Tarde de tedio y desamor

Presentación

Tarde de tedio y desamor (1970)

Reseña biográfica sobre Carmen Martín Gaite

Carmen Martín Gaite (Salamanca, 1925 – Madrid, 2000) fue una escritora española de vocación infatigable. En 1954 obtuvo el Premio Café Gijón por su novela corta El balneario y en 1957 el Premio Nadal por su primera novela larga, Entre visillos. Con su segunda novela, Ritmo lento, quedó finalista en 1962 del premio Biblioteca Breve de Narrativa. Siguió escribiendo – cuentos, novelas, crítica literaria, guiones para televisión y traducciones- hasta finales de los años noventa. Dedicó esfuerzos también a la investigación histórica y a la sociología, terrenos que conectan con el resto de su obra como creadora.

Cabe decir que es una de las figuras más importantes de las letras hispánicas del siglo XX.

Recibió, entre otros, el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, en 1988 y el Premio Nacional de las Letras Españolas, en dos ocasiones. Otras de sus obras de éxito han sido Entre visillos, El cuarto de atrás, Nubosidad variable, Lo raro es vivir, Irse de casa.

Texto adaptado. Tarde de tedio y desamor (1970)

  • ¡Jesús, qué niña! No repliques a tu madre; eso a mamá no se le dice. Vamos guapita, a tu mamá le duele la cabeza, y yo os llevo al parque.
  • Mentira podrida, no está mala, antes ha estado hablando por teléfono mucho rato y se reía.
  • ¡Cállate, niña! Señora le cojo cien pesetas. Me llevo a Anita y a Ernesto a ver la casa de fieras. Y descanse. ¿Le recojo esta ropa que tiene revuelta por aquí?
  • No, déjelo, Juana, tengo que ver primero lo que hace falta llevar al tinte o a la modista. ¡Ay, qué pesadez de niños! ¡Lléveselos de una vez!.

Las palabras han quedado rebotando contra las paredes de la habitación como un moscardón. En la media penumbra se distinguen amontonados trajes veraniegos como amigos a los que se acaba de encontrar. El azul, el de rayas, el pantalón vaquero, el rojo, la blusa que no le gustaba a Antonio… La mujer se remueve, mira al techo. La visión de una mancha le recuerda una foca. Así tumbada se le puede pasar la tarde, mejor sería llegarse a casa de la modista. Tiene toda la tarde por delante, los niños no van a llegar hasta la ocho; y al fin no se va a dormir. Dormir, desde luego, sería una solución. Pero no, cansada no está; se destapa, mueve las piernas largas y blancas, complacida. Nada, es evidente que no tiene ganas de dormir; pero, ¿es que tiene ganas de ir a la modista?.

Se acuerda de la modista, Vicenta, impasible, con ojos de rana y voz de sosera: “Pues no le queda mal… no, si yo, por deshacérselo, se lo deshago… yo, lo que me diga… entonces ¿cómo? ¿con un bies?” Me ataca los nervios, no se toma interés por nada, no te ayuda a decidir. Distinto de Carmen, la peluquerita, qué cielo de mujer, es verte entrar y ya te está animando a lo que sea.

La peluquería está cerca de casa. Por el camino siempre se detiene a ojear el kiosko de periódicos. Desde las portadas de los semanarios las veinteañeras del mundo entero la asaetean burlonamente con sus ojos lánguidos o sonrientes y sus pelos lisos y largos, con moños, con trenzas, con pelucas, con tirabuzones. Quizá sea una bobada cortarse el pelo. Lo más fácil es que no le guste a Antonio, o que ni siquiera se dé cuenta de que se lo ha cortado. Llega mohina a la peluquería.

  • ¡Cuánto tiempo sin verla señora Cuevas! ¿Qué se va a hacer?
  • Lavar y marcar; pero no sé si cortarme también un poco. Así, las puntas de delante un poco más largo, aunque no sé qué tal me estaría…, es que… no sé qué hacer con el pelo, Carmen, le digo la verdad.
  • No se preocupe, ya la he entendido y le quedará muy bien. Aunque, hágame caso, le irían muy bien unas mechas.
  • ¿Usted cree?
  • Usted quiere verse guapa, ¿no? Pues déjeme a mí. Pepi, vete lavando a la señora.
  • Qué bien lava la cabeza esta chica, cómo descansa esa presión de los dedos casi infantiles sobre el cuero cabelludo. Es simpática esa gente que hace bien lo que hace.
  • Ya está, pase allí.

Carmen la ha llamado de nuevo. Se siente realmente abandonada a sus manos expertas que con atención empiezan a trabajar y manipular en su cabeza. La misma sensación que, de niña, la empujaba a elegir siempre el papel de enfermo cuando jugaban a médicos. Ahora Carmen le pasa un cestito con las pinzas y los rulos y le pide que la vaya ayudando; ella obedece, sumisamente; no comentan nada, es suficiente una leve sonrisa de complicidad cuando sus ojos se encuentran en la luna del espejo.

  • Ya está. Pase al secador. Pepi, revistas para la señora.

Jacqueline Onassis está en todas. Tras su gafas oscuras, desayunando en un puerto y durmiendo en otro, balanceándose sobre las olas del Adriático. Sale del secador como si hubiera bebido mucho, enrojecida, con los oídos zumbando. Ha caído la tarde y el local está vacío. Le da pena que no puedan verla las otras señoras. Es el momento mejor. Quitar los rulos, peinar, cardar, cepillar. Pone ojos soñadores. Se gusta.

  • ¿Cómo se ve?
  • Me veo rara.
  • Eso pasa siempre; pero, no me diga, las mechas le sientan muy bien.
  • Sí, la verdad es que sí. ¿Puedo llamar por teléfono un momento?

En un cuartito interior se sienta en un taburete junto al teléfono.

  • ¿El doctor Cuevas?
  • Sí, señora Cuevas, – reconoce su voz la enfermera-, espere un momento.

Al cabo de un rato oye la voz de Antonio.

  • Dime.

Es un tono seco y distraído, el de siempre. ¿Por qué esperar otra cosa? ¿Por las mechas?

  • ¿A qué hora vuelves? Hace bueno, podríamos salir a dar un paseo y tomar algo.
  • Ya salimos el martes; estoy cansadísimo.
  • ¿No terminas pronto?
  • ¿Cómo lo voy a saber? Termino tarde, no iré a cenar. Hay un parto en el Sanatorio y tengo que ir en cuanto acabe aquí.
  • Ya… Bueno, pues nada.
  • Hasta luego.
  • Adiós.

Vuelve a la sala. Carmen, sin la bata de peluquera, parece más chiquita y más insignificante.

  • Adiós, Carmen, hasta otro día.
  • Adiós, señora Cuevas. Y ya le digo, que nos mande usted a su marido, si protesta, que le convenceremos; y además así lo conocemos.
  • No sé yo; que es muy guapo.
  • Pues tal para cual.
  • Gracias Carmen; adiós.
  • Adiós, señora Cuevas.

Todavía no ha anochecido. Vuelve a casa caminando despacio. Volver es lo peor. Los niños se estarán bañando. Y Jacqueline Onassis, ¿qué hará? Cruza la calle; ya se ve su portal.

El Cautivo

Presentación

El Cautivo (1930-1950)

Nota biográfica sobre Jorge Luis Borges

Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo nació en Argentina (Buenos Aires, 1899) y falleció en suiza (Ginebra, 1986). Fue un erudito escritor argentino, considerado uno de los autores más destacados del siglo XX. Publicó ensayos breves, cuentos y poemas. ​Entre sus obras más reconocidas están Historia universal de la infamia, Ficciones, El Aleph, El libro de arena, El hacedor, Elogio de la Sombra, El otro, el mismo.

Tuvo una temprana vocación literaria, fomentada por su familia de estirpe criolla -española y portuguesa- y anglosajona y una vida bastante cosmopolita, viendo en diversos países europeos además de Argentina. Galardonado con numerosos premios,​ Borges fue también un personaje políticamente polémico, con posturas de corte conservador derechista que quizá le impidieron obtener el Nobel de Literatura​ al que fue candidato durante casi treinta años.

Borges nunca escribió una novela. A quienes le reprocharon esa falta, Borges respondía que sus preferencias estaban con el cuento, que es un género esencial, y no con la novela que obliga al relleno. De los autores que han intentado ambos géneros, como Kafka, prefería, generalmente, sus cuentos.  En el prólogo de Ficciones afirmó que era un «desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en 500 páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos».

Texto adaptado. El Cautivo (1930-1950)

Jorge Luis Borges

En Junín o en Tapalqué refieren la historia.

Un chico desapareció después de un malón; se dijo que lo habían robado los indios. Sus padres lo buscaron inútilmente; al cabo de los años, un soldado que venía de tierra adentro les habló de un indio de ojos celestes que bien podía ser su hijo. Dieron al fin con él (la crónica ha perdido las circunstancias y no quiero inventar lo que no sé) y creyeron reconocerlo. El hombre, trabajado por el desierto y por la vida bárbara, ya no sabía oír las palabras de la lengua natal, pero se dejó conducir, indiferente y dócil, hasta la casa. Ahí se detuvo, tal vez porque los otros se detuvieron. Miró la puerta, como sin entenderla.

De pronto bajó la cabeza, gritó, atravesó corriendo el zaguán y los dos largos patios y se metió en la cocina. Sin vacilar, hundió el brazo en la ennegrecida campana y sacó el cuchillito de mango de asta que había escondido ahí, cuando chico. Los ojos le brillaron de alegría y los padres lloraron porque habían encontrado al hijo.
Acaso a este recuerdo siguieron otros, pero el indio no podía vivir entre paredes y un día fue a buscar su desierto.

Yo querría saber qué sintió en aquel instante de vértigo en que el pasado y el presente se confundieron; yo querría saber si el hijo perdido renació y murió en aquel éxtasis o si alcanzó a reconocer, siquiera como una criatura o un perro, los padres y la casa.

Solo vine a hablar por teléfono

Presentación

Solo vine a hablar por teléfono (1974)

Nota biográfica sobre Gabriel García Márquez

Gabriel José de la Concordia García Márquez (Aracataca, Colombia, 1927​ – Ciudad de México,  2014​) fue un escritor, guionista, editor y periodista colombiano. En 1982 recibió el Premio Nobel de Literatura.

Estrechamente relacionado con el realismo mágico, su novela más conocida, Cien años de soledad, es considerada una de las más representativas de este movimiento literario. ​En 2007, la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española lanzaron una edición popular conmemorativa de esta novela, por considerarla parte de los grandes clásicos hispánicos de todos los tiempos. Fue famoso tanto por su genialidad como escritor como por su postura política.​ Su amistad con el líder cubano Fidel Castro fue significativa en el mundo literario y político.​

Como novelista algunas de sus novelas más conocidas son: Cien años de soledad (1967), El otoño del patriarca (1975), Crónica de una muerte anunciada (1981), El amor en los tiempos del cólera (1985).

