El primer amor

Presentación

El primer amor (1860)

En este bello relato de amor adolescente Iván Turguenev esboza dos temas esenciales de su narrativa: el varón inseguro frente al desenfado de la mujer y la compleja relación de un hijo fascinado por su padre. Ambos temas tendrán un amplio desarrollo en Padres e hijos, la obra maestra del autor.

El primer amor anticipa ese realismo sencillo y desprovisto de artificios que define el estilo de Turguenev. No hay momentos particularmente dramáticos; el torrente emocional del romanticismo -que ya empieza a declinar en Europa- deja aquí paso a los primeros rasgos de un sobrio y matizado estilo realista.

Nota biográfica de Iván Turguenev

Iván Turguenev, considerado el más europeísta de los narradores rusos del siglo XIX, nació en 1818 en Orel (Rusia) y falleció en 1883 en Bougival (cerca de París, Francia). Enfrentado a las autoridades rusas, a partir de 1856 abandonó Rusia para instalarse en Francia y Alemania. Desde 1871 Turguenev vivió en su casa de Bougival, en las proximidades de París  y muy cerca de Pauline Viardot.

La vida y la tarea literaria de Turguenev están unidas a la figura de Pauline Viardot, la enigmática mujer que robó su corazón. Paulina era esposa de Louis Viardot e hjja de los cantantes de ópera españoles Manuel García y Joaquina Sitjes. Pauline Viardot o Paulina García -además de “fea” como la tildan algunos cronistas de la época- era una cantante de talento, compositora, pianista, buena dibujante y fascinante conversadora, políglota, trabajadora, polifacética, enérgica y vigorosa. Por su casa de campo de Courtavenel pululaban habitualmente invitados como Chopin, Rossini, Musset, George Sand, Delacroix, Saint-Saëns, Flaubert, Gounod, o Liszt, que fue profesor suyo de piano y con el que vivió una pasión amorosa imposible y no correspondida. En realidad, Paulina, Louis Viardot e Iván Turguenev formaban un triángulo absolutamente público, viajaban y vivían juntos y se aceptaba tácitamente su condición de adulterio.

El talento de Turgenev y su estrecha relación con los más relevantes artistas y escritores europeos de su época – George Sand, Flaubert, Zola y Henry James- permitieron al escritor convertirse en el avanzado del fecundo período del realismo ruso de finales del siglo XIX.

Texto adaptado. El primer amor

Los invitados ya se habían ido. El reloj dio las doce y media. Sólo quedaban el anfitrión junto a Serguey y Vladimir.

– Cada uno tiene que contar la historia de su primer amor. Le toca a usted, Serguey.

-No tuve un primer amor. Empecé directamente con el segundo. Tenía dieciocho años cuando empecé a cortejar a una señorita encantadora. Pero, a decir verdad, no era la primera vez; a los seis años, por primera y última vez, me enamoré precisamente de mi niñera. Ha pasado mucho tiempo y los detalles se han borrado de mi memoria.

– Pues en mi primer amor tampoco hay nada extraordinario,- tomó la palabra el anfitrión. Antes de conocer a Ana, mi mujer, no estuve enamorado. Todo marchó a las mil maravillas. Nuestros padres concertaron la boda, iniciamos el noviazgo y nos casamos sin dilación. Esta es mi historia en dos palabras. ¿Y usted qué puede contarnos, Vladimir?

– Tened paciencia, contestó después de una pausa Vladimir, hombre de unos cuarenta años, de pelo negro, ya canoso.

Mi primer amor, en efecto, fue poco corriente. Tenía entonces dieciséis años. Era el verano de1833. Mis padres tenían alquilada una dacha para el verano. Mi padre, joven y bien parecido, se había casado con mi madre por interés. Ella era diez años mayor que él y llevaba una vida triste, siempre nerviosa y celosa. Mi padre, en cambio, era un hombre de una tranquilidad digna, seguro de sí, dominante.

