Más allá de la muerte

Presentación

Nota bibliográfica a propósito del sufismo y los Cuentos sufíes

En RelatABA ya fue incluido un relato de origen sufí. Se trata de UNA PARÁBOLA SUFÍ, atribuido a Ibn Arabi (Murcia, 1165; Damasco 1240) místico sufí, filósofo, poeta, viajero y sabio musulmán andalusí. Dado que ahora incluimos un segundo relato de origen sufí, parece oportuno dar una breve orientación a propósito de el sufismo y los Cuentos sufíes.

El sufismo es una práctica surgida de la religión islámica y orientada hacia la reflexión mística.  El sufismo es una búsqueda de la sabiduría y sugiere que  las gentes de todas las religiones y procedencias pueden vivir juntas en paz y armonía. El sufismo es tan antiguo como la propia religión islámica de la que se nutre y ha tenido distintas escuelas de practicantes en su larga historia. En España hay diversos grupos que se reclaman de la práctica sufí, localizados principalmente en Andalucía y Extremadura.

Los Cuentos sufíes han sido una de las formas en que el sufismo se ha extendido como una fuente de enseñanza tradicional. Uno de los autores de cuentos más reconocido es Rumi, poeta, místico y sabio del siglo XIII, autor del “Masnavi” o “Matnawi”, obra que recoge centenares de cuentos y se puede encontrar traducida al español.

Amor constante más allá de la muerte

Francisco de Quevedo

Un soneto – de los más conocidos- de Francisco de Quevedo (1580-1645) recoge el lamento del alma que muere y abandona su cuerpo. Pero este cuerpo sin alma, estas cenizas, este polvo no están muertos, siguen enamorados.

Habla el alma, en la última estrofa del soneto:

su cuerpo dejará, no su cuidado;

serán ceniza, más tendrán sentido,

polvo serán, mas polvo enamorado.

Texto adaptado. Más allá de la muerte. Cuento tradicional sufí

Este cuento sufí – de los muchos que a los seguidores del sufismo les sirven para reflexionar sobre la religión islámica – recoge el tema del amor más allá de la muerte.

Aquella muchacha tenía tres pretendientes, pero era incapaz de decidirse por uno. Y un buen día enfermó y murió rápidamente. Los tres pretendientes quedaron desolados y cada uno lloró la pérdida de la muchacha a su manera. El primero no abandonó el cementerio ni de día ni de noche y dormía junto a la tumba de su amada; el segundo echó a andar por el mundo y se convirtió en un faquir, un hombre sabio; el tercero dedicó todo su tiempo a consolar al entristecido padre de la joven.

Pasó algún tiempo y un día, el segundo pretendiente, el faquir, a lo largo de sus viajes conoció un hechizo mágico y secreto que devolvía a los muertos a la vida. Se apresuró a llegar a su pueblo, fue al cementerio y pronunció el mágico encantamiento para permitir que la muchacha volviera a la vida y saliera de su tumba. Apareció tan bella como siempre había sido y volvió a casa de su padre.

Allí los pretendientes iniciaron una discusión para decidir cuál de los tres tenía más méritos para quedarse con su mano. El primero dijo que no había abandonado su tumba un solo instante, por lo que su pena era más pura que la de los demás; el segundo, el faquir, recordó que había sido él quien adquirió el saber necesario para traer a la muchacha de más allá de la muerte; el tercero habló del consuelo y apoyo que había prestado al padre y que hacía posible la felicidad que ahora disfrutaban.

La muchacha escuchaba a cada uno con atención. Al acabar se dirigió a los tres:

-Tú, que descubriste el encantamiento, has sido sabio y generoso; tú, que cuidaste de mi padre y le diste consuelo, has actuado como un buen hijo. Tú, sin embargo, que has permanecido junto a mi tumba, tú has sido mi verdadero amante. Contigo quiero vivir.

La comadre de Bath

Presentación

La comadre de Bath (1387)

Los Cuentos de Canterbury es el relato del viaje de un grupo de peregrinos desde Londres a la tumba de Santo Tomás Canterbury. Para amenizar el camino a pie, cada noche uno de los los peregrinos tomaba la palabra y así el relato contiene una veintena de divertidos cuentos, que se siguen leyendo cientos de años más tarde.

