Llámame tía Dora

Presentación

Llámame tía Dora (2015)

Este relato de Doctorow, Llámame tía Dora, pertenece a su libro Cuentos completos, el último libro que el autor dio a la imprenta (2015) y en el cual el relato aparece con el título original Una casa en la llanura.

Las grandes virtudes del Doctorow narrador, al margen de su tarea como novelista histórico, aparecen en este relato. Directo, sencillo y contundente. Y en el escenario de la América profunda y de la gran depresión, Doctorow plantea con una desnuda sencillez el dilema moral que arrastra la humanidad desde hace siglos: hacer el mal para asegurar la vida. Inolvidable tía Dora. 

Nota biográfica sobre E. L. Doctorow (1931-2015)

Edgar Lawrence Doctorow nació y murió en EEUU (Nueva York, 1931-2015). Fue un escritor estadounidense de varias novelas aclamadas por los especialistas, en las cuales mezcla historia y crítica social. Se ha dedicado toda su vida a la escritura y a la enseñanza.

Alguna de sus novelas –Ragtime (1976), Billy Bathgate (1990)- han sido llevadas con éxito al cine. Y todas han tenido una excelente acogida por el público, especialmente, el estadounidense (La gran marcha, 2005; Cuentos completos, 2015). Con un estilo narrativo que enlaza con los grandes autores estadounidenses – Hawthorne, Hemingway, Carver- leer a Doctorow es aproximarse al distinto estilo de vida americano.

Texto adaptado. Llámame tía Dora (2015)

Mamá me dijo que, de ahí en adelante, yo debía ser su sobrino. Llámame tía Dora, me dijo.

Con el seguro de vida recibido a la muerte del doctor mamá había comprado en otro estado una granja, alejada de la ciudad. ¿A quién le importaría allí si yo era su hijo o no? Piensa, cuando me llames tía Dora, que esta tía tuya te ha acogido después de la muerte de su hermano viudo Horace; aunque ambos sabíamos que mamá no tenía hermanos.

La estación de tren de La Ville se reducía a un andén de cemento y un cobertizo a modo de sala de espera sin taquilla. No lograba imaginar cómo, según mamá, vivía allí una población de más de tres mil personas.

Un hombre se prestó a llevarnos en un carromato. Circuló por calles con algunas casas de sólida construcción, pero después, a medida que te alejabas del centro, se sucedían deterioradas casas de una sola planta, con porches pequeños y oscuros, huertos y tendederos en las partes traseras, separadas por callejones. Luego, recorridos tres o cuatro kilómetros a través de tierras de labor con un silo aquí y allá, junto a la carretera que se perdía recta hacia el oeste entre maizales, apareció lo que nunca yo habría esperado: una casa de ladrillo rojo, de tres plantas, con azotea y una escalinata de piedra, como salida de una calle de casas adosadas de Chicago.

Ésa era, en efecto, nuestra nueva casa.

Estaba semiabandonada, con telarañas por todas partes y excrementos de animales. Pero mamá lo había organizado todo y pronto comenzaron a ir llegando los carromatos con los muebles que había mandado por tren. No pocos hombres parecían dispuestos a ganarse más de un jornal de manos de aquella dama de buen ver con sortijas en los dedos. Se levantó una cerca para gallinero, se araron los eriales, se dragó el abrevadero donde estaría el agua para el ganado y durante un tiempo pareció que mamá era la mayor empresaria de La Ville.

Pero, ¿quién iba a sacar el agua del pozo, lavar la ropa y hacer el pan? La vida de campo era distinta, solitaria, aislada. Teníamos los recursos suficientes para vivir, pero yo me estaba sintiendo tan desprotegido como nunca me había sentido en la civilización de la que nos habíamos apartado. Por primera vez dudé del buen criterio de mamá.

Una tarde, contemplando ponerse el sol tras los montes a kilómetros de distancia.

  • Tía Dora, dije, ¿qué se nos ha perdido aquí?
  • Voy a traer una inmigrante que nos ayude. Dormirá en el cuarto pequeño detrás de la cocina.
  • ¿Por qué inmigrante? Hay mujeres en La Ville a las que vendría bien el dinero.
  • La traigo de otro estado; no quiero una mujer que se dedique a contar todo lo que pasa en casa. Usa el sentido común que Dios te dio, Erly.
  • Lo intento, mamá.
  • Tía Dora, maldita sea.
  • Tía Dora.

No sé por qué, pero después de este diálogo me quedé más tranquilo.

Mamá había contratado a Bent, grandote y torpe, como hombre para todo. Además del trabajo diario, una tarde lo subió a su habitación y yo pensé que tendríamos problemas. Per Bent era demasiado estúpido y comprendí que mamá tenía un plan. Además de Bent estaban los huérfanos. Mi madre había firmado un contrato con una agencia benéfica de Nueva York que le pagó por acoger a tres niños. Dos niños y una niña de aspecto agradable, pálidos y callados, de seis, seis y ocho años. A mamá le parecía buena idea llevarlos a la iglesia metodista de La Ville para exhibirlos con la ropa nueva que les había comprado. La tía Dora enseñó a los pequeños Joseph, Calvin y Sophie a que la considerasen su mamá. Llamadme mamá, les dijo. Y ellos lo hacían.

