Harry, mi hijo

Presentación

Harry, mi hijo (1968)

Reseña biográfica de Bernad Malamud

Bernard Malamud (Nueva York,1914-1986). Escritor estadounidense, autor de numerosas novelas y varios volúmenes de relatos cortos. Miembro de la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras, Premio Nacional del Libro y Premio Pulitzer de Ficción (1967). Considerado uno de los principales exponentes de la literatura de su país, alguna de sus obras fue adaptada al cine (El hombre de Kiev, 1968, guión de Dalton Trumbo y dirección de John Frankenheimer). Malamud es uno de los grandes testigos de la realidad marginal en Estados Unidos. Su prosa afilada y casi dolorosa se nutre del realismo del siglo XX (Hawthorne, Henry James, Dostoyevski, Chéjov) y contribuye -con Saul Bellow, Philip Roth, Doctorow, Carver y otros- a la creación de este seco moderno realismo, tan genuinamente norteamericano.

Texto adaptado. Harry, mi hijo (1968)

Harry se despierta sintiendo que su padre está en el pasillo, escuchando. Su padre le escucha cuando duerme y sueña; cuando se levanta y busca a tientas los pantalones; cuando no se pone los zapatos; cuando no va a la cocina para comer algo; cuando se mira al espejo con los ojos cerrados; cuando está sentado una hora en el retrete; cuando hojea las páginas de un libro que no puede leer. Escucha su angustia, su sole­dad. El hijo oye que su padre está plantado en el pasillo. Mi hijo, el desconocido. Abro la puerta y veo a mi padre en el pasillo.

–¿Qué estás haciendo ahí? ¿Por qué no vas a trabajar?

–Porque he tomado las vacaciones en invierno, en vez de en verano, como antes.

–¿Por qué lo has hecho? Te pasas todo el tiempo en este oscuro y maloliente pasillo tra­tando de adivinar lo que no ves. ¿Por qué estás siempre espián­dome?

Mi hijo no me habla. Yo le oigo a veces en su habitación, pero no sé lo que le pasa. Es terrible para un padre. Tal vez un día me escriba una carta: Querido padre… Querido hijo Harry, abre la puerta. Mi hijo, el prisionero. Mi mujer se marcha por la mañana para pasar el día con nuestra hija casada, que espera el cuarto hijo. Allí cocina, limpia y cuida de los tres pequeños. La hija tiene un embarazo malo, la tensión alta y está en la cama por consejo médico. Mi mujer está preocupada por Harry. Desde que se graduó, el invierno pasado, está siempre solo, nervioso, sumido en sus pensamientos. Te responde gritando. Lee los perió­dicos, fuma, no se mueve de su habitación. Solo de vez en cuando sale a la calle a dar un paseo.

–¿Qué tal el paseo, Harry?

Mi mujer le aconsejó que buscase trabajo y él salió un par de veces a buscarlo. Pero cuando tuvo alguna oferta, no la aceptó.

–No es que no quiera trabajar. Es que me siento mal.

–¿Y por qué te sientes mal?

–Yo siento lo que siento. Siento lo que es.

–¿Es tu salud, hijito? Tal vez tendrías que ir al médico.

–Te pedí que no volvieses a llamarme hijito. No es mi salud. Sea lo que sea, no quiero hablar de eso. No es la clase de trabajo que me interesa.

–Pero, mientras tanto, acepta algún empleo temporal.

Él se puso a chillar.

–Todo es temporal. ¿Por qué añadir más cosas temporales? Mi estómago es temporal. El maldito mundo es temporal. No quiero añadir un trabajo temporal. Quiero lo contrario, ¿dónde está? ¿Dónde puedo encontrarlo?

Mi padre escucha en la cocina. Mi hijo, temporal. Mi madre me dice que me sentiría mejor si trabajase. Yo digo que no. Cumplí veintidós años en diciembre, me gradué en la universidad y ya saben para qué sirve eso. Por la noche veo las noticias. Sigo día a día esta guerra ardiente y enorme en una pantalla pequeña. Llueven bombas y las llamas son cada vez más altas. A veces me inclino y toco la guerra con la palma de la mano. Pienso que se me va a morir la mano. Mi hijo, el de la mano muerta. Espero que me llamen a filas el día menos pensado, pero ya no me preocupa. No pienso ir. Me marcharé al Canadá o a cualquier otro sitio adonde pueda llegar. Mi mujer está asustada y se alegra de ir a casa de mi hija temprano por la mañana para cuidar de los tres niños. Yo me quedo con Harry, pero no me habla. “Tendrías que llamar a Harry y hablar con él”, dice mi esposa a mi hija. “Algún día lo haré, pero hay nueve años de diferencia entre los dos; él me considera como otra madre y con una tiene bastante. Le quería de pequeño, pero ahora es difícil tratar, ya no te corresponde”. Mi hija tiene la tensión alta. Creo que le da miedo llamarle. Me he tomado unas vacaciones, piensa Leo en voz alta. Le dije al jefe que no era grave, pero que necesitaba unas vacaciones cortas. A mi amigo Moe Berkman le dije la verdad: dejaba de trabajar unos días porque Harry me tenía preocupado.

–Te comprendo, Leo. También tuve preocupa­ciones con mis hijos. ¿Por qué no vienes a jugar al póquer este viernes por la noche? Tenemos una buena partida.

–Ya veré cómo marchan las cosas el viernes. No puedo prometértelo.

–Procura venir, te relajará y aliviará la preocupación.

Es la peor clase de preocupación. Si me preocupo por mí mismo puedo decirme: Leo, eres un estúpido; no debes preocuparte por nada. ¿Por dinero? ¿Por la salud, que siempre ha sido bastante buena, aunque tengo mis altibajos? ¿Por qué pronto cumpliré sesenta años y la juventud no vuelve? Pero cuando la preocupación es por otra persona, es peor. No podemos meternos dentro de la otra persona y averiguar la causa. No sabemos qué interruptor apretar. Lo único que hacemos es preocupamos más. Por eso, yo espero en el pasillo que da la puerta de Harry.

–Harry, no te preocupes demasiado por la guerra.

–Por favor, no me digas de qué tengo que preocuparme o no preocuparme.

–Harry, tu padre te quiere. De pequeño, corrías a mi encuentro cuando volvía a casa; yo te levantaba hasta el techo; te gustaba tocarlo con tu manita.

–No vuelvas a hablarme de eso. No quiero oír nada de cuando era pequeño.

–Harry, vivimos como extraños. Sólo te digo que recuerdo días mejores. Los tiempos en que no nos daba miedo mostrar que nos queríamos.

Él no dice nada.

–Deja que te cueza un huevo.

–Un huevo es lo que menos deseo en el mundo.

–Entonces, ¿qué quieres?

Harry se puso el abrigo, cogió su sombrero y bajó a la calle. Caminó a lo largo de Ocean Parkway, con su abrigo largo y su raído sombrero marrón. Su padre le seguía y eso le enfurecía enor­memente. Harry dio la vuelta; aunque estaba furioso, fingió no ver a su padre que cruzaba también la calzada tras él. El padre siguió a su hijo hasta casa. Cuando llegó, Harry ya estaba arriba, en su habitación, siempre con la puerta cerrada. Leo, antes de subir, había abierto el buzón. Había tres cartas; quizá alguna era de su hijo, dirigida a él. “Querido padre, deja que te explique la razón de que actúe como lo hago…” No había tal carta. Una era para él de la Mutualidad de Correos. Las otras dos eran para Harry. Una era de la oficina de reclu­tamiento; la llevó a la habitación de su hijo, llamó a la puerta y esperó. Esperó un rato.

–Hay una carta para ti de la oficina de reclutamiento.

Entró en la habi­tación. Su hijo estaba tumbado en la cama, con los ojos cerrados.

–Déjala encima de la mesa.

–¿Quieres que la abra, Harry?

–No, no quiero que la abras. Déjala en la mesa. Ya sé lo que dice.

–¿Les escribiste otra carta?

–Eso es cosa mía.

El padre dejó la carta en la mesa. La otra carta para su hijo se la llevó a la cocina; cerró la puerta y puso a hervir un poco de agua. Pensó leerla rápidamente, cerrar de nuevo el sobre con pegamento y echarla de nuevo al buzón. Leyó la carta. La enviaba una chica. Había prestado dos libros a Harry hacía seis meses. Le rogaba que se los devolviera lo antes posible, para no tener que escribirle otra vez. Leo la estaba leyendo cuando Harry entró en la cocina; le arrancó la carta de las manos.

–Debería asesinarte por espiarme de esta manera.

Leo desvió la vista hacia la pequeña ventana. Le ardía el rostro y se sintió mareado.

–Si vuelves a hacerlo, no te sorprendas si te mato. Estoy harto de que me espíes.

–Harry, estás hablando con tu padre.

Harry salió de la casa. Leo entró en la habitación del hijo. Registró los cajones. Sobre la mesa, junto a la ventana, un trozo de papel escrito por Harry decía: “Querida Edith, ¿por qué no te jodes? Si vuelves a escribirme otra carta estúpida, te mataré.” Mi hijo, el asesino. El padre se puso el sombrero y el abrigo y salió de casa. Caminó hasta que vio a Harry al final de la calle. Le siguió, a una distancia de media manzana. Siguió a Harry y llegó a tiempo de ver que tomaba un trolebús. Leo tuvo que esperar al siguiente. Llegó quince minutos más tarde, y Leo lo tomó. Era febrero y Coney Island estaba húmeda, fría y desierta. Parecía que iba a nevar. Leo avanzó por el paseo de tablas, entre ráfagas de nieve, buscando a su hijo. Las playas grises, sin sol, estaban vacías. Los puestos de perritos calientes, de tiro al blanco y los establecimientos de baños estaban cerrados. El océano parecía que iba a congelarse. Soplaba viento del mar y se introducía por debajo de la ropa de Leo, haciéndole temblar mientras andaba. Caminó bajo las ráfagas buscando a su hijo. Vio una figura en la playa, de pie, ante la espumosa rompiente. Leo bajó corriendo la escalera de madera y avanzó por la arena. La figura  de pie en la playa rugiente era Harry; el agua le cubría los zapatos. Leo corrió hacia su hijo.

