¡Adiós, Cordera!

Presentación

¡Adiós, Cordera! (1892)

Reseña biográfica sobre Leopoldo Alas Clarín

Leopoldo Alas (Zamora, 1852-Oviedo, 1901), conocido por el seudónimo de «Clarín», forma con Pérez Galdós la pareja de grandes novelistas españoles del siglo XIX. Estudió Derecho en Madrid y fue catedrático primero en la Universidad de Zaragoza y más tarde en la de Oviedo. Lector infatigable y estudioso concienzudo, sus más de dos mil artículos filosóficos, políticos y literarios publicados lo convirtieron en el mayor crítico literario de su tiempo, y en una autoridad intelectual influyente y respetada, de ideología progresista y ética liberal.

Es bien conocido por su novela La Regenta, llevada al cine en más de una ocasión. En la obra Clarín aborda el tema del adulterio, con una audacia y maestría comparables a las de los grandes novelistas europeos de final del XIX: Flaubert (Madame Bovary),  Eça de Queiroz (El primo Basilio), Tolstoi (Ana Karenina), Fontane (Effie Briest).

Escribió muchos y muy buenos cuentos y novelas cortas. El Señor y lo demás son cuentos (al que pertenece ¡Adiós Cordera! que recogemos en RelatABA), Doña Berta, Cuervo y Superchería (los tres de 1892) y Cuentos morales (1896) son, posiblemente, los relatos más notables de la literatura española de su tiempo.

Texto adaptado. ¡Adiós, Cordera! (1892). Leopoldo Alas (Clarín)

(texto adaptado)

Eran tres, ¡siempre los tres!: Rosa, Pinín y la Cordera.

El prao Somonte era un recorte de terciopelo verde tendido cuesta abajo por la loma. Llegaba hasta la línea del ferrocarril de Oviedo a Gijón y allí el alto palo del telégrafo representaba para Rosa y Pinín el límite del ancho mundo desconocido, misterioso, temible.

Pinín, después de haberlo pensado mucho, fue atreviéndose a trepar hasta cerca de los alambres, pero sin tocar la porcelana de arriba. Rosa, menos audaz, pero más enamorada de lo desconocido, se contentaba con arrimar el oído al palo del telégrafo. Su interés estaba en el ruido por el ruido mismo, por su timbre y su misterio. La Cordera miraba de lejos el palo del telégrafo como lo que era para ella, una cosa muerta, inútil, no le servía ni para rascarse.

La Cordera era una vaca que había vivido mucho, pastaba no mucho, cada día menos, pero con atención, escogiendo los mejores bocados, y, después, a sentarse sobre el cuarto trasero con delicia, a rumiar la vida, a gozar el deleite del no padecer, del dejarse existir; todo lo demás, aventuras peligrosas. Ya no recordaba cuándo le había picado la mosca -el xatu (el toro)-, ni los saltos locos por las praderas adelante… ¡todo eso estaba tan lejos!

Aquella paz se había turbado con el ferrocarril. La primera vez que la Cordera vio pasar el tren se volvió loca. Saltó, corrió por prados ajenos, y el terror duró cada vez que la máquina asomaba. Se fue acostumbrando; ya se limitaba a ponerse en pie y a mirar de frente al formidable monstruo; acabó por no mirar al tren siquiera. En Pinín y Rosa el ferrocarril fue al principio una alegría loca, miedo supersticioso, excitación nerviosa, gritos, gestos y pantomimas descabelladas. Tardó mucho en gastarse aquella emoción.

Pero telégrafo, ferrocarril, todo eso, eran accidentes pasajeros en la soledad del prao Somonte, sin vivienda humana, sin ruidos. Mañanas sin fin, bajo los rayos del sol entre el zumbar de los insectos y, tardes eternas, de dulce tristeza silenciosa. Pinín y Rosa, los niños gemelos, los hijos de Antón de Chinta, teñida el alma de la serenidad soñadora de la naturaleza, callaban horas y horas, sentados cerca de la Cordera. En este silencio había amores. Se amaban los dos hermanos como dos mitades de un fruto verde, unidos por la misma vida; amaban Pinín y Rosa a la Cordera, la vaca abuela, grande, amarillenta, cuyo testuz parecía una cuna. La Cordera, hasta donde es posible adivinar estas cosas, también quería a los gemelos encargados de apacentarla.

No siempre Antón de Chinta había tenido el prado Somonte. Años atrás, la Cordera tenía que salir “a la gramática”, esto es, a apacentarse como podía, a la buena ventura de los caminos y escasas praderías del común. Pinín y Rosa la guiaban a los mejores altozanos y la libraban de las mil injurias a que están expuestas las reses que tienen que buscar su alimento por los caminos. En los días de hambre, en el establo, cuando el heno escaseaba, Rosa y Pinín ingeniaban mil industrias para hacer más suave la miseria. Y en los tiempos heroicos del parto y la cría se entablaba la lucha entre los Chintos por robar la leche de las ubres y la pobre madre para que el ternero subsistiese. Rosa y Pinín, siempre de parte de la Cordera, a escondidas, soltaban el recental, que, ciego y como loco, a testaradas contra todo, corría a buscar el amparo de la madre, que le albergaba bajo su vientre. Estos recuerdos, estos lazos, no se olvidan.* * *
Antón de Chinta comprendió que había nacido para pobre. Llegó, gracias a mil ahorros, la primera vaca, la Cordera. Y no pasó de ahí; se vio obligado, para pagar atrasos al amo, a llevar al mercado a la Cordera, el amor de sus hijos. Chinta había muerto a los dos años de tener la Cordera en casa. El establo y la cama del matrimonio estaban pared por medio, llamando pared a un tejido de ramas de castaño y de cañas. La Chinta había muerto mirando a la vaca por un boquete del destrozado tabique de ramaje, señalándola como salvación de la familia.

    – “Cuidadla, es vuestro sustento”, decía la pobre moribunda, extenuada de hambre y de trabajo.

Y el amor de los gemelos se había concentrado en la Cordera.

Un sábado de julio, al ser de día, de mal humor Antón, echó a andar hacia Gijón, llevando la Cordera por delante, sin más atavío que el collar de esquila. Pero al oscurecer, Antón y la Cordera entraban por la corrada mohínos, cansados y cubiertos de polvo. No había vendido. Pedía mucho por la vaca para que nadie se atreviese a llevársela. Los que se habían acercado a intentar fortuna se habían alejado pronto echando pestes de aquel hombre que miraba con ojos de rencor y desafío al que osaba insistir en acercarse al precio fijo tras el que él se parapetaba.

* * *

Desde aquel día Pinín y Rosa no sosegaron. A media semana se personó el mayordomo en el corral de Antón. El amo no esperaba más. Antón, que no admitía reprimendas, se puso lívido ante las amenazas de desahucio. Bueno, vendería la vaca a vil precio, por una merienda. Había que pagar o quedarse en la calle. Ese mismo sábado acompañó Pinín a su padre. El niño miraba con horror a los contratistas de carnes, los tiranos del mercado. La Cordera fue comprada en su justo precio por un rematante de Castilla. Se la hizo una señal en la piel y volvió a su establo, ya vendida, ajena, tañendo la esquila. Rosa, al saber la venta, se abrazó al testuz de la Cordera, que inclinaba la cabeza a las caricias. Pinín, con ojos como puños, había vuelto a la casa detrás de Antón de Chinta, taciturno.

    – “¡Se iba la vieja!” -pensaba con el alma destrozada Antón el huraño. “Ella ser, era una bestia, pero sus hijos no tenían otra madre ni otra abuela.”

Aquellos días en el pasto, en la verdura del Somonte, el silencio era fúnebre. La Cordera ignoraba su suerte, descansaba y pacía como siempre. Pero Rosa y Pinín, desolados, miraban con rencor los trenes que pasaban, los alambres del telégrafo. El viernes, al oscurecer, fue la despedida. Vino un encargado del rematante de Castilla. Pagó; bebieron un trago. Pinín y Rosa, unidos por las manos, miraban al enemigo con ojos de espanto y en el supremo instante se arrojaron sobre su amiga; besos, abrazos: hubo de todo. No podían separarse de ella. Antón, agotada pronto la excitación del vino, cayó como un marasmo; cruzó los brazos, y entró en el corral oscuro.

Caía la noche; por la calleja oscura que hacían casi negra los altos setos, se perdió el bulto de la Cordera, que parecía negra de lejos. Después no quedó de ella más que el tintán pausado de la esquila, desvanecido con la distancia.
    -¡Adiós, Cordera! -gritaba Rosa deshecha en llanto-. ¡Adiós, Cordera de mío alma!
    -¡Adiós, Cordera! -repetía Pinín, no más sereno.
    -Adiós -contestó, a su modo, la esquila, perdiéndose su lamento triste y resignado.

* * *

Al día siguiente el prao Somonte sin la Cordera parecía el desierto. De repente silbó la máquina, apareció el humo, luego el tren. En un furgón cerrado vislumbraron Pinín y Rosa cabezas de vacas mirando por los tragaluces.
    -¡Adiós, Cordera! -gritó Rosa, adivinando allí a su amiga, la vaca abuela.
    -¡Adiós, Cordera! -vociferó Pinín con la misma fe, enseñando los puños al tren.

Y, llorando, repetía el rapaz, más enterado que su hermana de las picardías del mundo:
    -La llevan al matadero… para comer los señores, los curas… los indianos.

* * *

Pasaron años. Pinín se hizo mozo y se lo llevó el rey. Ardía la guerra carlista. Y una tarde triste de octubre, Rosa, en el prao Somonte sola, esperaba el paso del tren correo de Gijón, que le llevaba a sus únicos amores, su hermano. Silbó a lo lejos la máquina, apareció el tren en la trinchera, pasó como un relámpago. Rosa, casi metida por las ruedas, pudo ver un instante en un coche de tercera multitud de cabezas de quintos que gritaban, gesticulaban, saludando a los árboles, al suelo, a los campos, a toda la patria familiar, a la pequeña, que dejaban para ir a morir en las luchas de la patria grande, al servicio de un rey y de unas ideas que no conocían.

Pinín, con medio cuerpo fuera de una ventanilla, tendió los brazos a su hermana; casi se tocaron. Y Rosa pudo oír entre el estrépito de las ruedas y la gritería de los reclutas la voz distinta de su hermano, que sollozaba, exclamando:
    -¡Adiós, Rosa!… ¡Adiós, Cordera!
    -¡Adiós, Pinínl ¡Pinín de mío alma!…

“Allá iba, como la otra, como la vaca abuela. Se lo llevaba el mundo. Carne de vaca para los glotones, para los indianos; carne de su alma, carne de cañón para las locuras del mundo, para las ambiciones ajenas.” Pensaba Rosa, viendo el tren perderse a lo lejos, silbando triste. “¡Qué sola se quedaba!” Ahora sí, ahora sí que era un desierto el prao Somonte.
    -¡Adiós, Pinín! ¡Adiós, Cordera!

Con qué odio miraba Rosa la vía manchada de carbones apagados; con qué ira los alambres del telégrafo. ¡Oh!, bien hacía la Cordera en no acercarse. Aquello era el mundo, lo desconocido, que se lo llevaba todo. Rosa arrimó la cabeza al palo del telégrafo y oyó el viento que, en las entrañas del pino seco, cantaba su canción metálica de lágrimas, abandono, soledad, muerte.

En las vibraciones como quejidos, Rosa oía, lejana, la voz que sollozaba por la vía adelante:

-¡Adiós, Rosa! ¡Adiós, Cordera!

Engáñame y La confesión reiterada

Reseña biográfica de Juan Valera

Juan Valera (Córdoba, 1824-Madrid, 1905) fue un escritor, crítico literario, diplomático y político español. Retirado provisionalmente del cuerpo diplomático, inició en Madrid su carrera política, siendo diputado por Archidona y llegando a Ministro de Instrucción Pública, con Amadeo de Saboya. En 1860 explicó en el Ateneo de Madrid la Historia crítica de nuestra poesía con un éxito inmenso. Miembro de la Real Academia Española en 1861.

Como escritor tuvo una gran actividad en periódicos y revistas; el hispanista y literato Gerald Brenan asegura que fue el mejor crítico literario del siglo XIX después de Menéndez Pelayo; Pepita Jiménez y Juanita la larga son sus dos novelas más famosas, que alcanzaron gran popularidad y han sido llevadas al cine. Aunque vivió la época espléndida del romanticismo, Valera nunca fue un hombre ni un escritor romántico, sino un epicúreo andaluz, culto e irónico, actuando siempre por encima y al margen de las modas literarias de su tiempo, rigiéndose por unos principios estéticos generales de sesgo idealista.

¡Engáñame, majadero!

Texto adaptado. Una historia de cocineras y cocineros (1866)

Hubo en Toledo, en los buenos tiempos – cuando el Arzobispado estaba poderoso y boyante- un Arzobispo tan austero y penitente, que ayunaba muy a menudo y casi siempre comía de vigilia, y más que pescado, semillas y hortalizas.

Su cocinera le solía preparar un modesto potaje de habichuelas y garbanzos, con el que se deleitaba aquel venerable siervo de Dios, como si fuera el plato más exquisito y gustoso. Bien es verdad que la cocinera preparaba con tal habilidad los garbanzos y las habichuelas que parecían un manjar ciertamente superior.

Por desgracia, la cocinera, después de una agria disputa con el mayordomo, fue despedida. Vino otra cocinera a preparar el guiso, pero el Arzobispo lo encontró tan detestable que fue despedida de inmediato. Ocho o nueve fueron sucesivamente entrando, pero ninguna o ninguno -porque eran tanto cocineras como cocineros- acertaba a condimentar el potaje y todos tenían que largarse avergonzados, dejando huérfana la cocina arzobispal.

