El mechón de cabello

Presentación

El mechón de cabello (1350)

Este relato forma parte del Decamerón, la obra más popular de Boccaccio, colección de cien relatos contados a lo largo de diez días (de ahí el título) por un grupo de amigos que escapan a un brote de peste y se refugian en una villa de las afueras de Florencia. Cada relato del día termina con una “canzone”, una canción para bailar entonada por uno de los narradores; estas canciones representan algunas de las muestras más exquisitas de la poesía lírica de Boccaccio.

El mechón de cabello es un primoroso relato de intriga picante con un final que destila sabiduría e ironía. Es una de las muchas excelentes piezas del Decamerón, obra plenamente renacentista de la cultura europea donde el protagonismo narrativo se encuentra en los aspectos humanos, y se deja de hacer mención a temas religiosos o teológicos. 

Nota biográfica sobre Giovanni Boccaccio (1313-1375)

Escritor y humanista florentino. Es uno de los padres, junto con Dante y Petrarca, de la literatura en italiano. Nació en Certaldo, cerca de Florencia, y allí murió, retirado después de una fecunda vida como poeta, erudito y narrador.

Estudió Derecho Canónico en Nápoles y se aficionó a la poesía. Muy joven se enamoró de una dama a la que inmortalizó con el nombre de Fiammetta y que fue su fuente de inspiración poética. Boccaccio tuvo una tortuosa vida emocional, desde el enamoramiento adolescente hasta la profunda crisis espiritual de su madurez, que le llevó a volcarse en el estudio y en las prácticas piadosas. Tras ser ordenado sacerdote, pasó a ocupar el cargo de confesor en 1362. Había viajado por las más importantes ciudades de Italia -Florencia, Padua, Nápoles y Venecia- y fue íntimo amigo de Petrarca.

Paradójicamente, Boccaccio, que a lo largo de toda su vida fue un sensible poeta y al final de sus días vivió la rectitud espiritual, ha pasado a la historia de la literatura como el despreocupado y libertino escritor de los frívolos relatos recogidos en Decamerón, obra que compuso en apenas cinco años.

Efectivamente, aunque compuso poemas y obras eruditas en latín, su legado literario más valioso son los cien cuentos, escritos en el joven idioma italiano, que componen el Decamerón, y que dan cuenta de su visión a la vez cínica e indulgente de las flaquezas, los pecados y las corrupciones de los hombres de su época.

Con el Decamerón Boccaccio se convirtió en el fundador de la prosa italiana.

Texto adaptado. El mechón de cabello (1350)

Agilulfo, monarca de los longobardos, estableció Lombardía la base de su soberanía. Su esposa Tendelinga era hermosísima, prudente y honrada.

Aconteció que un palafrenero de muy humilde condición, pero competente en su oficio, y arrogante en su persona, se enamoró intensamente de la reina. Conocedor de su posición a nadie se lo declaró, ni siquiera a la reina con su mirada. Sin esperanza alguna siguió viviendo, pero se dedicaba a ser el mejor en lo que a su reina pudiese complacer. Por esto, cuando la reina deseaba cabalgar, prefería de entre todos al palafrén.

No logrando librarse de su amor, pensó en morir, aunque no sin antes obtener, totalmente o en parte, la satisfacción de su anhelo. Sabía que era infructuoso hablar o escribir a la reina y no veía otro recurso para yacer con la reina que hacerse pasar por el rey, que no dormía con la reina de continuo.

Vigilando con sigilo, una noche vio a Agilulfo salir de su cámara envuelto en un gran manto, en una mano una antorcha encendida y en la otra una varita, y en llegando a la puerta de la reina, sin nada decir, golpeó la madera con la vara una vez o dos, y abrióse la puerta y quitáronle la antorcha de la mano.

Visto esto varias noches, el palafrenero no lo pensó más. Se aderezó un manto semejante al del rey, y, provisto de una antorcha y una vara, una noche, tras bañarse a conciencia -pues conocía que las hembras tienen fino olfato- se escondió hasta que todos dormían. El deseo le daba valor para arriesgarse a la muerte. Con la yesca y el eslabón encendió la luz y, envuelto en el manto, se acercó al umbral y dos veces llamó con la vara. Abrió una soñolienta camarera, que le retiró la luz y él, sin decir nada, traspasó la cortina, quitóse la capa y acostóse donde la reina dormía. Deseosamente la tomó en sus brazos, y, fingiendo que en tales casos el rey no quería oír nada, ni nada decir ni que le dijesen, conoció carnalmente varias veces a la reina aquella noche.