–Perdóname, Harry; hice mal, siento haberte abierto la carta.

Harry no se movió. Siguió en el agua, fija la mirada en las hinchadas olas de plomo.

–Tengo miedo, Harry, dime qué te pasa. Hijo mío, compadécete de mí.

Yo le tengo miedo al mundo, pensó Harry. Me espanta. Pero no dijo nada. El viento levanta el sombrero de Leo, que corre en una dirección, después en otra y luego hacia el agua, hasta que el viento lleva el sombrero hasta sus piernas. Llorando, sin aliento, Leo se enjuga los ojos con los dedos helados y vuelve hacia su hijo, que sigue en la orilla del mar. “Es un hombre solitario. Él es así. Siempre estará solo”. Mi hijo, el solitario.

–¿Qué puedo decirte, Harry? ¿Quién dijo que la vida es fácil? No lo fue para mí y no lo es para ti. La vida es así… ¿Pero, qué vas a hacer si estás muerto? La nada es nada; es mejor vivir. Ven a casa, Harry, hace frío, pillarás un resfriado.

Harry sigue inmóvil en el agua. Leo, al fin, se marcha lentamente. El viento le arranca el sombrero que vuela por la arena. Esta vez Leo no va tras el sombrero; se queda quieto mirando cómo se aleja. Mi padre escucha en el pasillo. Me sigue por la calle. Me encuentra en la orilla del mar. Mi hijo se queda en la playa con los pies en el océano.

Ocho mujeres

Presentación

Ocho mujeres

El ocho de marzo de 2017, Día de la Mujer traemos ocho retratos femeninos de ocho autores importantes.

Unos breves retratos, apenas unas palabras, de estos grandes narradores nos ayudan a entender mejor el universo de la mujer. Chaucer, Cervantes, Voltaire, Turguenev, Pedro Antonio de Alarcón, Maupassant, Chejov, Torrente Ballester – alguno de cuyos cuentos ya han aparecido en nuestro blog- nos deleitan, nos hacen pensar, nos emocionan.

Ocho mujeres

Textos adaptados. Breves retratos femeninos, a lo largo de seiscientos años

Esta entrega de RelatABA pretende ser una contribución de nuestro blog al Día de la Mujer, en marzo de 2017. Se recogen ocho brevísimos retratos que de la mujer se han hecho en la literatura occidental a lo largo de seiscientos años. Alguna de estas descripciones ya ha sido recogida en los cuentos aparecidos en nuestro blog.

CHAUCER. La Comadre de Bath, personaje de los Cuentos de Canterbury (1385)

Los Cuentos de Canterbury es el relato del viaje de un grupo de peregrinos desde Londres a Canterbury, para visitar los restos de Santo Tomás Beckett. Cada noche uno de los los peregrinos narraba un cuento. Uno de los cuentos es narrado por una Comadre, nacida en Bath, que había tenido cinco matrimonios y  cinco maridos y que es así descrita:

Ninguna mujer osaba adelantársele cuando se dirigía al ofertorio. Su rostro era bello; su expresión, altanera, y su talante, gracioso.

En este divertido cuento se descifran “las tres cosas que más desean la mujeres”:
Lo que más desean las mujeres: ejercer la autoridad, tanto sobre sus esposos como sobre sus amantes y tener poder sobre ellos; éste es su mayor deseo. Lo que más desean, en segundo lugar: que se fijen en ellas y se elogien sus aderezos y su belleza. Lo que más odian: que se les recuerden sus defectos.

CERVANTES. Marcela, personaje de Don Quijote (1605)

Marcela, personaje de Cervantes, era hija de Guillermo el Rico y, al fallecer éste, heredó su fortuna. Marcela creció con belleza; cuando llegó a la edad de catorce a quince años nadie que la miraba no bendecía a Dios que tan hermosa la había criado. Pero Marcela prefirió irse al campo en compañía de otras zagalas guardando sus cabras. Con estos desdenes se dice que provocó la muerte de un celoso enamorado, Grisóstomo; y Marcela se defendía diciendo:

Yo nací libre, y para poder vivir escogí la soledad de los campos: los árboles destas montañas son mi compañía, las claras aguas destos arroyos mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosuras. Fuego soy apartado y espada puesta lejos.

Yo, como sabéis, tengo riquezas propias y no codicio las ajenas; tengo libre condición y no gusto de sujetarme; ni quiero ni aborrezco a nadie; no engaño a éste, ni solicito aquél, ni burlo con uno ni me entretengo con el otro. La conversación honesta de las zagalas destas aldeas y el cuidado de mis cabras me entretiene; tienen mis deseos por término estas montañas, y si de aquí salen es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma a su morada primera.

Y en diciendo esto, sin querer oír respuesta alguna, volvió las espaldas y se entró por lo más cerrado de un monte que allí cerca estaba, dejando admirados, tanto de su discreción como de su hermosura, a todos los que allí estaban.

VOLTAIREAlmona, personaje de Zadig (1747)

El pecho de Almona, sus ojos negros rasgados que brillaban suavemente de amoroso fuego, sus mejillas – púrpura animada con la más cándida leche-, su nariz delicada, sus labios -dos hilos de coral que ensartaban las más bellas perlas de Arabia-, todo, en fin, persuadió al viejo de que había vuelto a sus veinte años.

TURGENEV. Zenaida, personaje de El primer amor (1860)

La dacha vecina había sido alquilada por una familia de la baja aristocracia, de la que una joven formaba parte. Yo había alcanzado a verla de perfil entre los arbustos del jardín. En los movimientos de la muchacha había algo tan delicado, exigente, mimoso, burlón y tierno, que casi grité de admiración y placer, y sentí que estaba dispuesto a darlo todo para que esos deditos encantadores acariciasen mi frente.

PEDRO ANTONIO DE ALARCÓN. La Comendadora, personaje del cuento del mismo nombre (1868)

en un ángulo del salón –desde donde podía verse el cielo, las copas de los árboles y los rojizos torreones de la Alhambra, pero donde no podía ser vista más que por los pájaros que revoloteaban sobre el Darro-, inmóvil, con la mirada perdida en el infinito azul de la atmósfera y pasando lentamente las cuentas de un larguísimo rosario, estaba sentada una monja, una Comendadora de Santiago, como de treinta años, con unas sencillas ropas de aspecto seglar.

Vestía de negro, con un gran pañuelo de hilo blanco cerrado hasta el cuello. No llevaba manto ni toca, lo que dejaba ver un negro y abundantísimo pelo recogido con un lazo en la nuca. Aquella mujer resultaba hermosísima; el desaliño de su vestido dejaba en libertad su natural gracia. Alta, recia, esbelta y armónica, el ropaje de lana, pegado a su cuerpo, revelaba más que cubría, la traza clásica de sus espléndidas proporciones. Remataba esta soberana figura un rostro moreno, algo descarnado, oval, de una palidez intensa, que contrastaba con dos profundas ojeras, lívidas, llenas de misteriosas tristezas.

MAUPASSANT. Una honesta mujer de provincias, personaje de Una aventura parisiense  (1881)

¿Existe en la mujer un sentimiento más agudo que la curiosidad?
Una mujer, cuando su curiosidad se despierta, cometerá locuras, imprudencias, audacias, no retrocederá ante nada. Hablo de las mujeres realmente mujeres, dotadas de ese triple fondo de compartimentos secretos: el primero, de inquietud femenina siempre agitada; el segundo, de astucia coloreada de ingenuidad; el último, por fin, de desenfado encantador, de trapacería exquisita, de deliciosa perfidia, de todas esas perversas cualidades que empujan al suicidio a los amantes crédulos, pero que arroban a los otros.

CHEJOV. Vera, personaje de Vérochka (1887)

Ante Ognev estaba la hija de Kuznetsov, Vera, una joven de 21 años, habitualmente triste.

Las jóvenes que sueñan mucho, que pasan días enteros recostadas perezosamente leyendo todo lo que cae en sus manos, y que se sienten aburridas y tristes, suelen vestirse con negligencia. A las que poseen el don natural del gusto y el instinto de la belleza, esa leve negligencia en el vestir les otorga un encanto especial. Vérochka era esbelta; tenía un perfil regular y hermoso cabello ondulado. A Ognev, quien no había visto en su vida muchas mujeres, le parecía una beldad.

Ognev, recordando más tarde a Vérochka, no se la podía imaginar sin su amplia chaquetilla que formaba profundos pliegues junto al talle y sin embargo no lo rozaba; sin su rizo, escapado del alto peinado y colgado sobre la frente; sin aquel chal rojo con pompones en los bordes, que por las noches pendía tristemente del hombro de Vérochka, mientras que de día estaba tirado en el vestíbulo, junto con los sombreros masculinos, o bien en el comedor sobre un baúl donde dormía, sin ceremonias, la vieja gata. Este chal y los pliegues de la chaquetilla exhalaban un soplo de desperezada libertad.

GONZALO TORRENTE BALLESTER. Miguela y Chuco, personajes de La Miguela (1944)

Miguela era su compañía. Los tratos quedaron hechos antes de partir para el servicio. Ella tenía por su madre una casita de un solo cuarto y cocina; él, un campo para maíz y viñedo. Ella labraría el campo y con lo que Chuco pudiese ahorrar en la Armada, comprarían el ajuar.

Se casaron el día de la Virgen, una boda sencilla, con Antonia la Galana y el viejo Cabeiro como padrinos. Se cuenta que tardaron mucho en acostarse; hay quien los vio a medianoche asomados a la ventana, en silencio, mirando al mar.

El regalo

Presentación

Nota biográfica sobre Leonid Andréiev

Leonid Andréiev (1871, Rusia; 1919, Finlandia) escritor y dramaturgo ruso, lideró el movimiento expresionista en la literatura de su país. Activo en la Revolución de 1905 y la Revolución de Octubre de 1917, que destronó al gobierno zarista.