Uno de los cuentos es narrado por una mujer madura, la Comadre, nacida en Bath. Así la describe Chaucer: “Ninguna mujer osaba adelantársele cuando se dirigía al ofertorio. Su rostro era bello; su expresión, altanera, y su talante, gracioso. Toda su vida había sido una mujer respetable. Sin duda conocía todos los remedios para el amor, pues en ese juego había sido maestra”. Antes de comenzar su cuento, la propia comadre informa al auditorio sobre sus cinco matrimonios y sus cinco maridos y sobre sus ideas acerca de las avenencias y desavenencias en la pareja.

Y así vivieron alegres y felices por el resto de sus vidas.

Que Jesucristo os envíe maridos obedientes, jóvenes y animosos en la cama y que nos conceda la gracia de sobrevivir a aquéllos con los que nos casemos. También ruego a Jesús que acorte los días de aquéllos que no quieren ser gobernados por sus esposas; y en cuanto a los esperpentos viejos, gruñones y tacaños, ¡que Dios les confunda!

Con esta desenfadada oración concluye el cuento de La comadre de Bath, quizá el más divertido de los Cuentos de Canterbury.

La tradición oral posterior de este cuento ha dado lugar a la idea de las tres cosas que más desean la mujeres:

  • Lo que más desean las mujeres: ejercer la autoridad, tanto sobre sus esposos como sobre sus amantes y tener poder sobre ellos. Éste es su mayor deseo.
  • Lo que más desean, en segundo lugar: que se fijen en ellas y se elogien sus aderezos y su belleza.
  • Lo que más odian: que se les recuerden sus defectos.

Nota biográfica sobre Geoffrey Chaucer (1343 a 1400)

Es considerado como la más importante figura de la literatura británica de la Edad Media. De origen modesto llegó a desempeñar importantes funciones diplomáticas y administrativas, viajando por Italia y Francia. Tradujo numerosas obras de estos países contribuyendo a la formación del joven idioma inglés como lengua literaria. Entre 1385 y 1400 Chaucer escribió los Cuentos de Canterbury, la más conocida de sus obras, relato del viaje de un grupo de peregrinos desde Londres a Canterbury, para visitar los restos de Santo Tomás Beckett, ejecutado doscientos años antes. Para amenizar el camino a pie, cada noche uno de los los peregrinos narraba un cuento; de este modo el relato contiene una veintena de cortos, divertidos e inteligentes cuentos, que se siguen leyendo cientos de años más tarde.

Texto adaptado. La comadre de Bath

En los viejos tiempos del rey Arturo, cuya fama todavía pervive entre los naturales de Gran Bretaña, todo el reino andaba lleno de grupos de hadas. La reina de los Elfos y su alegre cortejo danzaba frecuentemente por los prados verdes. Según he leído, ésta es la vieja creencia; hablo de hace muchos centenares de años; pero ahora ya no se ven hadas, pues actualmente las oraciones y la rebosante caridad cristiana de los buenos frailes llenan todos los rincones y recovecos del país como las motas de polvo centellean en un rayo de sol, bendiciendo salones, aposentos, cocinas y dormitorios; ciudades, burgos, castillos, torres y pueblos; graneros, alquerías y establos; esto ha ocasionado la desaparición de las hadas. En los lugares que frecuentaban los elfos, ahora andan los frailes mañana y tarde, musitando sus maitines y santos oficios mientras rondan por el distrito. Por lo que, actualmente, las mujeres pueden pasear tranquilamente junto a arbustos y árboles; un fraile es al único sátiro que encuentran, y todo lo que éste hace es quitarles la honra.

Pues bien, sucedió que en la corte del rey Arturo había un caballero joven y alegre. Un día que, montado en su caballo, se dirigía a su casa después de haber estado dedicándose a la cetrería junto al río, se topó casualmente con una doncella que iba sin compañía y, a pesar de que ella se defendió como pudo, le arrebató la doncellez a viva fuerza.

Esta violación causó un gran revuelo. Hubo muchas peticiones de justicia al rey Arturo, hasta que, por el curso de la ley, el caballero en cuestión fue condenado a muerte. Y hubiese sido decapitado (tal era, al parecer, la ley en aquellos tiempos) si la reina y muchas otras damas no hubieran estado importunando al rey solicitando su gracia, hasta que al fin él le perdonó la vida y lo puso a merced de la reina para que fuese ella a su libre albedrío la que decidiese si debía ser ejecutado o perdonado.