García Márquez mantuvo una fecunda actividad como cuentista. El cuento Solo vine a hablar por teléfono (1974) forma parte del volumen Doce cuentos pregrinos, publicado en 1992, que recoge relatos escritos a lo largo de diez años.

Texto adaptado. Solo vine a hablar por teléfono (1974)

Gabriel García Márquez

Una tarde de lluvias primaverales, María de la Luz Cervantes viajaba sola hacia Barcelona conduciendo un coche alquilado cuando sufrió una avería en el desierto de los Monegros. Era una mexicana de veintisiete años, bonita y seria que volvía a reunirse aquel día con su marido después de visitar a unos parientes en Zaragoza. Al cabo de una hora de señas desesperadas a los automóviles y camiones de carga que pasaban raudos en la tormenta, el conductor de un autobús destartalado se compadeció de ella. Le advirtió, eso sí, que no iba muy lejos.

– No importa -dijo María-. Lo único que necesito es un teléfono.

Lo necesitaba para prevenir a su marido de que no llegaría antes de las siete de la noche. Parecía un pajarito mojado, con un abrigo de estudiante y los zapatos ya veraniegos. Estaba tan aturdida que olvidó llevarse las llaves del automóvil. Una mujer que viajaba junto al conductor, de aspecto militar pero de maneras dulces, le dio una toalla y una manta, y le hizo un sitio a su lado. Después de secarse a medias, María se sentó, se envolvió en la manta, y trató de hablar con su vecina, pero la mujer la interrumpió con el índice en los labios.
– Están dormidas -murmuró.

María miró por encima del hombro y vio que el autobús estaba ocupado por mujeres que dormían arropadas con mantas iguales a la suya. Contagiada por su placidez, María se enroscó en el asiento y se abandonó al rumor de la lluvia. Cuando se despertó era de noche. No tenía idea de cuánto había dormido ni dónde se encontraba.

– ¿Dónde estamos? -preguntó María a su vecina.
– Hemos llegado -contestó la mujer.

El autobús estaba entrando en el patio empedrado de un edificio enorme y sombrío. Llovía ligeramente; las pasajeras que bajaban parecían mayores y se movían con parsimonia. A María, la última en descender, se le ocurrió que podían ser monjas. Después de despedirse de su vecina María quiso devolverle la manta, pero ella le dijo que se cubriera la cabeza para atravesar el patio, y la devolviera en portería.
– ¿Habrá un teléfono? -le preguntó María.
– Por supuesto -dijo la mujer-. Ahí mismo le indican.

El autobús arrancó sin darle tiempo de más. María empezó a correr hacia la entrada del edificio. Una guardiana la detuvo con una palmada enérgica. María miró por debajo de la manta, y vio unos ojos de hielo y un índice inapelable que le indicó la fila. Obedeció. Ya en el zaguán preguntó al portero dónde había un teléfono. Una de las guardianas la hizo volver a la fila con palmaditas en la espalda, mientras le decía con modos dulces:
– Por aquí, guapa, por aquí hay un teléfono.

María siguió con las otras mujeres hasta un dormitorio colectivo. María le habló a una mujer que le pareció de jerarquía más alta.
– Es que yo solo vine a hablar por teléfono -le dijo María.

Le explicó a toda prisa que su automóvil se había averiado, que su marido estaba esperándola en Barcelona y quería avisarle. Explicó que su marido hacía funciones de magia y la necesitaba como ayudante. La guardiana pareció escucharla con atención.
– ¿Cómo te llamas? -le preguntó.

María le dijo su nombre con un suspiro de alivio, pero la mujer no lo encontró después de repasar la lista varias veces. Habló con otra guardiana, que se encogió de hombros.
– Es que yo solo vine a hablar por teléfono -dijo María.
– De acuerdo, maja – le dijo la superiora, llevándola hacia su cama con una dulzura demasiado ostensible-, si te portas bien mañana podrás hablar por teléfono.

Sólo entonces María comenzó a comprender. Las mujeres del autobús se movían con lentitud quizá porque estaban sedadas. Y aquel viejo palacio, con gruesos muros y escaleras heladas, podría ser un hospital para enfermas mentales. Trató de salir corriendo hacia la entrada, pero una guardiana gigantesca -más tarde María supo que la llamaban “Herculina”- vestida con un mono de mecánico la atrapó férreamente. María la miró aterrorizada.
– Por el amor de Dios -dijo-. Le juro por mi madre muerta que solo vine a hablar por teléfono.

Le bastó con verle la cara para saber que no había súplica posible ante aquella energúmena.
La primera noche, tuvieron que inyectarle un somnífero. Cuando las ansias de fumar la despertaron, antes de amanecer, se encontró amarrada por las muñecas y los tobillos en las barras de la cama. Nadie acudió a sus gritos.

No supo cuánto tiempo había pasado cuando volvió en sí. Pero entonces el mundo era un remanso de paz: frente a su cama un anciano enorme, con andares de oso y sonrisa sedante, le devolvió la dicha de vivir. Era el director del sanatorio. Antes de decirle nada, sin saludarlo siquiera, María le pidió un cigarrillo. Él se lo dio encendido, y le regaló el paquete casi lleno. María no pudo reprimir el llanto.
– Aprovecha ahora para llorar cuanto quieras -le dijo el médico, con voz adormecedora-. No hay mejor remedio que las lágrimas.

María se desahogó sin pudor, como nunca logró hacerlo con sus amantes casuales en los tedios de después del amor. Mientras la oía, el médico la peinaba con los dedos, le arreglaba la almohada para que respirara mejor, la guiaba por el laberinto de su incertidumbre con una sabiduría y una dulzura que ella no había soñado jamás. Era, por primera vez en su vida, el prodigio de ser comprendida por un hombre que la escuchaba con toda el alma sin esperar la recompensa de acostarse con ella. Al cabo de una hora larga, desahogada a fondo, le pidió autorización para hablarle por teléfono a su marido.

El médico se incorporó con toda la majestad de su rango. “Todavía no, reina”, le dijo, dándole en la mejilla la palmadita más tierna que había sentido nunca. “Todo se hará a su tiempo”. Le hizo desde la puerta una bendición episcopal, y desapareció.
– Confía en mí -le dijo.

Esa misma tarde María fue inscrita en el asilo con un número de serie, y con un comentario superficial sobre el enigma de su procedencia y las dudas sobre su identidad. Al margen quedó un diagnóstico escrito de puño y letra del director: agitada.

Tal como María había previsto, su marido tuvo que salir de su apartamento con retraso para cumplir los tres compromisos. Él pensó que la causa del retraso serían las intensas lluvias. Dejó un mensaje clavado en la puerta con el itinerario de la noche.

En la primera fiesta, con todos los niños disfrazados de canguro, prescindió del truco estelar de los peces invisibles porque no podía hacerlo sin la ayuda de ella. En el segundo compromiso, en casa de una anciana de noventa y tres años, estaba tan contrariado con la demora de María, que no pudo concentrarse. El tercer compromiso era el de todas las noches en un café concierto de las Ramblas y resultó desastroso. Después de cada representación estuvo llamando por teléfono a su casa, con la inquietud creciente de que algo malo había ocurrido. La última esperanza se desvaneció cuando encontró su recado todavía prendido en la puerta. Estaba tan contrariado, que se le olvidó darle la comida al gato.

En Barcelona solo se le conocía por su nombre profesional: Saturno el Mago. Era un hombre de carácter raro y con una torpeza social irremediable, pero el tacto y la gracia que le hacían falta le sobraban a María. Esa noche Saturno se conformó con llamar a Zaragoza, donde una abuela medio dormida le contestó sin alarma que María había partido después del almuerzo. Apenas durmió una hora y despertó con una certidumbre pavorosa: ella había vuelto a dejarlo solo. Lo había hecho tres veces con tres hombres distintos en los últimos cinco años. ¿Lo habría hecho de nuevo este fin de semana, aprovechando la visita a sus parientes de Zaragoza? Al amanecer del jueves, María todavía no había dado señales de vida.

El lunes la compañía de seguros del automóvil alquilado llamó para preguntar por María. “No sé nada”, dijo Saturno. “Búsquenla en Zaragoza”. Colgó. Una semana después un policía fue a su casa con la noticia de que habían hallado el automóvil cerca de Cádiz, a novecientos kilómetros de la ruta que debía seguir María. El agente quería saber si María tenía más detalles del robo. Saturno estaba dando de comer al gato y apenas si miró al agente para decirle sin más vueltas que no perdieran el tiempo, pues su mujer se había fugado de la casa y él no sabía con quién ni a dónde. Era tal su convicción, que el agente se sintió incómodo y le pidió perdón por sus preguntas. El caso se declaró cerrado.

Saturno había perdido el control. En los días siguientes llamó por orden alfabético a todos sus conocidos de Barcelona. Nadie le dio razón, pero cada llamada le agravó la desdicha, porque sus delirios de celos eran ya célebres y le contestaban con una ironía que le hacía sufrir. Sólo entonces comprendió hasta qué punto estaba solo en aquella ciudad hermosa, lunática e impenetrable, en la que nunca sería feliz. Por la madrugada, después de darle de comer al gato, se apretó el corazón para no morir, y tomó la determinación de olvidar a María.

Habían pasado dos meses. María no se había adaptado aún a la vida del sanatorio. Sobrevivía picoteando la comida de cárcel con los cubiertos encadenados al tablero de madera basta, y la vista fija en la litografía del general Francisco Franco que presidía el lúgubre comedor medieval. Al principio se resistía a las horas canónicas con su rutina bobalicona de maitines, laudes, vísperas, y otros oficios de iglesia. Se negaba a jugar a la pelota en el patio de recreo, y a trabajar en el taller de flores artificiales. Pero a partir de la tercera semana fue incorporándose poco a poco a la vida del claustro. A fin de cuentas, decían los médicos, así empezaban todas, y tarde o temprano terminaban por integrarse a la comunidad.

La falta de cigarrillos, resuelta en los primeros días por una guardiana que se los vendía a precio de oro, volvió a atormentarla cuando se le agotó el poco dinero que llevaba. Se consoló después con los cigarrillos de papel periódico que algunas reclusas fabricaban con las colillas recogidas de la basura, pues la obsesión de fumar había llegado a ser tan intensa como la del teléfono. Las pesetas exiguas que se ganó más tarde fabricando flores artificiales le permitieron un alivio efímero.

Lo más duro era la soledad de las noches. Muchas reclusas permanecían despiertas en la penumbra, como ella, pero sin atreverse a nada, pues la guardiana nocturna velaba también el portón cerrado con cadena y candado. Una noche, sin embargo, abrumada por la pesadumbre, María preguntó con voz suficiente para que le oyera su vecina de cama:
– ¿Dónde estamos?
– En los profundos infiernos – le contestó la voz grave y lúcida de la vecina.