En aquella edad, la imagen de la mujer, el fantasma de un amor, casi nunca aparecía en mi mente, pero en todo lo que sentía se escondía el presentimiento de algo nuevo, dulce, femenino; sensación que inundaba mi ser, recorría mis venas y cada gota de mi sangre…

La dacha vecina había sido alquilada por una familia de la baja aristocracia, de la que una joven formaba parte. Yo había alcanzado a verla de perfil entre los arbustos del jardín. En los movimientos de la muchacha había algo tan delicado, exigente, mimoso, burlón y tierno, que casi grité de admiración y placer, y sentí que estaba dispuesto a darlo todo para que esos deditos encantadores acariciasen mi frente. Me descubrió entre las ramas y me habló directamente.

-¿Tiene algo que hacer ahora?- dijo, sin dejar de mirarme.

-No.

-¿Quiere ayudarme a devanar una madeja? Venga conmigo. Y entramos en su casa.

-Escúcheme- dijo ella-. No me conoce todavía. Soy muy rara y quiero que siempre me digan la verdad. Usted, según he oído, tiene dieciséis años y yo tengo veintiuno. Como ve, soy mucho mayor que usted y por eso tiene que decirme siempre la verdad… y obedecerme- añadió-. Míreme, ¿por qué no me mira?

Me azoré aún más, pero levanté la vista hacia ella. Ella sonrió.

-Míreme- dijo, bajando cariñosamente la voz-. No me desagrada que me miren. Me gusta su cara. Presiento que seremos amigos. Y yo, ¿le gusto?- dijo con picardía.

-Princesa…- empecé yo.

-En primer lugar, llámeme Zenaida. Y segundo, ¡vaya una costumbre la de la gente joven de no decir llanamente lo que sienten! Porque yo le gusto, ¿no es así?

-Naturalmente, me gusta

Aprovechando que no levantaba la vista, empecé a mirarla, primero furtivamente, luego cada vez con más confianza. Su rostro me pareció aún más fascinante. ¡Era tan fino, inteligente y hermoso! Estaba sentada de espaldas a la ventana, que tenía echada una cortina blanca. La luz del sol, atravesando la cortina, bañaba con una luz suave sus cabellos abundantes y dorados, su cuello, sus redondeados hombros y el pecho, suave y tranquilo. Empecé a tener la sensación de que la conocía desde hacía mucho tiempo y que antes de conocerla no sabía nada y no había vivido. Llevaba un vestido oscuro, algo gastado, y un delantal. Pienso que hubiese acariciado con gusto cada pliegue de ese vestido y de ese delantal. La punta de los zapatos asomaba debajo de su vestido.

Aquel verano paseaba con frecuencia a caballo con mi padre. Era extraña la influencia que tenía mi padre sobre mí, y extrañas eran nuestras relaciones. No se ocupaba en absoluto de mi educación, pero jamás me criticaba. Respetaba mi libertad hasta tal punto, que era, si se puede decir así, cortés conmigo…, sólo que no accedía a que me acercase a él. Tenía momentos de ternura hacia mí que siempre venían de una manera inesperada. Pero otras cosas le impedían pensar en mí y en la vida familiar. Amaba otra cosa y supo gozar de esa otra cosa plenamente. «Coge todo lo que puedas, pero no te dejes dominar. Ser dueño de uno mismo, ése es el truco de la vida», me dijo una vez.

Yo sufría en ausencia de Zenaida. Mi mente no podía fijarse en nada y todo se me caía de las manos. Durante días enteros pensaba obstinadamente en ella… Sufría… pero en su presencia me sentía más aliviado. Zenaida invitaba a jóvenes de su edad a jugar en el jardín y yo tenía celos, comprendía que era poca cosa para ella, me enfadaba tontamente y tontamente me humillaba. A pesar de todo, una fuerza irresistible me llevaba hacia ella, y cada vez que traspasaba el umbral de su casa sentía una bocanada de felicidad. Zenaida comprendió en seguida que estaba enamorado, y yo no pensé nunca en ocultarlo. Ella se reía de mi pasión, jugaba conmigo, me mimaba y me hacía sufrir.

Estaba delante de mí y me miraba. Y yo le pertenecía todo entero, desde la cabeza hasta los pies, cuando me miraba… En el cuello llevaba una cinta de Zenaida. Ella, jugando, se alejaba y yo gritaba de alegría cuando podía alcanzarla. Hacía conmigo lo que quería.

