Una aventura parisiense

Presentación

Una aventura parisiense (1881)

Estamos a finales del siglo XIX. Una respetable madre de familia de provincias lleva una vida tranquila en apariencia, en su hogar, entre un marido muy ocupado y dos hijos a los que cria como mujer irreprochable. Pero su corazón se estremece de curiosidad insatisfecha, de un prurito de lo desconocido. Piensa en París sin cesar y lee ávidamente los periódicos mundanos.

Pretextando un viaje para ver a unos parientes, deja por un tiempo a su marido y a sus hijos para tratar de vivir la aventura de abandonarse en el voluptuoso París.

Este relato pertenece a la época de mayor optimismo creativo de Maupassant, cuando acababa de obtener un gran triunfo con Bola de sebo (Boule de suif, 1880); estaba todavía lejos el período de sus últimos relatos de horror. 

Nota biográfica sobre Guy de Maupassant (1850-1893)

René Albert Guy de Maupassant nace en París en 1850, donde muere a los 43 años, en una clínica psiquiátrica, después de reiterados intentos de suicidio.

Su infancia estuvo presidida por la discordia entre un padre adúltero y una madre neurótica. Su adolescencia conformada por estudios, vagabundeos y borracheras, lecturas y descubrimientos.  En 1876 y merced al padrinazgo de Flaubert, Maupassant comienza a colaborar en diversos periódicos y revistas hasta que se convierte en el escritor de moda, lo que hoy llamaríamos un autor de best-sellers, y sus derechos de autor le proporcionan con el paso de los años una verdadera fortuna.

En el final de su carrera, enfermo de sífilis, una buena cantidad de sus cuentos está inspirada por la idea fija del suicidio, la obsesión de lo invisible, la angustia.

En opinión de los críticos, Maupassant es – sin alcanzar la sutileza de Chejov o Turguenev, o la imaginación de Poe- el mejor de los cuentistas realmente «populares». En sus cuentos naturalistas muestra una aguda capacidad de observación y en sus relatos de horror, escritos hacia la época en que le empezaba a dominar su locura final, fue capaz de recrear las efusiones inquietantes de su estado patológico.

Texto adaptado. Una aventura parisiense

¿Existe en la mujer un sentimiento más agudo que la curiosidad?

Una mujer, cuando su curiosidad se despierta, cometerá locuras, imprudencias, audacias, no retrocederá ante nada. Hablo de las mujeres realmente mujeres, dotadas de ese triple fondo de compartimentos secretos: el primero, de inquietud femenina siempre agitada; el segundo, de astucia coloreada de ingenuidad; el último, por fin, de desenfado encantador, de trapacería exquisita, de deliciosa perfidia, de todas esas perversas cualidades que empujan al suicidio a los amantes crédulos, pero que arroban a los otros.

Aquella cuya aventura quiero contar era una provinciana, vulgar y honesta, hasta entonces. Su vida, tranquila en apariencia, discurría en su hogar, entre un marido muy ocupado y dos hijos a los que criaba como mujer irreprochable. Pero su corazón se estremecía de curiosidad insatisfecha, de un prurito de lo desconocido. Pensaba en París, sin cesar y leía ávidamente los periódicos mundanos.  La descripción de las fiestas, de los vestidos, de los placeres, hacía hervir sus deseos. Desde lejos veía París en una apoteosis de lujo magnífico y corrompido.

Y durante las largas noches de ensueño, acunada por los ronquidos regulares de su marido, pensaba en los hombres famosos que aparecen en la primera página de los periódicos; y se figuraba su vida enloquecedora entre un continuo desenfreno, orgías antiguas tremendamente voluptuosas y refinamientos de sensualidad tan complicados que ni siquiera podía figurárselos.

Se sentía envejecer mientras tanto. Era aún bonita, conservada como una fruta de invierno en un armario cerrado; pero trastornada por ardores secretos. Se preguntaba si moriría sin haber conocido todas esas embriagueces pecaminosas, sin haberse arrojado una vez, una sola vez, por entero, a esa oleada de voluptuosidades parisienses.

Con larga perseverancia preparó un viaje a París, inventó un pretexto, se hizo invitar por unos parientes, y, como su marido no podía acompañarla, partió sola. En cuanto llegó, supo imaginar razones que le permitirían en caso necesario ausentarse más tiempo. Y buscó. Recorrió los bulevares sin ver nada, salvo el vicio errante. Sondeó con la vista los grandes cafés, leyó atentamente los anuncios por palabras de Le Figaro. Y nada la ponía sobre la pista de aquellas grandes orgías de artistas y de actrices; nada le revelaba los templos de aquellos excesos, que se imaginaba cerrados por una palabra mágica como la cueva de Las mil y una noches y esas catacumbas de Roma donde se celebraban secretamente los misterios de una religión perseguida.

