Solo vine a hablar por teléfono

Presentación

Solo vine a hablar por teléfono (1974)

Nota biográfica sobre Gabriel García Márquez

Gabriel José de la Concordia García Márquez (Aracataca, Colombia, 1927​ – Ciudad de México,  2014​) fue un escritor, guionista, editor y periodista colombiano. En 1982 recibió el Premio Nobel de Literatura.

Estrechamente relacionado con el realismo mágico, su novela más conocida, Cien años de soledad, es considerada una de las más representativas de este movimiento literario. ​En 2007, la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española lanzaron una edición popular conmemorativa de esta novela, por considerarla parte de los grandes clásicos hispánicos de todos los tiempos. Fue famoso tanto por su genialidad como escritor como por su postura política.​ Su amistad con el líder cubano Fidel Castro fue significativa en el mundo literario y político.​

Como novelista algunas de sus novelas más conocidas son: Cien años de soledad (1967), El otoño del patriarca (1975), Crónica de una muerte anunciada (1981), El amor en los tiempos del cólera (1985).

García Márquez mantuvo una fecunda actividad como cuentista. El cuento Solo vine a hablar por teléfono (1974) forma parte del volumen Doce cuentos pregrinos, publicado en 1992, que recoge relatos escritos a lo largo de diez años.

Texto adaptado. Solo vine a hablar por teléfono (1974)

Gabriel García Márquez

Una tarde de lluvias primaverales, María de la Luz Cervantes viajaba sola hacia Barcelona conduciendo un coche alquilado cuando sufrió una avería en el desierto de los Monegros. Era una mexicana de veintisiete años, bonita y seria que volvía a reunirse aquel día con su marido después de visitar a unos parientes en Zaragoza. Al cabo de una hora de señas desesperadas a los automóviles y camiones de carga que pasaban raudos en la tormenta, el conductor de un autobús destartalado se compadeció de ella. Le advirtió, eso sí, que no iba muy lejos.

– No importa -dijo María-. Lo único que necesito es un teléfono.

Lo necesitaba para prevenir a su marido de que no llegaría antes de las siete de la noche. Parecía un pajarito mojado, con un abrigo de estudiante y los zapatos ya veraniegos. Estaba tan aturdida que olvidó llevarse las llaves del automóvil. Una mujer que viajaba junto al conductor, de aspecto militar pero de maneras dulces, le dio una toalla y una manta, y le hizo un sitio a su lado. Después de secarse a medias, María se sentó, se envolvió en la manta, y trató de hablar con su vecina, pero la mujer la interrumpió con el índice en los labios.
– Están dormidas -murmuró.

María miró por encima del hombro y vio que el autobús estaba ocupado por mujeres que dormían arropadas con mantas iguales a la suya. Contagiada por su placidez, María se enroscó en el asiento y se abandonó al rumor de la lluvia. Cuando se despertó era de noche. No tenía idea de cuánto había dormido ni dónde se encontraba.

– ¿Dónde estamos? -preguntó María a su vecina.
– Hemos llegado -contestó la mujer.

El autobús estaba entrando en el patio empedrado de un edificio enorme y sombrío. Llovía ligeramente; las pasajeras que bajaban parecían mayores y se movían con parsimonia. A María, la última en descender, se le ocurrió que podían ser monjas. Después de despedirse de su vecina María quiso devolverle la manta, pero ella le dijo que se cubriera la cabeza para atravesar el patio, y la devolviera en portería.
– ¿Habrá un teléfono? -le preguntó María.
– Por supuesto -dijo la mujer-. Ahí mismo le indican.

El autobús arrancó sin darle tiempo de más. María empezó a correr hacia la entrada del edificio. Una guardiana la detuvo con una palmada enérgica. María miró por debajo de la manta, y vio unos ojos de hielo y un índice inapelable que le indicó la fila. Obedeció. Ya en el zaguán preguntó al portero dónde había un teléfono. Una de las guardianas la hizo volver a la fila con palmaditas en la espalda, mientras le decía con modos dulces:
– Por aquí, guapa, por aquí hay un teléfono.

María siguió con las otras mujeres hasta un dormitorio colectivo. María le habló a una mujer que le pareció de jerarquía más alta.
– Es que yo solo vine a hablar por teléfono -le dijo María.

