Más allá de la muerte

Presentación

Nota bibliográfica a propósito del sufismo y los Cuentos sufíes

En RelatABA ya fue incluido un relato de origen sufí. Se trata de UNA PARÁBOLA SUFÍ, atribuido a Ibn Arabi (Murcia, 1165; Damasco 1240) místico sufí, filósofo, poeta, viajero y sabio musulmán andalusí. Dado que ahora incluimos un segundo relato de origen sufí, parece oportuno dar una breve orientación a propósito de el sufismo y los Cuentos sufíes.

El sufismo es una práctica surgida de la religión islámica y orientada hacia la reflexión mística.  El sufismo es una búsqueda de la sabiduría y sugiere que  las gentes de todas las religiones y procedencias pueden vivir juntas en paz y armonía. El sufismo es tan antiguo como la propia religión islámica de la que se nutre y ha tenido distintas escuelas de practicantes en su larga historia. En España hay diversos grupos que se reclaman de la práctica sufí, localizados principalmente en Andalucía y Extremadura.

Los Cuentos sufíes han sido una de las formas en que el sufismo se ha extendido como una fuente de enseñanza tradicional. Uno de los autores de cuentos más reconocido es Rumi, poeta, místico y sabio del siglo XIII, autor del “Masnavi” o “Matnawi”, obra que recoge centenares de cuentos y se puede encontrar traducida al español.

Amor constante más allá de la muerte

Francisco de Quevedo

Un soneto – de los más conocidos- de Francisco de Quevedo (1580-1645) recoge el lamento del alma que muere y abandona su cuerpo. Pero este cuerpo sin alma, estas cenizas, este polvo no están muertos, siguen enamorados.

Habla el alma, en la última estrofa del soneto:

su cuerpo dejará, no su cuidado;

serán ceniza, más tendrán sentido,

polvo serán, mas polvo enamorado.

Texto adaptado. Más allá de la muerte. Cuento tradicional sufí

Este cuento sufí – de los muchos que a los seguidores del sufismo les sirven para reflexionar sobre la religión islámica – recoge el tema del amor más allá de la muerte.

Aquella muchacha tenía tres pretendientes, pero era incapaz de decidirse por uno. Y un buen día enfermó y murió rápidamente. Los tres pretendientes quedaron desolados y cada uno lloró la pérdida de la muchacha a su manera. El primero no abandonó el cementerio ni de día ni de noche y dormía junto a la tumba de su amada; el segundo echó a andar por el mundo y se convirtió en un faquir, un hombre sabio; el tercero dedicó todo su tiempo a consolar al entristecido padre de la joven.

Pasó algún tiempo y un día, el segundo pretendiente, el faquir, a lo largo de sus viajes conoció un hechizo mágico y secreto que devolvía a los muertos a la vida. Se apresuró a llegar a su pueblo, fue al cementerio y pronunció el mágico encantamiento para permitir que la muchacha volviera a la vida y saliera de su tumba. Apareció tan bella como siempre había sido y volvió a casa de su padre.

Allí los pretendientes iniciaron una discusión para decidir cuál de los tres tenía más méritos para quedarse con su mano. El primero dijo que no había abandonado su tumba un solo instante, por lo que su pena era más pura que la de los demás; el segundo, el faquir, recordó que había sido él quien adquirió el saber necesario para traer a la muchacha de más allá de la muerte; el tercero habló del consuelo y apoyo que había prestado al padre y que hacía posible la felicidad que ahora disfrutaban.

La muchacha escuchaba a cada uno con atención. Al acabar se dirigió a los tres:

-Tú, que descubriste el encantamiento, has sido sabio y generoso; tú, que cuidaste de mi padre y le diste consuelo, has actuado como un buen hijo. Tú, sin embargo, que has permanecido junto a mi tumba, tú has sido mi verdadero amante. Contigo quiero vivir.

Ocho mujeres

Presentación

Ocho mujeres

El ocho de marzo de 2017, Día de la Mujer traemos ocho retratos femeninos de ocho autores importantes.

Unos breves retratos, apenas unas palabras, de estos grandes narradores nos ayudan a entender mejor el universo de la mujer. Chaucer, Cervantes, Voltaire, Turguenev, Pedro Antonio de Alarcón, Maupassant, Chejov, Torrente Ballester – alguno de cuyos cuentos ya han aparecido en nuestro blog- nos deleitan, nos hacen pensar, nos emocionan.

Ocho mujeres

Textos adaptados. Breves retratos femeninos, a lo largo de seiscientos años

Esta entrega de RelatABA pretende ser una contribución de nuestro blog al Día de la Mujer, en marzo de 2017. Se recogen ocho brevísimos retratos que de la mujer se han hecho en la literatura occidental a lo largo de seiscientos años. Alguna de estas descripciones ya ha sido recogida en los cuentos aparecidos en nuestro blog.

CHAUCER. La Comadre de Bath, personaje de los Cuentos de Canterbury (1385)

Los Cuentos de Canterbury es el relato del viaje de un grupo de peregrinos desde Londres a Canterbury, para visitar los restos de Santo Tomás Beckett. Cada noche uno de los los peregrinos narraba un cuento. Uno de los cuentos es narrado por una Comadre, nacida en Bath, que había tenido cinco matrimonios y  cinco maridos y que es así descrita:

Ninguna mujer osaba adelantársele cuando se dirigía al ofertorio. Su rostro era bello; su expresión, altanera, y su talante, gracioso.

En este divertido cuento se descifran “las tres cosas que más desean la mujeres”:
Lo que más desean las mujeres: ejercer la autoridad, tanto sobre sus esposos como sobre sus amantes y tener poder sobre ellos; éste es su mayor deseo. Lo que más desean, en segundo lugar: que se fijen en ellas y se elogien sus aderezos y su belleza. Lo que más odian: que se les recuerden sus defectos.

CERVANTES. Marcela, personaje de Don Quijote (1605)

Marcela, personaje de Cervantes, era hija de Guillermo el Rico y, al fallecer éste, heredó su fortuna. Marcela creció con belleza; cuando llegó a la edad de catorce a quince años nadie que la miraba no bendecía a Dios que tan hermosa la había criado. Pero Marcela prefirió irse al campo en compañía de otras zagalas guardando sus cabras. Con estos desdenes se dice que provocó la muerte de un celoso enamorado, Grisóstomo; y Marcela se defendía diciendo:

Yo nací libre, y para poder vivir escogí la soledad de los campos: los árboles destas montañas son mi compañía, las claras aguas destos arroyos mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosuras. Fuego soy apartado y espada puesta lejos.

Yo, como sabéis, tengo riquezas propias y no codicio las ajenas; tengo libre condición y no gusto de sujetarme; ni quiero ni aborrezco a nadie; no engaño a éste, ni solicito aquél, ni burlo con uno ni me entretengo con el otro. La conversación honesta de las zagalas destas aldeas y el cuidado de mis cabras me entretiene; tienen mis deseos por término estas montañas, y si de aquí salen es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma a su morada primera.

Y en diciendo esto, sin querer oír respuesta alguna, volvió las espaldas y se entró por lo más cerrado de un monte que allí cerca estaba, dejando admirados, tanto de su discreción como de su hermosura, a todos los que allí estaban.

VOLTAIREAlmona, personaje de Zadig (1747)

El pecho de Almona, sus ojos negros rasgados que brillaban suavemente de amoroso fuego, sus mejillas – púrpura animada con la más cándida leche-, su nariz delicada, sus labios -dos hilos de coral que ensartaban las más bellas perlas de Arabia-, todo, en fin, persuadió al viejo de que había vuelto a sus veinte años.

TURGENEV. Zenaida, personaje de El primer amor (1860)

La dacha vecina había sido alquilada por una familia de la baja aristocracia, de la que una joven formaba parte. Yo había alcanzado a verla de perfil entre los arbustos del jardín. En los movimientos de la muchacha había algo tan delicado, exigente, mimoso, burlón y tierno, que casi grité de admiración y placer, y sentí que estaba dispuesto a darlo todo para que esos deditos encantadores acariciasen mi frente.

PEDRO ANTONIO DE ALARCÓN. La Comendadora, personaje del cuento del mismo nombre (1868)

en un ángulo del salón –desde donde podía verse el cielo, las copas de los árboles y los rojizos torreones de la Alhambra, pero donde no podía ser vista más que por los pájaros que revoloteaban sobre el Darro-, inmóvil, con la mirada perdida en el infinito azul de la atmósfera y pasando lentamente las cuentas de un larguísimo rosario, estaba sentada una monja, una Comendadora de Santiago, como de treinta años, con unas sencillas ropas de aspecto seglar.