Desde su primera semana en el sanatorio, la vigilante nocturna le había propuesto sin rodeos que durmiera con ella en el cuarto de guardia. Empezó con un negocio concreto: amor por cigarrillos, por chocolates, por lo que fuera. “Tendrás todo”, le decía, trémula. “Serás la reina”. Ante el rechazo de María, la guardiana cambió de método. Le dejaba papelitos de amor debajo de la almohada, en los bolsillos de la bata, en los sitios menos pensados. Eran mensajes de un apremio desgarrador capaz de estremecer a las piedras. Hacía más de un mes que parecía resignada a la derrota, aquella noche del incidente en el dormitorio.

Convencida de que todas las reclusas dormían, la guardiana se acercó a la cama de María, y murmuró en su oído toda clase de obscenidades tiernas, mientras le besaba la cara, el cuello tenso de terror, los brazos yermos, las piernas exhaustas. Por último, creyendo tal vez que la parálisis de María no era de miedo sino de complacencia, se atrevió a ir más lejos. María le soltó entonces un golpe con el revés de la mano que la mandó contra la cama vecina. La guardiana se incorporó furibunda en medio del escándalo de las reclusas alborotadas.
– Hija de puta -gritó-. Nos pudriremos juntas en este chiquero hasta que te vuelvas loca por mí.

El verano llegó sin anunciarse, a comienzos de junio. Hubo que tomar medidas de emergencia, porque las reclusas sofocadas empezaban a quitarse durante la misa la tosca ropa de invierno. María asistió divertida al espectáculo de las enfermas en pelota que las guardianas encorrían por las naves como gallinas ciegas. En medio de la confusión, trató de protegerse de los golpes perdidos, y sin saber cómo se encontró sola en una oficina con un teléfono que sonaba sin cesar. María cayó en la cuenta de la ocasión irrepetible. Descolgó y volvió a colgar marcando las cifras, con tanta tensión y tanta prisa, que no estuvo segura de que fuese el número de su casa. Esperó con el corazón desbocado, oyó el timbre, una vez, dos veces, tres veces, y oyó por fin la voz del hombre de su vida en la casa sin ella.
– ¿Diga?

Tuvo que esperar a que se le pasara el nudo de lágrimas que se le formó en la garganta.
– Conejo, vida mía -suspiró.

Las lágrimas la vencieron. Al otro lado de la línea hubo un breve silencio, espantoso, y, por fin, una voz enardecida por los celos escupió la palabra:
– ¡Puta! Y colgó en seco.

Esa noche, en un ataque frenético, María descolgó en el refectorio la litografía del generalísimo, la arrojó con todas sus fuerzas contra la ventana del jardín, y se derrumbó bañada en sangre. Aún le sobró rabia para enfrentarse a golpes con los guardianes que trataban de someterla, sin lograrlo, hasta que vio a Herculina plantada en el vano de la puerta, con los brazos cruzados mirándola. Se rindió. La arrastraron hasta el pabellón de las locas furiosas, la aniquilaron con una manguera de agua helada, y le inyectaron trementina en las piernas. Impedida para caminar por la inflamación provocada, María se dio cuenta de que no había nada en el mundo que no fuera capaz de hacer por escapar de aquel infierno. La semana siguiente, ya de regreso al dormitorio común, se levantó de puntillas y tocó en la celda de la guardiana nocturna.

El precio de María, exigido de antemano, fue llevarle un mensaje a su marido. La guardiana aceptó, siempre que el trato se mantuviera en secreto absoluto. Y la apuntó con el índice.
– Si alguna vez se sabe, te mueres.

Así que Saturno el Mago fue al sanatorio de locas el sábado siguiente, preparado para celebrar el regreso de María. El director en persona lo recibió en su oficina, tan limpia y ordenada como un barco de guerra, y le hizo un informe afectuoso sobre el estado de su esposa. Nadie sabía de dónde llegó, ni cómo, ni cuándo, pues el primer dato de su ingreso era la entrevista con el director. Lo que más intrigaba al director era cómo supo Saturno el paradero de su esposa. Saturno protegió a la guardiana.
– Me informó la compañía de seguros del coche -dijo.

El director asintió complacido. “No sé cómo hacen los seguros para saberlo todo”, dijo. Le dio una ojeada al expediente que tenía sobre su escritorio de asceta, y concluyó:
– Lo único cierto es la gravedad de su estado.

Estaba dispuesto a autorizarle una visita con las precauciones debidas si Saturno le prometía, por el bien de su esposa, ceñirse a la conducta que él le indicaba. Sobre todo en la manera de tratarla, para evitar que recayera en uno de sus arrebatos de furia, frecuentes y peligrosos.
– Es raro -dijo Saturno-. Siempre fue de genio fuerte, pero de mucho dominio.

El médico hizo un ademán de sabio. “Hay conductas que permanecen latentes durante muchos años, y un día estallan”, dijo. “Con todo, es una suerte que haya caído por aquí, porque somos especialistas en casos que requieren mano dura”. Al final hizo una advertencia sobre la rara obsesión de María por el teléfono.
– Sígale la corriente -dijo.
-Tranquilo, doctor -dijo Saturno con un aire alegre-. Es mi especialidad.

La sala de visitas, mezcla de cárcel y confesionario, era un antiguo locutorio del convento. La entrada de Saturno no fue la explosión de júbilo que cabía esperar. María estaba de pie en el centro del salón, junto a una mesita con dos sillas y un florero sin flores. Era evidente que estaba lista para irse, con su lamentable abrigo color fresa y unos zapatos sórdidos que le habían dado de caridad. En un rincón, casi invisible, estaba Herculina con los brazos cruzados. María no se movió al ver entrar al esposo ni asomó emoción alguna en su cara con los rasguños del vidrio destrozado. Se dieron un beso de rutina.
– ¿Cómo te sientes? -le preguntó él.
– Feliz de que al fin hayas venido, conejo -dijo ella-. Esto ha sido la muerte.

No tuvieron tiempo de sentarse. Ahogándose en lágrimas, María le contó las miserias del claustro, la barbarie de las guardianas, la comida de perros, las noches interminables sin cerrar los ojos por el terror.
– Ya no sé cuántos días llevo aquí, o meses o años, pero sé que cada uno ha sido peor que el otro -dijo, y suspiró con el alma-: Creo que nunca volveré a ser la misma.
– Ahora todo eso pasó -dijo él, acariciándole con la yema de los dedos las cicatrices recientes de la cara-. Seguiré viniendo todos los sábados. Y más si el director me lo permite. Todo va a salir muy bien.

Ella fijó en los ojos de él sus ojos aterrados. Saturno intentó sus artes de salón. Le contó, en el tono pueril de las grandes mentiras, una versión dulcificada de los propósitos del médico. “En síntesis”, concluyó, “aún te faltan algunos días para estar recuperada por completo”. María entendió la verdad.
– ¡Por Dios, conejo! -dijo atónita-. ¡No me digas que tú también crees que estoy loca!
– ¡Cómo se te ocurre! -dijo él, tratando de reír-. Lo que pasa es que será mucho más conveniente para todos que sigas un tiempo aquí. En mejores condiciones, por supuesto.
– ¡Pero si ya te dije que solo vine a hablar por teléfono! -dijo María.

Él no supo cómo reaccionar ante la obsesión temible. Miró a Herculina. Ésta aprovechó la mirada para indicarle en su reloj que era tiempo de terminar la visita. María interceptó la señal y vio a Herculina en la posición del asalto inminente. Entonces se aferró al cuello de su marido gritando como una verdadera loca. Él se la quitó de encima con tanto amor como pudo, y la dejó a merced de Herculina, que sin darle tiempo para reaccionar la sujetó con un brazo de hierro alrededor del cuello, y le gritó a Saturno:
– ¡Váyase!

Saturno huyo despavorido.

El sábado siguiente, ya repuesto del espanto de la visita, Saturno volvió al sanatorio. María se negó a recibir a su marido, tampoco a verlo desde los balcones. Saturno se sintió herido de muerte.
– Es una reacción típica -lo consoló el director-. Ya pasará.

Pero no pasó nunca. Después de intentar muchas veces ver de nuevo a María, Saturno hizo lo imposible para que recibiera una carta, pero fue inútil. Cuatro veces la devolvió cerrada y sin comentarios. Saturno desistió, pero siguió dejando en la portería del hospital las raciones de cigarrillos, sin saber siquiera si llegaban a María, hasta que lo venció la realidad.

Nunca más se supo de Saturno, salvo que volvió a casarse y regresó a su país. Antes de irse de Barcelona le dejó el gato medio muerto de hambre a una noviecita casual, y le pidió que siguiese llevándole los cigarrillos a María, hasta que un día la muchacha solo encontró los escombros del hospital, demolido como un mal recuerdo de aquellos tiempos ingratos. La última vez que la vio, María le pareció muy lúcida, un poco pasada de peso y contenta con la paz del claustro. Ese día le había llevado el gato, porque ya se le había acabado el dinero que Saturno le dejó para darle de comer.

Minicuentos

Presentación

Minicuentos

Nota biográfica sobre Augusto Monterroso

Augusto Monterroso nació en Honduras (1921) y falleció en Ciudad de México (2003). Como escritor es considerado como uno de los maestros del relato breve.

En 1997 Guatemala le otorgó el Premio Nacional de Literatura “Miguel Ángel Asturias”. En 2000 en España le fue concedido el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en reconocimiento a toda su carrera.​ En las palabras del jurado: «su obra narrativa y ensayística constituye todo un universo literario de extraordinaria riqueza ética y estética, del que cabría destacar un cervantino y melancólico sentido del humor. (…) Su obra narrativa ha transformado el relato breve».

Su composición Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí ha sido considerada el microrrelato más breve de la literatura universal. Se ha incluido en una docena de antologías y se ha traducido a varios idiomas, además de tener una edición crítica de Lauro Zavala titulada El dinosaurio anotado.​ Con razón, Monterroso aseveró sobre este micro-relato que “sus interpretaciones eran tan infinitas como el universo mismo”.

Texto adaptado. Minicuentos

Los enanos

Los enanos tienen una especie de sexto sentido que les permite reconocerse a primera vista.

El dinosaurio

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

“Nulla dies sine linea”

-Envejezco mal -dijo; y se murió.

Fecundidad

Hoy me siento bien, un Balzac; estoy terminando esta línea.

La oveja negra

En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue fusilada. Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.

Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.

La tela de Penélope o quién engaña a quién

Hace muchos años vivía en Grecia un hombre llamado Ulises (quien a pesar de ser bastante sabio era muy astuto), casado con Penélope, mujer bella y singularmente dotada cuyo único defecto era su desmedida afición a tejer, costumbre gracias a la cual pudo pasar sola largas temporadas.

