El amor que no podía ocultarse

Presentación

El amor que no podía ocultarse (1930)

El amor que no podía ocultarse es un brevísimo y divertido relato incluido en la recopilación de Ventanilla de cuentos corrientes, colección de relatos breves aparecidos en distintas publicaciones. Asistiremos al primer encuentro de dos enamorados, a través de un diálogo chispeante que se  anticipa ochenta años a las actuales citas a ciegas y sus sorpresas.

Nota biográfica sobre Enrique Jardiel Poncela (1901-1952)

Novelista –Amor se escribe sin hache (1929)- y dramaturgo –Eloísa está debajo de un almendro (1940)- es uno de los grandes renovadores del humor en la literatura española de la primera mitad de s XX, junto a otros humoristas como José López Rubio, Edgar Neville, Miguel Mihura y Tono. Jardiel se acercó a un humor inverosímil con ribetes de absurdo, rompiendo así con el naturalismo tradicional imperante en el teatro español de la época. Murió de cáncer, arruinado y en gran medida olvidado, a los 50 años. En su nicho figura como epitafio una frase suya: «Si queréis los mayores elogios, moríos».

El paso de los años no ha hecho sino acrecentar su figura; sus obras, que han sido la base de numerosas películas, siguen representándose en la actualidad.

Texto adaptado. El amor que no podía ocultarse

Durante tres horas largas hice todas aquellas operaciones que denotan la impaciencia en que se sumerge un alma: consulté el reloj, le di cuerda, volví a consultarlo, le di cuerda nuevamente, y, por fin, le salté la cuerda; sacudí unas motitas que aparecían en mi traje; sacudí otras del fieltro de mi sombrero; revisé dieciocho veces todos los papeles de mi cartera; tarareé quince canciones; leí tres periódicos sin enterarme de lo que decían; medité; alejé las meditaciones; volví a meditar; rectifiqué las arrugas de mi pantalón; hice caricias a un perro, propiedad del parroquiano que estaba a la derecha; di vueltas al botoncito de la cuerda de mi reloj hasta darme cuenta de que se había roto antes y que no tendría inconveniente en dejarse dar vueltas un año entero.

Había una razón que justificaba todo aquello. Mi amada desconocida iba a llegar de un momento a otro. Nos adorábamos por carta desde la primavera anterior.

¡Excepcional Gelda! Su amor había colmado la copa de mis ensueños, como dicen los cantantes de ópera. Estaba muy enamorado de Gelda. Sus cartas, llenas de una gracia tierna y elegante, habían sido el centro de mis besos apasionados.

A fuerza de entenderme con ella sólo por correo había llegado a temer que nunca podría hablarla. Sus fotos decían que era hermosa como la protagonista de un cuento. Pero en el Libro de Caja del Destino estaba escrito con letra redondilla que Gelda y yo nos veríamos al fin frente a frente; y su última carta, anunciando su llegada y dándome cita en aquel café me había colocado en el Cielo, primer sillón de la izquierda.

Vi llegar un taxi y reconocí a Gelda. Entró, llegó junto a mí, me tendió sus dos manos a un tiempo con una sonrisa celestial y se dejó caer en el diván. Tenía un “chic” indiscutible. Pidió no recuerdo qué y comenzó a hablarme de nuestras cartas, de lo feliz que pensaba ser, de lo que me amaba…

-También yo te quiero con toda mi alma.

-¿Qué dices? -me preguntó.

-Que yo te quiero también con toda mi alma.

-¿Qué?

Comprendí la horrible verdad. Gelda era sorda.

-¿Qué? -me apremiaba.

-¡Que también yo te quiero con toda mi alma! -repetí gritando.

Y me arrepentí en seguida, porque diez parroquianos se volvieron para mirarnos, molestos.

-¿De verdad que me quieres? -preguntó ella con esa pesadez propia de los enamorados y de los agentes de seguros-. ¡Júramelo!

-¡Lo juro!

-¿Qué?

-¡¡Lo juro!!

-Pero dime que juras que me quieres -insistió mimosamente.

-¡¡Juro que te quiero!! -vociferé.

Veinte parroquianos nos miraron con odio. – Eso se llama amar de viva voz-, susurró uno de ellos.

-Entonces -siguió mi amada, ajena a aquella tormenta-, ¿no te arrepientes de que haya venido a verte?

-¡De ninguna manera! -grité decidido a arrostrarlo todo, porque me pareció estúpido sacrificar mi amor a la opinión de unos señores que hablaban del Gobierno.

-¿Y… te gusto?

-¡¡Mucho!!

-En tus cartas decías que mis ojos parecían muy melancólicos. ¿Sigues creyéndolo así?

-¡¡Sí!! -grité valerosamente-. ¡¡Tus ojos son muy melancólicos!!

-¿Y mis pestañas?

-¡¡Tus pestañas, largas, rizadísimas!!

Todo el café nos miraba. Habían callado las conversaciones y sólo se me oía a mí. En las cristaleras empezaron a pararse los transeúntes.

-¿Mi amor te hace dichoso?

-¡¡Dichosísimo!!

-Y cuando puedas abrazarme…

-¡¡Cuando pueda abrazarte -chillé, como si pronunciara un discurso en un estadio- creeré que estrecho contra mi corazón todas las rosas de todos los rosales del mundo!!

No sé el tiempo que seguí afrontando los rigores de la opinión ajena. Sé que, al fin, se me acercó un camarero: -Haga el favor de no escandalizar -dijo-. Les ruego que se vayan del local.

-¿Qué ocurre? -indagó Gelda.

-¡¡Nos echan por escándalo!!

-¡Por escándalo! -habló estupefacta-. Pero si estábamos en un rinconcito del café, ocultando nuestro amor a todo el mundo y contándonos en voz baja nuestros secretos…

Le dije que sí para no meterme en explicaciones y nos fuimos. Ahora vivimos en una casa perdida en el campo, pero cuando nos amamos, acuden siempre los campesinos de las cercanías preguntando si ocurre algo grave.