Le explicó a toda prisa que su automóvil se había averiado, que su marido estaba esperándola en Barcelona y quería avisarle. Explicó que su marido hacía funciones de magia y la necesitaba como ayudante. La guardiana pareció escucharla con atención.
– ¿Cómo te llamas? -le preguntó.

María le dijo su nombre con un suspiro de alivio, pero la mujer no lo encontró después de repasar la lista varias veces. Habló con otra guardiana, que se encogió de hombros.
– Es que yo solo vine a hablar por teléfono -dijo María.
– De acuerdo, maja – le dijo la superiora, llevándola hacia su cama con una dulzura demasiado ostensible-, si te portas bien mañana podrás hablar por teléfono.

Sólo entonces María comenzó a comprender. Las mujeres del autobús se movían con lentitud quizá porque estaban sedadas. Y aquel viejo palacio, con gruesos muros y escaleras heladas, podría ser un hospital para enfermas mentales. Trató de salir corriendo hacia la entrada, pero una guardiana gigantesca -más tarde María supo que la llamaban “Herculina”- vestida con un mono de mecánico la atrapó férreamente. María la miró aterrorizada.
– Por el amor de Dios -dijo-. Le juro por mi madre muerta que solo vine a hablar por teléfono.

Le bastó con verle la cara para saber que no había súplica posible ante aquella energúmena.
La primera noche, tuvieron que inyectarle un somnífero. Cuando las ansias de fumar la despertaron, antes de amanecer, se encontró amarrada por las muñecas y los tobillos en las barras de la cama. Nadie acudió a sus gritos.

No supo cuánto tiempo había pasado cuando volvió en sí. Pero entonces el mundo era un remanso de paz: frente a su cama un anciano enorme, con andares de oso y sonrisa sedante, le devolvió la dicha de vivir. Era el director del sanatorio. Antes de decirle nada, sin saludarlo siquiera, María le pidió un cigarrillo. Él se lo dio encendido, y le regaló el paquete casi lleno. María no pudo reprimir el llanto.
– Aprovecha ahora para llorar cuanto quieras -le dijo el médico, con voz adormecedora-. No hay mejor remedio que las lágrimas.

María se desahogó sin pudor, como nunca logró hacerlo con sus amantes casuales en los tedios de después del amor. Mientras la oía, el médico la peinaba con los dedos, le arreglaba la almohada para que respirara mejor, la guiaba por el laberinto de su incertidumbre con una sabiduría y una dulzura que ella no había soñado jamás. Era, por primera vez en su vida, el prodigio de ser comprendida por un hombre que la escuchaba con toda el alma sin esperar la recompensa de acostarse con ella. Al cabo de una hora larga, desahogada a fondo, le pidió autorización para hablarle por teléfono a su marido.

El médico se incorporó con toda la majestad de su rango. “Todavía no, reina”, le dijo, dándole en la mejilla la palmadita más tierna que había sentido nunca. “Todo se hará a su tiempo”. Le hizo desde la puerta una bendición episcopal, y desapareció.
– Confía en mí -le dijo.

Esa misma tarde María fue inscrita en el asilo con un número de serie, y con un comentario superficial sobre el enigma de su procedencia y las dudas sobre su identidad. Al margen quedó un diagnóstico escrito de puño y letra del director: agitada.

Tal como María había previsto, su marido tuvo que salir de su apartamento con retraso para cumplir los tres compromisos. Él pensó que la causa del retraso serían las intensas lluvias. Dejó un mensaje clavado en la puerta con el itinerario de la noche.

En la primera fiesta, con todos los niños disfrazados de canguro, prescindió del truco estelar de los peces invisibles porque no podía hacerlo sin la ayuda de ella. En el segundo compromiso, en casa de una anciana de noventa y tres años, estaba tan contrariado con la demora de María, que no pudo concentrarse. El tercer compromiso era el de todas las noches en un café concierto de las Ramblas y resultó desastroso. Después de cada representación estuvo llamando por teléfono a su casa, con la inquietud creciente de que algo malo había ocurrido. La última esperanza se desvaneció cuando encontró su recado todavía prendido en la puerta. Estaba tan contrariado, que se le olvidó darle la comida al gato.

