¡Adiós, Cordera!

Presentación

¡Adiós, Cordera! (1892)

Reseña biográfica sobre Leopoldo Alas Clarín

Leopoldo Alas (Zamora, 1852-Oviedo, 1901), conocido por el seudónimo de «Clarín», forma con Pérez Galdós la pareja de grandes novelistas españoles del siglo XIX. Estudió Derecho en Madrid y fue catedrático primero en la Universidad de Zaragoza y más tarde en la de Oviedo. Lector infatigable y estudioso concienzudo, sus más de dos mil artículos filosóficos, políticos y literarios publicados lo convirtieron en el mayor crítico literario de su tiempo, y en una autoridad intelectual influyente y respetada, de ideología progresista y ética liberal.

Es bien conocido por su novela La Regenta, llevada al cine en más de una ocasión. En la obra Clarín aborda el tema del adulterio, con una audacia y maestría comparables a las de los grandes novelistas europeos de final del XIX: Flaubert (Madame Bovary),  Eça de Queiroz (El primo Basilio), Tolstoi (Ana Karenina), Fontane (Effie Briest).

Escribió muchos y muy buenos cuentos y novelas cortas. El Señor y lo demás son cuentos (al que pertenece ¡Adiós Cordera! que recogemos en RelatABA), Doña Berta, Cuervo y Superchería (los tres de 1892) y Cuentos morales (1896) son, posiblemente, los relatos más notables de la literatura española de su tiempo.

Texto adaptado. ¡Adiós, Cordera! (1892). Leopoldo Alas (Clarín)

(texto adaptado)

Eran tres, ¡siempre los tres!: Rosa, Pinín y la Cordera.

El prao Somonte era un recorte de terciopelo verde tendido cuesta abajo por la loma. Llegaba hasta la línea del ferrocarril de Oviedo a Gijón y allí el alto palo del telégrafo representaba para Rosa y Pinín el límite del ancho mundo desconocido, misterioso, temible.

Pinín, después de haberlo pensado mucho, fue atreviéndose a trepar hasta cerca de los alambres, pero sin tocar la porcelana de arriba. Rosa, menos audaz, pero más enamorada de lo desconocido, se contentaba con arrimar el oído al palo del telégrafo. Su interés estaba en el ruido por el ruido mismo, por su timbre y su misterio. La Cordera miraba de lejos el palo del telégrafo como lo que era para ella, una cosa muerta, inútil, no le servía ni para rascarse.

La Cordera era una vaca que había vivido mucho, pastaba no mucho, cada día menos, pero con atención, escogiendo los mejores bocados, y, después, a sentarse sobre el cuarto trasero con delicia, a rumiar la vida, a gozar el deleite del no padecer, del dejarse existir; todo lo demás, aventuras peligrosas. Ya no recordaba cuándo le había picado la mosca -el xatu (el toro)-, ni los saltos locos por las praderas adelante… ¡todo eso estaba tan lejos!

Aquella paz se había turbado con el ferrocarril. La primera vez que la Cordera vio pasar el tren se volvió loca. Saltó, corrió por prados ajenos, y el terror duró cada vez que la máquina asomaba. Se fue acostumbrando; ya se limitaba a ponerse en pie y a mirar de frente al formidable monstruo; acabó por no mirar al tren siquiera. En Pinín y Rosa el ferrocarril fue al principio una alegría loca, miedo supersticioso, excitación nerviosa, gritos, gestos y pantomimas descabelladas. Tardó mucho en gastarse aquella emoción.

Pero telégrafo, ferrocarril, todo eso, eran accidentes pasajeros en la soledad del prao Somonte, sin vivienda humana, sin ruidos. Mañanas sin fin, bajo los rayos del sol entre el zumbar de los insectos y, tardes eternas, de dulce tristeza silenciosa. Pinín y Rosa, los niños gemelos, los hijos de Antón de Chinta, teñida el alma de la serenidad soñadora de la naturaleza, callaban horas y horas, sentados cerca de la Cordera. En este silencio había amores. Se amaban los dos hermanos como dos mitades de un fruto verde, unidos por la misma vida; amaban Pinín y Rosa a la Cordera, la vaca abuela, grande, amarillenta, cuyo testuz parecía una cuna. La Cordera, hasta donde es posible adivinar estas cosas, también quería a los gemelos encargados de apacentarla.

