Ocho mujeres

Presentación

Ocho mujeres

El ocho de marzo de 2017, Día de la Mujer traemos ocho retratos femeninos de ocho autores importantes.

Unos breves retratos, apenas unas palabras, de estos grandes narradores nos ayudan a entender mejor el universo de la mujer. Chaucer, Cervantes, Voltaire, Turguenev, Pedro Antonio de Alarcón, Maupassant, Chejov, Torrente Ballester – alguno de cuyos cuentos ya han aparecido en nuestro blog- nos deleitan, nos hacen pensar, nos emocionan.

Ocho mujeres

Textos adaptados. Breves retratos femeninos, a lo largo de seiscientos años

Esta entrega de RelatABA pretende ser una contribución de nuestro blog al Día de la Mujer, en marzo de 2017. Se recogen ocho brevísimos retratos que de la mujer se han hecho en la literatura occidental a lo largo de seiscientos años. Alguna de estas descripciones ya ha sido recogida en los cuentos aparecidos en nuestro blog.

CHAUCER. La Comadre de Bath, personaje de los Cuentos de Canterbury (1385)

Los Cuentos de Canterbury es el relato del viaje de un grupo de peregrinos desde Londres a Canterbury, para visitar los restos de Santo Tomás Beckett. Cada noche uno de los los peregrinos narraba un cuento. Uno de los cuentos es narrado por una Comadre, nacida en Bath, que había tenido cinco matrimonios y  cinco maridos y que es así descrita:

Ninguna mujer osaba adelantársele cuando se dirigía al ofertorio. Su rostro era bello; su expresión, altanera, y su talante, gracioso.

En este divertido cuento se descifran “las tres cosas que más desean la mujeres”:
Lo que más desean las mujeres: ejercer la autoridad, tanto sobre sus esposos como sobre sus amantes y tener poder sobre ellos; éste es su mayor deseo. Lo que más desean, en segundo lugar: que se fijen en ellas y se elogien sus aderezos y su belleza. Lo que más odian: que se les recuerden sus defectos.

CERVANTES. Marcela, personaje de Don Quijote (1605)

Marcela, personaje de Cervantes, era hija de Guillermo el Rico y, al fallecer éste, heredó su fortuna. Marcela creció con belleza; cuando llegó a la edad de catorce a quince años nadie que la miraba no bendecía a Dios que tan hermosa la había criado. Pero Marcela prefirió irse al campo en compañía de otras zagalas guardando sus cabras. Con estos desdenes se dice que provocó la muerte de un celoso enamorado, Grisóstomo; y Marcela se defendía diciendo:

Yo nací libre, y para poder vivir escogí la soledad de los campos: los árboles destas montañas son mi compañía, las claras aguas destos arroyos mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosuras. Fuego soy apartado y espada puesta lejos.

Yo, como sabéis, tengo riquezas propias y no codicio las ajenas; tengo libre condición y no gusto de sujetarme; ni quiero ni aborrezco a nadie; no engaño a éste, ni solicito aquél, ni burlo con uno ni me entretengo con el otro. La conversación honesta de las zagalas destas aldeas y el cuidado de mis cabras me entretiene; tienen mis deseos por término estas montañas, y si de aquí salen es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma a su morada primera.

Y en diciendo esto, sin querer oír respuesta alguna, volvió las espaldas y se entró por lo más cerrado de un monte que allí cerca estaba, dejando admirados, tanto de su discreción como de su hermosura, a todos los que allí estaban.

VOLTAIREAlmona, personaje de Zadig (1747)

El pecho de Almona, sus ojos negros rasgados que brillaban suavemente de amoroso fuego, sus mejillas – púrpura animada con la más cándida leche-, su nariz delicada, sus labios -dos hilos de coral que ensartaban las más bellas perlas de Arabia-, todo, en fin, persuadió al viejo de que había vuelto a sus veinte años.

TURGENEV. Zenaida, personaje de El primer amor (1860)

La dacha vecina había sido alquilada por una familia de la baja aristocracia, de la que una joven formaba parte. Yo había alcanzado a verla de perfil entre los arbustos del jardín. En los movimientos de la muchacha había algo tan delicado, exigente, mimoso, burlón y tierno, que casi grité de admiración y placer, y sentí que estaba dispuesto a darlo todo para que esos deditos encantadores acariciasen mi frente.

PEDRO ANTONIO DE ALARCÓN. La Comendadora, personaje del cuento del mismo nombre (1868)

en un ángulo del salón –desde donde podía verse el cielo, las copas de los árboles y los rojizos torreones de la Alhambra, pero donde no podía ser vista más que por los pájaros que revoloteaban sobre el Darro-, inmóvil, con la mirada perdida en el infinito azul de la atmósfera y pasando lentamente las cuentas de un larguísimo rosario, estaba sentada una monja, una Comendadora de Santiago, como de treinta años, con unas sencillas ropas de aspecto seglar.

