Más allá de la muerte

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Nota bibliográfica a propósito del sufismo y los Cuentos sufíes

En RelatABA ya fue incluido un relato de origen sufí. Se trata de UNA PARÁBOLA SUFÍ, atribuido a Ibn Arabi (Murcia, 1165; Damasco 1240) místico sufí, filósofo, poeta, viajero y sabio musulmán andalusí. Dado que ahora incluimos un segundo relato de origen sufí, parece oportuno dar una breve orientación a propósito de el sufismo y los Cuentos sufíes.

El sufismo es una práctica surgida de la religión islámica y orientada hacia la reflexión mística.  El sufismo es una búsqueda de la sabiduría y sugiere que  las gentes de todas las religiones y procedencias pueden vivir juntas en paz y armonía. El sufismo es tan antiguo como la propia religión islámica de la que se nutre y ha tenido distintas escuelas de practicantes en su larga historia. En España hay diversos grupos que se reclaman de la práctica sufí, localizados principalmente en Andalucía y Extremadura.

Los Cuentos sufíes han sido una de las formas en que el sufismo se ha extendido como una fuente de enseñanza tradicional. Uno de los autores de cuentos más reconocido es Rumi, poeta, místico y sabio del siglo XIII, autor del “Masnavi” o “Matnawi”, obra que recoge centenares de cuentos y se puede encontrar traducida al español.

Amor constante más allá de la muerte

Francisco de Quevedo

Un soneto – de los más conocidos- de Francisco de Quevedo (1580-1645) recoge el lamento del alma que muere y abandona su cuerpo. Pero este cuerpo sin alma, estas cenizas, este polvo no están muertos, siguen enamorados.

Habla el alma, en la última estrofa del soneto:

su cuerpo dejará, no su cuidado;

serán ceniza, más tendrán sentido,

polvo serán, mas polvo enamorado.

Texto adaptado. Más allá de la muerte. Cuento tradicional sufí

Este cuento sufí – de los muchos que a los seguidores del sufismo les sirven para reflexionar sobre la religión islámica – recoge el tema del amor más allá de la muerte.

Aquella muchacha tenía tres pretendientes, pero era incapaz de decidirse por uno. Y un buen día enfermó y murió rápidamente. Los tres pretendientes quedaron desolados y cada uno lloró la pérdida de la muchacha a su manera. El primero no abandonó el cementerio ni de día ni de noche y dormía junto a la tumba de su amada; el segundo echó a andar por el mundo y se convirtió en un faquir, un hombre sabio; el tercero dedicó todo su tiempo a consolar al entristecido padre de la joven.

Pasó algún tiempo y un día, el segundo pretendiente, el faquir, a lo largo de sus viajes conoció un hechizo mágico y secreto que devolvía a los muertos a la vida. Se apresuró a llegar a su pueblo, fue al cementerio y pronunció el mágico encantamiento para permitir que la muchacha volviera a la vida y saliera de su tumba. Apareció tan bella como siempre había sido y volvió a casa de su padre.

Allí los pretendientes iniciaron una discusión para decidir cuál de los tres tenía más méritos para quedarse con su mano. El primero dijo que no había abandonado su tumba un solo instante, por lo que su pena era más pura que la de los demás; el segundo, el faquir, recordó que había sido él quien adquirió el saber necesario para traer a la muchacha de más allá de la muerte; el tercero habló del consuelo y apoyo que había prestado al padre y que hacía posible la felicidad que ahora disfrutaban.

La muchacha escuchaba a cada uno con atención. Al acabar se dirigió a los tres:

-Tú, que descubriste el encantamiento, has sido sabio y generoso; tú, que cuidaste de mi padre y le diste consuelo, has actuado como un buen hijo. Tú, sin embargo, que has permanecido junto a mi tumba, tú has sido mi verdadero amante. Contigo quiero vivir.

Minicuentos

Presentación

Minicuentos

Nota biográfica sobre Augusto Monterroso

Augusto Monterroso nació en Honduras (1921) y falleció en Ciudad de México (2003). Como escritor es considerado como uno de los maestros del relato breve.

En 1997 Guatemala le otorgó el Premio Nacional de Literatura “Miguel Ángel Asturias”. En 2000 en España le fue concedido el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en reconocimiento a toda su carrera.​ En las palabras del jurado: «su obra narrativa y ensayística constituye todo un universo literario de extraordinaria riqueza ética y estética, del que cabría destacar un cervantino y melancólico sentido del humor. (…) Su obra narrativa ha transformado el relato breve».

Su composición Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí ha sido considerada el microrrelato más breve de la literatura universal. Se ha incluido en una docena de antologías y se ha traducido a varios idiomas, además de tener una edición crítica de Lauro Zavala titulada El dinosaurio anotado.​ Con razón, Monterroso aseveró sobre este micro-relato que “sus interpretaciones eran tan infinitas como el universo mismo”.

Texto adaptado. Minicuentos

Los enanos

Los enanos tienen una especie de sexto sentido que les permite reconocerse a primera vista.

El dinosaurio

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

“Nulla dies sine linea”

-Envejezco mal -dijo; y se murió.

Fecundidad

Hoy me siento bien, un Balzac; estoy terminando esta línea.

La oveja negra

En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue fusilada. Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.

Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.

La tela de Penélope o quién engaña a quién

Hace muchos años vivía en Grecia un hombre llamado Ulises (quien a pesar de ser bastante sabio era muy astuto), casado con Penélope, mujer bella y singularmente dotada cuyo único defecto era su desmedida afición a tejer, costumbre gracias a la cual pudo pasar sola largas temporadas.

Dice la leyenda que en cada ocasión en que Ulises con su astucia observaba que a pesar de sus prohibiciones ella se disponía una vez más a iniciar uno de sus interminables tejidos, se le podía ver por las noches preparando a hurtadillas sus botas y una buena barca, hasta que sin decirle nada se iba a recorrer el mundo y a buscarse a sí mismo.

De esta manera ella conseguía mantenerlo alejado mientras coqueteaba con sus pretendientes, haciéndoles creer que tejía mientras Ulises viajaba y no que Ulises viajaba mientras ella tejía, como pudo haber imaginado Homero, que, como se sabe, a veces dormía y no se daba cuenta de nada.

El grillo maestro

Allá en tiempos muy remotos, un día de los más calurosos del invierno, el Director de la Escuela entró sorpresivamente al aula en que el Grillo daba a los Grillitos su clase sobre el arte de cantar, precisamente en el momento de la exposición en que les explicaba que la voz del Grillo era la mejor y la más bella entre todas las voces, pues se producía mediante el adecuado frotamiento de las alas contra los costados, en tanto que los pájaros cantaban tan mal porque se empeñaban en hacerlo con la garganta, evidentemente el órgano del cuerpo humano menos indicado para emitir sonidos dulces y armoniosos.

Al escuchar aquello, el Director, que era un Grillo muy viejo y muy sabio, asintió varias veces con la cabeza y se retiró, satisfecho de que en la Escuela todo siguiera como en sus tiempos.

El zorro es más sabio

Un día que el Zorro estaba muy aburrido y hasta cierto punto melancólico y sin dinero, decidió convertirse en escritor, cosa a la cual se dedicó inmediatamente, pues odiaba ese tipo de personas que dice voy a hacer esto o lo otro y nunca lo hacen.

Su primer libro resultó muy bueno, un éxito; todo el mundo lo aplaudió, y pronto fue traducido (a veces no muy bien) a los más diversos idiomas. El segundo fue todavía mejor que el primero, y varios profesores norteamericanos de lo más granado del mundo académico de aquellos remotos días lo comentaron con entusiasmo y aun escribieron libros sobre los libros que hablaban de los libros del Zorro. Desde ese momento el Zorro se dio con razón satisfecho, y pasaron los años y no publicaba otra cosa. Pero los demás empezaron a murmurar y a repetir “¿Qué pasa con el Zorro?”, y cuando lo encontraban en los cócteles puntualmente se le acercaban a decirle tiene usted que publicar más.

-Pero si ya he publicado dos libros -respondía él con cansancio.

-Y muy buenos -le contestaban-; por eso mismo tiene usted que publicar otro.

El Zorro no lo decía, pero pensaba: “En realidad lo que estos quieren es que yo publique un libro malo; pero como soy el Zorro, no lo voy a hacer.”

Y no lo hizo.

La mosca que soñaba que era un águila

Había una vez una Mosca que todas las noches soñaba que era un Águila y que se encontraba volando por los Alpes y por los Andes.

En los primeros momentos esto la volvía loca de felicidad; pero pasado un tiempo le causaba una sensación de angustia, pues hallaba las alas demasiado grandes, el cuerpo demasiado pesado, el pico demasiado duro y las garras demasiado fuertes; bueno, que todo ese gran aparato le impedía posarse a gusto sobre los ricos pasteles o sobre las inmundicias humanas, así como sufrir a conciencia dándose topes contra los vidrios de su cuarto. En realidad no quería andar en las grandes alturas o en los espacios libres, ni mucho menos.

Pero cuando volvía en sí lamentaba con toda el alma no ser un Águila para remontar montañas, y se sentía tristísima de ser una Mosca, y por eso volaba tanto, y estaba tan inquieta, y daba tantas vueltas, hasta que lentamente, por la noche, volvía a poner las sienes en la almohada.

