Vecinos

Presentación

Vecinos (1976)

Un matrimonio típico de la clase media norteamericana se encarga de cuidar el apartamento de sus vecinos, durante un breve viaje de vacaciones de éstos.

La visita diaria al apartamento de enfrente para cuidar las plantas y dar de comer a Kitty, la gata, se convierte para el matrimonio en una oportunidad para explorar y curiosear la vida de otros. Esta curiosidad impune les lleva, primero al marido y luego a la mujer, a comportarse de un modo que a ellos mismos sorprende.

Bill volvió a entrar por segundo día en el apartamento de sus vecinos.

Abrió el armario y escogió una camisa hawaiana. Encontró unos pantalones cortos, perfectamente planchados y colgados sobre otros pantalones de tela marrón. Se puso los pantalones cortos y la camisa. Se miró en el espejo de nuevo. Fue a la sala y se puso una bebida y comenzó a beberla de vuelta al dormitorio. Se cambió de nuevo: una camisa azul, un traje oscuro, una corbata blanca y azul, zapatos negros de punta. El vaso estaba vacío y fue a servirse de nuevo.

En el dormitorio de nuevo, se sentó en una silla, cruzó las piernas, y sonrió observándose en el espejo. El teléfono sonó dos veces y volvió a quedar en silencio. Terminó la bebida y se quitó el traje. Rebuscó en el cajón superior hasta que encontró un par de medias y un sostén. Se puso las medias y se sujetó el sostén, después buscó por el armario para encontrar un vestido. Se puso una falda blanca y negra a cuadros e intentó subirse la cremallera. Se puso una blusa de color vino tinto abotonada por delante. Contempló los zapatos de ella, pero comprendió que no le entrarían.

En apenas tres páginas el relato se adentra en los impulsos de personas corrientes, insospechados no solo para los demás sino para los propios protagonistas.

Nota bibliográfica sobre Raymond Carver (1938-1988)

Narrador y poeta estadounidense (1938-1988). Su estilo realista refleja su propia vida, marcada por el alcoholismo, un fracaso matrimonial y un cáncer que acabó definitivamente con ella. El primer éxito como escritor le llegó en 1967 con el libro de relatos ¿Quieres hacer el favor de estarte quieto?, libro del que hemos extraído y abreviado el relato Vecinos (1976).

Su planteamiento como escritor quizá pueda explicarse con esta frase de Carver: «El mundo es una amenaza para muchos de los personajes de mis historias. La gente que elijo para escribir sobre ella siente una amenaza, y creo que la mayoría de la gente siente el mundo como un lugar amenazante».

Texto adaptado. Vecinos

Bill y Arlene Miller eran una pareja feliz. Pero alguna vez sentían que, en su círculo de amistades, solamente ellos había sido relegados, que Bill se dedicara a su trabajo de contable y Arlene al suyo de secretaria. Hablaban de ello a veces, sobre todo comparándose con sus vecinos Harriet y Jim Stone. Parecía que los Stone tenían una vida más llena y excitante. Salían mucho a cenar fuera, daban fiestas en su casa, o viajaban con algo relacionado con el trabajo de Jim.

Los Stone vivían en el apartamento de enfrente del de los Miller, al otro lado del vestíbulo. Jim era vendedor de una compañía de recambios de maquinaria y se las arreglaba para combinar sus negocios con viajes de placer. En esta ocasión los Stone estarían diez días, primero en Cheyenne, y luego en Saint Louis para visitar a sus parientes. En su ausencia, los Miller cuidarían del apartamento de los Stone, darían de comer a Kitty, y regarían las plantas.

Abajo, junto al coche, Bill y Jim se dieron la mano. Harriet y Arlene se besaron,

—¡Divertíos! — dijo Bill a Harriet.

—Desde luego — respondió Harriet — Divertíos también.

Arlene asintió con la cabeza. Jim le guiñó un ojo.

—Adiós Arlene. ¡Cuida mucho a tu maridito!

—Así lo haré — respondió Arlene.

—¡Que os divirtáis! — dijo Bill.

Dijeron adiós con la mano desde el coche, y los Miller les dijeron adiós con la mano también.

—Bueno, me gustaría que fuésemos nosotros — dijo Bill.

—Bien sabe Dios lo que nos gustaría irnos de vacaciones — dijo Arlene. Le cogió del brazo y se lo puso alrededor de su cintura mientras subían las escaleras a su apartamento.

Después de cenar Arlene dijo:

—No te olvides. Hay que darle a Kitty la de sabor a hígado la primera noche.

