Navidad sin ambiente

Presentación

Navidad sin ambiente (1971) 

Esa clase media española de la posguerra que no acierta a salir de su pequeño mundo; ese apuntar de las nuevas preocupaciones –el seiscientos, la obesidad…- ése no saber escuchar, ése no querer comprender, ese difícil equilibrio de la mujer que quiere a toda costa satisfacer a los que le rodean…

Todo eso está recogido en este breve relato del Delibes, maestro del diálogo.

Nota biográfica sobre Miguel Delibes (1920- 2010)

Nacido y fallecido en Valladolid (1920-2010) Miguel Delibes  fue un novelista español miembro de la Real Academia Española. Comenzó su carrera como periodista en El Norte de Castilla, diario que llegó a dirigir, para pasar a dedicarse enteramente a la novela.

Gran conocedor de la fauna y flora de su entorno geográfico, apasionado de la caza y del mundo rural supo plasmar Castilla en sus obras. La muerte de su esposa en 1974 le marcó profundamente; en 1998 padeció un cáncer de colon que detuvo casi por completo su carrera literaria hasta su muerte en 2010.

Se trata de una de las primeras figuras de la literatura española posterior a la guerra civil, reconocido con multitud de galardones. Autor de una abundante y dilatada producción, con más de veinte novelas largas (Cinco horas con Mario, 1966; El disputado voto del señor Cayo, 1978; El hereje, 1998), relatos, libros de viajes y libros de caza. Varias de sus obras han sido adaptadas con éxito al teatro y al cine (Los santos inocentes).

Texto adaptado. Navidad sin ambiente (1971) 

-Ella nunca ponía el Niño de esa manera -dijo Chelo al sentarse a la mesa.

-Es lo mismo; cámbialo. Ni me di cuenta.

Cati se pasó delicadamente las manos por las mejillas sofocadas.

-Sentaos -dijo.

Raúl y Tomás hablaban junto a la chimenea.

Dijo Chelo:

-Mujer, es lo mismo. El caso es que el Niño presida, ¿no?

La silla crujió al sentarse Raúl, a la cabecera. Elvi rió al otro extremo.

-Deberías comer con más cuidado -dijo-. Yo no sé dónde vas a llegar.

Dijo Frutos:

-¿Por qué no habéis prendido lumbre como otros años?

A Cati le temblaba un poco la voz:

-Pensé que no hacía frío -levantó sus flacos hombros como disculpándose-. No sé…

-Bendice -dijo Toña.

La voz de Raúl, a la cabecera, tenía un volumen hinchado y creciente, como el retumbo de un trueno:

-Me pesé el jueves y he adelgazado, ya ves. Pásame el vino, Chelo, haz el favor.

Dijo Cati:

-Si queréis, prendo. Todavía estamos a tiempo.

Hubo una negativa general; una ruidosa, alborotada negativa.

-¿No bendices? -preguntó Toña.

Agregó Frutos:

-Yo, lo único por el ambiente; frío no hace.

Cati humilló ligeramente la cabeza y murmuró:

-Señor, da pan a los que tienen hambre y hambre a los que tienen pan.

Al concluir se santiguó.

Dijo Elvi:

-¡Qué bendición más original, chica! Ella nunca bendecía así.

Rodrigo miró furtivamente a su izquierda, hacia Cati:

-Se me hace raro no verla aquí, a mi lado, como otros años.

Tomás, Raúl y Frutos hablaban de las ventajas del «Seat 600» para aparcar en las grandes ciudades. Dijo Raúl:

-En carretera fatiga. Es ideal para la ciudad.

Chelo tenía los ojos húmedos cuando dijo:

-¿Os acordáis del año pasado? Ella lo presentía. Dijo: «Quién sabe si será la última Navidad que pasamos juntos.» ¿No os acordáis?

Hubo un silencio estremecido, quebrado por el repique de los cubiertos contra la loza. Raúl estalló:

-Llevaba veinte años diciendo lo mismo. Alguna vez tenía que ser. Es la vida, ¿no?

Cati carraspeó:

-Esa bendición se la oí un día al padre Martín. Es sobria y bonita. Me gustó.

