Minicuentos

Presentación

Minicuentos

Nota biográfica sobre Augusto Monterroso

Augusto Monterroso nació en Honduras (1921) y falleció en Ciudad de México (2003). Como escritor es considerado como uno de los maestros del relato breve.

En 1997 Guatemala le otorgó el Premio Nacional de Literatura “Miguel Ángel Asturias”. En 2000 en España le fue concedido el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en reconocimiento a toda su carrera.​ En las palabras del jurado: «su obra narrativa y ensayística constituye todo un universo literario de extraordinaria riqueza ética y estética, del que cabría destacar un cervantino y melancólico sentido del humor. (…) Su obra narrativa ha transformado el relato breve».

Su composición Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí ha sido considerada el microrrelato más breve de la literatura universal. Se ha incluido en una docena de antologías y se ha traducido a varios idiomas, además de tener una edición crítica de Lauro Zavala titulada El dinosaurio anotado.​ Con razón, Monterroso aseveró sobre este micro-relato que “sus interpretaciones eran tan infinitas como el universo mismo”.

Texto adaptado. Minicuentos

Los enanos

Los enanos tienen una especie de sexto sentido que les permite reconocerse a primera vista.

El dinosaurio

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

“Nulla dies sine linea”

-Envejezco mal -dijo; y se murió.

Fecundidad

Hoy me siento bien, un Balzac; estoy terminando esta línea.

La oveja negra

En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue fusilada. Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.

Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.

La tela de Penélope o quién engaña a quién

Hace muchos años vivía en Grecia un hombre llamado Ulises (quien a pesar de ser bastante sabio era muy astuto), casado con Penélope, mujer bella y singularmente dotada cuyo único defecto era su desmedida afición a tejer, costumbre gracias a la cual pudo pasar sola largas temporadas.

Dice la leyenda que en cada ocasión en que Ulises con su astucia observaba que a pesar de sus prohibiciones ella se disponía una vez más a iniciar uno de sus interminables tejidos, se le podía ver por las noches preparando a hurtadillas sus botas y una buena barca, hasta que sin decirle nada se iba a recorrer el mundo y a buscarse a sí mismo.

De esta manera ella conseguía mantenerlo alejado mientras coqueteaba con sus pretendientes, haciéndoles creer que tejía mientras Ulises viajaba y no que Ulises viajaba mientras ella tejía, como pudo haber imaginado Homero, que, como se sabe, a veces dormía y no se daba cuenta de nada.

El grillo maestro

Allá en tiempos muy remotos, un día de los más calurosos del invierno, el Director de la Escuela entró sorpresivamente al aula en que el Grillo daba a los Grillitos su clase sobre el arte de cantar, precisamente en el momento de la exposición en que les explicaba que la voz del Grillo era la mejor y la más bella entre todas las voces, pues se producía mediante el adecuado frotamiento de las alas contra los costados, en tanto que los pájaros cantaban tan mal porque se empeñaban en hacerlo con la garganta, evidentemente el órgano del cuerpo humano menos indicado para emitir sonidos dulces y armoniosos.

Al escuchar aquello, el Director, que era un Grillo muy viejo y muy sabio, asintió varias veces con la cabeza y se retiró, satisfecho de que en la Escuela todo siguiera como en sus tiempos.

El zorro es más sabio

Un día que el Zorro estaba muy aburrido y hasta cierto punto melancólico y sin dinero, decidió convertirse en escritor, cosa a la cual se dedicó inmediatamente, pues odiaba ese tipo de personas que dice voy a hacer esto o lo otro y nunca lo hacen.

Su primer libro resultó muy bueno, un éxito; todo el mundo lo aplaudió, y pronto fue traducido (a veces no muy bien) a los más diversos idiomas. El segundo fue todavía mejor que el primero, y varios profesores norteamericanos de lo más granado del mundo académico de aquellos remotos días lo comentaron con entusiasmo y aun escribieron libros sobre los libros que hablaban de los libros del Zorro. Desde ese momento el Zorro se dio con razón satisfecho, y pasaron los años y no publicaba otra cosa. Pero los demás empezaron a murmurar y a repetir “¿Qué pasa con el Zorro?”, y cuando lo encontraban en los cócteles puntualmente se le acercaban a decirle tiene usted que publicar más.

-Pero si ya he publicado dos libros -respondía él con cansancio.

-Y muy buenos -le contestaban-; por eso mismo tiene usted que publicar otro.

