Harry, mi hijo

Presentación

Harry, mi hijo (1968)

Reseña biográfica de Bernad Malamud

Bernard Malamud (Nueva York,1914-1986). Escritor estadounidense, autor de numerosas novelas y varios volúmenes de relatos cortos. Miembro de la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras, Premio Nacional del Libro y Premio Pulitzer de Ficción (1967). Considerado uno de los principales exponentes de la literatura de su país, alguna de sus obras fue adaptada al cine (El hombre de Kiev, 1968, guión de Dalton Trumbo y dirección de John Frankenheimer). Malamud es uno de los grandes testigos de la realidad marginal en Estados Unidos. Su prosa afilada y casi dolorosa se nutre del realismo del siglo XX (Hawthorne, Henry James, Dostoyevski, Chéjov) y contribuye -con Saul Bellow, Philip Roth, Doctorow, Carver y otros- a la creación de este seco moderno realismo, tan genuinamente norteamericano.

Texto adaptado. Harry, mi hijo (1968)

Harry se despierta sintiendo que su padre está en el pasillo, escuchando. Su padre le escucha cuando duerme y sueña; cuando se levanta y busca a tientas los pantalones; cuando no se pone los zapatos; cuando no va a la cocina para comer algo; cuando se mira al espejo con los ojos cerrados; cuando está sentado una hora en el retrete; cuando hojea las páginas de un libro que no puede leer. Escucha su angustia, su sole­dad. El hijo oye que su padre está plantado en el pasillo. Mi hijo, el desconocido. Abro la puerta y veo a mi padre en el pasillo.

–¿Qué estás haciendo ahí? ¿Por qué no vas a trabajar?

–Porque he tomado las vacaciones en invierno, en vez de en verano, como antes.

–¿Por qué lo has hecho? Te pasas todo el tiempo en este oscuro y maloliente pasillo tra­tando de adivinar lo que no ves. ¿Por qué estás siempre espián­dome?

Mi hijo no me habla. Yo le oigo a veces en su habitación, pero no sé lo que le pasa. Es terrible para un padre. Tal vez un día me escriba una carta: Querido padre… Querido hijo Harry, abre la puerta. Mi hijo, el prisionero. Mi mujer se marcha por la mañana para pasar el día con nuestra hija casada, que espera el cuarto hijo. Allí cocina, limpia y cuida de los tres pequeños. La hija tiene un embarazo malo, la tensión alta y está en la cama por consejo médico. Mi mujer está preocupada por Harry. Desde que se graduó, el invierno pasado, está siempre solo, nervioso, sumido en sus pensamientos. Te responde gritando. Lee los perió­dicos, fuma, no se mueve de su habitación. Solo de vez en cuando sale a la calle a dar un paseo.

–¿Qué tal el paseo, Harry?

Mi mujer le aconsejó que buscase trabajo y él salió un par de veces a buscarlo. Pero cuando tuvo alguna oferta, no la aceptó.

–No es que no quiera trabajar. Es que me siento mal.

–¿Y por qué te sientes mal?

–Yo siento lo que siento. Siento lo que es.

–¿Es tu salud, hijito? Tal vez tendrías que ir al médico.

–Te pedí que no volvieses a llamarme hijito. No es mi salud. Sea lo que sea, no quiero hablar de eso. No es la clase de trabajo que me interesa.

–Pero, mientras tanto, acepta algún empleo temporal.

Él se puso a chillar.

–Todo es temporal. ¿Por qué añadir más cosas temporales? Mi estómago es temporal. El maldito mundo es temporal. No quiero añadir un trabajo temporal. Quiero lo contrario, ¿dónde está? ¿Dónde puedo encontrarlo?

