta ella-, me parece bien; lo llamaremos El pobrecillo.

Y así empezó el lai al que unos llaman Los cuatro dolores, y otros El pobrecillo; cualquiera de los nombres le va bien, pues la materia lo permite.

Aquí termina, no hay más, pues ni oí ni sé más, ni más os contaré.

Verochka

Presentación

Verochka (1887)

Ognev se está despidiendo de Verochka, la joven hija de Kutnesov en cuya casa se ha alojado durante los días en que ha trabajado elaborando estadísticas.

Verochka es descrita de la siguiente manera:

…de apariencia triste, ataviada con desaliño, muy atractiva, Las muchachas que sueñan mucho… suelen vestir con descuido. A las que la naturaleza ha dotado de gusto y del instinto de la belleza esa ligera negligencia en el atuendo les infunde un encanto singular”.

Ognev, recordando más tarde a la bonita Vérochka, no se la podía imaginar sin su amplia chaquetilla que formaba profundos pliegues junto al talle y sin embargo no lo rozaba; sin su rizo, escapado del alto peinado y colgado sobre la frente; sin aquel chal rojo con pompones de lana en los bordes, que por las noches pendía tristemente del hombro de Vérochka, mientras que de día estaba tirado en el vestíbulo, junto con los sombreros masculinos, o bien en el comedor sobre un baúl donde dormía, sin ceremonias, la vieja gata.

Y, sin embargo, cuando Verochka declara su amor a Ognev, éste queda confuso, confusión que se transforma en miedo. Ognev jamás se unirá con Verochka.

Nota biográfica sobre Anton Chejov (1860-1904)

Autor teatral y narrador ruso (1860-1904), de familia modesta, estudió en Moscú medicina, profesión que ejerció esporádicamente. Desde muy joven se dedicó a la literatura destacando la delicadeza de sus obras teatrales – La gaviota, Tio Vania, El jardín de los cerezos – y  la maestría y sentido del humor de sus relatos breves, entre los que sobresalen: La mujer del perrito, El maestro de literatura, Ariadna, Verochka y otros muchos.

Para muchos especialistas Chéjov es el primer autor universal del cuento de tipo realista y su obra se sigue reeditando con regularidad.

Texto adaptado. Verochka

Ognev recuerda cómo aquella noche de agosto salió al patio. En una mano tenía un gran atado de libros y cuadernos, en la otra, un grueso y nudoso bastón. En la habitación, cerca de la puerta, iluminándole el camino con la lámpara, quedaba de pie el dueño de la casa, Kuznetsov, un viejo calvo de larga barba canosa que sonreía afablemente e inclinaba la cabeza.

-¡Adiós, amigo, y gracias una vez más! -dijo Ognev-. Gracias por sus atenciones. Tanto usted como su hija y toda la gente es aquí bondadosa, alegre y atenta. Por causa de la emoción y bajo la influencia del licor casero que acababa de beber, Ognev hablaba con cantarina voz de seminarista.  Me acostumbré a esta casa como un perro -prosiguió Ognev-. Pero lo fundamental que yo agradezco, señor Kuznetsov, es su colaboración y su ayuda. Si no fuera por usted, yo hubiera tenido que trabajar en mis estadísticas por lo menos hasta octubre.¡La estadística tiene un brillante futuro! Trasmítale a Vera Gavrílovna mi profunda reverencia.¡Y ahora, amigo mío, venga el último abrazo!.

El emocionado Ognev besó una vez más al anciano y comenzó a bajar la escalera. En el último peldaño se volvió y preguntó: -¿Nos volveremos a ver algún día? -¡Vaya uno a saberlo! -respondió el viejo-. Probablemente nunca. -Es verdad. A usted, ni aun regalándole roscas se le podrá convencer para que vaya a Petersburgo; y en cuanto a mí, es difícil que yo venga a parar otra vez a este distrito. ¡Bueno, adiós!.

Ognev se alejaba de la casa. Animado por el vino, estaba alegre, cálido y, al mismo tiempo, triste. Era de lamentar que esos encuentros con gente buena no dejaran más que unos recuerdos. Las personas, con sus rostros y con sus palabras, pasan fugaces por nuestra vida y se sumergen en el pasado, sin dejar más que unas leves huellas en la memoria. Residiendo en el distrito de N a partir del comienzo de la primavera y visitando casi todos los días la hospitalaria casa de los Kuznetsov, Iván Alekséich Ognev se habituó al viejo, a su hija y a la servidumbre; llegó a conocer todos los detalles de la finca, la terraza, las alamedas. Pero ahora  atravesará la portezuela del jardín y todo ello se convertirá en un recuerdo. En uno o dos años estas queridas imágenes se tornarán opacas en la mente, igualadas a las invenciones y los frutos de la fantasía. «¡Nada en la vida es más valioso que la gente! -pensaba Ognev, enternecido-. ¡Nada!».

