Solución

Presentación

Solución (1891)

Una mujer madura está dando un amable paseo por las calles de la primavera madrileña, hace más de cien años. Este breve relato de Pardo Bazán nos obsequia con una aguda – y muy actual- reflexión sobre la madurez en mujeres y hombres.

Nota biográfica sobre Emilia Pardo Bazán (1851-1921)

Emilia Pardo Bazán (La Coruña 1851, Madrid 1921), condesa de Pardo Bazán, fue una novelista, periodista, ensayista, crítica literaria, poetisa, traductora, editora, catedrática y conferenciante española. Precursora de los derechos de las mujeres y el feminismo, reivindicó y tuvo una importante actuación pública en defensa de la instrucción de la mujer.

Fue rechazada por tres veces (1889, 1892 y 1912) por la Real Academia Española, pese a ser la primera mujer en presidir la sección de literatura del Ateneo de Madrid (1906), la primera catedrática de literatura en la Universidad Central de Madrid (1916), además de ser nombrada (1910) Consejera de Instrucción Pública por Alfonso XIII.

Pardo Bazán, al margen de su apasionada vida social, fue una autora infatigable. Introductora del naturalismo en España, su obra evolucionó desde el realismo y el naturalismo hacia un mayor espiritualismo. Ello se observa en sus cerca de cincuenta novelas – Los Pazos de Ulloa (1886) es quizá la más reconocida- y en sus más de quinientos cuentos y relatos, recogidos en diversas publicaciones a lo largo de diez años largos (1888-1899).

Texto adaptado. Solución

Más fijo que el sol.

A las tres de la tarde en invierno y a las cinco en verano paseaba Paquita Llerena hacia el Retiro, llevando sujeto por un cordón de seda roja a Mosquito, su perro grifón, pequeño como un juguete. El animalillo era una preciosidad: sus sedas, gris acero, se acortinaban revueltas sobre su hociquín, negro y brillante; y sus ojos, enormes, parecían dos uvas maduras. Cuando Mosquito se cansaba, Paquita le cogía en brazos.

Solterona, y bien avenida con su libertad, Paquita solo se tomaba molestias por el bichejo. Lo lavaba, lo espulgaba, lo jabonaba y lo perfumaba; le servía su comida especial, crema de huevo, bolitas de arroz; le limpiaba la dentadura, con oralina y cepillo. De noche, en diciembre, saltaba de la cama, descalza, para ver dormir al tontorrón sobre almohadón de pluma, bajo una manta microscópica de raso.

Una esplenderosa tarde de abril, domingo, subiendo por la acera atestada de la calle de Alcalá, Paquita notó una sensación extraña, como si acabase de quedarse sola entre el gentío. Antes de tener tiempo de darse cuenta de lo que le sucedía, se cruzó con un conocido, don Santos Comares de la Puente, funcionario en el Ministerio de Hacienda que la saludó, sonrió y la paró un instante informándose de su salud. Cuando el buen señor se perdió entre los numerosos paseantes, Paquita percibió otra vez la soledad; el cordón rojo flotaba, cortado; Mosquito había desaparecido.

Tenía Paquita un carácter reconcentrado y enérgico, frecuente en las mujeres que han llegado a los cuarenta años sin la sombra y el calor de la familia. No gritó, no alborotó: a fuer de solterona, temía las cuchufletas. A su alrededor no estaba el perro, ni nadie con trazas de habérselo llevado. Interrogó a los porteros, puso anuncios en los diarios y hasta votó una misa a San Antonio, abogado de las causas perdidas. Pero mosquito no estaba perdido, sino robado…, y el santo se inhibió; los ladrones no eran de su incumbencia.

Al cabo de dos meses, Paquita había enfermado de tristeza. La mandaron pasear mucho, entre calles, por sitios alegres y concurridos. Y un día, parada delante de un escaparate, el claro vidrio reflejó una forma tan conocida como adorada: ¡el encantín! Se volvió conteniendo un grito de salvaje alegría…, y lo mismo que cuando había desaparecido el perro, vio ante sí la figura poco gallarda de don Santos Comares, saludando y preguntando machacona y cordialmente: «¿Qué tal esa salud?…». Pero, bajo el puño de la manga izquierda de aquel hombre, entre el brazo y el cuerpo, asomaba la cabecita adorable, los ojos como uvas en sazón y se oía el cómico ladrido, de falsete, de Mosquito, jubiloso al reconocer a su antigua ama.