Mamá había confeccionado la familia. Fannie, la cocinera, que no hablaba inglés y trabajaba duro; Bent, que se escabullía y bebía mucho, pero que cumplía trabajando en los maizales; además, dos mañanas por semana una maestra del condado jubilada venía a instruir en lectura y aritmética a los niños.

Y una noche mamá dijo. Tenemos una finca agrícola que funciona, una familia bien avenida y una situación relativamente holgada, pero si no encontramos nada antes del invierno nuestro único recurso es la póliza de seguro que contraté para los pequeños.

Y me leyó lo que parecía ser un anuncio: “¡Se busca! Viuda reciente con una próspera granja necesita un hombre nórdico con dinero para ser socio”.

  • ¿Por qué nórdico?, le dije.
  • Es lo que buscamos, suecos y noruegos, recién desembarcados, hablando mal el idioma y con sus ahorros de toda la vida.

Empezaron a llegar cartas y visitas. Los recibíamos en el salón: mamá servía café, y los niños, sus hijos, y yo, su sobrino, escuchábamos lo bien que se explicaba mamá. En estas primeras visitas, mamá, una mujer atractiva y de buena talla, vestía una simple falda plisada de color gris y una blusa blanca, sin más joyas que la cadena de oro con la cruz colgada que caía entre sus pechos y el pelo recogido en un moño alto en lo alto de la cabeza, en favorecedor descuido. Y nuestra cuenta corriente en el banco de La Ville empezó a engordar satisfactoriamente. Y se retiró el anuncio de “¡Se busca!”; nuestro invierno sería de descanso como en todas las granjas agrícolas.

Un frío día de diciembre llegó una carta de Winnifred, una medio novia que yo había dejado en Chicago. Me enterneció leer que le gustaría reunirse conmigo. Pero, en la segunda página, daba noticias del barrio. Iban a iniciar la investigación de la muerte del doctor, el marido de mamá en Chicago. La policía estaba preguntando dónde nos habíamos ido mamá y yo. Mamá no se inquietó demasiado, pero noté que comenzó a acelerar su plan. Así, en Nochebuena dio una fiesta invitando a los conocidos de La Ville – el banquero, los comerciantes, el párroco metodista- que acudieron en sus coches con sus esposas, vieron el abeto iluminado con velas, los niños vestidos para la ocasión y servidos por Fannie, uniformada, todos tomaron el ponche de huevo. La institutriz había traído su armonio y todos nos reunimos alrededor de la chimenea para cantar villancicos.

Poco después, pasados unos días del Año Nuevo, apareció un hombre ante nuestra puerta, otro sueco. No habíamos puesto el anuncio “Se busca” desde hacía meses y mamá no tenía intención de recibirlo; pero el individuo era hermano de otro que sí nos había visitado en el otoño. Dijo que se llamaba Henry Lundgren y que no había recibido noticias de su hermano Per desde que éste había salido para La Ville con dos mil dólares. Sabía que Per había dormido en el hotel de La Ville. Él había visto su firma.

Aquella tarde, mamá dijo. Bien Erly, nos vamos, pero tenemos mucho trabajo pendiente antes de la marcha. Si el pasado otoño ese sueco, Per, nos hubiera dicho que tenía un hermano no estaría donde está. ¡Dónde está Bent! Le ordenó que cogiera el coche, fuera a La Ville y cargara con media docena de latas de queroseno de cuatro litros, rápido que había que trabajar duro.

Mamá había pensado en todo. Había estado retirando cantidades de la cuenta durante todo el invierno. Teníamos una pequeña fortuna. Los pequeños detalles demostraron su genialidad. Por ejemplo, el mayor de los hermanos era de estatura parecida a la mía y Fannie, el ama de llaves, tenía las hechuras de mi madre. Y antes de ordenar a Bent que subiera y bajara por las escaleras derramando queroseno por todas las habitaciones se aseguró de que estuviera bien borracho. Terminaría durmiendo en el establo y allí es donde lo encontraron abrazado a una lata vacía de queroseno como quien abraza a una amante.

La casa ardió por los cuatro costados. Según los periódicos, fueron los dos cadáveres decapitados de Madame Dora y de su sobrino los que más atención atrajeron. Además, claro está, los de los bultos envueltos de los dos pequeños. Se encontraron otros huesos en el pozo y en el abrevadero, pero la prensa parecía más interesada en recoger los comentarios de los vecinos de La Ville, “qué final tan atroz para una dama tan refinada y cariñosa con los niños”.

Todo va a ir bien, dijo mamá, leyendo la prensa a muchos kilómetros de distancia.

  • Sí, tía Dora.
  • Eso de tía Dora era solo para allí, ahora se ha acabado.
  • Sí, mamá.