Entró por fin un cocinero más avispado, que, menos orgulloso de sus propias habilidades, tuvo la prudente idea de ir a visitar a la primera cocinera. Ésta fue generosa y le confió su procedimiento misterioso. El nuevo cocinero siguió con exactitud las instrucciones de su antecesora, condimentó el potaje, que le fue servido al Arzobispo.

  • Gracias sean dadas al Altísimo. Al fin hallamos un cocinero tan bueno como la anterior. Que venga el cocinero; hay que darle merecidas alabanzas.

Y el nuevo cocinero, embargado por la satisfacción del momento, tuvo la debilidad de confesar con sinceridad:

  • Quiero decirle Ilustrísima que su cocinera le engañaba; en el potaje hay pocas habichuelas y, en cambio, hay muchas albondiguitas de jamón, pechuga de pollo, riñoncitos de ave y criadillas de carnero. Y yo no quisiera engañar a su Ilustrísima.

Y el poderoso Arzobispo, mirándole entre enojado y burlón, dijo al cocinero con media sonrisa:

  • Pues sigue haciéndolo como la anterior cocinera: ¡Engáñame, majadero!

Texto adaptado. La confesión reiterada (1866)

Estaba un día el Padre Jacinto en el confesonario. Había oído ya los pecados de once o doce penitentes, les había dado la absolución, se encontraba fatigadísimo e iba a levantarse, cuando acudió a la rejilla una mujer muy guapa, pulcra y elegantemente vestida y al parecer de poco más de treinta años.

La dama, hasta entonces no conocida del Padre, le dijo que permanecía soltera y que vivía con su anciana madre viuda. Eran madre e hija señoras principales pero pobres, y vivían con recogimiento y en cierta estrechez decorosa. Todos los pecadillos que la dama confesó al Padre eran tan leves y veniales, y le fueron confesados por ellas con tal candor y con gracia tan inocente, que el Padre, en el fondo de su alma, hubo de calificarla no sólo de graciosa y discreta, sino de casi santa. Se disponía ya a echarle la bendición, cuando la dama, después de larga pausa y silencio, muy ruborizada y como quien vacila, dijo con voz dulce y temblorosa:
– Padre, me avergüenzo de pensar que estoy engañando a usted.

-Sí, hija mía, al confesor no se le debe ocultar nada: habla con franqueza.

– Pues ya que es menester ser franca, ha de saber usted que, hará ya doce o trece años, cuando yo aun no había cumplido los dieciocho, estuve prendada de un primo mío, teniente de infantería. Él también me amaba de corazón, pero ni él poseía más bienes que su carrera ni yo contaba con más riqueza que la paga de huérfana que había de perder casándome. En busca de fortuna y en cumplimiento de su deber, mi primo tuvo que irse a Cuba, donde la guerra civil ardía entonces.

La víspera de su partida -siguió la joven-, que debía ser por la mañana temprano, mi primo estuvo en casa a despedirse de mi madre y de mí. Estábamos entonces en Cádiz. Cuando mi madre dormía profundamente abrí el balcón y mi primo estaba en la calle aguardando mi salida. La pálida luz de la luna iluminaba su hermosa cara. Apoyándose en una reja del cuarto bajo, se encaramó hasta el balcón, por más que yo le mostraba disgusto y miedo. Para evitar que alguien pasase y le viese saltó la baranda y penetró en mi cuarto. Nos abrazamos y acariciamos con suave abandono. Y como yo vertía muchas lágrimas, él las secaba con sus labios sobre mis mejillas. Luego, no sé como, natural y sencillamente, se encontraron y se unieron nuestras bocas. Y por último, Padre, ¡qué vergüenza! aquello fue un delirio, un frenesí de amor, un deleite que me pareció como del cielo; una estrechísima unión de nuestros dos seres y una íntima fusión de nuestras dos almas, que duró hasta rayar la aurora. Mi primo tuvo entonces que irse. Nos hicimos mil juramentos de fidelidad. Yo, en el momento de partir él, aun le retenía y le apretaba entre mis brazos y me le comía a besos. Pero la separación fue inevitable. Mi primo salió para la Habana dos horas después de haber cometido juntos el horrible, dulce y largo pecado.

Mi desdichado primo -continuaba la muchacha-, a los pocos días de llegar a la Habana, murió de la fiebre amarilla. Mi único consuelo, lo confieso, era recordar que yo había sido suya; el encanto, la enajenación, el éxtasis celestial que embargó mis sentidos cuando me entregué a él por entero, sin que quedase prenda mía que yo no le diese.

Suspiró la penitente, se humedecieron con lágrimas sus hermosos ojos y quedó en silencio. El Padre Jacinto lo rompió diciendo:

– Grave y mortal fue tu pecado, hija mía. Pero lo peor y más grave es que lo hayas tenido oculto durante trece años sin confesarlo hasta ahora.
– Pero Padre, dijo la dama, si yo acudo lo menos veinte veces al año al confesonario y jamás he dejado de confesar este pecado mío.

El Padre echó sus cuentas y dijo:

– Hace trece años; veinte veces por trece años hacen doscientos sesenta; pues hija, lo has confesado y te han absuelto ya doscientas sesenta veces.
– Pues yo creo, Padre, replicó ella, que si me dura la vida, pasarán las veces de dos mil, porque el recuerdo de mi pecado me enamora y el referirlo me encanta, y este enamoramiento y este encanto constituyen, sin duda, un pecado nuevo.
-Sí, hija mía, lo constituyen. Yo te absolveré ahora. Procura tú olvidar tu pecado y no lo cuentes más.
-¡Ay Padre, no puedo!
-Entonces, ¿qué le hemos de hacer? Ven cuando gustes a contármelo. Yo lo oiré y siempre te absolveré. Procurando -pensó para sus adentros el Padre-, que a pesar de mis sesenta años no despierte en mí la envidia.

Porque -terminó el Padre Jacinto con voz melodiosa- Dios es misericordioso.

 

Ocho mujeres

Presentación

Ocho mujeres

El ocho de marzo de 2017, Día de la Mujer traemos ocho retratos femeninos de ocho autores importantes.

Unos breves retratos, apenas unas palabras, de estos grandes narradores nos ayudan a entender mejor el universo de la mujer. Chaucer, Cervantes, Voltaire, Turguenev, Pedro Antonio de Alarcón, Maupassant, Chejov, Torrente Ballester – alguno de cuyos cuentos ya han aparecido en nuestro blog- nos deleitan, nos hacen pensar, nos emocionan.

Ocho mujeres

Textos adaptados. Breves retratos femeninos, a lo largo de seiscientos años

Esta entrega de RelatABA pretende ser una contribución de nuestro blog al Día de la Mujer, en marzo de 2017. Se recogen ocho brevísimos retratos que de la mujer se han hecho en la literatura occidental a lo largo de seiscientos años. Alguna de estas descripciones ya ha sido recogida en los cuentos aparecidos en nuestro blog.

CHAUCER. La Comadre de Bath, personaje de los Cuentos de Canterbury (1385)

Los Cuentos de Canterbury es el relato del viaje de un grupo de peregrinos desde Londres a Canterbury, para visitar los restos de Santo Tomás Beckett. Cada noche uno de los los peregrinos narraba un cuento. Uno de los cuentos es narrado por una Comadre, nacida en Bath, que había tenido cinco matrimonios y  cinco maridos y que es así descrita:

Ninguna mujer osaba adelantársele cuando se dirigía al ofertorio. Su rostro era bello; su expresión, altanera, y su talante, gracioso.

En este divertido cuento se descifran “las tres cosas que más desean la mujeres”:
Lo que más desean las mujeres: ejercer la autoridad, tanto sobre sus esposos como sobre sus amantes y tener poder sobre ellos; éste es su mayor deseo. Lo que más desean, en segundo lugar: que se fijen en ellas y se elogien sus aderezos y su belleza. Lo que más odian: que se les recuerden sus defectos.

CERVANTES. Marcela, personaje de Don Quijote (1605)

Marcela, personaje de Cervantes, era hija de Guillermo el Rico y, al fallecer éste, heredó su fortuna. Marcela creció con belleza; cuando llegó a la edad de catorce a quince años nadie que la miraba no bendecía a Dios que tan hermosa la había criado. Pero Marcela prefirió irse al campo en compañía de otras zagalas guardando sus cabras. Con estos desdenes se dice que provocó la muerte de un celoso enamorado, Grisóstomo; y Marcela se defendía diciendo:

Yo nací libre, y para poder vivir escogí la soledad de los campos: los árboles destas montañas son mi compañía, las claras aguas destos arroyos mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosuras. Fuego soy apartado y espada puesta lejos.

Yo, como sabéis, tengo riquezas propias y no codicio las ajenas; tengo libre condición y no gusto de sujetarme; ni quiero ni aborrezco a nadie; no engaño a éste, ni solicito aquél, ni burlo con uno ni me entretengo con el otro. La conversación honesta de las zagalas destas aldeas y el cuidado de mis cabras me entretiene; tienen mis deseos por término estas montañas, y si de aquí salen es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma a su morada primera.

Y en diciendo esto, sin querer oír respuesta alguna, volvió las espaldas y se entró por lo más cerrado de un monte que allí cerca estaba, dejando admirados, tanto de su discreción como de su hermosura, a todos los que allí estaban.

VOLTAIREAlmona, personaje de Zadig (1747)

El pecho de Almona, sus ojos negros rasgados que brillaban suavemente de amoroso fuego, sus mejillas – púrpura animada con la más cándida leche-, su nariz delicada, sus labios -dos hilos de coral que ensartaban las más bellas perlas de Arabia-, todo, en fin, persuadió al viejo de que había vuelto a sus veinte años.

TURGENEV. Zenaida, personaje de El primer amor (1860)

La dacha vecina había sido alquilada por una familia de la baja aristocracia, de la que una joven formaba parte. Yo había alcanzado a verla de perfil entre los arbustos del jardín. En los movimientos de la muchacha había algo tan delicado, exigente, mimoso, burlón y tierno, que casi grité de admiración y placer, y sentí que estaba dispuesto a darlo todo para que esos deditos encantadores acariciasen mi frente.

PEDRO ANTONIO DE ALARCÓN. La Comendadora, personaje del cuento del mismo nombre (1868)

en un ángulo del salón –desde donde podía verse el cielo, las copas de los árboles y los rojizos torreones de la Alhambra, pero donde no podía ser vista más que por los pájaros que revoloteaban sobre el Darro-, inmóvil, con la mirada perdida en el infinito azul de la atmósfera y pasando lentamente las cuentas de un larguísimo rosario, estaba sentada una monja, una Comendadora de Santiago, como de treinta años, con unas sencillas ropas de aspecto seglar.

Vestía de negro, con un gran pañuelo de hilo blanco cerrado hasta el cuello. No llevaba manto ni toca, lo que dejaba ver un negro y abundantísimo pelo recogido con un lazo en la nuca. Aquella mujer resultaba hermosísima; el desaliño de su vestido dejaba en libertad su natural gracia. Alta, recia, esbelta y armónica, el ropaje de lana, pegado a su cuerpo, revelaba más que cubría, la traza clásica de sus espléndidas proporciones. Remataba esta soberana figura un rostro moreno, algo descarnado, oval, de una palidez intensa, que contrastaba con dos profundas ojeras, lívidas, llenas de misteriosas tristezas.

MAUPASSANT. Una honesta mujer de provincias, personaje de Una aventura parisiense  (1881)

¿Existe en la mujer un sentimiento más agudo que la curiosidad?
Una mujer, cuando su curiosidad se despierta, cometerá locuras, imprudencias, audacias, no retrocederá ante nada. Hablo de las mujeres realmente mujeres, dotadas de ese triple fondo de compartimentos secretos: el primero, de inquietud femenina siempre agitada; el segundo, de astucia coloreada de ingenuidad; el último, por fin, de desenfado encantador, de trapacería exquisita, de deliciosa perfidia, de todas esas perversas cualidades que empujan al suicidio a los amantes crédulos, pero que arroban a los otros.

CHEJOV. Vera, personaje de Vérochka (1887)

Ante Ognev estaba la hija de Kuznetsov, Vera, una joven de 21 años, habitualmente triste.

Las jóvenes que sueñan mucho, que pasan días enteros recostadas perezosamente leyendo todo lo que cae en sus manos, y que se sienten aburridas y tristes, suelen vestirse con negligencia. A las que poseen el don natural del gusto y el instinto de la belleza, esa leve negligencia en el vestir les otorga un encanto especial. Vérochka era esbelta; tenía un perfil regular y hermoso cabello ondulado. A Ognev, quien no había visto en su vida muchas mujeres, le parecía una beldad.

Ognev, recordando más tarde a Vérochka, no se la podía imaginar sin su amplia chaquetilla que formaba profundos pliegues junto al talle y sin embargo no lo rozaba; sin su rizo, escapado del alto peinado y colgado sobre la frente; sin aquel chal rojo con pompones en los bordes, que por las noches pendía tristemente del hombro de Vérochka, mientras que de día estaba tirado en el vestíbulo, junto con los sombreros masculinos, o bien en el comedor sobre un baúl donde dormía, sin ceremonias, la vieja gata. Este chal y los pliegues de la chaquetilla exhalaban un soplo de desperezada libertad.

GONZALO TORRENTE BALLESTER. Miguela y Chuco, personajes de La Miguela (1944)

Miguela era su compañía. Los tratos quedaron hechos antes de partir para el servicio. Ella tenía por su madre una casita de un solo cuarto y cocina; él, un campo para maíz y viñedo. Ella labraría el campo y con lo que Chuco pudiese ahorrar en la Armada, comprarían el ajuar.

