Madera

Presentación

Madera (2009)

Madera forma parte del libro de relatos Demasiada felicidad.

Es la historia de una pareja sin hijos, ya de cierta edad, en la que, una vez que deja su trabajo, la esposa se repliega en sí misma y,en cambio, el marido sigue manteniendo una gran actividad. Aunque tras el bullicioso protagonismo del varón espera callada la energía tranquila de la esposa. Como subraya Javier Marías sobre la obra de Munro, “frente a la literatura de buenos sentimientos, que suele ser empalagosa, y la de malos sentimientos, llena de psicópatas”, Munro ha hecho su obra sobre personas normales, “con sus ambigüedades, con sus partes oscuras”.

Nota biográfica sobre Alice Munro (1931-)

Alice Munro (Ontario) es una escritora canadiense, que en 2013, a los 82 años de edad, fue premio Nobel de Literatura. Con 83 años sigue publicando relatos. Munro se califica como una chica de pueblo, en un mundo que, según sus propias palabras, seguía viviendo como en el siglo XIX a mitad del XX.

Autora de una amplia producción (Demasiada felicidad, La vida de las mujeres), la crítica internacional la sitúa como una de las grandes narradoras de relatos breves de todos los tiempos, comparable a Chejov (siglo XIX) y Carver (siglo XX), grandes autores de los que ya hemos publicado relatos en RelatABA. En España, Antonio Muñoz Molina y Javier Marías no han escatimado elogios hacia la obra de Alice Munro.

Texto adaptado. Madera

Roy es tapicero y reparador de muebles. Trabaja en ello desde que por la edad abandonó el ejército. Detrás de la casa tiene su taller, en un cobertizo que calienta con una estufa de leña. El trabajo para obtener el combustible de la estufa le ha llevado a interesarse por la madera. Tiene un camión de dos ejes, una motosierra y un hacha de tres kilos. Cada día pasa más tiempo en el bosque cortando leña. Cuando Roy comenzó a ir al bosque Lea, su esposa, se preocupaba. Le preocupaba que le ocurriera algún accidente mientras estaba allí sólo.

Lea y Roy no habían tenido hijos. La familia de Lea era numerosa y comunicativa; todos eran grandes y habladores, pero Roy era bajo, conciso, callado. Su esposa era una persona de trato fácil y quería a Roy tal como era, de modo que no le reprochaba nada ni se disculpaba por él. Los dos tenían la sensación de significar más el uno para el otro que las parejas cargadas de hijos.

El invierno anterior Lea había estado enferma sufriendo constantemente de toses y bronquitis. Dijo que el trabajo empezaba a cansarla un poco y, finalmente, decidió abandonar la consulta del dentista en la que trabajaba como recepcionista y administrativa. Quería más tiempo para hacer las cosas que siempre había querido hacer. Roy no llegó nunca a saber en qué consistían esas cosas. Pero la fortaleza de Lea había sufrido un bajón del que no se recuperaba. Y eso parecía haber provocado un profundo cambio en su personalidad. Las visitas la ponían nerviosa y su familia más que nadie. Estaba demasiado cansada para charlar. No quería salir. Apenas veía la televisión y los quehaceres más sencillos de la casa le llevaban todo el día. Perdió su figura redondita y graciosa y se quedó muy delgada. Gastó dinero en varios médicos pero no encontró que este dinero le sirviese de nada. Roy echa de menos a la esposa a la que estaba acostumbrado, con sus bromas y su energía. Quiere que vuelva, pero no puede hacer nada salvo tener paciencia con esa mujer seria y apática.

Ya no conduce. Ya no dice nada de que Roy vaya o no al bosque.

Roy piensa que ir solo al bosque a cortar árboles entraña pocos riesgos si sabes lo que haces. Cuando vas a cortar un árbol hay que saber cuál es el centro de gravedad, dónde hay que hacer la cuña y calcular por dónde debe caer, lejos de las ramas de otros árboles. Hay que saber utilizar el hacha y la motosierra. A veces hay sorpresas, pero si estás preparado no hay ningún peligro.

Roy ha decidido ir aquella tarde a cortar leña. Es un poco tarde y el día está frío y oscuro, pero mañana tiene que dejar el camión a su sobrina por varios días y no quiere correr el riesgo de quedarse sin madera. Aparca el camión en el sendero que lleva al bosque.