El jardín estaba quieto y tibio. Olía a reseda, a tabaco y a heliotropo. Entre los arbustos y los troncos de los árboles se palpaba una niebla, transparente y suave, impregnada de luz lunar. Una sombra oscura se separó de la baja empalizada y se dirigió hacia Ognev.

-¡Vera Gavrilovna! -se alegro él-. ¿Usted por aquí? La estuve buscando por todas partes; quería despedirme… ¡Adiós, me voy!

-¿Tan temprano? No son más que las once.

-Es hora de que me vaya. Tengo que caminar cinco verstas y luego debo todavía hacer mi equipaje. Mañana hay que levantarse temprano.

Ante Ognev estaba la hija de Kuznetsov, Vera, una joven de 21 años, habitualmente triste, que vestía con cierta interesante negligencia. Las jóvenes que sueñan mucho, que pasan días enteros recostadas perezosamente leyendo todo lo que cae en sus manos, y que se sienten aburridas y tristes, suelen vestirse con negligencia. A las que poseen el don natural del gusto y el instinto de la belleza, esa leve negligencia en el vestir les otorga un encanto especial. Ognev, recordando más tarde a Vérochka, no se la podía imaginar sin su amplia chaquetilla que formaba profundos pliegues junto al talle y sin embargo no lo rozaba; sin su rizo, escapado del alto peinado y colgado sobre la frente; sin aquel chal rojo con pompones en los bordes, que por las noches pendía tristemente del hombro de Vérochka, mientras que de día estaba tirado en el vestíbulo, junto con los sombreros masculinos, o bien en el comedor sobre un baúl donde dormía, sin ceremonias, la vieja gata. Este chal y los pliegues de la chaquetilla exhalaban un soplo de desperezada libertad. Quizá porque Vera agradase a Ognev, éste, en cada botón y en cada volante sabía leer algo cálido, confortable, algo bueno y poético, es decir, todo aquello de lo que carecen las mujeres desposeídas del sentido de la belleza.

Vérochka era esbelta; tenía un perfil regular y hermoso cabello ondulado. A Ognev, quien no había visto en su vida muchas mujeres, le parecía una beldad.

-¡Me voy! -se despedía de ella junto a la portezuela-. ¡No me guarde rencor! ¡Gracias por todo!.

Con la misma voz cantarina de seminarista con la que había hablado con el anciano, parpadeando y moviendo los hombros, se puso a dar las gracias a Vera por las atenciones recibidas.

-En cada carta escribía a mi madre acerca de usted -le decía-. ¡Toda esta gente es magnífica! Son personas sencillas, cordiales, sinceras.

-¿Para dónde parte usted ahora? -preguntó Vera.

-Ahora iré a ver a mi madre, en Orel; luego volveré a mi trabajo, en Petersburgo.

-¿Y luego?

-¿Luego? Trabajaré en invierno, y en primavera viajaré a alguna provincia para reunir datos. Bueno, le deseo muchas felicidades y que viva cien años… No me guarde rencor. No nos veremos más…

Ognev se inclinó y besó la mano de Vérochka. Luego, después de una silenciosa emoción,  dijo:

-¡Cuánta niebla!

-¿No olvida usted nada en nuestra casa?

-¿Qué cosa podría ser? Parece que nada…

Ognev calló unos segundos más, luego se volvió torpemente hacia la puerta y salió del jardín. -Espere, lo acompañaré hasta nuestro bosque -dijo Vera, saliendo tras él.

Marcharon por el camino. Los árboles dejaban ver el cielo y la lejanía. Como cubierta por un velo, toda la naturaleza se escondía tras una bruma transparente. Se veía el camino hasta el bosque, con oscuras zanjas a sus costados y con pequeños arbustos que no dejaban a los jirones de niebla vagar libremente. A poca distancia se extendía la oscura franja del bosque que pertenecía a Kuznetsov.

Ognev, después de mirar el perfil de Vera, sonrió afable y dijo:

-Con un tiempo tan hermoso uno no tiene ganas de partir. ¿Sabe, Vera? Ya van veintinueve años que vivo en este mundo y en toda mi vida no hubo una sola historia romántica, de modo que las citas, las alamedas de suspiros y de besos son cosas que yo conozco sólo de nombre.

