El regalo

Presentación

Nota biográfica sobre Leonid Andréiev

Leonid Andréiev (1871, Rusia; 1919, Finlandia) escritor y dramaturgo ruso, lideró el movimiento expresionista en la literatura de su país. Activo en la Revolución de 1905 y la Revolución de Octubre de 1917, que destronó al gobierno zarista.

Descubierto por Máximo Gorki, fue uno escritor prolífico. Aclamado como una nueva estrella en Rusia, su nombre pronto se hizo famoso. Sus dos historias más conocidas son probablemente Risa roja (1904) y Los siete ahorcados (1908).

Idealista y rebelde, Andréiev pasó sus últimos años en la pobreza, y su muerte prematura por una enfermedad cardíaca pudo haber sido favorecida por su angustia a causa de los resultados de la Revolución Bolchevique. A diferencia de su amigo Gorki, Andréiev no aceptó el nuevo orden político y desde su casa en Finlandia, donde se exilió, dirigió al mundo manifiestos contrarios a los excesos bolcheviques.

Algunas adpataciones de sus obras se han llevado con posterioridad al cine (en Argentina) y al teatro (en Broadway).

Texto adaptado. El Regalo

– Vuelve –suplicó Senia por tercera vez.

– Pues claro que volveré. No te inquietes. Acabó respondiendo Sazonka.

Y de nuevo guardaron silencio. Senia estaba acostado, cubierto hasta el mentón por una sábana gris del hospital, y no apartaba los ojos de Sazonka. Deseaba que su visitante permaneciese allí todo el tiempo posible, que no se marchase. Sus ojos parecían implorar la promesa de que no le dejaría abandonado a la soledad, al dolor y el miedo. No obstante Sazonka se aburría y estaba deseando marcharse, pero no sabía cómo hacerlo sin disgustar al muchacho enfermo. Tan pronto empezaba a levantarse de la silla con el firme propósito de irse, como se sentaba de nuevo decididamente, igual que si lo hiciese para toda la vida. No sabía qué decirle al enfermo.

– ¡Menuda vida! ¿Te duele? Senia afirmó con la cabeza, y dijo con voz débil:

– Bueno, tienes que irte ya; o te reñirán.

– Sí, es verdad –afirmó Sazonka, contento de encontrar un pretexto para marcharse–.

Se inclinó hacia él y dijo con voz firme:

– Escucha, Semion… Senia. Te lo digo yo, ¿sabes? Vendré, puedes estar seguro. En cuanto tenga un momento libre, vendré.

En los labios ennegrecidos y secos de Senia se dibujó una sonrisa enfermiza.

– Sí –contestó.

– Ya verás como vengo. ¡Qué diablo! ¿Crees que no me doy cuenta?

Finalmente Sazonka se levantó. Era muy alto, y una abundante mata de pelo le cubría la cabeza. Sus ojos grises dirigían miradas fulgurantes a un lado y otro, y parecían reír.

– Bueno, hasta pronto –dijo en tono cariñoso. Sin embargo, permaneció inmóvil. Quería demostrarle a Senia su afecto con un nuevo gesto de ternura, hacer algo tras lo cual Senia ya no temiese quedarse solo y así poder marcharse con la conciencia tranquila. Fue Senia quien puso fin a sus vacilaciones. – Hasta pronto –dijo con su voz atiplada. Con absoluta sencillez, como un hombrecito, sacó la mano de debajo del cobertor y se la tendió con aire indiferente a Sazonka. – Volverás, ¿verdad? –preguntó por cuarta vez Senia. Una vez fuera del hospital le parecía seguir aspirando aquel olor a medicinas y continuar oyendo la voz implorante de Senia: – ¡Espero que vuelvas! Y aunque nadie podía ya oírle, Sazonka repetía en un tono de convicción: – ¡Claro que volveré! ¿Crees que no tengo corazón?

II

Las Pascuas estaban a la vuelta de la esquina y los sastres atareados. Días enteros, largos y luminosos, desde el amanecer hasta la anochecida, y con frecuencia hasta medianoche, permanecía Sazonka trabajando junto a la ventana, con las piernas cruzadas al modo turco, frunciendo las cejas y silbando malhumorado. Por la mañana no daba el sol en la estancia y el aire estaba fresco, pero hacia el mediodía el sol empezaba a resplandecer en la ventana y se agrandaba hasta abarcar la ventana entera; los pedazos de tela, las tijeras, todo brillaba de un modo deslumbrador y el calor se hacía sofocante.