Filemón y Baucis

Presentación

Filemón y Baucis (aprox. 10 dC)

Nota biográfica de Ovidio

Publio Ovidio Nasón (Sulmona, 43 aC – Tomis, actualmente Constanza, en Rumanía 17 dC) fue un poeta romano.

A la muerte de su padre, Ovidio heredó sus propiedades y pudo vivir sin preocupaciones, viajando a diferentes lugares como Atenas, Asia Menor y Sicilia, donde completó sus estudios, dedicándose ya plenamente a la poesía. Además de por su poesía erótica recogida particularmente en Arte de amar, Ovidio sigue siendo recordado por Las metamorfosis, epopeya en quince volúmenes que recoge gran parte de la mitología grecorromana. La obra, que se conserva casi íntegra, no sólo ha sido una gran fuente de inspiración para autores posteriores, sino que ha dado a los estudiosos un material único sobre mitología clásica.

Hoy traemos a RelatABA un breve relato – Filemón y Baucis- con el que este mes de julio queremos sumarnos al “Día de los abuelos”. Extraído de Las Metamorfosis descubre el talento de Ovidio para describir con emoción las pequeñas cosas de la vida, desde las hojas de menta con que la pareja de ancianos limpia y perfuma la mesa para sus visitantes hasta la delicadeza de sus sentimientos recíprocos.

Este delicado relato es una muestra de cómo Ovidio contribuye a la creación y sostenimiento de los poderosos mitos grecorromanos, de los que nuestra civilización sigue nutriéndose todavía.

Texto adaptado. Filemón y Baucis

(leyenda recogida en La Metamorfosis)

Baucis, la anciana esposa de Filemón, recibió en su modesta casa a Júpiter y su hijo Mercurio, los cuales, ataviados como caminantes y después de un largo camino, no habían sido acogidos en ninguna de las casas de la aldea.

La anciana removió las brasas del hogar, reavivó el fuego con hojas y cortezas e hizo nacer las llamas soplando con su débil aliento; partió unos trozos de leña y ramas secas, las colocó bajo un pequeño caldero y cortó después las hojas de un repollo que su esposo Filemón había recogido en el huerto. Éste, a su vez, alcanzó con una horca un lomo de cerdo curado y añejo que colgaba de una viga, cortó unas lonchas y las echó en el agua hirviendo.

Y mientras entretenían con su charla la espera, llenaron de agua caliente una artesa de madera y lavaron los pies polvorientos de los caminantes.

Baucis puso la mesa con movimientos temblorosos. Y como de las tres patas de la mesa una era más corta, para nivelarla colocó un pedazo de barro cocido y después la limpió con verdes hojas de menta. Sirvieron aceitunas, otoñales cerezas de cornejo, aliñadas con salsa y achicoria silvestre; rábanos y queso, y huevos levemente volteados sobre brasas, todo ello en cacharros de barro. Trajeron después un recipiente grande de barro y vasos de madera recubiertos en su interior de rubia cera. La espera fue corta: del hogar llegaron las viandas calientes y también trajeron vino no muy añejo que, apartado un poco de lado, dejó paso a los postres. Ahora fueron nueces, higos secos mezclados con arrugados dátiles, ciruelas y manzanas perfumadas y cestos de uvas recogidas de rojas vides, y, en medio, un blanco panal de dulce miel.

A todo esto había que añadir sus rostros amables y su trato solícito y generoso.

Mientras tanto, vieron que el recipiente del que habían bebido varias veces se volvió a llenar misteriosamente y el vino aumentó por sí solo.  Baucis y Filemón musitaron plegarias y pidieron perdón por la pobreza de los alimentos y del servicio.

Solo tenían un ganso, guardián de la minúscula casa, y pensaron sacrificarlo para los huéspedes, pero el animal corrió veloz aleteando, burló la persecución de los ancianos y al fin se refugió junto a los caminantes. Estos les prohibieron matarlo y dijeron:

– Somos dioses y esta comarca impía sufrirá el castigo que se merece, pero vosotros os salvaréis. Seguid nuestros pasos hasta la cumbre de la montaña.

Obedecieron y, precedidos por los dioses, avanzaron lentamente apoyados en sus bastones, frenados por el peso de los años y fatigados por la interminable cuesta. Cuando estaban  a un tiro de flechade la cumbre volvieron atrás la mirada: todo estaba anegado bajo las aguas de un pantano, solo quedaba su casa. Mientras lloraban la suerte de sus vecinos, su vieja y pequeña choza se transformó en un hermoso templo. Las columnas sustituyeron a los postes, la paja se volvió amarilla, convertida en un tejado de oro, las puertas aparecieron esculpidas y el suelo de mármol.

Y entonces Júpiter dijo:

  • Venerables ancianos, decid ahora, qué deseáis.

Baucis y Filemón se miraron. Tras consultar brevemente entre ellos, Filemón respondió:

  • Queremos ser vuestros sacerdotes y cuidar el templo. Y que la misma hora nos lleve a los dos; que no vea yo nunca la tumba de mi esposa, ni tenga ella que enterrarme a mí.

La petición fue atendida y mientras tuvieron vida fueron los guardianes del templo.

Luego, ya debilitados por la edad, cuando se encontraban un día ante los sagrados peldaños del templo, vio Baucis que a Filemón le salían ramas y hojas, y el anciano Filemón vio también cubrirse de ramas y hojas a Baucis. Y mientras las copas de los dos árboles crecían sobre sus rostros, siguieron hablándose el uno al otro y se decían: “Adiós, esposa; adiós, esposo” y, al mismo tiempo, la corteza recubrió y ocultó sus bocas.

La madre: Madreagua, Magüí, La Llorona, Madremonte

Presentación

La madre. Madreagua, Magüí, La Llorona, Madremonte (1400-1600)

RelatABA se suma al Día de la Madre.

Pero, habida cuenta de las numerosas formas de acercarse a la figura de “La madre”, hemos intentado ofrecer una perspectiva algo diferente: ¿cómo se ve a la madre en las leyendas de los países centroamericanos?

Estas breves leyendas de Colombia, Cuba, México, Costa Rica nos ofrecen una rica visión de los innumerables matices que la figura materna evoca en todas las culturas, en todas las épocas, en todos los continentes. Aquí se advierte el carácter poderoso, mágico, seductor, pero -por ello mismo- inquietante, de la figura materna. Por encima de todo, el amor, la pasión por los hijos, pasión que hace de la madre un mito de poder y resistencia.

Siga leyendo estas pocas páginas de La madre en las leyendas americanas: Madreagua, Maguí, La Llorona, Madremonte (1400-1600). Leyendas anónimas precolombinas y de la época del descubrimiento.

Textos adaptados. Leyendas anónimas precolombinas y de la conquista.

La madre. Madreagua, Magüí, La Llorona, Madremonte (1400-1600)

Madreagua (Colombia)

La Madre de Agua o Madreagua es un mito folclórico en la zona de los ríos de Antioquia, Tolima y el Magdalena Medio, en Colombia. Aparece como una mujer joven muy bella, de cabellos de oro y ojos de color azul; con una mirada penetrante y con una fuerza hipnótica de atracción. Es una verdadera ninfa de las aguas, que deja rastros azules en dirección contraria a la que sigue.

Los campesinos creen que la Madre de Agua es una bella joven española que se enamoró de un apuesto joven indígena, con quien tuvo un niño. Cuando el padre de la joven tuvo conocimiento del amaño indígena-hispánico, hizo ahogar al niño frente a sus padres, y, ante la bella española, mató al amante indígena. Con la mirada perdida, Madreagua busca a su joven amante indio y al hijo que fuera arrojado a la corriente por el abuelo español, que nunca aprobó su amor por el aborigen.

La Madre de Agua busca a los niños, los llama con ternura y los atrae con dulzura y amor maternal. Pero esta fuerte atracción preocupa a las familias. Los niños hechizados por Madreagua sueñan con la bella madre rubia que los adora y la llaman con frecuencia. Cuando están cerca del río, los niños escuchan su voz y la siguen tirándose a las aguas con gran peligro.
Magüí (Cuba)

La Madre de agua, o Magüí, es una mítica criatura presente en el folklore de Cuba. Las diversas leyendas cubanas pintan a la Madre de aguas como una gigantesca serpiente majá muy grande y ancha con el grosor exacto de una palmera, que, además, poseería dos protuberancias en la región frontal como cuernos, y escamas tan gruesas y distribuidas inversamente a como se presentan en el resto de las serpientes majaes, lo que hace que ni las balas le entren en su cuerpo.

Se dice que habitarían en ríos y lagunas que nunca se secarían mientras una de ellas viva allí. Además vivirían centenares de años y todo aquel que trate de matarlas o capturarlas, morirá. También se dice que es un temible animal que cuando está hambriento sería capaz de poder engullirse un ternero completo sin problemas.

La Llorona (México, Costa Rica, Centroamérica)

Las leyendas de La Llorona son un conjunto de múltiples historias que se han contado en estas tierras nuevas desde antes de que los españoles llegaran. Se dice que es el espectro o figura fantasmal más popular de Costa Rica, pero se puede afirmar que lo es de Latinoamérica.

Su historia se remonta a la época precolombina, no sabemos cuántos años antes del arribo europeo. Entre los purépechas de Michoacán (México) es Auicanime, La Necesitada, diosa del hambre; Xtabay es el nombre que le dan los mayas lacandones, una mujer hermosa que se aparece por los caminos y mata a los hombres que intentan amarla; Xonaxi Queculla se manifestaba por senderos solitarios para robar el alma de los zapotecos y llevárselos al inframundo.