Vestía de negro, con un gran pañuelo de hilo blanco cerrado hasta el cuello. No llevaba manto ni toca, lo que dejaba ver un negro y abundantísimo pelo recogido con un lazo en la nuca. Aquella mujer resultaba hermosísima; el desaliño de su vestido dejaba en libertad su natural gracia. Alta, recia, esbelta y armónica, el ropaje de lana, pegado a su cuerpo, revelaba más que cubría, la traza clásica de sus espléndidas proporciones. Remataba esta soberana figura un rostro moreno, algo descarnado, oval, de una palidez intensa, que contrastaba con dos profundas ojeras, lívidas, llenas de misteriosas tristezas.

MAUPASSANT. Una honesta mujer de provincias, personaje de Una aventura parisiense  (1881)

¿Existe en la mujer un sentimiento más agudo que la curiosidad?
Una mujer, cuando su curiosidad se despierta, cometerá locuras, imprudencias, audacias, no retrocederá ante nada. Hablo de las mujeres realmente mujeres, dotadas de ese triple fondo de compartimentos secretos: el primero, de inquietud femenina siempre agitada; el segundo, de astucia coloreada de ingenuidad; el último, por fin, de desenfado encantador, de trapacería exquisita, de deliciosa perfidia, de todas esas perversas cualidades que empujan al suicidio a los amantes crédulos, pero que arroban a los otros.

CHEJOV. Vera, personaje de Vérochka (1887)

Ante Ognev estaba la hija de Kuznetsov, Vera, una joven de 21 años, habitualmente triste.

Las jóvenes que sueñan mucho, que pasan días enteros recostadas perezosamente leyendo todo lo que cae en sus manos, y que se sienten aburridas y tristes, suelen vestirse con negligencia. A las que poseen el don natural del gusto y el instinto de la belleza, esa leve negligencia en el vestir les otorga un encanto especial. Vérochka era esbelta; tenía un perfil regular y hermoso cabello ondulado. A Ognev, quien no había visto en su vida muchas mujeres, le parecía una beldad.

Ognev, recordando más tarde a Vérochka, no se la podía imaginar sin su amplia chaquetilla que formaba profundos pliegues junto al talle y sin embargo no lo rozaba; sin su rizo, escapado del alto peinado y colgado sobre la frente; sin aquel chal rojo con pompones en los bordes, que por las noches pendía tristemente del hombro de Vérochka, mientras que de día estaba tirado en el vestíbulo, junto con los sombreros masculinos, o bien en el comedor sobre un baúl donde dormía, sin ceremonias, la vieja gata. Este chal y los pliegues de la chaquetilla exhalaban un soplo de desperezada libertad.

GONZALO TORRENTE BALLESTER. Miguela y Chuco, personajes de La Miguela (1944)

Miguela era su compañía. Los tratos quedaron hechos antes de partir para el servicio. Ella tenía por su madre una casita de un solo cuarto y cocina; él, un campo para maíz y viñedo. Ella labraría el campo y con lo que Chuco pudiese ahorrar en la Armada, comprarían el ajuar.

Se casaron el día de la Virgen, una boda sencilla, con Antonia la Galana y el viejo Cabeiro como padrinos. Se cuenta que tardaron mucho en acostarse; hay quien los vio a medianoche asomados a la ventana, en silencio, mirando al mar.

La Comendadora

Presentación

La Comendadora (1868)

El subtítulo que Alarcón pone a su cuento es Historia de una mujer que no tuvo amores. 

En efecto, la vida -los intolerantes hábitos de la aristocracia y las rígidas creencias familiares- privaron de amores a la Comendadora, la bellísima monja perteneciente a la Orden de Santiago, miembro de una familia granadina decadente y aristocrática. Sólo tres personajes y tres páginas bastan para adentrarnos en la vida de la Comendadora y de su severa familia.

Este breve relato de Alarcón, pleno de recovecos y sugerencias, no abandona del todo la senda del romanticismo pero se adentra en un realismo con pinceladas eróticas, anticipando muchas obras de autores posteriores como Galdós, García Márquez o Vargas Llosa.

Nota biográfica sobre Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891)

Pedro Antonio de Alarcón (Guadix, Granada, 1833 – Madrid, 1891) fue un narrador español de estilo realista, heredero destacado del fin de la prosa romántica.

Alarcón abandonó la carrera de Derecho en la Universidad de Granada para iniciarse en la carrera eclesiástica, que también abandonó para iniciar la que sería su profesión: periodista y escritor. Como político, miembro de la Unión Liberal, fue consejero de estado con Alfonso XII, en 1875. Fue también diputado, senador y embajador en Noruega y Suecia.

Desde 1877 fue académico de la Real Academia de la Lengua.

Pedro Antonio de Alarcón es ante todo un habilísimo narrador: sabe interesar con una historia; en sus libros la acción nunca decae y, aunque de estilo realista, sus personajes son profundamente románticos. En el curso de su producción novelística se va convirtiendo en un moralista, en paralelo con su vida política que evolucionó desde el liberalismo revolucionario a posiciones más tradicionalistas.

