Engáñame y La confesión reiterada

Reseña biográfica de Juan Valera

Juan Valera (Córdoba, 1824-Madrid, 1905) fue un escritor, crítico literario, diplomático y político español. Retirado provisionalmente del cuerpo diplomático, inició en Madrid su carrera política, siendo diputado por Archidona y llegando a Ministro de Instrucción Pública, con Amadeo de Saboya. En 1860 explicó en el Ateneo de Madrid la Historia crítica de nuestra poesía con un éxito inmenso. Miembro de la Real Academia Española en 1861.

Como escritor tuvo una gran actividad en periódicos y revistas; el hispanista y literato Gerald Brenan asegura que fue el mejor crítico literario del siglo XIX después de Menéndez Pelayo; Pepita Jiménez y Juanita la larga son sus dos novelas más famosas, que alcanzaron gran popularidad y han sido llevadas al cine. Aunque vivió la época espléndida del romanticismo, Valera nunca fue un hombre ni un escritor romántico, sino un epicúreo andaluz, culto e irónico, actuando siempre por encima y al margen de las modas literarias de su tiempo, rigiéndose por unos principios estéticos generales de sesgo idealista.

¡Engáñame, majadero!

Texto adaptado. Una historia de cocineras y cocineros (1866)

Hubo en Toledo, en los buenos tiempos – cuando el Arzobispado estaba poderoso y boyante- un Arzobispo tan austero y penitente, que ayunaba muy a menudo y casi siempre comía de vigilia, y más que pescado, semillas y hortalizas.

Su cocinera le solía preparar un modesto potaje de habichuelas y garbanzos, con el que se deleitaba aquel venerable siervo de Dios, como si fuera el plato más exquisito y gustoso. Bien es verdad que la cocinera preparaba con tal habilidad los garbanzos y las habichuelas que parecían un manjar ciertamente superior.

Por desgracia, la cocinera, después de una agria disputa con el mayordomo, fue despedida. Vino otra cocinera a preparar el guiso, pero el Arzobispo lo encontró tan detestable que fue despedida de inmediato. Ocho o nueve fueron sucesivamente entrando, pero ninguna o ninguno -porque eran tanto cocineras como cocineros- acertaba a condimentar el potaje y todos tenían que largarse avergonzados, dejando huérfana la cocina arzobispal.

Entró por fin un cocinero más avispado, que, menos orgulloso de sus propias habilidades, tuvo la prudente idea de ir a visitar a la primera cocinera. Ésta fue generosa y le confió su procedimiento misterioso. El nuevo cocinero siguió con exactitud las instrucciones de su antecesora, condimentó el potaje, que le fue servido al Arzobispo.

  • Gracias sean dadas al Altísimo. Al fin hallamos un cocinero tan bueno como la anterior. Que venga el cocinero; hay que darle merecidas alabanzas.

Y el nuevo cocinero, embargado por la satisfacción del momento, tuvo la debilidad de confesar con sinceridad:

  • Quiero decirle Ilustrísima que su cocinera le engañaba; en el potaje hay pocas habichuelas y, en cambio, hay muchas albondiguitas de jamón, pechuga de pollo, riñoncitos de ave y criadillas de carnero. Y yo no quisiera engañar a su Ilustrísima.

Y el poderoso Arzobispo, mirándole entre enojado y burlón, dijo al cocinero con media sonrisa:

  • Pues sigue haciéndolo como la anterior cocinera: ¡Engáñame, majadero!

Texto adaptado. La confesión reiterada (1866)

Estaba un día el Padre Jacinto en el confesonario. Había oído ya los pecados de once o doce penitentes, les había dado la absolución, se encontraba fatigadísimo e iba a levantarse, cuando acudió a la rejilla una mujer muy guapa, pulcra y elegantemente vestida y al parecer de poco más de treinta años.