Bernardino de Sahagún, fraile franciscano que vivió en la Nueva España en la época de la conquista de México, recoge en sus obras un pasaje que narra la aparición de una mujer vestida de blanco, que lanza grandes voces y brama sobre las aguas del lago Texcoco, llorando por sus hijos. La llama Chocacíhuatl (“chokar”, llanto, “cihuatl”, mujer), literalmente, “Llorona” en el lenguaje náhuatl de los antiguos habitantes del valle de México. Es la primera de las cihuateteos, las mujeres guerreras que han muerto al dar a luz y que los aztecas veneran cuales diosas. Y en la noche previa al arribo de los conquistadores, por todas las calles de Tenochtitlan se escuchó el gemido de una mujer vestida de blanco, con el pelo negro alborotado, que bajó corriendo por la calle Tacuba hasta el lago, y allí desapareció, gritando desesperada “Ay mis hijos, ay mis hijos…”. Es el sexto presagio de la caída del Imperio Azteca.

Después de la conquista de México, el espectro de esta mujer siguió apareciéndose por las calles de la capital novohispana, descendiendo hasta la Plaza Mayor, donde descansaba el Templo Mayor a Huitzilopochtli, dios de la guerra, hasta el lago Texcoco, donde se desvanecía. Algún hecho de sangre ocurrió en el México colonial, que los españoles comenzaron a contar que era el alma en pena de una mujer que, por un amor no correspondido, había matado a sus hijos ahogándolos en el lago.

Es a este espíritu al que le canta Chavela Vargas aquélla que dice:

“Ay de mí, Llorona, Llorona,
Llorona llévame al río,
Tápame con tu rebozo, Llorona,
Porque me muero de frío.”

Madremonte (Colombia y Sudamérica)

Los campesinos y leñadores que la han visto, dicen que es una señora corpulenta, elegante, vestida de hojas frescas y musgo verde, con un sombrero cubierto de hojas y plumas verdes. No se le puede apreciar el rostro oculto por un sombrero. Hay mucha gente que conoce sus gritos o bramidos en noches oscuras y de tempestad peligrosa. Vive en sitios enmarañados, con árboles frondosos, alejada del ruido de la civilización y en los bosques cálidos, con animales dañinos. Los campesinos cuentan que cuando la Madremonte se baña en las cabeceras de los ríos, estos se enturbian y se desbordan, causan inundaciones, borrascas fuertes, que ocasionan daños espantosos.

La Madremonte castiga a los que invaden sus terrenos y pelean por linderos; a los perjuros, a los perversos, a los esposos infieles y a los vagabundos. Maldice con plagas los ganados de los propietarios que usurpan terrenos ajenos o cortan los alambrados de los colindantes. A los que andan en malos pasos, les hace ver una montaña inasequible e impenetrable, o una maraña de juncos o de arbustos difíciles de dar paso, borrándoles el camino y sintiendo un mareo del que no se despiertan sino después de unas horas, convenciéndose de no haber sido más que una alucinación, una vez que el camino que han trasegado ha sido el mismo.

El mito es conocido en Brasil, Argentina y Paraguay con nombres como: Madreselva, Fantasma del monte y Madre de los cerros. Dicen que para librarse de las acometidas de la Madremonte es conveniente ir fumando un tabaco o con un bejuco de adorote amarrado a la cintura. Es también conveniente llevar pepas de cavalonga en el bolsillo o una vara recién cortada de cordoncillo de guayacán; sirve asimismo, para el caso, portar escapularios y medallas benditas o ir rezando la oración de San Isidro Labrador, abogado de los montes y de los aserríos.

Ocho mujeres

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Ocho mujeres

El ocho de marzo de 2017, Día de la Mujer traemos ocho retratos femeninos de ocho autores importantes.

Unos breves retratos, apenas unas palabras, de estos grandes narradores nos ayudan a entender mejor el universo de la mujer. Chaucer, Cervantes, Voltaire, Turguenev, Pedro Antonio de Alarcón, Maupassant, Chejov, Torrente Ballester – alguno de cuyos cuentos ya han aparecido en nuestro blog- nos deleitan, nos hacen pensar, nos emocionan.

Ocho mujeres

Textos adaptados. Breves retratos femeninos, a lo largo de seiscientos años

Esta entrega de RelatABA pretende ser una contribución de nuestro blog al Día de la Mujer, en marzo de 2017. Se recogen ocho brevísimos retratos que de la mujer se han hecho en la literatura occidental a lo largo de seiscientos años. Alguna de estas descripciones ya ha sido recogida en los cuentos aparecidos en nuestro blog.

CHAUCER. La Comadre de Bath, personaje de los Cuentos de Canterbury (1385)

Los Cuentos de Canterbury es el relato del viaje de un grupo de peregrinos desde Londres a Canterbury, para visitar los restos de Santo Tomás Beckett. Cada noche uno de los los peregrinos narraba un cuento. Uno de los cuentos es narrado por una Comadre, nacida en Bath, que había tenido cinco matrimonios y  cinco maridos y que es así descrita:

Ninguna mujer osaba adelantársele cuando se dirigía al ofertorio. Su rostro era bello; su expresión, altanera, y su talante, gracioso.

En este divertido cuento se descifran “las tres cosas que más desean la mujeres”:
Lo que más desean las mujeres: ejercer la autoridad, tanto sobre sus esposos como sobre sus amantes y tener poder sobre ellos; éste es su mayor deseo. Lo que más desean, en segundo lugar: que se fijen en ellas y se elogien sus aderezos y su belleza. Lo que más odian: que se les recuerden sus defectos.

CERVANTES. Marcela, personaje de Don Quijote (1605)

Marcela, personaje de Cervantes, era hija de Guillermo el Rico y, al fallecer éste, heredó su fortuna. Marcela creció con belleza; cuando llegó a la edad de catorce a quince años nadie que la miraba no bendecía a Dios que tan hermosa la había criado. Pero Marcela prefirió irse al campo en compañía de otras zagalas guardando sus cabras. Con estos desdenes se dice que provocó la muerte de un celoso enamorado, Grisóstomo; y Marcela se defendía diciendo:

Yo nací libre, y para poder vivir escogí la soledad de los campos: los árboles destas montañas son mi compañía, las claras aguas destos arroyos mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosuras. Fuego soy apartado y espada puesta lejos.

Yo, como sabéis, tengo riquezas propias y no codicio las ajenas; tengo libre condición y no gusto de sujetarme; ni quiero ni aborrezco a nadie; no engaño a éste, ni solicito aquél, ni burlo con uno ni me entretengo con el otro. La conversación honesta de las zagalas destas aldeas y el cuidado de mis cabras me entretiene; tienen mis deseos por término estas montañas, y si de aquí salen es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma a su morada primera.

Y en diciendo esto, sin querer oír respuesta alguna, volvió las espaldas y se entró por lo más cerrado de un monte que allí cerca estaba, dejando admirados, tanto de su discreción como de su hermosura, a todos los que allí estaban.

VOLTAIREAlmona, personaje de Zadig (1747)

El pecho de Almona, sus ojos negros rasgados que brillaban suavemente de amoroso fuego, sus mejillas – púrpura animada con la más cándida leche-, su nariz delicada, sus labios -dos hilos de coral que ensartaban las más bellas perlas de Arabia-, todo, en fin, persuadió al viejo de que había vuelto a sus veinte años.

TURGENEV. Zenaida, personaje de El primer amor (1860)

La dacha vecina había sido alquilada por una familia de la baja aristocracia, de la que una joven formaba parte. Yo había alcanzado a verla de perfil entre los arbustos del jardín. En los movimientos de la muchacha había algo tan delicado, exigente, mimoso, burlón y tierno, que casi grité de admiración y placer, y sentí que estaba dispuesto a darlo todo para que esos deditos encantadores acariciasen mi frente.

PEDRO ANTONIO DE ALARCÓN. La Comendadora, personaje del cuento del mismo nombre (1868)

en un ángulo del salón –desde donde podía verse el cielo, las copas de los árboles y los rojizos torreones de la Alhambra, pero donde no podía ser vista más que por los pájaros que revoloteaban sobre el Darro-, inmóvil, con la mirada perdida en el infinito azul de la atmósfera y pasando lentamente las cuentas de un larguísimo rosario, estaba sentada una monja, una Comendadora de Santiago, como de treinta años, con unas sencillas ropas de aspecto seglar.

Vestía de negro, con un gran pañuelo de hilo blanco cerrado hasta el cuello. No llevaba manto ni toca, lo que dejaba ver un negro y abundantísimo pelo recogido con un lazo en la nuca. Aquella mujer resultaba hermosísima; el desaliño de su vestido dejaba en libertad su natural gracia. Alta, recia, esbelta y armónica, el ropaje de lana, pegado a su cuerpo, revelaba más que cubría, la traza clásica de sus espléndidas proporciones. Remataba esta soberana figura un rostro moreno, algo descarnado, oval, de una palidez intensa, que contrastaba con dos profundas ojeras, lívidas, llenas de misteriosas tristezas.