Descubierto por Máximo Gorki, fue uno escritor prolífico. Aclamado como una nueva estrella en Rusia, su nombre pronto se hizo famoso. Sus dos historias más conocidas son probablemente Risa roja (1904) y Los siete ahorcados (1908).

Idealista y rebelde, Andréiev pasó sus últimos años en la pobreza, y su muerte prematura por una enfermedad cardíaca pudo haber sido favorecida por su angustia a causa de los resultados de la Revolución Bolchevique. A diferencia de su amigo Gorki, Andréiev no aceptó el nuevo orden político y desde su casa en Finlandia, donde se exilió, dirigió al mundo manifiestos contrarios a los excesos bolcheviques.

Algunas adpataciones de sus obras se han llevado con posterioridad al cine (en Argentina) y al teatro (en Broadway).

Texto adaptado. El Regalo

– Vuelve –suplicó Senia por tercera vez.

– Pues claro que volveré. No te inquietes. Acabó respondiendo Sazonka.

Y de nuevo guardaron silencio. Senia estaba acostado, cubierto hasta el mentón por una sábana gris del hospital, y no apartaba los ojos de Sazonka. Deseaba que su visitante permaneciese allí todo el tiempo posible, que no se marchase. Sus ojos parecían implorar la promesa de que no le dejaría abandonado a la soledad, al dolor y el miedo. No obstante Sazonka se aburría y estaba deseando marcharse, pero no sabía cómo hacerlo sin disgustar al muchacho enfermo. Tan pronto empezaba a levantarse de la silla con el firme propósito de irse, como se sentaba de nuevo decididamente, igual que si lo hiciese para toda la vida. No sabía qué decirle al enfermo.

– ¡Menuda vida! ¿Te duele? Senia afirmó con la cabeza, y dijo con voz débil:

– Bueno, tienes que irte ya; o te reñirán.

– Sí, es verdad –afirmó Sazonka, contento de encontrar un pretexto para marcharse–.

Se inclinó hacia él y dijo con voz firme:

– Escucha, Semion… Senia. Te lo digo yo, ¿sabes? Vendré, puedes estar seguro. En cuanto tenga un momento libre, vendré.

En los labios ennegrecidos y secos de Senia se dibujó una sonrisa enfermiza.

– Sí –contestó.

– Ya verás como vengo. ¡Qué diablo! ¿Crees que no me doy cuenta?

Finalmente Sazonka se levantó. Era muy alto, y una abundante mata de pelo le cubría la cabeza. Sus ojos grises dirigían miradas fulgurantes a un lado y otro, y parecían reír.

– Bueno, hasta pronto –dijo en tono cariñoso. Sin embargo, permaneció inmóvil. Quería demostrarle a Senia su afecto con un nuevo gesto de ternura, hacer algo tras lo cual Senia ya no temiese quedarse solo y así poder marcharse con la conciencia tranquila. Fue Senia quien puso fin a sus vacilaciones. – Hasta pronto –dijo con su voz atiplada. Con absoluta sencillez, como un hombrecito, sacó la mano de debajo del cobertor y se la tendió con aire indiferente a Sazonka. – Volverás, ¿verdad? –preguntó por cuarta vez Senia. Una vez fuera del hospital le parecía seguir aspirando aquel olor a medicinas y continuar oyendo la voz implorante de Senia: – ¡Espero que vuelvas! Y aunque nadie podía ya oírle, Sazonka repetía en un tono de convicción: – ¡Claro que volveré! ¿Crees que no tengo corazón?

II

Las Pascuas estaban a la vuelta de la esquina y los sastres atareados. Días enteros, largos y luminosos, desde el amanecer hasta la anochecida, y con frecuencia hasta medianoche, permanecía Sazonka trabajando junto a la ventana, con las piernas cruzadas al modo turco, frunciendo las cejas y silbando malhumorado. Por la mañana no daba el sol en la estancia y el aire estaba fresco, pero hacia el mediodía el sol empezaba a resplandecer en la ventana y se agrandaba hasta abarcar la ventana entera; los pedazos de tela, las tijeras, todo brillaba de un modo deslumbrador y el calor se hacía sofocante.

La calle, en un extremo de la ciudad, tenía escaso tránsito. De tarde en tarde pasaba algún campesino de las cercanías en su carro y sin apresurarse; el carro se tambaleaba al hundir las ruedas en los baches, todavía llenos de lodo, y producía un ruido que evocaba la vasta amplitud de los campos. Cuando Sazonka comenzaba a sentir dolor en la espalda, y sus dedos, entumecidos, no podían sostener la aguja, bajaba corriendo descalzo a la calle y dando ágiles saltos sobre los charcos llegaba junto al grupo de muchachos que estaban jugando a los tejos.

– Dejadme jugar un poco –les decía. Una docena de manos le tendían los pequeños discos de hierro con que se derribaban los huesos, y numerosas voces le gritaban a un tiempo: – Toma el mío, Sazonka. ¡El mío! Sazonka cogía el más pesado, se remangaba, adoptaba una postura atlética y luego lanzaba el disco, que con un ligero silbido iba a parar en medio de la larga hilera de huesos derribando varios de éstos; los chicos prorrumpían en gritos de admiración. Después de algunas jugadas afortunadas, Sazonka se secaba el sudor de la frente, y dirigiéndose a los muchachos decía: – ¿Sabéis que Senia sigue en el hospital? Pero los chicos, absortos en su juego, acogían estas palabras fríamente, con indiferencia. – Habría que llevarle algo. Yo le llevaré un regalo –añadía Sazonka. Estas nuevas palabras despertaban cierto interés entre los chicos. Mishka, el Cerdito, sosteniéndose con una mano los pantalones que se le caían, y con un puñado de canicas en la otra, decía con aire serio: – ¡Llévale diez kopeks! Pero Sazonka no podía perder el tiempo en aquellas conversaciones. Volviendo a saltar sobre los charcos con ágiles brincos, regresaba a su casa y se ponía de nuevo a trabajar. Se le hincharon los ojos, perdió el color, como si se encontrase enfermo, y las pecas que tenía en su rostro se hicieron más visibles. Sólo su abundante pelo, que le cubría la cabeza como un gorro, conservaba su aspecto alegre y triunfal. Cuando su maestro, Gavril Ivanovich, le miraba, Sazonka empezaba a pensar, no se sabe con qué motivo, en la taberna y la vodka que se bebía en ella. El recuerdo era tan tentador que, para desahogarse, se ponía a escupir y a jurar como un condenado. Se pasaba días enteros dándole vueltas sin cesar a cualquier idea. Tan pronto pensaba en comprarse un acordeón como en encargarse unas botas. Pero en lo que pensaba con más frecuencia era en Senia y en el regalo que iba a llevarle. Mientras oía el ruido de la máquina de coser y los juramentos del maestro, Sazonka se imaginaba siempre la misma escena: se veía a sí mismo deteniéndose junto a la cama de Senia en el hospital, entregándole el regalo envuelto en un pañuelo con cenefa encarnada. En sus evocaciones intentaba en vano recordar la cara de Senia, pero el pañuelo con cenefa encarnada –que no había comprado todavía–, era el que se dibujaba en su imaginación con extraordinaria nitidez. Y a todos, al maestro, a la mujer de éste, a los clientes y a los chicos, les manifestaba su firme propósito de ir a visitar a Senia el primer día de Pascua.

– ¡Dejar de ir sería una asquerosa faena! –añadía–.

Iré sin falta. Y le llevaré un regalo y le diré: “Aquí lo tienes, chico; ¡toma!” Pero al tiempo que hablaba de este modo se veía a sí mismo entrando en la taberna, donde había gente bebiendo vodka. Se sentía incapaz de luchar, sentía el deseo de decir con total resolución: “¡No, iré a ver a Senia!” Su mente quedaba envuelta en una grísea neblina, en medio de la cual destacaba el pañuelo con cenefa encarnada.

III

El primer día de Pascua, y también el segundo, Sazonka, había bebido; estuvo armando escándalo y pasó la noche en el puesto de policía. Hasta el cuarto día no fue a ver a Senia. La calle, inundada de sol, estaba abarrotada por un gentío vestido con colores chillones. Podía escucharse la música de los acordeones, el ruido de los discos metálicos derribando los huesos, el cacareo belicoso de los gallos que se peleaban. Pero Sazonka no hacía caso de nada. La expresión de su rostro, en la que un ojo hinchado y el labio superior desgarrado hablaban de las recientes peleas, era grave y estaba como ensimismado; hasta su abundante pelo, lacio y en desorden, tenía un aspecto melancólico. Se sentía avergonzado de su borrachera y de no haber cumplido su palabra; Senia no le vería en plena forma, con su camisa de lana y chaleco nuevo, sino maltrecho, miserable y oliendo a vodka. Sin embargo, a medida que se acercaba al hospital, se sentía satisfecho y lanzaba frecuentes miradas al paquetito que llevaba. Le parecía estar ya viendo el rostro de Senia, con los labios secos y los ojos suplicantes. – Querido amigo, ¿crees no me doy cuenta? ¿Que no tengo corazón? –decía en voz alta, como si Senia pudiera oírle, y apresuraba el paso con impaciencia.

Llegó al hospital; las negras ventanas parecían ojos severos. Avanzó por el largo pasillo que olía a medicinas, con la ya conocida sensación de malestar y tristeza. Entró en la sala donde estaba la cama de Senia. Pero Senia, ¿dónde estaba?

– ¿Qué busca? –preguntó un vigilante. – Pues a un chico en esta cama; Semion… Semion Yeroseiev. Estaba aquí… –dijo. Y Sazonka señalaba la cama vacía. – ¡Podía usted preguntar primero, antes de meterse de rondón! –dijo el vigilante en tono desabrido–. Además, no es Semion Yeroseiev, sino Semion Pustoshkin. – Yeroseiev es su patronímico –explicó Sazonka, poniéndose pálido. – Pues el tal Yeroseiev ha muerto. Aunque aquí le conocíamos por Pustoshkin. – ¿Cómo es posible? –preguntó Sazonka, palideciendo todavía más–. ¿Cuándo ha sido? – Ayer tarde. – ¿Y no lo podría ver? –preguntó Sazonka con voz tímida. – ¿Por qué no? –respondió el vigilante con indiferencia. Y no se apure tanto: estaba muy débil y su muerte era de esperar.