Mi padre escucha en la cocina. Mi hijo, temporal. Mi madre me dice que me sentiría mejor si trabajase. Yo digo que no. Cumplí veintidós años en diciembre, me gradué en la universidad y ya saben para qué sirve eso. Por la noche veo las noticias. Sigo día a día esta guerra ardiente y enorme en una pantalla pequeña. Llueven bombas y las llamas son cada vez más altas. A veces me inclino y toco la guerra con la palma de la mano. Pienso que se me va a morir la mano. Mi hijo, el de la mano muerta. Espero que me llamen a filas el día menos pensado, pero ya no me preocupa. No pienso ir. Me marcharé al Canadá o a cualquier otro sitio adonde pueda llegar. Mi mujer está asustada y se alegra de ir a casa de mi hija temprano por la mañana para cuidar de los tres niños. Yo me quedo con Harry, pero no me habla. “Tendrías que llamar a Harry y hablar con él”, dice mi esposa a mi hija. “Algún día lo haré, pero hay nueve años de diferencia entre los dos; él me considera como otra madre y con una tiene bastante. Le quería de pequeño, pero ahora es difícil tratar, ya no te corresponde”. Mi hija tiene la tensión alta. Creo que le da miedo llamarle. Me he tomado unas vacaciones, piensa Leo en voz alta. Le dije al jefe que no era grave, pero que necesitaba unas vacaciones cortas. A mi amigo Moe Berkman le dije la verdad: dejaba de trabajar unos días porque Harry me tenía preocupado.

–Te comprendo, Leo. También tuve preocupa­ciones con mis hijos. ¿Por qué no vienes a jugar al póquer este viernes por la noche? Tenemos una buena partida.

–Ya veré cómo marchan las cosas el viernes. No puedo prometértelo.

–Procura venir, te relajará y aliviará la preocupación.

Es la peor clase de preocupación. Si me preocupo por mí mismo puedo decirme: Leo, eres un estúpido; no debes preocuparte por nada. ¿Por dinero? ¿Por la salud, que siempre ha sido bastante buena, aunque tengo mis altibajos? ¿Por qué pronto cumpliré sesenta años y la juventud no vuelve? Pero cuando la preocupación es por otra persona, es peor. No podemos meternos dentro de la otra persona y averiguar la causa. No sabemos qué interruptor apretar. Lo único que hacemos es preocupamos más. Por eso, yo espero en el pasillo que da la puerta de Harry.

–Harry, no te preocupes demasiado por la guerra.

–Por favor, no me digas de qué tengo que preocuparme o no preocuparme.

–Harry, tu padre te quiere. De pequeño, corrías a mi encuentro cuando volvía a casa; yo te levantaba hasta el techo; te gustaba tocarlo con tu manita.

–No vuelvas a hablarme de eso. No quiero oír nada de cuando era pequeño.

–Harry, vivimos como extraños. Sólo te digo que recuerdo días mejores. Los tiempos en que no nos daba miedo mostrar que nos queríamos.

Él no dice nada.

–Deja que te cueza un huevo.

–Un huevo es lo que menos deseo en el mundo.

–Entonces, ¿qué quieres?

Harry se puso el abrigo, cogió su sombrero y bajó a la calle. Caminó a lo largo de Ocean Parkway, con su abrigo largo y su raído sombrero marrón. Su padre le seguía y eso le enfurecía enor­memente. Harry dio la vuelta; aunque estaba furioso, fingió no ver a su padre que cruzaba también la calzada tras él. El padre siguió a su hijo hasta casa. Cuando llegó, Harry ya estaba arriba, en su habitación, siempre con la puerta cerrada. Leo, antes de subir, había abierto el buzón. Había tres cartas; quizá alguna era de su hijo, dirigida a él. “Querido padre, deja que te explique la razón de que actúe como lo hago…” No había tal carta. Una era para él de la Mutualidad de Correos. Las otras dos eran para Harry. Una era de la oficina de reclu­tamiento; la llevó a la habitación de su hijo, llamó a la puerta y esperó. Esperó un rato.

–Hay una carta para ti de la oficina de reclutamiento.

Entró en la habi­tación. Su hijo estaba tumbado en la cama, con los ojos cerrados.

–Déjala encima de la mesa.

–¿Quieres que la abra, Harry?

–No, no quiero que la abras. Déjala en la mesa. Ya sé lo que dice.

–¿Les escribiste otra carta?

–Eso es cosa mía.