MAUPASSANT. Una honesta mujer de provincias, personaje de Una aventura parisiense  (1881)

¿Existe en la mujer un sentimiento más agudo que la curiosidad?
Una mujer, cuando su curiosidad se despierta, cometerá locuras, imprudencias, audacias, no retrocederá ante nada. Hablo de las mujeres realmente mujeres, dotadas de ese triple fondo de compartimentos secretos: el primero, de inquietud femenina siempre agitada; el segundo, de astucia coloreada de ingenuidad; el último, por fin, de desenfado encantador, de trapacería exquisita, de deliciosa perfidia, de todas esas perversas cualidades que empujan al suicidio a los amantes crédulos, pero que arroban a los otros.

CHEJOV. Vera, personaje de Vérochka (1887)

Ante Ognev estaba la hija de Kuznetsov, Vera, una joven de 21 años, habitualmente triste.

Las jóvenes que sueñan mucho, que pasan días enteros recostadas perezosamente leyendo todo lo que cae en sus manos, y que se sienten aburridas y tristes, suelen vestirse con negligencia. A las que poseen el don natural del gusto y el instinto de la belleza, esa leve negligencia en el vestir les otorga un encanto especial. Vérochka era esbelta; tenía un perfil regular y hermoso cabello ondulado. A Ognev, quien no había visto en su vida muchas mujeres, le parecía una beldad.

Ognev, recordando más tarde a Vérochka, no se la podía imaginar sin su amplia chaquetilla que formaba profundos pliegues junto al talle y sin embargo no lo rozaba; sin su rizo, escapado del alto peinado y colgado sobre la frente; sin aquel chal rojo con pompones en los bordes, que por las noches pendía tristemente del hombro de Vérochka, mientras que de día estaba tirado en el vestíbulo, junto con los sombreros masculinos, o bien en el comedor sobre un baúl donde dormía, sin ceremonias, la vieja gata. Este chal y los pliegues de la chaquetilla exhalaban un soplo de desperezada libertad.

GONZALO TORRENTE BALLESTER. Miguela y Chuco, personajes de La Miguela (1944)

Miguela era su compañía. Los tratos quedaron hechos antes de partir para el servicio. Ella tenía por su madre una casita de un solo cuarto y cocina; él, un campo para maíz y viñedo. Ella labraría el campo y con lo que Chuco pudiese ahorrar en la Armada, comprarían el ajuar.

Se casaron el día de la Virgen, una boda sencilla, con Antonia la Galana y el viejo Cabeiro como padrinos. Se cuenta que tardaron mucho en acostarse; hay quien los vio a medianoche asomados a la ventana, en silencio, mirando al mar.

Solución

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Solución (1891)

Una mujer madura está dando un amable paseo por las calles de la primavera madrileña, hace más de cien años. Este breve relato de Pardo Bazán nos obsequia con una aguda – y muy actual- reflexión sobre la madurez en mujeres y hombres.

Nota biográfica sobre Emilia Pardo Bazán (1851-1921)

Emilia Pardo Bazán (La Coruña 1851, Madrid 1921), condesa de Pardo Bazán, fue una novelista, periodista, ensayista, crítica literaria, poetisa, traductora, editora, catedrática y conferenciante española. Precursora de los derechos de las mujeres y el feminismo, reivindicó y tuvo una importante actuación pública en defensa de la instrucción de la mujer.

Fue rechazada por tres veces (1889, 1892 y 1912) por la Real Academia Española, pese a ser la primera mujer en presidir la sección de literatura del Ateneo de Madrid (1906), la primera catedrática de literatura en la Universidad Central de Madrid (1916), además de ser nombrada (1910) Consejera de Instrucción Pública por Alfonso XIII.

Pardo Bazán, al margen de su apasionada vida social, fue una autora infatigable. Introductora del naturalismo en España, su obra evolucionó desde el realismo y el naturalismo hacia un mayor espiritualismo. Ello se observa en sus cerca de cincuenta novelas – Los Pazos de Ulloa (1886) es quizá la más reconocida- y en sus más de quinientos cuentos y relatos, recogidos en diversas publicaciones a lo largo de diez años largos (1888-1899).

Texto adaptado. Solución

Más fijo que el sol.

A las tres de la tarde en invierno y a las cinco en verano paseaba Paquita Llerena hacia el Retiro, llevando sujeto por un cordón de seda roja a Mosquito, su perro grifón, pequeño como un juguete. El animalillo era una preciosidad: sus sedas, gris acero, se acortinaban revueltas sobre su hociquín, negro y brillante; y sus ojos, enormes, parecían dos uvas maduras. Cuando Mosquito se cansaba, Paquita le cogía en brazos.

Solterona, y bien avenida con su libertad, Paquita solo se tomaba molestias por el bichejo. Lo lavaba, lo espulgaba, lo jabonaba y lo perfumaba; le servía su comida especial, crema de huevo, bolitas de arroz; le limpiaba la dentadura, con oralina y cepillo. De noche, en diciembre, saltaba de la cama, descalza, para ver dormir al tontorrón sobre almohadón de pluma, bajo una manta microscópica de raso.

Una esplenderosa tarde de abril, domingo, subiendo por la acera atestada de la calle de Alcalá, Paquita notó una sensación extraña, como si acabase de quedarse sola entre el gentío. Antes de tener tiempo de darse cuenta de lo que le sucedía, se cruzó con un conocido, don Santos Comares de la Puente, funcionario en el Ministerio de Hacienda que la saludó, sonrió y la paró un instante informándose de su salud. Cuando el buen señor se perdió entre los numerosos paseantes, Paquita percibió otra vez la soledad; el cordón rojo flotaba, cortado; Mosquito había desaparecido.

Tenía Paquita un carácter reconcentrado y enérgico, frecuente en las mujeres que han llegado a los cuarenta años sin la sombra y el calor de la familia. No gritó, no alborotó: a fuer de solterona, temía las cuchufletas. A su alrededor no estaba el perro, ni nadie con trazas de habérselo llevado. Interrogó a los porteros, puso anuncios en los diarios y hasta votó una misa a San Antonio, abogado de las causas perdidas. Pero mosquito no estaba perdido, sino robado…, y el santo se inhibió; los ladrones no eran de su incumbencia.

Al cabo de dos meses, Paquita había enfermado de tristeza. La mandaron pasear mucho, entre calles, por sitios alegres y concurridos. Y un día, parada delante de un escaparate, el claro vidrio reflejó una forma tan conocida como adorada: ¡el encantín! Se volvió conteniendo un grito de salvaje alegría…, y lo mismo que cuando había desaparecido el perro, vio ante sí la figura poco gallarda de don Santos Comares, saludando y preguntando machacona y cordialmente: «¿Qué tal esa salud?…». Pero, bajo el puño de la manga izquierda de aquel hombre, entre el brazo y el cuerpo, asomaba la cabecita adorable, los ojos como uvas en sazón y se oía el cómico ladrido, de falsete, de Mosquito, jubiloso al reconocer a su antigua ama.

-¡Hijo! ¡Tesoro! ¡Encanto de mi vida! ¡Cielín!

Se abalanzó para apoderarse del chucho, pero ya don Santos, a la defensiva, daba dos pasos atrás y protegía la presa con un «¡Señora!», indignado y escandalizado, que hizo volverse irónicos y risueños a los transeúntes.

  • ¡Ese perro es mío!, y ahora comprendo que fue usted quien me lo cogió. ¡Usted mismo! aquella tarde, en la acera de la calle de Alcalá.
  • ¡Señora! -repitió don Santos-. ¿Me toma usted por ladrón de bichos? Este perrito me pertenece: lo he comprado, y no barato; lo tengo empadronado, y a nadie consentiré que me dispute su propiedad.
  • En el collar están mis iniciales y el nombre del animalito. Verá usted cómo atiende, cómo me mira. «¡Mosquitín!» ¿No me conoces, hechizo mío?
  • El perro, señora, cuando lo adquirí, venía desnudo de toda prenda; le puse de nombre Togo. Toguín, Toguín; ya lo ha visto usted: menea la cola.

Paquita, desesperada, sintió brotar dos lágrimas. La gente empezaba a formar corro; bromeaban. El decoro se sobrepuso a la pasión. Habló en voz baja, roncamente:

  • Bueno, señor Comares, bueno… Llévese lo que no es suyo. Cuando le dé a usted vergüenza espero que lo restituirá. Creí que era usted un caballero…

Le dió la espalda, y siguió calle abajo, seguida por miradas de chunga malévola…

Su padecimiento se agravó. Pero su médico también asistía al señor Comares, e informó a éste de lo que pasaba. No era el alto empleado un hombre sin corazón. Solicitó ver a Paquita, llevó consigo a Mosquito y lo colocó en el regazo de la solterona.

  • Señora, estoy disgustado; disgustadísimo… No me es posible cederle el perro; pero se lo traeré siempre para que usted lo acaricie y vea que está gordito y sano.
  • ¿Se burla usted de mí? -saltó, furiosa, ella-. ¿Traérmelo y quitármelo? Ni lo piense, señor mío; ¿qué se ha figurado?
  • Cálmese usted, Paquita…- don Santos habló con dulzura- todos tenemos nuestros afectos; desde que perdí a mi chico único, que nos daba tantas esperanzas, de resultas perdí también a mi pobre mujer; no hay a mi alrededor nadie que me acompañe… Le he cogido cariño al animalito… Es un gitano… Tráteme usted todo lo mal que guste; no le devuelvo a Togo. No, señor.