Sazonka preguntó dónde estaba el depósito; sus ojos no vieron nada hasta que se fijaron en el cuerpo muerto de Senia. Un frío terrible reinaba en la habitación, y dirigió una mirada a las paredes, llenas de manchas de humedad; a la ventana, cubierta de telarañas. En un rincón zumbaba una mosca. Y en alguna parte, no lejana, se oía el monótono gotear del agua: tac… tac… tac… Sazonka retrocedió un paso y dijo en voz alta: – Adiós, Semion Yeroseiev. Después se arrodilló, tocó el pavimento húmedo con la frente y se levantó. – ¡Perdóname, Semion Yeroseiev! –dijo, con la misma voz alta y clara. Cayó nuevamente de rodillas y permaneció con la frente pegada al pavimento hasta que comenzó a dolerle la cabeza. La mosca ya no zumbaba. Reinaba el silencio de la muerte. Lenta, rítmicamente, caían las gotas de agua, como lágrimas dulces y cordiales.

IV

El hospital se hallaba en las afueras y detrás empezaba el campo, por donde Sazonka echó a andar. Sazonka, al principio, avanzaba por el camino; luego se dirigió hacia el río a través de los bancales segados durante la estación anterior. En la orilla del río, se tendió boca arriba y cerró los ojos. Allí no corría el aire y la atmósfera estaba caliente, como en un invernadero. La luz del sol, en ondas ardientes y rojas, le atravesaba los párpados. En el cielo azul se oía cantar una alondra. Era agradable no pensar en nada. El río, recuperado su cauce después del deshielo, corría plácidamente como un pequeño arroyo. Sazonka, medio dormido, palpó de pronto un envoltorio que tenía a su lado.

Era el regalo. Se incorporó bruscamente y exclamó:

– ¡Dios mío! ¡Dios mío! Había olvidado totalmente el paquete, que parecía haber aparecido allí por arte de birlibirloque, y ahora lo miraba con ojos atónitos. Hasta le daba miedo tocarlo. Estuvo un rato contemplándolo, fija, obstinadamente, y una piedad enorme y penetrante, una terrible cólera contra sí mismo se apoderó de él. Miraba el pañuelo con cenefa encarnada y se imaginaba a Senia esperándole. Le esperaría el primer día, el segundo, el tercero. Volvería a cada momento la cabeza, con la esperanza de verle entrar. Sazonka no llegaría nunca y el pobre Senia había tenido que morir solo, olvidado, abandonado, como un perro en un estercolero. ¡Si él hubiera ido un día antes!

Sazonka lloró, mesándose los cabellos y revolcándose por la hierba. – ¡Dios mío! ¡Dios mío! Después, de bruces en el suelo y con el labio desgarrado, se calló y sintió su alma atravesada por un dolor agudísimo. La hierba tierna acariciaba suavemente su rostro y un olor denso y tranquilizante se elevaba de la tierra húmeda, llena de fuerzas creadoras, vitales. Madre eterna, la tierra recibía a su hijo, al pecador arrepentido; le abría sus amorosos brazos y proporcionaba a su dolorido corazón calor, amor y esperanza.

En la lejana ciudad las campanas tocaban a gloria, en la fiesta de la Resurrección.

Minicuentos Kafkianos

Presentación

Nota biográfica sobre Franz Kafka

Franz Kafka (Praga, 1883; Austria, 1924) fue un escritor checo de origen judío que escribió en alemán. Nacido en Praga (entonces perteneciente al Imperio Austro-húngaro) en una familia de clase media, su padre, un comerciante, fue una figura dominante que impregnó la obra de su hijo y (según Kafka) agobió su existencia. En Carta al padre, escrita en 1919, pero publicada, como casi toda su obra, póstumamente, Kafka expresa sus sentimientos de inferioridad y de rechazo paterno. Kafka vivió con su familia la mayor parte de su vida y no llegó a casarse, aunque estuvo prometido en dos ocasiones.

La obra de Kafka – En La metamorfosis, El proceso y El castillo- nos zambulle en un universo de culpabilidad, la que experimenta el individuo al verse amenazado por unas fuerzas desconocidas que no alcanza a comprender y se hallan fuera de su control. Una red de jerarquías, miedos, controles y limitaciones de todo tipo, – en particular, la carencia de información- atrapan a las personas, que se ven sometidas al poder institucionalizado, sin posibilidades de escape. Kafka anticipó con sorprendente lucidez un universo absurdo y despiadado que pocos años después cristalizó en los totalitarismos nazi y soviético.

Kafka está considerado como una de las figuras más importantes de la moderna literatura occidental. El término ‘kafkiano’ – con equivalente en varios idiomas- se aplica de forma muy significativa a situaciones sociales angustiosas o grotescas.

Texto adaptado. Minicuentos Kafkianos

La partida

Ordené que trajeran mi caballo del establo. El sirviente no entendió mis órdenes. Así que fui al establo yo mismo, le puse silla a mi caballo y lo monté. A la distancia escuché el sonido de una trompeta y le pregunté al sirviente qué significaba.Él no sabía nada ni escuchó nada. En el portal me detuvo y preguntó:
-¿Adónde va el patrón?
-No lo sé -le dije- simplemente fuera de aquí, simplemente fuera de aquí. Fuera de aquí, nada más, es la única manera en que puedo alcanzar mi meta.
-¿Así que usted conoce su meta? -preguntó.
-Sí -repliqué-te lo acabo de decir. Fuera de aquí, ésa es mi meta.

FIN

Buitres

Érase un buitre que me picoteaba los pies. Ya había desgarrado los zapatos y las medias y ahora me picoteaba los pies. Siempre lanzaba un picotazo, volaba en círculos inquietos alrededor y luego proseguía la obra.
Pasó un señor, nos miró un rato y me preguntó por qué toleraba yo al buitre.
-Estoy indefenso -le dije- vino y empezó a picotearme, yo lo quise espantar y hasta pensé torcerle el pescuezo, pero estos animales son muy fuertes y quería saltarme a la cara. Preferí sacrificar los pies: ahora están casi hechos pedazos.
-No se deje atormentar -dijo el señor-, un tiro y el buitre se acabó.
-¿Le parece? -pregunté- ¿quiere encargarse del asunto?
-Encantado -dijo el señor- ; no tengo más que ir a casa a buscar el fusil, ¿Puede usted esperar media hora más?
– No sé -le respondí, y por un instante me quedé rígido de dolor; después añadí – por favor, pruebe de todos modos.
-Bueno- dijo el señor- , voy a apurarme.
El buitre había escuchado tranquilamente nuestro diálogo y había dejado errar la mirada entre el señor y yo. Ahora vi que había comprendido todo: voló un poco, retrocedió para lograr el ímpetu necesario y como un atleta que arroja la jabalina encajó el pico en mi boca, profundamente. Al caer de espaldas sentí como una liberación; sentí que el buitre, irreparablemente, se ahogaba en mi sangre, que colmaba todas las profundidades y que inundaba todas las riberas.

FIN

El paseo repentino

Cuando por la noche uno parece haberse decidido terminantemente a quedarse en casa; se ha puesto una bata; después de la cena se ha sentado a la mesa iluminada, dispuesto a hacer aquel trabajo o a jugar aquel juego luego de terminado el cual habitualmente uno se va a dormir; cuando afuera el tiempo es tan malo que lo más natural es quedarse en casa; cuando uno ya ha pasado tan largo rato sentado tranquilo a la mesa que irse provocaría el asombro de todos; cuando ya la escalera está oscura y la puerta de calle trancada; y cuando entonces uno, a pesar de todo esto, presa de una repentina desazón, se cambia la bata; aparece en seguida vestido de calle; explica que tiene que salir, y además lo hace después de despedirse rápidamente; cuando uno cree haber dado a entender mayor o menor disgusto de acuerdo con la celeridad con que ha cerrado la casa dando un portazo; cuando en la calle uno se reencuentra, dueño de miembros que responden con una especial movilidad a esta libertad ya inesperada que uno les ha conseguido; cuando mediante esta sola decisión uno siente concentrada en sí toda la capacidad determinativa; cuando uno, otorgando al hecho una mayor importancia que la habitual, se da cuenta de que tiene más fuerza para provocar y soportar el más rápido cambio que necesidad de hacerlo, y cuando uno va así corriendo por las largas calles, entonces uno, por esa noche, se ha separado completamente de su familia, que se va escurriendo hacia la insustancialidad, mientras uno, completamente denso, negro de tan preciso, golpeándose los muslos por detrás, se yergue en su verdadera estatura.

Todo esto se intensifica aún más si a estas altas horas de la noche uno se dirige a casa de un amigo para saber cómo le va.

FIN

Solución

Presentación

Solución (1891)

Una mujer madura está dando un amable paseo por las calles de la primavera madrileña, hace más de cien años. Este breve relato de Pardo Bazán nos obsequia con una aguda – y muy actual- reflexión sobre la madurez en mujeres y hombres.

Nota biográfica sobre Emilia Pardo Bazán (1851-1921)

Emilia Pardo Bazán (La Coruña 1851, Madrid 1921), condesa de Pardo Bazán, fue una novelista, periodista, ensayista, crítica literaria, poetisa, traductora, editora, catedrática y conferenciante española. Precursora de los derechos de las mujeres y el feminismo, reivindicó y tuvo una importante actuación pública en defensa de la instrucción de la mujer.

Fue rechazada por tres veces (1889, 1892 y 1912) por la Real Academia Española, pese a ser la primera mujer en presidir la sección de literatura del Ateneo de Madrid (1906), la primera catedrática de literatura en la Universidad Central de Madrid (1916), además de ser nombrada (1910) Consejera de Instrucción Pública por Alfonso XIII.