Bill respiró profundamente al entrar en el apartamento de los Stone. El aire ya estaba denso y era vagamente dulce. El reloj en forma de sol sobre la televisión indicaba las ocho y media. Recordó cuando Harriet había ido a su casa para mostrar el reloj a Arlene. Kitty se restregó la cara con sus zapatillas y después rodó en su costado pero saltó rápidamente al moverse Bill a la cocina y seleccionar del reluciente escurridero una de las latas. Dejando a la gata que escogiera su comida, se dirigió al baño. Se miró en el espejo y a continuación cerró los ojos y volvió a mirarse. Abrió el armarito de las medicinas. Encontró un frasco con pastillas y leyó la etiqueta: Harriet Stone. Una al día según las instrucciones — y se la metió en el bolsillo. Regresó a la cocina, sacó una jarra de agua y volvió al salón. Terminó de regar, puso la jarra en la alfombra y abrió el aparador donde guardaban el licor. Del fondo sacó la botella de Chivas Regal. Bebió dos veces de la botella, se limpió los labios con la manga y volvió a ponerla en el aparador. Kitty estaba en el sofá durmiendo. Apagó las luces, cerrando lentamente y asegurándose que la puerta estaba cerrada. Tenía la sensación que se había dejado algo.

—¿Qué te ha retenido? — dijo Arlene, sentada con las piernas cruzadas, mirando televisión.

—Nada. Jugando con Kitty — dijo él, y se acercó a donde estaba ella y le tocó los senos.

—Vámonos a la cama, cariño — dijo Bill.

Al día siguiente Bill salió del trabajo quince minutos antes.

—¡Llegas temprano — dijo Arlene.

Se encogió de hombros. No había nada que hacer en el trabajo —dijo él.

—Vámonos a la cama — dijo él.

—¿Ahora? — rió ella — ¿Qué te pasa?

—Nada. Quítate el vestido — La agarró torpemente, y ella le dijo: —¡Dios mío! Bill

Más tarde encargaron comida china y la comieron con apetito, sin hablarse, escuchando discos.

—No nos olvidemos de dar de comer a Kitty — dijo Arlene.

—Estaba pensando en eso — dijo Bill — Iré ahora mismo.

Escogió una lata de sabor de pescado, llenó la jarra y fue a regar. Cuando regresó a la cocina, la gata estaba arañando su caja. Abrió todos los cajones y examinó las comidas enlatadas, los cereales, las comidas empaquetadas, los vasos de vino y de cocktail, las tazas y los platos, las cacerolas y las sartenes. Abrió el refrigerador. Olió el apio, dio dos mordiscos al queso, y masticó una manzana mientras caminaba al dormitorio. La cama parecía enorme, con una colcha blanca de pelusa que cubría hasta el suelo. Abrió el cajón de una mesilla de noche, encontró un paquete medio vacío de cigarrillos, y se los metió en el bolsillo. A continuación se acercó al armario y estaba abriéndolo cuando llamaron a la puerta. Se metió en el baño y tiró de la cadena antes de ir a abrir la puerta.

—¿Qué te ha retenido tanto? — dijo Arlene — Llevas más de una hora aquí.

—¿De verdad? — respondió él.

—Sí, de verdad — dijo ella.

—Tuve que ir al baño — dijo él.

—Tienes tu propio baño — dijo ella.

—No me pude aguantar — dijo él.

Aquella noche volvieron a hacer el amor.

Por la mañana Bill hizo que Arlene llamara por él al trabajo. Se duchó, se vistió, y preparó un desayuno ligero. Trató de leer un libro. Salió a dar un paseo y se sintió mejor. Pero después de un rato regresó al apartamento. Se detuvo delante de la puerta de los Stone por si podía oír a la gata moviéndose. A continuación abrió su propia puerta y fue a la cocina a por la llave.

El interior parecía más fresco que en su apartamento, y más oscuro también. Se preguntó si las plantas tenían algo que ver con la temperatura del aire. Miró por la ventana, y después se movió lentamente por cada una de las habitaciones considerando todo lo que se le venía a la vista, cuidadosamente, objeto por objeto. Vio ceniceros, muebles, utensilios de cocina, el reloj. Vio todo. Finalmente entró en el dormitorio, y la gata apareció a sus pies. La acarició una vez, la llevó al baño y cerró la puerta. Se tumbó en la cama y miró al techo. Se quedó un rato con los ojos cerrados, y después movió la mano por debajo de su cinturón. Trató de acordarse qué día era. Trató de recordar cuando regresaban los Stone, y se preguntó si regresarían algún día. No podía acordarse de sus caras o la manera de cómo hablaban y vestían.