El Zorro no lo decía, pero pensaba: “En realidad lo que estos quieren es que yo publique un libro malo; pero como soy el Zorro, no lo voy a hacer.”

Y no lo hizo.

La mosca que soñaba que era un águila

Había una vez una Mosca que todas las noches soñaba que era un Águila y que se encontraba volando por los Alpes y por los Andes.

En los primeros momentos esto la volvía loca de felicidad; pero pasado un tiempo le causaba una sensación de angustia, pues hallaba las alas demasiado grandes, el cuerpo demasiado pesado, el pico demasiado duro y las garras demasiado fuertes; bueno, que todo ese gran aparato le impedía posarse a gusto sobre los ricos pasteles o sobre las inmundicias humanas, así como sufrir a conciencia dándose topes contra los vidrios de su cuarto. En realidad no quería andar en las grandes alturas o en los espacios libres, ni mucho menos.

Pero cuando volvía en sí lamentaba con toda el alma no ser un Águila para remontar montañas, y se sentía tristísima de ser una Mosca, y por eso volaba tanto, y estaba tan inquieta, y daba tantas vueltas, hasta que lentamente, por la noche, volvía a poner las sienes en la almohada.

Filemón y Baucis

Presentación

Filemón y Baucis (aprox. 10 dC)

Nota biográfica de Ovidio

Publio Ovidio Nasón (Sulmona, 43 aC – Tomis, actualmente Constanza, en Rumanía 17 dC) fue un poeta romano.

A la muerte de su padre, Ovidio heredó sus propiedades y pudo vivir sin preocupaciones, viajando a diferentes lugares como Atenas, Asia Menor y Sicilia, donde completó sus estudios, dedicándose ya plenamente a la poesía. Además de por su poesía erótica recogida particularmente en Arte de amar, Ovidio sigue siendo recordado por Las metamorfosis, epopeya en quince volúmenes que recoge gran parte de la mitología grecorromana. La obra, que se conserva casi íntegra, no sólo ha sido una gran fuente de inspiración para autores posteriores, sino que ha dado a los estudiosos un material único sobre mitología clásica.

Hoy traemos a RelatABA un breve relato – Filemón y Baucis- con el que este mes de julio queremos sumarnos al “Día de los abuelos”. Extraído de Las Metamorfosis descubre el talento de Ovidio para describir con emoción las pequeñas cosas de la vida, desde las hojas de menta con que la pareja de ancianos limpia y perfuma la mesa para sus visitantes hasta la delicadeza de sus sentimientos recíprocos.

Este delicado relato es una muestra de cómo Ovidio contribuye a la creación y sostenimiento de los poderosos mitos grecorromanos, de los que nuestra civilización sigue nutriéndose todavía.

Texto adaptado. Filemón y Baucis

(leyenda recogida en La Metamorfosis)

Baucis, la anciana esposa de Filemón, recibió en su modesta casa a Júpiter y su hijo Mercurio, los cuales, ataviados como caminantes y después de un largo camino, no habían sido acogidos en ninguna de las casas de la aldea.

La anciana removió las brasas del hogar, reavivó el fuego con hojas y cortezas e hizo nacer las llamas soplando con su débil aliento; partió unos trozos de leña y ramas secas, las colocó bajo un pequeño caldero y cortó después las hojas de un repollo que su esposo Filemón había recogido en el huerto. Éste, a su vez, alcanzó con una horca un lomo de cerdo curado y añejo que colgaba de una viga, cortó unas lonchas y las echó en el agua hirviendo.

Y mientras entretenían con su charla la espera, llenaron de agua caliente una artesa de madera y lavaron los pies polvorientos de los caminantes.

Baucis puso la mesa con movimientos temblorosos. Y como de las tres patas de la mesa una era más corta, para nivelarla colocó un pedazo de barro cocido y después la limpió con verdes hojas de menta. Sirvieron aceitunas, otoñales cerezas de cornejo, aliñadas con salsa y achicoria silvestre; rábanos y queso, y huevos levemente volteados sobre brasas, todo ello en cacharros de barro. Trajeron después un recipiente grande de barro y vasos de madera recubiertos en su interior de rubia cera. La espera fue corta: del hogar llegaron las viandas calientes y también trajeron vino no muy añejo que, apartado un poco de lado, dejó paso a los postres. Ahora fueron nueces, higos secos mezclados con arrugados dátiles, ciruelas y manzanas perfumadas y cestos de uvas recogidas de rojas vides, y, en medio, un blanco panal de dulce miel.

A todo esto había que añadir sus rostros amables y su trato solícito y generoso.

