Ocho mujeres

Presentación

Ocho mujeres

El ocho de marzo de 2017, Día de la Mujer traemos ocho retratos femeninos de ocho autores importantes.

Unos breves retratos, apenas unas palabras, de estos grandes narradores nos ayudan a entender mejor el universo de la mujer. Chaucer, Cervantes, Voltaire, Turguenev, Pedro Antonio de Alarcón, Maupassant, Chejov, Torrente Ballester – alguno de cuyos cuentos ya han aparecido en nuestro blog- nos deleitan, nos hacen pensar, nos emocionan.

Ocho mujeres

Breves retratos femeninos, a lo largo de seiscientos años

(textos adaptados)

Esta entrega de RelatABA pretende ser una contribución de nuestro blog al Día de la Mujer, en marzo de 2017. Se recogen ocho brevísimos retratos que de la mujer se han hecho en la literatura occidental a lo largo de seiscientos años. Alguna de estas descripciones ya ha sido recogida en los cuentos aparecidos en nuestro blog.

CHAUCER. La Comadre de Bath, personaje de los Cuentos de Canterbury (1385)

Los Cuentos de Canterbury es el relato del viaje de un grupo de peregrinos desde Londres a Canterbury, para visitar los restos de Santo Tomás Beckett. Cada noche uno de los los peregrinos narraba un cuento. Uno de los cuentos es narrado por una Comadre, nacida en Bath, que había tenido cinco matrimonios y  cinco maridos y que es así descrita:

Ninguna mujer osaba adelantársele cuando se dirigía al ofertorio. Su rostro era bello; su expresión, altanera, y su talante, gracioso.

En este divertido cuento se descifran “las tres cosas que más desean la mujeres”:
Lo que más desean las mujeres: ejercer la autoridad, tanto sobre sus esposos como sobre sus amantes y tener poder sobre ellos; éste es su mayor deseo. Lo que más desean, en segundo lugar: que se fijen en ellas y se elogien sus aderezos y su belleza. Lo que más odian: que se les recuerden sus defectos.

CERVANTES. Marcela, personaje de Don Quijote (1605)

Marcela, personaje de Cervantes, era hija de Guillermo el Rico y, al fallecer éste, heredó su fortuna. Marcela creció con belleza; cuando llegó a la edad de catorce a quince años nadie que la miraba no bendecía a Dios que tan hermosa la había criado. Pero Marcela prefirió irse al campo en compañía de otras zagalas guardando sus cabras. Con estos desdenes se dice que provocó la muerte de un celoso enamorado, Grisóstomo; y Marcela se defendía diciendo:

Yo nací libre, y para poder vivir escogí la soledad de los campos: los árboles destas montañas son mi compañía, las claras aguas destos arroyos mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosuras. Fuego soy apartado y espada puesta lejos.

Yo, como sabéis, tengo riquezas propias y no codicio las ajenas; tengo libre condición y no gusto de sujetarme; ni quiero ni aborrezco a nadie; no engaño a éste, ni solicito aquél, ni burlo con uno ni me entretengo con el otro. La conversación honesta de las zagalas destas aldeas y el cuidado de mis cabras me entretiene; tienen mis deseos por término estas montañas, y si de aquí salen es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma a su morada primera.

Y en diciendo esto, sin querer oír respuesta alguna, volvió las espaldas y se entró por lo más cerrado de un monte que allí cerca estaba, dejando admirados, tanto de su discreción como de su hermosura, a todos los que allí estaban.

VOLTAIREAlmona, personaje de Zadig (1747)

El pecho de Almona, sus ojos negros rasgados que brillaban suavemente de amoroso fuego, sus mejillas – púrpura animada con la más cándida leche-, su nariz delicada, sus labios -dos hilos de coral que ensartaban las más bellas perlas de Arabia-, todo, en fin, persuadió al viejo de que había vuelto a sus veinte años.

TURGENEV. Zenaida, personaje de El primer amor (1860)

La dacha vecina había sido alquilada por una familia de la baja aristocracia, de la que una joven formaba parte. Yo había alcanzado a verla de perfil entre los arbustos del jardín. En los movimientos de la muchacha había algo tan delicado, exigente, mimoso, burlón y tierno, que casi grité de admiración y placer, y sentí que estaba dispuesto a darlo todo para que esos deditos encantadores acariciasen mi frente.