La reina expresó al rey su profundo agradecimiento y, al cabo de uno o dos días, encontró la oportunidad de hablar con el caballero, al que dijo:

-Os encontráis todavía en una situación muy difícil, pues vuestra vida no está aún a salvo; pero os concederé la vida si me decís qué es lo que las mujeres desean con mayor vehemencia. Pero, ¡ojo! tened mucho cuidado; procurad salvar vuestra cerviz del acero del hacha. No obstante, si no podéis dar la respuesta inmediatamente, os permitiré ausentaros durante un año y un día para encontrar una solución satisfactoria a este problema. Antes de que os pongáis en marcha, debo tener la certeza de que os presentaréis voluntariamente a este tribunal.

El caballero estaba triste y suspiró con mucha pena; sin embargo, no tenía otra alternativa. Al fin decidió partir y regresar al cabo de un año con cualquier respuesta que Dios quisiese proporcionarle. Por lo que se despidió y púsose en marcha.

Visitó todas las casas y lugares en los que pensaba que tendría la suerte de averiguar qué cosa es la que las mujeres ansían más, pero en ningún país encontró a dos personas que se pusiesen de acuerdo sobre el asunto. Algunos decían que lo que más quieren las mujeres es la riqueza; otros, la honra; otros, el pasarlo bien; otros, los ricos atavíos; otros, que lo que preferirían eran los placeres de la cama y enviudar y volver a casarse con frecuencia. Algunos decían que nuestros corazones se sienten más felices cuando se nos consiente y lisonjea, lo que tengo que admitir está muy cerca de la verdad. La lisonja es el mejor método con que un hombre puede conquistarnos; mediante atenciones y piropos, todas nosotras caemos en la trampa. Pero algunos afirmaban que lo que nos gusta más es ser libres y hacer nuestro antojo y no tener a nadie que critique nuestros defectos, que nos recreen los oídos diciendo que somos sensatas y nada tontas; pues, a decir verdad, no hay ninguna de nosotras que no diese coces si alguien le hiriese en un sitio doloroso. Si no, probad y lo veréis; por malas que seamos por dentro, siempre queremos que se piense de nosotras que somos virtuosas y juiciosas. No obstante, otros opinan que nos gusta muchísimo ser consideradas discretas, fiables y firmes de propósitos, incapaces de traicionar nada de lo que se nos diga. Pero yo encuentro que esta idea no vale un comino.

¡Por el amor de Dios! Nosotras las mujeres somos incapaces de guardar nada en secreto. Ved, por ejemplo, el caso de Midas. ¿Os gustaría oír la historia? Ovidio, entre otras minucias, dice que Midas tenía ocultas bajo su largo pelo dos orejas de asno que le crecían de la cabeza. Un defecto que él ocultaba cuidadosamente lo mejor que podía; solamente su esposa lo conocía. Él la idolatraba y también le tenía gran confianza. Le rogó que no contase a ningún ser vivo que tenía dicho defecto. Ella juró y perjuró que, por todo el oro del mundo, no le haría aquel flaco favor ni le causaría daño, para no empañar su buen nombre. Aunque fuese por propia vergüenza, no lo divulgaría. A pesar de ello creyó morir si guardaba este secreto tanto tiempo; le pareció que crecía y se hinchaba dentro de su corazón hasta tal punto que no pudo más de dolor y tuvo la sensación de que debía hablar o estallaría. Pero, sin embargo, como no se atrevía a decirlo a nadie, se aproximó a una marisma cercana -su corazón lleno de fuego hasta que llegó allí- y puso sus labios sobre la superficie del agua como un ave que se solazaba en el barro: «Agua, no me traiciones con tu rumor -dijo ella-. Te lo digo yo a ti y sólo a ti: mi marido tiene dos largas orejas de asno. Ahora ya lo he soltado, no podía callármelo por más tiempo, ya lo creo.» Si queréis oír el resto del cuento, leed a Ovidio; todo lo hallaréis allí.

Pero regresemos al caballero de mi historia. Cuando se dio cuenta de que no podía descubrirlo -quiero decir lo que las mujeres queremos por encima de todo-, sintió una gran pesadumbre en el corazón, pero no podía esperar más. Había llegado el día en que debía regresar al hogar. Mientras iba cabalgando lleno de tristeza pasó junto a un bosque y vio a veinticuatro damas o más, que bailaban; se acercó por curiosidad esperando aumentar su sabiduría. Pero antes de llegar hasta donde estaban, por arte de birlibirloque, desaparecieron, sin que él tuviese la menor idea de hacia dónde habían ido. Excepto una sola anciana que estaba allí sentada sobre el césped, no divisaba a un solo ser viviente.