Dice la leyenda que en cada ocasión en que Ulises con su astucia observaba que a pesar de sus prohibiciones ella se disponía una vez más a iniciar uno de sus interminables tejidos, se le podía ver por las noches preparando a hurtadillas sus botas y una buena barca, hasta que sin decirle nada se iba a recorrer el mundo y a buscarse a sí mismo.

De esta manera ella conseguía mantenerlo alejado mientras coqueteaba con sus pretendientes, haciéndoles creer que tejía mientras Ulises viajaba y no que Ulises viajaba mientras ella tejía, como pudo haber imaginado Homero, que, como se sabe, a veces dormía y no se daba cuenta de nada.

El grillo maestro

Allá en tiempos muy remotos, un día de los más calurosos del invierno, el Director de la Escuela entró sorpresivamente al aula en que el Grillo daba a los Grillitos su clase sobre el arte de cantar, precisamente en el momento de la exposición en que les explicaba que la voz del Grillo era la mejor y la más bella entre todas las voces, pues se producía mediante el adecuado frotamiento de las alas contra los costados, en tanto que los pájaros cantaban tan mal porque se empeñaban en hacerlo con la garganta, evidentemente el órgano del cuerpo humano menos indicado para emitir sonidos dulces y armoniosos.

Al escuchar aquello, el Director, que era un Grillo muy viejo y muy sabio, asintió varias veces con la cabeza y se retiró, satisfecho de que en la Escuela todo siguiera como en sus tiempos.

El zorro es más sabio

Un día que el Zorro estaba muy aburrido y hasta cierto punto melancólico y sin dinero, decidió convertirse en escritor, cosa a la cual se dedicó inmediatamente, pues odiaba ese tipo de personas que dice voy a hacer esto o lo otro y nunca lo hacen.

Su primer libro resultó muy bueno, un éxito; todo el mundo lo aplaudió, y pronto fue traducido (a veces no muy bien) a los más diversos idiomas. El segundo fue todavía mejor que el primero, y varios profesores norteamericanos de lo más granado del mundo académico de aquellos remotos días lo comentaron con entusiasmo y aun escribieron libros sobre los libros que hablaban de los libros del Zorro. Desde ese momento el Zorro se dio con razón satisfecho, y pasaron los años y no publicaba otra cosa. Pero los demás empezaron a murmurar y a repetir “¿Qué pasa con el Zorro?”, y cuando lo encontraban en los cócteles puntualmente se le acercaban a decirle tiene usted que publicar más.

-Pero si ya he publicado dos libros -respondía él con cansancio.

-Y muy buenos -le contestaban-; por eso mismo tiene usted que publicar otro.

El Zorro no lo decía, pero pensaba: “En realidad lo que estos quieren es que yo publique un libro malo; pero como soy el Zorro, no lo voy a hacer.”

Y no lo hizo.

La mosca que soñaba que era un águila

Había una vez una Mosca que todas las noches soñaba que era un Águila y que se encontraba volando por los Alpes y por los Andes.

En los primeros momentos esto la volvía loca de felicidad; pero pasado un tiempo le causaba una sensación de angustia, pues hallaba las alas demasiado grandes, el cuerpo demasiado pesado, el pico demasiado duro y las garras demasiado fuertes; bueno, que todo ese gran aparato le impedía posarse a gusto sobre los ricos pasteles o sobre las inmundicias humanas, así como sufrir a conciencia dándose topes contra los vidrios de su cuarto. En realidad no quería andar en las grandes alturas o en los espacios libres, ni mucho menos.

Pero cuando volvía en sí lamentaba con toda el alma no ser un Águila para remontar montañas, y se sentía tristísima de ser una Mosca, y por eso volaba tanto, y estaba tan inquieta, y daba tantas vueltas, hasta que lentamente, por la noche, volvía a poner las sienes en la almohada.

La mancha de humedad

Presentación

La mancha de humedad (1942)

Reseña biográfica de Juana de Ibarbourou

Poetisa uruguaya (1892-1979), reconocida desde muy joven, en 1929 recibió en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo de Montevideo el título de «Juana de América», de la mano de Juan Zorrilla de San Martín. En 1950 ocupó la presidencia de la Sociedad Uruguaya de Escritores y cinco años más tarde su obra fue premiada en el Instituto de Cultura Hispánica de Madrid. En 1959 fue Gran Premio Nacional de Literatura, otorgado por primera vez aquel año.

Ibarbourou es reconocida como una poetisa apasionada.  Nada hay menos intelectual que la lírica de Ibarbourou; todos sus pensamientos arrancan de sus propias sensaciones. La naturaleza le atrae, la siente, y habla con ella, con el río y con el árbol; les da carne y sangre y hace que aparezcan ante nosotros con sus sufrimientos y alegrías. A veces recurre para ello a atrevidas imágenes; así describe el ciprés: “Parece un grito que ha cuajado en árbol / o un padrenuestro hecho ramaje quieto”. Su obra en prosa estuvo enfocada fundamentalmente hacia el público infantil; en ella destacan Epistolario (1927) y Chico Carlo (1944).

Texto adaptado. La mancha de humedad (1942)

Hace algunos años, en los pueblos del interior del país no se conocía el empapelado de las paredes. Era este un lujo reservado apenas para alguna casa importante, como el despacho del Jefe de Policía o la sala de alguna vieja y rica dama de campanillas. No existía el empapelado, pero sí la humedad sobre los muros pintados a la cal. Para descubrir cosas y soñar con ellas, da lo mismo.

Frente a mi vieja camita de jacarandá, con un deforme manojo de rosas talladas a cuchillo en el remate del respaldo, las lluvias fueron filtrando, para mi regalo, una gran mancha de diversos tonos amarillentos, rodeada de salpicaduras irregulares capaces de suplir las flores y los paisajes del papel más abigarrado. En esa mancha yo tuve todo cuanto quise: descubrí las Islas de Coral, encontré el perfil de Barba Azul y el rostro anguloso de Abraham Lincoln, libertador de esclavos, que reverenciaba mi abuelo; tuve el collar de lágrimas de Arminda, el caballo de Blanca Flor y la gallina que pone los huevos de oro; vi el tricornio de Napoleón, la cabra que amamantó a Desdichado de Brabante y montañas echando humo de las pipas de cristal que fuman sus gigantes o sus enanos. Todo lo que oía o adivinaba, cobraba vida en mi mancha de humedad y me daba su tumulto o sus líneas. Cuando mi madre venía a despertarme todas las mañanas generalmente ya me encontraba con los ojos abiertos, haciendo mis descubrimientos maravillosos. Yo le decía con las pupilas brillantes, tomándole las manos:

  • Mamita, mira aquel gran río que baja por la pared. ¡Cuántos árboles en sus orillas! Tal vez sea el Amazonas. Escucha, mamita, cómo chillan los monos y cómo gritan los guacamayos.

Ella me miraba espantada:

  • ¿Pero es que estás dormida con los ojos abiertos, mi tesoro? Oh, Dios mio, esta criatura no tiene bien su cabeza, Juan Luis.

Pero mi padre movía la suya entre dubitativo y sonriente, y contestaba posando sobre mi corona de trenzas su ancha mano protectora:

  • No te preocupes, Isabel. Tiene mucha imaginación, eso es todo.

Y yo seguía viendo en la pared manchada por la humedad del invierno, cuanto apetecía mi imaginación: duendes y rosas, ríos y negros, mundos y cielos.

Una tarde, sin embargo, me encontré dentro de mi cuarto a Yango, el pintor. Tenía un gran balde lleno de cal y un pincel grueso como un puño de hombre, que introducía en el balde y pasaba luego concienzudamente por la pared dejándola inmaculada. Fue esto en los primeros días de mi iniciación escolar. Regresaba del colegio, con mi cartera de charol llena de migajas de bizcochos y lápices despuntados. De pie en el umbral del cuarto, contemplé un instante, atónita, casi sin respirar, la obra de Yango que para mí tenía toda la magnitud de un desastre. Mi mancha de humedad había desaparecido, y con ella mi universo. Ya no tendría más ríos ni selvas. Inflexible como la fatalidad, Yango me había desposeído de mi mundo. Algo, una sorda rebelión, empezó a fermentar en mi pecho como burbuja que, creciendo, iba a ahogarme. Fue de incubación rápida cual las tormentas del trópico. Tirando al suelo mi cartera de escolar, me abalancé frenética hasta donde me alcanzaban los brazos, con los puños cerrados. Yango abrió una bocaza redonda como una “O” de gigantes, se quedó unos minutos enarbolando en el vacío su pincel que chorreaba líquida cal y pudo preguntar por fin lleno de asombro:

  • ¿Qué le pasa a la niña? ¿Le duele un diente, tal vez?

Y yo, ciega y desesperada, gritaba como un rey que ha perdido sus estados:

  • ¡Ladrón! Eres un ladrón, Yango. No te lo perdonaré nunca. Ni a papá, ni a mamá que te lo mandaron. ¿Qué voy a hacer ahora cuando me despierte temprano o cuando tía Fernanda me obligue a dormir la siesta? Bruto, odioso, me has robado mis países llenos de gente y de animales. ¡Te odio, te odio; los odio a todos!

El buen hombre no podía comprender aquel chaparrón de llanto y palabras irritadas.

Yo me tiré de bruces sobre la cama a sollozar tan desconsoladamente, como solo he llorado después cuando la vida, como Yango el pintor, me ha ido robando todos mis sueños. Tan desconsolada e inútilmente. Porque ninguna lágrima rescata el mundo que se pierde ni el sueño que se desvanece… ¡Ay, yo lo sé bien!

Harry, mi hijo

Presentación

Harry, mi hijo (1968)

Reseña biográfica de Bernad Malamud

Bernard Malamud (Nueva York,1914-1986). Escritor estadounidense, autor de numerosas novelas y varios volúmenes de relatos cortos. Miembro de la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras, Premio Nacional del Libro y Premio Pulitzer de Ficción (1967). Considerado uno de los principales exponentes de la literatura de su país, alguna de sus obras fue adaptada al cine (El hombre de Kiev, 1968, guión de Dalton Trumbo y dirección de John Frankenheimer). Malamud es uno de los grandes testigos de la realidad marginal en Estados Unidos. Su prosa afilada y casi dolorosa se nutre del realismo del siglo XX (Hawthorne, Henry James, Dostoyevski, Chéjov) y contribuye -con Saul Bellow, Philip Roth, Doctorow, Carver y otros- a la creación de este seco moderno realismo, tan genuinamente norteamericano.

Texto adaptado. Harry, mi hijo (1968)

Harry se despierta sintiendo que su padre está en el pasillo, escuchando. Su padre le escucha cuando duerme y sueña; cuando se levanta y busca a tientas los pantalones; cuando no se pone los zapatos; cuando no va a la cocina para comer algo; cuando se mira al espejo con los ojos cerrados; cuando está sentado una hora en el retrete; cuando hojea las páginas de un libro que no puede leer. Escucha su angustia, su sole­dad. El hijo oye que su padre está plantado en el pasillo. Mi hijo, el desconocido. Abro la puerta y veo a mi padre en el pasillo.

