El Reincidente

Presentación

El Reincidente (1978)

En este relato singular, Rafael Sánchez Ferlosio nos hace revivir la emotiva desdicha de quien ha nacido para la desdicha. Como el escritor ha dicho en alguna parte: «el guapo parte siempre con crédito de bueno; inversamente, el feo levanta el cierre de la tienda ya debiendo al fisco de la opinión pública las pruebas de bondad que con su sola apariencia de maldad ha defraudado».

Si en todas las épocas la imagen ha precedido a la persona – quién no recuerda a Quasimodo o a Don Juan – hoy, en plena civilización de la imagen, cabe preguntarse: ¿alguna vez seremos capaces de escapar a la losa del estereotipo guapo-bueno y feo-malo?.

Nota biográfica sobre Rafael Sánchez Ferlosio (1927-)

Ferlosio (Roma, 1927) es un escritor español -novelista, ensayista y lingüista- perteneciente a la denominada generación de los años 50, “los niños de la guerra”. Premio Cervantes 2004 y Nacional de las Letras 2009, su fama se debe principalmente a sus novelas El Jarama e Industrias y andanzas de Alfanhuí.

Hijo del escritor – e ideólogo del falangismo- Rafael Sánchez Mazas y de la italiana Liliana Ferlosio, nació en Roma en 1927, estudió en los jesuitas y se doctoró en filología en la Complutense de Madrid. En 1953 casó con la escritora Carmen Martín Gaite de la que se separó amistosamente en 1970; la hija de ambos, Marta, falleció en 1985, a la edad de 29 años.

Ha sido miembro del Círculo Lingüístico de Madrid, junto a Agustín García Calvo y fundador y colaborador de la Revista Española, junto a autores como Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos, la propia Martín Gaite y Alfonso Sastre, con los que compartía una poética con influencias del neorrealismo italiano.

Recientemente se ha publicado su antología Campo de retamas.

Una visión políticamente incorrecta de la naturaleza y de la sociedad y una forma generosa, primitiva, casi animal, de entender la compasión humana hacen de la obra de Ferlosio un ejemplo rabiosamente singular e independiente.

Texto adaptado. El reincidente (1978)

El lobo, viejo, desdentado, cano, despeluchado, desmedrado, enfermo, cansado un día de vivir y de hambrear, sintió llegada para él la hora de reclinar finalmente la cabeza en el regazo del Creador. Noche y día caminó por cada vez más extraviados andurriales, cada vez más arriscadas serranías, más empinadas y vertiginosas cuestas, hasta llegar al blanco silencio de la Cumbre Eterna. Allí, alzó los ojos -nublada la visión por lágrimas mezcladas de autoconmiseración y gratitud- y entrevió las doradas puertas de la Bienaventuranza, oyendo la penetrante voz del oficial de guardia:

«¿Cómo te atreves siquiera a aproximarte a estas puertas sacrosantas, con las fauces aún ensangrentadas por tus últimas cruentas comilonas, asesino?»

Ante tal recibimiento, abrumado de insoportable pesadumbre, volvió el lobo la grupa y, desandando el camino que con tan largo esfuerzo le había traído, se reintegró a su tierra. En adelante se guardó muy bien, no ya de degollar ovejas ni corderos, que eso la pérdida de los colmillos hacía ya tiempo se lo tenía impedido, sino incluso de repasar carroñas o mondar osamentas. Ahora, resuelto a abstenerse de tocar cosa alguna que de lejos tuviese algo que ver con carnes, se convirtió en merodeador de aldeas y caseríos, descuidero de hatos y meriendas. Las muelas que conservaba todavía le permitían roer el pan; pan de panes recientes cuando había suerte, pan duro de mendrugos casi siempre.