Tomás levantó la voz:

-A mí, como no me gusta correr, tanto me da un coche grande como uno pequeño.

Elvi fruncía su naricita respingona cada vez que se disponía a hablar. Dijo:

-Raúl tiene pan, pero haría mejor pidiéndole a Dios que no le diese hambre. Si no, yo no sé dónde va a llegar.

Elena  pasaba   las   fuentes  alrededor  de  la  mesa. Y cuando Elvi habló, unió su risa espontánea a la de los demás.

-No, gracias, hija; no quiero más -dijo Frutos con un breve gesto de la mano. Rodrigo denegó también. Dijo luego:

-Ella ponía la lombarda de otra manera. No sé exactamente lo que es, pero era una cosa diferente.

Raúl se volvió a Tomás:

-Pero, bueno ¿quieres decirme qué kilómetros haces tú?

Dijo Frutos:

– Con la chimenea apagada no me parece Nochebuena, la verdad.

Toña saltó:

-No es la chimenea.

Cati se inclinó hacia Rodrigo:

– Está rehogada con un poco de ajo, exactamente como ella lo hacía.

Elvi arrugó su naricilla:

-Sigo pensando en esa bendición tuya, tan original, Cati. Creo que no está bien. Para arreglar ese asunto entre los que tienen hambre y los que no tienen hambre, me parece que no es necesario molestar a Dios. Sería más sencillo decirles a los que tienen pan y no tienen hambre, que les den el pan que les sobra a los que tienen hambre y no tienen pan. De esa manera, todos contentos, ¿no os parece?

Tomás se soliviantó un poco:

-Haga los kilómetros que haga. Yo no tengo necesidad de correr y en carretera tanto me da un «Seiscientos» como un «Mercedes»; es lo que tengo que decir.

-A mí no me parece Nochebuena -dijo Frutos después de observar atentamente la habitación-. Aquí falta algo.

Chelo amusgó los ojos y miró hacia Cati:

-Cati, mona -dijo- si te miro así con los ojos medio cerrados, como vas de negro, todavía me parece que está ella -se inclinó hacia Raúl-. Raúl -añadió-, cierra los ojos un poco, así, y mira para Cati. ¿No es verdad que te recuerda a ella?

Cati hizo un esfuerzo para tragar. Toña hizo un esfuerzo para tragar. Raúl hizo un esfuerzo para tragar. Finalmente, entrecerró los ojos y dijo:

-Sí, puede que se le dé un aire.

Rodrigo se dirigió a Frutos, cruzando la conversación:

-No te pongas pelma con el ambiente. No es el ambiente. Es la lombarda; y el besugo también. Este año tienen otro gusto.

Frutos enarcó las cejas.

-Lo que sea no lo sé. Pero a mí no me parece que hoy sea Nochebuena.

Cati descarnaba el alón del pavo nerviosamente, con increíble destreza. Luego se lo llevaba a la boca con el tenedor en porciones minúsculas.

Dijo Raúl:

-Pásame el vino, Chelo, anda.

Chelo le pasó la botella. Inmediatamente se incorporó y, sin decir nada, colocó al Niño en ángulo recto con el largo de la mesa, encarando a Cati. Inquirió:

-¿Y así?

Dijo Elvi:

-No os molestéis. Es la bendición tan rara de Cati la que lo ha echado todo a perder.

Toña gritó:

-¡No es la bendición!

-Bueno, no os pongáis así. Lo que hay que hacer es beber un poco -dijo Raúl-. El ambiente va por dentro.

Y repartió vino en los vasos de alrededor.

Frutos se puso en pie y sacó del bolsillo una caja de fósforos:

-Aguarda un momento -dijo-. ¿Tenéis un papel? -se dirigió a la chimenea.

Chelo le dijo a Toña:

-Toña, por favor, cierra un poco los ojos, así, y mira para Cati.

-Déjame -dijo Toña.

Las llamas caracoleaban en el hogar. Frutos se incorporó con una mano en los riñones. Voceó mirando al fuego:

-Esto es otra cosa, ¿no?