No siempre Antón de Chinta había tenido el prado Somonte. Años atrás, la Cordera tenía que salir “a la gramática”, esto es, a apacentarse como podía, a la buena ventura de los caminos y escasas praderías del común. Pinín y Rosa la guiaban a los mejores altozanos y la libraban de las mil injurias a que están expuestas las reses que tienen que buscar su alimento por los caminos. En los días de hambre, en el establo, cuando el heno escaseaba, Rosa y Pinín ingeniaban mil industrias para hacer más suave la miseria. Y en los tiempos heroicos del parto y la cría se entablaba la lucha entre los Chintos por robar la leche de las ubres y la pobre madre para que el ternero subsistiese. Rosa y Pinín, siempre de parte de la Cordera, a escondidas, soltaban el recental, que, ciego y como loco, a testaradas contra todo, corría a buscar el amparo de la madre, que le albergaba bajo su vientre. Estos recuerdos, estos lazos, no se olvidan.* * *
Antón de Chinta comprendió que había nacido para pobre. Llegó, gracias a mil ahorros, la primera vaca, la Cordera. Y no pasó de ahí; se vio obligado, para pagar atrasos al amo, a llevar al mercado a la Cordera, el amor de sus hijos. Chinta había muerto a los dos años de tener la Cordera en casa. El establo y la cama del matrimonio estaban pared por medio, llamando pared a un tejido de ramas de castaño y de cañas. La Chinta había muerto mirando a la vaca por un boquete del destrozado tabique de ramaje, señalándola como salvación de la familia.

    – “Cuidadla, es vuestro sustento”, decía la pobre moribunda, extenuada de hambre y de trabajo.

Y el amor de los gemelos se había concentrado en la Cordera.

Un sábado de julio, al ser de día, de mal humor Antón, echó a andar hacia Gijón, llevando la Cordera por delante, sin más atavío que el collar de esquila. Pero al oscurecer, Antón y la Cordera entraban por la corrada mohínos, cansados y cubiertos de polvo. No había vendido. Pedía mucho por la vaca para que nadie se atreviese a llevársela. Los que se habían acercado a intentar fortuna se habían alejado pronto echando pestes de aquel hombre que miraba con ojos de rencor y desafío al que osaba insistir en acercarse al precio fijo tras el que él se parapetaba.

* * *

Desde aquel día Pinín y Rosa no sosegaron. A media semana se personó el mayordomo en el corral de Antón. El amo no esperaba más. Antón, que no admitía reprimendas, se puso lívido ante las amenazas de desahucio. Bueno, vendería la vaca a vil precio, por una merienda. Había que pagar o quedarse en la calle. Ese mismo sábado acompañó Pinín a su padre. El niño miraba con horror a los contratistas de carnes, los tiranos del mercado. La Cordera fue comprada en su justo precio por un rematante de Castilla. Se la hizo una señal en la piel y volvió a su establo, ya vendida, ajena, tañendo la esquila. Rosa, al saber la venta, se abrazó al testuz de la Cordera, que inclinaba la cabeza a las caricias. Pinín, con ojos como puños, había vuelto a la casa detrás de Antón de Chinta, taciturno.

    – “¡Se iba la vieja!” -pensaba con el alma destrozada Antón el huraño. “Ella ser, era una bestia, pero sus hijos no tenían otra madre ni otra abuela.”