Abrió el armario y escogió una camisa hawaiana. Encontró unos pantalones cortos, perfectamente planchados y colgados sobre otros pantalones de tela marrón. Se puso los pantalones cortos y la camisa. Se miró en el espejo de nuevo. Fue a la sala y se puso una bebida y comenzó a beberla de vuelta al dormitorio. Se cambió de nuevo: una camisa azul, un traje oscuro, una corbata blanca y azul, zapatos negros de punta. El vaso estaba vacío y fue a servirse de nuevo.

En el dormitorio de nuevo, se sentó en una silla, cruzó las piernas, y sonrió observándose en el espejo. El teléfono sonó dos veces y volvió a quedar en silencio. Terminó la bebida y se quitó el traje. Rebuscó en el cajón superior hasta que encontró un par de medias y un sostén. Se puso las medias y se sujetó el sostén, después buscó por el armario para encontrar un vestido. Se puso una falda blanca y negra a cuadros e intentó subirse la cremallera. Se puso una blusa de color vino tinto abotonada por delante. Contempló los zapatos de ella, pero comprendió que no le entrarían. Durante un buen rato miró por la ventana del salón detrás de la cortina. A continuación volvió al dormitorio y puso todo en su sitio.

No tenía hambre. Tampoco comió mucho ella, que se levantó de la mesa y se llevó los platos rápidamente. Él vio como ella recogía la llave.

—Ponte cómodo mientras voy a su casa — dijo Arlene — Lee el periódico o haz algo — Cerró los dedos sobre la llave. Pareces algo cansado.

Leyó el periódico y encendió la televisión. Finalmente, salió de su casa y cruzó el vestíbulo. La puerta de los Stone estaba cerrada.

—Soy yo, ¿estás todavía ahí, cariño? — llamó.

Después de un rato la cerradura se abrió y Arlene salió cerrando tras de ella.

—¿Estuve mucho tiempo? — dijo ella.

—Bueno, sí — dijo él.

—¿De veras? — dijo ella — Supongo que he debido estar jugando con Kitty.

La miró, y ella desvió la mirada, su mano estaba apoyada en el pomo de la puerta.

—Es divertido — dijo Arlene — Sabes, ir a la casa de alguien así. — Él asintió con la cabeza, tomó su mano del pomo y la guió a su propia puerta. Abrió la puerta de su apartamento.

—Es divertido — dijo Bill.

Notó hilachas blancas pegadas a la espalda del suéter y el color subido de sus mejillas. Comenzó a besarla en el cuello y el cabello y ella se dio la vuelta y lo besó también.

—¡Jolines! — dijo ella — Jooliines — cantó ella con voz de niña pequeña aplaudiendo con las manos — Me acabo de acordar que me olvidé por completo lo que había ido a hacer allí. No di de comer a Kitty ni regué las plantas. Le miró —¿No es eso tonto? — No lo creo — dijo él. Recojo mis cigarrillos y voy contigo.

Le esperó hasta que Bill hubo cerrado con llave su puerta, se cogió de su brazo y dijo:

—Creo que tengo que contártelo. Encontré unas fotografías.

Él se paró en medio del vestíbulo.

—¿Qué clase de fotografías?

—Ya las verás tú mismo — dijo ella y le miró con atención.

—No estarás bromeando — sonrió él — ¿Dónde?

—En un cajón — dijo ella.

—¿En serio? — dijo él.

—Tal vez no regresarán, dijo ella— e inmediatamente se sorprendió de sus palabras.

—Es posible — dijo Bill — Todo es posible.

—O tal vez regresarán y … — pero no terminó la frase.

Se cogieron de la mano durante el corto camino, y cuando él habló casi no se podía oír su voz.

—La llave — dijo él — Dámela.

—¿Qué? — dijo ella — Miró fijamente a la puerta.

—La llave — dijo él — Tú tienes la llave.

—¡Dios mío! — dijo ella — Dejé la llave dentro.

Bill probó el pomo. Estaba cerrado con llave. Luego lo intentó Arlene. El pomo no giraba. Arlene tenía los labios abiertos y respiraba con dificultad. Bill abrió los brazos y Alene se refugión en ellos.

—No te preocupes — le dijo al oído — Por Dios, no te preocupes.

Se quedaron allí. Se apoyaron contra la puerta como si fuera contra el viento. Abrazados.