Añadió Chelo:

-Yo no sé si es por el luto o que…

Frutos reculaba sin cesar de mirar a la lumbre:

-¿Qué? ¿Hay ambiente ahora o no hay ambiente?

Hubo un silencio prolongado, Rodrigo lo rompió al fin. Le dijo a Cati:

-¿Pusiste manzanas en el pavo?

-Sí, claro.

Rodrigo encogió los hombros imperceptiblemente. Frutos apartó su silla y se sentó de nuevo. Continuaba mirando al fuego. Toña le dijo irritada:

-No te molestes más; no es el fuego.

Elvi frunció su naricita:

-Cati -dijo-, si probaras a bendecir de otra manera, a lo mejor…

Se oyó un ronco sollozo. Raúl dejó el vaso de golpe, sobre la mesa.

-¡Lo que faltaba! -dijo-. ¿Pues no está llorando la boba ésta, ahora? Cati, mujer, ¿puede saberse qué es lo que te pasa?.

Un mueblecito viejo y bien hecho

Presentación

Hace algo más de un año comenzamos la publicación y el envío periódico de relatos cortos o cuentos a los clientes de ABA Abogadas, con la intención de ofrecerles unos minutos de relajación inteligente. Ahora, cuando se ha cumplido un año de esta iniciativa, queremos compartir con nuestros clientes algunas ideas sobre este tradicional y entrañable mundo de los cuentos.

El texto trata de complementar, de aderezar o salpimentar, la publicación regular de los cuentos en nuestro blog.

Redactado por el Equipo de Comunicación de ABA el texto es corto, apenas dos páginas. Esperamos que os resulte de interés.

Qué es y qué no es, un cuento

Un cuento es algo que se debe leer de una sola vez.

No es fácil saber si la aguda reflexión de Baltasar Gracián “lo bueno si breve, dos veces bueno” fue la base sobre la que, doscientos años más tarde, Edgar Allan Poe edificó su teoría del cuento. Lo que sí podemos decir es que Poe teorizó sobre la composición literaria y explicó que el impacto más importante de un cuento es ejercer en el lector una “unidad de efecto”, una “unidad de impresión”, lo que, en opinión de este relevante autor de cuentos, se logra gracias a una lectura continuada y breve.

Ya desde la antigüedad, la edad media y la edad moderna la transmisión oral y los primeros libros impresos se hacían eco de poemas, canciones, leyendas y fábulas, que cabría asimilar a lo que hoy llamamos cuento. Pero sólo a comienzos del siglo XIX, precisamente de la mano de Edgar A. Poe, adquirió el cuento una entidad propia como género literario independiente de la novela o la poesía. Y es a lo largo de este siglo XIX cuando se van delimitando las dos grandes formas del cuento o relato breve tal como hoy lo entendemos: el cuento fantástico, hijo del romanticismo y el cuento realista, hijo de lo cotidiano.

Ambas formas han tenido brillantes derivaciones: el cuento romántico se ha internado en el mundo de lo maravilloso, también de lo terrorífico y de la ciencia-ficción; el cuento realista se ha movido hacia la indagación psicológica y la crónica social. Y a menudo ambas tradiciones se dan la mano en los relatos breves de intriga o de aventura, en los que lo fantástico y lo realista se conjugan con brillantez y emoción.

Y para terminar esta breve delimitación de lo que es cuento acudo al testimonio de dos escritores. Javier Marías, al que pertenece esta sagaz observación: “un cuento se puede contar también con distintas palabras de las utilizadas por el autor”; en efecto, a diferencia de la novela, en la que cada palabra es clave, un cuento se puede acortar, alargar, adornar…, porque en un cuento lo importante es la historia, en cierta medida independiente de cómo se cuenta. Y Soledad Puértolas: “El cuento lleva el germen de algo y cuando acaba, no se acaba. Está destinado a permanecer, a volver a ser contado, a ser inmortal”.

Por qué leer un cuento

Leemos para disfrutar. Las modas caducan pero el cuento, como el mobiliario viejo y bien hecho, sobrevive como una antigüedad valiosa (H. Bloom, Cuentos y cuentistas).