Texto adaptado. La Comendadora

Hará cosa de un siglo, una primavera de 1760, entraba un sol alegre y amoroso por los balcones de la sala principal de una gran casa solariega situada en las márgenes del Darro, en la ciudad de Granada. El sol bañaba de espléndida luz el señorial aposento, las severas pinturas, los antiguos muebles y daba calor a las tres personas que allí había; y de las que hoy apenas queda memoria…

Sentada cerca de un balcón estaba una venerable anciana, cuyo noble y enérgico rostro, que habría sido muy bello, reflejaba la más austera virtud y un rictus de orgullo quizá desmesurado. A poco que se contemplara a aquella mujer, conocíase que dondequiera que ella imperase no habría más arbitrio que matarla u obedecerla. Sobre la falda tenía abierto un libro de oraciones, pero sus ojos habían dejado de leer, para fijarse en un niño de seis o siete años, que jugaba y hablaba solo, revolcándose sobre una majestuosa alfombra.

El niño era endeble, pálido, rubio, y enfermizo como los hijos de los reyes pintados por Velázquez, con sus grandes ojos azules muy protuberantes. Como los afectados de raquitismo, aquel muchacho revelaba extraordinaria viveza de imaginación y cierta iracunda disposición a las contradicciones. Tirado en la alfombra se divertía en arrancar las hojas de un hermoso libro de heráldica y en hacerlas menudos pedazos mientras decía: “- Mañana voy a hacer esto. – Hoy no voy a hacer lo otro. – Yo quiero esto. –Yo no quiero lo otro…”. Hablaba de forma incoherente, pero desafiante y agria, como si su propósito fuese irritar a la anciana que le miraba severa desde su sillón próximo al balcón.

Finalmente, en un ángulo del salón –desde donde podía verse el cielo, las copas de los árboles y los rojizos torreones de la Alhambra, pero donde no podía ser vista más que por los pájaros que revoloteaban sobre el Darro-, inmóvil, con la mirada perdida en el infinito azul de la atmósfera y pasando lentamente las cuentas de un larguísimo rosario, estaba sentada una monja, una Comendadora de Santiago, como de treinta años, con unas sencillas ropas de aspecto seglar.

Vestía de negro, con un gran pañuelo de hilo blanco cerrado hasta el cuello. No llevaba manto ni toca, lo que dejaba ver un negro y abundantísimo pelo recogido con un lazo en la nuca. Aquella mujer resultaba hermosísima; el desaliño de su vestido dejaba en libertad su natural gracia. Alta, recia, esbelta y armónica, el ropaje de lana, pegado a su cuerpo, revelaba más que cubría, la traza clásica de sus espléndidas proporciones. Remataba esta soberana figura un rostro moreno, algo descarnado, oval, de una palidez intensa, que contrastaba con dos profundas ojeras, lívidas, llenas de misteriosas tristezas.

¿Qué familia es ésta que hemos resucitado a la luz de un sol que se puso hace cien años?

La anciana era la Condesa viuda de Santos, que en su matrimonio con el Conde había tenido dos hijos –una hembra y un varón -, huérfanos tempranamente. La casa de Santos había alcanzado gran riqueza y poderío en vida del suegro de la Condesa; mas como aquel señor no tuvo otros hijos la herencia recayó en la Condesa viuda. La severa viuda dispuso en su testamento que su hija mayor renunciase a todos los bienes tomando el hábito de religiosa; y la casa de Santos quedó patrimonio exclusivo del hijo varón, Alfonso.

Así fue como, con apenas ocho años de edad, Isabel, la hija segundona del Conde de Santos fue encerrada en el convento de las Comendadoras de Santiago. Ignorante de lo que sucedía en el mundo, sor Isabel resultó una novicia con franco y declarado regocijo; el ídolo de su comunidad. La vitalidad floreció en su cuerpo y en su corazón e hizo germinar en su imaginación la curiosidad de una mayor vida, si bien con tanta fuerza que más de una vez hubo de ser reprimida por su director espiritual. De estas reprimendas derivaron una exageración de mortificaciones y delirios místicos, acompañadas de extrema languidez y propensión al llanto. Estos tremendos vaivenes espirituales y físicos aconsejaron que Isabel, más hermosa que nunca, saliese del convento y volviese a su casa granadina. Y allí le volvió la salud y las fuerzas; aunque no la alegría.

Coincidiendo con la llegada de Isabel a la gran casa ocurrió la muerte de su hermano Alfonso, que había enviudado ya hacía dos años. Así, del matrimonio del Conde quedó solo Carlos, el único hijo, de tres años. Fue entonces cuando la Comendadora quedó definitivamente liberada de sus votos conventuales para poder dedicarse al cuidado de su anciana madre y de su tierno sobrino Carlos, único y universal heredero del Condado de Santos. Aquel rapazuelo que estaba rompiendo el libro de heráldica sobre la alfombra era el alma y el orgullo de la familia, a la par que el feroz tirano de su abuela y de su tía.

Volvamos a la sala principal donde habíamos dejado a nuestros tres personajes. La primavera había comenzado… las macetas habían empezado a florecer, la Naturaleza volvía a sentirse madre…

– ¡Abuela!- gritaba el rapaz con destemplado acento. Uno de los pintores que están trabajando en la escalinata ha dicho una cosa muy graciosa de la tía Isabel. Y el crío repitió gritando: “Compañero, ¡qué hermosa debe estar desnuda la Comendadora! ¡será una estatua griega!” ¿Qué es una estatua griega tía Isabel?