Sus parientes, pequeños burgueses, no conocían a ninguno de esos hombres famosos cuyos nombres zumbaban en su cabeza. Desesperada, pensaba ya en volverse, cuando el azar vino en su ayuda. Un día, bajando por la Chausée d’Antin, se detuvo a contemplar una tienda de antigüedades japonesas. Examinaba los graciosos marfiles grotescos, los grandes jarrones de esmaltes llameantes, los bronces raros, cuando oyó, en el interior de la tienda, al dueño, que, con muchas reverencias, mostraba a un hombrecito grueso, calvo y de barba gris un enorme monigote ventrudo, pieza única según decía.

Y a cada frase del comerciante el nombre del comprador, un nombre célebre, resonaba como un toque de clarín. Los otros clientes, jóvenes señoras, elegantes caballeros, contemplaban con una ojeada furtiva y rápida al renombrado escritor, quien, por su parte, miraba detenidamente la figura de porcelana.  Eran tan feos el uno como la otra, feos como dos hermanos salidos del mismo seno.

  • A usted, monsieur Jean Varin, decía el comerciante, se lo dejaría en mil francos. Para todo el mundo sería mil quinientos francos; pero aprecio a mi clientela de artistas y le hago precios especiales. Ayer, el señor Busnach me compró una gran copa antigua; el otro día vendí dos candelabros como estos -bonitos, ¿verdad?- a Alejandro Dumas. Mire, esa pieza que usted tiene, señor Varin, estaría ya vendida si la hubiera visto el señor Zola.

El escritor vacilaba, perplejo, tentado por el objeto, pero calculando la suma. Ella había entrado temblando, con la vista clavada descaradamente sobre él, y ni siquiera se preguntaba si era guapo, elegante o joven. Era Jean Varin en persona, ¡Jean Varin! Tras una dolorosa vacilación, él dejó la figura sobre una mesa:

  • Demasiado caro, dijo.
  • ¡Oh, monsieur Varin! ¿demasiado caro? ¡Vale muy a gusto dos mil francos!.
  • No digo que no; pero es demasiado caro para mí, respondió el escritor.

Entonces ella, asaltada por una enloquecida audacia, se adelantó:

  • Para mí, dijo, ¿cuánto vale este hombrecillo?

El comerciante, sorprendido, replicó:

  • Mil quinientos francos, señora.
  • Me lo quedo.

El escritor, que hasta entonces ni se había fijado en ella, se volvió bruscamente, y la miró de pies a cabeza como un buen observador, con los ojos un poco cerrados; después, como un experto, la examinó en detalle. Estaba encantadora, animada, iluminada de pronto por aquella llama que hasta entonces dormía en ella. Y, además, una mujer que compra una chuchería por mil quinientos francos no es una cualquiera. Ella tuvo entonces un movimiento de arrobadora delicadeza; y, volviéndose hacia él, con voz temblorosa:

  • Perdón, caballero; acaso usted no había dicho su última palabra.
  • La había dicho, señora.
  • En fin, caballero, hoy o más adelante, si decide cambiar de opinión, este objeto es suyo. Yo lo compré sólo porque le había gustado a usted.
  • ¿Cómo? ¿Me conoce?
  • Para seguir la conversación, él se había acodado en un mueble y, clavando en ella sus ojos agudos, intentaba descifrarla. Los clientes asistían a la charla y ella se estremecía de placer al ser vista así, en íntima conversación con un ilustre. Embriagada, tuvo una audacia suprema, como los generales que van a emprender el asalto:
  • Entonces ella, apasionada y elocuente, le habló de su admiración, le citó sus obras.
  • Caballero, dijo, hágame un favor, un grandísimo favor. Permítame que le ofrezca este recuerdo de una mujer que lo admira apasionadamente y a quien usted ha visto apenas diez minutos.

Él se negó. Ella insistía. Se resistió, divertido, riéndose de buena gana. Ella, obstinada:

  • ¡Bueno! Voy a llevárselo a su casa ahora mismo; ¿dónde vive usted?
  • Él se negó a dar su dirección; pero ella, preguntándosela al comerciante, la supo y, una vez pagada su adquisición, escapó hacia un coche de punto. El escritor corrió para alcanzarla, sin querer exponerse a recibir aquel regalo, que no sabría a quién devolver. Se reunió con ella cuando saltaba al coche, y se lanzó, casi cayendo sobre ella.  Por mucho que rogó, que insistió, ella se mostró intratable. Cuando llegaban delante de la puerta, puso sus condiciones:
  • Accederé, dijo ella, a no dejarle este regalo, si usted cumple hoy todos mis deseos. ¿Qué suele hacer usted a esta hora?, preguntó.
  • Doy un paseo, respondió el escritor.
  • Entonces, ¡al Bois de Boulogne!, ordenó ella, con voz resuelta.

