La Miguela

Presentación

La Miguela (1944)

La Miguela es una breve, pero intensa, historia de pasiones. Pasión por la tierra, pasión por el mar, pasión por el hijo, pasión por la mujer. Pasión intensa por la vida.

Como dijo alguna vez Torrente Ballester, no hay que enfrascarse en lo vivido ni en lo que se está por vivir, “ni el pasado existe, ni el futuro, todo es presente”.

Nota biográfica sobre Gonzalo Torrente Ballester (1910-1999)

(El Ferrol, 1910 – Salamanca, 1999) fue un narrador, dramaturgo y crítico español, cuya obra evolucionó del realismo social al realismo fantástico. Ha sido uno de autores más aclamados de su generación, siendo galardonado con el Premio Cervantes, el Premio Príncipe de Asturias y el Premio Nacional de Narrativa, entre otros muchos.

Torrente Ballester tuvo una larga vida dedicada a la docencia, a la crítica teatral y a la creación literaria. Media docena de títulos como dramaturgo son la antesala de una amplia obra como narrador, con más de veinte novelas, entre los que cabría destacar la trilogía de corte realista Los gozos y las sombras y la imponente novela La saga/fuga de J. B. Su poderosa obra creativa fue completada con una importante labor de crítico y ensayista.

La temática primordial que desarrolló su obra fue la de la lucha por el poder entre las clases sociales, que apareció de modo recio y realista, incluso con trágico objetivismo, en sus primeras obras, o las miserias y limitaciones de quienes ostentan el poder, que recreó con ironía, humor y potente imaginación en las obras de madurez.

Texto adaptado. La Miguela (1944)

Esto me lo contó Antonia la Galana, que ahora vive en Estribela, cerca de Pontevedra. Y no es leyenda, porque están vivos muchos que lo podrán testimoniar. Chuco y Miguela habían sido recogidos de niños por Antonia. Antonia fue tía de Miguela por su hermana y de Chuco por su marido.

Chuco era tres años mayor que Miguela. Ya desde pequeño se le tuvo por un poco raro. Le gustaba demasiado la mar y antes de la edad que se señalaba para eso andaba con las dornas que van al pulpo haciendo aprendizaje. El viejo Cabeiro, muy entendido en hombres, solía decir que deberían ponerlo en oficio que lo apartase de su afición a la mar, como cantero o albañil; pero Chuco se negó absolutamente. A los catorce años se enroló en un pesquero como rapaz de a bordo, y anduvo por la mar, yendo al Gran Sol y otros lugares igualmente lejanos. Creía de la mar cuanto creen los marineros, así las cosas de peligro como las de milagro.

Tuvo un acordeón, comprado en cualquier puerto con ocasión de una calada feliz. Se acompañaba de él para cantar en la cubierta mientras navegaban buscando el banco, o a la puerta de su casa los días de vagar.

Miguela era su compañía. Los tratos quedaron hechos antes de partir para el servicio. Ella tenía por su madre una casita de un solo cuarto y cocina; él, un campo para maíz y viñedo. Ella labraría el campo y con lo que Chuco pudiese ahorrar en la Armada, comprarían el ajuar. Chuco marchó. Y vino tres veces, una por año, vestido de azul, más pulido. Aprendió a leer y escribir y al acabar el servicio se examinó para patrón de pesca. Se casaron el día de la Virgen, una boda sencilla, con Antonia la Galana y el viejo Cabeiro como padrinos. Se cuenta que tardaron mucho en acostarse; hay quien los vio a medianoche asomados a la ventana, en silencio, mirando al mar.

El viejo Cabeiro comentó: – Al padre le gustaba demasiado la mar, y allá se quedó.

Un día le habló a Chuco: – Mira, ahora no eres solo. Tienes mujer y vas a tener un hijo. ¿por qué no te acomodas a un oficio en tierra? Y hasta le prometió un par de miles de reales para abrir una taberna. Pero a Chuco no le cabía en la cabeza que pudiera haber otra cosa para él que la pesca y la mar.

El viejo Cabeiro recordó que tira más palabra de mujer que cabrestante de navío, y fue con las proposiciones a Miguela. – Lo tendrás siempre contigo, y entre los dos atenderéis la tienda. Con eso y con lo que da la tierra bien sacaréis para comer. Pero Chuco era marinero, no tendero, respondió Miguela extrañada.