En Barcelona solo se le conocía por su nombre profesional: Saturno el Mago. Era un hombre de carácter raro y con una torpeza social irremediable, pero el tacto y la gracia que le hacían falta le sobraban a María. Esa noche Saturno se conformó con llamar a Zaragoza, donde una abuela medio dormida le contestó sin alarma que María había partido después del almuerzo. Apenas durmió una hora y despertó con una certidumbre pavorosa: ella había vuelto a dejarlo solo. Lo había hecho tres veces con tres hombres distintos en los últimos cinco años. ¿Lo habría hecho de nuevo este fin de semana, aprovechando la visita a sus parientes de Zaragoza? Al amanecer del jueves, María todavía no había dado señales de vida.

El lunes la compañía de seguros del automóvil alquilado llamó para preguntar por María. “No sé nada”, dijo Saturno. “Búsquenla en Zaragoza”. Colgó. Una semana después un policía fue a su casa con la noticia de que habían hallado el automóvil cerca de Cádiz, a novecientos kilómetros de la ruta que debía seguir María. El agente quería saber si María tenía más detalles del robo. Saturno estaba dando de comer al gato y apenas si miró al agente para decirle sin más vueltas que no perdieran el tiempo, pues su mujer se había fugado de la casa y él no sabía con quién ni a dónde. Era tal su convicción, que el agente se sintió incómodo y le pidió perdón por sus preguntas. El caso se declaró cerrado.

Saturno había perdido el control. En los días siguientes llamó por orden alfabético a todos sus conocidos de Barcelona. Nadie le dio razón, pero cada llamada le agravó la desdicha, porque sus delirios de celos eran ya célebres y le contestaban con una ironía que le hacía sufrir. Sólo entonces comprendió hasta qué punto estaba solo en aquella ciudad hermosa, lunática e impenetrable, en la que nunca sería feliz. Por la madrugada, después de darle de comer al gato, se apretó el corazón para no morir, y tomó la determinación de olvidar a María.

Habían pasado dos meses. María no se había adaptado aún a la vida del sanatorio. Sobrevivía picoteando la comida de cárcel con los cubiertos encadenados al tablero de madera basta, y la vista fija en la litografía del general Francisco Franco que presidía el lúgubre comedor medieval. Al principio se resistía a las horas canónicas con su rutina bobalicona de maitines, laudes, vísperas, y otros oficios de iglesia. Se negaba a jugar a la pelota en el patio de recreo, y a trabajar en el taller de flores artificiales. Pero a partir de la tercera semana fue incorporándose poco a poco a la vida del claustro. A fin de cuentas, decían los médicos, así empezaban todas, y tarde o temprano terminaban por integrarse a la comunidad.

La falta de cigarrillos, resuelta en los primeros días por una guardiana que se los vendía a precio de oro, volvió a atormentarla cuando se le agotó el poco dinero que llevaba. Se consoló después con los cigarrillos de papel periódico que algunas reclusas fabricaban con las colillas recogidas de la basura, pues la obsesión de fumar había llegado a ser tan intensa como la del teléfono. Las pesetas exiguas que se ganó más tarde fabricando flores artificiales le permitieron un alivio efímero.

Lo más duro era la soledad de las noches. Muchas reclusas permanecían despiertas en la penumbra, como ella, pero sin atreverse a nada, pues la guardiana nocturna velaba también el portón cerrado con cadena y candado. Una noche, sin embargo, abrumada por la pesadumbre, María preguntó con voz suficiente para que le oyera su vecina de cama:
– ¿Dónde estamos?
– En los profundos infiernos – le contestó la voz grave y lúcida de la vecina.

Desde su primera semana en el sanatorio, la vigilante nocturna le había propuesto sin rodeos que durmiera con ella en el cuarto de guardia. Empezó con un negocio concreto: amor por cigarrillos, por chocolates, por lo que fuera. “Tendrás todo”, le decía, trémula. “Serás la reina”. Ante el rechazo de María, la guardiana cambió de método. Le dejaba papelitos de amor debajo de la almohada, en los bolsillos de la bata, en los sitios menos pensados. Eran mensajes de un apremio desgarrador capaz de estremecer a las piedras. Hacía más de un mes que parecía resignada a la derrota, aquella noche del incidente en el dormitorio.