– ¡Callaos Carlos, – dijo nerviosamente la abuela, – los niños no oyen esas cosas ni las dicen! Ese pintor se va a ir a la calle y en cuanto a vos ya os impondrá el capellán la debida penitencia.

– ¿A mí? -dijo Carlos-. ¿El señor cura? ¡Yo seré el que lo eche a la calle y el pintor se quedará en casa! ¡Tía! – continuó el niño, dirigiéndose a la Comendadora, – yo quiero verte desnuda…

– ¡Jesús! – gritó la abuela, tapándose el rostro con las manos.

– ¡Sí, abuela! ¡Quiero ver desnuda a mi tía! – se encaró el niño con la anciana.

– ¡Insolente! – gritó la abuela, levantado la mano amenazadora sobre su nieto.

La Comendadora, con aire desdeñoso, se dirigía hacia la puerta sin hacer caso alguno del niño. Carlos, rojo como la grana, se interpuso forcejeando en su camino y al no poder detenerla cayó al suelo presa de violentísisma convulsión, con los ojos en blanco, echando espumarajos por la boca y tartamudeando ferozmente:

– ¡Ver desnuda a mi tía!…

– ¡Satanás!…- balbuceó roncamente la Comendadora, al tiempo que miraba a su madre.

El niño se revolcó en el suelo como una serpiente, se puso morado, llamó a su tía y quedó inmóvil, sin respiración.

– ¡Agua! ¡Agua! ¡Un médico! – ¡El heredero de los Santos se muere! gritaba la abuela. Los criados acudieron con agua y le dieron a oler vinagre…

Al fin el crío dejó escapar un soplo de aliento entre sus dientes apretados y rechinantes…

– Desnuda…, mi tía…

La Comendadora levantó las manos al cielo, en un gesto de gran irritación, y prosiguió su camino hacia la salida, pero la anciana se había arrodillado a la cabecera del niño:

– ¡Hijo mío!, ¡Carlos!, ¡hermoso!…

Abrazando lo que ya le parecía a la abuela ser el cadáver de su nieto, la anciana le hablaba con voz entrecortada: ¡llora!…¡llora!…¡no te enfades!…¡será lo que tú quieras!…

La abuela se incorporó trabajosamente y cortó el paso a su hija la Comendadora, con una voz temblorosa pero solemne:

– ¡Señora!, el heredero de los Santos se muere…y con él concluye nuestra casa.

La ira de la Comendadora la estaba haciendo temblar de pies a cabeza.

– ¡Señora!, volvió a repetir la abuela mirando a los ojos a la Comendadora, – ¡Dios lo quiere!

Y salió, lentamente, cerrando la puerta.

0 — 0 — 0

Media hora después, el Conde de Santos entró en el cuarto de su abuela hipando, riendo y comiéndose un dulce:

– ¡Vaya si está gorda…mi tía!

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Ese mismo día, al oscurecer, cuando la abuela se dirigía al cuarto de su hija la Comendadora una camarera le entregó una carta de sor Isabel:

“…regreso al convento… de donde nunca debí salir y de donde no volveré a salir jamás…”

En el patio de la gran casa se oyó el carruaje de la Comendadora al marcharse.

∅—∅—∅

Cuatro años después, las campanas del convento de Santiago doblaban por el alma de sor Isabel de los Ángeles, mientras su cuerpo era restituído a la madre tierra.

La anciana Condesa murió al poco tiempo. Pero tuvieron que pasar quince años para que el Conde Carlos, sin descendencia, muriera en la conquista de Menorca. Con él se extinguió la noble estirpe de los Condes de Santos.

Verochka

Presentación

Verochka (1887)

Ognev se está despidiendo de Verochka, la joven hija de Kutnesov en cuya casa se ha alojado durante los días en que ha trabajado elaborando estadísticas.

Verochka es descrita de la siguiente manera:

…de apariencia triste, ataviada con desaliño, muy atractiva, Las muchachas que sueñan mucho… suelen vestir con descuido. A las que la naturaleza ha dotado de gusto y del instinto de la belleza esa ligera negligencia en el atuendo les infunde un encanto singular”.

Ognev, recordando más tarde a la bonita Vérochka, no se la podía imaginar sin su amplia chaquetilla que formaba profundos pliegues junto al talle y sin embargo no lo rozaba; sin su rizo, escapado del alto peinado y colgado sobre la frente; sin aquel chal rojo con pompones de lana en los bordes, que por las noches pendía tristemente del hombro de Vérochka, mientras que de día estaba tirado en el vestíbulo, junto con los sombreros masculinos, o bien en el comedor sobre un baúl donde dormía, sin ceremonias, la vieja gata.

Y, sin embargo, cuando Verochka declara su amor a Ognev, éste queda confuso, confusión que se transforma en miedo. Ognev jamás se unirá con Verochka.

Nota biográfica sobre Anton Chejov (1860-1904)

Autor teatral y narrador ruso (1860-1904), de familia modesta, estudió en Moscú medicina, profesión que ejerció esporádicamente. Desde muy joven se dedicó a la literatura destacando la delicadeza de sus obras teatrales – La gaviota, Tio Vania, El jardín de los cerezos – y  la maestría y sentido del humor de sus relatos breves, entre los que sobresalen: La mujer del perrito, El maestro de literatura, Ariadna, Verochka y otros muchos.