Pardo Bazán, al margen de su apasionada vida social, fue una autora infatigable. Introductora del naturalismo en España, su obra evolucionó desde el realismo y el naturalismo hacia un mayor espiritualismo. Ello se observa en sus cerca de cincuenta novelas – Los Pazos de Ulloa (1886) es quizá la más reconocida- y en sus más de quinientos cuentos y relatos, recogidos en diversas publicaciones a lo largo de diez años largos (1888-1899).

Texto adaptado. Solución

Más fijo que el sol.

A las tres de la tarde en invierno y a las cinco en verano paseaba Paquita Llerena hacia el Retiro, llevando sujeto por un cordón de seda roja a Mosquito, su perro grifón, pequeño como un juguete. El animalillo era una preciosidad: sus sedas, gris acero, se acortinaban revueltas sobre su hociquín, negro y brillante; y sus ojos, enormes, parecían dos uvas maduras. Cuando Mosquito se cansaba, Paquita le cogía en brazos.

Solterona, y bien avenida con su libertad, Paquita solo se tomaba molestias por el bichejo. Lo lavaba, lo espulgaba, lo jabonaba y lo perfumaba; le servía su comida especial, crema de huevo, bolitas de arroz; le limpiaba la dentadura, con oralina y cepillo. De noche, en diciembre, saltaba de la cama, descalza, para ver dormir al tontorrón sobre almohadón de pluma, bajo una manta microscópica de raso.

Una esplenderosa tarde de abril, domingo, subiendo por la acera atestada de la calle de Alcalá, Paquita notó una sensación extraña, como si acabase de quedarse sola entre el gentío. Antes de tener tiempo de darse cuenta de lo que le sucedía, se cruzó con un conocido, don Santos Comares de la Puente, funcionario en el Ministerio de Hacienda que la saludó, sonrió y la paró un instante informándose de su salud. Cuando el buen señor se perdió entre los numerosos paseantes, Paquita percibió otra vez la soledad; el cordón rojo flotaba, cortado; Mosquito había desaparecido.

Tenía Paquita un carácter reconcentrado y enérgico, frecuente en las mujeres que han llegado a los cuarenta años sin la sombra y el calor de la familia. No gritó, no alborotó: a fuer de solterona, temía las cuchufletas. A su alrededor no estaba el perro, ni nadie con trazas de habérselo llevado. Interrogó a los porteros, puso anuncios en los diarios y hasta votó una misa a San Antonio, abogado de las causas perdidas. Pero mosquito no estaba perdido, sino robado…, y el santo se inhibió; los ladrones no eran de su incumbencia.

Al cabo de dos meses, Paquita había enfermado de tristeza. La mandaron pasear mucho, entre calles, por sitios alegres y concurridos. Y un día, parada delante de un escaparate, el claro vidrio reflejó una forma tan conocida como adorada: ¡el encantín! Se volvió conteniendo un grito de salvaje alegría…, y lo mismo que cuando había desaparecido el perro, vio ante sí la figura poco gallarda de don Santos Comares, saludando y preguntando machacona y cordialmente: «¿Qué tal esa salud?…». Pero, bajo el puño de la manga izquierda de aquel hombre, entre el brazo y el cuerpo, asomaba la cabecita adorable, los ojos como uvas en sazón y se oía el cómico ladrido, de falsete, de Mosquito, jubiloso al reconocer a su antigua ama.

-¡Hijo! ¡Tesoro! ¡Encanto de mi vida! ¡Cielín!

Se abalanzó para apoderarse del chucho, pero ya don Santos, a la defensiva, daba dos pasos atrás y protegía la presa con un «¡Señora!», indignado y escandalizado, que hizo volverse irónicos y risueños a los transeúntes.

  • ¡Ese perro es mío!, y ahora comprendo que fue usted quien me lo cogió. ¡Usted mismo! aquella tarde, en la acera de la calle de Alcalá.
  • ¡Señora! -repitió don Santos-. ¿Me toma usted por ladrón de bichos? Este perrito me pertenece: lo he comprado, y no barato; lo tengo empadronado, y a nadie consentiré que me dispute su propiedad.
  • En el collar están mis iniciales y el nombre del animalito. Verá usted cómo atiende, cómo me mira. «¡Mosquitín!» ¿No me conoces, hechizo mío?
  • El perro, señora, cuando lo adquirí, venía desnudo de toda prenda; le puse de nombre Togo. Toguín, Toguín; ya lo ha visto usted: menea la cola.

Paquita, desesperada, sintió brotar dos lágrimas. La gente empezaba a formar corro; bromeaban. El decoro se sobrepuso a la pasión. Habló en voz baja, roncamente:

  • Bueno, señor Comares, bueno… Llévese lo que no es suyo. Cuando le dé a usted vergüenza espero que lo restituirá. Creí que era usted un caballero…

Le dió la espalda, y siguió calle abajo, seguida por miradas de chunga malévola…

Su padecimiento se agravó. Pero su médico también asistía al señor Comares, e informó a éste de lo que pasaba. No era el alto empleado un hombre sin corazón. Solicitó ver a Paquita, llevó consigo a Mosquito y lo colocó en el regazo de la solterona.

  • Señora, estoy disgustado; disgustadísimo… No me es posible cederle el perro; pero se lo traeré siempre para que usted lo acaricie y vea que está gordito y sano.
  • ¿Se burla usted de mí? -saltó, furiosa, ella-. ¿Traérmelo y quitármelo? Ni lo piense, señor mío; ¿qué se ha figurado?
  • Cálmese usted, Paquita…- don Santos habló con dulzura- todos tenemos nuestros afectos; desde que perdí a mi chico único, que nos daba tantas esperanzas, de resultas perdí también a mi pobre mujer; no hay a mi alrededor nadie que me acompañe… Le he cogido cariño al animalito… Es un gitano… Tráteme usted todo lo mal que guste; no le devuelvo a Togo. No, señor.

Paquita callaba, ceñuda, meditando. De improviso se alzó de su asiento, se apoderó del perro, abrió la ventana y, alzando en el aire al grifón, exclamó, trágicamente:

  • Intente usted robármelo otra vez, y va a la calle.

Don Santos quedó paralizado. Veía ya a su Togo estrellado sobre la acera, cerrados los enormes ojos, rota la cabecilla contra las losas, flojas las sedas, frías las patas…

La mujer había vencido: la furia pasional arrollaba al tranquilo y nostálgico querer.

A los pocos días, Paquita recibió una atenta nota de don Santos. Le pedía permiso para frecuentar la casa; así vería alguna vez a Togo; a ella le llevaría bombones de chocolate. No era posible rehusar. La triunfadora acogió amablemente al derrotado. A causa de la oposición de sus genios, fueron congeniando; se habituaron a verse y a tolerarse sus manías de almas rancias y solitarias, sus herrumbres de cuerpos en decadencia.

Al cabo de un año, el perrito paseaba en la berlina de los consortes; y en adelante fue de ambos con igual derecho. Pero el esposo siempre le llamó Togo, y Mosquito, la esposa.

 

Una parábola Sufí

Presentación

Una parábola Sufí (1165-1240)

Nota biográfica sobre Ibn Arabi

Conocido como Ibn Arabi, Abenarabi y Ben Arabi nació en Murcia en 1165 y murió en Damasco en 1240. Fue un místico sufí, filósofo, poeta, viajero y sabio musulmán andalusí. Sus importantes aportaciones en muchos de los campos de las diferentes ciencias religiosas islámicas le han valido el sobrenombre de Vivificador de la Religión y el Más Grande de los Maestros. Nacido en Murcia, de padre murciano y madre bereber, se trasladó con su familia a Sevilla.

Sus estudios literarios juveniles transcurrieron entre Lora del Río y Carmona. El ansia de saber condujo a Ibn Arabi a una vida viajera, recorriendo primero su Al-Andalus natal y luego el norte de África visitando a los diferentes grupos sufíes. Más tarde visitó El Cairo y Jerusalén. Después de pasar dos años de emociones espirituales en La Meca decidió continuar su viaje por Bagdad, Mosul, Konya (antigua capital del Sultanato de Rum y ciudad de la actual Turquía) y Damasco, donde finalmente se estableció durante 17 años hasta su muerte. Su tumba, en la que después fueron enterrados dos de sus hijos, aún se conserva y es lugar de peregrinación para el Islam. Sobre su tumba, el Imperio Otomano edificó una madrasa en la que se guarda su sepulcro.

El cuento o parábola sufí, que recogemos a continuación está ampliamente comentado en los papeles del “Seminario María Zambrano”, ya que, pese a su brevedad, permite ilustrar muchos de los conceptos del pensamiento sufí, que tanto interesaron a nuestra filósofa María Zambrano.

Texto adaptado. Una parábola Sufí (1165-1240)

Un día un sultán quiso decorar de un modo especialmente bello el más grande de los salones de su magnífico palacio. Para ello hizo venir a dos grupos de los lugares cuya pintura era más afamada; eran lugares tan apartados entre sí como la lejana China y la fastuosa Bizancio, heredera de la legendaria cultura griega. Cada uno de estos grupos pintaría al fresco una de las dos largas paredes paralelas del gran salón. Mas sin saber el uno lo que pintaría el otro. Y así, sin permitir que uno y otro grupo entrasen en comunicación, entregó a cada uno una pared; en medio de la sala una cortina debidamente colocada impedía de modo estricto toda comunicación entre los pintores de cada lado.

Cuando la obra fue acabada el sultán se dirigió primero a inspeccionar el fresco pintado por los chinos. Era en verdad de una belleza y delicadeza maravillosas:

  • “nada puede ser más bello que esto”, dijo el sultán.

Con este convencimiento en su ánimo, hizo descorrer la cortina para que apareciese la pared pintada por los griegos de Bizancio. Pero, sorprendentemente, en aquella pared no había sido pintado nada por los griegos; únicamente la habían limpiado, pulido y repulido hasta convertirla en espejo de un blancor misterioso que reflejaba como en un medio más puro las formas de la pared china. Y las formas y los colores alcanzaban una belleza inimaginable, que no parecía ya ser de este mundo: un mundo y misterioso para los ojos y para la mirada humana.