La calle, en un extremo de la ciudad, tenía escaso tránsito. De tarde en tarde pasaba algún campesino de las cercanías en su carro y sin apresurarse; el carro se tambaleaba al hundir las ruedas en los baches, todavía llenos de lodo, y producía un ruido que evocaba la vasta amplitud de los campos. Cuando Sazonka comenzaba a sentir dolor en la espalda, y sus dedos, entumecidos, no podían sostener la aguja, bajaba corriendo descalzo a la calle y dando ágiles saltos sobre los charcos llegaba junto al grupo de muchachos que estaban jugando a los tejos.

– Dejadme jugar un poco –les decía. Una docena de manos le tendían los pequeños discos de hierro con que se derribaban los huesos, y numerosas voces le gritaban a un tiempo: – Toma el mío, Sazonka. ¡El mío! Sazonka cogía el más pesado, se remangaba, adoptaba una postura atlética y luego lanzaba el disco, que con un ligero silbido iba a parar en medio de la larga hilera de huesos derribando varios de éstos; los chicos prorrumpían en gritos de admiración. Después de algunas jugadas afortunadas, Sazonka se secaba el sudor de la frente, y dirigiéndose a los muchachos decía: – ¿Sabéis que Senia sigue en el hospital? Pero los chicos, absortos en su juego, acogían estas palabras fríamente, con indiferencia. – Habría que llevarle algo. Yo le llevaré un regalo –añadía Sazonka. Estas nuevas palabras despertaban cierto interés entre los chicos. Mishka, el Cerdito, sosteniéndose con una mano los pantalones que se le caían, y con un puñado de canicas en la otra, decía con aire serio: – ¡Llévale diez kopeks! Pero Sazonka no podía perder el tiempo en aquellas conversaciones. Volviendo a saltar sobre los charcos con ágiles brincos, regresaba a su casa y se ponía de nuevo a trabajar. Se le hincharon los ojos, perdió el color, como si se encontrase enfermo, y las pecas que tenía en su rostro se hicieron más visibles. Sólo su abundante pelo, que le cubría la cabeza como un gorro, conservaba su aspecto alegre y triunfal. Cuando su maestro, Gavril Ivanovich, le miraba, Sazonka empezaba a pensar, no se sabe con qué motivo, en la taberna y la vodka que se bebía en ella. El recuerdo era tan tentador que, para desahogarse, se ponía a escupir y a jurar como un condenado. Se pasaba días enteros dándole vueltas sin cesar a cualquier idea. Tan pronto pensaba en comprarse un acordeón como en encargarse unas botas. Pero en lo que pensaba con más frecuencia era en Senia y en el regalo que iba a llevarle. Mientras oía el ruido de la máquina de coser y los juramentos del maestro, Sazonka se imaginaba siempre la misma escena: se veía a sí mismo deteniéndose junto a la cama de Senia en el hospital, entregándole el regalo envuelto en un pañuelo con cenefa encarnada. En sus evocaciones intentaba en vano recordar la cara de Senia, pero el pañuelo con cenefa encarnada –que no había comprado todavía–, era el que se dibujaba en su imaginación con extraordinaria nitidez. Y a todos, al maestro, a la mujer de éste, a los clientes y a los chicos, les manifestaba su firme propósito de ir a visitar a Senia el primer día de Pascua.

– ¡Dejar de ir sería una asquerosa faena! –añadía–.

Iré sin falta. Y le llevaré un regalo y le diré: “Aquí lo tienes, chico; ¡toma!” Pero al tiempo que hablaba de este modo se veía a sí mismo entrando en la taberna, donde había gente bebiendo vodka. Se sentía incapaz de luchar, sentía el deseo de decir con total resolución: “¡No, iré a ver a Senia!” Su mente quedaba envuelta en una grísea neblina, en medio de la cual destacaba el pañuelo con cenefa encarnada.

III

El primer día de Pascua, y también el segundo, Sazonka, había bebido; estuvo armando escándalo y pasó la noche en el puesto de policía. Hasta el cuarto día no fue a ver a Senia. La calle, inundada de sol, estaba abarrotada por un gentío vestido con colores chillones. Podía escucharse la música de los acordeones, el ruido de los discos metálicos derribando los huesos, el cacareo belicoso de los gallos que se peleaban. Pero Sazonka no hacía caso de nada. La expresión de su rostro, en la que un ojo hinchado y el labio superior desgarrado hablaban de las recientes peleas, era grave y estaba como ensimismado; hasta su abundante pelo, lacio y en desorden, tenía un aspecto melancólico. Se sentía avergonzado de su borrachera y de no haber cumplido su palabra; Senia no le vería en plena forma, con su camisa de lana y chaleco nuevo, sino maltrecho, miserable y oliendo a vodka. Sin embargo, a medida que se acercaba al hospital, se sentía satisfecho y lanzaba frecuentes miradas al paquetito que llevaba. Le parecía estar ya viendo el rostro de Senia, con los labios secos y los ojos suplicantes. – Querido amigo, ¿crees no me doy cuenta? ¿Que no tengo corazón? –decía en voz alta, como si Senia pudiera oírle, y apresuraba el paso con impaciencia.