Vestía de negro, con un gran pañuelo de hilo blanco cerrado hasta el cuello. No llevaba manto ni toca, lo que dejaba ver un negro y abundantísimo pelo recogido con un lazo en la nuca. Aquella mujer resultaba hermosísima; el desaliño de su vestido dejaba en libertad su natural gracia. Alta, recia, esbelta y armónica, el ropaje de lana, pegado a su cuerpo, revelaba más que cubría, la traza clásica de sus espléndidas proporciones. Remataba esta soberana figura un rostro moreno, algo descarnado, oval, de una palidez intensa, que contrastaba con dos profundas ojeras, lívidas, llenas de misteriosas tristezas.

MAUPASSANT. Una honesta mujer de provincias, personaje de Una aventura parisiense  (1881)

¿Existe en la mujer un sentimiento más agudo que la curiosidad?
Una mujer, cuando su curiosidad se despierta, cometerá locuras, imprudencias, audacias, no retrocederá ante nada. Hablo de las mujeres realmente mujeres, dotadas de ese triple fondo de compartimentos secretos: el primero, de inquietud femenina siempre agitada; el segundo, de astucia coloreada de ingenuidad; el último, por fin, de desenfado encantador, de trapacería exquisita, de deliciosa perfidia, de todas esas perversas cualidades que empujan al suicidio a los amantes crédulos, pero que arroban a los otros.

CHEJOV. Vera, personaje de Vérochka (1887)

Ante Ognev estaba la hija de Kuznetsov, Vera, una joven de 21 años, habitualmente triste.

Las jóvenes que sueñan mucho, que pasan días enteros recostadas perezosamente leyendo todo lo que cae en sus manos, y que se sienten aburridas y tristes, suelen vestirse con negligencia. A las que poseen el don natural del gusto y el instinto de la belleza, esa leve negligencia en el vestir les otorga un encanto especial. Vérochka era esbelta; tenía un perfil regular y hermoso cabello ondulado. A Ognev, quien no había visto en su vida muchas mujeres, le parecía una beldad.

Ognev, recordando más tarde a Vérochka, no se la podía imaginar sin su amplia chaquetilla que formaba profundos pliegues junto al talle y sin embargo no lo rozaba; sin su rizo, escapado del alto peinado y colgado sobre la frente; sin aquel chal rojo con pompones en los bordes, que por las noches pendía tristemente del hombro de Vérochka, mientras que de día estaba tirado en el vestíbulo, junto con los sombreros masculinos, o bien en el comedor sobre un baúl donde dormía, sin ceremonias, la vieja gata. Este chal y los pliegues de la chaquetilla exhalaban un soplo de desperezada libertad.

GONZALO TORRENTE BALLESTER. Miguela y Chuco, personajes de La Miguela (1944)

Miguela era su compañía. Los tratos quedaron hechos antes de partir para el servicio. Ella tenía por su madre una casita de un solo cuarto y cocina; él, un campo para maíz y viñedo. Ella labraría el campo y con lo que Chuco pudiese ahorrar en la Armada, comprarían el ajuar.

Se casaron el día de la Virgen, una boda sencilla, con Antonia la Galana y el viejo Cabeiro como padrinos. Se cuenta que tardaron mucho en acostarse; hay quien los vio a medianoche asomados a la ventana, en silencio, mirando al mar.

Una parábola Sufí

Presentación

Una parábola Sufí (1165-1240)

Nota biográfica sobre Ibn Arabi

Conocido como Ibn Arabi, Abenarabi y Ben Arabi nació en Murcia en 1165 y murió en Damasco en 1240. Fue un místico sufí, filósofo, poeta, viajero y sabio musulmán andalusí. Sus importantes aportaciones en muchos de los campos de las diferentes ciencias religiosas islámicas le han valido el sobrenombre de Vivificador de la Religión y el Más Grande de los Maestros. Nacido en Murcia, de padre murciano y madre bereber, se trasladó con su familia a Sevilla.

Sus estudios literarios juveniles transcurrieron entre Lora del Río y Carmona. El ansia de saber condujo a Ibn Arabi a una vida viajera, recorriendo primero su Al-Andalus natal y luego el norte de África visitando a los diferentes grupos sufíes. Más tarde visitó El Cairo y Jerusalén. Después de pasar dos años de emociones espirituales en La Meca decidió continuar su viaje por Bagdad, Mosul, Konya (antigua capital del Sultanato de Rum y ciudad de la actual Turquía) y Damasco, donde finalmente se estableció durante 17 años hasta su muerte. Su tumba, en la que después fueron enterrados dos de sus hijos, aún se conserva y es lugar de peregrinación para el Islam. Sobre su tumba, el Imperio Otomano edificó una madrasa en la que se guarda su sepulcro.

El cuento o parábola sufí, que recogemos a continuación está ampliamente comentado en los papeles del “Seminario María Zambrano”, ya que, pese a su brevedad, permite ilustrar muchos de los conceptos del pensamiento sufí, que tanto interesaron a nuestra filósofa María Zambrano.

Texto adaptado. Una parábola Sufí (1165-1240)

Un día un sultán quiso decorar de un modo especialmente bello el más grande de los salones de su magnífico palacio. Para ello hizo venir a dos grupos de los lugares cuya pintura era más afamada; eran lugares tan apartados entre sí como la lejana China y la fastuosa Bizancio, heredera de la legendaria cultura griega. Cada uno de estos grupos pintaría al fresco una de las dos largas paredes paralelas del gran salón. Mas sin saber el uno lo que pintaría el otro. Y así, sin permitir que uno y otro grupo entrasen en comunicación, entregó a cada uno una pared; en medio de la sala una cortina debidamente colocada impedía de modo estricto toda comunicación entre los pintores de cada lado.

Cuando la obra fue acabada el sultán se dirigió primero a inspeccionar el fresco pintado por los chinos. Era en verdad de una belleza y delicadeza maravillosas:

  • “nada puede ser más bello que esto”, dijo el sultán.

Con este convencimiento en su ánimo, hizo descorrer la cortina para que apareciese la pared pintada por los griegos de Bizancio. Pero, sorprendentemente, en aquella pared no había sido pintado nada por los griegos; únicamente la habían limpiado, pulido y repulido hasta convertirla en espejo de un blancor misterioso que reflejaba como en un medio más puro las formas de la pared china. Y las formas y los colores alcanzaban una belleza inimaginable, que no parecía ya ser de este mundo: un mundo y misterioso para los ojos y para la mirada humana.

El sultán, por momento emocionado y por momentos pensativo, se retiró a sus aposentos.

Tardó algún tiempo en volver al gran salón. Pero, luego, lo visitaba con frecuencia.

Y se decía que preguntaba a los cortesanos en quienes tenía más confianza:

  • ¿Sería el gran salón más hermoso si los griegos hubieran pintado un fresco original en lugar de aquel misterioso blancor?
  • ¿Qué hubiera pasado si la pintura china hubiese tenido defectos? ¿Se verían como defectos o aparecerían embellecidos?
  • ¿Qué hubiera pasado si lo los pintores chinos hubieran tenido la misma sutileza de los griegos y no hubieran pintado nada? ¿Sería todo más resplandeciente?

Se decía también que algunos cortesanos tenían temor a acompañar al sultán a visitar el gran salón, porque dependiendo de sus respuestas podía depender su mayor o menor fortuna en la corte.

No hubo nunca cambios en el gran salón.

Parecía ser el orgullo del sultán, el lugar al que llevaba a sus visitantes más distinguidos y también el lugar al que acudía cuando sentía alguna gran preocupación o congoja.

El mechón de cabello

Presentación

El mechón de cabello (1350)

Este relato forma parte del Decamerón, la obra más popular de Boccaccio, colección de cien relatos contados a lo largo de diez días (de ahí el título) por un grupo de amigos que escapan a un brote de peste y se refugian en una villa de las afueras de Florencia. Cada relato del día termina con una “canzone”, una canción para bailar entonada por uno de los narradores; estas canciones representan algunas de las muestras más exquisitas de la poesía lírica de Boccaccio.

El mechón de cabello es un primoroso relato de intriga picante con un final que destila sabiduría e ironía. Es una de las muchas excelentes piezas del Decamerón, obra plenamente renacentista de la cultura europea donde el protagonismo narrativo se encuentra en los aspectos humanos, y se deja de hacer mención a temas religiosos o teológicos. 