Para muchos especialistas Chéjov es el primer autor universal del cuento de tipo realista y su obra se sigue reeditando con regularidad.

Texto adaptado. Verochka

Ognev recuerda cómo aquella noche de agosto salió al patio. En una mano tenía un gran atado de libros y cuadernos, en la otra, un grueso y nudoso bastón. En la habitación, cerca de la puerta, iluminándole el camino con la lámpara, quedaba de pie el dueño de la casa, Kuznetsov, un viejo calvo de larga barba canosa que sonreía afablemente e inclinaba la cabeza.

-¡Adiós, amigo, y gracias una vez más! -dijo Ognev-. Gracias por sus atenciones. Tanto usted como su hija y toda la gente es aquí bondadosa, alegre y atenta. Por causa de la emoción y bajo la influencia del licor casero que acababa de beber, Ognev hablaba con cantarina voz de seminarista.  Me acostumbré a esta casa como un perro -prosiguió Ognev-. Pero lo fundamental que yo agradezco, señor Kuznetsov, es su colaboración y su ayuda. Si no fuera por usted, yo hubiera tenido que trabajar en mis estadísticas por lo menos hasta octubre.¡La estadística tiene un brillante futuro! Trasmítale a Vera Gavrílovna mi profunda reverencia.¡Y ahora, amigo mío, venga el último abrazo!.

El emocionado Ognev besó una vez más al anciano y comenzó a bajar la escalera. En el último peldaño se volvió y preguntó: -¿Nos volveremos a ver algún día? -¡Vaya uno a saberlo! -respondió el viejo-. Probablemente nunca. -Es verdad. A usted, ni aun regalándole roscas se le podrá convencer para que vaya a Petersburgo; y en cuanto a mí, es difícil que yo venga a parar otra vez a este distrito. ¡Bueno, adiós!.

Ognev se alejaba de la casa. Animado por el vino, estaba alegre, cálido y, al mismo tiempo, triste. Era de lamentar que esos encuentros con gente buena no dejaran más que unos recuerdos. Las personas, con sus rostros y con sus palabras, pasan fugaces por nuestra vida y se sumergen en el pasado, sin dejar más que unas leves huellas en la memoria. Residiendo en el distrito de N a partir del comienzo de la primavera y visitando casi todos los días la hospitalaria casa de los Kuznetsov, Iván Alekséich Ognev se habituó al viejo, a su hija y a la servidumbre; llegó a conocer todos los detalles de la finca, la terraza, las alamedas. Pero ahora  atravesará la portezuela del jardín y todo ello se convertirá en un recuerdo. En uno o dos años estas queridas imágenes se tornarán opacas en la mente, igualadas a las invenciones y los frutos de la fantasía. “¡Nada en la vida es más valioso que la gente! -pensaba Ognev, enternecido-. ¡Nada!”.

El jardín estaba quieto y tibio. Olía a reseda, a tabaco y a heliotropo. Entre los arbustos y los troncos de los árboles se palpaba una niebla, transparente y suave, impregnada de luz lunar. Una sombra oscura se separó de la baja empalizada y se dirigió hacia Ognev.

-¡Vera Gavrilovna! -se alegro él-. ¿Usted por aquí? La estuve buscando por todas partes; quería despedirme… ¡Adiós, me voy!

-¿Tan temprano? No son más que las once.

-Es hora de que me vaya. Tengo que caminar cinco verstas y luego debo todavía hacer mi equipaje. Mañana hay que levantarse temprano.

Ante Ognev estaba la hija de Kuznetsov, Vera, una joven de 21 años, habitualmente triste, que vestía con cierta interesante negligencia. Las jóvenes que sueñan mucho, que pasan días enteros recostadas perezosamente leyendo todo lo que cae en sus manos, y que se sienten aburridas y tristes, suelen vestirse con negligencia. A las que poseen el don natural del gusto y el instinto de la belleza, esa leve negligencia en el vestir les otorga un encanto especial. Ognev, recordando más tarde a Vérochka, no se la podía imaginar sin su amplia chaquetilla que formaba profundos pliegues junto al talle y sin embargo no lo rozaba; sin su rizo, escapado del alto peinado y colgado sobre la frente; sin aquel chal rojo con pompones en los bordes, que por las noches pendía tristemente del hombro de Vérochka, mientras que de día estaba tirado en el vestíbulo, junto con los sombreros masculinos, o bien en el comedor sobre un baúl donde dormía, sin ceremonias, la vieja gata. Este chal y los pliegues de la chaquetilla exhalaban un soplo de desperezada libertad. Quizá porque Vera agradase a Ognev, éste, en cada botón y en cada volante sabía leer algo cálido, confortable, algo bueno y poético, es decir, todo aquello de lo que carecen las mujeres desposeídas del sentido de la belleza.

Vérochka era esbelta; tenía un perfil regular y hermoso cabello ondulado. A Ognev, quien no había visto en su vida muchas mujeres, le parecía una beldad.