Lleva un rato cayendo una fina nieve que deja resbaladizas las hojas muertas. Un pie se le escurre y se tuerce y el otro se hunde en la nieve en un hueco mucho más profundo de lo que Roy pensaba. Pierde el equilibrio y se tambalea, al borde de la incredulidad, y se cae con el pie que ha resbalado atrapado bajo la otra pierna. Aparta la motosierra del cuerpo y tira el hacha, pero el mango le da un fuerte golpe en la rodilla de la pierna torcida. Al menos la motosierra no se le ha caído encima.

Ha notado cómo descendía casi a cámara lenta, pero sin poder evitarlo. Comienza a levantarse. Le duelen las dos rodillas; la una por el golpe del mango y la otra por el golpe contra el suelo. Se agarra al tronco de un cerezo joven y se aúpa poco a poco; prueba a descargar el peso del cuerpo sobre el pie que ha resbalado y con el otro apenas toca el suelo. Se inclina para recoger la sierra y está a punto de caer de bruces de nuevo. Siente una explosión de dolor desde el pie hasta el cráneo. Un dolor increíble. No puede creer que vaya a seguir así, que el dolor vaya a vencerlo. Lo intenta una y otra vez sin resultado. No puede apoyar el peso en el pie. ¿Un tobillo roto?.

No puede andar. Comprende que para volver al camión tendrá que abandonar el hacha y la motosierra y andar a gatas. Se mueve tan suavemente como puede y se arrastra hasta las huellas de sus pisadas que empiezan a llenarse de nieve. La nieve arrecia y sus huellas están casi borradas. Sin ese rastro le resultaría difícil desde el suelo saber si va por buen camino. Se está haciendo de noche. Se pregunta si encontrará el sendero.

Tiene que remontar un terraplén bastante pronunciado y al llegar a un rellano se toma un respiro. Piensa en su mujer. En su silencio. Al menos ella está a salvo, segura, no lesionada y perdida como un refugiado. Sigue subiendo la cuesta clavando los codos y evitando dañar la rodilla dolorida. Sigue subiendo, aprieta los dientes, se aferra a cualquier raíz al descubierto o tallo medianamente resistente. A veces se escurre, se suelta, pero consigue pararse y empieza a trepar de nuevo.

Tarda un rato largo, muy largo hasta que, finalmente, alcanza un terreno llano. Por fin, entre los árboles y la nieve, ve el camión. Mirándolo a él. Esperándolo. ¿Quién irá a recoger la sierra y el hacha? El camión se mueve. ¿Cuándo ha arrancado? ¡Alguien le está robando el camión delante de sus narices! Roy chilla y grita, agachado como está, como si fuera a servir de algo. Pero el camión no está retrocediendo; se acerca a él dando tumbos y la persona que va al volante toca el claxon a modo de saludo.

Roy ve quién es.

La única persona que tiene el otro juego de llaves. La única persona que podía ser. Lea.

Lea baja del camión, corre torpemente hacia Roy y trabajosamente le ayuda a levantarse.

– Acabo de caerme -dice Roy jadeando-. Es la mayor tontería que he hecho en mi vida.

Después balbucea preguntando a Lea cómo ha llegado hasta allí.

– Pues no he venido volando – dice ella, todavía asustada pero medio en broma.

Ha venido en coche, dice -hablando como si nunca hubiera dejado de conducir-, ha venido en el coche, pero lo ha dejado en la carretera.

– Es demasiado ligero para este sendero y podría atascarse. Vi el camión. Al ver que estaba nevando supuse que volverías antes. Estaba ya muy preocupada, pero no podía imaginarme que ibas a volver a cuatro patas-, le dice Lea con una media sonrisa.

A Roy le parece que Lea está más comunicativa. Roy se ha dado un golpe cuando Lea le ha ayudado a izarse hasta el asiento del pasajero. Se queja, y su quejido es distinto a si hubiese estado solo.

– Me he dejado el hacha – dice mecánicamente Roy-. Me he dejado la sierra.

– Bueno, ¿qué más da? Ya encontraremos a alguien que vaya a buscarlas.

La oscuridad y la nieve son demasiado densas para distinguir nada más allá de los primeros árboles. Lea conduce despacio para llevar el camión hasta el cruce. Roy baja la ventanilla y asoma la cabeza mientras la nieve le da en la cara. No sólo para ver qué hace Lea, también para intentar despejar el cálido atontamiento que lo invade.

– Despacio -dice-. Eso es. Despacio. Muy bien. Vas muy bien. Vas muy bien.

Mientras habla, Lea le dice algo sobre el hospital.

– …que te echen un vistazo. Lo primero es lo primero.

Que Roy sepa, Lea nunca había conducido el camión. Es extraordinario lo bien que se le da.