Pecado de omisión

Presentación

Pecado de omisión (1978)

De los numerosos relatos cortos de Ana María Matute buena parte fueron publicados en 1978 en el volumen Cuentos completos, del que hemos seleccionado este breve Pecado de omisión.

Comienza del siguiente modo:

A los trece años a Lope se le murió la madre, lo último que le quedaba. Hacía lo menos tres años que no acudía a la escuela, pues tenía que buscarse el jornal. Un primo de su madre, Emeterio, era el alcalde y tenía una casa de dos pisos asomada a la plaza del pueblo. Emeterio tenía ganado paciendo por las laderas de Sagrado y una hija moza, bordeando los veinte, morena, robusta, riente y algo necia. Su mujer, flaca y dura como un chopo, no era de buena lengua y sabía mandar. Emeterio Ruiz, por cumplir, recogió al chico, huérfano, sin herencia ni oficio, pero nunca le miró a derechas, y como él los de su casa.

La primera noche en casa de Emeterio, Lope durmió bajo el granero. Se le dio cena y un vaso de vino.

El relato es un emotivo ejemplo del período realista de la autora en un estilo que coincide con otros grandes narradores de su generación (Miguel Delibes, Carmen Martí Gaite, Ignacio Aldecoa).

Nota biográfica sobre Ana María Matute (1925-2014)

Aguda observadora de la España de la posguerra (Pequeño teatro, Primera memoria), Matute ha combinado el sobrio realismo de sus primeros relatos con creaciones de tipo fantástico, dando lugar narraciones inolvidables (La torre vigía, Olvidado Rey Gudú). Ha escrito numerosos cuentos y relatos breves.

Miembro de la Real Academia Española (1996), ha gozado de un amplio reconocimiento (Premio Planeta, Premio Nadal, Premio Nacional de las Letras).

Texto adaptado. Pecado de omisión

A los trece años a Lope se le murió la madre, lo último que le quedaba. Hacía lo menos tres años que no acudía a la escuela, pues tenía que buscarse el jornal. Un primo de su madre, Emeterio, era el alcalde y tenía una casa de dos pisos asomada a la plaza del pueblo. Emeterio tenía ganado paciendo por las laderas de Sagrado y una hija moza, bordeando los veinte, morena, robusta, riente y algo necia. Su mujer, flaca y dura como un chopo, no era de buena lengua y sabía mandar. Emeterio Ruiz, por cumplir, recogió al chico, huérfano, sin herencia ni oficio, pero nunca le miró a derechas, y como él los de su casa.

La primera noche en casa de Emeterio, Lope durmió bajo el granero. Se le dio cena y un vaso de vino. Al otro día, apenas apuntando el sol en el canto de los gallos, Emeterio le llamó por el hueco de la escalera, espantando a las gallinas que dormían entre los huecos:

-¡Lope! Lope acudió. Estaba poco crecido para sus trece años y tenía la cabeza grande, rapada.

-Te vas de pastor a Sagrado.

Lope buscó las botas y se las calzó. Francisca, la hija, había calentado patatas con pimentón.

-Tú ya conoces el oficio. Creo que anduviste una primavera por las lomas de Santa Áurea, con las cabras de Aurelio Bernal.

-Sí, señor.

-No irás solo. Por allí anda Roque el Mediano. Iréis juntos.

-Sí, señor.

Francisca le metió una hogaza en el zurrón, un cuartillo de aluminio, sebo de cabra y cecina.

-Andando -dijo Emeterio Ruiz.

Lope le miró. Lope tenía los ojos negros y redondos, brillantes.

-¿Qué miras? ¡Arreando!

Lope salió, zurrón al hombro. Antes, recogió el cayado, grueso y brillante por el uso, que guardaba, apoyado en la pared. Cuando iba ya trepando por la loma de Sagrado, lo vio don Lorenzo, el maestro. A la tarde, en la taberna, don Lorenzo fumó un cigarrillo junto a Emeterio, que fue a echarse una copa de anís.