Mientras tanto, vieron que el recipiente del que habían bebido varias veces se volvió a llenar misteriosamente y el vino aumentó por sí solo.  Baucis y Filemón musitaron plegarias y pidieron perdón por la pobreza de los alimentos y del servicio.

Solo tenían un ganso, guardián de la minúscula casa, y pensaron sacrificarlo para los huéspedes, pero el animal corrió veloz aleteando, burló la persecución de los ancianos y al fin se refugió junto a los caminantes. Estos les prohibieron matarlo y dijeron:

– Somos dioses y esta comarca impía sufrirá el castigo que se merece, pero vosotros os salvaréis. Seguid nuestros pasos hasta la cumbre de la montaña.

Obedecieron y, precedidos por los dioses, avanzaron lentamente apoyados en sus bastones, frenados por el peso de los años y fatigados por la interminable cuesta. Cuando estaban  a un tiro de flechade la cumbre volvieron atrás la mirada: todo estaba anegado bajo las aguas de un pantano, solo quedaba su casa. Mientras lloraban la suerte de sus vecinos, su vieja y pequeña choza se transformó en un hermoso templo. Las columnas sustituyeron a los postes, la paja se volvió amarilla, convertida en un tejado de oro, las puertas aparecieron esculpidas y el suelo de mármol.

Y entonces Júpiter dijo:

  • Venerables ancianos, decid ahora, qué deseáis.

Baucis y Filemón se miraron. Tras consultar brevemente entre ellos, Filemón respondió:

  • Queremos ser vuestros sacerdotes y cuidar el templo. Y que la misma hora nos lleve a los dos; que no vea yo nunca la tumba de mi esposa, ni tenga ella que enterrarme a mí.

La petición fue atendida y mientras tuvieron vida fueron los guardianes del templo.

Luego, ya debilitados por la edad, cuando se encontraban un día ante los sagrados peldaños del templo, vio Baucis que a Filemón le salían ramas y hojas, y el anciano Filemón vio también cubrirse de ramas y hojas a Baucis. Y mientras las copas de los dos árboles crecían sobre sus rostros, siguieron hablándose el uno al otro y se decían: “Adiós, esposa; adiós, esposo” y, al mismo tiempo, la corteza recubrió y ocultó sus bocas.

Ocho mujeres

Presentación

Ocho mujeres

El ocho de marzo de 2017, Día de la Mujer traemos ocho retratos femeninos de ocho autores importantes.

Unos breves retratos, apenas unas palabras, de estos grandes narradores nos ayudan a entender mejor el universo de la mujer. Chaucer, Cervantes, Voltaire, Turguenev, Pedro Antonio de Alarcón, Maupassant, Chejov, Torrente Ballester – alguno de cuyos cuentos ya han aparecido en nuestro blog- nos deleitan, nos hacen pensar, nos emocionan.

Ocho mujeres

Textos adaptados. Breves retratos femeninos, a lo largo de seiscientos años

Esta entrega de RelatABA pretende ser una contribución de nuestro blog al Día de la Mujer, en marzo de 2017. Se recogen ocho brevísimos retratos que de la mujer se han hecho en la literatura occidental a lo largo de seiscientos años. Alguna de estas descripciones ya ha sido recogida en los cuentos aparecidos en nuestro blog.

CHAUCER. La Comadre de Bath, personaje de los Cuentos de Canterbury (1385)

Los Cuentos de Canterbury es el relato del viaje de un grupo de peregrinos desde Londres a Canterbury, para visitar los restos de Santo Tomás Beckett. Cada noche uno de los los peregrinos narraba un cuento. Uno de los cuentos es narrado por una Comadre, nacida en Bath, que había tenido cinco matrimonios y  cinco maridos y que es así descrita:

Ninguna mujer osaba adelantársele cuando se dirigía al ofertorio. Su rostro era bello; su expresión, altanera, y su talante, gracioso.

En este divertido cuento se descifran “las tres cosas que más desean la mujeres”:
Lo que más desean las mujeres: ejercer la autoridad, tanto sobre sus esposos como sobre sus amantes y tener poder sobre ellos; éste es su mayor deseo. Lo que más desean, en segundo lugar: que se fijen en ellas y se elogien sus aderezos y su belleza. Lo que más odian: que se les recuerden sus defectos.