Paquita callaba, ceñuda, meditando. De improviso se alzó de su asiento, se apoderó del perro, abrió la ventana y, alzando en el aire al grifón, exclamó, trágicamente:

  • Intente usted robármelo otra vez, y va a la calle.

Don Santos quedó paralizado. Veía ya a su Togo estrellado sobre la acera, cerrados los enormes ojos, rota la cabecilla contra las losas, flojas las sedas, frías las patas…

La mujer había vencido: la furia pasional arrollaba al tranquilo y nostálgico querer.

A los pocos días, Paquita recibió una atenta nota de don Santos. Le pedía permiso para frecuentar la casa; así vería alguna vez a Togo; a ella le llevaría bombones de chocolate. No era posible rehusar. La triunfadora acogió amablemente al derrotado. A causa de la oposición de sus genios, fueron congeniando; se habituaron a verse y a tolerarse sus manías de almas rancias y solitarias, sus herrumbres de cuerpos en decadencia.

Al cabo de un año, el perrito paseaba en la berlina de los consortes; y en adelante fue de ambos con igual derecho. Pero el esposo siempre le llamó Togo, y Mosquito, la esposa.

 

El mechón de cabello

Presentación

El mechón de cabello (1350)

Este relato forma parte del Decamerón, la obra más popular de Boccaccio, colección de cien relatos contados a lo largo de diez días (de ahí el título) por un grupo de amigos que escapan a un brote de peste y se refugian en una villa de las afueras de Florencia. Cada relato del día termina con una “canzone”, una canción para bailar entonada por uno de los narradores; estas canciones representan algunas de las muestras más exquisitas de la poesía lírica de Boccaccio.

El mechón de cabello es un primoroso relato de intriga picante con un final que destila sabiduría e ironía. Es una de las muchas excelentes piezas del Decamerón, obra plenamente renacentista de la cultura europea donde el protagonismo narrativo se encuentra en los aspectos humanos, y se deja de hacer mención a temas religiosos o teológicos. 

Nota biográfica sobre Giovanni Boccaccio (1313-1375)

Escritor y humanista florentino. Es uno de los padres, junto con Dante y Petrarca, de la literatura en italiano. Nació en Certaldo, cerca de Florencia, y allí murió, retirado después de una fecunda vida como poeta, erudito y narrador.

Estudió Derecho Canónico en Nápoles y se aficionó a la poesía. Muy joven se enamoró de una dama a la que inmortalizó con el nombre de Fiammetta y que fue su fuente de inspiración poética. Boccaccio tuvo una tortuosa vida emocional, desde el enamoramiento adolescente hasta la profunda crisis espiritual de su madurez, que le llevó a volcarse en el estudio y en las prácticas piadosas. Tras ser ordenado sacerdote, pasó a ocupar el cargo de confesor en 1362. Había viajado por las más importantes ciudades de Italia -Florencia, Padua, Nápoles y Venecia- y fue íntimo amigo de Petrarca.

Paradójicamente, Boccaccio, que a lo largo de toda su vida fue un sensible poeta y al final de sus días vivió la rectitud espiritual, ha pasado a la historia de la literatura como el despreocupado y libertino escritor de los frívolos relatos recogidos en Decamerón, obra que compuso en apenas cinco años.

Efectivamente, aunque compuso poemas y obras eruditas en latín, su legado literario más valioso son los cien cuentos, escritos en el joven idioma italiano, que componen el Decamerón, y que dan cuenta de su visión a la vez cínica e indulgente de las flaquezas, los pecados y las corrupciones de los hombres de su época.

Con el Decamerón Boccaccio se convirtió en el fundador de la prosa italiana.

Texto adaptado. El mechón de cabello (1350)

Agilulfo, monarca de los longobardos, estableció Lombardía la base de su soberanía. Su esposa Tendelinga era hermosísima, prudente y honrada.

Aconteció que un palafrenero de muy humilde condición, pero competente en su oficio, y arrogante en su persona, se enamoró intensamente de la reina. Conocedor de su posición a nadie se lo declaró, ni siquiera a la reina con su mirada. Sin esperanza alguna siguió viviendo, pero se dedicaba a ser el mejor en lo que a su reina pudiese complacer. Por esto, cuando la reina deseaba cabalgar, prefería de entre todos al palafrén.

No logrando librarse de su amor, pensó en morir, aunque no sin antes obtener, totalmente o en parte, la satisfacción de su anhelo. Sabía que era infructuoso hablar o escribir a la reina y no veía otro recurso para yacer con la reina que hacerse pasar por el rey, que no dormía con la reina de continuo.

Vigilando con sigilo, una noche vio a Agilulfo salir de su cámara envuelto en un gran manto, en una mano una antorcha encendida y en la otra una varita, y en llegando a la puerta de la reina, sin nada decir, golpeó la madera con la vara una vez o dos, y abrióse la puerta y quitáronle la antorcha de la mano.

Visto esto varias noches, el palafrenero no lo pensó más. Se aderezó un manto semejante al del rey, y, provisto de una antorcha y una vara, una noche, tras bañarse a conciencia -pues conocía que las hembras tienen fino olfato- se escondió hasta que todos dormían. El deseo le daba valor para arriesgarse a la muerte. Con la yesca y el eslabón encendió la luz y, envuelto en el manto, se acercó al umbral y dos veces llamó con la vara. Abrió una soñolienta camarera, que le retiró la luz y él, sin decir nada, traspasó la cortina, quitóse la capa y acostóse donde la reina dormía. Deseosamente la tomó en sus brazos, y, fingiendo que en tales casos el rey no quería oír nada, ni nada decir ni que le dijesen, conoció carnalmente varias veces a la reina aquella noche.

Apesadumbrábale partir, pero comprendiendo que el mucho retardarse podía arruinar el deleite obtenido, volvióse a su lecho tan presto como pudo.

Y resultó que, apenas había salido el palafrenero, cuando el rey llegóse a la cámara de la reina, de lo que ella se maravilló mucho, y dijo con júbilo a su marido:

– Señor, ¡qué novedad esta noche! Ha instantes que os partisteis de mí y más que de costumbre os habéis refocilado conmigo, ¿y tan pronto volvéis? Mirad lo que hacéis.

Al oír tales palabras, el rey presumió que la reina había sido engañada por alguna similitud de persona y costumbres. Pero, como discreto, en el acto pensó que, pues la reina no lo había advertido, ni nadie más, mejor valía no hacérselo comprender, evitando posibles difamaciones que hubiesen entristecido a la inocente mujer, y -aun quizás- haciéndole venir el deseo de repetir lo que ya había sentido.

Y así el rey respondió, más turbado en su ánimo que en su semblante y en su voz:

– ¿Acaso no os parezco, mujer, hombre capaz de estar una vez acá y tornar luego?

-Sí, mi señor, pero, con todo, ruégoos que miréis por vuestra salud.

Entonces dijo el rey:

-A mí me place seguir vuestro consejo y, por tanto, sin más molestia daros, me vuelvo.

Y, con el ánimo lleno de ira y de mal talante por lo que ya sabía que le habían hecho, salió de la estancia y resolvió con sigilo encontrar al que tan feo recado le hiciera. Imaginando que debía ser alguien de la casa y que no habría podido salir de ella, fue a una muy larga estancia sobre las cuadras en la que dormían casi todos sus sirvientes. Y estimando que al que hubiese hecho lo que la mujer decía no le habría aún cesado la agitación de pulso y corazón por el reciente afán, con cautelosos pasos, a todos les fue tocando el pecho para saber si les latía el corazón con fuerza.

Los demás dormían, pero no el que había yacido con la reina, por lo cual, viendo venir al rey e imaginando lo que buscaba, comenzó a temer mucho, de modo que a los pálpitos anteriores de su corazón se agregaron los de su temor. Varias cosas le bulleron en el pensamiento, pero, observando que el rey iba sin armas, resolvió fingir que dormía y esperar lo que aconteciese.

Y llegóse el rey al palafrenero. Y observando cuán fuerte le latía el corazón, se dijo: “Éste es”. Como no quería que nadie se percatase de lo que pensaba hacer, se contentó, usando unas tijeras que llevaba, con tonsurar al hombre parte de los cabellos, que entonces se llevaban muy largos, a fin de poderle reconocer al siguiente día; y, esto hecho, volvióse a su cámara.

El palafrenero, que era astuto, comprendió por qué le habían señalado así y, sin esperar a más, se levantó y, buscando las tijeras que había en el establo para la limpieza de los caballos, a todos los que allí yacían, sin ruido, les cortó parte del cabello por encima de la oreja y, sin ser sentido, se volvió a acostar.

El rey, levantóse muy temprano esa mañana, y mandó que, antes de que las puertas del palacio se abriesen, se le presentase toda la servidumbre. Y así se hizo. Y estando todos ante él con la cabeza descubierta, y viendo a casi todos con el cabello de análogo modo cortado, se maravilló y dijo para sí: “El que ando buscando, aunque sea de baja condición, muestra da de tener mucho sentido”. Y, reconociendo que no podía, sin escándalo, descubrir al que buscaba, y no queriendo por pequeña venganza sufrir gran afrenta, resolvió con cortas palabras hacerle saber que él había reparado en las cosas ocurridas y, vuelto a todos, dijo:

-Quien lo hizo, no lo haga más, e id con Dios.