Viviendo y hambreando permaneció, pues, en su monte natal otro turno entero de inviernos y veranos, hasta que, doblemente extenuado y deseoso de descanso, de nuevo le pareció llegado el día de merecer reclinar finalmente la cabeza en el regazo del Creador. Si la ascensión hasta la Cumbre Eterna había sido ya amarga la primera vez, cuánto más no se le habría vuelto ahora, aunque –pensaba- la disminución de su vigor físico iba siendo compensada por su aumento del ansia de descanso y bienaventuranza. El caso es que de nuevo llegó a alcanzar la Cumbre Eterna; con mirada insegura, casi no había llegado a vislumbrar las puertas de la Bienaventuranza cuando sonó la voz del querubín de guardia:

«¿Así es que aquí estás tú otra vez, tratando de ofender, con tu sola presencia ante estas puertas, la dignidad de quienes por sus merecimientos se han hecho acreedores a franquearlas y gozar de la Eterna Bienaventuranza? ¿A tanto vuelves a atreverte tú? ¡Tú, antes asesino, ahora ladrón de tahonas, merodeador de despensas, salteador de alacenas! ¡Vete! ¡Escúrrete de aquí, tal como siempre, has demostrado que sabes escurrirte, sin que te arredren cepos ni barreras ni perros ni escopetas!»

La desolación, la amargura, el abandono, la miseria, el hambre, la flaqueza, la enfermedad, la roña, siguieron por otros más largos y más desventurados años. Aun así, el lobo siguió viviendo. Apenas osaba ya despuntar con las encías sin dientes el rizado festón de las lechugas, o limpiar con la punta de la lengua la almibarada gota que pendía del culo de los higos en la rama, o relamer, en fin, una por una, las manchas circulares dejadas por los quesos en las tablas de los anaqueles del almacén vacío. Pisaba sin pisar, como pisa una sombra, pues tan liviano lo había vuelto la flaqueza, que ya nada podía morir bajo su planta por la sola presión de la pisada. Y al cabo volvió a cumplirse un nuevo y prolongado turno de años y, como era tal vez inevitable, amaneció por tercera vez el día en que el lobo consideró llegada para él la hora de reclinar finalmente la cabeza en el regazo del Creador.

Partió invisible como una sombra, y era, en efecto, de color de sombra, salvo en las pocas partes en las que la roña no le había hecho caer el pelo; donde lo conservaba, le relucía enteramente cano. Ya en los dos primeros viajes la ascensión a la Cumbre Eterna había sido excesiva para un lobo anciano; esta tercera vez, sobre aquella primera y natural vejez del primer viaje, había echado encima una segunda y aun una tercera ancianidad; aunque logró llegar con sobrehumano esfuerzo. Pisando mansa, dulce, humildemente, ya sólo a tientas reconoció las puertas de la Bienaventuranza; apoyó el esternón en el umbral, dobló y bajó las ancas, adelantó las manos, dejándolas iguales y paralelas ante el pecho, y reposó finalmente sobre ellas la cabeza. Al punto, tal como sospechaba, oyó la metálica voz del querubín de guardia y las palabras que había temido oír:

«Bien, tú has querido, con tu obstinación, que hayamos llegado a una situación que bien podría y debería haberse evitado, para ambos igualmente indeseable. Bien lo sabías o lo adivinabas la primera vez; mejor lo supiste y hasta corroboraste la segunda; ¡y a despecho de todo te has empeñado en volver una tercera!. ¡Sea, pues! ¡Tú lo has querido! Te irás como las otras veces, pero esta vez no volverás jamás. Ya no es por asesino. Tampoco es por ladrón. Ahora es ¡por lobo!»

Berenice

Presentación

Berenice (1835)

Del casi centenar de relatos cortos de Edgar Allan Poe, se dice que Berenice fue uno de los primeros y ya tiene toda la eficacia de los mejores: el horror se instala aquí en unas pocas páginas impecables, una de cuyas primeras traducciones al francés se debe a Baudelaire.

Veamos unas líneas del relato:

…La frente era alta, muy pálida, singularmente plácida; y el que en un tiempo fuera cabello negro como el azabache caía sobre ella sombreando las hundidas sienes con innumerables rizos, aunque ahora eran de un rubio reluciente, con un matiz festivo, en contraste completo con la melancolía dominante de su rostro. Sus ojos no tenían vida ni brillo y parecían sin pupilas. Esquivé involuntariamente su mirada vidriosa para contemplar los labios, finos y contraídos. Se entreabrieron, y en una extraña sonrisa los dientes de la cambiada Berenice aparecieron lentamente ante mis ojos.

¡Ojalá nunca hubiera visto aquellos dientes o, después de verlos, hubiese muerto! 