Aquellos días en el pasto, en la verdura del Somonte, el silencio era fúnebre. La Cordera ignoraba su suerte, descansaba y pacía como siempre. Pero Rosa y Pinín, desolados, miraban con rencor los trenes que pasaban, los alambres del telégrafo. El viernes, al oscurecer, fue la despedida. Vino un encargado del rematante de Castilla. Pagó; bebieron un trago. Pinín y Rosa, unidos por las manos, miraban al enemigo con ojos de espanto y en el supremo instante se arrojaron sobre su amiga; besos, abrazos: hubo de todo. No podían separarse de ella. Antón, agotada pronto la excitación del vino, cayó como un marasmo; cruzó los brazos, y entró en el corral oscuro.

Caía la noche; por la calleja oscura que hacían casi negra los altos setos, se perdió el bulto de la Cordera, que parecía negra de lejos. Después no quedó de ella más que el tintán pausado de la esquila, desvanecido con la distancia.
    -¡Adiós, Cordera! -gritaba Rosa deshecha en llanto-. ¡Adiós, Cordera de mío alma!
    -¡Adiós, Cordera! -repetía Pinín, no más sereno.
    -Adiós -contestó, a su modo, la esquila, perdiéndose su lamento triste y resignado.

* * *

Al día siguiente el prao Somonte sin la Cordera parecía el desierto. De repente silbó la máquina, apareció el humo, luego el tren. En un furgón cerrado vislumbraron Pinín y Rosa cabezas de vacas mirando por los tragaluces.
    -¡Adiós, Cordera! -gritó Rosa, adivinando allí a su amiga, la vaca abuela.
    -¡Adiós, Cordera! -vociferó Pinín con la misma fe, enseñando los puños al tren.

Y, llorando, repetía el rapaz, más enterado que su hermana de las picardías del mundo:
    -La llevan al matadero… para comer los señores, los curas… los indianos.

* * *

Pasaron años. Pinín se hizo mozo y se lo llevó el rey. Ardía la guerra carlista. Y una tarde triste de octubre, Rosa, en el prao Somonte sola, esperaba el paso del tren correo de Gijón, que le llevaba a sus únicos amores, su hermano. Silbó a lo lejos la máquina, apareció el tren en la trinchera, pasó como un relámpago. Rosa, casi metida por las ruedas, pudo ver un instante en un coche de tercera multitud de cabezas de quintos que gritaban, gesticulaban, saludando a los árboles, al suelo, a los campos, a toda la patria familiar, a la pequeña, que dejaban para ir a morir en las luchas de la patria grande, al servicio de un rey y de unas ideas que no conocían.

Pinín, con medio cuerpo fuera de una ventanilla, tendió los brazos a su hermana; casi se tocaron. Y Rosa pudo oír entre el estrépito de las ruedas y la gritería de los reclutas la voz distinta de su hermano, que sollozaba, exclamando:
    -¡Adiós, Rosa!… ¡Adiós, Cordera!
    -¡Adiós, Pinínl ¡Pinín de mío alma!…

“Allá iba, como la otra, como la vaca abuela. Se lo llevaba el mundo. Carne de vaca para los glotones, para los indianos; carne de su alma, carne de cañón para las locuras del mundo, para las ambiciones ajenas.” Pensaba Rosa, viendo el tren perderse a lo lejos, silbando triste. “¡Qué sola se quedaba!” Ahora sí, ahora sí que era un desierto el prao Somonte.
    -¡Adiós, Pinín! ¡Adiós, Cordera!

Con qué odio miraba Rosa la vía manchada de carbones apagados; con qué ira los alambres del telégrafo. ¡Oh!, bien hacía la Cordera en no acercarse. Aquello era el mundo, lo desconocido, que se lo llevaba todo. Rosa arrimó la cabeza al palo del telégrafo y oyó el viento que, en las entrañas del pino seco, cantaba su canción metálica de lágrimas, abandono, soledad, muerte.

En las vibraciones como quejidos, Rosa oía, lejana, la voz que sollozaba por la vía adelante:

-¡Adiós, Rosa! ¡Adiós, Cordera!

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