Otro les habría hecho interrogar, atormentarlos, examinarlos e insistirlos, y así habría descubierto lo que todos deben ocultar, y al descubrirlo, aunque tomase entera venganza, habría aumentado su afrenta y empeñado la honestidad de su mujer.

Los que sus palabras oyeron se pasmaron y largamente trataron entre sí de lo que el rey había querido significar, pero nadie entendió nada, salvo aquél que tenía motivos para ello. El cual, como discreto, nunca, mientras vivió el rey, esclareció el caso, ni nunca más desafió a la fortuna exponiendo su vida con tan audaz acto.

 

El ruiseñor y la rosa

Presentación

El ruiseñor y la rosa (1888)

Este breve cuento forma parte del libro El Príncipe feliz y otros cuentos. Publicado en 1888 cuando Wilde ya estaba en Francia, una vez terminado su doloroso encarcelamiento en Inglaterra. El cuento narra una emotiva aventura que permite comprobar las profundas decepciones de Wilde con el mundo que le rodea. Los protagonistas humanos tiene miras egoístas y mezquinas y solo la naturaleza –la encina, la luna, el rosal, y sobre todos, el sensible ruiseñor- son generosos, y aman el amor más allá de la muerte.

El ruiseñor y la rosa es uno de los cuentos más reproducidos de la literatura universal.

Nota biográfica sobre Oscar Wilde

Oscar Wilde (1854, Dublín, Irlanda, entonces perteneciente al Reino Unido -1900, París, Francia) fue un escritor, poeta y dramaturgo irlandés, considerado uno de los escritores más destacados del Londres victoriano tardío. Fue una celebridad de la época debido a su gran y aguzado ingenio. Hoy en día es recordado por sus epigramas, sus obras de teatro y la tragedia de su encarcelamiento, seguida de su temprana muerte.

Conocido por su ingenio mordaz, su vestir extravagante y su brillante conversación, Wilde se convirtió en una de las mayores personalidades de su tiempo. Los temas de la belleza y la decadencia están recogidos en su única novela El retrato de Dorian Grey y entre sus obras de teatro destaca La importancia de llamarse Ernesto.

Declarado culpable de indecencia grave por sus relaciones homosexuales fue encarcelado por dos años. La mujer de Wilde, Constance, rehusó volver a encontrarse con él y le prohibió ver a sus hijos, aunque le siguió mandando dinero y nunca se divorciaron. En prisión, Wilde escribió De Profundis, una larga carta que describe el tormentoso viaje espiritual de sus juicios y su condena. Tras su liberación, partió inmediatamente a Francia y murió indigente en París, a la edad de cuarenta y seis años.

Texto adaptado. El ruiseñor y la rosa

– Dijo que bailaría conmigo si le llevaba una rosa roja -se lamentaba el joven estudiante-, pero ¡no hay una solo rosa roja en todo mi jardín! Y sus bellos ojos se llenaron de llanto.

Desde su nido en la encina, oyóle el ruiseñor. -He aquí, por fin, el verdadero enamorado -dijo-. Su cabellera es oscura y sus labios rojos, pero la pasión lo ha puesto pálido como el marfil y el dolor ha sellado su frente.

-El príncipe da un baile mañana -murmuraba el joven estudiante-. Si le llevo una rosa roja, mi amada bailará conmigo hasta el amanecer; la tendré en mis brazos, reclinará su cabeza sobre mi hombro y su mano estrechará la mía. Pero no hay rosas rojas en mi jardín.

-He aquí el verdadero enamorado –volvió a decir el ruiseñor-. El amor es maravilloso, más bello que las esmeraldas y más raro que los finos ópalos.

-Los músicos estarán en su estrado -musitaba el joven estudiante-. Mi adorada bailará a los sones del arpa y del violín, tan vaporosamente que su pie no tocará el suelo, y los cortesanos la rodearán solícitos; pero conmigo no bailará, porque no tengo rosas rojas. Y dejándose caer en el césped, se cubría la cara con las manos y lloraba.

-¿Por qué llora? -preguntó la lagartija verde, correteando cerca de él.

-Sí, ¿por qué? -decía una mariposa que revoloteaba persiguiendo un rayo de sol.

-Eso digo yo, ¿por qué? -murmuró una margarita a su vecina, con una vocecilla tenue.

-Llora por una rosa roja.

-¿Por una rosa roja? ¡Qué tontería!

Y la lagartija, que era algo cínica, se echó a reír con todas sus ganas. Pero el ruiseñor, que comprendía el secreto de la pena del estudiante, permaneció silencioso en la encina. De pronto desplegó sus alas oscuras y como una sombra atravesó el jardín.

En el centro del prado se levantaba un hermoso rosal y el ruiseñor voló hacia él y se posó sobre una ramita.

-Dame una rosa roja -le gritó -, y te cantaré mis canciones más dulces.

Pero el rosal meneó la cabeza. -Mis rosas son blancas -contestó-, como la espuma del mar, como la nieve de la montaña. Vé al rosal que crece alrededor del viejo reloj de sol.

Entonces el ruiseñor voló al rosal que crecía entorno del viejo reloj de sol.

-Dame una rosa roja -le gritó -, y te cantaré mis canciones más dulces.

Pero el rosal meneó la cabeza. -Mis rosas son amarillas -respondió-, como los cabellos de las sirenas, como el narciso que florece en los prados antes de que llegue el segador con la hoz. Vé al rosal que crece debajo de la ventana del estudiante.

El ruiseñor voló al rosal que crecía debajo de la ventana del estudiante.

-Dame una rosa roja -le gritó-, y te cantaré mis canciones más dulces.

Pero el arbusto meneó la cabeza. -Mis rosas son rojas -respondió-, como las patas de las palomas, como los grandes abanicos de coral; pero el invierno ha helado mis venas, la escarcha ha marchitado mis botones, el huracán ha partido mis ramas, y no tendré más rosas este año.

-¡Solo necesito una rosa roja! -gritó el ruiseñor. ¿No hay medio de conseguirla?

– Hay un medio -respondió el rosal-, pero es terrible. Si necesitas una rosa roja tienes que hacerla con notas de música, al claro de luna y teñirla con sangre de tu propio corazón. Cantarás con el pecho apoyado en mis espinas, durante toda la noche y las espinas atravesarán tu corazón: la sangre de tu vida se convertirá en mi sangre.

-La muerte es un buen precio por una rosa roja -replicó el ruiseñor-. Todo el mundo ama la vida, pero el amor es mejor que la vida. ¿Y qué es el corazón de un pájaro comparado con el de un hombre?

El joven estudiante permanecía tendido sobre el césped.

-Sé feliz -le gritó el ruiseñor-, sé feliz; tendrás tu rosa roja. La crearé con notas de música, al claro de luna y la teñiré con la sangre de mi propio corazón. Lo que te pido, en cambio, es que seas un verdadero enamorado. El estudiante le escuchó, pero no pudo comprender lo que le decía el ruiseñor; sólo entendía las cosas escritas en los libros.

La encina sí comprendió al ruiseñor; y se puso triste, porque lo amaba mucho, pues había construido el nido en sus ramas.

-Cántame la última canción –murmuró la encina-. ¡Me quedaré tan triste cuando te vayas! El ruiseñor cantó para la encina, y su voz era como el agua que ríe en una fuente.

El estudiante oyó la canción, se levantó, y pensó mientras paseaba por la alameda: “El ruiseñor es bello, ¿pero siente? Me temo que no. Como muchos artistas, no se sacrifica por los demás”. Volvió a su habitación, se acostó sobre su jergoncillo, pensó en su adorada y se quedó dormido.

Y cuando la luna brillaba en los cielos, el ruiseñor voló al rosal y colocó su pecho contra las espinas. Y toda la noche cantó con el pecho apoyado sobre las espinas y la fría luna de cristal se detuvo y estuvo escuchando y las espinas penetraron cada vez más en su pecho y la sangre de su vida fluía de su pecho.

Al principio cantó el nacimiento del amor en el corazón de un joven y de una muchacha, y sobre la rama más alta del rosal floreció una rosa maravillosa.

-Apriétate más, ruiseñorcito – decía el rosal-, o llegará el día antes de que la rosa esté terminada.

El ruiseñor se apretó más contra las espinas y su canto fluyó sonoro, porque cantaba el nacimiento de la pasión. Un delicado rubor apareció sobre los pétalos de la rosa, como enrojece la cara de un enamorado que besa los labios de su prometida. Pero las espinas no habían llegado aún al corazón del ruiseñor; por eso el corazón de la rosa seguía blanco.

-Apriétate más, ruiseñorcito -le decía-, o llegará el día antes de que la rosa esté terminada.

El ruiseñor se apretó aún más contra las espinas, y las espinas tocaron su corazón y él sintió en su interior un cruel tormento. Cuanto más amargo era su dolor, más impetuoso salía su canto, porque cantaba el amor sublimado por la muerte, el amor que no termina en la tumba. Y la rosa enrojeció como las rosas de Bengala. Purpúreo era el color de los pétalos y purpúreo como un rubí era su corazón.

Pero la voz del ruiseñor desfalleció. Sus breves alas empezaron a batir y una nube se extendió sobre sus ojos. Su canto se fue debilitando. Algo se le ahogaba en la garganta. Su canto tuvo un último destello. La blanca luna le oyó y olvidándose de la aurora se detuvo en el cielo.