Se casaron el día de la Virgen, una boda sencilla, con Antonia la Galana y el viejo Cabeiro como padrinos. Se cuenta que tardaron mucho en acostarse; hay quien los vio a medianoche asomados a la ventana, en silencio, mirando al mar.

El regalo

Presentación

Nota biográfica sobre Leonid Andréiev

Leonid Andréiev (1871, Rusia; 1919, Finlandia) escritor y dramaturgo ruso, lideró el movimiento expresionista en la literatura de su país. Activo en la Revolución de 1905 y la Revolución de Octubre de 1917, que destronó al gobierno zarista.

Descubierto por Máximo Gorki, fue uno escritor prolífico. Aclamado como una nueva estrella en Rusia, su nombre pronto se hizo famoso. Sus dos historias más conocidas son probablemente Risa roja (1904) y Los siete ahorcados (1908).

Idealista y rebelde, Andréiev pasó sus últimos años en la pobreza, y su muerte prematura por una enfermedad cardíaca pudo haber sido favorecida por su angustia a causa de los resultados de la Revolución Bolchevique. A diferencia de su amigo Gorki, Andréiev no aceptó el nuevo orden político y desde su casa en Finlandia, donde se exilió, dirigió al mundo manifiestos contrarios a los excesos bolcheviques.

Algunas adpataciones de sus obras se han llevado con posterioridad al cine (en Argentina) y al teatro (en Broadway).

Texto adaptado. El Regalo

– Vuelve –suplicó Senia por tercera vez.

– Pues claro que volveré. No te inquietes. Acabó respondiendo Sazonka.

Y de nuevo guardaron silencio. Senia estaba acostado, cubierto hasta el mentón por una sábana gris del hospital, y no apartaba los ojos de Sazonka. Deseaba que su visitante permaneciese allí todo el tiempo posible, que no se marchase. Sus ojos parecían implorar la promesa de que no le dejaría abandonado a la soledad, al dolor y el miedo. No obstante Sazonka se aburría y estaba deseando marcharse, pero no sabía cómo hacerlo sin disgustar al muchacho enfermo. Tan pronto empezaba a levantarse de la silla con el firme propósito de irse, como se sentaba de nuevo decididamente, igual que si lo hiciese para toda la vida. No sabía qué decirle al enfermo.

– ¡Menuda vida! ¿Te duele? Senia afirmó con la cabeza, y dijo con voz débil:

– Bueno, tienes que irte ya; o te reñirán.

– Sí, es verdad –afirmó Sazonka, contento de encontrar un pretexto para marcharse–.

Se inclinó hacia él y dijo con voz firme:

– Escucha, Semion… Senia. Te lo digo yo, ¿sabes? Vendré, puedes estar seguro. En cuanto tenga un momento libre, vendré.

En los labios ennegrecidos y secos de Senia se dibujó una sonrisa enfermiza.

– Sí –contestó.

– Ya verás como vengo. ¡Qué diablo! ¿Crees que no me doy cuenta?

Finalmente Sazonka se levantó. Era muy alto, y una abundante mata de pelo le cubría la cabeza. Sus ojos grises dirigían miradas fulgurantes a un lado y otro, y parecían reír.

– Bueno, hasta pronto –dijo en tono cariñoso. Sin embargo, permaneció inmóvil. Quería demostrarle a Senia su afecto con un nuevo gesto de ternura, hacer algo tras lo cual Senia ya no temiese quedarse solo y así poder marcharse con la conciencia tranquila. Fue Senia quien puso fin a sus vacilaciones. – Hasta pronto –dijo con su voz atiplada. Con absoluta sencillez, como un hombrecito, sacó la mano de debajo del cobertor y se la tendió con aire indiferente a Sazonka. – Volverás, ¿verdad? –preguntó por cuarta vez Senia. Una vez fuera del hospital le parecía seguir aspirando aquel olor a medicinas y continuar oyendo la voz implorante de Senia: – ¡Espero que vuelvas! Y aunque nadie podía ya oírle, Sazonka repetía en un tono de convicción: – ¡Claro que volveré! ¿Crees que no tengo corazón?

II

Las Pascuas estaban a la vuelta de la esquina y los sastres atareados. Días enteros, largos y luminosos, desde el amanecer hasta la anochecida, y con frecuencia hasta medianoche, permanecía Sazonka trabajando junto a la ventana, con las piernas cruzadas al modo turco, frunciendo las cejas y silbando malhumorado. Por la mañana no daba el sol en la estancia y el aire estaba fresco, pero hacia el mediodía el sol empezaba a resplandecer en la ventana y se agrandaba hasta abarcar la ventana entera; los pedazos de tela, las tijeras, todo brillaba de un modo deslumbrador y el calor se hacía sofocante.

La calle, en un extremo de la ciudad, tenía escaso tránsito. De tarde en tarde pasaba algún campesino de las cercanías en su carro y sin apresurarse; el carro se tambaleaba al hundir las ruedas en los baches, todavía llenos de lodo, y producía un ruido que evocaba la vasta amplitud de los campos. Cuando Sazonka comenzaba a sentir dolor en la espalda, y sus dedos, entumecidos, no podían sostener la aguja, bajaba corriendo descalzo a la calle y dando ágiles saltos sobre los charcos llegaba junto al grupo de muchachos que estaban jugando a los tejos.

– Dejadme jugar un poco –les decía. Una docena de manos le tendían los pequeños discos de hierro con que se derribaban los huesos, y numerosas voces le gritaban a un tiempo: – Toma el mío, Sazonka. ¡El mío! Sazonka cogía el más pesado, se remangaba, adoptaba una postura atlética y luego lanzaba el disco, que con un ligero silbido iba a parar en medio de la larga hilera de huesos derribando varios de éstos; los chicos prorrumpían en gritos de admiración. Después de algunas jugadas afortunadas, Sazonka se secaba el sudor de la frente, y dirigiéndose a los muchachos decía: – ¿Sabéis que Senia sigue en el hospital? Pero los chicos, absortos en su juego, acogían estas palabras fríamente, con indiferencia. – Habría que llevarle algo. Yo le llevaré un regalo –añadía Sazonka. Estas nuevas palabras despertaban cierto interés entre los chicos. Mishka, el Cerdito, sosteniéndose con una mano los pantalones que se le caían, y con un puñado de canicas en la otra, decía con aire serio: – ¡Llévale diez kopeks! Pero Sazonka no podía perder el tiempo en aquellas conversaciones. Volviendo a saltar sobre los charcos con ágiles brincos, regresaba a su casa y se ponía de nuevo a trabajar. Se le hincharon los ojos, perdió el color, como si se encontrase enfermo, y las pecas que tenía en su rostro se hicieron más visibles. Sólo su abundante pelo, que le cubría la cabeza como un gorro, conservaba su aspecto alegre y triunfal. Cuando su maestro, Gavril Ivanovich, le miraba, Sazonka empezaba a pensar, no se sabe con qué motivo, en la taberna y la vodka que se bebía en ella. El recuerdo era tan tentador que, para desahogarse, se ponía a escupir y a jurar como un condenado. Se pasaba días enteros dándole vueltas sin cesar a cualquier idea. Tan pronto pensaba en comprarse un acordeón como en encargarse unas botas. Pero en lo que pensaba con más frecuencia era en Senia y en el regalo que iba a llevarle. Mientras oía el ruido de la máquina de coser y los juramentos del maestro, Sazonka se imaginaba siempre la misma escena: se veía a sí mismo deteniéndose junto a la cama de Senia en el hospital, entregándole el regalo envuelto en un pañuelo con cenefa encarnada. En sus evocaciones intentaba en vano recordar la cara de Senia, pero el pañuelo con cenefa encarnada –que no había comprado todavía–, era el que se dibujaba en su imaginación con extraordinaria nitidez. Y a todos, al maestro, a la mujer de éste, a los clientes y a los chicos, les manifestaba su firme propósito de ir a visitar a Senia el primer día de Pascua.

– ¡Dejar de ir sería una asquerosa faena! –añadía–.

Iré sin falta. Y le llevaré un regalo y le diré: “Aquí lo tienes, chico; ¡toma!” Pero al tiempo que hablaba de este modo se veía a sí mismo entrando en la taberna, donde había gente bebiendo vodka. Se sentía incapaz de luchar, sentía el deseo de decir con total resolución: “¡No, iré a ver a Senia!” Su mente quedaba envuelta en una grísea neblina, en medio de la cual destacaba el pañuelo con cenefa encarnada.

III

El primer día de Pascua, y también el segundo, Sazonka, había bebido; estuvo armando escándalo y pasó la noche en el puesto de policía. Hasta el cuarto día no fue a ver a Senia. La calle, inundada de sol, estaba abarrotada por un gentío vestido con colores chillones. Podía escucharse la música de los acordeones, el ruido de los discos metálicos derribando los huesos, el cacareo belicoso de los gallos que se peleaban. Pero Sazonka no hacía caso de nada. La expresión de su rostro, en la que un ojo hinchado y el labio superior desgarrado hablaban de las recientes peleas, era grave y estaba como ensimismado; hasta su abundante pelo, lacio y en desorden, tenía un aspecto melancólico. Se sentía avergonzado de su borrachera y de no haber cumplido su palabra; Senia no le vería en plena forma, con su camisa de lana y chaleco nuevo, sino maltrecho, miserable y oliendo a vodka. Sin embargo, a medida que se acercaba al hospital, se sentía satisfecho y lanzaba frecuentes miradas al paquetito que llevaba. Le parecía estar ya viendo el rostro de Senia, con los labios secos y los ojos suplicantes. – Querido amigo, ¿crees no me doy cuenta? ¿Que no tengo corazón? –decía en voz alta, como si Senia pudiera oírle, y apresuraba el paso con impaciencia.

Llegó al hospital; las negras ventanas parecían ojos severos. Avanzó por el largo pasillo que olía a medicinas, con la ya conocida sensación de malestar y tristeza. Entró en la sala donde estaba la cama de Senia. Pero Senia, ¿dónde estaba?

– ¿Qué busca? –preguntó un vigilante. – Pues a un chico en esta cama; Semion… Semion Yeroseiev. Estaba aquí… –dijo. Y Sazonka señalaba la cama vacía. – ¡Podía usted preguntar primero, antes de meterse de rondón! –dijo el vigilante en tono desabrido–. Además, no es Semion Yeroseiev, sino Semion Pustoshkin. – Yeroseiev es su patronímico –explicó Sazonka, poniéndose pálido. – Pues el tal Yeroseiev ha muerto. Aunque aquí le conocíamos por Pustoshkin. – ¿Cómo es posible? –preguntó Sazonka, palideciendo todavía más–. ¿Cuándo ha sido? – Ayer tarde. – ¿Y no lo podría ver? –preguntó Sazonka con voz tímida. – ¿Por qué no? –respondió el vigilante con indiferencia. Y no se apure tanto: estaba muy débil y su muerte era de esperar.

Sazonka preguntó dónde estaba el depósito; sus ojos no vieron nada hasta que se fijaron en el cuerpo muerto de Senia. Un frío terrible reinaba en la habitación, y dirigió una mirada a las paredes, llenas de manchas de humedad; a la ventana, cubierta de telarañas. En un rincón zumbaba una mosca. Y en alguna parte, no lejana, se oía el monótono gotear del agua: tac… tac… tac… Sazonka retrocedió un paso y dijo en voz alta: – Adiós, Semion Yeroseiev. Después se arrodilló, tocó el pavimento húmedo con la frente y se levantó. – ¡Perdóname, Semion Yeroseiev! –dijo, con la misma voz alta y clara. Cayó nuevamente de rodillas y permaneció con la frente pegada al pavimento hasta que comenzó a dolerle la cabeza. La mosca ya no zumbaba. Reinaba el silencio de la muerte. Lenta, rítmicamente, caían las gotas de agua, como lágrimas dulces y cordiales.

IV

El hospital se hallaba en las afueras y detrás empezaba el campo, por donde Sazonka echó a andar. Sazonka, al principio, avanzaba por el camino; luego se dirigió hacia el río a través de los bancales segados durante la estación anterior. En la orilla del río, se tendió boca arriba y cerró los ojos. Allí no corría el aire y la atmósfera estaba caliente, como en un invernadero. La luz del sol, en ondas ardientes y rojas, le atravesaba los párpados. En el cielo azul se oía cantar una alondra. Era agradable no pensar en nada. El río, recuperado su cauce después del deshielo, corría plácidamente como un pequeño arroyo. Sazonka, medio dormido, palpó de pronto un envoltorio que tenía a su lado.

Era el regalo. Se incorporó bruscamente y exclamó:

– ¡Dios mío! ¡Dios mío! Había olvidado totalmente el paquete, que parecía haber aparecido allí por arte de birlibirloque, y ahora lo miraba con ojos atónitos. Hasta le daba miedo tocarlo. Estuvo un rato contemplándolo, fija, obstinadamente, y una piedad enorme y penetrante, una terrible cólera contra sí mismo se apoderó de él. Miraba el pañuelo con cenefa encarnada y se imaginaba a Senia esperándole. Le esperaría el primer día, el segundo, el tercero. Volvería a cada momento la cabeza, con la esperanza de verle entrar. Sazonka no llegaría nunca y el pobre Senia había tenido que morir solo, olvidado, abandonado, como un perro en un estercolero. ¡Si él hubiera ido un día antes!

Sazonka lloró, mesándose los cabellos y revolcándose por la hierba. – ¡Dios mío! ¡Dios mío! Después, de bruces en el suelo y con el labio desgarrado, se calló y sintió su alma atravesada por un dolor agudísimo. La hierba tierna acariciaba suavemente su rostro y un olor denso y tranquilizante se elevaba de la tierra húmeda, llena de fuerzas creadoras, vitales. Madre eterna, la tierra recibía a su hijo, al pecador arrepentido; le abría sus amorosos brazos y proporcionaba a su dolorido corazón calor, amor y esperanza.

