Filemón y Baucis

Presentación

Filemón y Baucis (aprox. 10 dC)

Nota biográfica de Ovidio

Publio Ovidio Nasón (Sulmona, 43 aC – Tomis, actualmente Constanza, en Rumanía 17 dC) fue un poeta romano.

A la muerte de su padre, Ovidio heredó sus propiedades y pudo vivir sin preocupaciones, viajando a diferentes lugares como Atenas, Asia Menor y Sicilia, donde completó sus estudios, dedicándose ya plenamente a la poesía. Además de por su poesía erótica recogida particularmente en Arte de amar, Ovidio sigue siendo recordado por Las metamorfosis, epopeya en quince volúmenes que recoge gran parte de la mitología grecorromana. La obra, que se conserva casi íntegra, no sólo ha sido una gran fuente de inspiración para autores posteriores, sino que ha dado a los estudiosos un material único sobre mitología clásica.

Hoy traemos a RelatABA un breve relato – Filemón y Baucis- con el que este mes de julio queremos sumarnos al “Día de los abuelos”. Extraído de Las Metamorfosis descubre el talento de Ovidio para describir con emoción las pequeñas cosas de la vida, desde las hojas de menta con que la pareja de ancianos limpia y perfuma la mesa para sus visitantes hasta la delicadeza de sus sentimientos recíprocos.

Este delicado relato es una muestra de cómo Ovidio contribuye a la creación y sostenimiento de los poderosos mitos grecorromanos, de los que nuestra civilización sigue nutriéndose todavía.

Texto adaptado. Filemón y Baucis

(leyenda recogida en La Metamorfosis)

Baucis, la anciana esposa de Filemón, recibió en su modesta casa a Júpiter y su hijo Mercurio, los cuales, ataviados como caminantes y después de un largo camino, no habían sido acogidos en ninguna de las casas de la aldea.

La anciana removió las brasas del hogar, reavivó el fuego con hojas y cortezas e hizo nacer las llamas soplando con su débil aliento; partió unos trozos de leña y ramas secas, las colocó bajo un pequeño caldero y cortó después las hojas de un repollo que su esposo Filemón había recogido en el huerto. Éste, a su vez, alcanzó con una horca un lomo de cerdo curado y añejo que colgaba de una viga, cortó unas lonchas y las echó en el agua hirviendo.

Y mientras entretenían con su charla la espera, llenaron de agua caliente una artesa de madera y lavaron los pies polvorientos de los caminantes.

Baucis puso la mesa con movimientos temblorosos. Y como de las tres patas de la mesa una era más corta, para nivelarla colocó un pedazo de barro cocido y después la limpió con verdes hojas de menta. Sirvieron aceitunas, otoñales cerezas de cornejo, aliñadas con salsa y achicoria silvestre; rábanos y queso, y huevos levemente volteados sobre brasas, todo ello en cacharros de barro. Trajeron después un recipiente grande de barro y vasos de madera recubiertos en su interior de rubia cera. La espera fue corta: del hogar llegaron las viandas calientes y también trajeron vino no muy añejo que, apartado un poco de lado, dejó paso a los postres. Ahora fueron nueces, higos secos mezclados con arrugados dátiles, ciruelas y manzanas perfumadas y cestos de uvas recogidas de rojas vides, y, en medio, un blanco panal de dulce miel.

A todo esto había que añadir sus rostros amables y su trato solícito y generoso.

Mientras tanto, vieron que el recipiente del que habían bebido varias veces se volvió a llenar misteriosamente y el vino aumentó por sí solo.  Baucis y Filemón musitaron plegarias y pidieron perdón por la pobreza de los alimentos y del servicio.

Solo tenían un ganso, guardián de la minúscula casa, y pensaron sacrificarlo para los huéspedes, pero el animal corrió veloz aleteando, burló la persecución de los ancianos y al fin se refugió junto a los caminantes. Estos les prohibieron matarlo y dijeron:

– Somos dioses y esta comarca impía sufrirá el castigo que se merece, pero vosotros os salvaréis. Seguid nuestros pasos hasta la cumbre de la montaña.

Obedecieron y, precedidos por los dioses, avanzaron lentamente apoyados en sus bastones, frenados por el peso de los años y fatigados por la interminable cuesta. Cuando estaban  a un tiro de flechade la cumbre volvieron atrás la mirada: todo estaba anegado bajo las aguas de un pantano, solo quedaba su casa. Mientras lloraban la suerte de sus vecinos, su vieja y pequeña choza se transformó en un hermoso templo. Las columnas sustituyeron a los postes, la paja se volvió amarilla, convertida en un tejado de oro, las puertas aparecieron esculpidas y el suelo de mármol.

Y entonces Júpiter dijo:

  • Venerables ancianos, decid ahora, qué deseáis.

Baucis y Filemón se miraron. Tras consultar brevemente entre ellos, Filemón respondió:

  • Queremos ser vuestros sacerdotes y cuidar el templo. Y que la misma hora nos lleve a los dos; que no vea yo nunca la tumba de mi esposa, ni tenga ella que enterrarme a mí.

La petición fue atendida y mientras tuvieron vida fueron los guardianes del templo.

Luego, ya debilitados por la edad, cuando se encontraban un día ante los sagrados peldaños del templo, vio Baucis que a Filemón le salían ramas y hojas, y el anciano Filemón vio también cubrirse de ramas y hojas a Baucis. Y mientras las copas de los dos árboles crecían sobre sus rostros, siguieron hablándose el uno al otro y se decían: “Adiós, esposa; adiós, esposo” y, al mismo tiempo, la corteza recubrió y ocultó sus bocas.

2 comentarios en Filemón y Baucis

  1. Raquel Téllez Rodríguez says:

    Nunca, quizá por las prisas, me había parado a dejar un comentario sobre vuestros relatos.
    Desde luego los leo todos, me gusta la lectura y no se puede desperdiciar algo tan valioso como ese tiempo que dedicáis y nos ofrecéis a nosotros, cuando publicáis estos suculentos relatos.
    Me gustan muchísimo, los disfruto y además me sirven para pararme a reflexionar algunos minutos, que siempre viene estupendamente.
    Enhorabuena, y gracias por ellos.
    Un saludo
    Raquel

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