La ley de la vida

Presentación

La ley de la vida (1901)

La ley de la vida es un breve relato para el que London se inspiró en las costumbres de ciertas tribus de indios americanos de la región de Yukón (entre Alaska y Canadá) a las que el nomadismo lleva a abandonar a su suerte a los miembros -viudas, ancianos- que no pueden mantenerse o desplazarse por sí mismos.

Creador de un estilo narrativo propio –vivo, apasionado, casi brutal-, London profundiza tanto en la aventura como en la reflexión filosófica. Pero es la adoración por lo salvaje lo que sigue distinguiendo a London de cualquier otro escritor, y he ahí la razón principal del permanente atractivo que ejerce sobre los lectores de todo el mundo.

Con este sugestivo estilo, La ley de la vida nos va desgranando los pensamientos y recuerdos de las últimas horas de Koskoosh, el antiguo jefe de la tribu, que espera solo la llegada de la muerte.

Nota biográfica sobre Jack London (1876-1916)

Jack London es el seudónimo del escritor norteamericano John Griffith Chaney, nacido en San Francisco. Autodidacta, lector incansable, aventurero, marino, trabajador en fábricas y en minas, cowboy, vagabundo; en 1897 con 21 años viajó a Alaska en plena fiebre del oro, y, a su regreso, se hizo periodista y novelista. Militante político socialista, escritor infatigable, dado al alcoholismo, con fracaso en sus dos matrimonios.

London llegó a ser el escritor de más éxito de su país. Escribió medio centenar de obras -entre ellas la conocida serie Colmillo blanco– y consiguió una considerable fortuna. Murió en 1916 en Glen Ellen (California) a los 40 años, de una uremia. Hay biógrafos que aseguran que se suicidó con una sobredosis de morfina.

Texto adaptado. La ley de la vida

El viejo Koskoosh escuchaba ávidamente. Aunque apenas veía desde hacía mucho tiempo, aún tenía el oído muy fino, y el más ligero rumor penetraba hasta su inteligencia, despierta todavía. ¡Ah! Aquélla era Sit-cum-to-ha, riñendo con voz aguda a los perros mientras les ponía las correas entre  puntapiés. Sit-cum-to-ha era la hija de su hija. En aquel momento estaba demasiado atareada para pensar en su achacoso abuelo, aquel viejo sentado en la nieve, solitario, desvalido. Había que levantar el campamento pues el largo camino los esperaba y el breve día moría rápidamente. Ella no oía la voz de la muerte. Pero él sentía ya a la muerte muy cerca.

Este pensamiento inquietó al anciano. Su mano temblorosa acarició el pequeño montón de leña seca que había a su lado. Tranquilizado al comprobar que seguía allí, resguardó de nuevo la mano entre sus raídas pieles y otra vez aguzó el oído. Por el crujido cercano de las pieles medio heladas supo que estaban doblando y apretando la tienda de piel de alce del jefe, para colocarla en los trineos.

El jefe era su hijo, joven membrudo, fuerte y gran cazador. El viejo Koskoosh prestó atento oído. Era la última vez que oiría aquella voz. ¡La que se recogía ahora era la tienda de Geehow! Luego se desmontó la de Tusken. Siete, ocho, nueve… Un niño lloriqueaba y una mujer lo arrulló con voz tierna y gutural. Era el pequeño Koo-tee, una criatura insoportable y enfermiza. Sin duda, moriría pronto, y entonces abrirían un agujero en la tundra helada sobre la que amontonarían piedras, para evitar que los carcayús desenterrasen el pequeño cadáver. Pero, ¿qué importaban unos cuantos años de vida más, algunos con el estómago lleno y muchos con el estómago vacío? Al final esperaba la Muerte, más hambrienta que todos.

¿Qué ruido era aquél? Los hombres ataban los trineos. Escuchó; sabía que nunca más volvería a oír aquellos ruidos. Los látigos restallaron y se abatieron sobre los lomos de los perros. ¡Cómo gemían! ¡Cómo aborrecían aquellas bestias el trabajo y la pista! Trineo tras trineo, se fueron alejando con rumor casi imperceptible. Se habían ido. Se enfrentaba solo con la amargura de su última hora. Pero no; la nieve crujió bajo un mocasín y una mano se apoyó suavemente en su cabeza. Agradeció a su hijo este gesto. Se acordó de otros viejos cuyos hijos no se habían despedido.

-¿Estás bien? – le preguntó su hijo.

-Estoy bien.

-Tienes leña a tu lado -dijo el joven-, y el fuego arde alegre. La mañana es gris y el frío ha cesado. La nieve no tardará en llegar. Ya nieva.