–¿Qué estás haciendo ahí? ¿Por qué no vas a trabajar?

–Porque he tomado las vacaciones en invierno, en vez de en verano, como antes.

–¿Por qué lo has hecho? Te pasas todo el tiempo en este oscuro y maloliente pasillo tra­tando de adivinar lo que no ves. ¿Por qué estás siempre espián­dome?

Mi hijo no me habla. Yo le oigo a veces en su habitación, pero no sé lo que le pasa. Es terrible para un padre. Tal vez un día me escriba una carta: Querido padre… Querido hijo Harry, abre la puerta. Mi hijo, el prisionero. Mi mujer se marcha por la mañana para pasar el día con nuestra hija casada, que espera el cuarto hijo. Allí cocina, limpia y cuida de los tres pequeños. La hija tiene un embarazo malo, la tensión alta y está en la cama por consejo médico. Mi mujer está preocupada por Harry. Desde que se graduó, el invierno pasado, está siempre solo, nervioso, sumido en sus pensamientos. Te responde gritando. Lee los perió­dicos, fuma, no se mueve de su habitación. Solo de vez en cuando sale a la calle a dar un paseo.

–¿Qué tal el paseo, Harry?

Mi mujer le aconsejó que buscase trabajo y él salió un par de veces a buscarlo. Pero cuando tuvo alguna oferta, no la aceptó.

–No es que no quiera trabajar. Es que me siento mal.

–¿Y por qué te sientes mal?

–Yo siento lo que siento. Siento lo que es.

–¿Es tu salud, hijito? Tal vez tendrías que ir al médico.

–Te pedí que no volvieses a llamarme hijito. No es mi salud. Sea lo que sea, no quiero hablar de eso. No es la clase de trabajo que me interesa.

–Pero, mientras tanto, acepta algún empleo temporal.

Él se puso a chillar.

–Todo es temporal. ¿Por qué añadir más cosas temporales? Mi estómago es temporal. El maldito mundo es temporal. No quiero añadir un trabajo temporal. Quiero lo contrario, ¿dónde está? ¿Dónde puedo encontrarlo?

Mi padre escucha en la cocina. Mi hijo, temporal. Mi madre me dice que me sentiría mejor si trabajase. Yo digo que no. Cumplí veintidós años en diciembre, me gradué en la universidad y ya saben para qué sirve eso. Por la noche veo las noticias. Sigo día a día esta guerra ardiente y enorme en una pantalla pequeña. Llueven bombas y las llamas son cada vez más altas. A veces me inclino y toco la guerra con la palma de la mano. Pienso que se me va a morir la mano. Mi hijo, el de la mano muerta. Espero que me llamen a filas el día menos pensado, pero ya no me preocupa. No pienso ir. Me marcharé al Canadá o a cualquier otro sitio adonde pueda llegar. Mi mujer está asustada y se alegra de ir a casa de mi hija temprano por la mañana para cuidar de los tres niños. Yo me quedo con Harry, pero no me habla. “Tendrías que llamar a Harry y hablar con él”, dice mi esposa a mi hija. “Algún día lo haré, pero hay nueve años de diferencia entre los dos; él me considera como otra madre y con una tiene bastante. Le quería de pequeño, pero ahora es difícil tratar, ya no te corresponde”. Mi hija tiene la tensión alta. Creo que le da miedo llamarle. Me he tomado unas vacaciones, piensa Leo en voz alta. Le dije al jefe que no era grave, pero que necesitaba unas vacaciones cortas. A mi amigo Moe Berkman le dije la verdad: dejaba de trabajar unos días porque Harry me tenía preocupado.

–Te comprendo, Leo. También tuve preocupa­ciones con mis hijos. ¿Por qué no vienes a jugar al póquer este viernes por la noche? Tenemos una buena partida.

–Ya veré cómo marchan las cosas el viernes. No puedo prometértelo.

–Procura venir, te relajará y aliviará la preocupación.

Es la peor clase de preocupación. Si me preocupo por mí mismo puedo decirme: Leo, eres un estúpido; no debes preocuparte por nada. ¿Por dinero? ¿Por la salud, que siempre ha sido bastante buena, aunque tengo mis altibajos? ¿Por qué pronto cumpliré sesenta años y la juventud no vuelve? Pero cuando la preocupación es por otra persona, es peor. No podemos meternos dentro de la otra persona y averiguar la causa. No sabemos qué interruptor apretar. Lo único que hacemos es preocupamos más. Por eso, yo espero en el pasillo que da la puerta de Harry.

–Harry, no te preocupes demasiado por la guerra.

–Por favor, no me digas de qué tengo que preocuparme o no preocuparme.

–Harry, tu padre te quiere. De pequeño, corrías a mi encuentro cuando volvía a casa; yo te levantaba hasta el techo; te gustaba tocarlo con tu manita.

–No vuelvas a hablarme de eso. No quiero oír nada de cuando era pequeño.

–Harry, vivimos como extraños. Sólo te digo que recuerdo días mejores. Los tiempos en que no nos daba miedo mostrar que nos queríamos.

Él no dice nada.

–Deja que te cueza un huevo.

–Un huevo es lo que menos deseo en el mundo.

–Entonces, ¿qué quieres?

Harry se puso el abrigo, cogió su sombrero y bajó a la calle. Caminó a lo largo de Ocean Parkway, con su abrigo largo y su raído sombrero marrón. Su padre le seguía y eso le enfurecía enor­memente. Harry dio la vuelta; aunque estaba furioso, fingió no ver a su padre que cruzaba también la calzada tras él. El padre siguió a su hijo hasta casa. Cuando llegó, Harry ya estaba arriba, en su habitación, siempre con la puerta cerrada. Leo, antes de subir, había abierto el buzón. Había tres cartas; quizá alguna era de su hijo, dirigida a él. “Querido padre, deja que te explique la razón de que actúe como lo hago…” No había tal carta. Una era para él de la Mutualidad de Correos. Las otras dos eran para Harry. Una era de la oficina de reclu­tamiento; la llevó a la habitación de su hijo, llamó a la puerta y esperó. Esperó un rato.

–Hay una carta para ti de la oficina de reclutamiento.

Entró en la habi­tación. Su hijo estaba tumbado en la cama, con los ojos cerrados.

–Déjala encima de la mesa.

–¿Quieres que la abra, Harry?

–No, no quiero que la abras. Déjala en la mesa. Ya sé lo que dice.

–¿Les escribiste otra carta?

–Eso es cosa mía.

El padre dejó la carta en la mesa. La otra carta para su hijo se la llevó a la cocina; cerró la puerta y puso a hervir un poco de agua. Pensó leerla rápidamente, cerrar de nuevo el sobre con pegamento y echarla de nuevo al buzón. Leyó la carta. La enviaba una chica. Había prestado dos libros a Harry hacía seis meses. Le rogaba que se los devolviera lo antes posible, para no tener que escribirle otra vez. Leo la estaba leyendo cuando Harry entró en la cocina; le arrancó la carta de las manos.

–Debería asesinarte por espiarme de esta manera.

Leo desvió la vista hacia la pequeña ventana. Le ardía el rostro y se sintió mareado.

–Si vuelves a hacerlo, no te sorprendas si te mato. Estoy harto de que me espíes.

–Harry, estás hablando con tu padre.

Harry salió de la casa. Leo entró en la habitación del hijo. Registró los cajones. Sobre la mesa, junto a la ventana, un trozo de papel escrito por Harry decía: “Querida Edith, ¿por qué no te jodes? Si vuelves a escribirme otra carta estúpida, te mataré.” Mi hijo, el asesino. El padre se puso el sombrero y el abrigo y salió de casa. Caminó hasta que vio a Harry al final de la calle. Le siguió, a una distancia de media manzana. Siguió a Harry y llegó a tiempo de ver que tomaba un trolebús. Leo tuvo que esperar al siguiente. Llegó quince minutos más tarde, y Leo lo tomó. Era febrero y Coney Island estaba húmeda, fría y desierta. Parecía que iba a nevar. Leo avanzó por el paseo de tablas, entre ráfagas de nieve, buscando a su hijo. Las playas grises, sin sol, estaban vacías. Los puestos de perritos calientes, de tiro al blanco y los establecimientos de baños estaban cerrados. El océano parecía que iba a congelarse. Soplaba viento del mar y se introducía por debajo de la ropa de Leo, haciéndole temblar mientras andaba. Caminó bajo las ráfagas buscando a su hijo. Vio una figura en la playa, de pie, ante la espumosa rompiente. Leo bajó corriendo la escalera de madera y avanzó por la arena. La figura  de pie en la playa rugiente era Harry; el agua le cubría los zapatos. Leo corrió hacia su hijo.

–Perdóname, Harry; hice mal, siento haberte abierto la carta.

Harry no se movió. Siguió en el agua, fija la mirada en las hinchadas olas de plomo.

–Tengo miedo, Harry, dime qué te pasa. Hijo mío, compadécete de mí.

Yo le tengo miedo al mundo, pensó Harry. Me espanta. Pero no dijo nada. El viento levanta el sombrero de Leo, que corre en una dirección, después en otra y luego hacia el agua, hasta que el viento lleva el sombrero hasta sus piernas. Llorando, sin aliento, Leo se enjuga los ojos con los dedos helados y vuelve hacia su hijo, que sigue en la orilla del mar. “Es un hombre solitario. Él es así. Siempre estará solo”. Mi hijo, el solitario.

–¿Qué puedo decirte, Harry? ¿Quién dijo que la vida es fácil? No lo fue para mí y no lo es para ti. La vida es así… ¿Pero, qué vas a hacer si estás muerto? La nada es nada; es mejor vivir. Ven a casa, Harry, hace frío, pillarás un resfriado.

Harry sigue inmóvil en el agua. Leo, al fin, se marcha lentamente. El viento le arranca el sombrero que vuela por la arena. Esta vez Leo no va tras el sombrero; se queda quieto mirando cómo se aleja. Mi padre escucha en el pasillo. Me sigue por la calle. Me encuentra en la orilla del mar. Mi hijo se queda en la playa con los pies en el océano.

El regalo

Presentación

Nota biográfica sobre Leonid Andréiev

Leonid Andréiev (1871, Rusia; 1919, Finlandia) escritor y dramaturgo ruso, lideró el movimiento expresionista en la literatura de su país. Activo en la Revolución de 1905 y la Revolución de Octubre de 1917, que destronó al gobierno zarista.

Descubierto por Máximo Gorki, fue uno escritor prolífico. Aclamado como una nueva estrella en Rusia, su nombre pronto se hizo famoso. Sus dos historias más conocidas son probablemente Risa roja (1904) y Los siete ahorcados (1908).