En la lejana ciudad las campanas tocaban a gloria, en la fiesta de la Resurrección.

Solución

Presentación

Solución (1891)

Una mujer madura está dando un amable paseo por las calles de la primavera madrileña, hace más de cien años. Este breve relato de Pardo Bazán nos obsequia con una aguda – y muy actual- reflexión sobre la madurez en mujeres y hombres.

Nota biográfica sobre Emilia Pardo Bazán (1851-1921)

Emilia Pardo Bazán (La Coruña 1851, Madrid 1921), condesa de Pardo Bazán, fue una novelista, periodista, ensayista, crítica literaria, poetisa, traductora, editora, catedrática y conferenciante española. Precursora de los derechos de las mujeres y el feminismo, reivindicó y tuvo una importante actuación pública en defensa de la instrucción de la mujer.

Fue rechazada por tres veces (1889, 1892 y 1912) por la Real Academia Española, pese a ser la primera mujer en presidir la sección de literatura del Ateneo de Madrid (1906), la primera catedrática de literatura en la Universidad Central de Madrid (1916), además de ser nombrada (1910) Consejera de Instrucción Pública por Alfonso XIII.

Pardo Bazán, al margen de su apasionada vida social, fue una autora infatigable. Introductora del naturalismo en España, su obra evolucionó desde el realismo y el naturalismo hacia un mayor espiritualismo. Ello se observa en sus cerca de cincuenta novelas – Los Pazos de Ulloa (1886) es quizá la más reconocida- y en sus más de quinientos cuentos y relatos, recogidos en diversas publicaciones a lo largo de diez años largos (1888-1899).

Texto adaptado. Solución

Más fijo que el sol.

A las tres de la tarde en invierno y a las cinco en verano paseaba Paquita Llerena hacia el Retiro, llevando sujeto por un cordón de seda roja a Mosquito, su perro grifón, pequeño como un juguete. El animalillo era una preciosidad: sus sedas, gris acero, se acortinaban revueltas sobre su hociquín, negro y brillante; y sus ojos, enormes, parecían dos uvas maduras. Cuando Mosquito se cansaba, Paquita le cogía en brazos.

Solterona, y bien avenida con su libertad, Paquita solo se tomaba molestias por el bichejo. Lo lavaba, lo espulgaba, lo jabonaba y lo perfumaba; le servía su comida especial, crema de huevo, bolitas de arroz; le limpiaba la dentadura, con oralina y cepillo. De noche, en diciembre, saltaba de la cama, descalza, para ver dormir al tontorrón sobre almohadón de pluma, bajo una manta microscópica de raso.

Una esplenderosa tarde de abril, domingo, subiendo por la acera atestada de la calle de Alcalá, Paquita notó una sensación extraña, como si acabase de quedarse sola entre el gentío. Antes de tener tiempo de darse cuenta de lo que le sucedía, se cruzó con un conocido, don Santos Comares de la Puente, funcionario en el Ministerio de Hacienda que la saludó, sonrió y la paró un instante informándose de su salud. Cuando el buen señor se perdió entre los numerosos paseantes, Paquita percibió otra vez la soledad; el cordón rojo flotaba, cortado; Mosquito había desaparecido.

Tenía Paquita un carácter reconcentrado y enérgico, frecuente en las mujeres que han llegado a los cuarenta años sin la sombra y el calor de la familia. No gritó, no alborotó: a fuer de solterona, temía las cuchufletas. A su alrededor no estaba el perro, ni nadie con trazas de habérselo llevado. Interrogó a los porteros, puso anuncios en los diarios y hasta votó una misa a San Antonio, abogado de las causas perdidas. Pero mosquito no estaba perdido, sino robado…, y el santo se inhibió; los ladrones no eran de su incumbencia.

Al cabo de dos meses, Paquita había enfermado de tristeza. La mandaron pasear mucho, entre calles, por sitios alegres y concurridos. Y un día, parada delante de un escaparate, el claro vidrio reflejó una forma tan conocida como adorada: ¡el encantín! Se volvió conteniendo un grito de salvaje alegría…, y lo mismo que cuando había desaparecido el perro, vio ante sí la figura poco gallarda de don Santos Comares, saludando y preguntando machacona y cordialmente: «¿Qué tal esa salud?…». Pero, bajo el puño de la manga izquierda de aquel hombre, entre el brazo y el cuerpo, asomaba la cabecita adorable, los ojos como uvas en sazón y se oía el cómico ladrido, de falsete, de Mosquito, jubiloso al reconocer a su antigua ama.

-¡Hijo! ¡Tesoro! ¡Encanto de mi vida! ¡Cielín!

Se abalanzó para apoderarse del chucho, pero ya don Santos, a la defensiva, daba dos pasos atrás y protegía la presa con un «¡Señora!», indignado y escandalizado, que hizo volverse irónicos y risueños a los transeúntes.

  • ¡Ese perro es mío!, y ahora comprendo que fue usted quien me lo cogió. ¡Usted mismo! aquella tarde, en la acera de la calle de Alcalá.
  • ¡Señora! -repitió don Santos-. ¿Me toma usted por ladrón de bichos? Este perrito me pertenece: lo he comprado, y no barato; lo tengo empadronado, y a nadie consentiré que me dispute su propiedad.
  • En el collar están mis iniciales y el nombre del animalito. Verá usted cómo atiende, cómo me mira. «¡Mosquitín!» ¿No me conoces, hechizo mío?
  • El perro, señora, cuando lo adquirí, venía desnudo de toda prenda; le puse de nombre Togo. Toguín, Toguín; ya lo ha visto usted: menea la cola.

Paquita, desesperada, sintió brotar dos lágrimas. La gente empezaba a formar corro; bromeaban. El decoro se sobrepuso a la pasión. Habló en voz baja, roncamente:

  • Bueno, señor Comares, bueno… Llévese lo que no es suyo. Cuando le dé a usted vergüenza espero que lo restituirá. Creí que era usted un caballero…

Le dió la espalda, y siguió calle abajo, seguida por miradas de chunga malévola…

Su padecimiento se agravó. Pero su médico también asistía al señor Comares, e informó a éste de lo que pasaba. No era el alto empleado un hombre sin corazón. Solicitó ver a Paquita, llevó consigo a Mosquito y lo colocó en el regazo de la solterona.

  • Señora, estoy disgustado; disgustadísimo… No me es posible cederle el perro; pero se lo traeré siempre para que usted lo acaricie y vea que está gordito y sano.
  • ¿Se burla usted de mí? -saltó, furiosa, ella-. ¿Traérmelo y quitármelo? Ni lo piense, señor mío; ¿qué se ha figurado?
  • Cálmese usted, Paquita…- don Santos habló con dulzura- todos tenemos nuestros afectos; desde que perdí a mi chico único, que nos daba tantas esperanzas, de resultas perdí también a mi pobre mujer; no hay a mi alrededor nadie que me acompañe… Le he cogido cariño al animalito… Es un gitano… Tráteme usted todo lo mal que guste; no le devuelvo a Togo. No, señor.

Paquita callaba, ceñuda, meditando. De improviso se alzó de su asiento, se apoderó del perro, abrió la ventana y, alzando en el aire al grifón, exclamó, trágicamente:

  • Intente usted robármelo otra vez, y va a la calle.

Don Santos quedó paralizado. Veía ya a su Togo estrellado sobre la acera, cerrados los enormes ojos, rota la cabecilla contra las losas, flojas las sedas, frías las patas…

La mujer había vencido: la furia pasional arrollaba al tranquilo y nostálgico querer.

A los pocos días, Paquita recibió una atenta nota de don Santos. Le pedía permiso para frecuentar la casa; así vería alguna vez a Togo; a ella le llevaría bombones de chocolate. No era posible rehusar. La triunfadora acogió amablemente al derrotado. A causa de la oposición de sus genios, fueron congeniando; se habituaron a verse y a tolerarse sus manías de almas rancias y solitarias, sus herrumbres de cuerpos en decadencia.

Al cabo de un año, el perrito paseaba en la berlina de los consortes; y en adelante fue de ambos con igual derecho. Pero el esposo siempre le llamó Togo, y Mosquito, la esposa.

 

Berenice

Presentación

Berenice (1835)

Del casi centenar de relatos cortos de Edgar Allan Poe, se dice que Berenice fue uno de los primeros y ya tiene toda la eficacia de los mejores: el horror se instala aquí en unas pocas páginas impecables, una de cuyas primeras traducciones al francés se debe a Baudelaire.

Veamos unas líneas del relato:

…La frente era alta, muy pálida, singularmente plácida; y el que en un tiempo fuera cabello negro como el azabache caía sobre ella sombreando las hundidas sienes con innumerables rizos, aunque ahora eran de un rubio reluciente, con un matiz festivo, en contraste completo con la melancolía dominante de su rostro. Sus ojos no tenían vida ni brillo y parecían sin pupilas. Esquivé involuntariamente su mirada vidriosa para contemplar los labios, finos y contraídos. Se entreabrieron, y en una extraña sonrisa los dientes de la cambiada Berenice aparecieron lentamente ante mis ojos.

¡Ojalá nunca hubiera visto aquellos dientes o, después de verlos, hubiese muerto! 

Nota biográfica sobre Edgar Allan Poe (1809-1849)

La vida de Poe fue tan atormentada como corta. Nacido en Boston y huérfano tempranamente, fue criado por parientes. En 1835, contrajo matrimonio con su prima, de trece años de edad, que murió de tuberculosis dos años más tarde. Poe murió en 1849 en Baltimore, con apenas cuarenta años. Su muerte se atribuyó al alcohol, congestión cerebral, cólera, drogas, fallo cardíaco, rabia, suicidio, tuberculosis u otras causas.

Su obra es generalmente apreciada y su papel como primer creador del cuento moderno, especialmente de fantasía y de terror, es universalmente reconocido. Si bien, algunos especialistas han resaltado el carácter excesivamente estrecho de su temática: “En Poe todos son vampiros, incluido el propio Poe”, ha escrito Harold Bloom. La figura del escritor, tanto como su obra, marcó profundamente la literatura de su país y puede decirse que de todo el mundo. Ejerció gran influencia en la literatura simbolista francesa y, a través de ésta, en el surrealismo. Julio Cortázar ha traducido casi todos sus textos en prosa y ha escrito extensamente sobre su vida y obra.

De la pluma de Poe han nacido numerosos relatos que se han hecho clásicos, leídos por generaciones: El pozo y el péndulo, El corazón delator, Un descenso al Maelström, La caída de la casa Usher, El escarabajo de oro, Los crímenes de la calle Morgue.

Texto adaptado. Berenice (1835)

La desgracia cunde multiforme sobre la tierra. ¡La desgracia! ¡Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris! ¿De la belleza puede derivarse la fealdad? Así como en la ética el mal es una consecuencia del bien, así, en la realidad, de la alegría nace la pena.

Mi nombre de pila es Egeus; no mencionaré mi apellido. Nuestro linaje ha sido llamado raza de visionarios. En muchos detalles sorprendentes, en el carácter de la mansión familiar, en los frescos del salón principal, en las colgaduras de los dormitorios, en los relieves de algunos pilares de la sala de armas, pero especialmente en la galería de cuadros antiguos, en el estilo de la biblioteca hay elementos más que suficientes para justificar esta creencia, según la cual mi familia pertenece a una raza de visionarios.

Los recuerdos de mis primeros años se relacionan con nuestra biblioteca. Allí murió mi madre. Allí nací yo, en ese aposento. Al despertar de la larga noche de lo que parecía ser la no-existencia, y al nacer a las regiones de hadas, a un palacio de imaginación, no es raro que mirara a mi alrededor con ojos asombrados y ardientes, que malgastara mi infancia entre libros y que disipara mi juventud en ensoñaciones; pero quizá es más raro que transcurridos los años y ya en el cenit de mi virilidad me encontrara aún en la mansión de mis padres. Mi vida y mis pensamientos parecían haberse paralizado. El mundo que me rodeaba se me antojaba solo como una visión, mientras que el mundo de los sueños se convirtió en mi existencia cotidiana.

Berenice y yo éramos primos y crecimos juntos en la casa paterna, aunque de distinta manera: yo, enfermizo, envuelto en melancolía; ella, ágil, graciosa, desbordante de fuerza; suyos eran los paseos por la colina; míos, los estudios del claustro; yo, encerrado en mí mismo y entregado a la intensa y penosa meditación; ella, vagando despreocupadamente por la vida, sin pensar en las sombras del camino o en la huida silenciosa de las horas de alas negras. ¡Berenice! Invoco su nombre… ¡Berenice! Y de las grises ruinas de la memoria mil tumultuosos recuerdos se conmueven a este sonido. ¡Ah, vívida acude su imagen ante mí, como en los primeros días de su alegría y de su dicha! ¡Ah, espléndida y fantástica belleza!

Y entonces, entonces, todo se hace misterio y terror. La enfermedad -una enfermedad fatal- cayó sobre ella como una tormenta, y mientras yo la observaba, la arrasó, penetrando en su mente, en sus hábitos y en su carácter, perturbando de forma terrible su identidad. Una especie de epilepsia obstinada la afligía terminando a menudo en catalepsia profunda, de la que se recobraba, en muchos casos, de manera brusca y repentina.

