Tarde de tedio y desamor

Presentación

Tarde de tedio y desamor (1970)

Reseña biográfica sobre Carmen Martín Gaite

Carmen Martín Gaite (Salamanca, 1925 – Madrid, 2000) fue una escritora española de vocación infatigable. En 1954 obtuvo el Premio Café Gijón por su novela corta El balneario y en 1957 el Premio Nadal por su primera novela larga, Entre visillos. Con su segunda novela, Ritmo lento, quedó finalista en 1962 del premio Biblioteca Breve de Narrativa. Siguió escribiendo – cuentos, novelas, crítica literaria, guiones para televisión y traducciones- hasta finales de los años noventa. Dedicó esfuerzos también a la investigación histórica y a la sociología, terrenos que conectan con el resto de su obra como creadora.

Cabe decir que es una de las figuras más importantes de las letras hispánicas del siglo XX.

Recibió, entre otros, el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, en 1988 y el Premio Nacional de las Letras Españolas, en dos ocasiones. Otras de sus obras de éxito han sido Entre visillos, El cuarto de atrás, Nubosidad variable, Lo raro es vivir, Irse de casa.

Texto adaptado. Tarde de tedio y desamor (1970)

  • ¡Jesús, qué niña! No repliques a tu madre; eso a mamá no se le dice. Vamos guapita, a tu mamá le duele la cabeza, y yo os llevo al parque.
  • Mentira podrida, no está mala, antes ha estado hablando por teléfono mucho rato y se reía.
  • ¡Cállate, niña! Señora le cojo cien pesetas. Me llevo a Anita y a Ernesto a ver la casa de fieras. Y descanse. ¿Le recojo esta ropa que tiene revuelta por aquí?
  • No, déjelo, Juana, tengo que ver primero lo que hace falta llevar al tinte o a la modista. ¡Ay, qué pesadez de niños! ¡Lléveselos de una vez!.

Las palabras han quedado rebotando contra las paredes de la habitación como un moscardón. En la media penumbra se distinguen amontonados trajes veraniegos como amigos a los que se acaba de encontrar. El azul, el de rayas, el pantalón vaquero, el rojo, la blusa que no le gustaba a Antonio… La mujer se remueve, mira al techo. La visión de una mancha le recuerda una foca. Así tumbada se le puede pasar la tarde, mejor sería llegarse a casa de la modista. Tiene toda la tarde por delante, los niños no van a llegar hasta la ocho; y al fin no se va a dormir. Dormir, desde luego, sería una solución. Pero no, cansada no está; se destapa, mueve las piernas largas y blancas, complacida. Nada, es evidente que no tiene ganas de dormir; pero, ¿es que tiene ganas de ir a la modista?.

Se acuerda de la modista, Vicenta, impasible, con ojos de rana y voz de sosera: “Pues no le queda mal… no, si yo, por deshacérselo, se lo deshago… yo, lo que me diga… entonces ¿cómo? ¿con un bies?” Me ataca los nervios, no se toma interés por nada, no te ayuda a decidir. Distinto de Carmen, la peluquerita, qué cielo de mujer, es verte entrar y ya te está animando a lo que sea.

La peluquería está cerca de casa. Por el camino siempre se detiene a ojear el kiosko de periódicos. Desde las portadas de los semanarios las veinteañeras del mundo entero la asaetean burlonamente con sus ojos lánguidos o sonrientes y sus pelos lisos y largos, con moños, con trenzas, con pelucas, con tirabuzones. Quizá sea una bobada cortarse el pelo. Lo más fácil es que no le guste a Antonio, o que ni siquiera se dé cuenta de que se lo ha cortado. Llega mohina a la peluquería.

  • ¡Cuánto tiempo sin verla señora Cuevas! ¿Qué se va a hacer?
  • Lavar y marcar; pero no sé si cortarme también un poco. Así, las puntas de delante un poco más largo, aunque no sé qué tal me estaría…, es que… no sé qué hacer con el pelo, Carmen, le digo la verdad.
  • No se preocupe, ya la he entendido y le quedará muy bien. Aunque, hágame caso, le irían muy bien unas mechas.
  • ¿Usted cree?
  • Usted quiere verse guapa, ¿no? Pues déjeme a mí. Pepi, vete lavando a la señora.
  • Qué bien lava la cabeza esta chica, cómo descansa esa presión de los dedos casi infantiles sobre el cuero cabelludo. Es simpática esa gente que hace bien lo que hace.
  • Ya está, pase allí.

Carmen la ha llamado de nuevo. Se siente realmente abandonada a sus manos expertas que con atención empiezan a trabajar y manipular en su cabeza. La misma sensación que, de niña, la empujaba a elegir siempre el papel de enfermo cuando jugaban a médicos. Ahora Carmen le pasa un cestito con las pinzas y los rulos y le pide que la vaya ayudando; ella obedece, sumisamente; no comentan nada, es suficiente una leve sonrisa de complicidad cuando sus ojos se encuentran en la luna del espejo.

  • Ya está. Pase al secador. Pepi, revistas para la señora.

Jacqueline Onassis está en todas. Tras su gafas oscuras, desayunando en un puerto y durmiendo en otro, balanceándose sobre las olas del Adriático. Sale del secador como si hubiera bebido mucho, enrojecida, con los oídos zumbando. Ha caído la tarde y el local está vacío. Le da pena que no puedan verla las otras señoras. Es el momento mejor. Quitar los rulos, peinar, cardar, cepillar. Pone ojos soñadores. Se gusta.

  • ¿Cómo se ve?
  • Me veo rara.
  • Eso pasa siempre; pero, no me diga, las mechas le sientan muy bien.
  • Sí, la verdad es que sí. ¿Puedo llamar por teléfono un momento?

En un cuartito interior se sienta en un taburete junto al teléfono.

  • ¿El doctor Cuevas?
  • Sí, señora Cuevas, – reconoce su voz la enfermera-, espere un momento.

Al cabo de un rato oye la voz de Antonio.

  • Dime.

Es un tono seco y distraído, el de siempre. ¿Por qué esperar otra cosa? ¿Por las mechas?

  • ¿A qué hora vuelves? Hace bueno, podríamos salir a dar un paseo y tomar algo.
  • Ya salimos el martes; estoy cansadísimo.
  • ¿No terminas pronto?
  • ¿Cómo lo voy a saber? Termino tarde, no iré a cenar. Hay un parto en el Sanatorio y tengo que ir en cuanto acabe aquí.
  • Ya… Bueno, pues nada.
  • Hasta luego.
  • Adiós.

Vuelve a la sala. Carmen, sin la bata de peluquera, parece más chiquita y más insignificante.

  • Adiós, Carmen, hasta otro día.
  • Adiós, señora Cuevas. Y ya le digo, que nos mande usted a su marido, si protesta, que le convenceremos; y además así lo conocemos.
  • No sé yo; que es muy guapo.
  • Pues tal para cual.
  • Gracias Carmen; adiós.
  • Adiós, señora Cuevas.

Todavía no ha anochecido. Vuelve a casa caminando despacio. Volver es lo peor. Los niños se estarán bañando. Y Jacqueline Onassis, ¿qué hará? Cruza la calle; ya se ve su portal.

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