Apesadumbrábale partir, pero comprendiendo que el mucho retardarse podía arruinar el deleite obtenido, volvióse a su lecho tan presto como pudo.

Y resultó que, apenas había salido el palafrenero, cuando el rey llegóse a la cámara de la reina, de lo que ella se maravilló mucho, y dijo con júbilo a su marido:

– Señor, ¡qué novedad esta noche! Ha instantes que os partisteis de mí y más que de costumbre os habéis refocilado conmigo, ¿y tan pronto volvéis? Mirad lo que hacéis.

Al oír tales palabras, el rey presumió que la reina había sido engañada por alguna similitud de persona y costumbres. Pero, como discreto, en el acto pensó que, pues la reina no lo había advertido, ni nadie más, mejor valía no hacérselo comprender, evitando posibles difamaciones que hubiesen entristecido a la inocente mujer, y -aun quizás- haciéndole venir el deseo de repetir lo que ya había sentido.

Y así el rey respondió, más turbado en su ánimo que en su semblante y en su voz:

– ¿Acaso no os parezco, mujer, hombre capaz de estar una vez acá y tornar luego?

-Sí, mi señor, pero, con todo, ruégoos que miréis por vuestra salud.

Entonces dijo el rey:

-A mí me place seguir vuestro consejo y, por tanto, sin más molestia daros, me vuelvo.

Y, con el ánimo lleno de ira y de mal talante por lo que ya sabía que le habían hecho, salió de la estancia y resolvió con sigilo encontrar al que tan feo recado le hiciera. Imaginando que debía ser alguien de la casa y que no habría podido salir de ella, fue a una muy larga estancia sobre las cuadras en la que dormían casi todos sus sirvientes. Y estimando que al que hubiese hecho lo que la mujer decía no le habría aún cesado la agitación de pulso y corazón por el reciente afán, con cautelosos pasos, a todos les fue tocando el pecho para saber si les latía el corazón con fuerza.

Los demás dormían, pero no el que había yacido con la reina, por lo cual, viendo venir al rey e imaginando lo que buscaba, comenzó a temer mucho, de modo que a los pálpitos anteriores de su corazón se agregaron los de su temor. Varias cosas le bulleron en el pensamiento, pero, observando que el rey iba sin armas, resolvió fingir que dormía y esperar lo que aconteciese.

Y llegóse el rey al palafrenero. Y observando cuán fuerte le latía el corazón, se dijo: “Éste es”. Como no quería que nadie se percatase de lo que pensaba hacer, se contentó, usando unas tijeras que llevaba, con tonsurar al hombre parte de los cabellos, que entonces se llevaban muy largos, a fin de poderle reconocer al siguiente día; y, esto hecho, volvióse a su cámara.

El palafrenero, que era astuto, comprendió por qué le habían señalado así y, sin esperar a más, se levantó y, buscando las tijeras que había en el establo para la limpieza de los caballos, a todos los que allí yacían, sin ruido, les cortó parte del cabello por encima de la oreja y, sin ser sentido, se volvió a acostar.

El rey, levantóse muy temprano esa mañana, y mandó que, antes de que las puertas del palacio se abriesen, se le presentase toda la servidumbre. Y así se hizo. Y estando todos ante él con la cabeza descubierta, y viendo a casi todos con el cabello de análogo modo cortado, se maravilló y dijo para sí: “El que ando buscando, aunque sea de baja condición, muestra da de tener mucho sentido”. Y, reconociendo que no podía, sin escándalo, descubrir al que buscaba, y no queriendo por pequeña venganza sufrir gran afrenta, resolvió con cortas palabras hacerle saber que él había reparado en las cosas ocurridas y, vuelto a todos, dijo:

-Quien lo hizo, no lo haga más, e id con Dios.

Otro les habría hecho interrogar, atormentarlos, examinarlos e insistirlos, y así habría descubierto lo que todos deben ocultar, y al descubrirlo, aunque tomase entera venganza, habría aumentado su afrenta y empeñado la honestidad de su mujer.

Los que sus palabras oyeron se pasmaron y largamente trataron entre sí de lo que el rey había querido significar, pero nadie entendió nada, salvo aquél que tenía motivos para ello. El cual, como discreto, nunca, mientras vivió el rey, esclareció el caso, ni nunca más desafió a la fortuna exponiendo su vida con tan audaz acto.