Entretanto, mi propia enfermedad crecía rápidamente, asumiendo un carácter monomaniaco: una perturbación morbosa de mi capacidad de atención, que me sumía en la contemplación de los objetos más comunes, con una inexplicable intensidad. Reflexionaba horas y horas, infatigable, con la atención clavada en algún punto trivial, en el margen de un libro o en su tipografía; pasaba la mayor parte de un día de verano absorto en una sombra extraña que caía oblicuamente sobre el tapiz o sobre la puerta; me perdía toda una noche en la observación de la tranquila llama de una lámpara o los rescoldos del fuego; soñaba días enteros con el perfume de una flor; repetía monótonamente alguna palabra hasta que el sonido, por obra de la repetición, dejaba de suscitar idea alguna en la mente; perdía todo sentido de movimiento o de existencia física gracias a una absoluta y obstinada quietud, largo tiempo prolongada. Tales eran algunas de mis extravagancias capaces de desafiar toda explicación.

Pero no se me entienda mal. Mi atención excesiva por objetos triviales no debe confundirse con la tendencia a la meditación, común a muchas personas. Mientras el soñador especula y juega con el objeto de su meditación, mis meditaciones nunca eran placenteras, y el objeto de mi ensueño me obligaba a una atención enfermiza por exagerada. Mi razón, capaz de resistir fuertes incertidumbres, temblaba al contacto de las realidades más sencillas.

En los intervalos lúcidos de mi mal, la calamidad de Berenice me daba pena, y, muy conmovido por la ruina total de su hermosa y dulce vida, no dejaba de meditar amargamente en las razones de tan terrible cambio. Yo no había amado a Berenice en los días más brillantes de su belleza incomparable. Mis anómalos sentimientos nunca venían del corazón sino de la inteligencia. Yo veía a Berenice no como un ser vivo, palpitante, sino como la Berenice de un sueño; no como una cosa para admirar, sino para analizar; no como un objeto de amor, sino como un tema de especulación. En cambio, ahora, ahora temblaba en su presencia y palidecía cuando se me acercaba, recordando que me había amado largo tiempo.

Y, en un mal momento, hablé a Berenice de matrimonio.

Se acercaba la fecha de nuestras nupcias cuando, una tarde de invierno, un día extrañamente cálido, sereno y brumoso, me senté, creyéndome solo, en la biblioteca. Alzando los ojos vi, ante mí, a Berenice. ¿Fue mi imaginación excitada, la influencia de la atmósfera brumosa, la luz incierta, crepuscular del aposento, o los grises vestidos que envolvían su figura, los que le dieron un contorno tan vacilante e indefinido? No sabría decirlo. No profirió una palabra y un escalofrío helado recorrió mi cuerpo; me oprimió una sensación de intolerable ansiedad; una curiosidad devoradora me invadió y, reclinándome en el asiento, permanecí con los ojos clavados en su persona. ¡Ay! Su delgadez era excesiva, y ni un vestigio de su lozanía asomaba en una sola línea de su contorno. Mis ardorosas miradas cayeron, por fin, en su rostro.

La frente era alta, muy pálida, singularmente plácida; y el que en un tiempo fuera cabello negro como el azabache caía sobre ella sombreando las hundidas sienes con innumerables rizos, aunque ahora eran de un rubio reluciente, con un matiz festivo, en contraste completo con la melancolía dominante de su rostro. Sus ojos no tenían vida ni brillo y parecían sin pupilas. Esquivé involuntariamente su mirada vidriosa para contemplar los labios, finos y contraídos. Se entreabrieron, y en una extraña sonrisa los dientes de la cambiada Berenice aparecieron lentamente ante mis ojos.

¡Ojalá nunca hubiera visto aquellos dientes o, después de verlos, hubiese muerto!

El golpe de una puerta al cerrarse me distrajo y, alzando la vista, vi que mi prima había salido del aposento. Pero del desordenado aposento de mi mente, ¡ay!, no había salido ni se apartaría el blanco y horrible espectro de los dientes. Ni un punto en su superficie, ni una sombra en el esmalte, ni una melladura en el borde hubo en esa pasajera sonrisa que no se grabara a fuego en mi memoria. Los vi entonces con más claridad que un momento antes. ¡Los dientes! ¡Los dientes! Estaban aquí y allí y en todas partes, visibles y palpables, ante mí; largos, estrechos, blanquísimos, con los pálidos labios contrayéndose a su alrededor.

Entonces me atacó con furia mi monomanía. Entre los múltiples objetos del mundo exterior no tenía pensamientos sino para los dientes. Los ansiaba con un deseo frenético. Ellos, ellos eran los únicos presentes a mi cabeza, llegaron a ser la esencia de mi pensamiento. Los observé a todas las luces, en todas las actitudes, examiné sus características, estudié sus peculiaridades, medité sobre su conformación, reflexioné sobre el cambio de su naturaleza. De Berenice yo creía con la mayor seriedad que sus dientes eran ideas, ¡ideas! ¡Qué insensatez! Pero los codiciaba locamente y sentí que sólo su posesión podía devolverme la paz y la razón.

Y llegó la tarde, y vino la larga oscuridad, y amaneció el nuevo día, y las brumas de una segunda noche se acumularon. Y yo seguía inmóvil, sentado en aquella biblioteca solitaria; y seguí sumido en la meditación, y el fantasma de los dientes mantenía su terrible ascendiente como si, con la claridad más viva y más espantosa, ese fantasma flotara entre las cambiantes luces y sombras del recinto. Al fin, irrumpió en mis ensueños un grito como de horror y consternación, y luego, tras una pausa, el sonido de turbadas voces, mezcladas con sordos lamentos de dolor y pena. Me levanté de mi asiento y, abriendo de par en par una de las puertas de la biblioteca, vi en la antecámara a una criada deshecha en lágrimas.

  • Berenice ha muerto, me dijo. Había tenido un insuperable acceso de epilepsia por la mañana temprano, y ahora, al caer la noche, la tumba estaba dispuesta para su ocupante y terminados los preparativos del entierro.

Hacía horas, desde la puesta del sol, que Berenice estaba enterrada. Ya debía ser pasada la medianoche y yo me encontraba de nuevo sentado solo en la biblioteca, despertando de un sueño confuso y agitado. Del melancólico periodo transcurrido desde el entierro de Berenice, aquella misma tarde, no guardaba yo un conocimiento definido. Mis recuerdos estaban repletos de horror, de un horror vago, de una terrible ambigüedad, una página atroz en la historia de mi existencia, escrita con recuerdos oscuros, espantosos, ininteligibles. Luché por descifrarlos, pero en vano, mientras una y otra vez, como el espíritu de un sonido ausente, un agudo y penetrante grito de mujer parecía sonar en mis oídos. Yo había hecho algo. ¿Qué era? Me lo pregunté a mí mismo en voz alta, y los susurrantes ecos del aposento parecían responderme: ¿Qué era?.

En la mesa, a mi lado, ardía una lámpara, y había junto a ella una caja. No tenía nada de notable, la había visto a menudo, pues era propiedad del médico de la familia. Pero, ¿cómo había llegado allí, a mi mesa, y por qué me estremecí al mirarla? Sonó un ligero golpe en la puerta de la biblioteca; pálido, entró un criado de puntillas. Había en sus ojos un violento terror y me habló con voz trémula, ronca, ahogada. ¿Qué dijo? Oí frases entrecortadas. Un salvaje grito había turbado el silencio de la noche, la servidumbre se reunió para buscar el origen del sonido, y – con un tono espeluznante, nítido- el criado susurró: -una tumba violada, un cuerpo desfigurado, sin mortaja, que aún respiraba, aún palpitaba, aún vivía.

Señaló mis ropas: estaban manchadas de barro, de sangre coagulada. No dije nada; me tomó suavemente la mano: estaba surcada de arañazos. Señaló un objeto que había contra la pared: era una pala. Con un alarido salté hasta la mesa y me apoderé de la caja. Pero no pude abrirla, y en mi temblor se me deslizó de la mano, cayó pesadamente, y se hizo añicos; y de entre ellos, entrechocándose, rodaron algunos instrumentos de cirugía dental, mezclados con treinta y dos objetos pequeños, blancos, marfilinos, que se desparramaron por el piso.

El ruiseñor y la rosa

Presentación

El ruiseñor y la rosa (1888)

Este breve cuento forma parte del libro El Príncipe feliz y otros cuentos. Publicado en 1888 cuando Wilde ya estaba en Francia, una vez terminado su doloroso encarcelamiento en Inglaterra. El cuento narra una emotiva aventura que permite comprobar las profundas decepciones de Wilde con el mundo que le rodea. Los protagonistas humanos tiene miras egoístas y mezquinas y solo la naturaleza –la encina, la luna, el rosal, y sobre todos, el sensible ruiseñor- son generosos, y aman el amor más allá de la muerte.

El ruiseñor y la rosa es uno de los cuentos más reproducidos de la literatura universal.

Nota biográfica sobre Oscar Wilde

Oscar Wilde (1854, Dublín, Irlanda, entonces perteneciente al Reino Unido -1900, París, Francia) fue un escritor, poeta y dramaturgo irlandés, considerado uno de los escritores más destacados del Londres victoriano tardío. Fue una celebridad de la época debido a su gran y aguzado ingenio. Hoy en día es recordado por sus epigramas, sus obras de teatro y la tragedia de su encarcelamiento, seguida de su temprana muerte.

Conocido por su ingenio mordaz, su vestir extravagante y su brillante conversación, Wilde se convirtió en una de las mayores personalidades de su tiempo. Los temas de la belleza y la decadencia están recogidos en su única novela El retrato de Dorian Grey y entre sus obras de teatro destaca La importancia de llamarse Ernesto.

Declarado culpable de indecencia grave por sus relaciones homosexuales fue encarcelado por dos años. La mujer de Wilde, Constance, rehusó volver a encontrarse con él y le prohibió ver a sus hijos, aunque le siguió mandando dinero y nunca se divorciaron. En prisión, Wilde escribió De Profundis, una larga carta que describe el tormentoso viaje espiritual de sus juicios y su condena. Tras su liberación, partió inmediatamente a Francia y murió indigente en París, a la edad de cuarenta y seis años.

Texto adaptado. El ruiseñor y la rosa

– Dijo que bailaría conmigo si le llevaba una rosa roja -se lamentaba el joven estudiante-, pero ¡no hay una solo rosa roja en todo mi jardín! Y sus bellos ojos se llenaron de llanto.

Desde su nido en la encina, oyóle el ruiseñor. -He aquí, por fin, el verdadero enamorado -dijo-. Su cabellera es oscura y sus labios rojos, pero la pasión lo ha puesto pálido como el marfil y el dolor ha sellado su frente.

-El príncipe da un baile mañana -murmuraba el joven estudiante-. Si le llevo una rosa roja, mi amada bailará conmigo hasta el amanecer; la tendré en mis brazos, reclinará su cabeza sobre mi hombro y su mano estrechará la mía. Pero no hay rosas rojas en mi jardín.

-He aquí el verdadero enamorado –volvió a decir el ruiseñor-. El amor es maravilloso, más bello que las esmeraldas y más raro que los finos ópalos.

-Los músicos estarán en su estrado -musitaba el joven estudiante-. Mi adorada bailará a los sones del arpa y del violín, tan vaporosamente que su pie no tocará el suelo, y los cortesanos la rodearán solícitos; pero conmigo no bailará, porque no tengo rosas rojas. Y dejándose caer en el césped, se cubría la cara con las manos y lloraba.

-¿Por qué llora? -preguntó la lagartija verde, correteando cerca de él.

-Sí, ¿por qué? -decía una mariposa que revoloteaba persiguiendo un rayo de sol.

-Eso digo yo, ¿por qué? -murmuró una margarita a su vecina, con una vocecilla tenue.

-Llora por una rosa roja.

-¿Por una rosa roja? ¡Qué tontería!

Y la lagartija, que era algo cínica, se echó a reír con todas sus ganas. Pero el ruiseñor, que comprendía el secreto de la pena del estudiante, permaneció silencioso en la encina. De pronto desplegó sus alas oscuras y como una sombra atravesó el jardín.

En el centro del prado se levantaba un hermoso rosal y el ruiseñor voló hacia él y se posó sobre una ramita.

-Dame una rosa roja -le gritó -, y te cantaré mis canciones más dulces.

Pero el rosal meneó la cabeza. -Mis rosas son blancas -contestó-, como la espuma del mar, como la nieve de la montaña. Vé al rosal que crece alrededor del viejo reloj de sol.

Entonces el ruiseñor voló al rosal que crecía entorno del viejo reloj de sol.

-Dame una rosa roja -le gritó -, y te cantaré mis canciones más dulces.

Pero el rosal meneó la cabeza. -Mis rosas son amarillas -respondió-, como los cabellos de las sirenas, como el narciso que florece en los prados antes de que llegue el segador con la hoz. Vé al rosal que crece debajo de la ventana del estudiante.

El ruiseñor voló al rosal que crecía debajo de la ventana del estudiante.

-Dame una rosa roja -le gritó-, y te cantaré mis canciones más dulces.

Pero el arbusto meneó la cabeza. -Mis rosas son rojas -respondió-, como las patas de las palomas, como los grandes abanicos de coral; pero el invierno ha helado mis venas, la escarcha ha marchitado mis botones, el huracán ha partido mis ramas, y no tendré más rosas este año.

-¡Solo necesito una rosa roja! -gritó el ruiseñor. ¿No hay medio de conseguirla?

– Hay un medio -respondió el rosal-, pero es terrible. Si necesitas una rosa roja tienes que hacerla con notas de música, al claro de luna y teñirla con sangre de tu propio corazón. Cantarás con el pecho apoyado en mis espinas, durante toda la noche y las espinas atravesarán tu corazón: la sangre de tu vida se convertirá en mi sangre.

-La muerte es un buen precio por una rosa roja -replicó el ruiseñor-. Todo el mundo ama la vida, pero el amor es mejor que la vida. ¿Y qué es el corazón de un pájaro comparado con el de un hombre?