Idealista y rebelde, Andréiev pasó sus últimos años en la pobreza, y su muerte prematura por una enfermedad cardíaca pudo haber sido favorecida por su angustia a causa de los resultados de la Revolución Bolchevique. A diferencia de su amigo Gorki, Andréiev no aceptó el nuevo orden político y desde su casa en Finlandia, donde se exilió, dirigió al mundo manifiestos contrarios a los excesos bolcheviques.

Algunas adpataciones de sus obras se han llevado con posterioridad al cine (en Argentina) y al teatro (en Broadway).

Texto adaptado. El Regalo

– Vuelve –suplicó Senia por tercera vez.

– Pues claro que volveré. No te inquietes. Acabó respondiendo Sazonka.

Y de nuevo guardaron silencio. Senia estaba acostado, cubierto hasta el mentón por una sábana gris del hospital, y no apartaba los ojos de Sazonka. Deseaba que su visitante permaneciese allí todo el tiempo posible, que no se marchase. Sus ojos parecían implorar la promesa de que no le dejaría abandonado a la soledad, al dolor y el miedo. No obstante Sazonka se aburría y estaba deseando marcharse, pero no sabía cómo hacerlo sin disgustar al muchacho enfermo. Tan pronto empezaba a levantarse de la silla con el firme propósito de irse, como se sentaba de nuevo decididamente, igual que si lo hiciese para toda la vida. No sabía qué decirle al enfermo.

– ¡Menuda vida! ¿Te duele? Senia afirmó con la cabeza, y dijo con voz débil:

– Bueno, tienes que irte ya; o te reñirán.

– Sí, es verdad –afirmó Sazonka, contento de encontrar un pretexto para marcharse–.

Se inclinó hacia él y dijo con voz firme:

– Escucha, Semion… Senia. Te lo digo yo, ¿sabes? Vendré, puedes estar seguro. En cuanto tenga un momento libre, vendré.

En los labios ennegrecidos y secos de Senia se dibujó una sonrisa enfermiza.

– Sí –contestó.

– Ya verás como vengo. ¡Qué diablo! ¿Crees que no me doy cuenta?

Finalmente Sazonka se levantó. Era muy alto, y una abundante mata de pelo le cubría la cabeza. Sus ojos grises dirigían miradas fulgurantes a un lado y otro, y parecían reír.

– Bueno, hasta pronto –dijo en tono cariñoso. Sin embargo, permaneció inmóvil. Quería demostrarle a Senia su afecto con un nuevo gesto de ternura, hacer algo tras lo cual Senia ya no temiese quedarse solo y así poder marcharse con la conciencia tranquila. Fue Senia quien puso fin a sus vacilaciones. – Hasta pronto –dijo con su voz atiplada. Con absoluta sencillez, como un hombrecito, sacó la mano de debajo del cobertor y se la tendió con aire indiferente a Sazonka. – Volverás, ¿verdad? –preguntó por cuarta vez Senia. Una vez fuera del hospital le parecía seguir aspirando aquel olor a medicinas y continuar oyendo la voz implorante de Senia: – ¡Espero que vuelvas! Y aunque nadie podía ya oírle, Sazonka repetía en un tono de convicción: – ¡Claro que volveré! ¿Crees que no tengo corazón?

II

Las Pascuas estaban a la vuelta de la esquina y los sastres atareados. Días enteros, largos y luminosos, desde el amanecer hasta la anochecida, y con frecuencia hasta medianoche, permanecía Sazonka trabajando junto a la ventana, con las piernas cruzadas al modo turco, frunciendo las cejas y silbando malhumorado. Por la mañana no daba el sol en la estancia y el aire estaba fresco, pero hacia el mediodía el sol empezaba a resplandecer en la ventana y se agrandaba hasta abarcar la ventana entera; los pedazos de tela, las tijeras, todo brillaba de un modo deslumbrador y el calor se hacía sofocante.

La calle, en un extremo de la ciudad, tenía escaso tránsito. De tarde en tarde pasaba algún campesino de las cercanías en su carro y sin apresurarse; el carro se tambaleaba al hundir las ruedas en los baches, todavía llenos de lodo, y producía un ruido que evocaba la vasta amplitud de los campos. Cuando Sazonka comenzaba a sentir dolor en la espalda, y sus dedos, entumecidos, no podían sostener la aguja, bajaba corriendo descalzo a la calle y dando ágiles saltos sobre los charcos llegaba junto al grupo de muchachos que estaban jugando a los tejos.

– Dejadme jugar un poco –les decía. Una docena de manos le tendían los pequeños discos de hierro con que se derribaban los huesos, y numerosas voces le gritaban a un tiempo: – Toma el mío, Sazonka. ¡El mío! Sazonka cogía el más pesado, se remangaba, adoptaba una postura atlética y luego lanzaba el disco, que con un ligero silbido iba a parar en medio de la larga hilera de huesos derribando varios de éstos; los chicos prorrumpían en gritos de admiración. Después de algunas jugadas afortunadas, Sazonka se secaba el sudor de la frente, y dirigiéndose a los muchachos decía: – ¿Sabéis que Senia sigue en el hospital? Pero los chicos, absortos en su juego, acogían estas palabras fríamente, con indiferencia. – Habría que llevarle algo. Yo le llevaré un regalo –añadía Sazonka. Estas nuevas palabras despertaban cierto interés entre los chicos. Mishka, el Cerdito, sosteniéndose con una mano los pantalones que se le caían, y con un puñado de canicas en la otra, decía con aire serio: – ¡Llévale diez kopeks! Pero Sazonka no podía perder el tiempo en aquellas conversaciones. Volviendo a saltar sobre los charcos con ágiles brincos, regresaba a su casa y se ponía de nuevo a trabajar. Se le hincharon los ojos, perdió el color, como si se encontrase enfermo, y las pecas que tenía en su rostro se hicieron más visibles. Sólo su abundante pelo, que le cubría la cabeza como un gorro, conservaba su aspecto alegre y triunfal. Cuando su maestro, Gavril Ivanovich, le miraba, Sazonka empezaba a pensar, no se sabe con qué motivo, en la taberna y la vodka que se bebía en ella. El recuerdo era tan tentador que, para desahogarse, se ponía a escupir y a jurar como un condenado. Se pasaba días enteros dándole vueltas sin cesar a cualquier idea. Tan pronto pensaba en comprarse un acordeón como en encargarse unas botas. Pero en lo que pensaba con más frecuencia era en Senia y en el regalo que iba a llevarle. Mientras oía el ruido de la máquina de coser y los juramentos del maestro, Sazonka se imaginaba siempre la misma escena: se veía a sí mismo deteniéndose junto a la cama de Senia en el hospital, entregándole el regalo envuelto en un pañuelo con cenefa encarnada. En sus evocaciones intentaba en vano recordar la cara de Senia, pero el pañuelo con cenefa encarnada –que no había comprado todavía–, era el que se dibujaba en su imaginación con extraordinaria nitidez. Y a todos, al maestro, a la mujer de éste, a los clientes y a los chicos, les manifestaba su firme propósito de ir a visitar a Senia el primer día de Pascua.

– ¡Dejar de ir sería una asquerosa faena! –añadía–.

Iré sin falta. Y le llevaré un regalo y le diré: “Aquí lo tienes, chico; ¡toma!” Pero al tiempo que hablaba de este modo se veía a sí mismo entrando en la taberna, donde había gente bebiendo vodka. Se sentía incapaz de luchar, sentía el deseo de decir con total resolución: “¡No, iré a ver a Senia!” Su mente quedaba envuelta en una grísea neblina, en medio de la cual destacaba el pañuelo con cenefa encarnada.

III

El primer día de Pascua, y también el segundo, Sazonka, había bebido; estuvo armando escándalo y pasó la noche en el puesto de policía. Hasta el cuarto día no fue a ver a Senia. La calle, inundada de sol, estaba abarrotada por un gentío vestido con colores chillones. Podía escucharse la música de los acordeones, el ruido de los discos metálicos derribando los huesos, el cacareo belicoso de los gallos que se peleaban. Pero Sazonka no hacía caso de nada. La expresión de su rostro, en la que un ojo hinchado y el labio superior desgarrado hablaban de las recientes peleas, era grave y estaba como ensimismado; hasta su abundante pelo, lacio y en desorden, tenía un aspecto melancólico. Se sentía avergonzado de su borrachera y de no haber cumplido su palabra; Senia no le vería en plena forma, con su camisa de lana y chaleco nuevo, sino maltrecho, miserable y oliendo a vodka. Sin embargo, a medida que se acercaba al hospital, se sentía satisfecho y lanzaba frecuentes miradas al paquetito que llevaba. Le parecía estar ya viendo el rostro de Senia, con los labios secos y los ojos suplicantes. – Querido amigo, ¿crees no me doy cuenta? ¿Que no tengo corazón? –decía en voz alta, como si Senia pudiera oírle, y apresuraba el paso con impaciencia.

Llegó al hospital; las negras ventanas parecían ojos severos. Avanzó por el largo pasillo que olía a medicinas, con la ya conocida sensación de malestar y tristeza. Entró en la sala donde estaba la cama de Senia. Pero Senia, ¿dónde estaba?

– ¿Qué busca? –preguntó un vigilante. – Pues a un chico en esta cama; Semion… Semion Yeroseiev. Estaba aquí… –dijo. Y Sazonka señalaba la cama vacía. – ¡Podía usted preguntar primero, antes de meterse de rondón! –dijo el vigilante en tono desabrido–. Además, no es Semion Yeroseiev, sino Semion Pustoshkin. – Yeroseiev es su patronímico –explicó Sazonka, poniéndose pálido. – Pues el tal Yeroseiev ha muerto. Aunque aquí le conocíamos por Pustoshkin. – ¿Cómo es posible? –preguntó Sazonka, palideciendo todavía más–. ¿Cuándo ha sido? – Ayer tarde. – ¿Y no lo podría ver? –preguntó Sazonka con voz tímida. – ¿Por qué no? –respondió el vigilante con indiferencia. Y no se apure tanto: estaba muy débil y su muerte era de esperar.

Sazonka preguntó dónde estaba el depósito; sus ojos no vieron nada hasta que se fijaron en el cuerpo muerto de Senia. Un frío terrible reinaba en la habitación, y dirigió una mirada a las paredes, llenas de manchas de humedad; a la ventana, cubierta de telarañas. En un rincón zumbaba una mosca. Y en alguna parte, no lejana, se oía el monótono gotear del agua: tac… tac… tac… Sazonka retrocedió un paso y dijo en voz alta: – Adiós, Semion Yeroseiev. Después se arrodilló, tocó el pavimento húmedo con la frente y se levantó. – ¡Perdóname, Semion Yeroseiev! –dijo, con la misma voz alta y clara. Cayó nuevamente de rodillas y permaneció con la frente pegada al pavimento hasta que comenzó a dolerle la cabeza. La mosca ya no zumbaba. Reinaba el silencio de la muerte. Lenta, rítmicamente, caían las gotas de agua, como lágrimas dulces y cordiales.