Les nació un niño. Pusiéronle como su padre, y Chuco le construyó, con redes y madera de remos, una cuna. Una tarde, estando Miguela ausente, Chuco tatuó al niño en el pecho un ancla diminuta, como la que él tenía: azul, con un cabo de cuerda enroscándose. Y después, como el crío llorase, lo calmó, cantándole con el acordeón las coplas que sabía. Miguela descubrió el tatuaje bañando al crío y sintió en el corazón una gran alegría:

-Serás del mar, como tu padre.

Chuco ya andaba de patrón; al pulpo, al congrio. Ganaba para vivir y vivían contentos. Y lo que el viejo Cabeiro temía sucedió una tarde, en el otoño. Chuco estaba en el mar cuando vino la niebla. Hubo alboroto, pusieron fuego en la punta y sonaron cuernos y caracolas para orientar a los botes en el regreso. Por el de Chuco esperaron toda la noche. No volvió. A la mañana siguiente encontraron los restos de la dorna. Y esperaron en vano nueve días a que apareciese el cuerpo.

Miguela recibió la noticia sin llorar, con el hijo en los brazos. Cuando Antonia la Galana consiguió hablarla, Miguela dijo: – Él vendrá, vendrá a llevarnos consigo. Lo dijo muchas veces y siempre hizo lo que dijo. Él vendrá.

Todos los atardeceres, si hacía buen tiempo, se sentaba con el niño en las rocas, esperando. -Habría que quitarle al niño, porque un día va a hacer un disparate. Mas nadie se atrevió. Pasó algún tiempo y acabaron por sosegarse todos.

Cuando Antonia la Galana, ya retirada en Estribela, sin querer mirar las olas, me refirió la historia, lo lamentaba: – Debiéramos haber llevado a Miguela donde no se viese la mar.

Una noche se levantó una galerna ruidosa y tremenda. Los marineros reforzaron las amarras; pero, a pesar de eso, muchos botes se perdieron. La gente se acostó tarde. Silbaba la galerna y nadie recordaba un viento como aquél. El viejo Cabeiro no durmió. Y todos pueden atestiguar que hacia la media noche se oyeron gritos, pro no de terror sino de júbilo. Y venían del extremo de la playa, donde tenía su casa la Miguela. Cuando a la mañana vino la calma, el viejo Cabeiro se levantó y otros del pueblo se habían levantado y hablaban mirando desde lejos la casa de la Miguela.

  • ¿Habéis oído también?
  • Hemos oído.
  • Me pareció que llamaba a su marido.
  • Yo creo haber oído la voz de Chuco llamando a su mujer. Y el mismo modo de golpear la puerta que cuando volvía tarde de la pesca.Avisaron a Antonia la Galana. No se dijo palabra hasta llegar al extremo de la playa, allí donde las olas hacen remanso y es limpia la arena, y blanca y dulce.La puerta estaba abierta y la casa vacía. De la orilla del mar venían pisadas de hombre: anchas, seguras; pisadas que la bajamar no había borrado. Y desde la puerta a la orilla se repetían, regresando al misterio, acompañadas de las huellas desnudas de unos pies femeninos y de otras diminutas de unos pies de niño, el niño que tenía sobre el pecho, tatuada, una pequeña ancla azul.

El ciudadano Pereira

Presentación

El ciudadano Pereira (1969)

El ciudadano Pereira no es un cuento. Se aproxima más a un breve comentario periodístico, con ese toque de ironía y expresividad que Cela prodigó en sus colaboraciones con la prensa escrita.

Trayéndolo a nuestro Rincón de lectura pretendemos ofrecer unos minutos de relajación a nuestros lectores y permitir un paréntesis y un contraste con la carga emocional de otros relatos.

Nota biográfica sobre Camilo José Cela (1916-2002)

Camilo José Cela Trulock (Iria Flavia, A Coruña, 1916 – Madrid, 2002) es un escritor y académico español, galardonado con el Premio Nobel de Literatura.

Cela fue muchos «Celas» a lo largo de sus 85 años de vida; el Cela andarín, el costumbrista, el provocador, el maestro, el sabio, el caballero, el erótico… el vagabundo narrador de excepcionales libros de viajes.

Autor de inolvidables relatos como La familia de Pascual Duarte, La colmena, Viaje a La Alcarria, en 1957 es elegido miembro de la Real Academia Española. Ha obtenido el Príncipe de Asturias de las Letras (1987), el Nobel de Literatura (1989) y el Miguel de Cervantes (1995).

Texto adaptado. El ciudadano Pereira (1969)

“Los ejércitos del general Yang-Tse-Kiang, apoyados por la artillería del general Hoan-Ho, libran una cruenta batalla con las tropas del insurrecto Tien-Tsin en las estribaciones de la llanura de Chiang-Kai-Check.”