-Mira, mira -gritó el rosal-, ya está terminada la rosa.

El ruiseñor no respondió; muerto sobre las altas hierbas, el corazón traspasado de espinas.

A mediodía el estudiante abrió su ventana. -¡Qué extraña buena suerte! -exclamó-. ¡He aquí una rosa roja! No he visto rosa semejante en toda vida. Es tan bella que estoy seguro de que debe tener en latín un nombre muy enrevesado. E inclinándose, la cogió. Inmediatamente se puso el sombrero y corrió a casa del profesor, llevando en su mano la rosa. La hija del profesor estaba sentada a la puerta. Devanaba seda azul sobre un carrete, con un perrito echado a sus pies.

-Dijiste que bailarías conmigo si te traía una rosa roja -le dijo el estudiante-. He aquí la rosa más roja del mundo. Esta noche la prenderás cerca de tu corazón, y cuando bailemos juntos, ella te dirá cuanto te quiero.

Pero la joven frunció las cejas. -Temo que esta rosa no armonice bien con mi vestido. Además, el sobrino del chambelán me ha enviado varias joyas, y ya se sabe que las joyas cuestan más que las flores.

-¡Ingrata! -exclamó el estudiante lleno de cólera. Y tiró la rosa al arroyo.

Un pesado carro la aplastó.

-Te portas como un grosero -dijo la joven-; y después de todo, ¿qué eres? Un simple estudiante. ¡Bah! No creo que puedas tener nunca hebillas de plata como las del sobrino del chambelán. Y levantándose de su silla, se metió en su casa.

“¡Qué tontería es el amor! -se decía el estudiante a su regreso-, habla siempre de cosas que no sucederán y hace creer a la gente cosas que no son ciertas”.

En su habitación, el estudiante abrió un gran libro polvoriento. Y se puso a leer.

La Comendadora

Presentación

La Comendadora (1868)

El subtítulo que Alarcón pone a su cuento es Historia de una mujer que no tuvo amores. 

En efecto, la vida -los intolerantes hábitos de la aristocracia y las rígidas creencias familiares- privaron de amores a la Comendadora, la bellísima monja perteneciente a la Orden de Santiago, miembro de una familia granadina decadente y aristocrática. Sólo tres personajes y tres páginas bastan para adentrarnos en la vida de la Comendadora y de su severa familia.

Este breve relato de Alarcón, pleno de recovecos y sugerencias, no abandona del todo la senda del romanticismo pero se adentra en un realismo con pinceladas eróticas, anticipando muchas obras de autores posteriores como Galdós, García Márquez o Vargas Llosa.

Nota biográfica sobre Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891)

Pedro Antonio de Alarcón (Guadix, Granada, 1833 – Madrid, 1891) fue un narrador español de estilo realista, heredero destacado del fin de la prosa romántica.

Alarcón abandonó la carrera de Derecho en la Universidad de Granada para iniciarse en la carrera eclesiástica, que también abandonó para iniciar la que sería su profesión: periodista y escritor. Como político, miembro de la Unión Liberal, fue consejero de estado con Alfonso XII, en 1875. Fue también diputado, senador y embajador en Noruega y Suecia.

Desde 1877 fue académico de la Real Academia de la Lengua.

Pedro Antonio de Alarcón es ante todo un habilísimo narrador: sabe interesar con una historia; en sus libros la acción nunca decae y, aunque de estilo realista, sus personajes son profundamente románticos. En el curso de su producción novelística se va convirtiendo en un moralista, en paralelo con su vida política que evolucionó desde el liberalismo revolucionario a posiciones más tradicionalistas.

Texto adaptado. La Comendadora

Hará cosa de un siglo, una primavera de 1760, entraba un sol alegre y amoroso por los balcones de la sala principal de una gran casa solariega situada en las márgenes del Darro, en la ciudad de Granada. El sol bañaba de espléndida luz el señorial aposento, las severas pinturas, los antiguos muebles y daba calor a las tres personas que allí había; y de las que hoy apenas queda memoria…

Sentada cerca de un balcón estaba una venerable anciana, cuyo noble y enérgico rostro, que habría sido muy bello, reflejaba la más austera virtud y un rictus de orgullo quizá desmesurado. A poco que se contemplara a aquella mujer, conocíase que dondequiera que ella imperase no habría más arbitrio que matarla u obedecerla. Sobre la falda tenía abierto un libro de oraciones, pero sus ojos habían dejado de leer, para fijarse en un niño de seis o siete años, que jugaba y hablaba solo, revolcándose sobre una majestuosa alfombra.

El niño era endeble, pálido, rubio, y enfermizo como los hijos de los reyes pintados por Velázquez, con sus grandes ojos azules muy protuberantes. Como los afectados de raquitismo, aquel muchacho revelaba extraordinaria viveza de imaginación y cierta iracunda disposición a las contradicciones. Tirado en la alfombra se divertía en arrancar las hojas de un hermoso libro de heráldica y en hacerlas menudos pedazos mientras decía: “- Mañana voy a hacer esto. – Hoy no voy a hacer lo otro. – Yo quiero esto. –Yo no quiero lo otro…”. Hablaba de forma incoherente, pero desafiante y agria, como si su propósito fuese irritar a la anciana que le miraba severa desde su sillón próximo al balcón.

Finalmente, en un ángulo del salón –desde donde podía verse el cielo, las copas de los árboles y los rojizos torreones de la Alhambra, pero donde no podía ser vista más que por los pájaros que revoloteaban sobre el Darro-, inmóvil, con la mirada perdida en el infinito azul de la atmósfera y pasando lentamente las cuentas de un larguísimo rosario, estaba sentada una monja, una Comendadora de Santiago, como de treinta años, con unas sencillas ropas de aspecto seglar.

Vestía de negro, con un gran pañuelo de hilo blanco cerrado hasta el cuello. No llevaba manto ni toca, lo que dejaba ver un negro y abundantísimo pelo recogido con un lazo en la nuca. Aquella mujer resultaba hermosísima; el desaliño de su vestido dejaba en libertad su natural gracia. Alta, recia, esbelta y armónica, el ropaje de lana, pegado a su cuerpo, revelaba más que cubría, la traza clásica de sus espléndidas proporciones. Remataba esta soberana figura un rostro moreno, algo descarnado, oval, de una palidez intensa, que contrastaba con dos profundas ojeras, lívidas, llenas de misteriosas tristezas.

¿Qué familia es ésta que hemos resucitado a la luz de un sol que se puso hace cien años?

La anciana era la Condesa viuda de Santos, que en su matrimonio con el Conde había tenido dos hijos –una hembra y un varón -, huérfanos tempranamente. La casa de Santos había alcanzado gran riqueza y poderío en vida del suegro de la Condesa; mas como aquel señor no tuvo otros hijos la herencia recayó en la Condesa viuda. La severa viuda dispuso en su testamento que su hija mayor renunciase a todos los bienes tomando el hábito de religiosa; y la casa de Santos quedó patrimonio exclusivo del hijo varón, Alfonso.

Así fue como, con apenas ocho años de edad, Isabel, la hija segundona del Conde de Santos fue encerrada en el convento de las Comendadoras de Santiago. Ignorante de lo que sucedía en el mundo, sor Isabel resultó una novicia con franco y declarado regocijo; el ídolo de su comunidad. La vitalidad floreció en su cuerpo y en su corazón e hizo germinar en su imaginación la curiosidad de una mayor vida, si bien con tanta fuerza que más de una vez hubo de ser reprimida por su director espiritual. De estas reprimendas derivaron una exageración de mortificaciones y delirios místicos, acompañadas de extrema languidez y propensión al llanto. Estos tremendos vaivenes espirituales y físicos aconsejaron que Isabel, más hermosa que nunca, saliese del convento y volviese a su casa granadina. Y allí le volvió la salud y las fuerzas; aunque no la alegría.

Coincidiendo con la llegada de Isabel a la gran casa ocurrió la muerte de su hermano Alfonso, que había enviudado ya hacía dos años. Así, del matrimonio del Conde quedó solo Carlos, el único hijo, de tres años. Fue entonces cuando la Comendadora quedó definitivamente liberada de sus votos conventuales para poder dedicarse al cuidado de su anciana madre y de su tierno sobrino Carlos, único y universal heredero del Condado de Santos. Aquel rapazuelo que estaba rompiendo el libro de heráldica sobre la alfombra era el alma y el orgullo de la familia, a la par que el feroz tirano de su abuela y de su tía.

Volvamos a la sala principal donde habíamos dejado a nuestros tres personajes. La primavera había comenzado… las macetas habían empezado a florecer, la Naturaleza volvía a sentirse madre…

– ¡Abuela!- gritaba el rapaz con destemplado acento. Uno de los pintores que están trabajando en la escalinata ha dicho una cosa muy graciosa de la tía Isabel. Y el crío repitió gritando: “Compañero, ¡qué hermosa debe estar desnuda la Comendadora! ¡será una estatua griega!” ¿Qué es una estatua griega tía Isabel?

– ¡Callaos Carlos, – dijo nerviosamente la abuela, – los niños no oyen esas cosas ni las dicen! Ese pintor se va a ir a la calle y en cuanto a vos ya os impondrá el capellán la debida penitencia.