CERVANTES. Marcela, personaje de Don Quijote (1605)

Marcela, personaje de Cervantes, era hija de Guillermo el Rico y, al fallecer éste, heredó su fortuna. Marcela creció con belleza; cuando llegó a la edad de catorce a quince años nadie que la miraba no bendecía a Dios que tan hermosa la había criado. Pero Marcela prefirió irse al campo en compañía de otras zagalas guardando sus cabras. Con estos desdenes se dice que provocó la muerte de un celoso enamorado, Grisóstomo; y Marcela se defendía diciendo:

Yo nací libre, y para poder vivir escogí la soledad de los campos: los árboles destas montañas son mi compañía, las claras aguas destos arroyos mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosuras. Fuego soy apartado y espada puesta lejos.

Yo, como sabéis, tengo riquezas propias y no codicio las ajenas; tengo libre condición y no gusto de sujetarme; ni quiero ni aborrezco a nadie; no engaño a éste, ni solicito aquél, ni burlo con uno ni me entretengo con el otro. La conversación honesta de las zagalas destas aldeas y el cuidado de mis cabras me entretiene; tienen mis deseos por término estas montañas, y si de aquí salen es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma a su morada primera.

Y en diciendo esto, sin querer oír respuesta alguna, volvió las espaldas y se entró por lo más cerrado de un monte que allí cerca estaba, dejando admirados, tanto de su discreción como de su hermosura, a todos los que allí estaban.

VOLTAIREAlmona, personaje de Zadig (1747)

El pecho de Almona, sus ojos negros rasgados que brillaban suavemente de amoroso fuego, sus mejillas – púrpura animada con la más cándida leche-, su nariz delicada, sus labios -dos hilos de coral que ensartaban las más bellas perlas de Arabia-, todo, en fin, persuadió al viejo de que había vuelto a sus veinte años.

TURGENEV. Zenaida, personaje de El primer amor (1860)

La dacha vecina había sido alquilada por una familia de la baja aristocracia, de la que una joven formaba parte. Yo había alcanzado a verla de perfil entre los arbustos del jardín. En los movimientos de la muchacha había algo tan delicado, exigente, mimoso, burlón y tierno, que casi grité de admiración y placer, y sentí que estaba dispuesto a darlo todo para que esos deditos encantadores acariciasen mi frente.

PEDRO ANTONIO DE ALARCÓN. La Comendadora, personaje del cuento del mismo nombre (1868)

en un ángulo del salón –desde donde podía verse el cielo, las copas de los árboles y los rojizos torreones de la Alhambra, pero donde no podía ser vista más que por los pájaros que revoloteaban sobre el Darro-, inmóvil, con la mirada perdida en el infinito azul de la atmósfera y pasando lentamente las cuentas de un larguísimo rosario, estaba sentada una monja, una Comendadora de Santiago, como de treinta años, con unas sencillas ropas de aspecto seglar.

Vestía de negro, con un gran pañuelo de hilo blanco cerrado hasta el cuello. No llevaba manto ni toca, lo que dejaba ver un negro y abundantísimo pelo recogido con un lazo en la nuca. Aquella mujer resultaba hermosísima; el desaliño de su vestido dejaba en libertad su natural gracia. Alta, recia, esbelta y armónica, el ropaje de lana, pegado a su cuerpo, revelaba más que cubría, la traza clásica de sus espléndidas proporciones. Remataba esta soberana figura un rostro moreno, algo descarnado, oval, de una palidez intensa, que contrastaba con dos profundas ojeras, lívidas, llenas de misteriosas tristezas.

MAUPASSANT. Una honesta mujer de provincias, personaje de Una aventura parisiense  (1881)

¿Existe en la mujer un sentimiento más agudo que la curiosidad?
Una mujer, cuando su curiosidad se despierta, cometerá locuras, imprudencias, audacias, no retrocederá ante nada. Hablo de las mujeres realmente mujeres, dotadas de ese triple fondo de compartimentos secretos: el primero, de inquietud femenina siempre agitada; el segundo, de astucia coloreada de ingenuidad; el último, por fin, de desenfado encantador, de trapacería exquisita, de deliciosa perfidia, de todas esas perversas cualidades que empujan al suicidio a los amantes crédulos, pero que arroban a los otros.

CHEJOV. Vera, personaje de Vérochka (1887)

Ante Ognev estaba la hija de Kuznetsov, Vera, una joven de 21 años, habitualmente triste.

Las jóvenes que sueñan mucho, que pasan días enteros recostadas perezosamente leyendo todo lo que cae en sus manos, y que se sienten aburridas y tristes, suelen vestirse con negligencia. A las que poseen el don natural del gusto y el instinto de la belleza, esa leve negligencia en el vestir les otorga un encanto especial. Vérochka era esbelta; tenía un perfil regular y hermoso cabello ondulado. A Ognev, quien no había visto en su vida muchas mujeres, le parecía una beldad.