El joven estudiante permanecía tendido sobre el césped.

-Sé feliz -le gritó el ruiseñor-, sé feliz; tendrás tu rosa roja. La crearé con notas de música, al claro de luna y la teñiré con la sangre de mi propio corazón. Lo que te pido, en cambio, es que seas un verdadero enamorado. El estudiante le escuchó, pero no pudo comprender lo que le decía el ruiseñor; sólo entendía las cosas escritas en los libros.

La encina sí comprendió al ruiseñor; y se puso triste, porque lo amaba mucho, pues había construido el nido en sus ramas.

-Cántame la última canción –murmuró la encina-. ¡Me quedaré tan triste cuando te vayas! El ruiseñor cantó para la encina, y su voz era como el agua que ríe en una fuente.

El estudiante oyó la canción, se levantó, y pensó mientras paseaba por la alameda: “El ruiseñor es bello, ¿pero siente? Me temo que no. Como muchos artistas, no se sacrifica por los demás”. Volvió a su habitación, se acostó sobre su jergoncillo, pensó en su adorada y se quedó dormido.

Y cuando la luna brillaba en los cielos, el ruiseñor voló al rosal y colocó su pecho contra las espinas. Y toda la noche cantó con el pecho apoyado sobre las espinas y la fría luna de cristal se detuvo y estuvo escuchando y las espinas penetraron cada vez más en su pecho y la sangre de su vida fluía de su pecho.

Al principio cantó el nacimiento del amor en el corazón de un joven y de una muchacha, y sobre la rama más alta del rosal floreció una rosa maravillosa.

-Apriétate más, ruiseñorcito – decía el rosal-, o llegará el día antes de que la rosa esté terminada.

El ruiseñor se apretó más contra las espinas y su canto fluyó sonoro, porque cantaba el nacimiento de la pasión. Un delicado rubor apareció sobre los pétalos de la rosa, como enrojece la cara de un enamorado que besa los labios de su prometida. Pero las espinas no habían llegado aún al corazón del ruiseñor; por eso el corazón de la rosa seguía blanco.

-Apriétate más, ruiseñorcito -le decía-, o llegará el día antes de que la rosa esté terminada.

El ruiseñor se apretó aún más contra las espinas, y las espinas tocaron su corazón y él sintió en su interior un cruel tormento. Cuanto más amargo era su dolor, más impetuoso salía su canto, porque cantaba el amor sublimado por la muerte, el amor que no termina en la tumba. Y la rosa enrojeció como las rosas de Bengala. Purpúreo era el color de los pétalos y purpúreo como un rubí era su corazón.

Pero la voz del ruiseñor desfalleció. Sus breves alas empezaron a batir y una nube se extendió sobre sus ojos. Su canto se fue debilitando. Algo se le ahogaba en la garganta. Su canto tuvo un último destello. La blanca luna le oyó y olvidándose de la aurora se detuvo en el cielo.

-Mira, mira -gritó el rosal-, ya está terminada la rosa.

El ruiseñor no respondió; muerto sobre las altas hierbas, el corazón traspasado de espinas.

A mediodía el estudiante abrió su ventana. -¡Qué extraña buena suerte! -exclamó-. ¡He aquí una rosa roja! No he visto rosa semejante en toda vida. Es tan bella que estoy seguro de que debe tener en latín un nombre muy enrevesado. E inclinándose, la cogió. Inmediatamente se puso el sombrero y corrió a casa del profesor, llevando en su mano la rosa. La hija del profesor estaba sentada a la puerta. Devanaba seda azul sobre un carrete, con un perrito echado a sus pies.

-Dijiste que bailarías conmigo si te traía una rosa roja -le dijo el estudiante-. He aquí la rosa más roja del mundo. Esta noche la prenderás cerca de tu corazón, y cuando bailemos juntos, ella te dirá cuanto te quiero.

Pero la joven frunció las cejas. -Temo que esta rosa no armonice bien con mi vestido. Además, el sobrino del chambelán me ha enviado varias joyas, y ya se sabe que las joyas cuestan más que las flores.

-¡Ingrata! -exclamó el estudiante lleno de cólera. Y tiró la rosa al arroyo.

Un pesado carro la aplastó.

-Te portas como un grosero -dijo la joven-; y después de todo, ¿qué eres? Un simple estudiante. ¡Bah! No creo que puedas tener nunca hebillas de plata como las del sobrino del chambelán. Y levantándose de su silla, se metió en su casa.

“¡Qué tontería es el amor! -se decía el estudiante a su regreso-, habla siempre de cosas que no sucederán y hace creer a la gente cosas que no son ciertas”.

En su habitación, el estudiante abrió un gran libro polvoriento. Y se puso a leer.

La Comendadora

Presentación

La Comendadora (1868)

El subtítulo que Alarcón pone a su cuento es Historia de una mujer que no tuvo amores. 

En efecto, la vida -los intolerantes hábitos de la aristocracia y las rígidas creencias familiares- privaron de amores a la Comendadora, la bellísima monja perteneciente a la Orden de Santiago, miembro de una familia granadina decadente y aristocrática. Sólo tres personajes y tres páginas bastan para adentrarnos en la vida de la Comendadora y de su severa familia.

Este breve relato de Alarcón, pleno de recovecos y sugerencias, no abandona del todo la senda del romanticismo pero se adentra en un realismo con pinceladas eróticas, anticipando muchas obras de autores posteriores como Galdós, García Márquez o Vargas Llosa.

Nota biográfica sobre Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891)

Pedro Antonio de Alarcón (Guadix, Granada, 1833 – Madrid, 1891) fue un narrador español de estilo realista, heredero destacado del fin de la prosa romántica.

Alarcón abandonó la carrera de Derecho en la Universidad de Granada para iniciarse en la carrera eclesiástica, que también abandonó para iniciar la que sería su profesión: periodista y escritor. Como político, miembro de la Unión Liberal, fue consejero de estado con Alfonso XII, en 1875. Fue también diputado, senador y embajador en Noruega y Suecia.

Desde 1877 fue académico de la Real Academia de la Lengua.

Pedro Antonio de Alarcón es ante todo un habilísimo narrador: sabe interesar con una historia; en sus libros la acción nunca decae y, aunque de estilo realista, sus personajes son profundamente románticos. En el curso de su producción novelística se va convirtiendo en un moralista, en paralelo con su vida política que evolucionó desde el liberalismo revolucionario a posiciones más tradicionalistas.

Texto adaptado. La Comendadora

Hará cosa de un siglo, una primavera de 1760, entraba un sol alegre y amoroso por los balcones de la sala principal de una gran casa solariega situada en las márgenes del Darro, en la ciudad de Granada. El sol bañaba de espléndida luz el señorial aposento, las severas pinturas, los antiguos muebles y daba calor a las tres personas que allí había; y de las que hoy apenas queda memoria…

Sentada cerca de un balcón estaba una venerable anciana, cuyo noble y enérgico rostro, que habría sido muy bello, reflejaba la más austera virtud y un rictus de orgullo quizá desmesurado. A poco que se contemplara a aquella mujer, conocíase que dondequiera que ella imperase no habría más arbitrio que matarla u obedecerla. Sobre la falda tenía abierto un libro de oraciones, pero sus ojos habían dejado de leer, para fijarse en un niño de seis o siete años, que jugaba y hablaba solo, revolcándose sobre una majestuosa alfombra.

El niño era endeble, pálido, rubio, y enfermizo como los hijos de los reyes pintados por Velázquez, con sus grandes ojos azules muy protuberantes. Como los afectados de raquitismo, aquel muchacho revelaba extraordinaria viveza de imaginación y cierta iracunda disposición a las contradicciones. Tirado en la alfombra se divertía en arrancar las hojas de un hermoso libro de heráldica y en hacerlas menudos pedazos mientras decía: “- Mañana voy a hacer esto. – Hoy no voy a hacer lo otro. – Yo quiero esto. –Yo no quiero lo otro…”. Hablaba de forma incoherente, pero desafiante y agria, como si su propósito fuese irritar a la anciana que le miraba severa desde su sillón próximo al balcón.

Finalmente, en un ángulo del salón –desde donde podía verse el cielo, las copas de los árboles y los rojizos torreones de la Alhambra, pero donde no podía ser vista más que por los pájaros que revoloteaban sobre el Darro-, inmóvil, con la mirada perdida en el infinito azul de la atmósfera y pasando lentamente las cuentas de un larguísimo rosario, estaba sentada una monja, una Comendadora de Santiago, como de treinta años, con unas sencillas ropas de aspecto seglar.

Vestía de negro, con un gran pañuelo de hilo blanco cerrado hasta el cuello. No llevaba manto ni toca, lo que dejaba ver un negro y abundantísimo pelo recogido con un lazo en la nuca. Aquella mujer resultaba hermosísima; el desaliño de su vestido dejaba en libertad su natural gracia. Alta, recia, esbelta y armónica, el ropaje de lana, pegado a su cuerpo, revelaba más que cubría, la traza clásica de sus espléndidas proporciones. Remataba esta soberana figura un rostro moreno, algo descarnado, oval, de una palidez intensa, que contrastaba con dos profundas ojeras, lívidas, llenas de misteriosas tristezas.

¿Qué familia es ésta que hemos resucitado a la luz de un sol que se puso hace cien años?

La anciana era la Condesa viuda de Santos, que en su matrimonio con el Conde había tenido dos hijos –una hembra y un varón -, huérfanos tempranamente. La casa de Santos había alcanzado gran riqueza y poderío en vida del suegro de la Condesa; mas como aquel señor no tuvo otros hijos la herencia recayó en la Condesa viuda. La severa viuda dispuso en su testamento que su hija mayor renunciase a todos los bienes tomando el hábito de religiosa; y la casa de Santos quedó patrimonio exclusivo del hijo varón, Alfonso.

Así fue como, con apenas ocho años de edad, Isabel, la hija segundona del Conde de Santos fue encerrada en el convento de las Comendadoras de Santiago. Ignorante de lo que sucedía en el mundo, sor Isabel resultó una novicia con franco y declarado regocijo; el ídolo de su comunidad. La vitalidad floreció en su cuerpo y en su corazón e hizo germinar en su imaginación la curiosidad de una mayor vida, si bien con tanta fuerza que más de una vez hubo de ser reprimida por su director espiritual. De estas reprimendas derivaron una exageración de mortificaciones y delirios místicos, acompañadas de extrema languidez y propensión al llanto. Estos tremendos vaivenes espirituales y físicos aconsejaron que Isabel, más hermosa que nunca, saliese del convento y volviese a su casa granadina. Y allí le volvió la salud y las fuerzas; aunque no la alegría.

Coincidiendo con la llegada de Isabel a la gran casa ocurrió la muerte de su hermano Alfonso, que había enviudado ya hacía dos años. Así, del matrimonio del Conde quedó solo Carlos, el único hijo, de tres años. Fue entonces cuando la Comendadora quedó definitivamente liberada de sus votos conventuales para poder dedicarse al cuidado de su anciana madre y de su tierno sobrino Carlos, único y universal heredero del Condado de Santos. Aquel rapazuelo que estaba rompiendo el libro de heráldica sobre la alfombra era el alma y el orgullo de la familia, a la par que el feroz tirano de su abuela y de su tía.

Volvamos a la sala principal donde habíamos dejado a nuestros tres personajes. La primavera había comenzado… las macetas habían empezado a florecer, la Naturaleza volvía a sentirse madre…

– ¡Abuela!- gritaba el rapaz con destemplado acento. Uno de los pintores que están trabajando en la escalinata ha dicho una cosa muy graciosa de la tía Isabel. Y el crío repitió gritando: “Compañero, ¡qué hermosa debe estar desnuda la Comendadora! ¡será una estatua griega!” ¿Qué es una estatua griega tía Isabel?

– ¡Callaos Carlos, – dijo nerviosamente la abuela, – los niños no oyen esas cosas ni las dicen! Ese pintor se va a ir a la calle y en cuanto a vos ya os impondrá el capellán la debida penitencia.

– ¿A mí? -dijo Carlos-. ¿El señor cura? ¡Yo seré el que lo eche a la calle y el pintor se quedará en casa! ¡Tía! – continuó el niño, dirigiéndose a la Comendadora, – yo quiero verte desnuda…

– ¡Jesús! – gritó la abuela, tapándose el rostro con las manos.

– ¡Sí, abuela! ¡Quiero ver desnuda a mi tía! – se encaró el niño con la anciana.

– ¡Insolente! – gritó la abuela, levantado la mano amenazadora sobre su nieto.

La Comendadora, con aire desdeñoso, se dirigía hacia la puerta sin hacer caso alguno del niño. Carlos, rojo como la grana, se interpuso forcejeando en su camino y al no poder detenerla cayó al suelo presa de violentísisma convulsión, con los ojos en blanco, echando espumarajos por la boca y tartamudeando ferozmente:

– ¡Ver desnuda a mi tía!…

– ¡Satanás!…- balbuceó roncamente la Comendadora, al tiempo que miraba a su madre.

El niño se revolcó en el suelo como una serpiente, se puso morado, llamó a su tía y quedó inmóvil, sin respiración.

– ¡Agua! ¡Agua! ¡Un médico! – ¡El heredero de los Santos se muere! gritaba la abuela. Los criados acudieron con agua y le dieron a oler vinagre…

Al fin el crío dejó escapar un soplo de aliento entre sus dientes apretados y rechinantes…

– Desnuda…, mi tía…

La Comendadora levantó las manos al cielo, en un gesto de gran irritación, y prosiguió su camino hacia la salida, pero la anciana se había arrodillado a la cabecera del niño:

– ¡Hijo mío!, ¡Carlos!, ¡hermoso!…

Abrazando lo que ya le parecía a la abuela ser el cadáver de su nieto, la anciana le hablaba con voz entrecortada: ¡llora!…¡llora!…¡no te enfades!…¡será lo que tú quieras!…

La abuela se incorporó trabajosamente y cortó el paso a su hija la Comendadora, con una voz temblorosa pero solemne:

– ¡Señora!, el heredero de los Santos se muere…y con él concluye nuestra casa.