Leemos para entender la vida. Dice Carmen Martín Gaite del cuento, que permite “…captar el latido de un trozo de vida…”. En palabras recientes de Vargas Llosa: “Me gusta mucho el cine…pero ninguna película tiene ese poso lento, retardado, que ofrece la lectura, que me hace sensible a las deficiencias de la realidad y hacia la importancia de la libertad… La lectura deja una marca profunda en la sensibilidad y la imaginación (conferencia en 2015 en la Univ. de Salamanca).

Leemos para resistir. Para resistir la avalancha de obligaciones -algunas, exigencias difíciles de eludir; otras, esclavitudes autoimpuestas- que van recortando nuestro tiempo, ese tiempo propio tan sabroso para disfrutar y para entender la vida. Y el cuento, aunque dispongamos solo de un ratito, nos permite fortalecer nuestra resistencia.

Por todo eso y mucho más, leer cuentos tiene mucho sentido. 

Quién es quién en el relato corto

Toda selección es subjetiva y, sin lugar a dudas, injusta. Hay centenares de cuentistas de gran interés. De hecho, todos los grandes escritores se han sentido tentados a escribir relatos cortos. Pero no es éste el lugar para citarlos. Lo único que pretendemos con esta breve enumeración es decir: amiga lectora y amigo lector, si leéis a estos autores podéis estar seguros de no equivocaros.

Ciñéndonos al cuento moderno, el escrito a partir del siglo XIX, y dejando voluntariamente aparte la larga tradición anterior de fábulas y cuentos infantiles -desde Esopo hasta los hermanos Grimm- ya hemos comentado que en los dos últimos siglos se han ido dibujando dos grandes tradiciones de narradores de relatos cortos: los fantásticos y los realistas.

Edgar Allan Poe encabeza indiscutiblemente a los narradores fantásticos, en su vertiente más terrorífica, junto a Poe, Hawhthorne y Henry James. Kafka es otro gran autor de línea fantástica y filosófica. Entre los narradores en español cabría remontarse a Gustavo Adolfo Bécquer y, modernamente, Julio Cortázar y el brillante y enigmático Jorge Luis Borges.

Anton Chéjov es el primero de los narradores de estilo realista, que cuenta con autores brillantes y prolíficos como Guy de Maupassant. Modernamente, Alice Muro, Raymond Carver y E. L. Doctorov son autores de obligada lectura. En español, una larga tradición nos lleva a recordar a Pedro Antonio de Alarcón, Clarín, Pardo Bazán hasta llegar a los posteriores a la guerra civil: Ignacio Aldecoa, Ana María Matute, Miguel Delibes, Carmen Martín Gaite, Soledad Puértolas, García Márquez, Juan Rulfo, Javier Marías…

Muchos grandes autores combinan una temática de origen romántico con un escenario cotidiano y realista, de acuerdo con una tradición que podría comenzar con los rusos Yvan Turguenev, Nicolás Gogol y Alexander Pushkin, siguiendo por el británico Oscar Wilde y llegando hasta nuestros días de la mano del estadounidense Jack London.

Por último, vale la pena asomarse a Biblioteca Digital SEVA, que en su apartado de cuentos ofrece las narraciones digitalizadas de más de doscientos autores de todas las épocas.

Madera

Presentación

Madera (2009)

Madera forma parte del libro de relatos Demasiada felicidad.

Es la historia de una pareja sin hijos, ya de cierta edad, en la que, una vez que deja su trabajo, la esposa se repliega en sí misma y,en cambio, el marido sigue manteniendo una gran actividad. Aunque tras el bullicioso protagonismo del varón espera callada la energía tranquila de la esposa. Como subraya Javier Marías sobre la obra de Munro, “frente a la literatura de buenos sentimientos, que suele ser empalagosa, y la de malos sentimientos, llena de psicópatas”, Munro ha hecho su obra sobre personas normales, “con sus ambigüedades, con sus partes oscuras”.

Nota biográfica sobre Alice Munro (1931-)

Alice Munro (Ontario) es una escritora canadiense, que en 2013, a los 82 años de edad, fue premio Nobel de Literatura. Con 83 años sigue publicando relatos. Munro se califica como una chica de pueblo, en un mundo que, según sus propias palabras, seguía viviendo como en el siglo XIX a mitad del XX.