Ognev, recordando más tarde a Vérochka, no se la podía imaginar sin su amplia chaquetilla que formaba profundos pliegues junto al talle y sin embargo no lo rozaba; sin su rizo, escapado del alto peinado y colgado sobre la frente; sin aquel chal rojo con pompones en los bordes, que por las noches pendía tristemente del hombro de Vérochka, mientras que de día estaba tirado en el vestíbulo, junto con los sombreros masculinos, o bien en el comedor sobre un baúl donde dormía, sin ceremonias, la vieja gata. Este chal y los pliegues de la chaquetilla exhalaban un soplo de desperezada libertad.

GONZALO TORRENTE BALLESTER. Miguela y Chuco, personajes de La Miguela (1944)

Miguela era su compañía. Los tratos quedaron hechos antes de partir para el servicio. Ella tenía por su madre una casita de un solo cuarto y cocina; él, un campo para maíz y viñedo. Ella labraría el campo y con lo que Chuco pudiese ahorrar en la Armada, comprarían el ajuar.

Se casaron el día de la Virgen, una boda sencilla, con Antonia la Galana y el viejo Cabeiro como padrinos. Se cuenta que tardaron mucho en acostarse; hay quien los vio a medianoche asomados a la ventana, en silencio, mirando al mar.

Historia de las tres manzanas

Presentación

Historia de las tres manzanas (siglos VIII al XIV)

Las mil y una noches es una colección de cuentos soportada por un argumento a la vez ingenioso y dramático. El poderoso rey Shariyar, traicionado por una esposa infiel, decide ajusticiar cada noche a la doncella que ha tomado por esposa, para evitar ser burlado de nuevo. Ante tan cruel castigo la bella Scherezade se ofrece como esposa al rey, si bien al llegar la noche comienza a contarle una apasionante historia que no acaba cuando les rinde el sueño y ha de continuar la noche siguiente. Así comienza la larga serie de relatos de la bella Scherezade; si llegase una noche en que a Scherezade se le agotase su imaginación su vida correría peligro.

La «Historia de las tres manzanas», dentro de esta amplia variedad de historias, es un relato a la vez sencillo y sorprendente. En apenas cuatro páginas descubrimos cuán compleja y engañosa puede ser la realidad que creemos captar con nuestros sentidos.

Nota bibliográfica sobre Las mil y una noches (siglos VIII al XIV)

Las mil y una noches es una amplia colección de cuentos anónimos, de remotos y variados orígenes —indopersas, musulmanes, iraquíes y egipcios—, transmitidos por vía oral («literatura tradicional»). Escritos a lo largo de los siglos VIII al XV, aunque su valor literario es muy desigual, resultan fascinantes por su alarde imaginativo.

Desde su publicación en occidente en el siglo XVIII han mantenido una notable popularidad.

Texto adaptado. Historia de las tres manzanas

Decimoctava noche

Scherezade dijo:

Una noche entre las noches, el califa Harún Al-Rachid dijo a su lugarteniente y visir Jafar: “Quiero que recorramos la ciudad, para enterarnos de lo que hacen los gobernadores y las autoridades. Estoy resuelto a destituir a aquellos de quienes me den quejas”. Y Jafar respondió: “Escucho y obedezco”.

Y el califa, y Jafar, y Masrur el porta-alfanje salieron disfrazados por las calles de Bagdad; y he aquí que en una calleja vieron a un anciano decrépito que en la cabeza llevaba una canasta y una red de pescar y en la mano un palo, y andaba pausadamente, canturreando estas estrofas:

¡Nada, en efecto, hay más desolador que el pobre, el estado del pobre y el pan y la vida del pobre!

¡En verano, se le agotan las fuerzas! ¡En invierno, no dispone de abrigo!

¡Si se para, le acosarán los perros para que se aleje! ¡Cuán mísero es! ¡Ved cómo para él son todas las ofensas y todas las burlas! ¿Quién es más desdichado?

Al oír estos versos tan tristes, el califa dijo a Jafar: “Los versos y el aspecto de este pobre hombre indican una gran miseria”. Después se aproximó al viejo, y le dijo: “¡Oh jeque! ¿cuál es tu oficio?” Y él respondió: “¡Oh señor mío! Soy pescador. ¡Y muy pobre! ¡Y con familia! Y desde el mediodía estoy fuera de casa trabajando, y ¡Al ah no me concedió aún el pan que ha de alimentar a mis hijos! Estoy, pues, cansado de mi persona y de la vida, y no anhelo más que morir”.