-¿Y por qué le fue así?

-No lo sé. Probablemente porque nunca he tenido tiempo o, quizá, porque no tuve oportunidad de encontrarme con mujeres que… En general, tengo pocos conocidos y no voy a ninguna parte. Caminaron en silencio. Ognev miraba de vez en cuando la cabeza descubierta y el chal de Vérochka, y en su mente renacían, uno tras otro, los días de esta primavera y este verano en los que, lejos de su grisáceo cuarto de Petersburgo, había gozado de las atenciones de tan buena gente. Recordaba cómo al llegar en una mañana de abril se alojó en el hospedaje de  Riabugin, donde por veinte kopeks diarios le dieron una habitación soleada, limpia, con la condición de que fumara afuera. Habiendo averiguado quién era el presidente de la Dirección Rural del distrito, se dirigió sin tardanza a la casa de Gavril Petróvich Kuznetsov. Esperando un recibimiento seco y oficial, entró a la casa de Kuznetsov con cierta timidez. Al principio el viejo arrugaba la frente sin entender para qué el joven necesitaba de la Dirección Rural, pero cuando Ognev se hubo explayado acerca de los datos estadísticos y la manera de reunirlos, Kuznetsov se animó y con una curiosidad infantil se puso a ojear sus cuadernos. El mismo día, por la noche, Ognev ya estaba cenando en casa de Kuznetsov, embriagado por el fuerte licor casero y contemplando los tranquilos rostros y los pausados ademanes de sus nuevos conocidos, que, entretanto, lo miraban, con benévola curiosidad y le preguntaban si sus padres vivían, cuánto ganaba por mes, si iba al teatro con frecuencia o no.

Ognev recordaba sus viajes por la región, la pesca, la excursión al monasterio femenino, donde la madre superiora regaló a cada visitante un monedero de abalorios; recordó las interminables y acaloradas discusiones, puramente rusas, en las que los hombres no se entienden y se interrumpen, se contradicen, cambian el tema y, después de discutir dos o tres horas, se echan a reír.

A veinte pasos del bosque, había un estrecho puentecillo, con puntales en las esquinas que siempre servía a los Kuznetsov y a sus huéspedes como una pequeña estación durante sus paseos nocturnos.

-Sentémonos un poco -dijo Vera, sentándose en uno de los puntales-; antes de la partida, al despedirse, generalmente todo el mundo se sienta en este puente.

Ognev se acomodó junto a ella sobre su atado de libros. Vera jadeaba a causa de la caminata y no miraba a Iván Alekséich sino hacia el otro lado, de modo que él no veía su cara. -Y si, de repente, al cabo de unos diez años nos encontrásemos -decía él-, ¿cómo seremos entonces? Usted será una madre de familia, y yo autor de una inútil compilación de estadísticas. No nos acordaremos más de la fecha ni del mes ni siquiera del año en que nos vimos por última vez en este puente. Usted, quizás, cambie… ¿Cambiará usted?

Vera se estremeció y volvió el rostro hacia él.

-¿Cómo? -preguntó Vera.

-Le preguntaba si…

-Perdone, no sé lo que usted me decía.

Sólo en ese momento Ognev observó el cambio ocurrido en Vera. Estaba pálida, jadeaba, y el temblor de su respiración se comunicaba a sus manos, a sus labios y a su cabeza, y de su peinado escapaba hacia la frente no un mechón, como siempre, sino dos. Parecía evitar mirar a los ojos y, tratando de ocultar su emoción, se arreglaba el cuello o pasaba su chal rojo de un hombro al otro. -Parece que tiene frío -dijo Ognev-. No le hace muy bien eso de estar sentada en la niebla. Vera callaba.

-¿Qué tiene? -sonrió Iván Alekséich-. Usted calla. ¿No se siente bien o está enfadada?

Vera se volvió hacia Ognev.

-Es una situación terrible… -susurró con una expresión de dolor en la cara-. ¡Terrible! -¿Por qué terrible? -preguntó Ognev sin ocultar su sorpresa-. ¿De qué se trata?

Con la respiración entrecortada aún, Vera le volvió la espalda, miró medio minuto al cielo y dijo:

-Tengo que hablar con usted, Iván Alekséich Ognev.

-La escucho.

-A usted le parece extraño… puede ser que se sorprenda, pero me da lo mismo…

Ognev volvió a encogerse de hombros y se dispuso a escuchar.