Nota biográfica sobre Edgar Allan Poe (1809-1849)

La vida de Poe fue tan atormentada como corta. Nacido en Boston y huérfano tempranamente, fue criado por parientes. En 1835, contrajo matrimonio con su prima, de trece años de edad, que murió de tuberculosis dos años más tarde. Poe murió en 1849 en Baltimore, con apenas cuarenta años. Su muerte se atribuyó al alcohol, congestión cerebral, cólera, drogas, fallo cardíaco, rabia, suicidio, tuberculosis u otras causas.

Su obra es generalmente apreciada y su papel como primer creador del cuento moderno, especialmente de fantasía y de terror, es universalmente reconocido. Si bien, algunos especialistas han resaltado el carácter excesivamente estrecho de su temática: “En Poe todos son vampiros, incluido el propio Poe”, ha escrito Harold Bloom. La figura del escritor, tanto como su obra, marcó profundamente la literatura de su país y puede decirse que de todo el mundo. Ejerció gran influencia en la literatura simbolista francesa y, a través de ésta, en el surrealismo. Julio Cortázar ha traducido casi todos sus textos en prosa y ha escrito extensamente sobre su vida y obra.

De la pluma de Poe han nacido numerosos relatos que se han hecho clásicos, leídos por generaciones: El pozo y el péndulo, El corazón delator, Un descenso al Maelström, La caída de la casa Usher, El escarabajo de oro, Los crímenes de la calle Morgue.

Texto adaptado. Berenice (1835)

La desgracia cunde multiforme sobre la tierra. ¡La desgracia! ¡Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris! ¿De la belleza puede derivarse la fealdad? Así como en la ética el mal es una consecuencia del bien, así, en la realidad, de la alegría nace la pena.

Mi nombre de pila es Egeus; no mencionaré mi apellido. Nuestro linaje ha sido llamado raza de visionarios. En muchos detalles sorprendentes, en el carácter de la mansión familiar, en los frescos del salón principal, en las colgaduras de los dormitorios, en los relieves de algunos pilares de la sala de armas, pero especialmente en la galería de cuadros antiguos, en el estilo de la biblioteca hay elementos más que suficientes para justificar esta creencia, según la cual mi familia pertenece a una raza de visionarios.

Los recuerdos de mis primeros años se relacionan con nuestra biblioteca. Allí murió mi madre. Allí nací yo, en ese aposento. Al despertar de la larga noche de lo que parecía ser la no-existencia, y al nacer a las regiones de hadas, a un palacio de imaginación, no es raro que mirara a mi alrededor con ojos asombrados y ardientes, que malgastara mi infancia entre libros y que disipara mi juventud en ensoñaciones; pero quizá es más raro que transcurridos los años y ya en el cenit de mi virilidad me encontrara aún en la mansión de mis padres. Mi vida y mis pensamientos parecían haberse paralizado. El mundo que me rodeaba se me antojaba solo como una visión, mientras que el mundo de los sueños se convirtió en mi existencia cotidiana.

Berenice y yo éramos primos y crecimos juntos en la casa paterna, aunque de distinta manera: yo, enfermizo, envuelto en melancolía; ella, ágil, graciosa, desbordante de fuerza; suyos eran los paseos por la colina; míos, los estudios del claustro; yo, encerrado en mí mismo y entregado a la intensa y penosa meditación; ella, vagando despreocupadamente por la vida, sin pensar en las sombras del camino o en la huida silenciosa de las horas de alas negras. ¡Berenice! Invoco su nombre… ¡Berenice! Y de las grises ruinas de la memoria mil tumultuosos recuerdos se conmueven a este sonido. ¡Ah, vívida acude su imagen ante mí, como en los primeros días de su alegría y de su dicha! ¡Ah, espléndida y fantástica belleza!

Y entonces, entonces, todo se hace misterio y terror. La enfermedad -una enfermedad fatal- cayó sobre ella como una tormenta, y mientras yo la observaba, la arrasó, penetrando en su mente, en sus hábitos y en su carácter, perturbando de forma terrible su identidad. Una especie de epilepsia obstinada la afligía terminando a menudo en catalepsia profunda, de la que se recobraba, en muchos casos, de manera brusca y repentina.