Entonces el califa le dijo: “¿Quieres venir con nosotros hasta el río, y echar la red en mi nombre, para ver qué tal suerte tengo? Lo que saques del agua te lo compraré y te daré por ello cien dinares”. Y el pescador volvió con ellos hacia el Tigris y arrojó la red. Cuando la sacó, en la red había un cajón que estaba cerrado y que pesaba mucho. Intentó levantarlo el califa y lo encontró también muy pesado. Pero se apresuró a entregar los cien dinares al pescador, que se alejó muy contento.

Entonces Jafar y Massrur cargaron con el cajón y lo llevaron al palacio. Al abrirlo hallaron una enorme banasta de hojas de palmera cosidas con lana roja. Cortaron el cosido y en la banasta había un tapiz; apartaron el tapiz y encontraron debajo un gran velo blanco de mujer; levantaron el velo y apareció, blanca como la plata virgen, una joven muerta y despedazada.

Ante aquel espectáculo, las lágrimas corrieron por las mejillas del califa, y después, muy enfurecido, encarándose con Jafar, exclamó: “¡Oh perro visir! ¡Ya ves cómo, durante mi reinado, se asesina a las gentes y se arroja a las víctimas al agua! Por Al ah que he de encontrar al asesino, y no descansaré hasta que lo castigue. En cuanto a ti, si no me presentas al asesino de esta mujer mandaré que te crucifiquen a la puerta de mi palacio, en compañía de cuarenta de tus primos los Baramka!” El califa estaba lleno de cólera y Jafar pidió: “Concédeme un plazo de tres días”.

Entonces Jafar salió del palacio, muy afligido, y anduvo por la ciudad sin saber qué hacer. Al cuarto día el califa le mandó llamar. Y cuando se presentó sin ninguna respuesta el califa se enfureció mucho y ordenó que crucificasen a Jafar a la puerta de palacio, encargando a los pregoneros que lo anunciasen por la ciudad y sus alrededores de esta manera: “Quien desee asistir a la crucifixión de Jafar Al-Barmaki, visir del califato, y a la de cuarenta Baramka, parientes suyos, vengan a la puerta de palacio para presenciarlo”.

Y todos los habitantes de Bagdad afluían por las calles para presenciar la crucifixión de Jafar y sus primos, sin que nadie supiese la causa; y todo el mundo se condolía y se lamentaba de aquel castigo, pues el visir y los Baramka eran muy apreciados por su generosidad y sus buenas obras.

Cuando se hubo levantado el patíbulo, llevaron al pie de él a los sentenciados y se aguardó la venia del califa para la ejecución. De pronto, mientras lloraba la gente, un apuesto y bien portado joven atravesó con rapidez la muchedumbre, y llegando ante Jafar, le dijo: “¡Que te liberten, oh dueño y señor de los señores más altos, asilo de los menesterosos! Yo fui quien asesinó a la joven despedazada y la metí en la caja que pescásteis en el Tigris. ¡Mátame, pues, y toma la represalia conmigo!». Mientras Jafar le pedía explicaciones más detalladas, de súbito, un anciano venerable salió de entre la gente, se acercó a Jafar y al joven, les saludó y les dijo: “¡Oh visir! no hagas caso de las palabras de este mozo, pues yo soy el único asesino de la joven, y en mí solo tienes que vengarla”. Pero el joven repuso: “¡Oh visir! este viejo jeque no sabe lo que se dice. Te repito que yo soy quien la mató”. Entonces el jeque exclamó: “¡Oh hijo mío! todavía eres joven y debes vivir; pero yo, que soy viejo y, estoy cansado del mundo, te serviré de rescate a ti, al visir y a sus primos. Repito que el asesino soy yo, y conmigo se debe usar de represalias”.