-¡Me voy! -se despedía de ella junto a la portezuela-. ¡No me guarde rencor! ¡Gracias por todo!.

Con la misma voz cantarina de seminarista con la que había hablado con el anciano, parpadeando y moviendo los hombros, se puso a dar las gracias a Vera por las atenciones recibidas.

-En cada carta escribía a mi madre acerca de usted -le decía-. ¡Toda esta gente es magnífica! Son personas sencillas, cordiales, sinceras.

-¿Para dónde parte usted ahora? -preguntó Vera.

-Ahora iré a ver a mi madre, en Orel; luego volveré a mi trabajo, en Petersburgo.

-¿Y luego?

-¿Luego? Trabajaré en invierno, y en primavera viajaré a alguna provincia para reunir datos. Bueno, le deseo muchas felicidades y que viva cien años… No me guarde rencor. No nos veremos más…

Ognev se inclinó y besó la mano de Vérochka. Luego, después de una silenciosa emoción,  dijo:

-¡Cuánta niebla!

-¿No olvida usted nada en nuestra casa?

-¿Qué cosa podría ser? Parece que nada…

Ognev calló unos segundos más, luego se volvió torpemente hacia la puerta y salió del jardín. -Espere, lo acompañaré hasta nuestro bosque -dijo Vera, saliendo tras él.

Marcharon por el camino. Los árboles dejaban ver el cielo y la lejanía. Como cubierta por un velo, toda la naturaleza se escondía tras una bruma transparente. Se veía el camino hasta el bosque, con oscuras zanjas a sus costados y con pequeños arbustos que no dejaban a los jirones de niebla vagar libremente. A poca distancia se extendía la oscura franja del bosque que pertenecía a Kuznetsov.

Ognev, después de mirar el perfil de Vera, sonrió afable y dijo:

-Con un tiempo tan hermoso uno no tiene ganas de partir. ¿Sabe, Vera? Ya van veintinueve años que vivo en este mundo y en toda mi vida no hubo una sola historia romántica, de modo que las citas, las alamedas de suspiros y de besos son cosas que yo conozco sólo de nombre.

-¿Y por qué le fue así?

-No lo sé. Probablemente porque nunca he tenido tiempo o, quizá, porque no tuve oportunidad de encontrarme con mujeres que… En general, tengo pocos conocidos y no voy a ninguna parte. Caminaron en silencio. Ognev miraba de vez en cuando la cabeza descubierta y el chal de Vérochka, y en su mente renacían, uno tras otro, los días de esta primavera y este verano en los que, lejos de su grisáceo cuarto de Petersburgo, había gozado de las atenciones de tan buena gente. Recordaba cómo al llegar en una mañana de abril se alojó en el hospedaje de  Riabugin, donde por veinte kopeks diarios le dieron una habitación soleada, limpia, con la condición de que fumara afuera. Habiendo averiguado quién era el presidente de la Dirección Rural del distrito, se dirigió sin tardanza a la casa de Gavril Petróvich Kuznetsov. Esperando un recibimiento seco y oficial, entró a la casa de Kuznetsov con cierta timidez. Al principio el viejo arrugaba la frente sin entender para qué el joven necesitaba de la Dirección Rural, pero cuando Ognev se hubo explayado acerca de los datos estadísticos y la manera de reunirlos, Kuznetsov se animó y con una curiosidad infantil se puso a ojear sus cuadernos. El mismo día, por la noche, Ognev ya estaba cenando en casa de Kuznetsov, embriagado por el fuerte licor casero y contemplando los tranquilos rostros y los pausados ademanes de sus nuevos conocidos, que, entretanto, lo miraban, con benévola curiosidad y le preguntaban si sus padres vivían, cuánto ganaba por mes, si iba al teatro con frecuencia o no.

Ognev recordaba sus viajes por la región, la pesca, la excursión al monasterio femenino, donde la madre superiora regaló a cada visitante un monedero de abalorios; recordó las interminables y acaloradas discusiones, puramente rusas, en las que los hombres no se entienden y se interrumpen, se contradicen, cambian el tema y, después de discutir dos o tres horas, se echan a reír.

A veinte pasos del bosque, había un estrecho puentecillo, con puntales en las esquinas que siempre servía a los Kuznetsov y a sus huéspedes como una pequeña estación durante sus paseos nocturnos.

-Sentémonos un poco -dijo Vera, sentándose en uno de los puntales-; antes de la partida, al despedirse, generalmente todo el mundo se sienta en este puente.

Ognev se acomodó junto a ella sobre su atado de libros. Vera jadeaba a causa de la caminata y no miraba a Iván Alekséich sino hacia el otro lado, de modo que él no veía su cara. -Y si, de repente, al cabo de unos diez años nos encontrásemos -decía él-, ¿cómo seremos entonces? Usted será una madre de familia, y yo autor de una inútil compilación de estadísticas. No nos acordaremos más de la fecha ni del mes ni siquiera del año en que nos vimos por última vez en este puente. Usted, quizás, cambie… ¿Cambiará usted?

Vera se estremeció y volvió el rostro hacia él.

-¿Cómo? -preguntó Vera.

-Le preguntaba si…

-Perdone, no sé lo que usted me decía.