-Sí, ya nieva.

-Los hombres de la tribu tienen prisa. Llevan pesados fardos y tienen el vientre liso por la falta de comida. El camino es largo y viajan con rapidez. Me voy. ¿Te parece bien?

-Sí. Soy como una hoja del último invierno, apenas sujeta a la rama. Al primer soplo me desprenderé. Estoy cansado. Me parece bien.

Inclinó la frente y así permaneció hasta que hubo cesado el rumor de los pasos y comprendió que su hijo ya no lo oiría si lo llamase. Entonces acercó la mano a la leña. Sólo ella se interponía entre él y la eternidad que iba a engullirlo. Lo último que la vida le ofrecía era un manojo de ramitas secas. Una a una, irían alimentando el fuego, e igualmente, paso a paso, con sigilo, la muerte se acercaría a él. Y cuando la última ramita hubiese desprendido su calor, la intensidad de la helada aumentaría. Primero sucumbirían sus pies, después sus manos, y el entumecimiento ascendería lentamente por sus extremidades y se extendería por todo su cuerpo. Entonces inclinaría la cabeza sobre las rodillas y descansaría. Era muy sencillo. Todos los hombres tenían que morir.

No se quejaba. Así era la vida y aquello le parecía justo. Había nacido junto a la tierra, y junto a ella había vivido: su ley no le era desconocida. La naturaleza no era muy bondadosa con los seres vivientes, a ella no le preocupaba el individuo; sólo le interesaba la especie. El viejo conocía muchos ejemplos: la subida de la savia, el verdor del capullo del sauce a punto de estallar, la caída de las hojas amarillentas; esto resumía todo el ciclo. La naturaleza asignaba una misión al individuo. Si éste no la cumplía, tenía que morir. Si la cumplía: moría también. ¿Qué le importaba esto a la naturaleza? Eran las leyes las que perduraban; no quienes las obedecían.

La tribu de Koskoosh era muy antigua. Los ancianos que él conoció de niño ya habían conocido a otros ancianos en su niñez. La tribu tenía vida, subsistía porque todos sus miembros acataban las leyes de la naturaleza desde el pasado más remoto. Los individuos no contaban; eran simples episodios. Habían pasado como pasan las nubes por un cielo estival. Él también era un episodio y pasaría. ¡Qué le importaba él a la naturaleza! Ella imponía una misión a la vida: la misión de perpetuarse y la ley de morir.

Era agradable contemplar a una doncella fuerte y de pechos opulentos, de paso elástico y mirada luminosa. Pero también la doncella tenía que cumplir su misión. La luz de su mirada se hacía más brillante, su paso más rápido; se mostraba, ya atrevida, ya tímida con los varones, y les contagiaba su propia inquietud. Cada día estaba más hermosa y más atrayente. Al fin, un cazador, a impulsos de un deseo irreprimible, se la llevaba a su tienda para que cocinara y trabajase para él y fuese la madre de sus hijos. Y cuando nacía su descendencia, la belleza la abandonaba. Sus miembros pendían inertes, arrastraba los pies al andar, sus ojos se enturbiaban y destilaban humores. Ya sólo los hijos se deleitaban apoyando su cara en las arrugadas mejillas, junto al fuego. La mujer había cumplido su misión. Muy pronto, cuando la tribu empezara a pasar hambre o tuviese que emprender un largo viaje, la dejarían en la nieve, como lo habían dejado a él, con un montoncito de leña seca. Ésta era la ley.

Koskoosh echó otra ramita al fuego. Recordó aquella época en que los viejos se agazapaban junto al fuego con el estómago vacío. Él perdió a su madre en aquel período de hambre. En verano fracasó la pesca del salmón y en el invierno los caribúes no llegaron. Nunca se había visto nada igual. Los conejos escaseaban y los perros eran manojos de huesos. Así pasaron siete meses de oscuridad y los niños lloraron y murieron, y con ellos los viejos y las mujeres. Ni uno de cada diez hombres vivió para saludar al sol cuando volvió en primavera. ¡Qué hambre tan espantosa fue aquélla!.

Pero también recordó épocas de abundancia en que la carne se les echaba a perder y los perros engordaban. Ni siquiera se molestaban en cazar. Las mujeres eran fecundas y las tiendas se llenaban de niños varones y niños mujeres. Los hombres resucitaban antiguas rencillas y cruzaban la línea divisoria hacia el Sur para matar a los pellys, y hacia el Oeste para sentarse junto a los tananas.