Convencida de que todas las reclusas dormían, la guardiana se acercó a la cama de María, y murmuró en su oído toda clase de obscenidades tiernas, mientras le besaba la cara, el cuello tenso de terror, los brazos yermos, las piernas exhaustas. Por último, creyendo tal vez que la parálisis de María no era de miedo sino de complacencia, se atrevió a ir más lejos. María le soltó entonces un golpe con el revés de la mano que la mandó contra la cama vecina. La guardiana se incorporó furibunda en medio del escándalo de las reclusas alborotadas.
– Hija de puta -gritó-. Nos pudriremos juntas en este chiquero hasta que te vuelvas loca por mí.

El verano llegó sin anunciarse, a comienzos de junio. Hubo que tomar medidas de emergencia, porque las reclusas sofocadas empezaban a quitarse durante la misa la tosca ropa de invierno. María asistió divertida al espectáculo de las enfermas en pelota que las guardianas encorrían por las naves como gallinas ciegas. En medio de la confusión, trató de protegerse de los golpes perdidos, y sin saber cómo se encontró sola en una oficina con un teléfono que sonaba sin cesar. María cayó en la cuenta de la ocasión irrepetible. Descolgó y volvió a colgar marcando las cifras, con tanta tensión y tanta prisa, que no estuvo segura de que fuese el número de su casa. Esperó con el corazón desbocado, oyó el timbre, una vez, dos veces, tres veces, y oyó por fin la voz del hombre de su vida en la casa sin ella.
– ¿Diga?

Tuvo que esperar a que se le pasara el nudo de lágrimas que se le formó en la garganta.
– Conejo, vida mía -suspiró.

Las lágrimas la vencieron. Al otro lado de la línea hubo un breve silencio, espantoso, y, por fin, una voz enardecida por los celos escupió la palabra:
– ¡Puta! Y colgó en seco.

Esa noche, en un ataque frenético, María descolgó en el refectorio la litografía del generalísimo, la arrojó con todas sus fuerzas contra la ventana del jardín, y se derrumbó bañada en sangre. Aún le sobró rabia para enfrentarse a golpes con los guardianes que trataban de someterla, sin lograrlo, hasta que vio a Herculina plantada en el vano de la puerta, con los brazos cruzados mirándola. Se rindió. La arrastraron hasta el pabellón de las locas furiosas, la aniquilaron con una manguera de agua helada, y le inyectaron trementina en las piernas. Impedida para caminar por la inflamación provocada, María se dio cuenta de que no había nada en el mundo que no fuera capaz de hacer por escapar de aquel infierno. La semana siguiente, ya de regreso al dormitorio común, se levantó de puntillas y tocó en la celda de la guardiana nocturna.

El precio de María, exigido de antemano, fue llevarle un mensaje a su marido. La guardiana aceptó, siempre que el trato se mantuviera en secreto absoluto. Y la apuntó con el índice.
– Si alguna vez se sabe, te mueres.

Así que Saturno el Mago fue al sanatorio de locas el sábado siguiente, preparado para celebrar el regreso de María. El director en persona lo recibió en su oficina, tan limpia y ordenada como un barco de guerra, y le hizo un informe afectuoso sobre el estado de su esposa. Nadie sabía de dónde llegó, ni cómo, ni cuándo, pues el primer dato de su ingreso era la entrevista con el director. Lo que más intrigaba al director era cómo supo Saturno el paradero de su esposa. Saturno protegió a la guardiana.
– Me informó la compañía de seguros del coche -dijo.

El director asintió complacido. “No sé cómo hacen los seguros para saberlo todo”, dijo. Le dio una ojeada al expediente que tenía sobre su escritorio de asceta, y concluyó:
– Lo único cierto es la gravedad de su estado.

Estaba dispuesto a autorizarle una visita con las precauciones debidas si Saturno le prometía, por el bien de su esposa, ceñirse a la conducta que él le indicaba. Sobre todo en la manera de tratarla, para evitar que recayera en uno de sus arrebatos de furia, frecuentes y peligrosos.
– Es raro -dijo Saturno-. Siempre fue de genio fuerte, pero de mucho dominio.