Autora de una amplia producción (Demasiada felicidad, La vida de las mujeres), la crítica internacional la sitúa como una de las grandes narradoras de relatos breves de todos los tiempos, comparable a Chejov (siglo XIX) y Carver (siglo XX), grandes autores de los que ya hemos publicado relatos en RelatABA. En España, Antonio Muñoz Molina y Javier Marías no han escatimado elogios hacia la obra de Alice Munro.

Texto adaptado. Madera

Roy es tapicero y reparador de muebles. Trabaja en ello desde que por la edad abandonó el ejército. Detrás de la casa tiene su taller, en un cobertizo que calienta con una estufa de leña. El trabajo para obtener el combustible de la estufa le ha llevado a interesarse por la madera. Tiene un camión de dos ejes, una motosierra y un hacha de tres kilos. Cada día pasa más tiempo en el bosque cortando leña. Cuando Roy comenzó a ir al bosque Lea, su esposa, se preocupaba. Le preocupaba que le ocurriera algún accidente mientras estaba allí sólo.

Lea y Roy no habían tenido hijos. La familia de Lea era numerosa y comunicativa; todos eran grandes y habladores, pero Roy era bajo, conciso, callado. Su esposa era una persona de trato fácil y quería a Roy tal como era, de modo que no le reprochaba nada ni se disculpaba por él. Los dos tenían la sensación de significar más el uno para el otro que las parejas cargadas de hijos.

El invierno anterior Lea había estado enferma sufriendo constantemente de toses y bronquitis. Dijo que el trabajo empezaba a cansarla un poco y, finalmente, decidió abandonar la consulta del dentista en la que trabajaba como recepcionista y administrativa. Quería más tiempo para hacer las cosas que siempre había querido hacer. Roy no llegó nunca a saber en qué consistían esas cosas. Pero la fortaleza de Lea había sufrido un bajón del que no se recuperaba. Y eso parecía haber provocado un profundo cambio en su personalidad. Las visitas la ponían nerviosa y su familia más que nadie. Estaba demasiado cansada para charlar. No quería salir. Apenas veía la televisión y los quehaceres más sencillos de la casa le llevaban todo el día. Perdió su figura redondita y graciosa y se quedó muy delgada. Gastó dinero en varios médicos pero no encontró que este dinero le sirviese de nada. Roy echa de menos a la esposa a la que estaba acostumbrado, con sus bromas y su energía. Quiere que vuelva, pero no puede hacer nada salvo tener paciencia con esa mujer seria y apática.

Ya no conduce. Ya no dice nada de que Roy vaya o no al bosque.

Roy piensa que ir solo al bosque a cortar árboles entraña pocos riesgos si sabes lo que haces. Cuando vas a cortar un árbol hay que saber cuál es el centro de gravedad, dónde hay que hacer la cuña y calcular por dónde debe caer, lejos de las ramas de otros árboles. Hay que saber utilizar el hacha y la motosierra. A veces hay sorpresas, pero si estás preparado no hay ningún peligro.

Roy ha decidido ir aquella tarde a cortar leña. Es un poco tarde y el día está frío y oscuro, pero mañana tiene que dejar el camión a su sobrina por varios días y no quiere correr el riesgo de quedarse sin madera. Aparca el camión en el sendero que lleva al bosque.

Lleva un rato cayendo una fina nieve que deja resbaladizas las hojas muertas. Un pie se le escurre y se tuerce y el otro se hunde en la nieve en un hueco mucho más profundo de lo que Roy pensaba. Pierde el equilibrio y se tambalea, al borde de la incredulidad, y se cae con el pie que ha resbalado atrapado bajo la otra pierna. Aparta la motosierra del cuerpo y tira el hacha, pero el mango le da un fuerte golpe en la rodilla de la pierna torcida. Al menos la motosierra no se le ha caído encima.