-¡Hijo! ¡Tesoro! ¡Encanto de mi vida! ¡Cielín!

Se abalanzó para apoderarse del chucho, pero ya don Santos, a la defensiva, daba dos pasos atrás y protegía la presa con un «¡Señora!», indignado y escandalizado, que hizo volverse irónicos y risueños a los transeúntes.

  • ¡Ese perro es mío!, y ahora comprendo que fue usted quien me lo cogió. ¡Usted mismo! aquella tarde, en la acera de la calle de Alcalá.
  • ¡Señora! -repitió don Santos-. ¿Me toma usted por ladrón de bichos? Este perrito me pertenece: lo he comprado, y no barato; lo tengo empadronado, y a nadie consentiré que me dispute su propiedad.
  • En el collar están mis iniciales y el nombre del animalito. Verá usted cómo atiende, cómo me mira. «¡Mosquitín!» ¿No me conoces, hechizo mío?
  • El perro, señora, cuando lo adquirí, venía desnudo de toda prenda; le puse de nombre Togo. Toguín, Toguín; ya lo ha visto usted: menea la cola.

Paquita, desesperada, sintió brotar dos lágrimas. La gente empezaba a formar corro; bromeaban. El decoro se sobrepuso a la pasión. Habló en voz baja, roncamente:

  • Bueno, señor Comares, bueno… Llévese lo que no es suyo. Cuando le dé a usted vergüenza espero que lo restituirá. Creí que era usted un caballero…

Le dió la espalda, y siguió calle abajo, seguida por miradas de chunga malévola…

Su padecimiento se agravó. Pero su médico también asistía al señor Comares, e informó a éste de lo que pasaba. No era el alto empleado un hombre sin corazón. Solicitó ver a Paquita, llevó consigo a Mosquito y lo colocó en el regazo de la solterona.

  • Señora, estoy disgustado; disgustadísimo… No me es posible cederle el perro; pero se lo traeré siempre para que usted lo acaricie y vea que está gordito y sano.
  • ¿Se burla usted de mí? -saltó, furiosa, ella-. ¿Traérmelo y quitármelo? Ni lo piense, señor mío; ¿qué se ha figurado?
  • Cálmese usted, Paquita…- don Santos habló con dulzura- todos tenemos nuestros afectos; desde que perdí a mi chico único, que nos daba tantas esperanzas, de resultas perdí también a mi pobre mujer; no hay a mi alrededor nadie que me acompañe… Le he cogido cariño al animalito… Es un gitano… Tráteme usted todo lo mal que guste; no le devuelvo a Togo. No, señor.

Paquita callaba, ceñuda, meditando. De improviso se alzó de su asiento, se apoderó del perro, abrió la ventana y, alzando en el aire al grifón, exclamó, trágicamente:

  • Intente usted robármelo otra vez, y va a la calle.

Don Santos quedó paralizado. Veía ya a su Togo estrellado sobre la acera, cerrados los enormes ojos, rota la cabecilla contra las losas, flojas las sedas, frías las patas…

La mujer había vencido: la furia pasional arrollaba al tranquilo y nostálgico querer.

A los pocos días, Paquita recibió una atenta nota de don Santos. Le pedía permiso para frecuentar la casa; así vería alguna vez a Togo; a ella le llevaría bombones de chocolate. No era posible rehusar. La triunfadora acogió amablemente al derrotado. A causa de la oposición de sus genios, fueron congeniando; se habituaron a verse y a tolerarse sus manías de almas rancias y solitarias, sus herrumbres de cuerpos en decadencia.

Al cabo de un año, el perrito paseaba en la berlina de los consortes; y en adelante fue de ambos con igual derecho. Pero el esposo siempre le llamó Togo, y Mosquito, la esposa.