Nota biográfica sobre Giovanni Boccaccio (1313-1375)

Escritor y humanista florentino. Es uno de los padres, junto con Dante y Petrarca, de la literatura en italiano. Nació en Certaldo, cerca de Florencia, y allí murió, retirado después de una fecunda vida como poeta, erudito y narrador.

Estudió Derecho Canónico en Nápoles y se aficionó a la poesía. Muy joven se enamoró de una dama a la que inmortalizó con el nombre de Fiammetta y que fue su fuente de inspiración poética. Boccaccio tuvo una tortuosa vida emocional, desde el enamoramiento adolescente hasta la profunda crisis espiritual de su madurez, que le llevó a volcarse en el estudio y en las prácticas piadosas. Tras ser ordenado sacerdote, pasó a ocupar el cargo de confesor en 1362. Había viajado por las más importantes ciudades de Italia -Florencia, Padua, Nápoles y Venecia- y fue íntimo amigo de Petrarca.

Paradójicamente, Boccaccio, que a lo largo de toda su vida fue un sensible poeta y al final de sus días vivió la rectitud espiritual, ha pasado a la historia de la literatura como el despreocupado y libertino escritor de los frívolos relatos recogidos en Decamerón, obra que compuso en apenas cinco años.

Efectivamente, aunque compuso poemas y obras eruditas en latín, su legado literario más valioso son los cien cuentos, escritos en el joven idioma italiano, que componen el Decamerón, y que dan cuenta de su visión a la vez cínica e indulgente de las flaquezas, los pecados y las corrupciones de los hombres de su época.

Con el Decamerón Boccaccio se convirtió en el fundador de la prosa italiana.

Texto adaptado. El mechón de cabello (1350)

Agilulfo, monarca de los longobardos, estableció Lombardía la base de su soberanía. Su esposa Tendelinga era hermosísima, prudente y honrada.

Aconteció que un palafrenero de muy humilde condición, pero competente en su oficio, y arrogante en su persona, se enamoró intensamente de la reina. Conocedor de su posición a nadie se lo declaró, ni siquiera a la reina con su mirada. Sin esperanza alguna siguió viviendo, pero se dedicaba a ser el mejor en lo que a su reina pudiese complacer. Por esto, cuando la reina deseaba cabalgar, prefería de entre todos al palafrén.

No logrando librarse de su amor, pensó en morir, aunque no sin antes obtener, totalmente o en parte, la satisfacción de su anhelo. Sabía que era infructuoso hablar o escribir a la reina y no veía otro recurso para yacer con la reina que hacerse pasar por el rey, que no dormía con la reina de continuo.

Vigilando con sigilo, una noche vio a Agilulfo salir de su cámara envuelto en un gran manto, en una mano una antorcha encendida y en la otra una varita, y en llegando a la puerta de la reina, sin nada decir, golpeó la madera con la vara una vez o dos, y abrióse la puerta y quitáronle la antorcha de la mano.

Visto esto varias noches, el palafrenero no lo pensó más. Se aderezó un manto semejante al del rey, y, provisto de una antorcha y una vara, una noche, tras bañarse a conciencia -pues conocía que las hembras tienen fino olfato- se escondió hasta que todos dormían. El deseo le daba valor para arriesgarse a la muerte. Con la yesca y el eslabón encendió la luz y, envuelto en el manto, se acercó al umbral y dos veces llamó con la vara. Abrió una soñolienta camarera, que le retiró la luz y él, sin decir nada, traspasó la cortina, quitóse la capa y acostóse donde la reina dormía. Deseosamente la tomó en sus brazos, y, fingiendo que en tales casos el rey no quería oír nada, ni nada decir ni que le dijesen, conoció carnalmente varias veces a la reina aquella noche.

Apesadumbrábale partir, pero comprendiendo que el mucho retardarse podía arruinar el deleite obtenido, volvióse a su lecho tan presto como pudo.

Y resultó que, apenas había salido el palafrenero, cuando el rey llegóse a la cámara de la reina, de lo que ella se maravilló mucho, y dijo con júbilo a su marido:

– Señor, ¡qué novedad esta noche! Ha instantes que os partisteis de mí y más que de costumbre os habéis refocilado conmigo, ¿y tan pronto volvéis? Mirad lo que hacéis.

Al oír tales palabras, el rey presumió que la reina había sido engañada por alguna similitud de persona y costumbres. Pero, como discreto, en el acto pensó que, pues la reina no lo había advertido, ni nadie más, mejor valía no hacérselo comprender, evitando posibles difamaciones que hubiesen entristecido a la inocente mujer, y -aun quizás- haciéndole venir el deseo de repetir lo que ya había sentido.

Y así el rey respondió, más turbado en su ánimo que en su semblante y en su voz:

– ¿Acaso no os parezco, mujer, hombre capaz de estar una vez acá y tornar luego?

-Sí, mi señor, pero, con todo, ruégoos que miréis por vuestra salud.

Entonces dijo el rey:

-A mí me place seguir vuestro consejo y, por tanto, sin más molestia daros, me vuelvo.

Y, con el ánimo lleno de ira y de mal talante por lo que ya sabía que le habían hecho, salió de la estancia y resolvió con sigilo encontrar al que tan feo recado le hiciera. Imaginando que debía ser alguien de la casa y que no habría podido salir de ella, fue a una muy larga estancia sobre las cuadras en la que dormían casi todos sus sirvientes. Y estimando que al que hubiese hecho lo que la mujer decía no le habría aún cesado la agitación de pulso y corazón por el reciente afán, con cautelosos pasos, a todos les fue tocando el pecho para saber si les latía el corazón con fuerza.

Los demás dormían, pero no el que había yacido con la reina, por lo cual, viendo venir al rey e imaginando lo que buscaba, comenzó a temer mucho, de modo que a los pálpitos anteriores de su corazón se agregaron los de su temor. Varias cosas le bulleron en el pensamiento, pero, observando que el rey iba sin armas, resolvió fingir que dormía y esperar lo que aconteciese.

Y llegóse el rey al palafrenero. Y observando cuán fuerte le latía el corazón, se dijo: “Éste es”. Como no quería que nadie se percatase de lo que pensaba hacer, se contentó, usando unas tijeras que llevaba, con tonsurar al hombre parte de los cabellos, que entonces se llevaban muy largos, a fin de poderle reconocer al siguiente día; y, esto hecho, volvióse a su cámara.

El palafrenero, que era astuto, comprendió por qué le habían señalado así y, sin esperar a más, se levantó y, buscando las tijeras que había en el establo para la limpieza de los caballos, a todos los que allí yacían, sin ruido, les cortó parte del cabello por encima de la oreja y, sin ser sentido, se volvió a acostar.

El rey, levantóse muy temprano esa mañana, y mandó que, antes de que las puertas del palacio se abriesen, se le presentase toda la servidumbre. Y así se hizo. Y estando todos ante él con la cabeza descubierta, y viendo a casi todos con el cabello de análogo modo cortado, se maravilló y dijo para sí: “El que ando buscando, aunque sea de baja condición, muestra da de tener mucho sentido”. Y, reconociendo que no podía, sin escándalo, descubrir al que buscaba, y no queriendo por pequeña venganza sufrir gran afrenta, resolvió con cortas palabras hacerle saber que él había reparado en las cosas ocurridas y, vuelto a todos, dijo:

-Quien lo hizo, no lo haga más, e id con Dios.

Otro les habría hecho interrogar, atormentarlos, examinarlos e insistirlos, y así habría descubierto lo que todos deben ocultar, y al descubrirlo, aunque tomase entera venganza, habría aumentado su afrenta y empeñado la honestidad de su mujer.

Los que sus palabras oyeron se pasmaron y largamente trataron entre sí de lo que el rey había querido significar, pero nadie entendió nada, salvo aquél que tenía motivos para ello. El cual, como discreto, nunca, mientras vivió el rey, esclareció el caso, ni nunca más desafió a la fortuna exponiendo su vida con tan audaz acto.

 

Los cuatro dolores

Presentación

Los cuatro dolores (segunda mitad del siglo XII)

Los “lais” son relatos breves nacidos hacia finales del siglo XII en el mundo fantástico de Bretaña, cuyo tema central es el amor cortés en el marco de un universo maravilloso.