Ha notado cómo descendía casi a cámara lenta, pero sin poder evitarlo. Comienza a levantarse. Le duelen las dos rodillas; la una por el golpe del mango y la otra por el golpe contra el suelo. Se agarra al tronco de un cerezo joven y se aúpa poco a poco; prueba a descargar el peso del cuerpo sobre el pie que ha resbalado y con el otro apenas toca el suelo. Se inclina para recoger la sierra y está a punto de caer de bruces de nuevo. Siente una explosión de dolor desde el pie hasta el cráneo. Un dolor increíble. No puede creer que vaya a seguir así, que el dolor vaya a vencerlo. Lo intenta una y otra vez sin resultado. No puede apoyar el peso en el pie. ¿Un tobillo roto?.

No puede andar. Comprende que para volver al camión tendrá que abandonar el hacha y la motosierra y andar a gatas. Se mueve tan suavemente como puede y se arrastra hasta las huellas de sus pisadas que empiezan a llenarse de nieve. La nieve arrecia y sus huellas están casi borradas. Sin ese rastro le resultaría difícil desde el suelo saber si va por buen camino. Se está haciendo de noche. Se pregunta si encontrará el sendero.

Tiene que remontar un terraplén bastante pronunciado y al llegar a un rellano se toma un respiro. Piensa en su mujer. En su silencio. Al menos ella está a salvo, segura, no lesionada y perdida como un refugiado. Sigue subiendo la cuesta clavando los codos y evitando dañar la rodilla dolorida. Sigue subiendo, aprieta los dientes, se aferra a cualquier raíz al descubierto o tallo medianamente resistente. A veces se escurre, se suelta, pero consigue pararse y empieza a trepar de nuevo.

Tarda un rato largo, muy largo hasta que, finalmente, alcanza un terreno llano. Por fin, entre los árboles y la nieve, ve el camión. Mirándolo a él. Esperándolo. ¿Quién irá a recoger la sierra y el hacha? El camión se mueve. ¿Cuándo ha arrancado? ¡Alguien le está robando el camión delante de sus narices! Roy chilla y grita, agachado como está, como si fuera a servir de algo. Pero el camión no está retrocediendo; se acerca a él dando tumbos y la persona que va al volante toca el claxon a modo de saludo.

Roy ve quién es.

La única persona que tiene el otro juego de llaves. La única persona que podía ser. Lea.

Lea baja del camión, corre torpemente hacia Roy y trabajosamente le ayuda a levantarse.

– Acabo de caerme -dice Roy jadeando-. Es la mayor tontería que he hecho en mi vida.

Después balbucea preguntando a Lea cómo ha llegado hasta allí.

– Pues no he venido volando – dice ella, todavía asustada pero medio en broma.

Ha venido en coche, dice -hablando como si nunca hubiera dejado de conducir-, ha venido en el coche, pero lo ha dejado en la carretera.

– Es demasiado ligero para este sendero y podría atascarse. Vi el camión. Al ver que estaba nevando supuse que volverías antes. Estaba ya muy preocupada, pero no podía imaginarme que ibas a volver a cuatro patas-, le dice Lea con una media sonrisa.

A Roy le parece que Lea está más comunicativa. Roy se ha dado un golpe cuando Lea le ha ayudado a izarse hasta el asiento del pasajero. Se queja, y su quejido es distinto a si hubiese estado solo.

– Me he dejado el hacha – dice mecánicamente Roy-. Me he dejado la sierra.

– Bueno, ¿qué más da? Ya encontraremos a alguien que vaya a buscarlas.

La oscuridad y la nieve son demasiado densas para distinguir nada más allá de los primeros árboles. Lea conduce despacio para llevar el camión hasta el cruce. Roy baja la ventanilla y asoma la cabeza mientras la nieve le da en la cara. No sólo para ver qué hace Lea, también para intentar despejar el cálido atontamiento que lo invade.

– Despacio -dice-. Eso es. Despacio. Muy bien. Vas muy bien. Vas muy bien.

Mientras habla, Lea le dice algo sobre el hospital.

– …que te echen un vistazo. Lo primero es lo primero.

Que Roy sepa, Lea nunca había conducido el camión. Es extraordinario lo bien que se le da.