Estamos a comienzos de la década de 1960 y las radios de todo el mundo lanzan sin cesar noticias de la guerra en China, en las que no se sabe bien si los ríos avanzan o reculan; si los generales sirven de barreras naturales y de muros de contención y si los nudos de comunicaciones se deciden por fin a tomar un avión y liarse a hacer visitas estratégicas. De todas las guerras, que siempre suelen ser un lío, ninguna es un lío tan rollizo como la guerra de China, que es una guerra en chino.

En medio de este desbarajuste ha brillado, como un rayito de ilusión y de esperanza, en la prensa de estos días, un nombre familiar, sonoro y celtibérico que nos ha llenado el ánimo de consuelo: el nombre de Pereira que, como el lector podrá colegir, no se trata del nombre de un chino, sino del nombre de un gallego, natural de la provincia de Lugo, quizá de la Tierra de Gayoso o del Concejo de Burón, y que, sin que los espíritus lógicos se lo expliquen demasiado satisfactoriamente, está de alcalde en Hanoi, que es una ciudad que tiene su importancia.

Quizá por su poético nombre -campo de perales-, pues es bien sabido que los chinos se perecen por la poesía, quizá porque nadie es profeta en su tierra, lo cierto es que Pereira, el ciudadano Pereira, que muy bien pudiera ser que se llamase Pepiño, Pepiño Pereira, o Farruquiño, o Luisiño, está de alcalde en Hanoi.

Se atribuye al cardenal Richelieu la frase: “Haced cónsul a un gallego, que él se buscará el consulado”. No se nos antoja excesivamente descaminado el cardenal. Nuestros paisanos tienen la virtud de la adaptación y el don divino de ser algo así como el comodín del póker, y lo mismo sirven para un roto que para un descosido, e igual lucido y provechoso papel hacen de recaudadores de contribuciones en las Nuevas Hébridas que de parteros en el Sudán o de jefes de estación en Kapurtala. El buscarse el consulado es cosa de ellos, y el consulado -todo depende- tanto puede ser un bastón con borlas en Hanoi, como un gang en Chicago, o una credencial de amaestrador de pingüinos en el Polo Sur.

El ciudadano Pereira, a los gallegos se nos antoja el símbolo de la raza, y los gallegos nos sentimos orgullosos de saber que en los mundos más remotos, allá donde ir de incógnito, teóricamente, no tendría razón de ser ni justificación posible, siempre un camarero o un rey, nos sonreirá para decirnos

¿No se acuerda usted de mí? Yo fui bedel en el Instituto de Santiago de Compostela, allá en los tiempos de la Dictadura. ¿No recuerda? Yo a usted lo conocí en seguida: usted es el nieto de don Juanito, ¿verdad?

 

Minicuentos

Presentación

Minicuentos

Reseña de seis minicuentos de cinco autores diferentes, correspondientes a diversas épocas, entre el siglo I y el siglo XX.

La tradición del cuento se remonta al origen del ser humano, por su sencillez de comunicación y su aplicación inmediata a la vida de cada día. Y, por las mismas razones, desde siempre han existido relatos mucho más breves, pequeñas historias y anécdotas, fáciles de recordar y de repetir por transmisión oral. Acertijos, pequeñas intrigas, relatos jocosos o picantes están recogidos en todas las tradiciones y culturas.

Este mes de septiembre de 2015, para la vuelta de las vacaciones, hemos seleccionado en RelatABA seis de estos minicuentos, de apenas unos renglones, que abarcan desde el siglo I al siglo XX y que quizá provoquen una sonrisa o un instante de relajación entre nuestros lectores.

Texto adaptado. Minicuentos

Petronio, Roma, 27-66 

Epitafio de una perra de caza

La Galia me vio nacer, la Conca me dio el nombre de su fecundo manantial, nombre que yo merecía por mi belleza. Sabía correr, sin ningún temor, a través de los más espesos bosques, y perseguir por las colinas al erizado jabalí. Nunca las sólidas ataduras cautivaron mi libertad; nunca mi cuerpo, blanco como la nieve, fue marcado por la huella de los golpes. Descansaba cómodamente en el regazo de mi dueño o de mi dueña y mi cuerpo fatigado dormía en un lecho que me habían preparado amorosamente. Aunque sin el don de la palabra, sabía hacerme comprender mejor que ningún otro de mis semejantes; y, sin embargo, ninguna persona temió mis ladridos.