-Es que… -comenzó diciendo Vérochka, inclinando la cabeza y sobando con los dedos el pompón del chal-. Vea, lo que yo quería decirle… A usted le parecerá extraño y tonto, pero… no puedo más. Las palabras de Vera se convirtieron en un balbuceo que terminó en llanto. La joven se cubrió la cara con el chal, se inclinó más y rompió a llorar con amargura. Ognev tosió, confundido y sorprendido, y, sin saber qué decir ni qué hacer, miró en su derredor con expresión de desesperanza. -Bueno, bueno… -balbució, desconcertado-. Vera Gavrílovna, ¿para qué sirve eso, se puede saber?  ¿está… enferma? ¿está ofendida? Dígamelo; puede ser que yo… este… a lo mejor, podré ayudarla…

Cuando, al tratar de consolarla, él se permitió separar cuidadosamente las manos de ella de la cara, Vera le sonrió a través de las lágrimas y dijo: -Yo… ¡Yo lo amo!.

Eran palabras simples y corrientes, dichas en lenguaje sencillo y cercano, pero Ognev, muy confundido, se apartó de Vera, se levantó y, tras la confusión, sintió miedo. El triste y sentimental estado de ánimo que le habían producido la despedida y el licor, desapareció de golpe, cediendo lugar a una aguda sensación de molestia. Como si el alma se le hubiera dado vuelta, miraba a Vera de reojo, y ella, que después de su declaración amorosa se había despojado de la inabordabilidad que tanto adorna a la mujer, le parecía ahora más baja de estatura, más simple, más oscura.

«¿Qué es esto? -pensó con terror para sus adentros-. Y yo, pues… ¿la amo o no?»

Vera entretanto, después de haber dicho lo principal y lo más difícil, respiraba ya libremente, sin ninguna dificultad. Mirándolo, se puso a hablar rápidamente, de manera cálida e incontenible.

Así como la persona asustada de golpe no puede más tarde recordar en qué orden sucedieron los sonidos de la catástrofe que lo ha aturdido, Ognev no recordaba las palabras de Vera. Recordaba su voz, como apagada, algo ronca a causa de la emoción y el extraordinario apasionamiento. Llorando, riendo, dejando brillar las lágrimas en sus pestañas, Vera le contaba que desde los primeros días él la había impresionado por su originalidad, su inteligencia, sus bondadosos ojos, sus propósitos e ideales en la vida; que había empezado a amarlo profundamente, con pasión y con locura; que cuando, en verano, al pasar frente al jardín a la casa, veía en el vestíbulo su capa o, desde lejos, oía su voz, el corazón se le llenaba de un fresco y estremecedor presentimiento de dicha; sus bromas, aunque insignificantes, la hacían reír a carcajadas; en cada cifra de sus cuadernos se le aparecía algo excepcionalmente sagaz y grandioso, su bastón nudoso era para ella más hermoso que los árboles.

Pero en el alma de Ognev ocurría algo penoso y extraño… Al declararle su amor, Vera estaba seductoramente bella; también sus palabras fluían bellas y apasionadas, pero él no experimentaba el goce ni la alegría de vivir como le hubiera gustado, sino tan sólo un sentimiento de piedad hacia Vera, el dolor y la compasión por haber hecho sufrir a una buena persona. Dios sabe si era su mente libresca la que había alzado su voz o bien se había hecho sentir su irresistible hábito de objetividad que tan a menudo impide vivir a la gente; lo cierto es que el entusiasmo y el sufrimiento de Vera le parecían exagerados y poco serios. Y, enojado, se culpaba a sí mismo, aunque sin entender en qué consistía su culpa. Para colmo de su confusión, decididamente no sabía qué decir, pero era indispensable decir algo. No tenía fuerzas para decir directamente «no la amo», pero tampoco podía decir «sí», ya que, por más que hurgara, no encontraba en su alma ni siquiera una chispa de aliento.

Y Vera, mientras él callaba, aseguraba que su mayor felicidad era verlo, seguirlo a donde él quisiera, ir, ser su mujer y ayudante y que se moriría de pena si se marchaba sin ella… -¡No puedo quedarme aquí! -dijo, retorciéndose las manos-. Estoy harta de la casa, del bosque y de este aire. No soporto la continua calma y una vida sin objetivo. Aquí todos son cordiales y benévolos porque están satisfechos, no sufren, no luchan. Y yo, precisamente, quiero vivir en grandes casas húmedas, donde la gente sufre agobiada por el trabajo y la miseria.