Los cuatro dolores es uno de estos lais escritos por María de Francia. La historia tiene lugar en Nantes (Bretaña), al norte de Francia. Allí una dama “de gran valía, belleza y educación” era requerida continuadamente de amor por cuatro nobles caballeros. En la historia se cuenta que los caballeros “eran todos de tanto valer, que no se podía escoger al mejor. No quiso la dama perder a los tres por uno: les ponía buena cara a todos, les daba prendas de amor, les enviaba mensajes…”.

Y también se nos cuenta que la dama “a los cuatro amó y retuvo…”.

Nota bibliográfica sobre María de Francia (segunda mitad del siglo XII)

Mª de Francia es una escritora muy poco conocida que a finales del s XII, escribe una colección de doce “lais”, narraciones ambientadas en el mundo maravilloso de Bretaña, que cuentan historias sobre el amor cortés, la fidelidad al amor -aunque no al marido-, la fidelidad entre el rey y sus caballeros, la fuerza de la sangre y la recompensa del bien. Los “lais” como género y, en particular, esta colección de María de Francia, desde su aparición alrededor de 1200, tuvieron un rápido éxito y numerosos imitadores a lo largo de varios siglos.

Casi nada se sabe de María de Francia. Cabe suponer que vivió en la segunda mitad del siglo XII y que vivió algún tiempo en Inglaterra. Aparece como autora de tres obras entre 1150 y 1200, cuando pocas mujeres se dedicaban a la literatura. Su obra mas conocida es  los Lais, que, ademas de la popularidad que tuvieron en su época, está mereciendo un creciente interés tanto por los especialistas como por el gran público.

Texto adaptado. Los cuatro dolores

Me han entrado ganas de recordar un “lai” [los “lais” son relatos breves de amor cortés nacidos en el mundo fantástico de Bretaña] del que oí hablar. Os contaré lo ocurrido y os nombraré la ciudad en la que ocurrió y cómo a este lai unos El pobrecillo le decían, aunque hay muchos que lo llamaban Los cuatro dolores.

En Bretaña, en Nantes, habitaba una dama de gran valía, belleza y educación y con todo tipo de virtudes. No había caballero en la tierra, que con verla una vez no se enamorara de ella y la requiriera de amor. Ella no podía amar a todos, pero tampoco los quería hacer morir. La dama está agradecida a su enamorado por su buena voluntad, y aunque no quiere prestarle atención tampoco le recrimina sus palabras, sino que lo honra y estima y le agradece y da las gracias.

En Bretaña había cuatro nobles, aunque no sé cómo se llamaban; no eran demasiado mayores, y eran de gran belleza, caballeros nobles y valientes, generosos, corteses y liberales. Eran de gran fama, hombres gentiles del país. Los cuatro estaban enamorados de la dama y se esforzaban en obrar bien; por ella y por obtener su amor cada uno de ellos hacía todo lo que podía. La requerían y buscaban su afecto, y ninguno de ellos pensaba que cualquiera de los otros lo hiciera mejor. La dama era muy sensata: lo demoró y fue pensando para saber y averiguar cuál de ellos sería mejor de amar. Eran todos de tanto valer, que no se podía escoger al mejor. No quiso perder a los tres por uno: les ponía buena cara a todos, les daba prendas de amor, les enviaba mensajes. Los unos lo sabían de los otros, pero ninguno podía alejarse: mediante buenos servicios y ruegos creían poder lograr sus propósitos. Cuando se reunían los caballeros, todos querían ser el primero en obrar bien, si podía ser, para agradar a la dama. Todos la tenían por amiga y cuando participaban en un torneo todos llevaban sus prendas, anillos o estandartes y todos gritaban su nombre.

La dama a los cuatro amó y a los cuatro retuvo.

Hasta que, después de una Pascua, se convocó un torneo ante la ciudad de Nantes, al que  acudieron desde otras tierras caballeros franceses, normandos, flamencos y brabanzones, boloñeses, angevinos y los que eran vecinos más próximos; todos acudieron con gusto: ¡mucho tiempo habían esperado!

La dama estaba en una torre, bien distinguía a los suyos y a los otros; veía a los cuatro enamorados que militaban en el mismo bando y que se sabían valer bien. No sabía a cuál de ellos apreciar más. Comenzó el torneo, crecieron las filas, espesó mucho. Delante de la puerta muchas veces se enfrentaron en aquel día. Los cuatro enamorados lo hacían bien, de tal forma que tenían el reconocimiento de todos, hasta que llegó la hora de vísperas, cuando debían separarse. Demasiado alocadamente los caballeros se alejaron de su gente y lo pagaron caro: les atacaron de costado y los cuatro cayeron, tres de ellos fueron muertos y el cuarto malherido y maltrecho, en la entrepierna y en el cuerpo, de tal forma que la lanza aparecía por el otro lado.

Los que los han herido de muerte han arrojado al suelo los escudos; están muy tristes por ellos: lo hicieron sin saber. Se levanta el clamor y los gritos, nunca se oyó duelo semejante. Cada uno de los enamorados fue colocado encima de su escudo; los llevan a la ciudad, ante la dama que los amaba. Cuando ella supo lo ocurrido, cae desmayada en la dura tierra. Al volver del desmayo, se lamenta sobre cada uno de ellos llamándolo por su nombre.

-Desdichada -exclama-, ¿qué voy a hacer? Nunca volveré a estar contenta. Amaba a estos cuatro caballeros y a cada uno de ellos lo quería por sí mismo. Grandes virtudes había en ellos. Me querían sobre todas las cosas. Por su belleza, por su valor, por su atrevimiento, por su generosidad hice que me amaran. No quise perderlos a todos por tomar a uno de ellos. No sé a cuál debo lamentar más, pero no puedo ocultarme ni fingir: veo a uno herido, otros tres están muertos, no hay nada en el mundo que me pueda consolar. Haré que entierren a los muertos y, si el herido sobrevive, con gusto me ocuparé de él y le procuraré un buen médico.

Los hace llevar a sus habitaciones. Y luego ordenó que se ocuparan de los otros. Con gran amor y noblemente los vistió y con gran riqueza; en una abadía muy rica hizo una gran ofrenda y ricas donaciones, allí donde fueron enterrados. ¡Dios les tenga compasión! Luego, llamó a sabios médicos, y los puso al servicio del caballero que en su habitación yace herido, de tal forma que se cura [para los estudiosos no queda del todo claro el tipo de herida del caballero, pero el contexto permite deducir que la herida dejara maltrechos sus órganos sexuales].

Un día de verano, después de comer, estaba la dama hablando con el caballero; con tristeza se pone a pensar. Él la contempla y con delicadeza le dice:

-Señora, estáis afligida. ¿Qué pensáis? Decídmelo. Abandonad vuestro dolor, deberíais consolaros.

-Amigo -le contesta-, estaba acordándome de vuestros compañeros. Nunca una dama de mi situación, por muy bella, discreta y valiosa que fuera, había amado a la vez a cuatro iguales, y tampoco los perdió en un mismo día a todos salvo a vos, que fuisteis herido; gran miedo de morir tuvisteis. Y como a los cuatro he amado tanto, quiero que se recuerde mi dolor; de los cuatro haré un “lai” y lo llamaré Los cuatro dolores.

-Señora -el caballero respondió- llamad a vuestro lai El pobrecillo. Os quiero explicar por qué. Los otros hace tiempo que murieron y han vivido ya toda su vida, y ha terminado la gran pena que sufrían por el amor que hacia vos tenían; pero yo que he escapado vivo, pobre y desdichado de mí, veo con frecuencia que viene y se va lo que más amo en el mundo, que habla conmigo por la mañana y por la tarde, pero no puedo tener ninguna alegría, ni besarla ni abrazarla, ni ningún otro gozo más que hablarle. Cien veces tal dolor me hacéis sufrir, preferiría tener la muerte. Por eso el lai sería llamado por mí El pobrecillo.

-Por mi fe -le contesta ella-, me parece bien; lo llamaremos El pobrecillo.

Y así empezó el lai al que unos llaman Los cuatro dolores, y otros El pobrecillo; cualquiera de los nombres le va bien, pues la materia lo permite.

Aquí termina, no hay más, pues ni oí ni sé más, ni más os contaré.

La comadre de Bath

Presentación

La comadre de Bath (1387)

Los Cuentos de Canterbury es el relato del viaje de un grupo de peregrinos desde Londres a la tumba de Santo Tomás Canterbury. Para amenizar el camino a pie, cada noche uno de los los peregrinos tomaba la palabra y así el relato contiene una veintena de divertidos cuentos, que se siguen leyendo cientos de años más tarde.