La ira de la Comendadora la estaba haciendo temblar de pies a cabeza.

– ¡Señora!, volvió a repetir la abuela mirando a los ojos a la Comendadora, – ¡Dios lo quiere!

Y salió, lentamente, cerrando la puerta.

0 — 0 — 0

Media hora después, el Conde de Santos entró en el cuarto de su abuela hipando, riendo y comiéndose un dulce:

– ¡Vaya si está gorda…mi tía!

∅—-∅—-∅

Ese mismo día, al oscurecer, cuando la abuela se dirigía al cuarto de su hija la Comendadora una camarera le entregó una carta de sor Isabel:

“…regreso al convento… de donde nunca debí salir y de donde no volveré a salir jamás…”

En el patio de la gran casa se oyó el carruaje de la Comendadora al marcharse.

∅—∅—∅

Cuatro años después, las campanas del convento de Santiago doblaban por el alma de sor Isabel de los Ángeles, mientras su cuerpo era restituído a la madre tierra.

La anciana Condesa murió al poco tiempo. Pero tuvieron que pasar quince años para que el Conde Carlos, sin descendencia, muriera en la conquista de Menorca. Con él se extinguió la noble estirpe de los Condes de Santos.

El primer amor

Presentación

El primer amor (1860)

En este bello relato de amor adolescente Iván Turguenev esboza dos temas esenciales de su narrativa: el varón inseguro frente al desenfado de la mujer y la compleja relación de un hijo fascinado por su padre. Ambos temas tendrán un amplio desarrollo en Padres e hijos, la obra maestra del autor.

El primer amor anticipa ese realismo sencillo y desprovisto de artificios que define el estilo de Turguenev. No hay momentos particularmente dramáticos; el torrente emocional del romanticismo -que ya empieza a declinar en Europa- deja aquí paso a los primeros rasgos de un sobrio y matizado estilo realista.

Nota biográfica de Iván Turguenev

Iván Turguenev, considerado el más europeísta de los narradores rusos del siglo XIX, nació en 1818 en Orel (Rusia) y falleció en 1883 en Bougival (cerca de París, Francia). Enfrentado a las autoridades rusas, a partir de 1856 abandonó Rusia para instalarse en Francia y Alemania. Desde 1871 Turguenev vivió en su casa de Bougival, en las proximidades de París  y muy cerca de Pauline Viardot.

La vida y la tarea literaria de Turguenev están unidas a la figura de Pauline Viardot, la enigmática mujer que robó su corazón. Paulina era esposa de Louis Viardot e hjja de los cantantes de ópera españoles Manuel García y Joaquina Sitjes. Pauline Viardot o Paulina García -además de “fea” como la tildan algunos cronistas de la época- era una cantante de talento, compositora, pianista, buena dibujante y fascinante conversadora, políglota, trabajadora, polifacética, enérgica y vigorosa. Por su casa de campo de Courtavenel pululaban habitualmente invitados como Chopin, Rossini, Musset, George Sand, Delacroix, Saint-Saëns, Flaubert, Gounod, o Liszt, que fue profesor suyo de piano y con el que vivió una pasión amorosa imposible y no correspondida. En realidad, Paulina, Louis Viardot e Iván Turguenev formaban un triángulo absolutamente público, viajaban y vivían juntos y se aceptaba tácitamente su condición de adulterio.

El talento de Turgenev y su estrecha relación con los más relevantes artistas y escritores europeos de su época – George Sand, Flaubert, Zola y Henry James- permitieron al escritor convertirse en el avanzado del fecundo período del realismo ruso de finales del siglo XIX.

Texto adaptado. El primer amor

Los invitados ya se habían ido. El reloj dio las doce y media. Sólo quedaban el anfitrión junto a Serguey y Vladimir.

– Cada uno tiene que contar la historia de su primer amor. Le toca a usted, Serguey.

-No tuve un primer amor. Empecé directamente con el segundo. Tenía dieciocho años cuando empecé a cortejar a una señorita encantadora. Pero, a decir verdad, no era la primera vez; a los seis años, por primera y última vez, me enamoré precisamente de mi niñera. Ha pasado mucho tiempo y los detalles se han borrado de mi memoria.

– Pues en mi primer amor tampoco hay nada extraordinario,- tomó la palabra el anfitrión. Antes de conocer a Ana, mi mujer, no estuve enamorado. Todo marchó a las mil maravillas. Nuestros padres concertaron la boda, iniciamos el noviazgo y nos casamos sin dilación. Esta es mi historia en dos palabras. ¿Y usted qué puede contarnos, Vladimir?

– Tened paciencia, contestó después de una pausa Vladimir, hombre de unos cuarenta años, de pelo negro, ya canoso.

Mi primer amor, en efecto, fue poco corriente. Tenía entonces dieciséis años. Era el verano de1833. Mis padres tenían alquilada una dacha para el verano. Mi padre, joven y bien parecido, se había casado con mi madre por interés. Ella era diez años mayor que él y llevaba una vida triste, siempre nerviosa y celosa. Mi padre, en cambio, era un hombre de una tranquilidad digna, seguro de sí, dominante.

En aquella edad, la imagen de la mujer, el fantasma de un amor, casi nunca aparecía en mi mente, pero en todo lo que sentía se escondía el presentimiento de algo nuevo, dulce, femenino; sensación que inundaba mi ser, recorría mis venas y cada gota de mi sangre…

La dacha vecina había sido alquilada por una familia de la baja aristocracia, de la que una joven formaba parte. Yo había alcanzado a verla de perfil entre los arbustos del jardín. En los movimientos de la muchacha había algo tan delicado, exigente, mimoso, burlón y tierno, que casi grité de admiración y placer, y sentí que estaba dispuesto a darlo todo para que esos deditos encantadores acariciasen mi frente. Me descubrió entre las ramas y me habló directamente.

-¿Tiene algo que hacer ahora?- dijo, sin dejar de mirarme.

-No.

-¿Quiere ayudarme a devanar una madeja? Venga conmigo. Y entramos en su casa.

-Escúcheme- dijo ella-. No me conoce todavía. Soy muy rara y quiero que siempre me digan la verdad. Usted, según he oído, tiene dieciséis años y yo tengo veintiuno. Como ve, soy mucho mayor que usted y por eso tiene que decirme siempre la verdad… y obedecerme- añadió-. Míreme, ¿por qué no me mira?

Me azoré aún más, pero levanté la vista hacia ella. Ella sonrió.

-Míreme- dijo, bajando cariñosamente la voz-. No me desagrada que me miren. Me gusta su cara. Presiento que seremos amigos. Y yo, ¿le gusto?- dijo con picardía.

-Princesa…- empecé yo.

-En primer lugar, llámeme Zenaida. Y segundo, ¡vaya una costumbre la de la gente joven de no decir llanamente lo que sienten! Porque yo le gusto, ¿no es así?

-Naturalmente, me gusta

Aprovechando que no levantaba la vista, empecé a mirarla, primero furtivamente, luego cada vez con más confianza. Su rostro me pareció aún más fascinante. ¡Era tan fino, inteligente y hermoso! Estaba sentada de espaldas a la ventana, que tenía echada una cortina blanca. La luz del sol, atravesando la cortina, bañaba con una luz suave sus cabellos abundantes y dorados, su cuello, sus redondeados hombros y el pecho, suave y tranquilo. Empecé a tener la sensación de que la conocía desde hacía mucho tiempo y que antes de conocerla no sabía nada y no había vivido. Llevaba un vestido oscuro, algo gastado, y un delantal. Pienso que hubiese acariciado con gusto cada pliegue de ese vestido y de ese delantal. La punta de los zapatos asomaba debajo de su vestido.

Aquel verano paseaba con frecuencia a caballo con mi padre. Era extraña la influencia que tenía mi padre sobre mí, y extrañas eran nuestras relaciones. No se ocupaba en absoluto de mi educación, pero jamás me criticaba. Respetaba mi libertad hasta tal punto, que era, si se puede decir así, cortés conmigo…, sólo que no accedía a que me acercase a él. Tenía momentos de ternura hacia mí que siempre venían de una manera inesperada. Pero otras cosas le impedían pensar en mí y en la vida familiar. Amaba otra cosa y supo gozar de esa otra cosa plenamente. «Coge todo lo que puedas, pero no te dejes dominar. Ser dueño de uno mismo, ése es el truco de la vida», me dijo una vez.

Yo sufría en ausencia de Zenaida. Mi mente no podía fijarse en nada y todo se me caía de las manos. Durante días enteros pensaba obstinadamente en ella… Sufría… pero en su presencia me sentía más aliviado. Zenaida invitaba a jóvenes de su edad a jugar en el jardín y yo tenía celos, comprendía que era poca cosa para ella, me enfadaba tontamente y tontamente me humillaba. A pesar de todo, una fuerza irresistible me llevaba hacia ella, y cada vez que traspasaba el umbral de su casa sentía una bocanada de felicidad. Zenaida comprendió en seguida que estaba enamorado, y yo no pensé nunca en ocultarlo. Ella se reía de mi pasión, jugaba conmigo, me mimaba y me hacía sufrir.

Estaba delante de mí y me miraba. Y yo le pertenecía todo entero, desde la cabeza hasta los pies, cuando me miraba… En el cuello llevaba una cinta de Zenaida. Ella, jugando, se alejaba y yo gritaba de alegría cuando podía alcanzarla. Hacía conmigo lo que quería.

Un día volví para comer después de un paseo bastante largo. Por la cara de la servidumbre intuí que algo había sucedido. En una disputa terrible entre mis padres, mi madre había acusado a mi padre de infidelidad, y mi padre intentó primero justificarse y luego no se pudo contener y a su vez pronunció no sé qué palabras muy crueles sobre su edad. Mi madre se puso a llorar; y le acusó de relacionarse con la señorita vecina.

No prorrumpí en sollozos, no me dejé llevar por la desesperación, no me pregunté cómo y cuándo pudo ocurrir eso, no me sorprendí. Ni siquiera murmuré de mi padre. Lo que supe era superior a mis fuerzas. Esta súbita revelación me aplastó… Todo había terminado. Mis flores habían sido arrancadas de un tirón, tiradas por el suelo, pisoteadas.

Empezaron los preparativos de regreso a Moscú. Mi padre supo convencer a mi madre para que no armase un escándalo. Yo vagaba como un enajenado y sólo quería una cosa: que terminase todo cuanto antes. ¿Cómo ella, una chica joven, buena y de familia noble después de todo, había podido decidirse a eso, sabiendo que mi padre no era un hombre libre, y pudiendo casarse, si hubiese querido, con cualquiera de sus pretendientes?

No pude resistir más. No podía  marchar sin decirle adiós. Fui a verla.

-Oí su voz – dijo ella- y salí inmediatamente. ¿Tan fácil era abandonarnos niño malo?

-Vine a despedirme, princesa- contesté-. Probablemente, para siempre. Nos vamos.

Zenaida me miró fijamente.

-Sí, lo sé. Gracias por haber venido. Pensaba que ya no lo vería jamás. No me guarde rencor. A veces lo he hecho sufrir, pero no soy como usted se imagina. Se dio la vuelta y se apoyó en la ventana. -De verdad que no soy así. Sé que no tiene buen concepto de mí.

-¿Yo?

-Sí, sí, usted.

-¿Yo?- repetí tristemente y mi corazón empezó a vibrar otra vez bajo la acción de su encanto irresistible e inexpresable-¿Yo? Créame, Zenaida, que haga usted lo que haga, me martirice como me martirice, la querré y la adoraré hasta el fin de mis días.

Ella se volvió hacia mí rápidamente y, extendiendo las manos, abrazó mi cabeza y me dio un beso fuerte y apasionado. Sólo Dios sabe a quién buscaba ese beso largo de despedida, pero participé ávido de su dulzura, porque sabía que no se volvería a repetir: « ¡Adiós, adiós!», repetía. Me apartó y salió de la habitación. También yo me fui, presa de una sensación inexplicable. No quisiera repetir ese sentimiento, pero me consideraría infeliz si no lo hubiese experimentado nunca.

Pasaron unos años. Mi padre había fallecido de un ataque al corazón pocos meses después de que yo entrara en la universidad. Yo acababa de terminar la carrera y todavía no sabía a ciencia cierta a qué puerta iba a llamar. Un día por la tarde vi en el teatro a Maidanov, uno de los jóvenes vecinos de nuestra dacha de veraneo. Ya se había casado; charlamos.

-¿Sabe- dijo, como quien no quiere la cosa- que la señora Dolskiy está aquí?

-¿Qué señora Dolskiy?

-¿Es que no se acuerda? La que fue princesa Zasequin, de la que estábamos enamorados todos, incluso usted. ¿Se acuerda?

Maidanov me dio las señas de Zenaida. Estaba alojada en el hotel Demut. Me prometí visitarla al día siguiente. Pero pasó una semana, luego otra y, cuando al fin me acerqué al hotel Demut y pregunté por la señora de Dolskiy, supe que, inesperadamente, había muerto cuatro días antes, al dar a luz.