Entretanto, mi propia enfermedad crecía rápidamente, asumiendo un carácter monomaniaco: una perturbación morbosa de mi capacidad de atención, que me sumía en la contemplación de los objetos más comunes, con una inexplicable intensidad. Reflexionaba horas y horas, infatigable, con la atención clavada en algún punto trivial, en el margen de un libro o en su tipografía; pasaba la mayor parte de un día de verano absorto en una sombra extraña que caía oblicuamente sobre el tapiz o sobre la puerta; me perdía toda una noche en la observación de la tranquila llama de una lámpara o los rescoldos del fuego; soñaba días enteros con el perfume de una flor; repetía monótonamente alguna palabra hasta que el sonido, por obra de la repetición, dejaba de suscitar idea alguna en la mente; perdía todo sentido de movimiento o de existencia física gracias a una absoluta y obstinada quietud, largo tiempo prolongada. Tales eran algunas de mis extravagancias capaces de desafiar toda explicación.

Pero no se me entienda mal. Mi atención excesiva por objetos triviales no debe confundirse con la tendencia a la meditación, común a muchas personas. Mientras el soñador especula y juega con el objeto de su meditación, mis meditaciones nunca eran placenteras, y el objeto de mi ensueño me obligaba a una atención enfermiza por exagerada. Mi razón, capaz de resistir fuertes incertidumbres, temblaba al contacto de las realidades más sencillas.

En los intervalos lúcidos de mi mal, la calamidad de Berenice me daba pena, y, muy conmovido por la ruina total de su hermosa y dulce vida, no dejaba de meditar amargamente en las razones de tan terrible cambio. Yo no había amado a Berenice en los días más brillantes de su belleza incomparable. Mis anómalos sentimientos nunca venían del corazón sino de la inteligencia. Yo veía a Berenice no como un ser vivo, palpitante, sino como la Berenice de un sueño; no como una cosa para admirar, sino para analizar; no como un objeto de amor, sino como un tema de especulación. En cambio, ahora, ahora temblaba en su presencia y palidecía cuando se me acercaba, recordando que me había amado largo tiempo.

Y, en un mal momento, hablé a Berenice de matrimonio.

Se acercaba la fecha de nuestras nupcias cuando, una tarde de invierno, un día extrañamente cálido, sereno y brumoso, me senté, creyéndome solo, en la biblioteca. Alzando los ojos vi, ante mí, a Berenice. ¿Fue mi imaginación excitada, la influencia de la atmósfera brumosa, la luz incierta, crepuscular del aposento, o los grises vestidos que envolvían su figura, los que le dieron un contorno tan vacilante e indefinido? No sabría decirlo. No profirió una palabra y un escalofrío helado recorrió mi cuerpo; me oprimió una sensación de intolerable ansiedad; una curiosidad devoradora me invadió y, reclinándome en el asiento, permanecí con los ojos clavados en su persona. ¡Ay! Su delgadez era excesiva, y ni un vestigio de su lozanía asomaba en una sola línea de su contorno. Mis ardorosas miradas cayeron, por fin, en su rostro.

La frente era alta, muy pálida, singularmente plácida; y el que en un tiempo fuera cabello negro como el azabache caía sobre ella sombreando las hundidas sienes con innumerables rizos, aunque ahora eran de un rubio reluciente, con un matiz festivo, en contraste completo con la melancolía dominante de su rostro. Sus ojos no tenían vida ni brillo y parecían sin pupilas. Esquivé involuntariamente su mirada vidriosa para contemplar los labios, finos y contraídos. Se entreabrieron, y en una extraña sonrisa los dientes de la cambiada Berenice aparecieron lentamente ante mis ojos.

¡Ojalá nunca hubiera visto aquellos dientes o, después de verlos, hubiese muerto!

El golpe de una puerta al cerrarse me distrajo y, alzando la vista, vi que mi prima había salido del aposento. Pero del desordenado aposento de mi mente, ¡ay!, no había salido ni se apartaría el blanco y horrible espectro de los dientes. Ni un punto en su superficie, ni una sombra en el esmalte, ni una melladura en el borde hubo en esa pasajera sonrisa que no se grabara a fuego en mi memoria. Los vi entonces con más claridad que un momento antes. ¡Los dientes! ¡Los dientes! Estaban aquí y allí y en todas partes, visibles y palpables, ante mí; largos, estrechos, blanquísimos, con los pálidos labios contrayéndose a su alrededor.