PEDRO ANTONIO DE ALARCÓN. La Comendadora, personaje del cuento del mismo nombre (1868)

en un ángulo del salón –desde donde podía verse el cielo, las copas de los árboles y los rojizos torreones de la Alhambra, pero donde no podía ser vista más que por los pájaros que revoloteaban sobre el Darro-, inmóvil, con la mirada perdida en el infinito azul de la atmósfera y pasando lentamente las cuentas de un larguísimo rosario, estaba sentada una monja, una Comendadora de Santiago, como de treinta años, con unas sencillas ropas de aspecto seglar.

Vestía de negro, con un gran pañuelo de hilo blanco cerrado hasta el cuello. No llevaba manto ni toca, lo que dejaba ver un negro y abundantísimo pelo recogido con un lazo en la nuca. Aquella mujer resultaba hermosísima; el desaliño de su vestido dejaba en libertad su natural gracia. Alta, recia, esbelta y armónica, el ropaje de lana, pegado a su cuerpo, revelaba más que cubría, la traza clásica de sus espléndidas proporciones. Remataba esta soberana figura un rostro moreno, algo descarnado, oval, de una palidez intensa, que contrastaba con dos profundas ojeras, lívidas, llenas de misteriosas tristezas.

MAUPASSANT. Una honesta mujer de provincias, personaje de Una aventura parisiense  (1881)

¿Existe en la mujer un sentimiento más agudo que la curiosidad?
Una mujer, cuando su curiosidad se despierta, cometerá locuras, imprudencias, audacias, no retrocederá ante nada. Hablo de las mujeres realmente mujeres, dotadas de ese triple fondo de compartimentos secretos: el primero, de inquietud femenina siempre agitada; el segundo, de astucia coloreada de ingenuidad; el último, por fin, de desenfado encantador, de trapacería exquisita, de deliciosa perfidia, de todas esas perversas cualidades que empujan al suicidio a los amantes crédulos, pero que arroban a los otros.

CHEJOV. Vera, personaje de Vérochka (1887)

Ante Ognev estaba la hija de Kuznetsov, Vera, una joven de 21 años, habitualmente triste.

Las jóvenes que sueñan mucho, que pasan días enteros recostadas perezosamente leyendo todo lo que cae en sus manos, y que se sienten aburridas y tristes, suelen vestirse con negligencia. A las que poseen el don natural del gusto y el instinto de la belleza, esa leve negligencia en el vestir les otorga un encanto especial. Vérochka era esbelta; tenía un perfil regular y hermoso cabello ondulado. A Ognev, quien no había visto en su vida muchas mujeres, le parecía una beldad.

Ognev, recordando más tarde a Vérochka, no se la podía imaginar sin su amplia chaquetilla que formaba profundos pliegues junto al talle y sin embargo no lo rozaba; sin su rizo, escapado del alto peinado y colgado sobre la frente; sin aquel chal rojo con pompones en los bordes, que por las noches pendía tristemente del hombro de Vérochka, mientras que de día estaba tirado en el vestíbulo, junto con los sombreros masculinos, o bien en el comedor sobre un baúl donde dormía, sin ceremonias, la vieja gata. Este chal y los pliegues de la chaquetilla exhalaban un soplo de desperezada libertad.

GONZALO TORRENTE BALLESTER. Miguela y Chuco, personajes de La Miguela (1944)

Miguela era su compañía. Los tratos quedaron hechos antes de partir para el servicio. Ella tenía por su madre una casita de un solo cuarto y cocina; él, un campo para maíz y viñedo. Ella labraría el campo y con lo que Chuco pudiese ahorrar en la Armada, comprarían el ajuar.

Se casaron el día de la Virgen, una boda sencilla, con Antonia la Galana y el viejo Cabeiro como padrinos. Se cuenta que tardaron mucho en acostarse; hay quien los vio a medianoche asomados a la ventana, en silencio, mirando al mar.

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