El sultán, por momento emocionado y por momentos pensativo, se retiró a sus aposentos.

Tardó algún tiempo en volver al gran salón. Pero, luego, lo visitaba con frecuencia.

Y se decía que preguntaba a los cortesanos en quienes tenía más confianza:

  • ¿Sería el gran salón más hermoso si los griegos hubieran pintado un fresco original en lugar de aquel misterioso blancor?
  • ¿Qué hubiera pasado si la pintura china hubiese tenido defectos? ¿Se verían como defectos o aparecerían embellecidos?
  • ¿Qué hubiera pasado si lo los pintores chinos hubieran tenido la misma sutileza de los griegos y no hubieran pintado nada? ¿Sería todo más resplandeciente?

Se decía también que algunos cortesanos tenían temor a acompañar al sultán a visitar el gran salón, porque dependiendo de sus respuestas podía depender su mayor o menor fortuna en la corte.

No hubo nunca cambios en el gran salón.

Parecía ser el orgullo del sultán, el lugar al que llevaba a sus visitantes más distinguidos y también el lugar al que acudía cuando sentía alguna gran preocupación o congoja.

Llámame tía Dora

Presentación

Llámame tía Dora (2015)

Este relato de Doctorow, Llámame tía Dora, pertenece a su libro Cuentos completos, el último libro que el autor dio a la imprenta (2015) y en el cual el relato aparece con el título original Una casa en la llanura.

Las grandes virtudes del Doctorow narrador, al margen de su tarea como novelista histórico, aparecen en este relato. Directo, sencillo y contundente. Y en el escenario de la América profunda y de la gran depresión, Doctorow plantea con una desnuda sencillez el dilema moral que arrastra la humanidad desde hace siglos: hacer el mal para asegurar la vida. Inolvidable tía Dora. 

Nota biográfica sobre E. L. Doctorow (1931-2015)

Edgar Lawrence Doctorow nació y murió en EEUU (Nueva York, 1931-2015). Fue un escritor estadounidense de varias novelas aclamadas por los especialistas, en las cuales mezcla historia y crítica social. Se ha dedicado toda su vida a la escritura y a la enseñanza.

Alguna de sus novelas –Ragtime (1976), Billy Bathgate (1990)- han sido llevadas con éxito al cine. Y todas han tenido una excelente acogida por el público, especialmente, el estadounidense (La gran marcha, 2005; Cuentos completos, 2015). Con un estilo narrativo que enlaza con los grandes autores estadounidenses – Hawthorne, Hemingway, Carver- leer a Doctorow es aproximarse al distinto estilo de vida americano.

Texto adaptado. Llámame tía Dora (2015)

Mamá me dijo que, de ahí en adelante, yo debía ser su sobrino. Llámame tía Dora, me dijo.

Con el seguro de vida recibido a la muerte del doctor mamá había comprado en otro estado una granja, alejada de la ciudad. ¿A quién le importaría allí si yo era su hijo o no? Piensa, cuando me llames tía Dora, que esta tía tuya te ha acogido después de la muerte de su hermano viudo Horace; aunque ambos sabíamos que mamá no tenía hermanos.

La estación de tren de La Ville se reducía a un andén de cemento y un cobertizo a modo de sala de espera sin taquilla. No lograba imaginar cómo, según mamá, vivía allí una población de más de tres mil personas.

Un hombre se prestó a llevarnos en un carromato. Circuló por calles con algunas casas de sólida construcción, pero después, a medida que te alejabas del centro, se sucedían deterioradas casas de una sola planta, con porches pequeños y oscuros, huertos y tendederos en las partes traseras, separadas por callejones. Luego, recorridos tres o cuatro kilómetros a través de tierras de labor con un silo aquí y allá, junto a la carretera que se perdía recta hacia el oeste entre maizales, apareció lo que nunca yo habría esperado: una casa de ladrillo rojo, de tres plantas, con azotea y una escalinata de piedra, como salida de una calle de casas adosadas de Chicago.

Ésa era, en efecto, nuestra nueva casa.

Estaba semiabandonada, con telarañas por todas partes y excrementos de animales. Pero mamá lo había organizado todo y pronto comenzaron a ir llegando los carromatos con los muebles que había mandado por tren. No pocos hombres parecían dispuestos a ganarse más de un jornal de manos de aquella dama de buen ver con sortijas en los dedos. Se levantó una cerca para gallinero, se araron los eriales, se dragó el abrevadero donde estaría el agua para el ganado y durante un tiempo pareció que mamá era la mayor empresaria de La Ville.

Pero, ¿quién iba a sacar el agua del pozo, lavar la ropa y hacer el pan? La vida de campo era distinta, solitaria, aislada. Teníamos los recursos suficientes para vivir, pero yo me estaba sintiendo tan desprotegido como nunca me había sentido en la civilización de la que nos habíamos apartado. Por primera vez dudé del buen criterio de mamá.

Una tarde, contemplando ponerse el sol tras los montes a kilómetros de distancia.

  • Tía Dora, dije, ¿qué se nos ha perdido aquí?
  • Voy a traer una inmigrante que nos ayude. Dormirá en el cuarto pequeño detrás de la cocina.
  • ¿Por qué inmigrante? Hay mujeres en La Ville a las que vendría bien el dinero.
  • La traigo de otro estado; no quiero una mujer que se dedique a contar todo lo que pasa en casa. Usa el sentido común que Dios te dio, Erly.
  • Lo intento, mamá.
  • Tía Dora, maldita sea.
  • Tía Dora.

No sé por qué, pero después de este diálogo me quedé más tranquilo.

Mamá había contratado a Bent, grandote y torpe, como hombre para todo. Además del trabajo diario, una tarde lo subió a su habitación y yo pensé que tendríamos problemas. Per Bent era demasiado estúpido y comprendí que mamá tenía un plan. Además de Bent estaban los huérfanos. Mi madre había firmado un contrato con una agencia benéfica de Nueva York que le pagó por acoger a tres niños. Dos niños y una niña de aspecto agradable, pálidos y callados, de seis, seis y ocho años. A mamá le parecía buena idea llevarlos a la iglesia metodista de La Ville para exhibirlos con la ropa nueva que les había comprado. La tía Dora enseñó a los pequeños Joseph, Calvin y Sophie a que la considerasen su mamá. Llamadme mamá, les dijo. Y ellos lo hacían.

Mamá había confeccionado la familia. Fannie, la cocinera, que no hablaba inglés y trabajaba duro; Bent, que se escabullía y bebía mucho, pero que cumplía trabajando en los maizales; además, dos mañanas por semana una maestra del condado jubilada venía a instruir en lectura y aritmética a los niños.

Y una noche mamá dijo. Tenemos una finca agrícola que funciona, una familia bien avenida y una situación relativamente holgada, pero si no encontramos nada antes del invierno nuestro único recurso es la póliza de seguro que contraté para los pequeños.

Y me leyó lo que parecía ser un anuncio: “¡Se busca! Viuda reciente con una próspera granja necesita un hombre nórdico con dinero para ser socio”.

  • ¿Por qué nórdico?, le dije.
  • Es lo que buscamos, suecos y noruegos, recién desembarcados, hablando mal el idioma y con sus ahorros de toda la vida.

Empezaron a llegar cartas y visitas. Los recibíamos en el salón: mamá servía café, y los niños, sus hijos, y yo, su sobrino, escuchábamos lo bien que se explicaba mamá. En estas primeras visitas, mamá, una mujer atractiva y de buena talla, vestía una simple falda plisada de color gris y una blusa blanca, sin más joyas que la cadena de oro con la cruz colgada que caía entre sus pechos y el pelo recogido en un moño alto en lo alto de la cabeza, en favorecedor descuido. Y nuestra cuenta corriente en el banco de La Ville empezó a engordar satisfactoriamente. Y se retiró el anuncio de “¡Se busca!”; nuestro invierno sería de descanso como en todas las granjas agrícolas.

Un frío día de diciembre llegó una carta de Winnifred, una medio novia que yo había dejado en Chicago. Me enterneció leer que le gustaría reunirse conmigo. Pero, en la segunda página, daba noticias del barrio. Iban a iniciar la investigación de la muerte del doctor, el marido de mamá en Chicago. La policía estaba preguntando dónde nos habíamos ido mamá y yo. Mamá no se inquietó demasiado, pero noté que comenzó a acelerar su plan. Así, en Nochebuena dio una fiesta invitando a los conocidos de La Ville – el banquero, los comerciantes, el párroco metodista- que acudieron en sus coches con sus esposas, vieron el abeto iluminado con velas, los niños vestidos para la ocasión y servidos por Fannie, uniformada, todos tomaron el ponche de huevo. La institutriz había traído su armonio y todos nos reunimos alrededor de la chimenea para cantar villancicos.

Poco después, pasados unos días del Año Nuevo, apareció un hombre ante nuestra puerta, otro sueco. No habíamos puesto el anuncio “Se busca” desde hacía meses y mamá no tenía intención de recibirlo; pero el individuo era hermano de otro que sí nos había visitado en el otoño. Dijo que se llamaba Henry Lundgren y que no había recibido noticias de su hermano Per desde que éste había salido para La Ville con dos mil dólares. Sabía que Per había dormido en el hotel de La Ville. Él había visto su firma.

Aquella tarde, mamá dijo. Bien Erly, nos vamos, pero tenemos mucho trabajo pendiente antes de la marcha. Si el pasado otoño ese sueco, Per, nos hubiera dicho que tenía un hermano no estaría donde está. ¡Dónde está Bent! Le ordenó que cogiera el coche, fuera a La Ville y cargara con media docena de latas de queroseno de cuatro litros, rápido que había que trabajar duro.