A Ognev todo le parecía exagerado y falto de seriedad. No sabía qué decir, pero resultaba imposible seguir callado y balbuceó: -Le estoy agradecido, Vera Gavrílovna, aunque sé que no merezco un… sentimiento de esa índole… de su parte. Como hombre honesto debo decir que… la felicidad se basa en el equilibrio, es decir, cuando ambas partes… se aman de la misma manera… Ognev se sintió avergonzado de su balbuceo y se calló. Sintió que la expresión de su cara en ese momento era estúpida, culpable y vulgar, y al mismo tiempo tensa y forzada. Vera seguramente supo leer la verdad en su rostro, ya que de repente se puso seria, palideció y bajó la cabeza. Se volvió bruscamente y se dirigió hacia la casa. Ognev la siguió. -¡No, no! -dijo Vera, haciendo un ademán-, no me acompañe, iré sola. -Imposible… Tengo que acompañarla.

Todo lo que decía Ognev, le parecía a él mismo repugnante y anodino. La culpabilidad crecía en él a cada paso y maldecía su frialdad y su torpeza para conducirse con las mujeres. Tratando de animarse a sí mismo, miraba la bella figura de Vérochka, su trenza, sus palabras y sus lágrimas, pero todo ello no lograba sino enternecerlo, sin excitar su alma. «¡Ah, al fin y al cabo, uno no puede amar a la fuerza! -trataba de convencerse a sí mismo, pero al mismo tiempo pensaba-: ¿Y cuándo amaré, sin que sea a la fuerza? Tengo ya casi treinta años. Nunca he encontrado mujeres que fuesen mejores que Vera ni las voy a encontrar… ¡Oh, maldita vejez! ¡Vejez a los treinta años!»

Vera caminaba cada vez más de prisa, sin mirar hacia atrás y con la cabeza baja. A Ognev le parecía que ella se habla encogido de pena y que sus hombros se habían vuelto más estrechos. «¡Me imagino lo que acontece ahora en su alma! -pensaba, mirándole la espalda-. ¡Sentiría una vergüenza y un dolor como para morirse! ¡soy un estúpido, un necio!»

Juntó a la portezuela del jardín Vera le dirigió una fugaz mirada y, encorvándose y cubriéndose con el chal, se fue alejando de prisa por la alameda. Ognev se quedó solo. Regresando lentamente hacia el bosque se detenía a cada rato y se volvía para mirar la puertecilla del jardín. Buscaba con los ojos las huellas de los pies de Vérochka en el camino y no podía creer que la joven que tanto le gustaba acababa de declararle su amor y que él la había «rechazado» con tanta torpeza. Le torturaba la conciencia. Al desaparecer Vera en el jardín le pareció haber perdido algo muy caro, intimo, que no volvería a encontrar más. Sintió que junto con Vera se le escurría una parte de su juventud y que los minutos que acababa de vivir de manera tan infructuosa no se repetirían jamás.

Al llegar hasta el puente se detuvo. Deseaba encontrar la causa de su extraña frialdad. Le resultaba claro que aquélla no se hallaba fuera sino dentro de él. Con sinceridad se confesó a sí mismo que no era una frialdad mental, ni tampoco la frialdad de un ególatra, sino simplemente la incapacidad de percibir con hondura la belleza, era la vejez prematura, adquirida mediante la educación, la lucha desordenada por ganarse el pan y la hotelera vida de soltero. Bajó del puentecillo y desganadamente, entró en el bosque. Allí, donde en las negras y espesas tinieblas la luz de la luna formaba nítidas manchas, sintió un apasionado deseo de recobrar lo perdido.

Ognev recuerda haber desandado el camino con la imagen de Vera en su imaginación y caminar de prisa hacia el jardín. La niebla había desaparecido y Ognev recuerda sus pasos cuidadosos, las oscuras ventanas, el espeso aroma de heliotropo y de reseda. El conocido Karo, meneando amigablemente la cola, era el único ser viviente que lo vio dar dos vueltas alrededor de la casa, detenerse junto ventana de Vera y, con un ademán resignado y un hondo suspiro, salir del jardín.

Una hora después ya estaba en el pueblo y, fatigado, casi desfalleciente, golpeaba con el aldabón. En alguna parte un perro se puso a ladrar, y, como en respuesta a sus golpes, el sereno de la iglesia hizo sonar su barra de hierro. Una vez en su habitación, Ognev se sentó en la cama y se quedó mirando largamente la llamita de la bujía; luego sacudió la cabeza y comenzó a hacer su equipaje.