Las viudas y Las citas

Presentación

Las viudas y las citas (1747)

Este relato forma parte del libro de Voltaire Zadig. En el libro se narran, a lo largo de 21 capítulos muy breves. las aventuras del joven Zadig en tierras de Babilonia, alrededor del año 1400.

Nuestro relato, Las viudas y Las citas, es una adaptación de dos de las aventuras del joven Zadig, que describen la lucha de la razón contra la crueldad, lucha en la que el joven se encuentra acompañado por el valor, la belleza y la inteligencia de una mujer.

Nota biográfica sobre Voltaire (1694-1778)

Voltaire es el seudónimo de François Marie Arouet, escritor, historiador, filósofo y abogado francés, nacido y muerto en París (1694-1778). Voltaire ha pasado a la historia por sus escritos literarios y filosóficos y por su defensa a ultranza de la tolerancia religiosa, si bien el hecho de ser hombre de letras no le impidió reunir una considerable fortuna.

Voltaire tuvo una fecunda actividad en diversos campos pero, sin duda, es en sus cuentos donde mejor queda reflejado su optimismo, su tolerancia, su lucha contra la superstición y su elegante sentido del humor. En suma, lo que se califica como estilo o espíritu volteriano.

Texto adaptado.Relato Zadig: Las viudas y las citas

Las viudas

Allá por el año 837 de la hégira [equivalente al año 1400 del calendario cristiano] había en Babilonia un joven llamado Zadig de una belleza natural fortalecida por su educación. Aunque rico y joven sabía moderar sus pasiones, comprender la debilidad de los hombres y, por encima de todo, jamás se vanagloriaba de despreciar o subyugar a las mujeres. Zadig, después de haber viajado por Egipto y haber vivido muchas peripecias, se encontraba felizmente establecido en Arabia, al servicio de Setoc, un rico mercader del que Zadig se había hecho amigo íntimo y consejero.

Existía entonces en Arabia una horrible costumbre, originaria de Escitia y establecida en las Indias por influjo de los bracmanes, costumbre que amenazaba todo el Oriente. Cuando moría un casado y su querida esposa quería ser santa, se ofrecía a ser quemada viva, públicamente, sobre el cadáver de su marido. Todo ello en una solemne fiesta, que llamaban la hoguera de las viudas; la tribu más estimada era aquella en la que más mujeres se quemaban.

Por aquellos días, murió un árabe de la tribu de Setoc, y la viuda, por nombre Almona, persona muy devota, anunció el día y la hora que se había de tirar al fuego, al son de tambores y trompetas. Como consejero de Setoc, Zadig le dijo cuán horrible era esta costumbre, quemar a viudas que podían dar hijos al estado, o al menos criar a los que tenían. Convino Setoc en que habría que abolir tan inhumano hábito, pero añadió luego: – Hace mas de mil años que se practica, ¿quién se ha de atrever a mudar una ley consagrada por el tiempo? A lo que Zadig replicó: – Mas antigua es todavía la razón humana. Hablad con los caudillos de las tribus; mientras yo voy a ver a la viuda.

Zadig fue a visitar a Almona y así hablaron:

– ¿Tanto queríais a vuestro marido?.

– ¿Quererle?, no por cierto, era un zafio, un celoso, un hombre inaguantable; pero tengo hecho propósito firme de tirarme a su hoguera.

– Debe ser un gusto exquisito esto de quemarse viva.

– El cuerpo sufre, dijo la dama, pero no hay remedio; soy devota, perdería mi reputación, y todos se irían riendo de mí si no me quemara.

Zadig siguió conversando largo rato con ella, tratando de contagiarle algún apego a la vida:

– ¿Qué haríais, le dijo al fin, si os atrevieseis a no quemaros?

– Creo, dijo la viuda después de pensarlo, que daría mi mano a algún joven parecido a vos.

Zadig comprendió que esa decisión era la clave. Se despidió de Almona y fue al punto a ver a los caudillos de las tribus; les contó lo sucedido, y les convenció de que promulgaran una ley por la cual no seria permitido a ninguna viuda quemarse sin antes haber hablado a solas con un mancebo soltero y atractivo, por espacio de una hora entera.

Y a partir de entonces ninguna viuda se quemó en toda Arabia, debiéndose así a Zadig el honor de ver abolido en apenas un día un hábito tan cruel.