Uno de los cuentos es narrado por una mujer madura, la Comadre, nacida en Bath. Así la describe Chaucer: “Ninguna mujer osaba adelantársele cuando se dirigía al ofertorio. Su rostro era bello; su expresión, altanera, y su talante, gracioso. Toda su vida había sido una mujer respetable. Sin duda conocía todos los remedios para el amor, pues en ese juego había sido maestra”. Antes de comenzar su cuento, la propia comadre informa al auditorio sobre sus cinco matrimonios y sus cinco maridos y sobre sus ideas acerca de las avenencias y desavenencias en la pareja.

Y así vivieron alegres y felices por el resto de sus vidas.

Que Jesucristo os envíe maridos obedientes, jóvenes y animosos en la cama y que nos conceda la gracia de sobrevivir a aquéllos con los que nos casemos. También ruego a Jesús que acorte los días de aquéllos que no quieren ser gobernados por sus esposas; y en cuanto a los esperpentos viejos, gruñones y tacaños, ¡que Dios les confunda!

Con esta desenfadada oración concluye el cuento de La comadre de Bath, quizá el más divertido de los Cuentos de Canterbury.

La tradición oral posterior de este cuento ha dado lugar a la idea de las tres cosas que más desean la mujeres:

  • Lo que más desean las mujeres: ejercer la autoridad, tanto sobre sus esposos como sobre sus amantes y tener poder sobre ellos. Éste es su mayor deseo.
  • Lo que más desean, en segundo lugar: que se fijen en ellas y se elogien sus aderezos y su belleza.
  • Lo que más odian: que se les recuerden sus defectos.

Nota biográfica sobre Geoffrey Chaucer (1343 a 1400)

Es considerado como la más importante figura de la literatura británica de la Edad Media. De origen modesto llegó a desempeñar importantes funciones diplomáticas y administrativas, viajando por Italia y Francia. Tradujo numerosas obras de estos países contribuyendo a la formación del joven idioma inglés como lengua literaria. Entre 1385 y 1400 Chaucer escribió los Cuentos de Canterbury, la más conocida de sus obras, relato del viaje de un grupo de peregrinos desde Londres a Canterbury, para visitar los restos de Santo Tomás Beckett, ejecutado doscientos años antes. Para amenizar el camino a pie, cada noche uno de los los peregrinos narraba un cuento; de este modo el relato contiene una veintena de cortos, divertidos e inteligentes cuentos, que se siguen leyendo cientos de años más tarde.

Texto adaptado. La comadre de Bath

En los viejos tiempos del rey Arturo, cuya fama todavía pervive entre los naturales de Gran Bretaña, todo el reino andaba lleno de grupos de hadas. La reina de los Elfos y su alegre cortejo danzaba frecuentemente por los prados verdes. Según he leído, ésta es la vieja creencia; hablo de hace muchos centenares de años; pero ahora ya no se ven hadas, pues actualmente las oraciones y la rebosante caridad cristiana de los buenos frailes llenan todos los rincones y recovecos del país como las motas de polvo centellean en un rayo de sol, bendiciendo salones, aposentos, cocinas y dormitorios; ciudades, burgos, castillos, torres y pueblos; graneros, alquerías y establos; esto ha ocasionado la desaparición de las hadas. En los lugares que frecuentaban los elfos, ahora andan los frailes mañana y tarde, musitando sus maitines y santos oficios mientras rondan por el distrito. Por lo que, actualmente, las mujeres pueden pasear tranquilamente junto a arbustos y árboles; un fraile es al único sátiro que encuentran, y todo lo que éste hace es quitarles la honra.

Pues bien, sucedió que en la corte del rey Arturo había un caballero joven y alegre. Un día que, montado en su caballo, se dirigía a su casa después de haber estado dedicándose a la cetrería junto al río, se topó casualmente con una doncella que iba sin compañía y, a pesar de que ella se defendió como pudo, le arrebató la doncellez a viva fuerza.

Esta violación causó un gran revuelo. Hubo muchas peticiones de justicia al rey Arturo, hasta que, por el curso de la ley, el caballero en cuestión fue condenado a muerte. Y hubiese sido decapitado (tal era, al parecer, la ley en aquellos tiempos) si la reina y muchas otras damas no hubieran estado importunando al rey solicitando su gracia, hasta que al fin él le perdonó la vida y lo puso a merced de la reina para que fuese ella a su libre albedrío la que decidiese si debía ser ejecutado o perdonado.

La reina expresó al rey su profundo agradecimiento y, al cabo de uno o dos días, encontró la oportunidad de hablar con el caballero, al que dijo:

-Os encontráis todavía en una situación muy difícil, pues vuestra vida no está aún a salvo; pero os concederé la vida si me decís qué es lo que las mujeres desean con mayor vehemencia. Pero, ¡ojo! tened mucho cuidado; procurad salvar vuestra cerviz del acero del hacha. No obstante, si no podéis dar la respuesta inmediatamente, os permitiré ausentaros durante un año y un día para encontrar una solución satisfactoria a este problema. Antes de que os pongáis en marcha, debo tener la certeza de que os presentaréis voluntariamente a este tribunal.

El caballero estaba triste y suspiró con mucha pena; sin embargo, no tenía otra alternativa. Al fin decidió partir y regresar al cabo de un año con cualquier respuesta que Dios quisiese proporcionarle. Por lo que se despidió y púsose en marcha.

Visitó todas las casas y lugares en los que pensaba que tendría la suerte de averiguar qué cosa es la que las mujeres ansían más, pero en ningún país encontró a dos personas que se pusiesen de acuerdo sobre el asunto. Algunos decían que lo que más quieren las mujeres es la riqueza; otros, la honra; otros, el pasarlo bien; otros, los ricos atavíos; otros, que lo que preferirían eran los placeres de la cama y enviudar y volver a casarse con frecuencia. Algunos decían que nuestros corazones se sienten más felices cuando se nos consiente y lisonjea, lo que tengo que admitir está muy cerca de la verdad. La lisonja es el mejor método con que un hombre puede conquistarnos; mediante atenciones y piropos, todas nosotras caemos en la trampa. Pero algunos afirmaban que lo que nos gusta más es ser libres y hacer nuestro antojo y no tener a nadie que critique nuestros defectos, que nos recreen los oídos diciendo que somos sensatas y nada tontas; pues, a decir verdad, no hay ninguna de nosotras que no diese coces si alguien le hiriese en un sitio doloroso. Si no, probad y lo veréis; por malas que seamos por dentro, siempre queremos que se piense de nosotras que somos virtuosas y juiciosas. No obstante, otros opinan que nos gusta muchísimo ser consideradas discretas, fiables y firmes de propósitos, incapaces de traicionar nada de lo que se nos diga. Pero yo encuentro que esta idea no vale un comino.

¡Por el amor de Dios! Nosotras las mujeres somos incapaces de guardar nada en secreto. Ved, por ejemplo, el caso de Midas. ¿Os gustaría oír la historia? Ovidio, entre otras minucias, dice que Midas tenía ocultas bajo su largo pelo dos orejas de asno que le crecían de la cabeza. Un defecto que él ocultaba cuidadosamente lo mejor que podía; solamente su esposa lo conocía. Él la idolatraba y también le tenía gran confianza. Le rogó que no contase a ningún ser vivo que tenía dicho defecto. Ella juró y perjuró que, por todo el oro del mundo, no le haría aquel flaco favor ni le causaría daño, para no empañar su buen nombre. Aunque fuese por propia vergüenza, no lo divulgaría. A pesar de ello creyó morir si guardaba este secreto tanto tiempo; le pareció que crecía y se hinchaba dentro de su corazón hasta tal punto que no pudo más de dolor y tuvo la sensación de que debía hablar o estallaría. Pero, sin embargo, como no se atrevía a decirlo a nadie, se aproximó a una marisma cercana -su corazón lleno de fuego hasta que llegó allí- y puso sus labios sobre la superficie del agua como un ave que se solazaba en el barro: «Agua, no me traiciones con tu rumor -dijo ella-. Te lo digo yo a ti y sólo a ti: mi marido tiene dos largas orejas de asno. Ahora ya lo he soltado, no podía callármelo por más tiempo, ya lo creo.» Si queréis oír el resto del cuento, leed a Ovidio; todo lo hallaréis allí.