Se pusieron en marcha. Ella exigió que le hablara de todas las mujeres conocidas de París, sobre todo de las más descaradas, con detalles íntimos sobre ellas, sus vidas, sus hábitos sus pisos, sus vicios. Atardeció.

  • ¿Qué hace usted todos los días a esta hora?
  • Tomo un ajenjo.
  • Entonces, caballero, vamos a tomar un ajenjo.

Entraron en un gran café del bulevar que él frecuentaba, donde encontró a unos colegas. Se los presentó a todos. Ella estaba loca de alegría. Y en su cabeza sonaban sin cesar estas palabras: « ¡Al fin! ¡al fin! ». Pasaba el tiempo, y ella preguntó:

  • ¿Es su hora de cenar?
  • Sí, señora.
  • Pues entonces, vamos a cenar.

Cenaron en el café Bignon.

  • ¿Qué hace usted por la noche?, ella le había mirado fijamente.
  • Depende: a veces voy al teatro.
  • Pues bien, caballero vamos al teatro.

Entraron en el Vaudeville, gratis, gracias a él, y, gloria suprema, toda la sala la vio a su lado, sentada en una butaca de palco. Terminada la representación, él le besó galantemente la mano:

  • Sólo me queda, señora, agradecerle el delicioso día…
  • A esta hora, ¿qué hace usted todas las noches?, lo interrumpió ella.
  • Pues…, pues.., vuelvo a casa.
  • Pues bien, caballero…, volvamos a casa, rio ella, con una risa trémula.

No hablaron. Ella se estremecía, temblorosa de pies a cabeza, con ganas de huir y de quedarse, y, en lo más hondo de su corazón, con una voluntad firme de llegar hasta el final. En la escalera, se aferraba al pasamanos, tan viva era su emoción; él subía delante, sin resuello, con una cerilla en la mano. En cuanto estuvo en el dormitorio, ella se desnudó a toda prisa y se metió en la cama sin pronunciar una palabra; y esperó, acurrucada contra la pared. Pero ella era tan simple como puede serlo la esposa legítima de un notario de provincias, y él más exigente que un bajá de tres colas.

No se entendieron en absoluto.

Entonces él se durmió. La noche transcurrió, turbada solamente por el tictac del reloj, y ella, inmóvil, bajo los rayos amarillos de un farol chino miraba, consternada, a su lado, a aquel hombrecillo, de espaldas, rechoncho, cuyo vientre de bola levantaba la sábana como un globo de gas. Roncaba con un ruido de tubo de órgano, con resoplidos prolongados, con cómicos estrangulamientos. Sus veinte cabellos aprovechaban aquel reposo para levantarse extrañamente, cansados de su prolongada fijeza sobre aquel cráneo desnudo cuyos estragos debían velar. Y un hilillo de saliva corría por una comisura de su boca entreabierta.

La aurora deslizó por fin un poco de luz entre las cortinas corridas. Ella se levantó, se vistió sin hacer ruido y ya había abierto a medias la puerta cuando rechinó la cerradura y él se despertó restregándose los ojos. Se quedó unos segundos sin recobrar enteramente los sentidos, y después, cuando recordó su aventura, preguntó:

  • ¿Se marcha usted?
  • Pues sí, ya es de día, balbuceó en pie, confusa.
  • Veamos, dijo incorporándose, tengo, a mi vez, algo que preguntarle. Me tiene usted muy extrañado. Sea franca, confiéseme por qué ha hecho todo esto.
  • Ella se acercó despacio, ruborizada como una virgen: Quise conocer…, el… vicio…, y, bueno… y, bueno, no es muy divertido.

Y escapó, bajó la escalera y se lanzó a la calle.

El ejército de los barrenderos barría. Barrían las aceras, los adoquines, empujando toda la basura al arroyo. Y le parecía que también en ella acababan de barrer algo, de empujar al arroyo, a la cloaca, sus ensueños. Regresó a casa, sin resuello, helada, guardando sólo en la cabeza la sensación de aquel movimiento de las escobas que limpiaban las calles de París por la mañana.

Y, en cuanto estuvo en su habitación, sollozó.

One thought on “Una aventura parisiense

  1. Carmen Lavado says:

    Después de mucho tiempo sin leer…¡¡¡esta lectura sencillamente me ha dejado con muchas ganas de seguir leyendo!!!.
    Posiblemente no sea el Comentario que esperaban, pero yo he quedado muy contenta.

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