El padre dejó la carta en la mesa. La otra carta para su hijo se la llevó a la cocina; cerró la puerta y puso a hervir un poco de agua. Pensó leerla rápidamente, cerrar de nuevo el sobre con pegamento y echarla de nuevo al buzón. Leyó la carta. La enviaba una chica. Había prestado dos libros a Harry hacía seis meses. Le rogaba que se los devolviera lo antes posible, para no tener que escribirle otra vez. Leo la estaba leyendo cuando Harry entró en la cocina; le arrancó la carta de las manos.

–Debería asesinarte por espiarme de esta manera.

Leo desvió la vista hacia la pequeña ventana. Le ardía el rostro y se sintió mareado.

–Si vuelves a hacerlo, no te sorprendas si te mato. Estoy harto de que me espíes.

–Harry, estás hablando con tu padre.

Harry salió de la casa. Leo entró en la habitación del hijo. Registró los cajones. Sobre la mesa, junto a la ventana, un trozo de papel escrito por Harry decía: “Querida Edith, ¿por qué no te jodes? Si vuelves a escribirme otra carta estúpida, te mataré.” Mi hijo, el asesino. El padre se puso el sombrero y el abrigo y salió de casa. Caminó hasta que vio a Harry al final de la calle. Le siguió, a una distancia de media manzana. Siguió a Harry y llegó a tiempo de ver que tomaba un trolebús. Leo tuvo que esperar al siguiente. Llegó quince minutos más tarde, y Leo lo tomó. Era febrero y Coney Island estaba húmeda, fría y desierta. Parecía que iba a nevar. Leo avanzó por el paseo de tablas, entre ráfagas de nieve, buscando a su hijo. Las playas grises, sin sol, estaban vacías. Los puestos de perritos calientes, de tiro al blanco y los establecimientos de baños estaban cerrados. El océano parecía que iba a congelarse. Soplaba viento del mar y se introducía por debajo de la ropa de Leo, haciéndole temblar mientras andaba. Caminó bajo las ráfagas buscando a su hijo. Vio una figura en la playa, de pie, ante la espumosa rompiente. Leo bajó corriendo la escalera de madera y avanzó por la arena. La figura  de pie en la playa rugiente era Harry; el agua le cubría los zapatos. Leo corrió hacia su hijo.

–Perdóname, Harry; hice mal, siento haberte abierto la carta.

Harry no se movió. Siguió en el agua, fija la mirada en las hinchadas olas de plomo.

–Tengo miedo, Harry, dime qué te pasa. Hijo mío, compadécete de mí.

Yo le tengo miedo al mundo, pensó Harry. Me espanta. Pero no dijo nada. El viento levanta el sombrero de Leo, que corre en una dirección, después en otra y luego hacia el agua, hasta que el viento lleva el sombrero hasta sus piernas. Llorando, sin aliento, Leo se enjuga los ojos con los dedos helados y vuelve hacia su hijo, que sigue en la orilla del mar. “Es un hombre solitario. Él es así. Siempre estará solo”. Mi hijo, el solitario.

–¿Qué puedo decirte, Harry? ¿Quién dijo que la vida es fácil? No lo fue para mí y no lo es para ti. La vida es así… ¿Pero, qué vas a hacer si estás muerto? La nada es nada; es mejor vivir. Ven a casa, Harry, hace frío, pillarás un resfriado.

Harry sigue inmóvil en el agua. Leo, al fin, se marcha lentamente. El viento le arranca el sombrero que vuela por la arena. Esta vez Leo no va tras el sombrero; se queda quieto mirando cómo se aleja. Mi padre escucha en el pasillo. Me sigue por la calle. Me encuentra en la orilla del mar. Mi hijo se queda en la playa con los pies en el océano.

1 comentario en Harry, mi hijo

  1. paloma says:

    Es un relato durísimo.

    Yo estoy luchando para que mi hijo no pierda la ganas de vivir.

    Y todos los días y en cualquier momento que puedo, hablo con él, intento que me escuche y que hago lo posible para que pueda entender lo que le cuento.

    Es muy difícil
    .
    Esta historia me ha parecido rendición por parte de los dos. (O respeto según otra lectura).

    Gracias.

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