Sólo en ese momento Ognev observó el cambio ocurrido en Vera. Estaba pálida, jadeaba, y el temblor de su respiración se comunicaba a sus manos, a sus labios y a su cabeza, y de su peinado escapaba hacia la frente no un mechón, como siempre, sino dos. Parecía evitar mirar a los ojos y, tratando de ocultar su emoción, se arreglaba el cuello o pasaba su chal rojo de un hombro al otro. -Parece que tiene frío -dijo Ognev-. No le hace muy bien eso de estar sentada en la niebla. Vera callaba.

-¿Qué tiene? -sonrió Iván Alekséich-. Usted calla. ¿No se siente bien o está enfadada?

Vera se volvió hacia Ognev.

-Es una situación terrible… -susurró con una expresión de dolor en la cara-. ¡Terrible! -¿Por qué terrible? -preguntó Ognev sin ocultar su sorpresa-. ¿De qué se trata?

Con la respiración entrecortada aún, Vera le volvió la espalda, miró medio minuto al cielo y dijo:

-Tengo que hablar con usted, Iván Alekséich Ognev.

-La escucho.

-A usted le parece extraño… puede ser que se sorprenda, pero me da lo mismo…

Ognev volvió a encogerse de hombros y se dispuso a escuchar.

-Es que… -comenzó diciendo Vérochka, inclinando la cabeza y sobando con los dedos el pompón del chal-. Vea, lo que yo quería decirle… A usted le parecerá extraño y tonto, pero… no puedo más. Las palabras de Vera se convirtieron en un balbuceo que terminó en llanto. La joven se cubrió la cara con el chal, se inclinó más y rompió a llorar con amargura. Ognev tosió, confundido y sorprendido, y, sin saber qué decir ni qué hacer, miró en su derredor con expresión de desesperanza. -Bueno, bueno… -balbució, desconcertado-. Vera Gavrílovna, ¿para qué sirve eso, se puede saber?  ¿está… enferma? ¿está ofendida? Dígamelo; puede ser que yo… este… a lo mejor, podré ayudarla…

Cuando, al tratar de consolarla, él se permitió separar cuidadosamente las manos de ella de la cara, Vera le sonrió a través de las lágrimas y dijo: -Yo… ¡Yo lo amo!.

Eran palabras simples y corrientes, dichas en lenguaje sencillo y cercano, pero Ognev, muy confundido, se apartó de Vera, se levantó y, tras la confusión, sintió miedo. El triste y sentimental estado de ánimo que le habían producido la despedida y el licor, desapareció de golpe, cediendo lugar a una aguda sensación de molestia. Como si el alma se le hubiera dado vuelta, miraba a Vera de reojo, y ella, que después de su declaración amorosa se había despojado de la inabordabilidad que tanto adorna a la mujer, le parecía ahora más baja de estatura, más simple, más oscura.

“¿Qué es esto? -pensó con terror para sus adentros-. Y yo, pues… ¿la amo o no?”

Vera entretanto, después de haber dicho lo principal y lo más difícil, respiraba ya libremente, sin ninguna dificultad. Mirándolo, se puso a hablar rápidamente, de manera cálida e incontenible.

Así como la persona asustada de golpe no puede más tarde recordar en qué orden sucedieron los sonidos de la catástrofe que lo ha aturdido, Ognev no recordaba las palabras de Vera. Recordaba su voz, como apagada, algo ronca a causa de la emoción y el extraordinario apasionamiento. Llorando, riendo, dejando brillar las lágrimas en sus pestañas, Vera le contaba que desde los primeros días él la había impresionado por su originalidad, su inteligencia, sus bondadosos ojos, sus propósitos e ideales en la vida; que había empezado a amarlo profundamente, con pasión y con locura; que cuando, en verano, al pasar frente al jardín a la casa, veía en el vestíbulo su capa o, desde lejos, oía su voz, el corazón se le llenaba de un fresco y estremecedor presentimiento de dicha; sus bromas, aunque insignificantes, la hacían reír a carcajadas; en cada cifra de sus cuadernos se le aparecía algo excepcionalmente sagaz y grandioso, su bastón nudoso era para ella más hermoso que los árboles.

Pero en el alma de Ognev ocurría algo penoso y extraño… Al declararle su amor, Vera estaba seductoramente bella; también sus palabras fluían bellas y apasionadas, pero él no experimentaba el goce ni la alegría de vivir como le hubiera gustado, sino tan sólo un sentimiento de piedad hacia Vera, el dolor y la compasión por haber hecho sufrir a una buena persona. Dios sabe si era su mente libresca la que había alzado su voz o bien se había hecho sentir su irresistible hábito de objetividad que tan a menudo impide vivir a la gente; lo cierto es que el entusiasmo y el sufrimiento de Vera le parecían exagerados y poco serios. Y, enojado, se culpaba a sí mismo, aunque sin entender en qué consistía su culpa. Para colmo de su confusión, decididamente no sabía qué decir, pero era indispensable decir algo. No tenía fuerzas para decir directamente “no la amo”, pero tampoco podía decir “sí”, ya que, por más que hurgara, no encontraba en su alma ni siquiera una chispa de aliento.