¡Madre desdichada! La muerte me alcanzó al dar a luz a mis cachorros. Y, ahora, un estrecho mármol cubre la tierra donde yo descanso.

Petronio, Roma, 27-66 

El lobo

Logré que uno de mis compañeros de guarnición -un soldado más valiente que Plutón- me acompañara. Al primer canto del gallo, emprendimos la marcha; todavía brillaba la luna como el sol a mediodía. El camino pasaba junto a unas tumbas. Mi compañero se para; empieza a conjurar astros; yo me siento y me pongo a contar las columnas y a canturrear. Al rato me vuelvo hacia mi compañero y lo veo desnudarse y dejar la ropa al borde del camino. De miedo se me abrieron las carnes; me quedé como muerto: lo vi orinar alrededor de su ropa. Se convirtió en lobo.

Lobo rompió a dar maullidos y huyó al bosque. Fui a recoger su ropa y vi que se había transformado en piedra. Desenvainé la espada y temblando volví a la guarnición; allí no dije nada y me las arreglé para llegar a casa. Melisa se extrañó de verme llegar más temprano de lo esperado.

Pues si hubieras llegado un poco antes -me dijo- hubieras podido ayudarnos: un lobo ha penetrado en el redil y ha matado las ovejas; fue una verdadera carnicería; logró escapar, pero uno de los esclavos le atravesó el pescuezo con la lanza. No respondí.

Al día siguiente, antes de regresar a la guarnición volví por el camino de las tumbas. En el lugar en que había quedado la ropa petrificada había ahora una gran mancha de sangre. Entré en la guarnición; el soldado estaba tendido en un lecho. Ha sangrado como un buey,- me dijeron; un médico estaba curándole el cuello.

Feng Meng-lung, China, 1574-1646 

El dedo

Un hombre pobre se encontró en su camino a un antiguo amigo. Éste tenía un poder sobrenatural que le permitía hacer milagros. Como el hombre pobre se quejara de las dificultades de su vida, su amigo tocó con el dedo un ladrillo que de inmediato se convirtió en oro. Se lo ofreció al pobre, pero éste se lamentó de que eso era muy poco. El amigo tocó un león de piedra que se convirtió en un león de oro macizo y lo agregó al ladrillo de oro. El amigo insistió en que ambos regalos eran poca cosa.

-¿Qué más deseas, pues? -le preguntó sorprendido el hacedor de prodigios.

-¡Quisiera tu dedo! -contestó el otro.

 

Robert Burton, Inglaterra, 1577-1640 

Un tercero en discordia

En su Vida de Apolonio, refiere Filostrato  la historia de  Menicio Lipio.

Menicio era un mancebo de veinticinco años, que,   en el camino de Corinto encontró a una hermosa mujer, la cual tomándolo de la mano, lo llevó a su casa y le dijo que era fenicia de origen y que si se demoraba con ella, la vería bailar y cantar y que beberían un vino incomparable y que nadie estorbaría su amor. Asimismo le dijo que siendo ella placentera y hermosa, como lo era él, vivirían y morirían juntos.

El mancebo, que era un filósofo, sabía moderar sus pasiones, pero no ésta del amor, y se quedó con la fenicia y por último se casaron. Entre los invitados a la boda estaba Apolonio de Tiana, que comprendió en el acto que la mujer era una serpiente, una lamia, y que su palacio y sus muebles no eran más que ilusiones. Al verse descubierta, ella se echó a llorar y le rogó a Apolonio que no revelara el secreto.

Apolonio habló; ella y el palacio desaparecieron.

 

Max Aub, España, 1903-1972 

Hablaba y hablaba

Hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Y venga hablar. Yo soy una mujer de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar, y hablar, y hablar. Estuviera yo donde estuviera, venía y empezaba a hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba. ¿Despedirla por eso? Hubiera tenido que pagarle sus tres meses. Además hubiese sido muy capaz de echarme mal de ojo.

Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla en la boca para que se callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le reventaron las palabras por dentro. 

 

Andrea Bocconi, Italia, 1950- 

Tranvía

Por fin. La desconocida subía siempre en aquella parada. «Amplia sonrisa, caderas anchas… una madre excelente para mis hijos», pensó. La saludó; ella respondió y retomó su lectura: culta, moderna.

Él se puso de mal humor: era muy conservador. ¿Por qué respondía a su saludo? No debía responder, ni siquiera lo conocía. Dudó.

Ella bajó. Él se sintió divorciado: «¿Y los niños, con quién van a quedarse?»