Pero regresemos al caballero de mi historia. Cuando se dio cuenta de que no podía descubrirlo -quiero decir lo que las mujeres queremos por encima de todo-, sintió una gran pesadumbre en el corazón, pero no podía esperar más. Había llegado el día en que debía regresar al hogar. Mientras iba cabalgando lleno de tristeza pasó junto a un bosque y vio a veinticuatro damas o más, que bailaban; se acercó por curiosidad esperando aumentar su sabiduría. Pero antes de llegar hasta donde estaban, por arte de birlibirloque, desaparecieron, sin que él tuviese la menor idea de hacia dónde habían ido. Excepto una sola anciana que estaba allí sentada sobre el césped, no divisaba a un solo ser viviente.

La anciana, que era la persona más fea que uno pueda imaginar, se levantó del suelo al acercársele el caballero y le dijo:

-Señor, no hay camino que siga desde aquí. Decidme lo que buscáis; será probablemente lo mejor; nosotros las ancianas sabemos un montón de cosas.

-Buena mujer -replicó el caballero-, puedo darme por muerto si no logro poder decir qué es lo que las mujeres desean más. Si me lo podéis decir, os recompensaré con largueza.

-Poned vuestra mano en la mía y dadme vuestra palabra de que haréis la primera cosa que os pida si está en vuestra mano -dijo ella-, y antes de que caiga la noche os diré de qué se trata.

-De acuerdo -dijo el caballero-. Tenéis mi palabra. -Entonces -dijo ella- me atrevo a asegurar que habéis salvado la vida, pues apuesto que la reina dirá lo mismo que yo. Mostradme a la más orgullosa de ellas, aunque lleve el tocado más valioso, y veremos si se atreve a negar lo que os diré. Ahora partamos y dejémonos de charlas. Entonces ella le susurró su mensaje al oído, diciéndole que se animase y no tuviera más miedo.

Cuando llegaron a la corte, el caballero anunció que, de acuerdo con lo prometido, había regresado puntualmente y estaba dispuesto a dar su respuesta. Más de una noble matrona, más de una doncella, y muchas viudas también (puesto que tienen mucha sabiduría), se reunieron a escuchar su respuesta, con la mismísima reina sentada en el trono del juez. Entonces hizo llamar al caballero a su presencia.

Se mandó que todos callasen mientras el caballero explicaba en pública audiencia qué es lo que más desean las mujeres en este mundo. El caballero, lejos de quedarse callado como un muerto, dio su respuesta enseguida. Habló con voz sonora para que todos pudiesen oírle.

-Mi soberana y señora -empezó-, en general las mujeres desean ejercer autoridad tanto sobre sus esposos como sobre sus amantes y tener poder sobre ellos. Aunque con ello respondo con mi vida, éste es su mayor deseo.

Ni una sola matrona, doncella o viuda en todo el tribunal contradijo tal afirmación. Todas declararon que merecía conservar la vida.

En aquel momento la anciana, que estaba sentada en el césped, se puso en pie y exclamó:

-¡Gracias, soberana señora! Ved que se me haga justicia antes de que este tribunal se disuelva.

Yo di la respuesta al caballero, a cambio de lo cual él empeñó su palabra de que realizaría la primera cosa que pudiera que estuviese en su poder hacer. Por consiguiente, señor caballero, os lo ruego ante todo este tribunal: tomadme por esposa, pues sabéis muy bien que os he librado de la muerte. Si lo que afirmo es falso, negadlo bajo juramento.

-¡Ay de mí! -repuso el caballero-. Sé muy bien que hice esta promesa. Por el amor de Dios, pedidme otra cosa: tomad todos mis bienes, pero dejadme mi cuerpo.

-De ninguna manera -dijo ella-. ¡Que caiga una maldición sobre nosotros dos si renuncio! Vieja, pobre y fea como soy, no quiero nada que no sea ser tu esposa y también tu amante.

-¡Mi amante! -exclamó él-. Tú lo que quieres es mi perdición. ¡Hay que ver! Que uno de mi estirpe tenga que contraer tan vil alianza.

No hubo nada que hacer. Al final él se vio obligado a aceptar el casarse con ella y llevar a la anciana a su lecho. Me preguntaréis, ¿qué preparaciones y regocijo hubo en la boda? No hubo festejo de boda alguno, nada, excepto tristeza y desánimo. A la mañana siguiente él la desposó en secreto y se ocultó como una lechuza durante el resto del día. ¡Se sentía tan desgraciado!

El caballero sufrió mucha angustia cuando su mujer le arrastró a la cama. Él se volvió y revolvió, mientras su anciana esposa le miraba sonriendo acostada. Entonces ella dijo:

-¡Bendícenos, querido marido! ¿.Todos los caballeros se comportan así con su esposa? ¿Es ésta la costumbre en la corte del rey Arturo? ¿Todos sus caballeros son tan poco complacientes? Soy tu esposa y también tu enamorada: la que te salvó la vida. Verdaderamente, hasta ahora, no me he portado mal contigo. Por consiguiente: ¿por qué te comportas así conmigo en nuestra primera noche? Te portas como un hombre que ha perdido el seso. ¿Qué es lo que he hecho mal? ¡Por el amor de Dios! ¡Dímelo y lo arreglaré si puedo!

-¿Arreglarlo? -exclamó el caballero–. ¡Ay de mí! Eso nunca, nunca se podrá arreglar. Eres horrorosa, vieja y, además, de baja estirpe. No debe maravillarte que me vuelva y me revuelva. ¡Ojalá quisiera Dios que mi corazón reventase!

-Pues bien, señor -repuso ella-. Yo podría arreglar eso en menos de tres días si me lo propusiese, con tal que te portases bien conmigo.

Pero antes quisiera responder a vuestros reproches. Decís que soy de baja estirpe, pero yo os digo que la nobleza no depende de las posesiones. La nobleza no es más que la fama de vuestros antepasados; ellos la ganaron por su bondad, lo que no tiene nada que ver contigo. El que quiera ser respetado por su rango -por haber nacido en el seno de una familia noble con dignos y virtuosos antepasados- no es noble, aunque sea duque o conde, si él personalmente no realiza actos nobles. Por ello, querido esposo, termino diciendo que aunque mis antepasados hayan sido de humilde cuna, Dios Todopoderoso me concederá la gracia de vivir virtuosamente. Solamente cuando empiezo a huir del mal y vivir en la virtud, soy noble.

En cuanto a la pobreza que me reprocháis, el Señor que está en las alturas (y en quien creemos) eligió voluntariamente vivir una vida de pobreza. La pobreza es honorable cuando se acepta animosamente, como Séneca y otros hombres sabios os contarán. El que está contento con su pobreza, le tengo por rico aunque ande descamisado. El que envidia a los demás es un hombre pobre, porque quiere lo que no puede poseer; pero el que no tiene nada ni ambiciona nada, es rico, aunque podáis pensar que no es más que un campesino. «Cuando un hombre pobre sale de viaje, se puede reír de los ladrones.»

Luego, señor, me echáis en cara el ser vieja. Pero, los caballeros honorables como vos decís que la gente debe respetar al anciano y le llamáis “señor” en señal de buenos modales. Además decís que soy fea, pero gracias a eso no tenéis miedo de que os haga cornudo, pues, como que vivo y respiro, la suciedad y edad avanzada son los mejores guardianes de la castidad. Pero sé qué es lo que os deleita y satisface vuestros más torpes apetitos.

Y la anciana esposa concluyó con esta petición: Ahora, elegid. Escoged una de estas dos cosas: o me tendréis vieja y fea por el resto de mi vida, pero fiel y obediente esposa; o bien me tendréis joven y hermosa, y habréis de exponeros a que todos los hombres vengan a vuestra casa por mí, o quizá a algún otro lugar. La selección es vuestra, sea cual sea la que elijáis.

El caballero se lo pensó largamente. Al fin, dio la respuesta:

-Mi señora, queridísima esposa y amor mío. Me confío a vuestra sabia experiencia; haced vos misma lo que creáis que sea más agradable y honroso para los dos. No me importa la elección que hagáis, pues la que os guste me satisfará a mí también.

-Entonces he ganado el dominio sobre vos, dijo ella-, ya que puedo escoger y gobernar a mi antojo. ¿No es así?

-Claro que sí -replicó él-. Creo que es lo mejor.

-Bésame -contestó ella-; no volveremos a pelear, pues por mi honor os aseguro que seré las dos, quiero decir que seré hermosa y también buena. Pido a Dios que me envíe locura y muerte si no soy una esposa buena y fiel como jamás se ha visto desde que el mundo es mundo. Y además, si no soy más bella que cualquier señora, reina o emperatriz entre Oriente y Occidente, entonces disponed de mi vida como os plazca. Levantad la cortina y contemplad.