La anciana, que era la persona más fea que uno pueda imaginar, se levantó del suelo al acercársele el caballero y le dijo:

-Señor, no hay camino que siga desde aquí. Decidme lo que buscáis; será probablemente lo mejor; nosotros las ancianas sabemos un montón de cosas.

-Buena mujer -replicó el caballero-, puedo darme por muerto si no logro poder decir qué es lo que las mujeres desean más. Si me lo podéis decir, os recompensaré con largueza.

-Poned vuestra mano en la mía y dadme vuestra palabra de que haréis la primera cosa que os pida si está en vuestra mano -dijo ella-, y antes de que caiga la noche os diré de qué se trata.

-De acuerdo -dijo el caballero-. Tenéis mi palabra. -Entonces -dijo ella- me atrevo a asegurar que habéis salvado la vida, pues apuesto que la reina dirá lo mismo que yo. Mostradme a la más orgullosa de ellas, aunque lleve el tocado más valioso, y veremos si se atreve a negar lo que os diré. Ahora partamos y dejémonos de charlas. Entonces ella le susurró su mensaje al oído, diciéndole que se animase y no tuviera más miedo.

Cuando llegaron a la corte, el caballero anunció que, de acuerdo con lo prometido, había regresado puntualmente y estaba dispuesto a dar su respuesta. Más de una noble matrona, más de una doncella, y muchas viudas también (puesto que tienen mucha sabiduría), se reunieron a escuchar su respuesta, con la mismísima reina sentada en el trono del juez. Entonces hizo llamar al caballero a su presencia.

Se mandó que todos callasen mientras el caballero explicaba en pública audiencia qué es lo que más desean las mujeres en este mundo. El caballero, lejos de quedarse callado como un muerto, dio su respuesta enseguida. Habló con voz sonora para que todos pudiesen oírle.

-Mi soberana y señora -empezó-, en general las mujeres desean ejercer autoridad tanto sobre sus esposos como sobre sus amantes y tener poder sobre ellos. Aunque con ello respondo con mi vida, éste es su mayor deseo.

Ni una sola matrona, doncella o viuda en todo el tribunal contradijo tal afirmación. Todas declararon que merecía conservar la vida.

En aquel momento la anciana, que estaba sentada en el césped, se puso en pie y exclamó:

-¡Gracias, soberana señora! Ved que se me haga justicia antes de que este tribunal se disuelva.

Yo di la respuesta al caballero, a cambio de lo cual él empeñó su palabra de que realizaría la primera cosa que pudiera que estuviese en su poder hacer. Por consiguiente, señor caballero, os lo ruego ante todo este tribunal: tomadme por esposa, pues sabéis muy bien que os he librado de la muerte. Si lo que afirmo es falso, negadlo bajo juramento.

-¡Ay de mí! -repuso el caballero-. Sé muy bien que hice esta promesa. Por el amor de Dios, pedidme otra cosa: tomad todos mis bienes, pero dejadme mi cuerpo.

-De ninguna manera -dijo ella-. ¡Que caiga una maldición sobre nosotros dos si renuncio! Vieja, pobre y fea como soy, no quiero nada que no sea ser tu esposa y también tu amante.

-¡Mi amante! -exclamó él-. Tú lo que quieres es mi perdición. ¡Hay que ver! Que uno de mi estirpe tenga que contraer tan vil alianza.

No hubo nada que hacer. Al final él se vio obligado a aceptar el casarse con ella y llevar a la anciana a su lecho. Me preguntaréis, ¿qué preparaciones y regocijo hubo en la boda? No hubo festejo de boda alguno, nada, excepto tristeza y desánimo. A la mañana siguiente él la desposó en secreto y se ocultó como una lechuza durante el resto del día. ¡Se sentía tan desgraciado!

El caballero sufrió mucha angustia cuando su mujer le arrastró a la cama. Él se volvió y revolvió, mientras su anciana esposa le miraba sonriendo acostada. Entonces ella dijo:

-¡Bendícenos, querido marido! ¿.Todos los caballeros se comportan así con su esposa? ¿Es ésta la costumbre en la corte del rey Arturo? ¿Todos sus caballeros son tan poco complacientes? Soy tu esposa y también tu enamorada: la que te salvó la vida. Verdaderamente, hasta ahora, no me he portado mal contigo. Por consiguiente: ¿por qué te comportas así conmigo en nuestra primera noche? Te portas como un hombre que ha perdido el seso. ¿Qué es lo que he hecho mal? ¡Por el amor de Dios! ¡Dímelo y lo arreglaré si puedo!