El médico hizo un ademán de sabio. “Hay conductas que permanecen latentes durante muchos años, y un día estallan”, dijo. “Con todo, es una suerte que haya caído por aquí, porque somos especialistas en casos que requieren mano dura”. Al final hizo una advertencia sobre la rara obsesión de María por el teléfono.
– Sígale la corriente -dijo.
-Tranquilo, doctor -dijo Saturno con un aire alegre-. Es mi especialidad.

La sala de visitas, mezcla de cárcel y confesionario, era un antiguo locutorio del convento. La entrada de Saturno no fue la explosión de júbilo que cabía esperar. María estaba de pie en el centro del salón, junto a una mesita con dos sillas y un florero sin flores. Era evidente que estaba lista para irse, con su lamentable abrigo color fresa y unos zapatos sórdidos que le habían dado de caridad. En un rincón, casi invisible, estaba Herculina con los brazos cruzados. María no se movió al ver entrar al esposo ni asomó emoción alguna en su cara con los rasguños del vidrio destrozado. Se dieron un beso de rutina.
– ¿Cómo te sientes? -le preguntó él.
– Feliz de que al fin hayas venido, conejo -dijo ella-. Esto ha sido la muerte.

No tuvieron tiempo de sentarse. Ahogándose en lágrimas, María le contó las miserias del claustro, la barbarie de las guardianas, la comida de perros, las noches interminables sin cerrar los ojos por el terror.
– Ya no sé cuántos días llevo aquí, o meses o años, pero sé que cada uno ha sido peor que el otro -dijo, y suspiró con el alma-: Creo que nunca volveré a ser la misma.
– Ahora todo eso pasó -dijo él, acariciándole con la yema de los dedos las cicatrices recientes de la cara-. Seguiré viniendo todos los sábados. Y más si el director me lo permite. Todo va a salir muy bien.

Ella fijó en los ojos de él sus ojos aterrados. Saturno intentó sus artes de salón. Le contó, en el tono pueril de las grandes mentiras, una versión dulcificada de los propósitos del médico. “En síntesis”, concluyó, “aún te faltan algunos días para estar recuperada por completo”. María entendió la verdad.
– ¡Por Dios, conejo! -dijo atónita-. ¡No me digas que tú también crees que estoy loca!
– ¡Cómo se te ocurre! -dijo él, tratando de reír-. Lo que pasa es que será mucho más conveniente para todos que sigas un tiempo aquí. En mejores condiciones, por supuesto.
– ¡Pero si ya te dije que solo vine a hablar por teléfono! -dijo María.

Él no supo cómo reaccionar ante la obsesión temible. Miró a Herculina. Ésta aprovechó la mirada para indicarle en su reloj que era tiempo de terminar la visita. María interceptó la señal y vio a Herculina en la posición del asalto inminente. Entonces se aferró al cuello de su marido gritando como una verdadera loca. Él se la quitó de encima con tanto amor como pudo, y la dejó a merced de Herculina, que sin darle tiempo para reaccionar la sujetó con un brazo de hierro alrededor del cuello, y le gritó a Saturno:
– ¡Váyase!

Saturno huyo despavorido.

El sábado siguiente, ya repuesto del espanto de la visita, Saturno volvió al sanatorio. María se negó a recibir a su marido, tampoco a verlo desde los balcones. Saturno se sintió herido de muerte.
– Es una reacción típica -lo consoló el director-. Ya pasará.

Pero no pasó nunca. Después de intentar muchas veces ver de nuevo a María, Saturno hizo lo imposible para que recibiera una carta, pero fue inútil. Cuatro veces la devolvió cerrada y sin comentarios. Saturno desistió, pero siguió dejando en la portería del hospital las raciones de cigarrillos, sin saber siquiera si llegaban a María, hasta que lo venció la realidad.

Nunca más se supo de Saturno, salvo que volvió a casarse y regresó a su país. Antes de irse de Barcelona le dejó el gato medio muerto de hambre a una noviecita casual, y le pidió que siguiese llevándole los cigarrillos a María, hasta que un día la muchacha solo encontró los escombros del hospital, demolido como un mal recuerdo de aquellos tiempos ingratos. La última vez que la vio, María le pareció muy lúcida, un poco pasada de peso y contenta con la paz del claustro. Ese día le había llevado el gato, porque ya se le había acabado el dinero que Saturno le dejó para darle de comer.

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