Mamá había pensado en todo. Había estado retirando cantidades de la cuenta durante todo el invierno. Teníamos una pequeña fortuna. Los pequeños detalles demostraron su genialidad. Por ejemplo, el mayor de los hermanos era de estatura parecida a la mía y Fannie, el ama de llaves, tenía las hechuras de mi madre. Y antes de ordenar a Bent que subiera y bajara por las escaleras derramando queroseno por todas las habitaciones se aseguró de que estuviera bien borracho. Terminaría durmiendo en el establo y allí es donde lo encontraron abrazado a una lata vacía de queroseno como quien abraza a una amante.

La casa ardió por los cuatro costados. Según los periódicos, fueron los dos cadáveres decapitados de Madame Dora y de su sobrino los que más atención atrajeron. Además, claro está, los de los bultos envueltos de los dos pequeños. Se encontraron otros huesos en el pozo y en el abrevadero, pero la prensa parecía más interesada en recoger los comentarios de los vecinos de La Ville, “qué final tan atroz para una dama tan refinada y cariñosa con los niños”.

Todo va a ir bien, dijo mamá, leyendo la prensa a muchos kilómetros de distancia.

  • Sí, tía Dora.
  • Eso de tía Dora era solo para allí, ahora se ha acabado.
  • Sí, mamá.

La Miguela

Presentación

La Miguela (1944)

La Miguela es una breve, pero intensa, historia de pasiones. Pasión por la tierra, pasión por el mar, pasión por el hijo, pasión por la mujer. Pasión intensa por la vida.

Como dijo alguna vez Torrente Ballester, no hay que enfrascarse en lo vivido ni en lo que se está por vivir, “ni el pasado existe, ni el futuro, todo es presente”.

Nota biográfica sobre Gonzalo Torrente Ballester (1910-1999)

(El Ferrol, 1910 – Salamanca, 1999) fue un narrador, dramaturgo y crítico español, cuya obra evolucionó del realismo social al realismo fantástico. Ha sido uno de autores más aclamados de su generación, siendo galardonado con el Premio Cervantes, el Premio Príncipe de Asturias y el Premio Nacional de Narrativa, entre otros muchos.

Torrente Ballester tuvo una larga vida dedicada a la docencia, a la crítica teatral y a la creación literaria. Media docena de títulos como dramaturgo son la antesala de una amplia obra como narrador, con más de veinte novelas, entre los que cabría destacar la trilogía de corte realista Los gozos y las sombras y la imponente novela La saga/fuga de J. B. Su poderosa obra creativa fue completada con una importante labor de crítico y ensayista.

La temática primordial que desarrolló su obra fue la de la lucha por el poder entre las clases sociales, que apareció de modo recio y realista, incluso con trágico objetivismo, en sus primeras obras, o las miserias y limitaciones de quienes ostentan el poder, que recreó con ironía, humor y potente imaginación en las obras de madurez.

Texto adaptado. La Miguela (1944)

Esto me lo contó Antonia la Galana, que ahora vive en Estribela, cerca de Pontevedra. Y no es leyenda, porque están vivos muchos que lo podrán testimoniar. Chuco y Miguela habían sido recogidos de niños por Antonia. Antonia fue tía de Miguela por su hermana y de Chuco por su marido.

Chuco era tres años mayor que Miguela. Ya desde pequeño se le tuvo por un poco raro. Le gustaba demasiado la mar y antes de la edad que se señalaba para eso andaba con las dornas que van al pulpo haciendo aprendizaje. El viejo Cabeiro, muy entendido en hombres, solía decir que deberían ponerlo en oficio que lo apartase de su afición a la mar, como cantero o albañil; pero Chuco se negó absolutamente. A los catorce años se enroló en un pesquero como rapaz de a bordo, y anduvo por la mar, yendo al Gran Sol y otros lugares igualmente lejanos. Creía de la mar cuanto creen los marineros, así las cosas de peligro como las de milagro.

Tuvo un acordeón, comprado en cualquier puerto con ocasión de una calada feliz. Se acompañaba de él para cantar en la cubierta mientras navegaban buscando el banco, o a la puerta de su casa los días de vagar.

Miguela era su compañía. Los tratos quedaron hechos antes de partir para el servicio. Ella tenía por su madre una casita de un solo cuarto y cocina; él, un campo para maíz y viñedo. Ella labraría el campo y con lo que Chuco pudiese ahorrar en la Armada, comprarían el ajuar. Chuco marchó. Y vino tres veces, una por año, vestido de azul, más pulido. Aprendió a leer y escribir y al acabar el servicio se examinó para patrón de pesca. Se casaron el día de la Virgen, una boda sencilla, con Antonia la Galana y el viejo Cabeiro como padrinos. Se cuenta que tardaron mucho en acostarse; hay quien los vio a medianoche asomados a la ventana, en silencio, mirando al mar.

El viejo Cabeiro comentó: – Al padre le gustaba demasiado la mar, y allá se quedó.

Un día le habló a Chuco: – Mira, ahora no eres solo. Tienes mujer y vas a tener un hijo. ¿por qué no te acomodas a un oficio en tierra? Y hasta le prometió un par de miles de reales para abrir una taberna. Pero a Chuco no le cabía en la cabeza que pudiera haber otra cosa para él que la pesca y la mar.

El viejo Cabeiro recordó que tira más palabra de mujer que cabrestante de navío, y fue con las proposiciones a Miguela. – Lo tendrás siempre contigo, y entre los dos atenderéis la tienda. Con eso y con lo que da la tierra bien sacaréis para comer. Pero Chuco era marinero, no tendero, respondió Miguela extrañada.

Les nació un niño. Pusiéronle como su padre, y Chuco le construyó, con redes y madera de remos, una cuna. Una tarde, estando Miguela ausente, Chuco tatuó al niño en el pecho un ancla diminuta, como la que él tenía: azul, con un cabo de cuerda enroscándose. Y después, como el crío llorase, lo calmó, cantándole con el acordeón las coplas que sabía. Miguela descubrió el tatuaje bañando al crío y sintió en el corazón una gran alegría:

-Serás del mar, como tu padre.

Chuco ya andaba de patrón; al pulpo, al congrio. Ganaba para vivir y vivían contentos. Y lo que el viejo Cabeiro temía sucedió una tarde, en el otoño. Chuco estaba en el mar cuando vino la niebla. Hubo alboroto, pusieron fuego en la punta y sonaron cuernos y caracolas para orientar a los botes en el regreso. Por el de Chuco esperaron toda la noche. No volvió. A la mañana siguiente encontraron los restos de la dorna. Y esperaron en vano nueve días a que apareciese el cuerpo.

Miguela recibió la noticia sin llorar, con el hijo en los brazos. Cuando Antonia la Galana consiguió hablarla, Miguela dijo: – Él vendrá, vendrá a llevarnos consigo. Lo dijo muchas veces y siempre hizo lo que dijo. Él vendrá.

Todos los atardeceres, si hacía buen tiempo, se sentaba con el niño en las rocas, esperando. -Habría que quitarle al niño, porque un día va a hacer un disparate. Mas nadie se atrevió. Pasó algún tiempo y acabaron por sosegarse todos.

Cuando Antonia la Galana, ya retirada en Estribela, sin querer mirar las olas, me refirió la historia, lo lamentaba: – Debiéramos haber llevado a Miguela donde no se viese la mar.

Una noche se levantó una galerna ruidosa y tremenda. Los marineros reforzaron las amarras; pero, a pesar de eso, muchos botes se perdieron. La gente se acostó tarde. Silbaba la galerna y nadie recordaba un viento como aquél. El viejo Cabeiro no durmió. Y todos pueden atestiguar que hacia la media noche se oyeron gritos, pro no de terror sino de júbilo. Y venían del extremo de la playa, donde tenía su casa la Miguela. Cuando a la mañana vino la calma, el viejo Cabeiro se levantó y otros del pueblo se habían levantado y hablaban mirando desde lejos la casa de la Miguela.

  • ¿Habéis oído también?
  • Hemos oído.
  • Me pareció que llamaba a su marido.
  • Yo creo haber oído la voz de Chuco llamando a su mujer. Y el mismo modo de golpear la puerta que cuando volvía tarde de la pesca.Avisaron a Antonia la Galana. No se dijo palabra hasta llegar al extremo de la playa, allí donde las olas hacen remanso y es limpia la arena, y blanca y dulce.La puerta estaba abierta y la casa vacía. De la orilla del mar venían pisadas de hombre: anchas, seguras; pisadas que la bajamar no había borrado. Y desde la puerta a la orilla se repetían, regresando al misterio, acompañadas de las huellas desnudas de unos pies femeninos y de otras diminutas de unos pies de niño, el niño que tenía sobre el pecho, tatuada, una pequeña ancla azul.

El ciudadano Pereira

Presentación

El ciudadano Pereira (1969)

El ciudadano Pereira no es un cuento. Se aproxima más a un breve comentario periodístico, con ese toque de ironía y expresividad que Cela prodigó en sus colaboraciones con la prensa escrita.

Trayéndolo a nuestro Rincón de lectura pretendemos ofrecer unos minutos de relajación a nuestros lectores y permitir un paréntesis y un contraste con la carga emocional de otros relatos.

Nota biográfica sobre Camilo José Cela (1916-2002)

Camilo José Cela Trulock (Iria Flavia, A Coruña, 1916 – Madrid, 2002) es un escritor y académico español, galardonado con el Premio Nobel de Literatura.

Cela fue muchos «Celas» a lo largo de sus 85 años de vida; el Cela andarín, el costumbrista, el provocador, el maestro, el sabio, el caballero, el erótico… el vagabundo narrador de excepcionales libros de viajes.

Autor de inolvidables relatos como La familia de Pascual Duarte, La colmena, Viaje a La Alcarria, en 1957 es elegido miembro de la Real Academia Española. Ha obtenido el Príncipe de Asturias de las Letras (1987), el Nobel de Literatura (1989) y el Miguel de Cervantes (1995).

Texto adaptado. El ciudadano Pereira (1969)

“Los ejércitos del general Yang-Tse-Kiang, apoyados por la artillería del general Hoan-Ho, libran una cruenta batalla con las tropas del insurrecto Tien-Tsin en las estribaciones de la llanura de Chiang-Kai-Check.”