-¿Arreglarlo? -exclamó el caballero–. ¡Ay de mí! Eso nunca, nunca se podrá arreglar. Eres horrorosa, vieja y, además, de baja estirpe. No debe maravillarte que me vuelva y me revuelva. ¡Ojalá quisiera Dios que mi corazón reventase!

-Pues bien, señor -repuso ella-. Yo podría arreglar eso en menos de tres días si me lo propusiese, con tal que te portases bien conmigo.

Pero antes quisiera responder a vuestros reproches. Decís que soy de baja estirpe, pero yo os digo que la nobleza no depende de las posesiones. La nobleza no es más que la fama de vuestros antepasados; ellos la ganaron por su bondad, lo que no tiene nada que ver contigo. El que quiera ser respetado por su rango -por haber nacido en el seno de una familia noble con dignos y virtuosos antepasados- no es noble, aunque sea duque o conde, si él personalmente no realiza actos nobles. Por ello, querido esposo, termino diciendo que aunque mis antepasados hayan sido de humilde cuna, Dios Todopoderoso me concederá la gracia de vivir virtuosamente. Solamente cuando empiezo a huir del mal y vivir en la virtud, soy noble.

En cuanto a la pobreza que me reprocháis, el Señor que está en las alturas (y en quien creemos) eligió voluntariamente vivir una vida de pobreza. La pobreza es honorable cuando se acepta animosamente, como Séneca y otros hombres sabios os contarán. El que está contento con su pobreza, le tengo por rico aunque ande descamisado. El que envidia a los demás es un hombre pobre, porque quiere lo que no puede poseer; pero el que no tiene nada ni ambiciona nada, es rico, aunque podáis pensar que no es más que un campesino. «Cuando un hombre pobre sale de viaje, se puede reír de los ladrones.»

Luego, señor, me echáis en cara el ser vieja. Pero, los caballeros honorables como vos decís que la gente debe respetar al anciano y le llamáis “señor” en señal de buenos modales. Además decís que soy fea, pero gracias a eso no tenéis miedo de que os haga cornudo, pues, como que vivo y respiro, la suciedad y edad avanzada son los mejores guardianes de la castidad. Pero sé qué es lo que os deleita y satisface vuestros más torpes apetitos.

Y la anciana esposa concluyó con esta petición: Ahora, elegid. Escoged una de estas dos cosas: o me tendréis vieja y fea por el resto de mi vida, pero fiel y obediente esposa; o bien me tendréis joven y hermosa, y habréis de exponeros a que todos los hombres vengan a vuestra casa por mí, o quizá a algún otro lugar. La selección es vuestra, sea cual sea la que elijáis.

El caballero se lo pensó largamente. Al fin, dio la respuesta:

-Mi señora, queridísima esposa y amor mío. Me confío a vuestra sabia experiencia; haced vos misma lo que creáis que sea más agradable y honroso para los dos. No me importa la elección que hagáis, pues la que os guste me satisfará a mí también.

-Entonces he ganado el dominio sobre vos, dijo ella-, ya que puedo escoger y gobernar a mi antojo. ¿No es así?

-Claro que sí -replicó él-. Creo que es lo mejor.

-Bésame -contestó ella-; no volveremos a pelear, pues por mi honor os aseguro que seré las dos, quiero decir que seré hermosa y también buena. Pido a Dios que me envíe locura y muerte si no soy una esposa buena y fiel como jamás se ha visto desde que el mundo es mundo. Y además, si no soy más bella que cualquier señora, reina o emperatriz entre Oriente y Occidente, entonces disponed de mi vida como os plazca. Levantad la cortina y contemplad.

Y el caballero vio que era tan joven como encantadora, la tomó entre sus brazos embargado de alegría e inundado por un océano de felicidad. La besó más de mil veces de un tirón y ella le obedeció en todo lo que le podía producir deleite o proporcionarle placer.

Y así vivieron alegres y felices por el resto de sus vidas. Que Jesucristo os envíe maridos obedientes, jóvenes y animosos en la cama y que nos conceda la gracia de sobrevivir a aquellos con los que nos casemos. También ruego a Jesús que acorte los días de aquellos que no quieren ser gobernados por sus esposas; y en cuanto a los esperpentos viejos, gruñones y tacaños, ¡que Dios les confunda!.