Algo me golpeó el corazón. Podía haberla visto y no la vería nunca más. « ¡Ha muerto!», repetía mirando estúpidamente al portero. Me puse a caminar sin rumbo fijo. Todo lo que aquel verano había significado para mí se puso ante mis ojos. ¿Qué se ha cumplido de todo lo que esperé en una época? Ahora, en el umbral de la vida adulta ¿qué otra cosa me queda más querida que los recuerdos de esa tormenta matinal de primavera que tan deprisa pasó?

Una aventura parisiense

Presentación

Una aventura parisiense (1881)

Estamos a finales del siglo XIX. Una respetable madre de familia de provincias lleva una vida tranquila en apariencia, en su hogar, entre un marido muy ocupado y dos hijos a los que cria como mujer irreprochable. Pero su corazón se estremece de curiosidad insatisfecha, de un prurito de lo desconocido. Piensa en París sin cesar y lee ávidamente los periódicos mundanos.

Pretextando un viaje para ver a unos parientes, deja por un tiempo a su marido y a sus hijos para tratar de vivir la aventura de abandonarse en el voluptuoso París.

Este relato pertenece a la época de mayor optimismo creativo de Maupassant, cuando acababa de obtener un gran triunfo con Bola de sebo (Boule de suif, 1880); estaba todavía lejos el período de sus últimos relatos de horror. 

Nota biográfica sobre Guy de Maupassant (1850-1893)

René Albert Guy de Maupassant nace en París en 1850, donde muere a los 43 años, en una clínica psiquiátrica, después de reiterados intentos de suicidio.

Su infancia estuvo presidida por la discordia entre un padre adúltero y una madre neurótica. Su adolescencia conformada por estudios, vagabundeos y borracheras, lecturas y descubrimientos.  En 1876 y merced al padrinazgo de Flaubert, Maupassant comienza a colaborar en diversos periódicos y revistas hasta que se convierte en el escritor de moda, lo que hoy llamaríamos un autor de best-sellers, y sus derechos de autor le proporcionan con el paso de los años una verdadera fortuna.

En el final de su carrera, enfermo de sífilis, una buena cantidad de sus cuentos está inspirada por la idea fija del suicidio, la obsesión de lo invisible, la angustia.

En opinión de los críticos, Maupassant es – sin alcanzar la sutileza de Chejov o Turguenev, o la imaginación de Poe- el mejor de los cuentistas realmente “populares”. En sus cuentos naturalistas muestra una aguda capacidad de observación y en sus relatos de horror, escritos hacia la época en que le empezaba a dominar su locura final, fue capaz de recrear las efusiones inquietantes de su estado patológico.

Texto adaptado. Una aventura parisiense

¿Existe en la mujer un sentimiento más agudo que la curiosidad?

Una mujer, cuando su curiosidad se despierta, cometerá locuras, imprudencias, audacias, no retrocederá ante nada. Hablo de las mujeres realmente mujeres, dotadas de ese triple fondo de compartimentos secretos: el primero, de inquietud femenina siempre agitada; el segundo, de astucia coloreada de ingenuidad; el último, por fin, de desenfado encantador, de trapacería exquisita, de deliciosa perfidia, de todas esas perversas cualidades que empujan al suicidio a los amantes crédulos, pero que arroban a los otros.

Aquella cuya aventura quiero contar era una provinciana, vulgar y honesta, hasta entonces. Su vida, tranquila en apariencia, discurría en su hogar, entre un marido muy ocupado y dos hijos a los que criaba como mujer irreprochable. Pero su corazón se estremecía de curiosidad insatisfecha, de un prurito de lo desconocido. Pensaba en París, sin cesar y leía ávidamente los periódicos mundanos.  La descripción de las fiestas, de los vestidos, de los placeres, hacía hervir sus deseos. Desde lejos veía París en una apoteosis de lujo magnífico y corrompido.

Y durante las largas noches de ensueño, acunada por los ronquidos regulares de su marido, pensaba en los hombres famosos que aparecen en la primera página de los periódicos; y se figuraba su vida enloquecedora entre un continuo desenfreno, orgías antiguas tremendamente voluptuosas y refinamientos de sensualidad tan complicados que ni siquiera podía figurárselos.

Se sentía envejecer mientras tanto. Era aún bonita, conservada como una fruta de invierno en un armario cerrado; pero trastornada por ardores secretos. Se preguntaba si moriría sin haber conocido todas esas embriagueces pecaminosas, sin haberse arrojado una vez, una sola vez, por entero, a esa oleada de voluptuosidades parisienses.

Con larga perseverancia preparó un viaje a París, inventó un pretexto, se hizo invitar por unos parientes, y, como su marido no podía acompañarla, partió sola. En cuanto llegó, supo imaginar razones que le permitirían en caso necesario ausentarse más tiempo. Y buscó. Recorrió los bulevares sin ver nada, salvo el vicio errante. Sondeó con la vista los grandes cafés, leyó atentamente los anuncios por palabras de Le Figaro. Y nada la ponía sobre la pista de aquellas grandes orgías de artistas y de actrices; nada le revelaba los templos de aquellos excesos, que se imaginaba cerrados por una palabra mágica como la cueva de Las mil y una noches y esas catacumbas de Roma donde se celebraban secretamente los misterios de una religión perseguida.

Sus parientes, pequeños burgueses, no conocían a ninguno de esos hombres famosos cuyos nombres zumbaban en su cabeza. Desesperada, pensaba ya en volverse, cuando el azar vino en su ayuda. Un día, bajando por la Chausée d’Antin, se detuvo a contemplar una tienda de antigüedades japonesas. Examinaba los graciosos marfiles grotescos, los grandes jarrones de esmaltes llameantes, los bronces raros, cuando oyó, en el interior de la tienda, al dueño, que, con muchas reverencias, mostraba a un hombrecito grueso, calvo y de barba gris un enorme monigote ventrudo, pieza única según decía.

Y a cada frase del comerciante el nombre del comprador, un nombre célebre, resonaba como un toque de clarín. Los otros clientes, jóvenes señoras, elegantes caballeros, contemplaban con una ojeada furtiva y rápida al renombrado escritor, quien, por su parte, miraba detenidamente la figura de porcelana.  Eran tan feos el uno como la otra, feos como dos hermanos salidos del mismo seno.

  • A usted, monsieur Jean Varin, decía el comerciante, se lo dejaría en mil francos. Para todo el mundo sería mil quinientos francos; pero aprecio a mi clientela de artistas y le hago precios especiales. Ayer, el señor Busnach me compró una gran copa antigua; el otro día vendí dos candelabros como estos -bonitos, ¿verdad?- a Alejandro Dumas. Mire, esa pieza que usted tiene, señor Varin, estaría ya vendida si la hubiera visto el señor Zola.

El escritor vacilaba, perplejo, tentado por el objeto, pero calculando la suma. Ella había entrado temblando, con la vista clavada descaradamente sobre él, y ni siquiera se preguntaba si era guapo, elegante o joven. Era Jean Varin en persona, ¡Jean Varin! Tras una dolorosa vacilación, él dejó la figura sobre una mesa:

  • Demasiado caro, dijo.
  • ¡Oh, monsieur Varin! ¿demasiado caro? ¡Vale muy a gusto dos mil francos!.
  • No digo que no; pero es demasiado caro para mí, respondió el escritor.

Entonces ella, asaltada por una enloquecida audacia, se adelantó:

  • Para mí, dijo, ¿cuánto vale este hombrecillo?

El comerciante, sorprendido, replicó:

  • Mil quinientos francos, señora.
  • Me lo quedo.

El escritor, que hasta entonces ni se había fijado en ella, se volvió bruscamente, y la miró de pies a cabeza como un buen observador, con los ojos un poco cerrados; después, como un experto, la examinó en detalle. Estaba encantadora, animada, iluminada de pronto por aquella llama que hasta entonces dormía en ella. Y, además, una mujer que compra una chuchería por mil quinientos francos no es una cualquiera. Ella tuvo entonces un movimiento de arrobadora delicadeza; y, volviéndose hacia él, con voz temblorosa:

  • Perdón, caballero; acaso usted no había dicho su última palabra.
  • La había dicho, señora.
  • En fin, caballero, hoy o más adelante, si decide cambiar de opinión, este objeto es suyo. Yo lo compré sólo porque le había gustado a usted.
  • ¿Cómo? ¿Me conoce?
  • Para seguir la conversación, él se había acodado en un mueble y, clavando en ella sus ojos agudos, intentaba descifrarla. Los clientes asistían a la charla y ella se estremecía de placer al ser vista así, en íntima conversación con un ilustre. Embriagada, tuvo una audacia suprema, como los generales que van a emprender el asalto:
  • Entonces ella, apasionada y elocuente, le habló de su admiración, le citó sus obras.
  • Caballero, dijo, hágame un favor, un grandísimo favor. Permítame que le ofrezca este recuerdo de una mujer que lo admira apasionadamente y a quien usted ha visto apenas diez minutos.

Él se negó. Ella insistía. Se resistió, divertido, riéndose de buena gana. Ella, obstinada:

  • ¡Bueno! Voy a llevárselo a su casa ahora mismo; ¿dónde vive usted?
  • Él se negó a dar su dirección; pero ella, preguntándosela al comerciante, la supo y, una vez pagada su adquisición, escapó hacia un coche de punto. El escritor corrió para alcanzarla, sin querer exponerse a recibir aquel regalo, que no sabría a quién devolver. Se reunió con ella cuando saltaba al coche, y se lanzó, casi cayendo sobre ella.  Por mucho que rogó, que insistió, ella se mostró intratable. Cuando llegaban delante de la puerta, puso sus condiciones:
  • Accederé, dijo ella, a no dejarle este regalo, si usted cumple hoy todos mis deseos. ¿Qué suele hacer usted a esta hora?, preguntó.
  • Doy un paseo, respondió el escritor.
  • Entonces, ¡al Bois de Boulogne!, ordenó ella, con voz resuelta.

Se pusieron en marcha. Ella exigió que le hablara de todas las mujeres conocidas de París, sobre todo de las más descaradas, con detalles íntimos sobre ellas, sus vidas, sus hábitos sus pisos, sus vicios. Atardeció.

  • ¿Qué hace usted todos los días a esta hora?
  • Tomo un ajenjo.
  • Entonces, caballero, vamos a tomar un ajenjo.

Entraron en un gran café del bulevar que él frecuentaba, donde encontró a unos colegas. Se los presentó a todos. Ella estaba loca de alegría. Y en su cabeza sonaban sin cesar estas palabras: « ¡Al fin! ¡al fin! ». Pasaba el tiempo, y ella preguntó:

  • ¿Es su hora de cenar?
  • Sí, señora.
  • Pues entonces, vamos a cenar.

Cenaron en el café Bignon.

  • ¿Qué hace usted por la noche?, ella le había mirado fijamente.
  • Depende: a veces voy al teatro.
  • Pues bien, caballero vamos al teatro.

Entraron en el Vaudeville, gratis, gracias a él, y, gloria suprema, toda la sala la vio a su lado, sentada en una butaca de palco. Terminada la representación, él le besó galantemente la mano:

  • Sólo me queda, señora, agradecerle el delicioso día…
  • A esta hora, ¿qué hace usted todas las noches?, lo interrumpió ella.
  • Pues…, pues.., vuelvo a casa.
  • Pues bien, caballero…, volvamos a casa, rio ella, con una risa trémula.

No hablaron. Ella se estremecía, temblorosa de pies a cabeza, con ganas de huir y de quedarse, y, en lo más hondo de su corazón, con una voluntad firme de llegar hasta el final. En la escalera, se aferraba al pasamanos, tan viva era su emoción; él subía delante, sin resuello, con una cerilla en la mano. En cuanto estuvo en el dormitorio, ella se desnudó a toda prisa y se metió en la cama sin pronunciar una palabra; y esperó, acurrucada contra la pared. Pero ella era tan simple como puede serlo la esposa legítima de un notario de provincias, y él más exigente que un bajá de tres colas.

No se entendieron en absoluto.

Entonces él se durmió. La noche transcurrió, turbada solamente por el tictac del reloj, y ella, inmóvil, bajo los rayos amarillos de un farol chino miraba, consternada, a su lado, a aquel hombrecillo, de espaldas, rechoncho, cuyo vientre de bola levantaba la sábana como un globo de gas. Roncaba con un ruido de tubo de órgano, con resoplidos prolongados, con cómicos estrangulamientos. Sus veinte cabellos aprovechaban aquel reposo para levantarse extrañamente, cansados de su prolongada fijeza sobre aquel cráneo desnudo cuyos estragos debían velar. Y un hilillo de saliva corría por una comisura de su boca entreabierta.

La aurora deslizó por fin un poco de luz entre las cortinas corridas. Ella se levantó, se vistió sin hacer ruido y ya había abierto a medias la puerta cuando rechinó la cerradura y él se despertó restregándose los ojos. Se quedó unos segundos sin recobrar enteramente los sentidos, y después, cuando recordó su aventura, preguntó:

  • ¿Se marcha usted?
  • Pues sí, ya es de día, balbuceó en pie, confusa.
  • Veamos, dijo incorporándose, tengo, a mi vez, algo que preguntarle. Me tiene usted muy extrañado. Sea franca, confiéseme por qué ha hecho todo esto.
  • Ella se acercó despacio, ruborizada como una virgen: Quise conocer…, el… vicio…, y, bueno… y, bueno, no es muy divertido.

Y escapó, bajó la escalera y se lanzó a la calle.

El ejército de los barrenderos barría. Barrían las aceras, los adoquines, empujando toda la basura al arroyo. Y le parecía que también en ella acababan de barrer algo, de empujar al arroyo, a la cloaca, sus ensueños. Regresó a casa, sin resuello, helada, guardando sólo en la cabeza la sensación de aquel movimiento de las escobas que limpiaban las calles de París por la mañana.

Y, en cuanto estuvo en su habitación, sollozó.