IV

El hospital se hallaba en las afueras y detrás empezaba el campo, por donde Sazonka echó a andar. Sazonka, al principio, avanzaba por el camino; luego se dirigió hacia el río a través de los bancales segados durante la estación anterior. En la orilla del río, se tendió boca arriba y cerró los ojos. Allí no corría el aire y la atmósfera estaba caliente, como en un invernadero. La luz del sol, en ondas ardientes y rojas, le atravesaba los párpados. En el cielo azul se oía cantar una alondra. Era agradable no pensar en nada. El río, recuperado su cauce después del deshielo, corría plácidamente como un pequeño arroyo. Sazonka, medio dormido, palpó de pronto un envoltorio que tenía a su lado.

Era el regalo. Se incorporó bruscamente y exclamó:

– ¡Dios mío! ¡Dios mío! Había olvidado totalmente el paquete, que parecía haber aparecido allí por arte de birlibirloque, y ahora lo miraba con ojos atónitos. Hasta le daba miedo tocarlo. Estuvo un rato contemplándolo, fija, obstinadamente, y una piedad enorme y penetrante, una terrible cólera contra sí mismo se apoderó de él. Miraba el pañuelo con cenefa encarnada y se imaginaba a Senia esperándole. Le esperaría el primer día, el segundo, el tercero. Volvería a cada momento la cabeza, con la esperanza de verle entrar. Sazonka no llegaría nunca y el pobre Senia había tenido que morir solo, olvidado, abandonado, como un perro en un estercolero. ¡Si él hubiera ido un día antes!

Sazonka lloró, mesándose los cabellos y revolcándose por la hierba. – ¡Dios mío! ¡Dios mío! Después, de bruces en el suelo y con el labio desgarrado, se calló y sintió su alma atravesada por un dolor agudísimo. La hierba tierna acariciaba suavemente su rostro y un olor denso y tranquilizante se elevaba de la tierra húmeda, llena de fuerzas creadoras, vitales. Madre eterna, la tierra recibía a su hijo, al pecador arrepentido; le abría sus amorosos brazos y proporcionaba a su dolorido corazón calor, amor y esperanza.

En la lejana ciudad las campanas tocaban a gloria, en la fiesta de la Resurrección.

Minicuentos Kafkianos

Presentación

Nota biográfica sobre Franz Kafka

Franz Kafka (Praga, 1883; Austria, 1924) fue un escritor checo de origen judío que escribió en alemán. Nacido en Praga (entonces perteneciente al Imperio Austro-húngaro) en una familia de clase media, su padre, un comerciante, fue una figura dominante que impregnó la obra de su hijo y (según Kafka) agobió su existencia. En Carta al padre, escrita en 1919, pero publicada, como casi toda su obra, póstumamente, Kafka expresa sus sentimientos de inferioridad y de rechazo paterno. Kafka vivió con su familia la mayor parte de su vida y no llegó a casarse, aunque estuvo prometido en dos ocasiones.

La obra de Kafka – En La metamorfosis, El proceso y El castillo- nos zambulle en un universo de culpabilidad, la que experimenta el individuo al verse amenazado por unas fuerzas desconocidas que no alcanza a comprender y se hallan fuera de su control. Una red de jerarquías, miedos, controles y limitaciones de todo tipo, – en particular, la carencia de información- atrapan a las personas, que se ven sometidas al poder institucionalizado, sin posibilidades de escape. Kafka anticipó con sorprendente lucidez un universo absurdo y despiadado que pocos años después cristalizó en los totalitarismos nazi y soviético.

Kafka está considerado como una de las figuras más importantes de la moderna literatura occidental. El término ‘kafkiano’ – con equivalente en varios idiomas- se aplica de forma muy significativa a situaciones sociales angustiosas o grotescas.

Texto adaptado. Minicuentos Kafkianos

La partida

Ordené que trajeran mi caballo del establo. El sirviente no entendió mis órdenes. Así que fui al establo yo mismo, le puse silla a mi caballo y lo monté. A la distancia escuché el sonido de una trompeta y le pregunté al sirviente qué significaba.Él no sabía nada ni escuchó nada. En el portal me detuvo y preguntó:
-¿Adónde va el patrón?
-No lo sé -le dije- simplemente fuera de aquí, simplemente fuera de aquí. Fuera de aquí, nada más, es la única manera en que puedo alcanzar mi meta.
-¿Así que usted conoce su meta? -preguntó.
-Sí -repliqué-te lo acabo de decir. Fuera de aquí, ésa es mi meta.

FIN

Buitres

Érase un buitre que me picoteaba los pies. Ya había desgarrado los zapatos y las medias y ahora me picoteaba los pies. Siempre lanzaba un picotazo, volaba en círculos inquietos alrededor y luego proseguía la obra.
Pasó un señor, nos miró un rato y me preguntó por qué toleraba yo al buitre.
-Estoy indefenso -le dije- vino y empezó a picotearme, yo lo quise espantar y hasta pensé torcerle el pescuezo, pero estos animales son muy fuertes y quería saltarme a la cara. Preferí sacrificar los pies: ahora están casi hechos pedazos.
-No se deje atormentar -dijo el señor-, un tiro y el buitre se acabó.
-¿Le parece? -pregunté- ¿quiere encargarse del asunto?
-Encantado -dijo el señor- ; no tengo más que ir a casa a buscar el fusil, ¿Puede usted esperar media hora más?
– No sé -le respondí, y por un instante me quedé rígido de dolor; después añadí – por favor, pruebe de todos modos.
-Bueno- dijo el señor- , voy a apurarme.
El buitre había escuchado tranquilamente nuestro diálogo y había dejado errar la mirada entre el señor y yo. Ahora vi que había comprendido todo: voló un poco, retrocedió para lograr el ímpetu necesario y como un atleta que arroja la jabalina encajó el pico en mi boca, profundamente. Al caer de espaldas sentí como una liberación; sentí que el buitre, irreparablemente, se ahogaba en mi sangre, que colmaba todas las profundidades y que inundaba todas las riberas.

FIN

El paseo repentino

Cuando por la noche uno parece haberse decidido terminantemente a quedarse en casa; se ha puesto una bata; después de la cena se ha sentado a la mesa iluminada, dispuesto a hacer aquel trabajo o a jugar aquel juego luego de terminado el cual habitualmente uno se va a dormir; cuando afuera el tiempo es tan malo que lo más natural es quedarse en casa; cuando uno ya ha pasado tan largo rato sentado tranquilo a la mesa que irse provocaría el asombro de todos; cuando ya la escalera está oscura y la puerta de calle trancada; y cuando entonces uno, a pesar de todo esto, presa de una repentina desazón, se cambia la bata; aparece en seguida vestido de calle; explica que tiene que salir, y además lo hace después de despedirse rápidamente; cuando uno cree haber dado a entender mayor o menor disgusto de acuerdo con la celeridad con que ha cerrado la casa dando un portazo; cuando en la calle uno se reencuentra, dueño de miembros que responden con una especial movilidad a esta libertad ya inesperada que uno les ha conseguido; cuando mediante esta sola decisión uno siente concentrada en sí toda la capacidad determinativa; cuando uno, otorgando al hecho una mayor importancia que la habitual, se da cuenta de que tiene más fuerza para provocar y soportar el más rápido cambio que necesidad de hacerlo, y cuando uno va así corriendo por las largas calles, entonces uno, por esa noche, se ha separado completamente de su familia, que se va escurriendo hacia la insustancialidad, mientras uno, completamente denso, negro de tan preciso, golpeándose los muslos por detrás, se yergue en su verdadera estatura.

Todo esto se intensifica aún más si a estas altas horas de la noche uno se dirige a casa de un amigo para saber cómo le va.

FIN

Llámame tía Dora

Presentación

Llámame tía Dora (2015)

Este relato de Doctorow, Llámame tía Dora, pertenece a su libro Cuentos completos, el último libro que el autor dio a la imprenta (2015) y en el cual el relato aparece con el título original Una casa en la llanura.

Las grandes virtudes del Doctorow narrador, al margen de su tarea como novelista histórico, aparecen en este relato. Directo, sencillo y contundente. Y en el escenario de la América profunda y de la gran depresión, Doctorow plantea con una desnuda sencillez el dilema moral que arrastra la humanidad desde hace siglos: hacer el mal para asegurar la vida. Inolvidable tía Dora. 

Nota biográfica sobre E. L. Doctorow (1931-2015)

Edgar Lawrence Doctorow nació y murió en EEUU (Nueva York, 1931-2015). Fue un escritor estadounidense de varias novelas aclamadas por los especialistas, en las cuales mezcla historia y crítica social. Se ha dedicado toda su vida a la escritura y a la enseñanza.

Alguna de sus novelas –Ragtime (1976), Billy Bathgate (1990)- han sido llevadas con éxito al cine. Y todas han tenido una excelente acogida por el público, especialmente, el estadounidense (La gran marcha, 2005; Cuentos completos, 2015). Con un estilo narrativo que enlaza con los grandes autores estadounidenses – Hawthorne, Hemingway, Carver- leer a Doctorow es aproximarse al distinto estilo de vida americano.

Texto adaptado. Llámame tía Dora (2015)

Mamá me dijo que, de ahí en adelante, yo debía ser su sobrino. Llámame tía Dora, me dijo.

Con el seguro de vida recibido a la muerte del doctor mamá había comprado en otro estado una granja, alejada de la ciudad. ¿A quién le importaría allí si yo era su hijo o no? Piensa, cuando me llames tía Dora, que esta tía tuya te ha acogido después de la muerte de su hermano viudo Horace; aunque ambos sabíamos que mamá no tenía hermanos.

La estación de tren de La Ville se reducía a un andén de cemento y un cobertizo a modo de sala de espera sin taquilla. No lograba imaginar cómo, según mamá, vivía allí una población de más de tres mil personas.

Un hombre se prestó a llevarnos en un carromato. Circuló por calles con algunas casas de sólida construcción, pero después, a medida que te alejabas del centro, se sucedían deterioradas casas de una sola planta, con porches pequeños y oscuros, huertos y tendederos en las partes traseras, separadas por callejones. Luego, recorridos tres o cuatro kilómetros a través de tierras de labor con un silo aquí y allá, junto a la carretera que se perdía recta hacia el oeste entre maizales, apareció lo que nunca yo habría esperado: una casa de ladrillo rojo, de tres plantas, con azotea y una escalinata de piedra, como salida de una calle de casas adosadas de Chicago.

Ésa era, en efecto, nuestra nueva casa.

Estaba semiabandonada, con telarañas por todas partes y excrementos de animales. Pero mamá lo había organizado todo y pronto comenzaron a ir llegando los carromatos con los muebles que había mandado por tren. No pocos hombres parecían dispuestos a ganarse más de un jornal de manos de aquella dama de buen ver con sortijas en los dedos. Se levantó una cerca para gallinero, se araron los eriales, se dragó el abrevadero donde estaría el agua para el ganado y durante un tiempo pareció que mamá era la mayor empresaria de La Ville.