Estamos a comienzos de la década de 1960 y las radios de todo el mundo lanzan sin cesar noticias de la guerra en China, en las que no se sabe bien si los ríos avanzan o reculan; si los generales sirven de barreras naturales y de muros de contención y si los nudos de comunicaciones se deciden por fin a tomar un avión y liarse a hacer visitas estratégicas. De todas las guerras, que siempre suelen ser un lío, ninguna es un lío tan rollizo como la guerra de China, que es una guerra en chino.

En medio de este desbarajuste ha brillado, como un rayito de ilusión y de esperanza, en la prensa de estos días, un nombre familiar, sonoro y celtibérico que nos ha llenado el ánimo de consuelo: el nombre de Pereira que, como el lector podrá colegir, no se trata del nombre de un chino, sino del nombre de un gallego, natural de la provincia de Lugo, quizá de la Tierra de Gayoso o del Concejo de Burón, y que, sin que los espíritus lógicos se lo expliquen demasiado satisfactoriamente, está de alcalde en Hanoi, que es una ciudad que tiene su importancia.

Quizá por su poético nombre -campo de perales-, pues es bien sabido que los chinos se perecen por la poesía, quizá porque nadie es profeta en su tierra, lo cierto es que Pereira, el ciudadano Pereira, que muy bien pudiera ser que se llamase Pepiño, Pepiño Pereira, o Farruquiño, o Luisiño, está de alcalde en Hanoi.

Se atribuye al cardenal Richelieu la frase: “Haced cónsul a un gallego, que él se buscará el consulado”. No se nos antoja excesivamente descaminado el cardenal. Nuestros paisanos tienen la virtud de la adaptación y el don divino de ser algo así como el comodín del póker, y lo mismo sirven para un roto que para un descosido, e igual lucido y provechoso papel hacen de recaudadores de contribuciones en las Nuevas Hébridas que de parteros en el Sudán o de jefes de estación en Kapurtala. El buscarse el consulado es cosa de ellos, y el consulado -todo depende- tanto puede ser un bastón con borlas en Hanoi, como un gang en Chicago, o una credencial de amaestrador de pingüinos en el Polo Sur.

El ciudadano Pereira, a los gallegos se nos antoja el símbolo de la raza, y los gallegos nos sentimos orgullosos de saber que en los mundos más remotos, allá donde ir de incógnito, teóricamente, no tendría razón de ser ni justificación posible, siempre un camarero o un rey, nos sonreirá para decirnos

¿No se acuerda usted de mí? Yo fui bedel en el Instituto de Santiago de Compostela, allá en los tiempos de la Dictadura. ¿No recuerda? Yo a usted lo conocí en seguida: usted es el nieto de don Juanito, ¿verdad?

 

El Reincidente

Presentación

El Reincidente (1978)

En este relato singular, Rafael Sánchez Ferlosio nos hace revivir la emotiva desdicha de quien ha nacido para la desdicha. Como el escritor ha dicho en alguna parte: «el guapo parte siempre con crédito de bueno; inversamente, el feo levanta el cierre de la tienda ya debiendo al fisco de la opinión pública las pruebas de bondad que con su sola apariencia de maldad ha defraudado».

Si en todas las épocas la imagen ha precedido a la persona – quién no recuerda a Quasimodo o a Don Juan – hoy, en plena civilización de la imagen, cabe preguntarse: ¿alguna vez seremos capaces de escapar a la losa del estereotipo guapo-bueno y feo-malo?.

Nota biográfica sobre Rafael Sánchez Ferlosio (1927-)

Ferlosio (Roma, 1927) es un escritor español -novelista, ensayista y lingüista- perteneciente a la denominada generación de los años 50, “los niños de la guerra”. Premio Cervantes 2004 y Nacional de las Letras 2009, su fama se debe principalmente a sus novelas El Jarama e Industrias y andanzas de Alfanhuí.

Hijo del escritor – e ideólogo del falangismo- Rafael Sánchez Mazas y de la italiana Liliana Ferlosio, nació en Roma en 1927, estudió en los jesuitas y se doctoró en filología en la Complutense de Madrid. En 1953 casó con la escritora Carmen Martín Gaite de la que se separó amistosamente en 1970; la hija de ambos, Marta, falleció en 1985, a la edad de 29 años.

Ha sido miembro del Círculo Lingüístico de Madrid, junto a Agustín García Calvo y fundador y colaborador de la Revista Española, junto a autores como Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos, la propia Martín Gaite y Alfonso Sastre, con los que compartía una poética con influencias del neorrealismo italiano.

Recientemente se ha publicado su antología Campo de retamas.

Una visión políticamente incorrecta de la naturaleza y de la sociedad y una forma generosa, primitiva, casi animal, de entender la compasión humana hacen de la obra de Ferlosio un ejemplo rabiosamente singular e independiente.

Texto adaptado. El reincidente (1978)

El lobo, viejo, desdentado, cano, despeluchado, desmedrado, enfermo, cansado un día de vivir y de hambrear, sintió llegada para él la hora de reclinar finalmente la cabeza en el regazo del Creador. Noche y día caminó por cada vez más extraviados andurriales, cada vez más arriscadas serranías, más empinadas y vertiginosas cuestas, hasta llegar al blanco silencio de la Cumbre Eterna. Allí, alzó los ojos -nublada la visión por lágrimas mezcladas de autoconmiseración y gratitud- y entrevió las doradas puertas de la Bienaventuranza, oyendo la penetrante voz del oficial de guardia:

«¿Cómo te atreves siquiera a aproximarte a estas puertas sacrosantas, con las fauces aún ensangrentadas por tus últimas cruentas comilonas, asesino?»

Ante tal recibimiento, abrumado de insoportable pesadumbre, volvió el lobo la grupa y, desandando el camino que con tan largo esfuerzo le había traído, se reintegró a su tierra. En adelante se guardó muy bien, no ya de degollar ovejas ni corderos, que eso la pérdida de los colmillos hacía ya tiempo se lo tenía impedido, sino incluso de repasar carroñas o mondar osamentas. Ahora, resuelto a abstenerse de tocar cosa alguna que de lejos tuviese algo que ver con carnes, se convirtió en merodeador de aldeas y caseríos, descuidero de hatos y meriendas. Las muelas que conservaba todavía le permitían roer el pan; pan de panes recientes cuando había suerte, pan duro de mendrugos casi siempre.

Viviendo y hambreando permaneció, pues, en su monte natal otro turno entero de inviernos y veranos, hasta que, doblemente extenuado y deseoso de descanso, de nuevo le pareció llegado el día de merecer reclinar finalmente la cabeza en el regazo del Creador. Si la ascensión hasta la Cumbre Eterna había sido ya amarga la primera vez, cuánto más no se le habría vuelto ahora, aunque –pensaba- la disminución de su vigor físico iba siendo compensada por su aumento del ansia de descanso y bienaventuranza. El caso es que de nuevo llegó a alcanzar la Cumbre Eterna; con mirada insegura, casi no había llegado a vislumbrar las puertas de la Bienaventuranza cuando sonó la voz del querubín de guardia:

«¿Así es que aquí estás tú otra vez, tratando de ofender, con tu sola presencia ante estas puertas, la dignidad de quienes por sus merecimientos se han hecho acreedores a franquearlas y gozar de la Eterna Bienaventuranza? ¿A tanto vuelves a atreverte tú? ¡Tú, antes asesino, ahora ladrón de tahonas, merodeador de despensas, salteador de alacenas! ¡Vete! ¡Escúrrete de aquí, tal como siempre, has demostrado que sabes escurrirte, sin que te arredren cepos ni barreras ni perros ni escopetas!»

La desolación, la amargura, el abandono, la miseria, el hambre, la flaqueza, la enfermedad, la roña, siguieron por otros más largos y más desventurados años. Aun así, el lobo siguió viviendo. Apenas osaba ya despuntar con las encías sin dientes el rizado festón de las lechugas, o limpiar con la punta de la lengua la almibarada gota que pendía del culo de los higos en la rama, o relamer, en fin, una por una, las manchas circulares dejadas por los quesos en las tablas de los anaqueles del almacén vacío. Pisaba sin pisar, como pisa una sombra, pues tan liviano lo había vuelto la flaqueza, que ya nada podía morir bajo su planta por la sola presión de la pisada. Y al cabo volvió a cumplirse un nuevo y prolongado turno de años y, como era tal vez inevitable, amaneció por tercera vez el día en que el lobo consideró llegada para él la hora de reclinar finalmente la cabeza en el regazo del Creador.

Partió invisible como una sombra, y era, en efecto, de color de sombra, salvo en las pocas partes en las que la roña no le había hecho caer el pelo; donde lo conservaba, le relucía enteramente cano. Ya en los dos primeros viajes la ascensión a la Cumbre Eterna había sido excesiva para un lobo anciano; esta tercera vez, sobre aquella primera y natural vejez del primer viaje, había echado encima una segunda y aun una tercera ancianidad; aunque logró llegar con sobrehumano esfuerzo. Pisando mansa, dulce, humildemente, ya sólo a tientas reconoció las puertas de la Bienaventuranza; apoyó el esternón en el umbral, dobló y bajó las ancas, adelantó las manos, dejándolas iguales y paralelas ante el pecho, y reposó finalmente sobre ellas la cabeza. Al punto, tal como sospechaba, oyó la metálica voz del querubín de guardia y las palabras que había temido oír:

«Bien, tú has querido, con tu obstinación, que hayamos llegado a una situación que bien podría y debería haberse evitado, para ambos igualmente indeseable. Bien lo sabías o lo adivinabas la primera vez; mejor lo supiste y hasta corroboraste la segunda; ¡y a despecho de todo te has empeñado en volver una tercera!. ¡Sea, pues! ¡Tú lo has querido! Te irás como las otras veces, pero esta vez no volverás jamás. Ya no es por asesino. Tampoco es por ladrón. Ahora es ¡por lobo!»