Entonces me atacó con furia mi monomanía. Entre los múltiples objetos del mundo exterior no tenía pensamientos sino para los dientes. Los ansiaba con un deseo frenético. Ellos, ellos eran los únicos presentes a mi cabeza, llegaron a ser la esencia de mi pensamiento. Los observé a todas las luces, en todas las actitudes, examiné sus características, estudié sus peculiaridades, medité sobre su conformación, reflexioné sobre el cambio de su naturaleza. De Berenice yo creía con la mayor seriedad que sus dientes eran ideas, ¡ideas! ¡Qué insensatez! Pero los codiciaba locamente y sentí que sólo su posesión podía devolverme la paz y la razón.

Y llegó la tarde, y vino la larga oscuridad, y amaneció el nuevo día, y las brumas de una segunda noche se acumularon. Y yo seguía inmóvil, sentado en aquella biblioteca solitaria; y seguí sumido en la meditación, y el fantasma de los dientes mantenía su terrible ascendiente como si, con la claridad más viva y más espantosa, ese fantasma flotara entre las cambiantes luces y sombras del recinto. Al fin, irrumpió en mis ensueños un grito como de horror y consternación, y luego, tras una pausa, el sonido de turbadas voces, mezcladas con sordos lamentos de dolor y pena. Me levanté de mi asiento y, abriendo de par en par una de las puertas de la biblioteca, vi en la antecámara a una criada deshecha en lágrimas.

  • Berenice ha muerto, me dijo. Había tenido un insuperable acceso de epilepsia por la mañana temprano, y ahora, al caer la noche, la tumba estaba dispuesta para su ocupante y terminados los preparativos del entierro.

Hacía horas, desde la puesta del sol, que Berenice estaba enterrada. Ya debía ser pasada la medianoche y yo me encontraba de nuevo sentado solo en la biblioteca, despertando de un sueño confuso y agitado. Del melancólico periodo transcurrido desde el entierro de Berenice, aquella misma tarde, no guardaba yo un conocimiento definido. Mis recuerdos estaban repletos de horror, de un horror vago, de una terrible ambigüedad, una página atroz en la historia de mi existencia, escrita con recuerdos oscuros, espantosos, ininteligibles. Luché por descifrarlos, pero en vano, mientras una y otra vez, como el espíritu de un sonido ausente, un agudo y penetrante grito de mujer parecía sonar en mis oídos. Yo había hecho algo. ¿Qué era? Me lo pregunté a mí mismo en voz alta, y los susurrantes ecos del aposento parecían responderme: ¿Qué era?.

En la mesa, a mi lado, ardía una lámpara, y había junto a ella una caja. No tenía nada de notable, la había visto a menudo, pues era propiedad del médico de la familia. Pero, ¿cómo había llegado allí, a mi mesa, y por qué me estremecí al mirarla? Sonó un ligero golpe en la puerta de la biblioteca; pálido, entró un criado de puntillas. Había en sus ojos un violento terror y me habló con voz trémula, ronca, ahogada. ¿Qué dijo? Oí frases entrecortadas. Un salvaje grito había turbado el silencio de la noche, la servidumbre se reunió para buscar el origen del sonido, y – con un tono espeluznante, nítido- el criado susurró: -una tumba violada, un cuerpo desfigurado, sin mortaja, que aún respiraba, aún palpitaba, aún vivía.

Señaló mis ropas: estaban manchadas de barro, de sangre coagulada. No dije nada; me tomó suavemente la mano: estaba surcada de arañazos. Señaló un objeto que había contra la pared: era una pala. Con un alarido salté hasta la mesa y me apoderé de la caja. Pero no pude abrirla, y en mi temblor se me deslizó de la mano, cayó pesadamente, y se hizo añicos; y de entre ellos, entrechocándose, rodaron algunos instrumentos de cirugía dental, mezclados con treinta y dos objetos pequeños, blancos, marfilinos, que se desparramaron por el piso.