– ¿A mí? -dijo Carlos-. ¿El señor cura? ¡Yo seré el que lo eche a la calle y el pintor se quedará en casa! ¡Tía! – continuó el niño, dirigiéndose a la Comendadora, – yo quiero verte desnuda…

– ¡Jesús! – gritó la abuela, tapándose el rostro con las manos.

– ¡Sí, abuela! ¡Quiero ver desnuda a mi tía! – se encaró el niño con la anciana.

– ¡Insolente! – gritó la abuela, levantado la mano amenazadora sobre su nieto.

La Comendadora, con aire desdeñoso, se dirigía hacia la puerta sin hacer caso alguno del niño. Carlos, rojo como la grana, se interpuso forcejeando en su camino y al no poder detenerla cayó al suelo presa de violentísisma convulsión, con los ojos en blanco, echando espumarajos por la boca y tartamudeando ferozmente:

– ¡Ver desnuda a mi tía!…

– ¡Satanás!…- balbuceó roncamente la Comendadora, al tiempo que miraba a su madre.

El niño se revolcó en el suelo como una serpiente, se puso morado, llamó a su tía y quedó inmóvil, sin respiración.

– ¡Agua! ¡Agua! ¡Un médico! – ¡El heredero de los Santos se muere! gritaba la abuela. Los criados acudieron con agua y le dieron a oler vinagre…

Al fin el crío dejó escapar un soplo de aliento entre sus dientes apretados y rechinantes…

– Desnuda…, mi tía…

La Comendadora levantó las manos al cielo, en un gesto de gran irritación, y prosiguió su camino hacia la salida, pero la anciana se había arrodillado a la cabecera del niño:

– ¡Hijo mío!, ¡Carlos!, ¡hermoso!…

Abrazando lo que ya le parecía a la abuela ser el cadáver de su nieto, la anciana le hablaba con voz entrecortada: ¡llora!…¡llora!…¡no te enfades!…¡será lo que tú quieras!…

La abuela se incorporó trabajosamente y cortó el paso a su hija la Comendadora, con una voz temblorosa pero solemne:

– ¡Señora!, el heredero de los Santos se muere…y con él concluye nuestra casa.

La ira de la Comendadora la estaba haciendo temblar de pies a cabeza.

– ¡Señora!, volvió a repetir la abuela mirando a los ojos a la Comendadora, – ¡Dios lo quiere!

Y salió, lentamente, cerrando la puerta.

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Media hora después, el Conde de Santos entró en el cuarto de su abuela hipando, riendo y comiéndose un dulce:

– ¡Vaya si está gorda…mi tía!

∅—-∅—-∅

Ese mismo día, al oscurecer, cuando la abuela se dirigía al cuarto de su hija la Comendadora una camarera le entregó una carta de sor Isabel:

“…regreso al convento… de donde nunca debí salir y de donde no volveré a salir jamás…”

En el patio de la gran casa se oyó el carruaje de la Comendadora al marcharse.

∅—∅—∅

Cuatro años después, las campanas del convento de Santiago doblaban por el alma de sor Isabel de los Ángeles, mientras su cuerpo era restituído a la madre tierra.

La anciana Condesa murió al poco tiempo. Pero tuvieron que pasar quince años para que el Conde Carlos, sin descendencia, muriera en la conquista de Menorca. Con él se extinguió la noble estirpe de los Condes de Santos.

Minicuentos

Presentación

Minicuentos

Reseña de seis minicuentos de cinco autores diferentes, correspondientes a diversas épocas, entre el siglo I y el siglo XX.

La tradición del cuento se remonta al origen del ser humano, por su sencillez de comunicación y su aplicación inmediata a la vida de cada día. Y, por las mismas razones, desde siempre han existido relatos mucho más breves, pequeñas historias y anécdotas, fáciles de recordar y de repetir por transmisión oral. Acertijos, pequeñas intrigas, relatos jocosos o picantes están recogidos en todas las tradiciones y culturas.

Este mes de septiembre de 2015, para la vuelta de las vacaciones, hemos seleccionado en RelatABA seis de estos minicuentos, de apenas unos renglones, que abarcan desde el siglo I al siglo XX y que quizá provoquen una sonrisa o un instante de relajación entre nuestros lectores.

Texto adaptado. Minicuentos

Petronio, Roma, 27-66 

Epitafio de una perra de caza

La Galia me vio nacer, la Conca me dio el nombre de su fecundo manantial, nombre que yo merecía por mi belleza. Sabía correr, sin ningún temor, a través de los más espesos bosques, y perseguir por las colinas al erizado jabalí. Nunca las sólidas ataduras cautivaron mi libertad; nunca mi cuerpo, blanco como la nieve, fue marcado por la huella de los golpes. Descansaba cómodamente en el regazo de mi dueño o de mi dueña y mi cuerpo fatigado dormía en un lecho que me habían preparado amorosamente. Aunque sin el don de la palabra, sabía hacerme comprender mejor que ningún otro de mis semejantes; y, sin embargo, ninguna persona temió mis ladridos.

¡Madre desdichada! La muerte me alcanzó al dar a luz a mis cachorros. Y, ahora, un estrecho mármol cubre la tierra donde yo descanso.

Petronio, Roma, 27-66 

El lobo

Logré que uno de mis compañeros de guarnición -un soldado más valiente que Plutón- me acompañara. Al primer canto del gallo, emprendimos la marcha; todavía brillaba la luna como el sol a mediodía. El camino pasaba junto a unas tumbas. Mi compañero se para; empieza a conjurar astros; yo me siento y me pongo a contar las columnas y a canturrear. Al rato me vuelvo hacia mi compañero y lo veo desnudarse y dejar la ropa al borde del camino. De miedo se me abrieron las carnes; me quedé como muerto: lo vi orinar alrededor de su ropa. Se convirtió en lobo.

Lobo rompió a dar maullidos y huyó al bosque. Fui a recoger su ropa y vi que se había transformado en piedra. Desenvainé la espada y temblando volví a la guarnición; allí no dije nada y me las arreglé para llegar a casa. Melisa se extrañó de verme llegar más temprano de lo esperado.

Pues si hubieras llegado un poco antes -me dijo- hubieras podido ayudarnos: un lobo ha penetrado en el redil y ha matado las ovejas; fue una verdadera carnicería; logró escapar, pero uno de los esclavos le atravesó el pescuezo con la lanza. No respondí.

Al día siguiente, antes de regresar a la guarnición volví por el camino de las tumbas. En el lugar en que había quedado la ropa petrificada había ahora una gran mancha de sangre. Entré en la guarnición; el soldado estaba tendido en un lecho. Ha sangrado como un buey,- me dijeron; un médico estaba curándole el cuello.

Feng Meng-lung, China, 1574-1646 

El dedo

Un hombre pobre se encontró en su camino a un antiguo amigo. Éste tenía un poder sobrenatural que le permitía hacer milagros. Como el hombre pobre se quejara de las dificultades de su vida, su amigo tocó con el dedo un ladrillo que de inmediato se convirtió en oro. Se lo ofreció al pobre, pero éste se lamentó de que eso era muy poco. El amigo tocó un león de piedra que se convirtió en un león de oro macizo y lo agregó al ladrillo de oro. El amigo insistió en que ambos regalos eran poca cosa.

-¿Qué más deseas, pues? -le preguntó sorprendido el hacedor de prodigios.

-¡Quisiera tu dedo! -contestó el otro.

 

Robert Burton, Inglaterra, 1577-1640 

Un tercero en discordia

En su Vida de Apolonio, refiere Filostrato  la historia de  Menicio Lipio.

Menicio era un mancebo de veinticinco años, que,   en el camino de Corinto encontró a una hermosa mujer, la cual tomándolo de la mano, lo llevó a su casa y le dijo que era fenicia de origen y que si se demoraba con ella, la vería bailar y cantar y que beberían un vino incomparable y que nadie estorbaría su amor. Asimismo le dijo que siendo ella placentera y hermosa, como lo era él, vivirían y morirían juntos.

El mancebo, que era un filósofo, sabía moderar sus pasiones, pero no ésta del amor, y se quedó con la fenicia y por último se casaron. Entre los invitados a la boda estaba Apolonio de Tiana, que comprendió en el acto que la mujer era una serpiente, una lamia, y que su palacio y sus muebles no eran más que ilusiones. Al verse descubierta, ella se echó a llorar y le rogó a Apolonio que no revelara el secreto.

Apolonio habló; ella y el palacio desaparecieron.

 

Max Aub, España, 1903-1972 

Hablaba y hablaba

Hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Y venga hablar. Yo soy una mujer de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar, y hablar, y hablar. Estuviera yo donde estuviera, venía y empezaba a hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba. ¿Despedirla por eso? Hubiera tenido que pagarle sus tres meses. Además hubiese sido muy capaz de echarme mal de ojo.

Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla en la boca para que se callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le reventaron las palabras por dentro. 

 

Andrea Bocconi, Italia, 1950- 

Tranvía

Por fin. La desconocida subía siempre en aquella parada. “Amplia sonrisa, caderas anchas… una madre excelente para mis hijos”, pensó. La saludó; ella respondió y retomó su lectura: culta, moderna.

Él se puso de mal humor: era muy conservador. ¿Por qué respondía a su saludo? No debía responder, ni siquiera lo conocía. Dudó.

Ella bajó. Él se sintió divorciado: “¿Y los niños, con quién van a quedarse?”