La dama, hasta entonces no conocida del Padre, le dijo que permanecía soltera y que vivía con su anciana madre viuda. Eran madre e hija señoras principales pero pobres, y vivían con recogimiento y en cierta estrechez decorosa. Todos los pecadillos que la dama confesó al Padre eran tan leves y veniales, y le fueron confesados por ellas con tal candor y con gracia tan inocente, que el Padre, en el fondo de su alma, hubo de calificarla no sólo de graciosa y discreta, sino de casi santa. Se disponía ya a echarle la bendición, cuando la dama, después de larga pausa y silencio, muy ruborizada y como quien vacila, dijo con voz dulce y temblorosa:
– Padre, me avergüenzo de pensar que estoy engañando a usted.

-Sí, hija mía, al confesor no se le debe ocultar nada: habla con franqueza.

– Pues ya que es menester ser franca, ha de saber usted que, hará ya doce o trece años, cuando yo aun no había cumplido los dieciocho, estuve prendada de un primo mío, teniente de infantería. Él también me amaba de corazón, pero ni él poseía más bienes que su carrera ni yo contaba con más riqueza que la paga de huérfana que había de perder casándome. En busca de fortuna y en cumplimiento de su deber, mi primo tuvo que irse a Cuba, donde la guerra civil ardía entonces.

La víspera de su partida -siguió la joven-, que debía ser por la mañana temprano, mi primo estuvo en casa a despedirse de mi madre y de mí. Estábamos entonces en Cádiz. Cuando mi madre dormía profundamente abrí el balcón y mi primo estaba en la calle aguardando mi salida. La pálida luz de la luna iluminaba su hermosa cara. Apoyándose en una reja del cuarto bajo, se encaramó hasta el balcón, por más que yo le mostraba disgusto y miedo. Para evitar que alguien pasase y le viese saltó la baranda y penetró en mi cuarto. Nos abrazamos y acariciamos con suave abandono. Y como yo vertía muchas lágrimas, él las secaba con sus labios sobre mis mejillas. Luego, no sé como, natural y sencillamente, se encontraron y se unieron nuestras bocas. Y por último, Padre, ¡qué vergüenza! aquello fue un delirio, un frenesí de amor, un deleite que me pareció como del cielo; una estrechísima unión de nuestros dos seres y una íntima fusión de nuestras dos almas, que duró hasta rayar la aurora. Mi primo tuvo entonces que irse. Nos hicimos mil juramentos de fidelidad. Yo, en el momento de partir él, aun le retenía y le apretaba entre mis brazos y me le comía a besos. Pero la separación fue inevitable. Mi primo salió para la Habana dos horas después de haber cometido juntos el horrible, dulce y largo pecado.

Mi desdichado primo -continuaba la muchacha-, a los pocos días de llegar a la Habana, murió de la fiebre amarilla. Mi único consuelo, lo confieso, era recordar que yo había sido suya; el encanto, la enajenación, el éxtasis celestial que embargó mis sentidos cuando me entregué a él por entero, sin que quedase prenda mía que yo no le diese.

Suspiró la penitente, se humedecieron con lágrimas sus hermosos ojos y quedó en silencio. El Padre Jacinto lo rompió diciendo:

– Grave y mortal fue tu pecado, hija mía. Pero lo peor y más grave es que lo hayas tenido oculto durante trece años sin confesarlo hasta ahora.
– Pero Padre, dijo la dama, si yo acudo lo menos veinte veces al año al confesonario y jamás he dejado de confesar este pecado mío.

El Padre echó sus cuentas y dijo:

– Hace trece años; veinte veces por trece años hacen doscientos sesenta; pues hija, lo has confesado y te han absuelto ya doscientas sesenta veces.
– Pues yo creo, Padre, replicó ella, que si me dura la vida, pasarán las veces de dos mil, porque el recuerdo de mi pecado me enamora y el referirlo me encanta, y este enamoramiento y este encanto constituyen, sin duda, un pecado nuevo.
-Sí, hija mía, lo constituyen. Yo te absolveré ahora. Procura tú olvidar tu pecado y no lo cuentes más.
-¡Ay Padre, no puedo!
-Entonces, ¿qué le hemos de hacer? Ven cuando gustes a contármelo. Yo lo oiré y siempre te absolveré. Procurando -pensó para sus adentros el Padre-, que a pesar de mis sesenta años no despierte en mí la envidia.

Porque -terminó el Padre Jacinto con voz melodiosa- Dios es misericordioso.

 

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