El ruiseñor y la rosa

Presentación

El ruiseñor y la rosa (1888)

Este breve cuento forma parte del libro El Príncipe feliz y otros cuentos. Publicado en 1888 cuando Wilde ya estaba en Francia, una vez terminado su doloroso encarcelamiento en Inglaterra. El cuento narra una emotiva aventura que permite comprobar las profundas decepciones de Wilde con el mundo que le rodea. Los protagonistas humanos tiene miras egoístas y mezquinas y solo la naturaleza –la encina, la luna, el rosal, y sobre todos, el sensible ruiseñor- son generosos, y aman el amor más allá de la muerte.

El ruiseñor y la rosa es uno de los cuentos más reproducidos de la literatura universal.

Nota biográfica sobre Oscar Wilde

Oscar Wilde (1854, Dublín, Irlanda, entonces perteneciente al Reino Unido -1900, París, Francia) fue un escritor, poeta y dramaturgo irlandés, considerado uno de los escritores más destacados del Londres victoriano tardío. Fue una celebridad de la época debido a su gran y aguzado ingenio. Hoy en día es recordado por sus epigramas, sus obras de teatro y la tragedia de su encarcelamiento, seguida de su temprana muerte.

Conocido por su ingenio mordaz, su vestir extravagante y su brillante conversación, Wilde se convirtió en una de las mayores personalidades de su tiempo. Los temas de la belleza y la decadencia están recogidos en su única novela El retrato de Dorian Grey y entre sus obras de teatro destaca La importancia de llamarse Ernesto.

Declarado culpable de indecencia grave por sus relaciones homosexuales fue encarcelado por dos años. La mujer de Wilde, Constance, rehusó volver a encontrarse con él y le prohibió ver a sus hijos, aunque le siguió mandando dinero y nunca se divorciaron. En prisión, Wilde escribió De Profundis, una larga carta que describe el tormentoso viaje espiritual de sus juicios y su condena. Tras su liberación, partió inmediatamente a Francia y murió indigente en París, a la edad de cuarenta y seis años.

Texto adaptado. El ruiseñor y la rosa

– Dijo que bailaría conmigo si le llevaba una rosa roja -se lamentaba el joven estudiante-, pero ¡no hay una solo rosa roja en todo mi jardín! Y sus bellos ojos se llenaron de llanto.

Desde su nido en la encina, oyóle el ruiseñor. -He aquí, por fin, el verdadero enamorado -dijo-. Su cabellera es oscura y sus labios rojos, pero la pasión lo ha puesto pálido como el marfil y el dolor ha sellado su frente.

-El príncipe da un baile mañana -murmuraba el joven estudiante-. Si le llevo una rosa roja, mi amada bailará conmigo hasta el amanecer; la tendré en mis brazos, reclinará su cabeza sobre mi hombro y su mano estrechará la mía. Pero no hay rosas rojas en mi jardín.

-He aquí el verdadero enamorado –volvió a decir el ruiseñor-. El amor es maravilloso, más bello que las esmeraldas y más raro que los finos ópalos.

-Los músicos estarán en su estrado -musitaba el joven estudiante-. Mi adorada bailará a los sones del arpa y del violín, tan vaporosamente que su pie no tocará el suelo, y los cortesanos la rodearán solícitos; pero conmigo no bailará, porque no tengo rosas rojas. Y dejándose caer en el césped, se cubría la cara con las manos y lloraba.

-¿Por qué llora? -preguntó la lagartija verde, correteando cerca de él.

-Sí, ¿por qué? -decía una mariposa que revoloteaba persiguiendo un rayo de sol.

-Eso digo yo, ¿por qué? -murmuró una margarita a su vecina, con una vocecilla tenue.

-Llora por una rosa roja.

-¿Por una rosa roja? ¡Qué tontería!

Y la lagartija, que era algo cínica, se echó a reír con todas sus ganas. Pero el ruiseñor, que comprendía el secreto de la pena del estudiante, permaneció silencioso en la encina. De pronto desplegó sus alas oscuras y como una sombra atravesó el jardín.

En el centro del prado se levantaba un hermoso rosal y el ruiseñor voló hacia él y se posó sobre una ramita.

-Dame una rosa roja -le gritó -, y te cantaré mis canciones más dulces.

Pero el rosal meneó la cabeza. -Mis rosas son blancas -contestó-, como la espuma del mar, como la nieve de la montaña. Vé al rosal que crece alrededor del viejo reloj de sol.

Entonces el ruiseñor voló al rosal que crecía entorno del viejo reloj de sol.

-Dame una rosa roja -le gritó -, y te cantaré mis canciones más dulces.

Pero el rosal meneó la cabeza. -Mis rosas son amarillas -respondió-, como los cabellos de las sirenas, como el narciso que florece en los prados antes de que llegue el segador con la hoz. Vé al rosal que crece debajo de la ventana del estudiante.

El ruiseñor voló al rosal que crecía debajo de la ventana del estudiante.

-Dame una rosa roja -le gritó-, y te cantaré mis canciones más dulces.

Pero el arbusto meneó la cabeza. -Mis rosas son rojas -respondió-, como las patas de las palomas, como los grandes abanicos de coral; pero el invierno ha helado mis venas, la escarcha ha marchitado mis botones, el huracán ha partido mis ramas, y no tendré más rosas este año.