Pero, ¿quién iba a sacar el agua del pozo, lavar la ropa y hacer el pan? La vida de campo era distinta, solitaria, aislada. Teníamos los recursos suficientes para vivir, pero yo me estaba sintiendo tan desprotegido como nunca me había sentido en la civilización de la que nos habíamos apartado. Por primera vez dudé del buen criterio de mamá.

Una tarde, contemplando ponerse el sol tras los montes a kilómetros de distancia.

  • Tía Dora, dije, ¿qué se nos ha perdido aquí?
  • Voy a traer una inmigrante que nos ayude. Dormirá en el cuarto pequeño detrás de la cocina.
  • ¿Por qué inmigrante? Hay mujeres en La Ville a las que vendría bien el dinero.
  • La traigo de otro estado; no quiero una mujer que se dedique a contar todo lo que pasa en casa. Usa el sentido común que Dios te dio, Erly.
  • Lo intento, mamá.
  • Tía Dora, maldita sea.
  • Tía Dora.

No sé por qué, pero después de este diálogo me quedé más tranquilo.

Mamá había contratado a Bent, grandote y torpe, como hombre para todo. Además del trabajo diario, una tarde lo subió a su habitación y yo pensé que tendríamos problemas. Per Bent era demasiado estúpido y comprendí que mamá tenía un plan. Además de Bent estaban los huérfanos. Mi madre había firmado un contrato con una agencia benéfica de Nueva York que le pagó por acoger a tres niños. Dos niños y una niña de aspecto agradable, pálidos y callados, de seis, seis y ocho años. A mamá le parecía buena idea llevarlos a la iglesia metodista de La Ville para exhibirlos con la ropa nueva que les había comprado. La tía Dora enseñó a los pequeños Joseph, Calvin y Sophie a que la considerasen su mamá. Llamadme mamá, les dijo. Y ellos lo hacían.

Mamá había confeccionado la familia. Fannie, la cocinera, que no hablaba inglés y trabajaba duro; Bent, que se escabullía y bebía mucho, pero que cumplía trabajando en los maizales; además, dos mañanas por semana una maestra del condado jubilada venía a instruir en lectura y aritmética a los niños.

Y una noche mamá dijo. Tenemos una finca agrícola que funciona, una familia bien avenida y una situación relativamente holgada, pero si no encontramos nada antes del invierno nuestro único recurso es la póliza de seguro que contraté para los pequeños.

Y me leyó lo que parecía ser un anuncio: “¡Se busca! Viuda reciente con una próspera granja necesita un hombre nórdico con dinero para ser socio”.

  • ¿Por qué nórdico?, le dije.
  • Es lo que buscamos, suecos y noruegos, recién desembarcados, hablando mal el idioma y con sus ahorros de toda la vida.

Empezaron a llegar cartas y visitas. Los recibíamos en el salón: mamá servía café, y los niños, sus hijos, y yo, su sobrino, escuchábamos lo bien que se explicaba mamá. En estas primeras visitas, mamá, una mujer atractiva y de buena talla, vestía una simple falda plisada de color gris y una blusa blanca, sin más joyas que la cadena de oro con la cruz colgada que caía entre sus pechos y el pelo recogido en un moño alto en lo alto de la cabeza, en favorecedor descuido. Y nuestra cuenta corriente en el banco de La Ville empezó a engordar satisfactoriamente. Y se retiró el anuncio de “¡Se busca!”; nuestro invierno sería de descanso como en todas las granjas agrícolas.

Un frío día de diciembre llegó una carta de Winnifred, una medio novia que yo había dejado en Chicago. Me enterneció leer que le gustaría reunirse conmigo. Pero, en la segunda página, daba noticias del barrio. Iban a iniciar la investigación de la muerte del doctor, el marido de mamá en Chicago. La policía estaba preguntando dónde nos habíamos ido mamá y yo. Mamá no se inquietó demasiado, pero noté que comenzó a acelerar su plan. Así, en Nochebuena dio una fiesta invitando a los conocidos de La Ville – el banquero, los comerciantes, el párroco metodista- que acudieron en sus coches con sus esposas, vieron el abeto iluminado con velas, los niños vestidos para la ocasión y servidos por Fannie, uniformada, todos tomaron el ponche de huevo. La institutriz había traído su armonio y todos nos reunimos alrededor de la chimenea para cantar villancicos.

Poco después, pasados unos días del Año Nuevo, apareció un hombre ante nuestra puerta, otro sueco. No habíamos puesto el anuncio “Se busca” desde hacía meses y mamá no tenía intención de recibirlo; pero el individuo era hermano de otro que sí nos había visitado en el otoño. Dijo que se llamaba Henry Lundgren y que no había recibido noticias de su hermano Per desde que éste había salido para La Ville con dos mil dólares. Sabía que Per había dormido en el hotel de La Ville. Él había visto su firma.

Aquella tarde, mamá dijo. Bien Erly, nos vamos, pero tenemos mucho trabajo pendiente antes de la marcha. Si el pasado otoño ese sueco, Per, nos hubiera dicho que tenía un hermano no estaría donde está. ¡Dónde está Bent! Le ordenó que cogiera el coche, fuera a La Ville y cargara con media docena de latas de queroseno de cuatro litros, rápido que había que trabajar duro.

Mamá había pensado en todo. Había estado retirando cantidades de la cuenta durante todo el invierno. Teníamos una pequeña fortuna. Los pequeños detalles demostraron su genialidad. Por ejemplo, el mayor de los hermanos era de estatura parecida a la mía y Fannie, el ama de llaves, tenía las hechuras de mi madre. Y antes de ordenar a Bent que subiera y bajara por las escaleras derramando queroseno por todas las habitaciones se aseguró de que estuviera bien borracho. Terminaría durmiendo en el establo y allí es donde lo encontraron abrazado a una lata vacía de queroseno como quien abraza a una amante.

La casa ardió por los cuatro costados. Según los periódicos, fueron los dos cadáveres decapitados de Madame Dora y de su sobrino los que más atención atrajeron. Además, claro está, los de los bultos envueltos de los dos pequeños. Se encontraron otros huesos en el pozo y en el abrevadero, pero la prensa parecía más interesada en recoger los comentarios de los vecinos de La Ville, “qué final tan atroz para una dama tan refinada y cariñosa con los niños”.

Todo va a ir bien, dijo mamá, leyendo la prensa a muchos kilómetros de distancia.

  • Sí, tía Dora.
  • Eso de tía Dora era solo para allí, ahora se ha acabado.
  • Sí, mamá.

El ciudadano Pereira

Presentación

El ciudadano Pereira (1969)

El ciudadano Pereira no es un cuento. Se aproxima más a un breve comentario periodístico, con ese toque de ironía y expresividad que Cela prodigó en sus colaboraciones con la prensa escrita.

Trayéndolo a nuestro Rincón de lectura pretendemos ofrecer unos minutos de relajación a nuestros lectores y permitir un paréntesis y un contraste con la carga emocional de otros relatos.

Nota biográfica sobre Camilo José Cela (1916-2002)

Camilo José Cela Trulock (Iria Flavia, A Coruña, 1916 – Madrid, 2002) es un escritor y académico español, galardonado con el Premio Nobel de Literatura.

Cela fue muchos «Celas» a lo largo de sus 85 años de vida; el Cela andarín, el costumbrista, el provocador, el maestro, el sabio, el caballero, el erótico… el vagabundo narrador de excepcionales libros de viajes.

Autor de inolvidables relatos como La familia de Pascual Duarte, La colmena, Viaje a La Alcarria, en 1957 es elegido miembro de la Real Academia Española. Ha obtenido el Príncipe de Asturias de las Letras (1987), el Nobel de Literatura (1989) y el Miguel de Cervantes (1995).

Texto adaptado. El ciudadano Pereira (1969)

“Los ejércitos del general Yang-Tse-Kiang, apoyados por la artillería del general Hoan-Ho, libran una cruenta batalla con las tropas del insurrecto Tien-Tsin en las estribaciones de la llanura de Chiang-Kai-Check.”

Estamos a comienzos de la década de 1960 y las radios de todo el mundo lanzan sin cesar noticias de la guerra en China, en las que no se sabe bien si los ríos avanzan o reculan; si los generales sirven de barreras naturales y de muros de contención y si los nudos de comunicaciones se deciden por fin a tomar un avión y liarse a hacer visitas estratégicas. De todas las guerras, que siempre suelen ser un lío, ninguna es un lío tan rollizo como la guerra de China, que es una guerra en chino.

En medio de este desbarajuste ha brillado, como un rayito de ilusión y de esperanza, en la prensa de estos días, un nombre familiar, sonoro y celtibérico que nos ha llenado el ánimo de consuelo: el nombre de Pereira que, como el lector podrá colegir, no se trata del nombre de un chino, sino del nombre de un gallego, natural de la provincia de Lugo, quizá de la Tierra de Gayoso o del Concejo de Burón, y que, sin que los espíritus lógicos se lo expliquen demasiado satisfactoriamente, está de alcalde en Hanoi, que es una ciudad que tiene su importancia.

Quizá por su poético nombre -campo de perales-, pues es bien sabido que los chinos se perecen por la poesía, quizá porque nadie es profeta en su tierra, lo cierto es que Pereira, el ciudadano Pereira, que muy bien pudiera ser que se llamase Pepiño, Pepiño Pereira, o Farruquiño, o Luisiño, está de alcalde en Hanoi.

Se atribuye al cardenal Richelieu la frase: “Haced cónsul a un gallego, que él se buscará el consulado”. No se nos antoja excesivamente descaminado el cardenal. Nuestros paisanos tienen la virtud de la adaptación y el don divino de ser algo así como el comodín del póker, y lo mismo sirven para un roto que para un descosido, e igual lucido y provechoso papel hacen de recaudadores de contribuciones en las Nuevas Hébridas que de parteros en el Sudán o de jefes de estación en Kapurtala. El buscarse el consulado es cosa de ellos, y el consulado -todo depende- tanto puede ser un bastón con borlas en Hanoi, como un gang en Chicago, o una credencial de amaestrador de pingüinos en el Polo Sur.

El ciudadano Pereira, a los gallegos se nos antoja el símbolo de la raza, y los gallegos nos sentimos orgullosos de saber que en los mundos más remotos, allá donde ir de incógnito, teóricamente, no tendría razón de ser ni justificación posible, siempre un camarero o un rey, nos sonreirá para decirnos

¿No se acuerda usted de mí? Yo fui bedel en el Instituto de Santiago de Compostela, allá en los tiempos de la Dictadura. ¿No recuerda? Yo a usted lo conocí en seguida: usted es el nieto de don Juanito, ¿verdad?