Entonces, Jafar, con el consentimiento del capitán de la guardia, se llevó al joven y al anciano ante el califa. Y le dijo: “¡Oh Emir de los Creyentes! aquí tienes al asesino de la joven”. Y el califa preguntó: “¿dónde está?” y Jafar dijo: “Este joven afirma que es el asesino, pero este anciano lo desmiente y asegura que el asesino es él”. Entonces el califa contempló al jeque y al mozo, y les dijo: “¿Cuál de vosotros. dos ha matado a la joven?” Y el mancebo respondió: “¡Fui yo!” Y el jeque dijo: “¡No; fui yo solo!” El califa, sin preguntar más, dijo a Jafar: “Llévate a los dos y crucifícalos”. Y entonces el joven exclamó: “¡Juro por Al ah que soy el único que asesino a la joven! Oíd las pruebas”. Y describió los detalles del cajón encontrado, conocidos sólo por el califa, Jafar y. Massrur. Y con esto el califa se convenció de la culpabilidad del joven, y en el límite del asombro, le dijo: “¿Y por qué has cometido esa muerte? ¿Por qué la confiesas antes de que te obliguen a hacerlo a palos? ¿Por qué pides de este modo el castigo?”

Entonces el mancebo contó esta sorprendente historia:

Sabe, ¡oh Príncipe de los Creyentes! que esa joven era mi esposa, hija de este jeque, que es mi suegro. Me casé siendo ella todavía virgen, y Al ah me ha concedido tres hijos varones. Y mi mujer me amó y me sirvió siempre, sin que tuviese yo que motejarla nada reprensible. Hace dos meses cayó gravemente enferma y una vez curada cuando salía para mi trabajo me dijo: “Desearía satisfacer un antojo. Tengo ganas de una manzana para olerla y darle un bocado.” Recorrí todas las fruterías, pero en ninguna había manzanas. Al día siguiente salí de nuevo y recorrí todos los huertos, uno por uno, y árbol por árbol, sin hallar nada. Un jardinero me dijo: “¡Oh hijo mío! Es una cosa difícil de encontrar, porque ahora no las hay en ninguna parte cómo no sea en Basora; en el huerto del Comendador de los Creyentes. Y aun allí no te será fácil conseguirlas; pues el jardinero las reserva cuidadosamente para uso del califa”. Y salí, y empleé quince días completos, noche y día, para ir a Basora, y regresar favorecido por la suerte, pues volví al lado de mi esposa con tres manzanas compradas al jardinero del huerto de Basora por tres dinares. Entré, pues, muy contento, y se las ofrecí a mi esposa, pero al verlas ni dio muestras de alegría ni las probó, dejándolas, indiferente, a un lado. Durante mi ausencia la calentura se había vuelto a cebar en mi mujer que estuvo enferma diez días más, durante los cuales no me separé de ella un momento. Pero gracias a Al ah recobró la salud, y entonces pude salir y marchar a mi tienda. Estaba yo sentado a la puerta de mi tienda, cuando pasó por allí un negro, que llevaba en la mano una manzana. Y le dije: “¡Eh, buen amigo! ¿de dónde has sacado esa manzana?” Y el negro, riendo, me contestó: “Me la ha regalado mi amante. He ido a su casa, después de algún tiempo que no la había visto, y la he encontrado enferma, y tenía al lado tres manzanas, y me ha dicho: “¡Oh querido mío! el pobre cornudo de mi esposo ha ido a Basosra expresamente a comprármelas, y le han costado tres dinares de oro.” Y me dio ésta que llevo en la mano.

Al oír tales palabras mis ojos vieron que el mundo se oscurecía; cerré la tienda a toda prisa y entré en mi casa, después de haber perdido en el camino toda la razón. Dirigí una mirada al lecho, y efectivamente, la tercera manzana no estaba ya allí. Y pregunté a mi esposa: “¿En dónde está la otra manzana?” Y me contestó: “No sé que ha sido de ella.” Esto era una comprobación de las palabras del negro. Me abalancé sobre ella y apoyando en su vientre mis rodillas, la cosí a cuchilladas. Después le corté la cabeza y los miembros, lo metí todo apresuradamente en la banasta, cubriéndolo con el velo y el tapiz, guardándolo en un cajón, que clavé yo mismo. Cargué el cajón en mi mula y lo arrojé al Tigris. Por eso, ¡oh Emir de las Creyentes! te suplico que apresures mi muerte, en castigo a mi crimen, pues me aterra tener que dar cuenta de él el día de la Resurrección.

Cuando volví a casa encontré a mi hijo mayor llorando, y aunque estaba seguro de que ignoraba la muerte de su madre, le pregunté: “¿Por qué lloras?” Y me contestó: “Porque he cogido una de las manzanas que tenía mi madre, y al bajar a jugar con mis hermanos, en la calle, ha pasado un negro muy grande y me la quitó, diciendo: “¿De dónde has sacado esta manzana?” Y le contesté: “Es de mi padre, que se la trajo a mi madre con otras dos, compradas por tres dinares en Basora. Porque mi madre está enferma.” Y a pesar de ello, el negro no me la devolvió sino que me dio un golpe y se fue con ella. ¡Y ahora tengo miedo de que la madre me pegue por lo de la manzana!”