Y el caballero vio que era tan joven como encantadora, la tomó entre sus brazos embargado de alegría e inundado por un océano de felicidad. La besó más de mil veces de un tirón y ella le obedeció en todo lo que le podía producir deleite o proporcionarle placer.

Y así vivieron alegres y felices por el resto de sus vidas. Que Jesucristo os envíe maridos obedientes, jóvenes y animosos en la cama y que nos conceda la gracia de sobrevivir a aquellos con los que nos casemos. También ruego a Jesús que acorte los días de aquellos que no quieren ser gobernados por sus esposas; y en cuanto a los esperpentos viejos, gruñones y tacaños, ¡que Dios les confunda!.

Historia de las tres manzanas

Presentación

Historia de las tres manzanas (siglos VIII al XIV)

Las mil y una noches es una colección de cuentos soportada por un argumento a la vez ingenioso y dramático. El poderoso rey Shariyar, traicionado por una esposa infiel, decide ajusticiar cada noche a la doncella que ha tomado por esposa, para evitar ser burlado de nuevo. Ante tan cruel castigo la bella Scherezade se ofrece como esposa al rey, si bien al llegar la noche comienza a contarle una apasionante historia que no acaba cuando les rinde el sueño y ha de continuar la noche siguiente. Así comienza la larga serie de relatos de la bella Scherezade; si llegase una noche en que a Scherezade se le agotase su imaginación su vida correría peligro.

La «Historia de las tres manzanas», dentro de esta amplia variedad de historias, es un relato a la vez sencillo y sorprendente. En apenas cuatro páginas descubrimos cuán compleja y engañosa puede ser la realidad que creemos captar con nuestros sentidos.

Nota bibliográfica sobre Las mil y una noches (siglos VIII al XIV)

Las mil y una noches es una amplia colección de cuentos anónimos, de remotos y variados orígenes —indopersas, musulmanes, iraquíes y egipcios—, transmitidos por vía oral («literatura tradicional»). Escritos a lo largo de los siglos VIII al XV, aunque su valor literario es muy desigual, resultan fascinantes por su alarde imaginativo.

Desde su publicación en occidente en el siglo XVIII han mantenido una notable popularidad.

Texto adaptado. Historia de las tres manzanas

Decimoctava noche

Scherezade dijo:

Una noche entre las noches, el califa Harún Al-Rachid dijo a su lugarteniente y visir Jafar: “Quiero que recorramos la ciudad, para enterarnos de lo que hacen los gobernadores y las autoridades. Estoy resuelto a destituir a aquellos de quienes me den quejas”. Y Jafar respondió: “Escucho y obedezco”.

Y el califa, y Jafar, y Masrur el porta-alfanje salieron disfrazados por las calles de Bagdad; y he aquí que en una calleja vieron a un anciano decrépito que en la cabeza llevaba una canasta y una red de pescar y en la mano un palo, y andaba pausadamente, canturreando estas estrofas:

¡Nada, en efecto, hay más desolador que el pobre, el estado del pobre y el pan y la vida del pobre!

¡En verano, se le agotan las fuerzas! ¡En invierno, no dispone de abrigo!

¡Si se para, le acosarán los perros para que se aleje! ¡Cuán mísero es! ¡Ved cómo para él son todas las ofensas y todas las burlas! ¿Quién es más desdichado?

Al oír estos versos tan tristes, el califa dijo a Jafar: “Los versos y el aspecto de este pobre hombre indican una gran miseria”. Después se aproximó al viejo, y le dijo: “¡Oh jeque! ¿cuál es tu oficio?” Y él respondió: “¡Oh señor mío! Soy pescador. ¡Y muy pobre! ¡Y con familia! Y desde el mediodía estoy fuera de casa trabajando, y ¡Al ah no me concedió aún el pan que ha de alimentar a mis hijos! Estoy, pues, cansado de mi persona y de la vida, y no anhelo más que morir”.

Entonces el califa le dijo: “¿Quieres venir con nosotros hasta el río, y echar la red en mi nombre, para ver qué tal suerte tengo? Lo que saques del agua te lo compraré y te daré por ello cien dinares”. Y el pescador volvió con ellos hacia el Tigris y arrojó la red. Cuando la sacó, en la red había un cajón que estaba cerrado y que pesaba mucho. Intentó levantarlo el califa y lo encontró también muy pesado. Pero se apresuró a entregar los cien dinares al pescador, que se alejó muy contento.

Entonces Jafar y Massrur cargaron con el cajón y lo llevaron al palacio. Al abrirlo hallaron una enorme banasta de hojas de palmera cosidas con lana roja. Cortaron el cosido y en la banasta había un tapiz; apartaron el tapiz y encontraron debajo un gran velo blanco de mujer; levantaron el velo y apareció, blanca como la plata virgen, una joven muerta y despedazada.

Ante aquel espectáculo, las lágrimas corrieron por las mejillas del califa, y después, muy enfurecido, encarándose con Jafar, exclamó: “¡Oh perro visir! ¡Ya ves cómo, durante mi reinado, se asesina a las gentes y se arroja a las víctimas al agua! Por Al ah que he de encontrar al asesino, y no descansaré hasta que lo castigue. En cuanto a ti, si no me presentas al asesino de esta mujer mandaré que te crucifiquen a la puerta de mi palacio, en compañía de cuarenta de tus primos los Baramka!” El califa estaba lleno de cólera y Jafar pidió: “Concédeme un plazo de tres días”.

Entonces Jafar salió del palacio, muy afligido, y anduvo por la ciudad sin saber qué hacer. Al cuarto día el califa le mandó llamar. Y cuando se presentó sin ninguna respuesta el califa se enfureció mucho y ordenó que crucificasen a Jafar a la puerta de palacio, encargando a los pregoneros que lo anunciasen por la ciudad y sus alrededores de esta manera: “Quien desee asistir a la crucifixión de Jafar Al-Barmaki, visir del califato, y a la de cuarenta Baramka, parientes suyos, vengan a la puerta de palacio para presenciarlo”.

Y todos los habitantes de Bagdad afluían por las calles para presenciar la crucifixión de Jafar y sus primos, sin que nadie supiese la causa; y todo el mundo se condolía y se lamentaba de aquel castigo, pues el visir y los Baramka eran muy apreciados por su generosidad y sus buenas obras.

Cuando se hubo levantado el patíbulo, llevaron al pie de él a los sentenciados y se aguardó la venia del califa para la ejecución. De pronto, mientras lloraba la gente, un apuesto y bien portado joven atravesó con rapidez la muchedumbre, y llegando ante Jafar, le dijo: “¡Que te liberten, oh dueño y señor de los señores más altos, asilo de los menesterosos! Yo fui quien asesinó a la joven despedazada y la metí en la caja que pescásteis en el Tigris. ¡Mátame, pues, y toma la represalia conmigo!». Mientras Jafar le pedía explicaciones más detalladas, de súbito, un anciano venerable salió de entre la gente, se acercó a Jafar y al joven, les saludó y les dijo: “¡Oh visir! no hagas caso de las palabras de este mozo, pues yo soy el único asesino de la joven, y en mí solo tienes que vengarla”. Pero el joven repuso: “¡Oh visir! este viejo jeque no sabe lo que se dice. Te repito que yo soy quien la mató”. Entonces el jeque exclamó: “¡Oh hijo mío! todavía eres joven y debes vivir; pero yo, que soy viejo y, estoy cansado del mundo, te serviré de rescate a ti, al visir y a sus primos. Repito que el asesino soy yo, y conmigo se debe usar de represalias”.

Entonces, Jafar, con el consentimiento del capitán de la guardia, se llevó al joven y al anciano ante el califa. Y le dijo: “¡Oh Emir de los Creyentes! aquí tienes al asesino de la joven”. Y el califa preguntó: “¿dónde está?” y Jafar dijo: “Este joven afirma que es el asesino, pero este anciano lo desmiente y asegura que el asesino es él”. Entonces el califa contempló al jeque y al mozo, y les dijo: “¿Cuál de vosotros. dos ha matado a la joven?” Y el mancebo respondió: “¡Fui yo!” Y el jeque dijo: “¡No; fui yo solo!” El califa, sin preguntar más, dijo a Jafar: “Llévate a los dos y crucifícalos”. Y entonces el joven exclamó: “¡Juro por Al ah que soy el único que asesino a la joven! Oíd las pruebas”. Y describió los detalles del cajón encontrado, conocidos sólo por el califa, Jafar y. Massrur. Y con esto el califa se convenció de la culpabilidad del joven, y en el límite del asombro, le dijo: “¿Y por qué has cometido esa muerte? ¿Por qué la confiesas antes de que te obliguen a hacerlo a palos? ¿Por qué pides de este modo el castigo?”