-¡Solo necesito una rosa roja! -gritó el ruiseñor. ¿No hay medio de conseguirla?

– Hay un medio -respondió el rosal-, pero es terrible. Si necesitas una rosa roja tienes que hacerla con notas de música, al claro de luna y teñirla con sangre de tu propio corazón. Cantarás con el pecho apoyado en mis espinas, durante toda la noche y las espinas atravesarán tu corazón: la sangre de tu vida se convertirá en mi sangre.

-La muerte es un buen precio por una rosa roja -replicó el ruiseñor-. Todo el mundo ama la vida, pero el amor es mejor que la vida. ¿Y qué es el corazón de un pájaro comparado con el de un hombre?

El joven estudiante permanecía tendido sobre el césped.

-Sé feliz -le gritó el ruiseñor-, sé feliz; tendrás tu rosa roja. La crearé con notas de música, al claro de luna y la teñiré con la sangre de mi propio corazón. Lo que te pido, en cambio, es que seas un verdadero enamorado. El estudiante le escuchó, pero no pudo comprender lo que le decía el ruiseñor; sólo entendía las cosas escritas en los libros.

La encina sí comprendió al ruiseñor; y se puso triste, porque lo amaba mucho, pues había construido el nido en sus ramas.

-Cántame la última canción –murmuró la encina-. ¡Me quedaré tan triste cuando te vayas! El ruiseñor cantó para la encina, y su voz era como el agua que ríe en una fuente.

El estudiante oyó la canción, se levantó, y pensó mientras paseaba por la alameda: “El ruiseñor es bello, ¿pero siente? Me temo que no. Como muchos artistas, no se sacrifica por los demás”. Volvió a su habitación, se acostó sobre su jergoncillo, pensó en su adorada y se quedó dormido.

Y cuando la luna brillaba en los cielos, el ruiseñor voló al rosal y colocó su pecho contra las espinas. Y toda la noche cantó con el pecho apoyado sobre las espinas y la fría luna de cristal se detuvo y estuvo escuchando y las espinas penetraron cada vez más en su pecho y la sangre de su vida fluía de su pecho.

Al principio cantó el nacimiento del amor en el corazón de un joven y de una muchacha, y sobre la rama más alta del rosal floreció una rosa maravillosa.

-Apriétate más, ruiseñorcito – decía el rosal-, o llegará el día antes de que la rosa esté terminada.

El ruiseñor se apretó más contra las espinas y su canto fluyó sonoro, porque cantaba el nacimiento de la pasión. Un delicado rubor apareció sobre los pétalos de la rosa, como enrojece la cara de un enamorado que besa los labios de su prometida. Pero las espinas no habían llegado aún al corazón del ruiseñor; por eso el corazón de la rosa seguía blanco.

-Apriétate más, ruiseñorcito -le decía-, o llegará el día antes de que la rosa esté terminada.

El ruiseñor se apretó aún más contra las espinas, y las espinas tocaron su corazón y él sintió en su interior un cruel tormento. Cuanto más amargo era su dolor, más impetuoso salía su canto, porque cantaba el amor sublimado por la muerte, el amor que no termina en la tumba. Y la rosa enrojeció como las rosas de Bengala. Purpúreo era el color de los pétalos y purpúreo como un rubí era su corazón.

Pero la voz del ruiseñor desfalleció. Sus breves alas empezaron a batir y una nube se extendió sobre sus ojos. Su canto se fue debilitando. Algo se le ahogaba en la garganta. Su canto tuvo un último destello. La blanca luna le oyó y olvidándose de la aurora se detuvo en el cielo.

-Mira, mira -gritó el rosal-, ya está terminada la rosa.

El ruiseñor no respondió; muerto sobre las altas hierbas, el corazón traspasado de espinas.

A mediodía el estudiante abrió su ventana. -¡Qué extraña buena suerte! -exclamó-. ¡He aquí una rosa roja! No he visto rosa semejante en toda vida. Es tan bella que estoy seguro de que debe tener en latín un nombre muy enrevesado. E inclinándose, la cogió. Inmediatamente se puso el sombrero y corrió a casa del profesor, llevando en su mano la rosa. La hija del profesor estaba sentada a la puerta. Devanaba seda azul sobre un carrete, con un perrito echado a sus pies.

-Dijiste que bailarías conmigo si te traía una rosa roja -le dijo el estudiante-. He aquí la rosa más roja del mundo. Esta noche la prenderás cerca de tu corazón, y cuando bailemos juntos, ella te dirá cuanto te quiero.

Pero la joven frunció las cejas. -Temo que esta rosa no armonice bien con mi vestido. Además, el sobrino del chambelán me ha enviado varias joyas, y ya se sabe que las joyas cuestan más que las flores.

-¡Ingrata! -exclamó el estudiante lleno de cólera. Y tiró la rosa al arroyo.

Un pesado carro la aplastó.

-Te portas como un grosero -dijo la joven-; y después de todo, ¿qué eres? Un simple estudiante. ¡Bah! No creo que puedas tener nunca hebillas de plata como las del sobrino del chambelán. Y levantándose de su silla, se metió en su casa.

“¡Qué tontería es el amor! -se decía el estudiante a su regreso-, habla siempre de cosas que no sucederán y hace creer a la gente cosas que no son ciertas”.

En su habitación, el estudiante abrió un gran libro polvoriento. Y se puso a leer.