Recordó aquel día en que Zing-ha y él salieron para jugar a ser cazadores, imitando a sus padres. En el arroyo descubrieron el rastro reciente de un alce y las huellas de una manada de lobos. «Es viejo -dijo Zing-ha examinando las huellas antes que él-. No puede seguir al rebaño. Los lobos lo han separado de sus hermanos y ya no lo dejarán en paz.» Y así fue. Era la táctica de los lobos. De día y de noche lo seguían de cerca, incansablemente, saltando de vez en cuando a su hocico. Así lo acompañaron hasta el fin. ¡Cómo se despertó en Zing-ha y en él la pasión de la sangre! ¡Valdría la pena presenciar la muerte del alce!.

Y leyeron la terrible tragedia escrita en la nieve. Llegaron a un punto en que el alce se había detenido. Era tres veces mayor que la altura de un hombre adulto, la nieve había sido pisoteada y removida. En el centro se veían las profundas huellas de las anchas pezuñas del alce y a su alrededor, por todas partes, las huellas más pequeñas de los lobos. Un lobo había sido alcanzado en un desesperado ataque de la víctima enloquecida, que lo pisoteó hasta matarlo. Sólo quedaban de él, unos cuantos huesos completamente destrozados. Siguieron hasta otro punto donde el alce había conseguido escalar la orilla y alcanzar el bosque. El sendero aparecía teñido de sangre y las grandes zancadas de la enorme bestia eran ahora cortas y vacilantes. Entonces oyeron los primeros rumores de la batalla; los breves y secos ladridos indicadores del cuerpo a cuerpo y de los dientes que se hincaban en la carne. Zing-ha avanzó contra el viento, con el vientre pegado a la nieve, y a su lado se deslizó él, Koskoosh, que en los años venideros sería el jefe de la tribu. Ambos apartaron las ramas bajas de un abeto joven y atisbaron. Sólo vieron el final.

Estas imágenes se mantenían vivas en el cerebro del anciano, que revivió de nuevo la escena. Se asombró de que tuviesen en su mente más fuerza que sus recuerdos de cuando fue jefe de la tribu y su voz era la primera en el consejo, cuando había llevado a cabo grandes hazañas y su nombre era una maldición en boca de los pellys; eso sin hablar de aquel forastero blanco al que mató con su cuchillo en una lucha cuerpo a cuerpo.

El fuego empezaba a extinguirse y el frío lo mordía cruelmente. Lo reanimó con dos ramitas e intentó calcular lo que le quedaba de vida por las ramitas restantes. Si Sit-cum-to-ha se hubiera acordado de su abuelo y le hubiese dejado una brazada de leña mayor… A la muchacha le habría sido fácil dejarle más leña, pero Sit-cum-to-ha había sido siempre una criatura descuidada que no se preocupaba de sus antepasados, desde que Castor, hijo del hijo de Zing-ha, puso los ojos en ella. Pero ¿qué importaban ya estas cosas? ¿No había hecho él lo mismo en su atolondrada juventud?.

Aguzó el oído y así permaneció unos momentos. Quizá su hijo se enternecería y volvería con los perros para llevarse a su anciano padre a los pastos donde abundaban los rollizos caribúes. Al aguzar el oído, su activo cerebro dejó momentáneamente de pensar. Todo estaba inmóvil. Su respiración era lo único que interrumpía el gran silencio… Pero ¿qué era aquello? Un escalofrío recorrió su espina dorsal. Un largo y quejumbroso aullido que le era familiar había rasgado el silencio… Y procedía de muy cerca…Vio pasar raudamente las formas grises, de llameantes ojos, lenguas colgantes y colmillos desnudos. Y vio, en fin, cómo se cerraba el círculo implacable hasta convertirse en un punto oscuro sobre la nieve pisoteada.

Un frío hocico rozó su mejilla y, a su contacto, el alma del anciano saltó de nuevo al presente. Su mano encontró en el fuego una rama encendida. Dominado instantáneamente por su temor ancestral al hombre, el animal se retiró, aunque lanzando a sus hermanos una larga llamada. Pronto se vio el viejo encerrado en un círculo de siluetas grises y mandíbulas babeantes. Blandió como pudo el tizón pero las jadeantes fieras no se marchaban. Uno de los lobos avanzó arrastrándose, y al punto le siguió otro, y otro después.

-¿Por qué me aferro a la vida? – se preguntó.

Y dejó caer el tizón en la nieve. La ardiente rama se apagó chisporroteando. Los lobos lanzaron gruñidos de inquietud, pero el círculo no se deshizo. En la mente de Koskoosh reapareció el final de la lucha del viejo alce y, desfallecido, inclinó la cabeza sobre las rodillas. ¿Qué importaba la muerte? Había que acatar la ley de la vida.