Entonces el mancebo contó esta sorprendente historia:

Sabe, ¡oh Príncipe de los Creyentes! que esa joven era mi esposa, hija de este jeque, que es mi suegro. Me casé siendo ella todavía virgen, y Al ah me ha concedido tres hijos varones. Y mi mujer me amó y me sirvió siempre, sin que tuviese yo que motejarla nada reprensible. Hace dos meses cayó gravemente enferma y una vez curada cuando salía para mi trabajo me dijo: “Desearía satisfacer un antojo. Tengo ganas de una manzana para olerla y darle un bocado.” Recorrí todas las fruterías, pero en ninguna había manzanas. Al día siguiente salí de nuevo y recorrí todos los huertos, uno por uno, y árbol por árbol, sin hallar nada. Un jardinero me dijo: “¡Oh hijo mío! Es una cosa difícil de encontrar, porque ahora no las hay en ninguna parte cómo no sea en Basora; en el huerto del Comendador de los Creyentes. Y aun allí no te será fácil conseguirlas; pues el jardinero las reserva cuidadosamente para uso del califa”. Y salí, y empleé quince días completos, noche y día, para ir a Basora, y regresar favorecido por la suerte, pues volví al lado de mi esposa con tres manzanas compradas al jardinero del huerto de Basora por tres dinares. Entré, pues, muy contento, y se las ofrecí a mi esposa, pero al verlas ni dio muestras de alegría ni las probó, dejándolas, indiferente, a un lado. Durante mi ausencia la calentura se había vuelto a cebar en mi mujer que estuvo enferma diez días más, durante los cuales no me separé de ella un momento. Pero gracias a Al ah recobró la salud, y entonces pude salir y marchar a mi tienda. Estaba yo sentado a la puerta de mi tienda, cuando pasó por allí un negro, que llevaba en la mano una manzana. Y le dije: “¡Eh, buen amigo! ¿de dónde has sacado esa manzana?” Y el negro, riendo, me contestó: “Me la ha regalado mi amante. He ido a su casa, después de algún tiempo que no la había visto, y la he encontrado enferma, y tenía al lado tres manzanas, y me ha dicho: “¡Oh querido mío! el pobre cornudo de mi esposo ha ido a Basosra expresamente a comprármelas, y le han costado tres dinares de oro.” Y me dio ésta que llevo en la mano.

Al oír tales palabras mis ojos vieron que el mundo se oscurecía; cerré la tienda a toda prisa y entré en mi casa, después de haber perdido en el camino toda la razón. Dirigí una mirada al lecho, y efectivamente, la tercera manzana no estaba ya allí. Y pregunté a mi esposa: “¿En dónde está la otra manzana?” Y me contestó: “No sé que ha sido de ella.” Esto era una comprobación de las palabras del negro. Me abalancé sobre ella y apoyando en su vientre mis rodillas, la cosí a cuchilladas. Después le corté la cabeza y los miembros, lo metí todo apresuradamente en la banasta, cubriéndolo con el velo y el tapiz, guardándolo en un cajón, que clavé yo mismo. Cargué el cajón en mi mula y lo arrojé al Tigris. Por eso, ¡oh Emir de las Creyentes! te suplico que apresures mi muerte, en castigo a mi crimen, pues me aterra tener que dar cuenta de él el día de la Resurrección.

Cuando volví a casa encontré a mi hijo mayor llorando, y aunque estaba seguro de que ignoraba la muerte de su madre, le pregunté: “¿Por qué lloras?” Y me contestó: “Porque he cogido una de las manzanas que tenía mi madre, y al bajar a jugar con mis hermanos, en la calle, ha pasado un negro muy grande y me la quitó, diciendo: “¿De dónde has sacado esta manzana?” Y le contesté: “Es de mi padre, que se la trajo a mi madre con otras dos, compradas por tres dinares en Basora. Porque mi madre está enferma.” Y a pesar de ello, el negro no me la devolvió sino que me dio un golpe y se fue con ella. ¡Y ahora tengo miedo de que la madre me pegue por lo de la manzana!”

Al oír estas palabras del niño, comprendí que el negro había mentido y, por tanto, ¡que yo había matado a mi esposa injustamente! Empecé a derramar abundantes lágrimas, y entró mi suegro, el venerable jeque que está aquí conmigo. Le conté la triste historia y no cesamos de llorar juntos hasta media noche. E hicimos que duraran cinco días las ceremonias fúnebres. Y aun hoy seguimos lamentando esa muerte. Así, pues, te conjuro ¡oh Emir de los Creyentes! por la memoria sagrada de tus antepasados, a que apresures mi suplicio y vengues en mi persona aquella muerte.”

Entonces el califa, profundamente maravillado, exclamó: “¡Por Al ah que no he de matar más que a ese negro pérfido!…”.

En este momento de su narración, Scherezade vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Cuando llegó la decimonovena noche

Scherezade continuó su relato:

El califa juró que no mataría mas que al negro, puesto que el joven tenía una disculpa. Volviéndose hacia Jafar, le dijo: “¡Trae a mi presencia al pérfido negro que ha sido la causa de esta muerte! Y si no puedes dar con él, perecerás en su lugar.”

Jafar salió llorando, y diciéndose: “¿Dónde lo podré hallar para traerlo a su presencia? Si es extraordinario que no se rompa un cántaro al caer, no lo ha sido menos el que yo haya podido escapar de la muerte. Pero ¿y ahora?… ¡Indudablemente, Al ah, que me ha salvado la primera vez, me salvará, si quiere, la segunda! Así, pues, me encerraré en mi casa los tres días del plazo. Porque ¿para qué voy a emprender pesquisas inútiles? ¡Confío en la voluntad del Altísimo!”

Y en efecto, Jafar no se movió de su casa en los tres días del plazo. Y al cuarto día mandó llamar al cadí, e hizo testamento ante él, y se despidió de sus hijos llorando. Después llegó el enviado del califa, para decirle que el sultán seguía dispuesto a matarle si no parecía el negro. Y Jafar lloró más todavía, y sus hijos con él. Después quiso besar por última vez a la mas pequeña de sus hijas, que era la preferida entre todas, y la apretó contra su pecho, derramando, muchas lágrimas por tener que separarse de ella. Pero al estrecharla contra él, notó algo redondo en el bolsillo de la niña, y le preguntó: “¿Qué llevas ahí?” Y la niña contestó: “¡Oh padre! una manzana. Me la dio nuestro negro Rihán hace cuatro días. Pero para que me la diese tuve que pagar a Rihán dos dinares.”

Al oír las palabras “negro” y “manzana”, Jafar sintió un gran júbilo, y exclamó: “¡Oh Al ah, Libertador!” Y en seguida mandó llamar al negro Rihán y le dijo: “¿De dónde has sacado esta manzana’,” Y contestó el negro: “¡Oh mi señor! hace cinco días que, andando por la ciudad, entré en una calleja, y vi jugar a unos niños, uno de los cuales tenía esa manzana en la mano. Se la quité y siguió llorando. Pero yo, sin hacer caso de sus lágrimas, vine con la manzana a casa, y se la he dado por dos dinares a mi ama más pequeña.”

Y Jafar se asombró de este relato viendo sobrevenir tantas peripecias y la muerte de una mujer por culpa de su negro Rihán. Por tanto, dispuso que lo encerrasen en un calabozo. Luego lo llevó ante el califa, a quien contó la historia. Y el califa Harún Al-Rachid se maravilló tanto, que dispuso se escribiese tal historia en los anales para que sirviera de lección a los humanos.

Entonces Jafar dijo al califa: “No tienes para qué maravillarte tanto de esa historia, ¡oh Comendador de los Creyentes! pues no puede igualarse a la del visir Nureddín y su hermano Chamseddin.” Y el califa exclamó: “¿Y qué historia es esa, más asombrosa que la que acabamos de oír?” Y Jafar dijo: “¡Oh Príncipe de los Creyentes! no te la contaré sino a cambio de que perdones su irreflexión a mi negro Rihán.” Y el califa respondió: “¡Así sea! Te hago gracia de su sangre.”

De esta forma se preparó al califa para  la noche siguiente, con la historia del visir Nuredín y de su hermano el visir Chamseddin.