Un día volví para comer después de un paseo bastante largo. Por la cara de la servidumbre intuí que algo había sucedido. En una disputa terrible entre mis padres, mi madre había acusado a mi padre de infidelidad, y mi padre intentó primero justificarse y luego no se pudo contener y a su vez pronunció no sé qué palabras muy crueles sobre su edad. Mi madre se puso a llorar; y le acusó de relacionarse con la señorita vecina.

No prorrumpí en sollozos, no me dejé llevar por la desesperación, no me pregunté cómo y cuándo pudo ocurrir eso, no me sorprendí. Ni siquiera murmuré de mi padre. Lo que supe era superior a mis fuerzas. Esta súbita revelación me aplastó… Todo había terminado. Mis flores habían sido arrancadas de un tirón, tiradas por el suelo, pisoteadas.

Empezaron los preparativos de regreso a Moscú. Mi padre supo convencer a mi madre para que no armase un escándalo. Yo vagaba como un enajenado y sólo quería una cosa: que terminase todo cuanto antes. ¿Cómo ella, una chica joven, buena y de familia noble después de todo, había podido decidirse a eso, sabiendo que mi padre no era un hombre libre, y pudiendo casarse, si hubiese querido, con cualquiera de sus pretendientes?

No pude resistir más. No podía  marchar sin decirle adiós. Fui a verla.

-Oí su voz – dijo ella- y salí inmediatamente. ¿Tan fácil era abandonarnos niño malo?

-Vine a despedirme, princesa- contesté-. Probablemente, para siempre. Nos vamos.

Zenaida me miró fijamente.

-Sí, lo sé. Gracias por haber venido. Pensaba que ya no lo vería jamás. No me guarde rencor. A veces lo he hecho sufrir, pero no soy como usted se imagina. Se dio la vuelta y se apoyó en la ventana. -De verdad que no soy así. Sé que no tiene buen concepto de mí.

-¿Yo?

-Sí, sí, usted.

-¿Yo?- repetí tristemente y mi corazón empezó a vibrar otra vez bajo la acción de su encanto irresistible e inexpresable-¿Yo? Créame, Zenaida, que haga usted lo que haga, me martirice como me martirice, la querré y la adoraré hasta el fin de mis días.

Ella se volvió hacia mí rápidamente y, extendiendo las manos, abrazó mi cabeza y me dio un beso fuerte y apasionado. Sólo Dios sabe a quién buscaba ese beso largo de despedida, pero participé ávido de su dulzura, porque sabía que no se volvería a repetir: « ¡Adiós, adiós!», repetía. Me apartó y salió de la habitación. También yo me fui, presa de una sensación inexplicable. No quisiera repetir ese sentimiento, pero me consideraría infeliz si no lo hubiese experimentado nunca.

Pasaron unos años. Mi padre había fallecido de un ataque al corazón pocos meses después de que yo entrara en la universidad. Yo acababa de terminar la carrera y todavía no sabía a ciencia cierta a qué puerta iba a llamar. Un día por la tarde vi en el teatro a Maidanov, uno de los jóvenes vecinos de nuestra dacha de veraneo. Ya se había casado; charlamos.

-¿Sabe- dijo, como quien no quiere la cosa- que la señora Dolskiy está aquí?

-¿Qué señora Dolskiy?

-¿Es que no se acuerda? La que fue princesa Zasequin, de la que estábamos enamorados todos, incluso usted. ¿Se acuerda?

Maidanov me dio las señas de Zenaida. Estaba alojada en el hotel Demut. Me prometí visitarla al día siguiente. Pero pasó una semana, luego otra y, cuando al fin me acerqué al hotel Demut y pregunté por la señora de Dolskiy, supe que, inesperadamente, había muerto cuatro días antes, al dar a luz.

Algo me golpeó el corazón. Podía haberla visto y no la vería nunca más. « ¡Ha muerto!», repetía mirando estúpidamente al portero. Me puse a caminar sin rumbo fijo. Todo lo que aquel verano había significado para mí se puso ante mis ojos. ¿Qué se ha cumplido de todo lo que esperé en una época? Ahora, en el umbral de la vida adulta ¿qué otra cosa me queda más querida que los recuerdos de esa tormenta matinal de primavera que tan deprisa pasó?

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