Al oír estas palabras del niño, comprendí que el negro había mentido y, por tanto, ¡que yo había matado a mi esposa injustamente! Empecé a derramar abundantes lágrimas, y entró mi suegro, el venerable jeque que está aquí conmigo. Le conté la triste historia y no cesamos de llorar juntos hasta media noche. E hicimos que duraran cinco días las ceremonias fúnebres. Y aun hoy seguimos lamentando esa muerte. Así, pues, te conjuro ¡oh Emir de los Creyentes! por la memoria sagrada de tus antepasados, a que apresures mi suplicio y vengues en mi persona aquella muerte.”

Entonces el califa, profundamente maravillado, exclamó: “¡Por Al ah que no he de matar más que a ese negro pérfido!…”.

En este momento de su narración, Scherezade vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Cuando llegó la decimonovena noche

Scherezade continuó su relato:

El califa juró que no mataría mas que al negro, puesto que el joven tenía una disculpa. Volviéndose hacia Jafar, le dijo: “¡Trae a mi presencia al pérfido negro que ha sido la causa de esta muerte! Y si no puedes dar con él, perecerás en su lugar.”

Jafar salió llorando, y diciéndose: “¿Dónde lo podré hallar para traerlo a su presencia? Si es extraordinario que no se rompa un cántaro al caer, no lo ha sido menos el que yo haya podido escapar de la muerte. Pero ¿y ahora?… ¡Indudablemente, Al ah, que me ha salvado la primera vez, me salvará, si quiere, la segunda! Así, pues, me encerraré en mi casa los tres días del plazo. Porque ¿para qué voy a emprender pesquisas inútiles? ¡Confío en la voluntad del Altísimo!”

Y en efecto, Jafar no se movió de su casa en los tres días del plazo. Y al cuarto día mandó llamar al cadí, e hizo testamento ante él, y se despidió de sus hijos llorando. Después llegó el enviado del califa, para decirle que el sultán seguía dispuesto a matarle si no parecía el negro. Y Jafar lloró más todavía, y sus hijos con él. Después quiso besar por última vez a la mas pequeña de sus hijas, que era la preferida entre todas, y la apretó contra su pecho, derramando, muchas lágrimas por tener que separarse de ella. Pero al estrecharla contra él, notó algo redondo en el bolsillo de la niña, y le preguntó: “¿Qué llevas ahí?” Y la niña contestó: “¡Oh padre! una manzana. Me la dio nuestro negro Rihán hace cuatro días. Pero para que me la diese tuve que pagar a Rihán dos dinares.”

Al oír las palabras “negro” y “manzana”, Jafar sintió un gran júbilo, y exclamó: “¡Oh Al ah, Libertador!” Y en seguida mandó llamar al negro Rihán y le dijo: “¿De dónde has sacado esta manzana’,” Y contestó el negro: “¡Oh mi señor! hace cinco días que, andando por la ciudad, entré en una calleja, y vi jugar a unos niños, uno de los cuales tenía esa manzana en la mano. Se la quité y siguió llorando. Pero yo, sin hacer caso de sus lágrimas, vine con la manzana a casa, y se la he dado por dos dinares a mi ama más pequeña.”

Y Jafar se asombró de este relato viendo sobrevenir tantas peripecias y la muerte de una mujer por culpa de su negro Rihán. Por tanto, dispuso que lo encerrasen en un calabozo. Luego lo llevó ante el califa, a quien contó la historia. Y el califa Harún Al-Rachid se maravilló tanto, que dispuso se escribiese tal historia en los anales para que sirviera de lección a los humanos.

Entonces Jafar dijo al califa: “No tienes para qué maravillarte tanto de esa historia, ¡oh Comendador de los Creyentes! pues no puede igualarse a la del visir Nureddín y su hermano Chamseddin.” Y el califa exclamó: “¿Y qué historia es esa, más asombrosa que la que acabamos de oír?” Y Jafar dijo: “¡Oh Príncipe de los Creyentes! no te la contaré sino a cambio de que perdones su irreflexión a mi negro Rihán.” Y el califa respondió: “¡Así sea! Te hago gracia de su sangre.”

De esta forma se preparó al califa para  la noche siguiente, con la historia del visir Nuredín y de su hermano el visir Chamseddin.