Y Vera, mientras él callaba, aseguraba que su mayor felicidad era verlo, seguirlo a donde él quisiera, ir, ser su mujer y ayudante y que se moriría de pena si se marchaba sin ella… -¡No puedo quedarme aquí! -dijo, retorciéndose las manos-. Estoy harta de la casa, del bosque y de este aire. No soporto la continua calma y una vida sin objetivo. Aquí todos son cordiales y benévolos porque están satisfechos, no sufren, no luchan. Y yo, precisamente, quiero vivir en grandes casas húmedas, donde la gente sufre agobiada por el trabajo y la miseria.

A Ognev todo le parecía exagerado y falto de seriedad. No sabía qué decir, pero resultaba imposible seguir callado y balbuceó: -Le estoy agradecido, Vera Gavrílovna, aunque sé que no merezco un… sentimiento de esa índole… de su parte. Como hombre honesto debo decir que… la felicidad se basa en el equilibrio, es decir, cuando ambas partes… se aman de la misma manera… Ognev se sintió avergonzado de su balbuceo y se calló. Sintió que la expresión de su cara en ese momento era estúpida, culpable y vulgar, y al mismo tiempo tensa y forzada. Vera seguramente supo leer la verdad en su rostro, ya que de repente se puso seria, palideció y bajó la cabeza. Se volvió bruscamente y se dirigió hacia la casa. Ognev la siguió. -¡No, no! -dijo Vera, haciendo un ademán-, no me acompañe, iré sola. -Imposible… Tengo que acompañarla.

Todo lo que decía Ognev, le parecía a él mismo repugnante y anodino. La culpabilidad crecía en él a cada paso y maldecía su frialdad y su torpeza para conducirse con las mujeres. Tratando de animarse a sí mismo, miraba la bella figura de Vérochka, su trenza, sus palabras y sus lágrimas, pero todo ello no lograba sino enternecerlo, sin excitar su alma. “¡Ah, al fin y al cabo, uno no puede amar a la fuerza! -trataba de convencerse a sí mismo, pero al mismo tiempo pensaba-: ¿Y cuándo amaré, sin que sea a la fuerza? Tengo ya casi treinta años. Nunca he encontrado mujeres que fuesen mejores que Vera ni las voy a encontrar… ¡Oh, maldita vejez! ¡Vejez a los treinta años!”

Vera caminaba cada vez más de prisa, sin mirar hacia atrás y con la cabeza baja. A Ognev le parecía que ella se habla encogido de pena y que sus hombros se habían vuelto más estrechos. “¡Me imagino lo que acontece ahora en su alma! -pensaba, mirándole la espalda-. ¡Sentiría una vergüenza y un dolor como para morirse! ¡soy un estúpido, un necio!”

Juntó a la portezuela del jardín Vera le dirigió una fugaz mirada y, encorvándose y cubriéndose con el chal, se fue alejando de prisa por la alameda. Ognev se quedó solo. Regresando lentamente hacia el bosque se detenía a cada rato y se volvía para mirar la puertecilla del jardín. Buscaba con los ojos las huellas de los pies de Vérochka en el camino y no podía creer que la joven que tanto le gustaba acababa de declararle su amor y que él la había “rechazado” con tanta torpeza. Le torturaba la conciencia. Al desaparecer Vera en el jardín le pareció haber perdido algo muy caro, intimo, que no volvería a encontrar más. Sintió que junto con Vera se le escurría una parte de su juventud y que los minutos que acababa de vivir de manera tan infructuosa no se repetirían jamás.

Al llegar hasta el puente se detuvo. Deseaba encontrar la causa de su extraña frialdad. Le resultaba claro que aquélla no se hallaba fuera sino dentro de él. Con sinceridad se confesó a sí mismo que no era una frialdad mental, ni tampoco la frialdad de un ególatra, sino simplemente la incapacidad de percibir con hondura la belleza, era la vejez prematura, adquirida mediante la educación, la lucha desordenada por ganarse el pan y la hotelera vida de soltero. Bajó del puentecillo y desganadamente, entró en el bosque. Allí, donde en las negras y espesas tinieblas la luz de la luna formaba nítidas manchas, sintió un apasionado deseo de recobrar lo perdido.

Ognev recuerda haber desandado el camino con la imagen de Vera en su imaginación y caminar de prisa hacia el jardín. La niebla había desaparecido y Ognev recuerda sus pasos cuidadosos, las oscuras ventanas, el espeso aroma de heliotropo y de reseda. El conocido Karo, meneando amigablemente la cola, era el único ser viviente que lo vio dar dos vueltas alrededor de la casa, detenerse junto ventana de Vera y, con un ademán resignado y un hondo suspiro, salir del jardín.

Una hora después ya estaba en el pueblo y, fatigado, casi desfalleciente, golpeaba con el aldabón. En alguna parte un perro se puso a ladrar, y, como en respuesta a sus golpes, el sereno de la iglesia hizo sonar su barra de hierro. Una vez en su habitación, Ognev se sentó en la cama y se quedó mirando largamente la llamita de la bujía; luego sacudió la cabeza y comenzó a hacer su equipaje.