Llegó al hospital; las negras ventanas parecían ojos severos. Avanzó por el largo pasillo que olía a medicinas, con la ya conocida sensación de malestar y tristeza. Entró en la sala donde estaba la cama de Senia. Pero Senia, ¿dónde estaba?

– ¿Qué busca? –preguntó un vigilante. – Pues a un chico en esta cama; Semion… Semion Yeroseiev. Estaba aquí… –dijo. Y Sazonka señalaba la cama vacía. – ¡Podía usted preguntar primero, antes de meterse de rondón! –dijo el vigilante en tono desabrido–. Además, no es Semion Yeroseiev, sino Semion Pustoshkin. – Yeroseiev es su patronímico –explicó Sazonka, poniéndose pálido. – Pues el tal Yeroseiev ha muerto. Aunque aquí le conocíamos por Pustoshkin. – ¿Cómo es posible? –preguntó Sazonka, palideciendo todavía más–. ¿Cuándo ha sido? – Ayer tarde. – ¿Y no lo podría ver? –preguntó Sazonka con voz tímida. – ¿Por qué no? –respondió el vigilante con indiferencia. Y no se apure tanto: estaba muy débil y su muerte era de esperar.

Sazonka preguntó dónde estaba el depósito; sus ojos no vieron nada hasta que se fijaron en el cuerpo muerto de Senia. Un frío terrible reinaba en la habitación, y dirigió una mirada a las paredes, llenas de manchas de humedad; a la ventana, cubierta de telarañas. En un rincón zumbaba una mosca. Y en alguna parte, no lejana, se oía el monótono gotear del agua: tac… tac… tac… Sazonka retrocedió un paso y dijo en voz alta: – Adiós, Semion Yeroseiev. Después se arrodilló, tocó el pavimento húmedo con la frente y se levantó. – ¡Perdóname, Semion Yeroseiev! –dijo, con la misma voz alta y clara. Cayó nuevamente de rodillas y permaneció con la frente pegada al pavimento hasta que comenzó a dolerle la cabeza. La mosca ya no zumbaba. Reinaba el silencio de la muerte. Lenta, rítmicamente, caían las gotas de agua, como lágrimas dulces y cordiales.

IV

El hospital se hallaba en las afueras y detrás empezaba el campo, por donde Sazonka echó a andar. Sazonka, al principio, avanzaba por el camino; luego se dirigió hacia el río a través de los bancales segados durante la estación anterior. En la orilla del río, se tendió boca arriba y cerró los ojos. Allí no corría el aire y la atmósfera estaba caliente, como en un invernadero. La luz del sol, en ondas ardientes y rojas, le atravesaba los párpados. En el cielo azul se oía cantar una alondra. Era agradable no pensar en nada. El río, recuperado su cauce después del deshielo, corría plácidamente como un pequeño arroyo. Sazonka, medio dormido, palpó de pronto un envoltorio que tenía a su lado.

Era el regalo. Se incorporó bruscamente y exclamó:

– ¡Dios mío! ¡Dios mío! Había olvidado totalmente el paquete, que parecía haber aparecido allí por arte de birlibirloque, y ahora lo miraba con ojos atónitos. Hasta le daba miedo tocarlo. Estuvo un rato contemplándolo, fija, obstinadamente, y una piedad enorme y penetrante, una terrible cólera contra sí mismo se apoderó de él. Miraba el pañuelo con cenefa encarnada y se imaginaba a Senia esperándole. Le esperaría el primer día, el segundo, el tercero. Volvería a cada momento la cabeza, con la esperanza de verle entrar. Sazonka no llegaría nunca y el pobre Senia había tenido que morir solo, olvidado, abandonado, como un perro en un estercolero. ¡Si él hubiera ido un día antes!

Sazonka lloró, mesándose los cabellos y revolcándose por la hierba. – ¡Dios mío! ¡Dios mío! Después, de bruces en el suelo y con el labio desgarrado, se calló y sintió su alma atravesada por un dolor agudísimo. La hierba tierna acariciaba suavemente su rostro y un olor denso y tranquilizante se elevaba de la tierra húmeda, llena de fuerzas creadoras, vitales. Madre eterna, la tierra recibía a su hijo, al pecador arrepentido; le abría sus amorosos brazos y proporcionaba a su dolorido corazón calor, amor y esperanza.

En la lejana ciudad las campanas tocaban a gloria, en la fiesta de la Resurrección.

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