Pero la historia no acaba aquí.

Las citas

Según la tradición, al grupo de los sacerdotes de las estrellas les pertenecían, por derecho divino, las piedras preciosas y demás joyas y adornos de las viudas que morían en la hoguera; de modo que la intervención de Zadig había jugado a los sacerdotes una mala pasada y lo menos que podían hacer era condenar a Zadig a la hoguera. Le acusaron por tanto de difundir ideas erróneas acerca del ejército celestial, y declararon con juramento solemne que le habían oído decir que las estrellas no se ponían en la mar, lo que bastó para condenar al reo a ser quemado vivo. En vano trató Setoc, usando de toda su influencia, de liberar a su amigo, pero los sacerdotes pronto le hicieron callar.

Enterada Almona, que ya había cobrado cariño a la vida, de la difícil situación de Zadig se decidió a ayudarle. Perfumóse, atildóse, aumentó el lucimiento de su hermosura con el mas bello y pomposo traje, y pidió audiencia secreta al sumo sacerdote de las estrellas. Y le habló de esta manera:

– Hijo primogénito de la Osa mayor, hermano del toro, primo del can celeste (que tales eran los títulos de este pontífice), mucho temo haber cometido un gravísimo pecado no quemándome en la hoguera de mi amado marido, porque ¿qué he conservado?, esta carne perecedera y casi marchita. Al decir esto, descubrió unos brazos de maravillosa forma, de la blancura del más puro alabastro. Ya veis, dijo, cuán poco vale todo esto.

Al pontífice se le figuró que esto valía mucho: aseguráronlo sus ojos, y lo confirmó su lengua, haciendo mil juramentos de que no había en toda su vida visto tan hermosos brazos.

-¡Ay! dijo la viuda, acaso los brazos no son tan malos; pero confesad que el pecho no merece ser mirado. Diciendo esto, desabrochó el más lindo seno que pudo formar naturaleza; un capullo de rosa sobre una bola de marfil desmerecía junto a él y la lana de los blancos corderos era amarilla a su lado.

El pecho de Almona, sus ojos negros rasgados que brillaban suavemente de amoroso fuego, sus mejillas – púrpura animada con la mas cándida leche-, su nariz delicada, sus labios -dos hilos de coral que ensartaban las mas bellas perlas de Arabia-, todo, en fin, persuadió al viejo de que había vuelto a sus veinte años. Tartamudeó, declaró su amor; y viéndole Almona inflamado, le pidió el perdón de Zadig. El sumo sacerdote respondió:

– ¡Ay! hermosa dama, con toda mi ánima se lo concediera, mas para nada valdría mi perdón, porque es menester que firmen otros tres de mis colegas.

– Firmad, pues, vos la primera indulgencia, dijo Almona. Y, con la condición de que los favores de Almona serían premio a su condescendencia, el sacerdote firmó.

Almona le dio cita en su cuarto a la puesta de sol: – cuando la luciente estrella de Scheat raye sobre el horizonte, en mi sofá me hallaréis, y haréis con vuestra sierva lo que fuere de vuestro agrado-.

Almona salió sin tardanza con la firma, dejando al viejo que, desconfiando de sus fuerzas, gastó el resto del día en bañarse, y animarse con un licor de canela de Ceylan y especias de Tidor. Almona visitó al segundo pontífice, que le dijo que, comparados con sus ojos, el sol, la luna, y todos los astros del firmamento eran fuegos fatuos. Solicitó ella la misma gracia, y él le pidió el mismo premio. Dejóse convencer Almona, y citó al segundo pontífice para cuando nace la estrella Algenib. Fue de allí a casa del tercero y del cuarto sacerdote, llevándose de cada uno su firma, y citándolos de estrella a estrella.

Avisó Almona entonces a los jueces que vinieran a su casa para un asunto de la mayor gravedad. Allí les enseñó las cuatro firmas y confesó la promesa con que había pagado a los sacerdotes por el perdón de Zadig. Avanzando la noche, cada uno de los pontífices fue llegando a su hora, quedando pasmados al encontrarse con sus colegas, y avergonzados ante los jueces testigos de su ignominia.

Zadig quedó libre. Y Setoc resultó tan prendado de la maña de Almona, que la tomó por esposa.