-He visto a Lope -dijo-. Subía para Sagrado. Lástima de chico. Podría sacarse partido de él. Es listo; muy listo. En la escuela…

-Sí -dijo Emeterio, limpiándose los labios con el dorso de la mano-. Va de pastor. Ya sabe: hay que ganarse el currusco. La vida está mala. El «esgraciado» del Pericote no le dejó ni una tapia en que apoyarse y reventar.

Lope llegó a Sagrado, y voceando encontró a Roque el Mediano. Roque era algo retrasado y hacía unos quince años que pastoreaba para Emeterio. Tendría cerca de cincuenta y casi nunca hablaba. Durmieron en el mismo chozo de barro, bajo los robles. En el chozo sólo cabían echados y tenía que entrar a gatas. Pero era fresco en el verano y abrigado en el invierno.

El verano pasó. Luego el otoño y el invierno. Los pastores solo bajaban al pueblo el día de la fiesta. De vez en cuando un zagal les subía la «collera»: pan, cecina, sebo, ajos, una bota de vino. Las cumbres de Sagrado eran hermosas, de un azul profundo, terrible, ciego. El sol, alto y redondo, reinaba allí. En la neblina del amanecer, Lope solía despertar, con la techumbre de barro encima de los ojos. Se quedaba quieto un rato, sintiendo en el costado el cuerpo de Roque el Mediano. Luego salía, arrastrándose. En el cielo, los gritos se perdían, inútiles y grandes. Sabía Dios hacia qué parte caerían. Como las piedras. Como los años. Un año, dos, cinco.

Cinco años más tarde, una vez Emeterio le mandó llamar por el zagal. Hizo reconocer a Lope por el médico, y vio que estaba sano y fuerte, crecido como un árbol.

-¡Vaya roble! -dijo el médico, que era nuevo. Lope enrojeció y no supo qué contestar.

En la plaza jugaban los tres hijos de Francisca, que se había casado. Un perro se acercó a Lope, tal vez le recordaba. Entonces vio a Manuel Enríquez, el compañero de la escuela que siempre le iba a la zaga. Vestía un traje gris con corbata y les saludó al pasar. Francisca comentó:

-Buena carrera, ése. Su padre lo mandó a estudiar y ya va para abogado.

Al llegar a la fuente, Lope vio otra vez a Manuel; quiso llamarlo, pero se le atragantó el grito.

-¡Eh! -dijo roncamente.

Manuel se volvió, y le conoció. Parecía mentira: le conoció. Sonreía.

-¡Lope! ¡Hombre, Lope…!

No entendía lo que decía. ¡Qué acento tan extraño! Una sangre espesa iba llenándole las venas, mientras le oía. Manuel abrió una cajita de plata, con los cigarrillos más blancos que había visto en su vida y se la tendió, sonriendo. Lope avanzó su mano. Entonces se dio cuenta de que era áspera, gruesa. Como un trozo de cecina. Qué rara mano la de Manuel, fina, con dedos como gusanos, ágiles, blancos, flexibles, de color de cera, con las uñas brillantes, pulidas. La mano de Lope rebuscó, torpe, y al fin, cogió el cigarrillo, extraño en sus dedos amazacotados. La sangre de Lope se le detuvo entre las cejas, quieta, como una bola. Aplastó torpemente el cigarrillo y se dio media vuelta. No podía detenerse. Manuelito seguía llamándole:

-¡Lope! ¡Lope!

Emeterio estaba sentado en el porche de la plaza, en mangas de camisa, mirando a sus nietos. Sonreía viendo a su nieto mayor. Lope fue directo a Emeterio. En la plaza había una piedra grande, llevada por los muchachos desde alguna pared derruida. Lentamente, Lope la cogió entre sus manos. Emeterio le miraba; tenía la mano derecha metida entre la faja y la camisa. No tuvo tiempo de sacar la mano: el golpe sordo, el salpicar de su sangre en el pecho, la muerte y la sorpresa, como dos hermanas, subieron hasta él; así, sin más.

Cuando se lo llevaron esposado, Lope lloraba. Y cuando las mujeres, aullando como lobas, le querían pegar: «Dios mío, él, que lo había recogido. Dios mío, él, que le hizo hombre. Dios mío, se habría muerto de hambre si él no lo recoge…». Lope sólo lloraba y decía:

-Sí, sí, sí…